Bernie Sanders y la Nueva Política de Clase

Sobre la dinámica del voto negro en USA, las políticas de identidad vs. la política de clase, el legado de la campaña de Sanders y las tareas que tiene el movimiento por delante.

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Mitin de Bernie Sanders en el Teatro Verizon en Grand Prairie (entre Dallas y Fort Worth) el sábado 27 de febrero de 2016. Foto: Steve Rainwater, Irving, USA. Wikimedia Commons.
Mitin de Bernie Sanders en el Teatro Verizon en Grand Prairie (entre Dallas y Fort Worth) el sábado 27 de febrero de 2016. Foto: Steve Rainwater, Irving, USA. Wikimedia Commons.

Adolph Reed es profesor de ciencias políticas en la Universidad de Pensilvania, especializado en raza y política americana. Es miembro fundador del Partido Laborista de los Estados Unidos. Ha participado activamente en la campaña de Bernie Sanders a las primarias del partido demócrata.

En esta entrevista realizada por Daniel Zamora, Reed habla sobre la dinámica del voto negro en USA, las políticas de identidad vs. la política de clase, el legado de la campaña de Sanders y las tareas que tiene el movimiento por delante.


La campaña de Bernie Sanders para la nominación presidencial demócrata fue histórica. Las expectativas eran, por lo menos, modestas. Hace un año, el ex-jefe de estrategia de campaña de Obama, David Axelrod, no dudaba en mofarse de su candidatura diciendo que “la gente echará una canita al aire con Bernie Sanders. Bernie es como si tuvieras una divertida cita con alguien que sabes que no estará por la ciudad por mucho tiempo y creo que van a ver a gente coquetear con eso”.

Pero, contra todo pronóstico, en unos meses recaudaría más de 200 millones de dólares a través de pequeñas contribuciones y se haría con más de 13 millones de votos (43% del total) y 23 Estados. Aunque no alcanzó la nominación, Sanders tuvo su impacto en una generación de nuevos votantes y en el discurso político del país.

El significado exacto que esto tenga para la izquierda y el movimiento obrero del país está todavía por ver. Pero en una entrevista para el diario belga Études Marxistes, Adolph Reed discute sobre el fenómeno y lo que podría significar de cara al futuro.


¿Cómo explicas el éxito de la campaña de Sanders? Incluso habiendo perdido las primarias, no tiene precedente que un autodenominado “socialista democrático” casi ganase a la que quizá era la política más poderosa en Estados Unidos. El montante de dinero que Bernie recaudó, el número de personas que atrajo a la campaña y las ideas que popularizó son bastante inesperados.

Creo que hay bastantes factores a tener en cuenta, en conjunto, sobre el éxito de la campaña. Y quiero subrayar lo que debería ser visto como un éxito; que Bernie pudiera ganar la nominación demócrata siempre fue una posibilidad muy remota, mucho menos ser elegido presidente, aunque, irónicamente, quizás muchos de nosotros sospechábamos que en algunos aspectos él habría sido un candidato más fuerte que Clinton.

Por supuesto, todos nosotros teníamos que trabajar como si fuera posible que ganara, en parte porque una posibilidad muy remota sigue siendo una posibilidad, y después de Iowa los pronósticos no parecían tan lejanos. Además, por otro lado, ¿cómo podíamos pensar en maximizar el potencial de la campaña?

Pero incomprensiblemente, alguna gente tuvo difícil resistir el optimismo exuberante que fomentaba mayores expectativas. Una característica de la posición de la izquierda en Estados Unidos es que tiende a ser más fuerte en el optimismo de la voluntad que en el pesimismo del intelecto. Con frecuencia hice la sugerencia de que nuestro modelo de trabajo en la campaña debería ser el del Sargento Pavlov en Stalingrado: nuestra tarea era intentar generar tanto apoyo como fuera posible dondequiera que trabajábamos en cada momento, y no importaba lo que dijeran las encuestas o lo que parecía ocurrir en otros Estados.

En cualquier caso, quiero resaltar este punto porque recientemente he oído a comentaristas nominalmente “progresistas” proponer la visión opuesta, que la campaña fracasó. Algunos de los que lo expresan tenían expectativas que no eran razonables, en parte por impulso de lo que me llama la atención como una ingenuidad en política electoral, una tendencia a subestimar el peso institucional del aparato del partido y sus vínculos desde los niveles locales hasta los nacionales y a través de los aliados institucionales como la mayoría de los sindicatos y las organizaciones de derechos civiles y de mujeres.

Algunos que están ansiosos por declarar que la campaña ha sido un fracaso, lo hacen motivados por otros objetivos ideológicos. Por ejemplo, los trotskistas y otros que convierten la asociación con los demócratas en un fetiche, como si fuera uno de los mayores pecados en política. Argumentar que Sanders habría sido más exitoso si hubiera concurrido como independiente.

Ésa es una posición delirante. En primer lugar, un candidato independiente fuera de las primarias demócrata y republicana no habría recibido atención en absoluto, lo que significa que habríamos malgastado el pasado año, y casi ninguno de los sindicatos u otras entidades lo hubieran respaldado.

Activistas antirracistas afirman o insinúan que la campaña podría haber arrebatado la nominación a Clinton si hubiera sido capaz de apelar a los afroamericanos con mayor efectividad, es decir, si en la campaña nos hubiéramos comportado como ventrílocuos1 de los votantes negros.

La cuestión del “voto negro” y la campaña de Sanders es más compleja de lo que parece; entre los votantes negros hay gran variedad de preferencias, preocupaciones, motivaciones, inclinaciones ideológicas y vinculaciones institucionales. Sé que discutiremos esto después, pero las formulaciones que circulan sobre la anomalía según la cual Sanders no ganó un mayor porcentaje de votantes negros son equivocadas.

Aparte de esas críticas, otros demócratas neoliberales y los comentaristas de los media han pintado la campaña como quijotesca desde el principio y consecuentemente han tratado de trivializar a Sanders y a su base. Eso era de esperar.

Otra contradicción en el intento de usar la campaña para las elecciones nacionales como instrumento para la construcción de un movimiento, es que tal esfuerzo depende de la extensión y la visibilidad inmediata que proporciona la industria corporativa de noticias. Pero es imprudente esperar una audiencia y una apreciación justas desde el lado de los medios de comunicación.

Hasta cierto punto, la campaña aprovechó una frustración general en el electorado, una sensación de que ni los demócratas ni los republicanos corrientes atendían las preocupaciones e inquietudes de la gente.

Sería un error considerar a todos esos partidarios, o la mayoría de ellos, como izquierdistas2 comprometidos o incluso gente que adopte las sofisticadas críticas de izquierdas al neoliberalismo. Muchos de ellos son gente perjudicada por el sistema y angustiada económicamente. Sus motivos para apoyar la campaña de Sanders fueron varios y, aunque creo que el cansancio que tenían con la fidelidad de los partidos a Wall Street ha tenido ciertamente un papel central en el apoyo a Sanders, sería un error tratar de ser los ventrílocuos de esa extensión del electorado.

Creo que la importancia de la aceptación de la etiqueta del “socialismo democrático” por los partidarios también está muy exagerada. Hablar sobre ello me recuerda a la broma de que el principal éxito del movimiento Occupy Wall Street fue que el New York Times escribiera sobre la desigualdad. Durante dos o más décadas no ha tenido sentido pensar que el término “socialismo”, incluso con apellidos, conllevara algún significado particular o coherente o algún grupo de significados para la gran mayoría de los americanos.

Entiendo por qué Sanders lo invocó tanto como hizo. Era una etiqueta ya vinculada a él y era razonable hacer valer el control de su discusión como problema introduciéndolo él mismo. Su referencia a Dinamarca para explicar o pacificar las inquietudes sobre ello pronto me parecieron un poco cansinas e ineficaces políticamente, pero pude apreciar también por qué lo hizo.

Sin embargo, el entusiasmo por ver aparecer la expresión en un discurso público me temo que es una herencia de la marginalidad de la izquierda, del deseo de cumplimiento y del dominio, incluso en la izquierda nominal, de las premisas conceptualmente estrechas, impulsadas por el discurso dominante. Supongo que esto ocurre cuando incluso la izquierda acepta el estigma.

Por las mismas razones nunca utilicé la truculenta expresión “revolución política”. He tenido demasiados encuentros, incluso en la campaña, con gente que se imaginaba que tiene un significado más concreto del que realmente tiene; obviamente es efectiva como retórica política, pero es así porque condensa un símbolo que significa cosas bastante diferentes para gente diferente, y probablemente nada realmente concreto o, a lo sumo, programáticamente concreto.

Nosotros sí sabemos que los llamamientos de Sanders por la defensa de la educación superior pública y gratuita y la asistencia sanitaria nacional, así como por la inversión pública y la regulación del sector financiero, resonaron ampliamente. La cuestión clave es cómo proceder en el futuro.

La campaña tiene amplias listas de potenciales activistas que pueden ser la base posteriormente, organizándolo de cara al largo plazo, y hay múltiples discusiones acerca de los próximos pasos a dar, que tuvieron lugar entre los círculos más internos de la campaña y su base activista y partidaria cercana, como la iniciativa Labor for Bernie.

Hay quien dice que tenemos que entender la derrota de Sanders como resultado de su falta de interés en el racismo y el sexismo. Angela Davis escribió que Sanders era un candidato “reticente a hablar sobre racismo” y que se limitaba a “un tipo de reduccionismo económico que le impide desarrollar un vocabulario que le permita hablar de manera que nos ilustre sobre la persistencia del racismo, la violencia racista, la violencia del Estado”. Paul Krugman argumentaba que Sanders que era incapaz de hablar de “desigualdad horizontal” y por tanto de ganar el voto de las “minorías”.

¿Qué piensas de esas críticas?

De alguna manera es difícil responder a tales cargos porque no tienen contenido concreto. A lo largo de la campaña pregunté, ¿cómo puede un salario mínimo federal de 15 dólares por hora (el actual salario mínimo es de 7,25 dólares) no ser una cuestión pertinente para negros y latinos, que tienen una probabilidad desproporcionada de ser trabajadores con bajos salarios? ¿Cómo puede la desmercantilización del sistema de salud no ser una “cuestión negra”? ¿O la educación superior gratuita? ¿O el incremento a gran escala de la inversión pública? ¿O renegociar los tratados “comerciales” existentes y bloquear el Acuerdo Trans-Pacífico, que fortalecería aun más el poder de las corporaciones frente a toda la gente trabajadora? Y así sucesivamente. Nadie ha argumentado que los americanos negros, o no blancos, realmente no se beneficiarían desproporcionadamente de la implementación de esos puntos del programa de Sanders.

Por el contrario, ¿qué significa “hablar de racismo”? Nadie en la política americana que aspire a ser respetado adopta el racismo abiertamente – ni siquiera Donald Trump. De hecho, todo el mundo, incluso Trump insiste en que se opone a ello.

¿Cómo puede ser “reduccionismo económico” hacer campaña por un programa que busca unir a la amplia clase trabajadora en torno a preocupaciones compartidas por toda la clase más allá de la raza, el género y otras líneas? Irónicamente, en la política americana ahora tenemos a una izquierda para la que cualquier referencia a la economía política puede ser severamente criticada como “reduccionismo económico”.

Por otra parte no hay evidencia de que Sanders fuese reticente a reconocer o discutir sobre la desigualdad de género o racial. ¿Qué significaría “ilustrarnos acerca de la persistencia del racismo, etc.”? Seguramente, Angela no necesita ser ilustrada; ella ha escrito libros sobre el tema. Esta línea de crítica es o bien errónea o bien deshonesta.

Es igualmente instructivo que una corriente de feministas identitarias procuran reiteradamente caracterizar el apoyo a Sanders como que proviene principalmente de los hombres sexistas de izquierdas. Esto fue una adaptación del engaño sobre la existencia de sector de hombres “brocialistas”3 que amenazaban a feministas con la violación u otro tipo de violencia por sus reticencias a subordinar las preocupaciones feministas al socialismo reduccionista de clase y centrado en el hombre.

Es inmensamente revelador, y exponer esto es una contribución de la campaña que nunca anticipé, que ahora tenemos una “izquierda” en los Estados Unidos para la que el socialismo es considerado una señal de atraso. Es bueno que eso ahora esté claro; siempre es bueno saber dónde se posiciona la gente en relación a la lucha de clases.

Encontré la afirmación de Krugman especialmente interesante, como lo hice con la afirmación de Clinton de que acabar con los bancos no terminaría con el racismo o el sexismo. No terminaría con las tormentas solares ni ayudaría a Bahréin a ganar la Copa del Mundo. Krugman sigue una línea ya conocida de constitución de un progresismo4 de posguerra5 que desconecta la idea de desigualdad de la economía política y la interpreta exclusivamente como disparidad entre grupos.

Lo que realmente fue lo más significativo, aunque con frecuencia no reconocido, fue la jugada que Daniel Patrick Monyham hizo en su grosero trabajo de 1965 The Negro Family: The Case for National Action (La familia negrata: el caso por la acción nacional), comúnmente conocido como el Informe Monyham. Tales liberales empezaron a intentar hacer invisibles las intervenciones públicas a gran escala del New Deal ya a finales de la década de 1940.

Oscar Handlin, el principal historiador de la etnicidad americana de su era – podemos decir que él inventó este campo, lo que también se suele afirmar – planteó una contabilidad de movilidad de grupos étnicos en 1949 que no mencionaba el New Deal o el sindicalismo industrial del CIO6, que todavía era vital y dinámico en aquel momento.

Es especialmente ultrajante, ahora que la desigualdad económica ha crecido a niveles épicos, que Krugman y otros lo desechen e insistan en que el objeto de nuestra preocupación debería ser cómo la desigualdad enorme y creciente se fragmenta entre varios grupos, o las categorías de población se cosifican como grupos.

Estas respuestas a la crítica de Sanders ponen de relieve precisamente cómo fundamentalmente el antirracismo y otros programas identitarios no son solo el ala izquierda del neoliberalismo, sino agentes activos en su imposición de una noción de los límites de lo que políticamente se puede pensar – una especie de guardia fronteriza intelectual neoliberal.

¿Pero no crees que, hasta cierto punto, su campaña no fue una campaña antirracista? Es cierto que concentró su mensaje en cuestiones socio-económicas. Mucha gente en la izquierda dice que eso explica parte de su fracaso en las primarias a la hora de ganar el apoyo de la comunidad negra de los Estados sureños. Alguna gente lo llamó “agenda blanca”, lo que me pareció molesto – Ta-Nehisi Coates incluso dijo que reforzaría la “supremacía blanca”.

¿Cómo podemos explicar esto, y el increíble nivel de apoyo a Clinton?

Tenemos que entender que la política electoral opera bajo una lógica partidista. El ensayo de Cedric Johnson Fear and Pandering in the Palmetto State (Miedo y Jactancia en el Estado de Palmetto)7 es sin duda el mejor análisis del fenómeno del éxito relativo de Clinton con los votantes negros.

Mucho de ello tuvo que ver con el hecho de que Clinton tuviera profundas relaciones con las redes clientelares que realmente producen votantes. Hubo otras razones también. Entre las cuestiones importantes señaladas por Cedric está el error de intentar tratar a los votantes negros como un “voto negro” en el que todos piensan de la misma manera.

También hemos tenido 13 años o más de bajas expectativas constantes sobre lo que podemos esperar como resultado de ejercer el voto en las elecciones. Esto se ha visto claramente en Carolina del Sur cuando un veterano congresista, y antiguo icono del movimiento por los derechos civiles de Georgia, John Lewis, y su compañero congresista negro, James Clyburn, de Carolina del Sur, denunciaron la propuesta de Sanders de educación superior pública y gratuita por irresponsable ya que mandaría un mal mensaje de que la gente puede esperar que le den cosas gratis – es decir, desmercantilizar bienes y servicios públicos – del gobierno. “Nada es gratis en América”, gruñó Lewis.

Sanders cerró la brecha a medida que la campaña avanzaba y salía del Sur. Aun así, yo no interpretaría el voto por Clinton como indicador de que los votantes negros están muy comprometidos con una política antirracista y su agenda, más que con la mejora de sus condiciones materiales y su seguridad.

Ésa es la historia que el Black Lives Matter (Las vidas negras importan) y otros activistas similares contarían en nombre8 de los votantes negros. Pero ése es su invento propagandístico, particularmente por no tener una base real entre la gente negra que vota en cualquier caso. En cuanto a las limitaciones de los argumentos de Coates, recomiendo la discusión crítica de Cedric Johnson en An Open Letter to Ta-Nehisi Coates and the Liberals Who Love Him (Carta abierta a Ta-Nehisi Coates y los liberales que lo adoran).

Lo que me pareció interesante fue la habilidad de Sanders de conectar su campaña con movimientos obreros más amplios en los Estados Unidos. Desde el salario mínimo de 15 dólares hasta su apoyo de la huelga de Verizon9, parecía siempre preocupado por crear una dinámica positiva entre activistas laborales y su campaña.

¿Es ésta la estrategia que deberíamos considerar para el futuro de la izquierda estadounidense?

Sí. Creo que es axiomático que en los Estados Unidos, como en cualquier otro lugar, si no hay un fuerte apoyo en el movimiento obrero, en realidad no hay una izquierda seria. A mucha gente no le gusta oírlo, pero creo que se trata sobretodo de gente que prefiere sus fantasías emocionalmente satisfactorias a buscar el poder político como objetivo para construir el socialismo.

Me parece que, al final, la verdadera candidata neoliberal es Clinton y no Trump. En muchos aspectos los votantes tanto de Bernie como de Trump votaron contra aquello por lo que Clinton se posiciona. Del lado de Bernie, contra el libre comercio, contra la igualdad de oportunidades antes que la igualdad, contra el libre mercado, contra una política exterior agresiva, contra una posición pro-Wall Street, fueron cuestiones centrales de la contienda… Pero por otro lado Trump, a su manera demagógica, también se expresó contra los tratados de libre comercio, contra la política exterior de Clinton y, también, contra la inmigración como una amenaza frente a los salarios y los empleos.

Así que hasta cierto punto este debate no es solamente acerca de “demócratas” frente a “republicanos”, sino también acerca del neoliberalismo y sus efectos. Parece que en el mundo occidental, estamos viendo emerger, en la derecha, una narrativa más extrema que está diseñada para ganar apoyo entre los “perdedores” de la globalización.

Y en esta situación, es molesto que la izquierda parezca incapaz de dar otra respuesta que simplemente acusar a los “blancos de clase trabajadora” de ser racistas. Desde esa perspectiva, Bernie parece una muestra de esperanza y el comienzo de una perspectiva para la izquierda que podría unir a la clase trabajadora más allá de esta política identitaria.

Clinton es definitivamente la candidata neoliberal. No estoy seguro de que pudiera decir que Trump es además un completo sociópata y oportunista que está también dispuesto a congraciarse con las tendencias más peligrosas en la política americana. Estoy de acuerdo con tu visión de cómo Trump encaja con la política populista de derechas que ha emergido en Europa y también aquí.

También es importante recordar que la última cifra de salario medio  de un votante de Trump que he visto, hace un par de meses, es de más de 77.000 dólares por año. Eso no es la clase trabajadora; eso es del tipo del pequeño negocio o del pequeño profesional que están tratando desesperadamente de asegurar o mantener su sentido de pertenencia a los estratos respetables, aquellos que se ven a sí mismos como los americanos “auténticos”, se identifican con la riqueza y temen la usurpación de la clase trabajadora y especialmente de los elementos no blancos de la misma.

Es el mismo estrato de “caballeros de pobreza y posición” que componía las turbas anti-abolicionistas en los Estados Unidos de pre-guerra, la versión más grande y poderosa políticamente del Ku Klux Klan como fenómeno nacional en la década de 1920, el NSDAP, y otros movimientos fascistas y autoritarios.

Estoy de acuerdo también acerca de la esperanza que encarnaba la campaña de Sanders. La campaña mostró que es posible conectar con la amplia clase trabajadora, y me he vuelto cada vez más consciente del margen con el que nosotros, incluyendo los izquierdistas, permitimos que el otro lado nos defina los límites de la clase trabajadora.

Como argumenta Nelson Lichtenstein, la reforma laboral reaccionaria tras la Segunda Guerra Mundial – particularmente la Ley Taft-Hartley, que enmendó la Ley de Relaciones Laborales Nacionales de la era del New Deal y que había espoleado la sindicación desde mediados de la década de 1930 – restringió severamente las categorías de trabajadores elegibles para sindicación, consiguiendo excluir a muchos trabajadores funcionarios y de los llamados trabajadores de “cuello blanco”.

Por supuesto, como sabes, mucha tinta se ha derramado en generar relatos excepcionales de por qué en los Estados Unidos nunca se ha desarrollado un sistema público de protección social tan amplio como en la mayor parte de Europa. Sin embargo, la explicación de la diferencia es muy simple; tras la guerra las clases burguesas en buena parte de Europa quedaron debilitadas y desacreditadas por su asociación con el fascismo. Nuestra burguesía salió de la guerra más poderosa que nunca y políticamente rehabilitada a través de su participación en el esfuerzo de guerra.

En cualquier caso, ahora todo depende de cómo podemos construir sobre el impulso que la campaña de Sanders generó, profundizar y ampliar contactos en sindicatos, centros de trabajo, comunidades, campus universitarios – reconociendo que el ritmo va a ser lento, probablemente décadas, por lo que deberíamos vernos ahora realmente en el comienzo de un largo trabajo de organización.

Una de nuestras preocupaciones es, o debería ser, la corriente de exuberantes izquierdistas que proclaman coaliciones programáticamente difusas y subordinan el programa de clase a políticas identitarias e insolidarias.

Creo que deberíamos construir sobre aspectos más visionarios del programa, por ejemplo, la demanda por la educación superior pública y gratuita, desmercantilizar la atención sanitaria, la imprescindible lucha por parar el TPP, por supuesto contra la discriminación sobre la base de la raza, el género, la orientación sexual, y también contra la política neoliberal y el aparato carcelario público-privado en constante expansión, el cual tenemos que comprender, e insistir a otros que entiendan, que es una cuestión de clase.

¿Cómo crees que esta campaña puede tener efectos más allá de las elecciones? Quiero decir, incluso Bernie dijo muchas veces que lo que quería conseguir no puede hacerlo solo el presidente (incluso si es él). Así que su campaña también consistía en construir un movimiento político que pudiera cambiar el paisaje político en los Estados Unidos.

¿Le ves algún futuro a Bernie? ¿Y cuál es el papel de las organizaciones obreras en este proceso?

En mi opinión todo hasta este punto era preparación. En ese sentido la campaña consistía en mostrar que la discusión abierta de las preocupaciones y programas de clase trabajadora resonaría y en encontrar activistas y organizadores serios, reuniéndolos y preparándolos para empezar a organizar y movilizar en torno a las cuestiones de la campaña y quizá también circunstancialmente en torno a la candidatura electoral.

Ése es otro obstáculo que la izquierda en este país necesita superar, la tendencia idiota de buscar un candidato para el cargo o alguna normativa bien arreglada. Ambos deberían surgir del movimiento como expresiones de su fuerza; a pesar de las creencias de aquellos encadenados a la Cuarta Internacional y otras fantasías, ellos no son vehículos a través de los que generar esa fuerza.

Finalmente, ¿eres optimista sobre el futuro del movimiento obrero estadounidense?

Tengo que serlo. No podemos ir a ninguna parte sin un movimiento obrero vibrante, y, como el viejo dirigente canadiense de los trabajadores de la automoción Sam Gindin y otros camaradas en los sindicatos argumentan, el movimiento obrero necesita una izquierda vibrante también. Esto está cada vez más claro.

Hay muchos signos positivos en el movimiento obrero; la iniciativa Labor for Bernie fue una de las más sólidas en la campaña y ha proporcionado un contexto para mucho de lo que queda de la izquierda obrera – incluyendo muchos de mis viejos camaradas del Partido Laborista – para reunirnos y pensar en juntos estratégicamente.

Incluso aparte de la campaña, hay fuerzas sustanciales en varios sindicatos que están dirigidas por progresistas e izquierdistas comprometidos con el papel del sindicato en la construcción de un movimiento social más amplio.

Es un proceso largo, lento y será importante para nosotros como militantes tenerlo en mente. Ese enfoque prudente de organizarse es una especialidad del movimiento obrero, el patrón de ampliación, consolidación y más ampliación.

No puedo decir que confíe en que ganaremos finalmente; los pronósticos siempre están muy en nuestra contra, y, como las dificultades de nuestros que camaradas en Brasil y Venezuela están afrontando de las clases burguesas corruptas que temen que ya no pueden hacerse democráticamente con el control de la sociedad, aclaremos que cuanto más éxito tengamos, más peligrosa se volverá la situación política.

La diferencia entre los marxistas de hoy en día y los de antes de nosotros es que, con excepción de los religiosos sectarios, ya no tenemos el consuelo de la confianza teleológica. No hay ningún momento milenario, ningún momento objetivo del accidente. No sabemos por qué caminos discurrirá la historia; solo podemos tratar de influir en ella.

Estos días cada vez más, como dije en mi primer comentario, creo que el Sargento Pavlov es de alguna manera un buen modelo para nuestra práctica. No necesitamos seguir la agenda ni debatir el tema diario que sale en las noticias; ni necesitamos esforzarnos por ser los comentaristas más listos de la blogosfera – lo primero es como identificar la última “traición” o la Siguiente Gran Cosa – la nueva tendencia de moda de la agencia transformadora.

Más bien, la tarea es luchar donde estemos comprometidos y aferrarnos a ello con una comprensión de que somos pequeñas partes de una gran misión y que nuestros esfuerzos deberían dirigirse a hacerla más grande y más fuerte.

Una metáfora deportiva puede ser útil en este sentido; nuestro trabajo es poner el balón en juego y tratar de estar preparados para reaccionar de manera efectiva ante las a menudo impredecibles condiciones que sobrevienen. Eso, por supuesto, requiere comprender la lógica del juego y de la naturaleza, las fortalezas y las limitaciones de quienes se nos oponen tanto como las de nuestros aliados.


Adolph Reed es profesor de ciencias políticas en la Universidad de Pensilvania y ha trabajado en la campaña de Bernie Sanders.

Daniel Zamora es sociólogo de la Universidad de Illinois en Chicago y de la Universidad Libre de Bruselas.

Notas

  1. To Ventriloquize: Término político norteamericano. Se refiere a hablar en nombre de un determinado grupo social o colectivo. Implica otorgarse una portavocía que no es real. Tiene connotaciones peyorativas.
  2. En inglés la palabra “leftist” no significa “izquierdista” en el sentido de oportunista de izquierdas. Sería más bien “izquierdista” en el sentido de partidario de las izquierdas.
  3. Mezcla de “brother” (hermano) y socialista que muestra un cierto desdén por los derechos de las mujeres.
  4. En el original usa la expresión “liberalism”, forma que tienen en EE.UU. de referirse a la izquierda en sentido ámplio.
  5. Se refiere a la Segunda Guerra Mundial
  6. Congress of Industrial Organizations. Congreso de Organizaciones Industriales en español. Fue una federación de sindicatos industriales en EEUU y Canadá entre 1935 y 1955 y que apoyó la política del New Deal de Roosevelt.
  7. Cedric Johnson, “Fear and Pandering in the Palmetto State : Why did Bernie Sanders lose in South Carolina, and what does it mean going forward?“. Palmetto State es un sobrenombre de Carolina del Sur.
  8. Usa el término ventriloquize
  9. La huelga de Verizon, el conflicto laboral más importante en Estados Unidos en los últimos años, implicó a 40.000 trabajadores y duró 54 días. Finalizó el 17 de junion de 2016 con la victoria sindical.