Democracia y Socialismo

La relación entre la lucha por la democracia y la lucha por el socialismo recorre toda la historia del movimiento internacional obrero y comunista.

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Un militante del partido encargado de la distribución de periódicos. Foto: pcp.
Un militante del partido encargado de la distribución de periódicos. Foto: pcp.pt

Albano Nunes, Miembro de la Comisión del Comité Central del PCP

Traducción: Asociación Cultural Jaime Lago


Nota de La Mayoría

Hace poco la Asociación Cultural “Jaime Lago” traducía al castellano una interesantísima publicación de “Avante” (periódico oficial del Partido Comunista Portugués) titulada “Democracia y Socialismo”.

Aborda una polémica real y vigente, no sólo para nuestra intervención en la lucha de clases, sino para la perspectiva general de las tareas del movimiento obrero. Transmite una visión que guarda coherencia con las bases del marxismo y, en consecuencia, es útil para desarrollar nuestra labor política, pues comprende que lo esencial del concepto “democracia” es conocer su esencia o, dicho de otra manera, saber qué clase la ejerce y a qué intereses responde.

Define con acierto la relación existente entre democracia y revolución y atina en la crítica tanto a quienes han perdido la perspectiva socialista como a quienes no terminan de entender que no existe un muro entre una cosa y otra.

Las formas de transición del capitalismo al socialismo son un problema de actualidad y no un antojo intelectual.

Este artículo refleja, como decía Lenin, que es en la lucha por la democracia donde las trabajadoras y trabajadores descubrimos los límites de la sociedad capitalista y, en combinación con el estudio del marxismo, tomamos conciencia de la necesidad de construir una nueva basada en el poder obrero, en la democracia socialista.


La relación entre la lucha por la democracia y la lucha por el socialismo recorre toda la historia del movimiento internacional obrero y comunista. En nuestros días ha adquirido una importancia particular, se ha convertido en un tema de debate inevitable entre las fuerzas de izquierda y entre quienes afirman ser fuerzas “de izquierdas”, e incluso han sido motivo de graves desacuerdos en el movimiento comunista y revolucionario internacional.

Entre las razones latentes por las que esta cuestión ha adquirido una renovada actualidad, está la contradicción entre, por un lado, la profundización de la crisis estructural del capitalismo y la demanda de profundos cambios revolucionarios dirigidos hacia el socialismo y, por otro, el insuficiente desarrollo de las fuerzas revolucionarias y el retraso en la organización y en la conciencia política y disposición de las masas. Se trata de un contexto en el que el capitalismo responde a la crisis del sistema intensificando su política de explotación, opresión y guerra y amenaza al mundo con una catástrofe de proporciones inconmensurables.

Este es el sustrato de dos tendencias extremas y opuestas, pero que convergen en el mismo resultado:

  • Ceder a las dificultades de la lucha y adaptarse al estado de cosas, abandonar una perspectiva revolucionaria y optar por una posición reformista de colaboración de clase (a menudo justificada por la tesis de que después de todo “el socialismo no es más que el progreso de la democracia”), que produce la deriva socialdemócrata de los partidos comunistas, mientras la socialdemocracia, rendida al neoliberalismo, se convierte en un pilar del imperialismo;
  • La impaciencia izquierdista y el radicalismo que niega la existencia de etapas intermedias y fases en la lucha revolucionaria y coloca el socialismo como una tarea inmediata y universal, independiente de las condiciones concretas de cada país, hasta el punto de considerar la lucha por alternativas de progreso social y la soberanía como una mera “gestión del sistema” siendo incluso reaccionaria para el desarrollo del proceso de transformación social.

Vivimos el período del paso del capitalismo al socialismo inaugurado por la Revolución de Octubre y definido como tal por Lenin. Pero esto no significa que las condiciones para una revolución socialista se den en todas partes.  La derrota del revisionismo bernsteiniano gracias a Lenin -bernsteinianismo que vaciaba a Marx y el marxismo de su contenido revolucionario (el poder de los trabajadores1) al proclamar que “el movimiento lo es todo y el objetivo final es nada” –  nunca fue sinónimo de “socialismo ahora” o de la negación o la subestimación de la existencia de etapas y fases intermedias en el camino hacia la conquista del poder por parte de la clase obrera. Menos aún de la incomprensión de la importancia de la lucha por la democracia en la estrategia revolucionaria del partido del proletariado y de la correlación de la lucha por la democracia y la lucha por el socialismo.

Por lo tanto es particularmente provechoso e instructivo volver a Lenin y ver cómo peleó simultáneamente en ambos frentes contra la derecha revisionista y el oportunismo reformista, que pospuso indefinidamente la revolución y saboteó la acción revolucionaria, y contra el oportunismo voluntarista de los impacientes que, aislando la vanguardia y la clase de las masas, quemó en fraseología sectaria y dogmática cualquier posibilidad real de avance revolucionario y de transformación: “La revolución socialista no es un acto único, ni una batalla en un frente aislado, sino toda una época de agudos conflictos de clases, una larga serie de batallas en todos los frentes, es decir, en todos los problemas de la economía y de la política, batallas que sólo pueden culminar con la expropiación de la burguesía. Sería por completo erróneo pensar que la lucha por la democracia pueda distraer al proletariado de la revolución socialista, o relegarla, posponerla, etc. Por el contrario, así como es imposible un socialismo victorioso que no realizara la democracia total, así no puede prepararse para la victoria sobre la burguesía un proletariado que no libre una lucha revolucionaria general y consecuente por la democracia.”2

La cuestión de la democracia

El PCP ha definido claramente en su Programa adoptado en el XIX Congreso “Una democracia avanzada – los valores de abril en el futuro de Portugal”, su concepto de democracia, concepto que se encuentra en su visión marxista-leninista del mundo y en su propia experiencia revolucionaria. Un concepto que no es una abstracción desconectada de la realidad social, y que, por supuesto, tiene contenido de clase. Un concepto que no desprecia la democracia formal, (¿cómo podría hacerlo un partido que se ha establecido y enraizado en las masas bajo una dictadura fascista y cuya lucha por las libertades democráticas fundamentales ha sido el objetivo central e inmediato de su acción revolucionaria?) y que reconoce el valor de la democracia política. Pero que considera que la democracia, para responder a la misma raíz etimológica del concepto – “poder del pueblo” -, debe ser no sólo política, sino también económica, social y cultural, dentro de un marco en el que la independencia y la soberanía nacionales estén aseguradas.

Para el sentido común, el concepto de democracia es un concepto muy estrecho que abarca situaciones muy diferentes de organización del poder del Estado en lo que respecta al ejercicio de las libertades y derechos fundamentales generalmente reducidos a su dimensión cívica y política. Es un concepto que distorsiona la realidad porque sólo toma en cuenta la forma política del gobierno y no sólo elude su contenido concreto de clase, sino que asimila la “democracia” en general a la democracia burguesa, una expresión superestructural que oculta la dominación de la burguesía en el marco de las relaciones capitalistas de producción basadas en la apropiación privada de los medios de producción.

El Estado siempre tiene una naturaleza de clase. Es absurdo hablar de un Estado “neutral”, al servicio del “bien común”, por encima de las clases sociales y de las contradicciones de clase como afirma la burguesía. Cuando se habla de democracia, hay que preguntarse: ¿para quién, para qué clases? ¿En el interés de quienes, de qué clases? Una democracia integral sólo puede ser una democracia socialista, basada en el poder de los trabajadores y la propiedad social de los medios de producción, guiada por los intereses de la abrumadora mayoría de la sociedad.

Pero con todas sus limitaciones y ambigüedades el concepto de democracia aplicado a una sociedad capitalista, donde el ejercicio del poder de la clase dominante está limitado por la correlación de fuerzas a nivel social y político, representa un avance liberador y una conquista heroica de los trabajadores en la lucha de clases que ningún revolucionario tiene derecho a subestimar.

Es una realidad histórica que el poder de la burguesía pueda ejercerse en diversas formas, dictatoriales o democráticas. El fascismo, la dictadura terrorista del gran capital monopolista, es la forma más violenta de ejercicio del poder capitalista. Y el ejercicio democrático puede variar mucho, debido al desarrollo de la lucha de clases y a su traducción política, electoral e institucional.

Por otra parte, también es cierto que el poder revolucionario conquistado por los trabajadores ha conocido formas diferentes en diferentes países y a lo largo del tiempo dentro de un mismo país. La realidad es que la Revolución de Octubre, aunque con rasgos generales y universales, no es igual que otras revoluciones socialistas. Las realidades de Vietnam, Cuba, la República Popular Democrática de Corea y la República Popular de China difieren sustancialmente en cuanto al partido, al poder político, la organización económica y otros aspectos. Es una prueba, para dar un solo ejemplo, que, entre la China de la revolución victoriosa de 1949, la de la Revolución Cultural Maoísta o la de hoy, las diferencias son amplias.

Esto significa (lo que la ceguera dogmática y sectaria no permite comprender) que con la misma naturaleza de clase y en la misma formación económica y social, las formas que adquiere el poder pueden ser variadas, lo que obviamente no es irrelevante para los trabajadores, sus aspiraciones de una vida feliz ni – particularmente importante en este tema–para su lucha por la transformación revolucionaria de la sociedad, para sus objetivos estratégicos del socialismo y el comunismo.

Lenin destacó la necesidad de distinguir entre la forma política del gobierno y la esencia de un régimen económico y social, y los comunistas portugueses saben por experiencia que no es lo mismo desarrollar la lucha bajo las condiciones de una dictadura fascista (48 años), que en una democracia en camino al socialismo (en los años posteriores a la Revolución de Abril en el contexto de las transformaciones democráticas que fueron consagradas en el proceso  constitucional), durante la ofensiva contrarrevolucionaria realizada desde los órganos de poder o en el actual marco de la situación política.

Como afirmó Álvaro Cunhal: “El marxismo-leninismo no tiene nada que ver con la concepción anarquista de que es irrelevante para la clase obrera que el poder de la burguesía se ejerza en régimen parlamentario o dictadura fascista, ya que en ambos casos es capitalismo (…) Mientras el capitalismo subsista, el proletariado está interesado en luchar por que la dictadura burguesa se ejerza de la manera más democrática posible, ya que le trae menos sufrimiento, es capaz de defender mejor sus derechos, forjar su unidad, fortalecer sus organizaciones, limitar y debilitar el poder de los monopolios, ganar a las masas a la causa de la revolución socialista, y en este sentido se afirma que la lucha por la democracia es parte integral de la lucha por el socialismo”. 3

La cuestión de las etapas

La lucha revolucionaria por el socialismo implica diferentes etapas y fases en cada país, y país a país. Etapas que, aunque estén situadas dentro de un marco dominado por las relaciones capitalistas de producción, en las que aún no se ha producido la ruptura revolucionaria que ponga el poder en manos de la clase obrera y sus aliados, tienen sus propias características con un sistema de poder, ciertamente transitorio, pero que refleja los intereses de ciertas clases sociales y fracciones de la burguesía y la correlación de fuerzas en la sociedad.

En el caso concreto de la democracia avanzada que el PCP propone al pueblo portugués, esta se deriva de la realidad de la lucha de clases en Portugal, en la que la Revolución de Abril es un hito decisivo con sus valores y experiencias y las profundas huellas que dejó en la sociedad portuguesa. Es una democracia que es simultáneamente política, económica, social y cultural, dentro de un marco de soberanía nacional. Es una democracia de contenido popular con una naturaleza de clase antimonopólica y anti-imperialista. Es una democracia que difiere fundamentalmente de las democracias burguesas dominadas por el capital monopolista, que – cada vez más disminuidas y amputadas – existen actualmente en toda Europa. Es una democracia en la que se fijan tareas y objetivos, que ya son tareas y objetivos de una sociedad socialista: entre la etapa de la democracia avanzada y la etapa socialista de la revolución portuguesa, no sólo existe una “Gran Muralla China” sino etapas interconectadas. Esta es la realidad con la que algunos por ignorancia o mala fe, establecen paralelos absurdos con situaciones de otros partidos, llegando incluso a acusar al PCP de “reformismo” por no colocar al socialismo como objetivo inmediato de su acción o admitir Convergencias y alianzas, más o menos transitorias, sociales y políticas.

El contenido de la democracia incorporado en el Programa del PCP adquiere así un carácter muy “avanzado”, lo que no significa que sea un resultado puro y simple de un desarrollo mecánico y gradual del actual régimen democrático. No, la profundización de la democracia en sus múltiples dimensiones será el resultado de la lucha de clases, será conquista y ruptura, será una alteración no sólo de cantidad sino de calidad, un proceso de naturaleza revolucionaria, cuya forma más o menos pacífica dependerá esencialmente de la resistencia del gran capital monopolista y cuyos contornos serán moldeados por la intervención creadora de las masas mismas.

La conexión dialéctica entre la lucha por la democracia y la lucha por el socialismo es una realidad muy presente en todas las fases y etapas de la revolución portuguesa. Esto ocurrió durante la larga oscuridad del fascismo cuando la lucha por la libertad y el establecimiento de un régimen democrático fue el objetivo central de la lucha del pueblo portugués. Esto sucedió con la revolución antifascista de 1974, que en sus líneas fundamentales confirmó el Programa del Partido para la Revolución Democrática y Nacional. Esto es particularmente evidente hoy con la democracia avanzada de nuestro actual Programa que, para alcanzar sus objetivos fundamentales, tiene que llevar a cabo tareas que ya son las de una revolución socialista. Esto puede ser incomprensible para aquellos que tienen una visión mecánica y esquemática de los procesos históricos, pero no es sorprendente para el PCP: el momento de la transición del capitalismo al socialismo, es un momento en que cualquier revolución – democrática, de liberación nacional o cualquier otra – para lograr sus propios objetivos, debe necesariamente adquirir un carácter antiimperialista, anticapitalista y situarse objetivamente en la perspectiva del socialismo.

Lo inmediato y la perspectiva

El proceso de transformación revolucionaria de la sociedad no es un camino recto como la Nevsky Prospekt – famosa avenida rectilínea en San Petersburgo, NdT- (por usar una cita famosa de Lenin), sino irregular y desigual, hecho a base de avances y retrocesos, de exaltantes períodos de afluencia y avance revolucionario y dramático reflujo, de victorias y derrotas. Los comunistas tienen que estar preparados para las diferentes situaciones, saber retroceder y avanzar, y definir los objetivos fundamentales a alcanzar, las formas de lucha más apropiadas y las correspondientes alianzas sociales y políticas. Las alianzas, convergencias y compromisos bajo el fascismo o en la época de la revolución de abril no eran las mismas. No son las mismas que para formar una alternativa patriótica y de izquierda, y para una democracia avanzada dirigida al socialismo. Es deber del partido de la clase obrera y de todos los trabajadores construir alianzas, aunque limitadas y contingentes, para avanzar en su lucha. Que haya quienes no entiendan esta necesidad no es sorprendente, pero es absurdo y ridículo intentar justificar tal incomprensión al nivel ideológico con una supuesta “pureza” marxista-leninista cuando fue precisamente Lenin quien fustigó el izquierdismo más sectario, al que dio en llamar “enfermedad infantil del Comunismo”.

El PCP, porque está seguro de su independencia de clase y confía en las masas, no tiene miedo a las convergencias y acuerdos si, como en el caso de la posición conjunta con el PS, es en interés de los trabajadores, del pueblo y del País. El PCP es consciente de las experiencias positivas y negativas de la historia del movimiento comunista en materia de alianzas políticas y sabe que sólo pueden favorecer el desarrollo de la lucha cuando aseguran una completa independencia política, ideológica y organizativa del partido comunista. Y cuando, interviniendo en lo inmediato, no se pierde de vista la perspectiva y no confunde táctica y estrategia.

Sí, en la actual etapa de la revolución portuguesa, el PCP lucha por profundas transformaciones progresistas sin poner como tarea inmediata la lucha por el socialismo, este no tiene nada que ver con una ilusión reformista. Porque la pregunta nunca ha sido acerca de buscar cambios dentro de un sistema capitalista. Ese es el sentido inmediato de la resistencia y la lucha cotidiana de los trabajadores, algo que los charlatanes desprecian. El peligro es buscar los límites dentro del capitalismo sin una perspectiva y una línea de intervención revolucionaria. Si uno confunde gobierno con poder, si se aferra a una línea electoral y no tiene en cuenta que las masas -su organización y movilización- son el factor determinante del proceso de transformación social, si se ignora que sin la transformación de las bases económicas y sociales es imposible consolidar cambios positivos a nivel político, y sobre todo si se pierde de vista que el del Estado es el tema central de toda revolución, inevitablemente se desliza hacia la adaptación al sistema, la entrega y la traición.

Por último, un esclarecedor extracto del discurso del camarada Álvaro Cunhal en la apertura del XIV Congreso del PCP sobre las enmiendas introducidas en el Programa del Partido “Una democracia avanzada en el umbral del siglo XXI”, adoptadas en el XII Congreso de 1998: “Partiendo de la reflexión y experiencias propias y de las experiencias positivas y negativas internacionales, el Programa apunta al proyecto de ulterior construcción de una sociedad socialista que incorpore y desarrolle elementos constitutivos fundamentales de la democracia avanzada […] Este vínculo entre la democracia avanzada que se propone y la sociedad socialista que apuntamos en el horizonte está arraigada en nuestra constante intervención en la sociedad. El ideal comunista es para nosotros no sólo un proyecto para el futuro, sino un ideal cuya materialización se prepara y desarrolla en una actitud de reflexión, crítica, intervención, y lucha incansable y convencida para transformar el presente “4

Notas

  1. Desde el punto de vista marxista-leninista, el Estado tiene una naturaleza de clase. El término “dictadura del proletariado” significa el poder de los trabajadores, que es la democracia para la gran mayoría del pueblo, mientras que bajo el capitalismo hay una “dictadura de la burguesía”, el poder de una minoría sobre la mayoría de la sociedad.
  2. Lenin, V.I. La Revolución socialista y el derecho de las naciones a la autodeterminación. Enero-febrero de 1916
  3. Álvaro Cunhal, La cuestión del Estado, la cuestión central de toda revolución. Obras Escolares, Lisboa, tomo IV, 2013, p.223.
  4. Álvaro Cunhal, Fracasso y Derrota del Gobierno de la Dirección del PSD / Cavaco Silva, Discursos Políticos 25, Edições «Avante!», Lisboa, 2016, p. 1288.