Protestas en la Puerta del Sol de Madrid en mayo de 2011. Foto: Carlos Delgado
Protestas en la Puerta del Sol de Madrid en mayo de 2011. Foto: Carlos Delgado

Esto que tienes ante tu ojos es la primera editorial de La Mayoría, la Revista Política del Partido del Trabajo Democrático. Prensa de partido ha habido mucha en la historia del movimiento comunista, forma parte de nuestra tradición. Los fundadores de nuestro movimiento supieron utilizar con mucha habilidad el medio de comunicación más importante de su época: la prensa escrita.

Casi todas las organizaciones del movimiento obrero han impulsado en mayor o menor medida, órganos de prensa. Su objetivo ha sido la difusión de sus ideas y propuestas entre los sectores sociales a los que se dirigen. Y nuestro, por ahora, pequeño partido, cometería un error si abandonase esta tradición.

Si tuviesemos que poner sobre el tapete una razón, aparte de la obvia necesidad de difusión y organización del partido, que justifique la necesidad de La Mayoría, sería lo que en el partido llamamos la Zona Cero.

La idea de la Zona Cero, parte de la constatación de que, en cierto sentido, la acumulación de conocimientos, modos, técnicas y conceptos que la clase obrera ha generado desde que empieza a actuar como clase independiente, con su programa, agenda y teoría política propia, ha sufrido un proceso de erosión muy grande.

Ya en 1848, la clase obrera en varios países de Europa empieza a actuar de forma independiente como clase social. Acompaña a los sectores liberales de la burguesía en las reivindicaciones antifeudales, pero va incorporando sus propias demandas económicas y políticas, como los derechos laborales y el sufragio universal. No tardan en cristalizar y en hacerse hegemónicas entre los trabajadores de Europa, las ideas socialistas, principalmente las del socialismo científico de Marx y Engels, en lucha contra las anarquistas de Proudhon y Bakunin, entre otras. El primer intento de puesta en práctica de las nuevas ideas, la Comuna de París de 1871, será derrotado, pero la semilla plantada crece con fuerza. La Primera Asociación Internacional de Trabajadores será escenario del primer gran cisma dentro del movimiento obrero.

Tras la primera, surge la Segunda Internacional, que declaró su adhesión al marxismo. Esta organización y los grandes partidos y sindicatos socialistas que surgen a su abrigo, serán los responsables de organizar, hasta una escala nunca antes vista, a la clase obrera del continente europeo. Y en el núcleo de ese grado de organización, estaban las ideas socialistas, la teoría, sin la cual no es posible ninguna lucha efectiva.

La Segunda Internacional verá desarrollarse en su seno, las primeras elaboraciones sistemáticas de lo que será el reformismo socialista, la idea de la posibilidad de una transición pacífica del capitalismo al socialismo, abandonando las ideas de revolución proletaria y dictadura del proletariado, y alejándose así del corazón del marxismo. Hablamos, cómo no, de las ideas del Sr. Eduard Bernstein. La lucha de clases entre burguesía y proletariado se reflejaba así en el seno de la conciencia de la propia clase obrera.

Las mujeres obreras y socialistas saltan a la palestra en el crisol del movimiento socialista, aunque la lista de mujeres que han aportado sus ideas, su lucha y su ejemplo a la causa de la emancipación humana es inmensa: gigantes como Flora Tristán, Clara Zetkin, Alejandra Kollontai, Nadia Krupskaya… son algunas de las mujeres que han dejado su impronta en la causa de poner fin a la explotación de unos seres humanos por otros.

En 1917, con la Segunda Internacional ya rota por los partidarios de apoyar a sus respectivas burguesías nacionales en la Gran Guerra (el gran matadero de obreros de 1914-1918), surge una corriente dentro de la misma que vendrá a cambiar el curso de la historia, y cuyos ecos todavía resuenan. El partido bolchevique a la cabeza del proletariado de Petrogrado y otras importantes ciudades rusas, en alianza con el campesinado pobre y los soldados, toma el control del país de las manos de la burguesía e inicia el más importante y duradero intento de construir una sociedad de tipo socialista. La experiencia dura 70 años, siete décadas de luchas, de avances y retrocesos, de acoso por parte de los países capitalistas… y sobretodo de contradicciones internas, cómo no… de clase.

El 26 de diciembre de 1991, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, es disuelta, después de que su proceso de reforma (Perestroika) fuera hegemonizado por fuerzas anti-socialistas y contrarrevolucionarias. De lo que vino después… ya se ha escrito bastante. Entre medias, el fin del colonialismo en la mayor parte del planeta, el fortalecimiento del movimiento obrero en Europa, la derrota del imperialismo yanqui en Vietnam, la victoria frente al nazi-fascismo, la creación de los sistemas de seguridad social a gran escala en Europa, la sanidad y educación públicas, la época de mayor avance de la historia en la emancipación de la mujer, el fin del Apartheid, la Revolución china, … y tantos otros logros que no hubiesen sido posibles sin la presencia a veces directa y a veces más discreta, de una cosa que se llamaba campo socialista.

Otto Brenner, el mítico sindicalista del metal de la República Federal Alemana, ilustra lo que significó el socialismo para mejorar las vidas de los trabajadores en todo el mundo: “durante las negociaciones con la patronal, un socio invisible pero sensible estaba siempre presente en la mesa, la República Democrática Alemana”. Y es que los países socialistas son, al fin y al cabo, el mayor fruto de la lucha revolucionaria de la clase obrera.

Pero también, entre medias, ocurre un acontecimiento histórico muy importante en Europa Occidental, que aún hoy en día estamos empezando a intentar analizar con rigor. Nos referimos a lo que supuso para la izquierda occidental el fenómeno de mayo de 1968 y la irrupción de la posmodernidad y el neoliberalismo como formas de pensamiento hegemónico. Y sobretodo al impacto que estas corrientes han tenido y siguen teniendo en la percepción que tenemos de la sociedad en la que vivimos.

En efecto, a partir de los años 70 hay una auténtica contrarrevolución ideológica en la izquierda, que deja fulminado al movimiento comunista en Europa Occidental. Es un fenómeno complejo, pero resumiendo, la idea socialista de que la clase obrera tenía un papel determinante en la historia de la humanidad, de que le correspondía la tarea de acabar con el capitalismo y construir una sociedad nueva libre de la explotación de unos seres humanos por otros, sufrió una severa derrota en las mentes de los intelectuales y dirigentes obreros. Eso, combinado con una gran crisis económica, y una ofensiva ideológica y política de las élites en los países capitalistas, ha llevado a los trabajadores y las trabajadoras de todo el planeta, pero sobretodo de occidente, a la mayor derrota que han sufrido en la historia de su movimiento.

La Extraña Derrota, como la llaman algunos autores. ¿Cómo desde unos años 60 en los que parecía que al capitalismo le crecían los enanos, que se le podía y se le iba a derrotar, hemos pasado en menos de 20 años a perder la iniciativa y a una sucesión de pérdida de derechos y empeoramiento general de las condiciones de vida de las clases trabajadoras occidentales?

Sin duda, la primera derrota la sufrimos en nuestras mentes. Dejando abierta la puerta para que el policía del pensamiento burgués volviese a urgar en nuestras cabezas y nuestra conciencia de clase. El resultado ha sido que, en lo ideológico, la clase obrera occidental ha retrocedido hasta 1848. O incluso a antes. Esta es la cruda realidad que el movimiento comunista debe asumir, si quiere levantar cabeza. Esa es la Zona Cero.

Nos atrevemos a decir que la primera tarea de las y los comunistas hoy en día es volver a difundir a gran escala las ideas socialistas, a recuperarnos de esa derrota, a quitarnos de encima de la cabeza los cascotes del Muro de Berlín, porque hoy en día cuando hablamos a las trabajadoras y los trabajadores de lucha de clases, o de explotación, o de plusvalía, o de socialismo… les suena a Chino. La receta de la mayor parte de la izquierda ante este hecho, es la de abandonar las ideas socialistas, darlas por superadas, renunciar a la revolución. Grave error.

Decían Marx y Engels hace casi 170 años que “el movimiento proletario es el movimiento autónomo de una inmensa mayoría en interés de una mayoría inmensa” ya que “el proletariado, la capa más baja y oprimida de la sociedad actual, no puede levantarse, incorporarse, sin hacer saltar, hecho añicos desde los cimientos hasta el remate, todo ese edificio que forma la sociedad oficial”. Pero hoy en día esta inmensa mayoría carece de autonomía, debido al retroceso hacia la Zona Cero. Las mujeres y los hombres del PTD, creemos que, a pesar del varapalo, la conciencia de clase no ha desaparecido por completo, hay rescoldos, se encuentra en estado de letargo. Las contradicciones del capitalismo, los palos que da este régimen de explotación, la mantienen viva. La tarea titánica, que produce vértigo solo de pensarla, es volver a soplar sobre esas brasas, para que el fuego vuelva a prender. La Mayoría nace para ser ese fuelle que contribuya a convertir de nuevo el movimiento obrero en el movimiento autónomo que, en interés de una mayoría inmensa, se levante y revolucione la sociedad capitalista actual.