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La City de Londres, uno de los distritos financieros más grandes de Europa. Foto. Wikimedia. kloniwotski
La City de Londres, uno de los distritos financieros más grandes de Europa. Foto. Wikimedia. kloniwotski
Henri Houben

Henri Houben

Economista at GRESEA
Economista e investigador en el GRESEA y en el Instituto de Estudios Marxistas y escribe regularmente para Études marxistes. Es el autor de La crisis de treinta años. ¿El fin del capitalismo? (Aden, 2008).
Henri Houben

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Con la crisis económica que estalla en el año 2007 en EEUU y se expande por todo el mundo al año siguiente1, resurge el interés por los análisis de Karl Marx. Numerosos editores vuelven a publicar su obra más importante, El Capital, que suscita lecturas por una cuestión de militancia pero también lecturas por mera curiosidad. No, definitivamente Marx no ha muerto.

Pero este entusiasmo justificado probablemente se haya visto frenado a la hora de emprender la lectura del primer tomo, el único que fue publicado mientras el autor vivía2. Efectivamente, las  primeras cuarenta páginas3 son particularmente arduas y densas. Suponen entrar de lleno en el pensamiento de Karl Marx, repleto de trazas de filosofía y de hegelianismo4. El autor lanza sus propios conceptos y los de la economía clásica y comienza a hacer malabarismo con todos ellos, como si fueran evidentes para todo el mundo, lo cual puede despistar a los lectores desprevenidos.

Y es que si Marx hubiera tenido que publicar su obra tal cual hoy en día, probablemente le habría resultado difícil encontrar un editor. Cualquiera le habría aconsejado un enfoque menos directo y menos complejo, sabiendo que los comienzos de los libros son fundamentales para alimentar las ganas del lector de seguir con la aventura analítica. Lo que no quita para que a continuación se pueda ir complejizando.

Sin embargo a medida que avanzamos en la lectura, nos encontramos con pasajes realmente accesibles, e incluso agradables, como por ejemplo aquel que trata sobre la lucha por la reducción de la jornada laboral, aquel sobre la superpoblación relativa -nombre que Marx le pone al desempleo en una época en la que no había prestaciones-, o aquel otro sobre la acumulación originaria (el enriquecimiento inicial de los capitalistas)… Pero todos estos pasajes se encuentran ya sea en medio ya sea al final de la obra. Y hace falta por tanto pasar por la pesada introducción antes de llegar ahí.

Por estos motivos, Louis Althusser5 proponía saltarse dicha introducción y comenzar la lectura directamente por la sección segunda del libro, esto es, 75 páginas más adelante. Una vez empapado del método y de los conceptos utilizados por Marx, el lector interesado podría volver a ese comienzo inicialmente abandonado.

En una carta dirigida a su editor francés, Marx reconoce que: “el método de análisis empleado por mí, y que hasta el presente no había sido aplicado a las cuestiones económicas, hace que la lectura de los primeros capítulos resulte no poco ardua, y es de temer que el público francés, siempre impaciente por llegar a las conclusiones, ávido de conocer la relación entre los principios generales y los problemas inmediatos que lo apasionan, se desaliente al ver que no puede pasar adelante de buenas a primeras. Nada puedo contra ese inconveniente, sin embargo, salvo advertir y prevenir acerca de él a los lectores que buscan la verdad. En la ciencia no hay caminos reales, y sólo tendrán esperanzas de acceder a sus cumbres luminosas aquellos que no teman fatigarse al escalar por senderos escarpados.”6

Por nuestra parte pensamos que es importante empezar El Capital por el principio, hacer ese esfuerzo inicial, lanzarse a las tortuosas curvas del conocimiento, como nos sugiere Marx, sabiendo que tal principio es un pedazo grande que cuesta tragarse y que luego el resto puede ser digerido con mayor facilidad. Pero para esto hace falta sin duda una puesta a punto, una explicación. Máxime cuando el autor publica el libro en 1867, utiliza el vocabulario de un filósofo alemán del siglo XIX y responde a cuestiones que se planteaban en su época. El actual contexto es totalmente diferente.

Una cuestión de método

Lo más destacable de la obra es que desde las primeras páginas, Marx realiza su análisis económico partiendo de una reflexión metodológica que se basa en una rigurosa lógica. Esto es lo que las hace particularmente complejas y es importante no saltarse ni un sólo elemento de la demostración.

En presentaciones anexas, Marx y Engels precisaron la metodología empleada. Ciertamente estos textos tampoco son fáciles, pero aclaran cuál es la forma marxista de analizar los fenómenos económicos y sociales. Y el punto de partida es la recopilación de hechos históricos.

Pero ¿acaso podemos quedarnos en eso? De esta manera lo único que obtenemos es una amalgama de observaciones que van en casi todos los sentidos. Tal y como escribía Engels: “La historia se desarrolla con frecuencia a saltos y en zigzags, y habría que seguirla así en toda su trayectoria, con lo cual no sólo se recogerían muchos materiales de escasa importancia, sino que habría que romper muchas veces la ilación lógica. Además la historia de la Economía Política no podría escribirse sin la de la sociedad burguesa, con lo cual la tarea se haría interminable, ya que faltan todos los trabajos preparatorios.”7

Dicho de otra manera, la historia nos va llevando más o menos en todas las direcciones y es entonces cuando debemos reconstituir lo real a partir de las lineas tendenciales, siguiendo el desarrollo lógico de estas. En efecto Engels prosigue: “Por tanto, el único método indicado era el lógico. Pero éste no es, en realidad, más que el método histórico, despojado únicamente de su forma histórica y de las contingencias perturbadoras.”8. Así pues, la metodología que parte de la historia nos permite distinguir los fenómenos principales de aquellos que son secundarios e incluso carentes de importancia. Podemos verlos desarrollarse desde lo más simple hasta lo más complejo y reconstituir la necesaria lógica de este proceso.

Se trata, al mismo tiempo, de constatar las relaciones entre los fenómenos puesto que como escribía Engels: “La Economía Política no trata de cosas, sino de relaciones entre personas y, en última instancia, entre clases; si bien estas relaciones van siempre unidas a cosas y aparecen como cosas.”.  De ahí el error de la economía “vulgar”9 de no ver más allá de las cosas y del provecho de las cosas.

Finalmente hay que volver una y otra vez a la historia para verificar, corregir y mejorar el análisis. Así, Engels concluye lo siguiente: “Vemos, pues, cómo con este método el desenvolvimiento lógico no se ve obligado, ni mucho menos, a moverse en el reino de lo puramente abstracto. Por el contrario, necesita ilustrarse con ejemplos históricos, mantenerse en contacto constante con la realidad.”10 Y de esta manera define lo que los marxistas llaman materialismo histórico.

Una vez dicho esto también hay que saber por dónde empezar. La tentación de comenzar por la noción de trabajo y de centrarse en ella es muy fuerte, sin embargo sería un error. Y Marx explica las siguientes presuposiciones: “El trabajo parece ser una categoría muy simple. La idea del trabajo en esta forma universal -como trabajo en general- es asimismo una de las más antiguas. Sin embargo, el “trabajo”, examinado desde el punto de vista económico bajo esta forma simple, es una categoría tan moderna como las relaciones que engendran dicha abstracción simple.”11

Detrás de esta noción están las formas concretas en las que se practica el trabajo y por tanto hace referencia directa al concepto de clase social. Presuponemos ya una sociedad muy particular, con unas relaciones sociales contradictorias que engendran luchas y conflictos. Estamos ya de lleno en el corazón de la cuestión y sin embargo este necesita ser previamente introducido y explicado.

En estas condiciones más vale partir de la noción de mercancía. Se trata de una categoría más “neutra”, menos problemática, incuestionable, a partir de la cual construyeron su teoría los fundadores de la economía política, Adam Smith y David Ricardo. Además la mercancía es fundamental dentro de la sociedad capitalista contemporánea mientras que no lo era, o no tanto, en las anteriores civilizaciones.

Por eso El Capital comienza con estas frases: “La riqueza de las sociedades en las que domina el modo de producción capitalista se presenta como un “enorme cúmulo de mercancías”, y la mercancía individual como la forma elemental de esa riqueza. Nuestra investigación, por consiguiente, se inicia con el análisis de la mercancía.”12

Volver a los clásicos

En 1867 Marx publica el primer tomo de El Capital. En realidad lleva trabajando en ello desde su llegada a Londres tras los movimientos revolucionarios de 1848. A partir de ahí, viendo que el clima político en Europa se ha calmado, va prácticamente todos los días a la inmensa biblioteca del Museo Británico desde donde puede acceder a toda la literatura económica de la época.

Allí descubre y estudia dos obras destacables: una de Adam Smith Investigación de la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, publicada en 1776 y considerada como la primera obra moderna de economía política, y otra de David Ricardo Principios de economía política y tributación, publicada en 1817. En ambas se inspirará ampliamente.

En efecto, ambos autores y sobre todo Ricardo, explican que toda riqueza procede de dos fuentes: la naturaleza y el trabajo. La primera ofrece sus productos de forma gratuita, pero por las cosas trabajadas hay que pagar. Conciben así dos aspectos distintos del valor de una mercancía. El valor de uso, es decir su utilidad, y el valor de cambio que es el precio que tiene a la hora de ser intercambiado.

Lo que ocurre es que el valor de uso apenas influye en la suma que se tendrá que pagar para adquirir un determinado bien. Así pues, Adam Smith escribe: “Las cosas que tienen un gran valor de uso con frecuencia poseen poco o ningún valor de cambio. No hay nada más útil que el agua, pero con ella casi no se puede comprar nada; casi nada se obtendrá a cambio de agua. Un diamante, por el contrario, apenas tiene valor de uso, pero a cambio de él se puede conseguir generalmente una gran cantidad de otros bienes.”13

Pero si la utilidad no explica el valor de cambio de una mercancía, ¿qué es lo que puede determinarlo? El trabajo contenido en ella. David Ricardo precisa: “En las etapas iniciales de la sociedad, el valor en cambio de dichos bienes, o la regla que determina qué cantidad de uno debe darse en cambio por otro, depende casi exclusivamente de la cantidad comparativa de trabajo empleada en cada uno.”14

Así pues, este principio según el cual el valor de las mercancías procede del trabajo humano que le ha sido dedicado no es ninguna novedad o particularidad del marxismo, sino que es compartido por los más grandes economistas liberales de la época. Y esto no es todo.

Smith y Ricardo consideran que el valor creado por el trabajo se reparte entre tres clases sociales: los trabajadores, los industriales y los terratenientes. A estas tres clases sociales les corresponden  tres tipos de ingresos distintos: el salario, el beneficio y la renta. Estos autores piensan que mientras que los salarios y los beneficios están justificados, las rentas ponen en serio peligro el crecimiento económico puesto que son otorgadas a una categoría de personas que consideran parasitaria: los aristócratas terratenientes. Así pues, en la etapa del naciente capitalismo, estos autores toman partido por la nueva clase ascendente, la burguesía.

Marx parte de esta postura que le parece extremadamente interesante. Pero añade que si el valor de las mercancías procede del trabajo, entonces la renta no es el único ingreso parasitario de un grupo social que extrae -en su propio provecho- una parte del producto total, sino que el beneficio de los industriales también lo es. Y esta es una conclusión a la que, evidentemente, Smith y Ricardo no llegan.

En el caso de los dos fundadores de la economía política, hay un punto que es particularmente oscuro: el estudio del trabajo en sí mismo. Sin duda no es su prioridad y le dedican poco tiempo.

Por ejemplo, ¿cuál es el valor real que equivale al salario recibido por el obrero? Ricardo responde de la siguiente manera: “El precio natural de la mano de obra es aquel precio necesario para que los trabajadores, en promedio, subsistan y perpetúen su raza, sin incremento ni disminución”15. Pero es totalmente confuso dado que el precio natural de una mercancía es la cantidad de trabajo contenida en ella. Obtendríamos entonces una fórmula según la cual el salario sería la cantidad de trabajo necesario para producir trabajo. ¡Qué absurdo!

Asimismo, Marx constata que si bien estos dos autores británicos insisten correctamente en que el valor de las mercancías (y por tanto su precio) viene determinado por el hecho de que son producto del trabajo humano, cuando llega la hora de abordar la cuestión de la repartición de los ingresos se trasladan rápidamente hacia otra noción: la de los costes de producción, donde cada categoría social es retribuida en función de su contribución a la economía. Así pues, van oscilando sin cesar entre un enfoque profundo basado en el valor y otro más excepcional, más descriptivo, estudiando la “concatenación que aparentemente se da en los fenómenos de la competencia y que se ofrece a la vista del observador no científico, y a los ojos del observador prácticamente interesado y obsesionado por el proceso de la producción burguesa”16.

Marx retoma y continúa la obra de Ricardo allí donde este muestra con vivacidad que “las relaciones desarrolladas de producción burguesa y también, por tanto, las categorías desarrolladas de la economía política se confrontan con su principio de la determinación del valor[…]”17. No es casualidad por tanto que El Capital tenga como subtítulo “Crítica de la economía política”18. Toda teoría se desarrolla sobre la base de un corpus teórico previamente existente, ya sea para confirmarlo ya sea para refutarlo.

Una relación cuantitativa

Como hemos visto, el punto de partida de Marx es la mercancía. Al igual que Smith y Ricardo se plantea la cuestión del valor de las mercancías y distingue las nociones de valor de uso y valor de cambio. Esto se recuerda en pocas líneas puesto que el tema ya ha sido tratado ampliamente por los dos economistas británicos.

Pero rápidamente Marx realiza otra distinción entre el carácter cualitativo y el carácter cuantitativo del valor: “Toda cosa útil, como el hierro, el papel, etc., ha de considerarse desde un punto de vista doble: según su cualidad y con arreglo a su cantidad”19. El valor de uso hace referencia al primero, puesto que la utilidad tiene que ver con las características propias del producto en la fase de consumo. Tiene un carácter generalmente personal. Un determinado individuo le dará más valor a un determinado objeto que otro individuo, puesto que para él esa cosa tendrá mayor utilidad. Lo que se juzgará durante la utilización de un bien será su calidad y esto dependerá, entre otras cosas, de cada individuo -aunque esto definirá globalmente una utilidad social que es lo más importante para Marx-.

Sin embargo el valor de cambio es una relación cuantitativa: lo que vale una mercancía con respecto a otra. Marx precisa: “En primer lugar, el valor de cambio se presenta como relación cuantitativa, proporción en que se intercambian valores de uso de una clase por valores de uso de otra clase, una relación que se modifica constantemente según el tiempo y el lugar”20.

La primera cuestión que se plantea es saber si el valor de uso de una mercancía puede determinar su valor de cambio. La respuesta dada por Smith y Ricardo se basa en ejemplos: el agua, el aire son muy útiles pero son gratuitos o muy baratos; el oro y el diamante son de consumo limitado, participan poco en el proceso productivo pero alcanzan precios muy elevados. Para Marx existe una incompatibilidad. No podemos partir de algo cualitativo para llegar a algo cuantitativo: “En cuanto valores de uso, las mercancías son, ante todo, diferentes en cuanto a la cualidad; como valores de cambio sólo pueden diferir por su cantidad, y no contienen, por consiguiente, ni un solo átomo de valor de uso”21.

Así pues, explica: “Tomemos otras dos mercancías, por ejemplo el trigo y el hierro. Sea cual fuere su relación de cambio, ésta se podrá representar siempre por una ecuación en la que determinada cantidad de trigo se equipara a una cantidad cualquiera de hierro, por ejemplo: 1 quarter de trigo = a quintales de hierro. ¿Qué denota esta ecuación? Que existe algo común, de la misma magnitud, en dos cosas distintas, tanto en 1 quarter22 de trigo como en a quintales de hierro. Ambas, por consiguiente, son iguales a una tercera, que en sí y para sí no es ni la una ni la otra. Cada una de ellas, pues, en tanto es valor de cambio, tiene que ser reducible a esa tercera”23

Si las hubiéramos pesado podríamos haberlas reducido a “un tercero”, el peso, cuya unidad sería el kilo que es común a ambas y así podríamos haber afirmado que un quarter de trigo es igual a 0.125kg de hierro. Del mismo modo, si hubiera que evaluar a los seres humanos por su altura, utilizaríamos la noción de longitud cuya vara de medir sería el metro.

¿Pero cuál es la vara de medir en el caso del intercambio de mercancías? Evidentemente no es ni una propiedad geométrica, ni física, ni química. Un kilo de oro vale bastante más que un kilo de plumas. Y podríamos seguir así hasta el infinito.

A partir de entonces, “únicamente les restará una propiedad: la de ser productos del trabajo”24. Dos mercancías pueden ser intercambiadas entre sí y su valor viene determinado, porque ambas son producto de un determinado trabajo. El valor de una mercancía depende, pues, de la cantidad de trabajo necesaria para su producción.

Nos volvemos a encontrar aquí con la conclusión de Smith y de Ricardo pero mediante una argumentación filosóficamente elaborada y no a partir de observaciones empíricas. Es la gran fortaleza del análisis de Marx, aunque por ello su accesibilidad sea menor.

Para evitar caer en la trampa del enfoque puramente anecdótico y descriptivo, Marx pasa del concepto de valor de cambio que compara básicamente dos mercancías entre sí, al concepto de valor en relación a la cantidad de trabajo necesaria para la producción de una mercancía. Subraya así: “Ese algo común que se manifiesta en la relación de intercambio o en el valor de cambio de las mercancías es, pues, su valor. (…) Un valor de uso o un bien, por ende, sólo tiene valor porque en él está objetivado o materializado trabajo abstractamente humano”25.

La doble naturaleza del trabajo

Marx pudo establecer el vínculo entre valor y trabajo. Pero todavía queda establecer cómo se pueden comparar trabajos de naturaleza totalmente distinta.

El autor de El Capital seguirá el mismo procedimiento que con la mercancía a la hora de distinguir entre dos aspectos del trabajo, uno cualitativo y otro cuantitativo. Según el primero, el trabajo será considerado en su aspecto concreto. Se trata del conjunto de gestos específicos, de cada tarea que un obrero, un asalariado, debe realizar para llegar a fabricar un determinado objeto. Para construir un muro, un albañil tiene que coger una paleta de obra, argamasa y un ladrillo y después ajustar el ladrillo en la argamasa. Es totalmente propio de este trabajo. En cambio para el trabajo del panadero o el del trabajador del acero, serán necesarios otros gestos.

Desde este punto de vista los diferentes tipos de trabajo son incomparables, evidentemente. No hay ningún punto de comparación entre las tareas que deben realizar, un obrero en una cadena de montaje y una cajera de grandes almacenes. Llegan a resultados completamente diferentes: por un lado un vehículo, por el otro una transferencia de la propiedad de una mercancía. Desde este ángulo concreto, el trabajo es comparable a la mercancía considerada en su aspecto útil. Trabajo y uso manifiestan el carácter cualitativo de las cosas y los fenómenos (o del trabajo).

Todo trabajo tiene por un lado aspectos totalmente particulares y específicos y por otro lado un aspecto común: es un gasto de energía, de esfuerzos, de fuerza humana. Marx específica lo siguiente: “Si se prescinde del carácter determinado de la actividad productiva y por tanto del carácter útil del trabajo, lo que subsiste de éste es el ser un gasto de fuerza de trabajo humana. Aunque actividades productivas cualitativamente diferentes, el trabajo del sastre y el del tejedor son ambos gasto productivo del cerebro, músculo, nervio, mano, etc., humanos, y en este sentido uno y otro son trabajo humano. Son nada más que dos formas distintas de gastar la fuerza humana de trabajo. Es preciso, por cierto, que la fuerza de trabajo humana, para que se la gaste de esta o aquella forma, haya alcanzado un mayor o menor desarrollo. Pero el valor de la mercancía representa trabajo humano puro y simple, gasto de trabajo humano en general. Así como en la sociedad burguesa un general o un banquero desempeñan un papel preeminente, y el hombre sin más ni más un papel muy deslucido, otro tanto ocurre aquí con el trabajo humano. Éste es gasto de la fuerza de trabajo simple que, por término medio, todo hombre común, sin necesidad de un desarrollo especial, posee en su organismo corporal.”26

Si nos ponemos a comparar los gestos de un leñador con los de un albañil, no puede haber relación cuantitativa común y menos aún una vara de medir común. En cambio, esto sí que es posible en cuanto consideramos el gasto de fuerza humana en general, contenida tanto en la labor de cortar árboles como en la de construir un muro. Así pues el trabajo, considerado desde un punto de vista abstracto (por oposición al trabajo concreto) es similar al valor de cambio (y al valor) de la mercancía. Será este aspecto del trabajo el que sea tenido en cuenta a la hora de establecer la cantidad de trabajo y por tanto el valor de la mercancía.

Marx resume así su análisis del doble carácter del trabajo: “Todo trabajo es, por un lado, gasto de fuerza humana de trabajo en un sentido fisiológico, y es en esta condición de trabajo humano igual, o de trabajo abstractamente humano, como constituye el valor de la mercancía. Todo trabajo, por otra parte, es gasto de fuerza humana de trabajo en una forma particular y orientada a un fin, y en esta condición de trabajo útil concreto produce valores de uso. Así como la mercancía debe ser antes que nada útil para ser un valor, el trabajo también debe ser antes que nada útil para ser considerado gasto de fuerza humana, trabajo humano, en el sentido abstracto de la palabra.”27

Pero ¿qué hay detrás de este gasto de fuerza humana? ¿De qué se compone, para constituir la base cuantitativa del intercambio de mercancías? Primero que todo está el tiempo durante el que se ejerce esta fuerza, cuya vara de medir es la hora de trabajo.

Se pueden hacer algunas distinciones pero Marx apenas se detiene en ello. Su objetivo no es hacer un listado exhaustivo de todas las situaciones de trabajo posibles e imaginables. Intenta sobre todo establecer las condiciones del trabajo medio, es decir del trabajo con un grado medio de intensidad y complejidad. Además, añade, tiene que ser posible reducir estas diferencias a un trabajo simple, básico y que todos los demás no sean más que múltiplos de este.

Concluye entonces que: “¿Cómo medir, entonces, la magnitud de su valor? Por la cantidad de “sustancia generadora de valor” –por la cantidad de trabajo– contenida en ese valor de uso. La cantidad de trabajo misma se mide por su duración”28. “Es sólo la cantidad de trabajo socialmente necesario, pues, o el tiempo de trabajo socialmente necesario para la producción de un valor de uso, lo que determina su magnitud de valor.”29. Finalmente: “El tiempo de trabajo socialmente necesario es el requerido para producir un valor de uso cualquiera, en las condiciones normales de producción vigentes en una sociedad y con el grado social medio de destreza e intensidad de trabajo.”30.

Se pueden resumir estas primeras páginas de El Capital de la siguiente manera:

Esquema de la explicación de Marx sobre el valor
Esquema de la explicación de Marx sobre el valor

Partimos de la mercancía, que posee dos tipos de valor en base a la diferenciación entre su aspecto cualitativo y su aspecto cuantitativo: el valor de uso y el valor de cambio (el valor). Aunque la utilidad de un bien es necesaria para que este sea lanzado al mercado31, no hay influencia del primero sobre el segundo. No es esto lo que determina el valor de cambio de una mercancia sino un elemento común de todas estas, a saber, que son producto del trabajo humano. De aquí se deduce la noción de valor. Pero a su vez el trabajo también puede ser contemplado desde sus aspectos cualitativo y cuantitativo. En el primer caso se trata de trabajo concreto; en el segundo, de trabajo abstracto. Solamente este último aspecto es esencial para determinar el valor de una mercancía. La cantidad de trabajo necesaria para producir un bien es por tanto la base de su valor. Esta está formada antes que nada por el tiempo de trabajo socialmente necesario (es decir en las condiciones medias o normales de explotación) y eventualmente corregido por la intensidad o la complejidad del trabajo realizado.

La explotación

Marx puede enorgullecerse del descubrimiento de esta doble naturaleza del trabajo, que permite explicar por qué a pesar de sus diferentes formas, el trabajo puede servir como base cuantitativa para comparar mercancías entre sí durante el intercambio32. Sin embargo, a estas alturas de la exposición, aún no se ha desenmascarado la explotación.

En El Capital, los pasajes que abordan la cuestión de la creación de la plusvalía son más accesibles. Se trata de penetrar en el misterio del beneficio, ese ingreso atribuido a los capitalistas no porque trabajen sino porque son propietarios de la empresa que hacen arrancar. ¿De dónde viene?

En el proceso económico hay dos etapas: la de la producción y la de la circulación. En la primera, los hombres transforman un producto ofrecido por la naturaleza en un bien. En la segunda, intercambian mercancías. Se trata del mercado propiamente dicho.

¿Acaso es posible que los beneficios se creen en el momento mismo de la circulación? Esta es la respuesta que se adopta cuando se afirma que proceden de la venta de los productos más caros de lo que han costado. Pero Marx se burla de estas explicaciones. ¿Cómo va a poder comprar la gente un producto, más caro de lo que han recibido como ingreso? Recordemos que las remuneraciones normalmente van incluidas en los costes. Haría falta entonces que existiera una categoría de personas cuya función fuera la de disponer permanentemente de ingresos suplementarios para comprar el excedente de bienes. Al inicio del capitalismo, los aristócratas pudieron jugar este papel. Pero han ido desapareciendo progresivamente. O bien se han vuelto ellos mismos capitalistas, o bien se han arruinado. Su progresiva eliminación habría tenido que provocar entonces la caída del capitalismo.

A esta pregunta, Marx aporta una respuesta más fundamentada. A través del intercambio no se puede crear un excedente de valor de las mercancías puesto que en esta etapa se venden o se compran equivalentes, es decir bienes que tienen el mismo valor. En un mercado un primer vendedor trae un producto que vale, por ejemplo, ocho horas de trabajo y un segundo vendedor intercambia con él otro producto que contiene el mismo tiempo de trabajo. Incluso en el caso en que uno de los dos llegara a timar a su socio, no habría creación de valor sino simplemente una transferencia de ingresos de un vendedor timado hacia otro más astuto. La sociedad no se volvería más rica sino que uno de sus miembros se volvería más rico en detrimento de otro.

En un artículo publicado en la Fortnightly Review33 en junio de 1868 y firmado por Samuel Moore34, Friedrich Engels explica que no es la picardía lo que justifica la plusvalía: “Pongamos por caso el timo. A vende a B vino por valor de 40 libras esterlinas a cambio de trigo por valor de 50. A gana 10 libras y B pierde 10, pero entre los dos siguen teniendo 90 libras. El valor ha sido desplazado, pero no creado. En su conjunto, la clase capitalista de un país no puede acrecentar su riqueza colectiva auto-lesionándose.”

Y concluye: “Por tanto: si hay intercambio de equivalentes, no se produce plusvalía, y si hay intercambio de no equivalentes, no se produce más plusvalía. La circulación de mercancías no crea nuevo valor”35.

Si la etapa de la circulación no aporta solución alguna al problema, será que el secreto se esconde en la producción. Pero para ello hay que encontrar una mercancía capaz de crear este valor suplementario.

Marx lo describe de la siguiente manera: “Y para extraer valor del consumo de una mercancía, nuestro poseedor de dinero tendría que ser tan afortunado como para descubrir dentro de la esfera de la circulación, en el mercado, una mercancía cuyo valor de uso poseyera la peculiar propiedad de ser fuente de valor; cuyo consumo efectivo mismo, pues, fuera objetivación de trabajo, y por tanto creación de valor. Y el poseedor de dinero encuentra en el mercado esa mercancía específica: la capacidad de trabajo o fuerza de trabajo. Por fuerza de trabajo o capacidad de trabajo entendemos el conjunto de las facultades físicas y mentales que existen en la corporeidad, en la personalidad viva de un ser humano y que él pone en movimiento cuando produce valores de uso de cualquier índole.”36

El autor hace aquí un análisis radicalmente distinto del de Smith y Ricardo. Introduce el concepto de fuerza de trabajo, distinto del de trabajo que llevó a confusión a los economistas británicos. Cuando hablamos de trabajo, hay que distinguir entre dos elementos: primero la fuerza de trabajo, es decir la capacidad de trabajar que posee en principio todo ser humano, y que en el capitalismo se vuelve mercancía, es decir que puede ser comprada y vendida a un determinado precio, el salario, basado, al igual que cualquier otra mercancía, en el valor de dicha fuerza de trabajo; después, el trabajo que es el ejercicio de esa fuerza de trabajo en unas determinadas condiciones de empleo.

Ahora bien, los valores de la una y el otro son bien distintos. El valor de la fuerza de trabajo viene determinado por los productos que, de media, son necesarios para la reproduccción del trabajador y su familia. Estos bienes y servicios son particulares de cada período de la historia y de cada país o región del mundo. Hoy en día por ejemplo, en Europa y Estados Unidos, un hogar debe tener un ordenador para estar conectado a Internet, una necesidad que no existía hace treinta años. La compra de un aparato como este está incluida en el actual valor de la fuerza de trabajo de estas naciones.

El salario puede estar influido por muchos otros fenómenos. Normalmente es el mismo para cada uno, independientemente de su situación familiar. (En Europa esto es compensado parcialmente por las prestaciones familiares.) En cambio, se puede diferenciar en función de los diplomas, el sexo, el “mérito” o las ventajas que la patronal quiera atribuir a uno o a otro, y en función de las relaciones de fuerza entre asalariados y empresarios. Aún así, de media, está basado en lo que es necesario para la reproducción de la fuerza de trabajo en general.

Los jefes de empresa a menudo tratan de rebajar la remuneración por debajo de este valor. Por un lado, esto agota necesariamente la fuerza de trabajo y amenaza su reproducción. Para compensar, la patronal mantiene permanentemente un ejército industrial de reserva -que se traduce en un paro más o menos importante en función de las coyunturas- del que puede ir alimentándose constantemente para reemplazar a las fuerzas erosionadas. Pero por otro lado, las luchas sociales llevadas a cabo por los trabajadores al reivindicar aumentos salariales, equilibran la balanza, es decir que reestablecen las condiciones normales de reproducción de la fuerza de trabajo.

El valor de la fuerza de trabajo, compuesto por los productos necesarios para la reproducción de las familias obreras, se cuenta como la suma de los valores de estos bienes y servicios, esto es, como la suma de las cantidades de trabajo necesarias para producirlos. Sin embargo el valor que esta fuerza de trabajo es capaz de crear cuando es puesta en marcha, es otro.

Así pues, es posible que el tiempo de trabajo necesario para producir el equivalente cotidiano de los bienes y servicios constitutivos de la fuerza de trabajo sea igual a cuatro horas, seis o incluso ocho. Sin embargo en su empresa, el patron puede hacer trabajar a sus empleados ocho, diez o incluso doce horas al día. Por tanto, recibirá de la venta final de esas mercancías, una suma equivalente a ocho, diez, doce horas, pero habrá pagado como salarios solamente cuatro, seis u ocho horas37.

Si el valor total de la fuerza de trabajo es igual a ocho horas de trabajo y el empresario hace trabajar a sus empleados sólo ocho horas, está claro que no habrá un excedente. Pero en este caso, sería dudoso que el capitalista asumiera el riesgo de tal empresa. En cambio en todos los escenarios en los que el valor creado es mayor que el valor pagado por la fuerza de trabajo, resultará una diferencia positiva de dos, cuatro o incluso seis horas para la empresa. Emergerá entonces una plusvalía, un valor suplementario creado por el trabajo humano más allá de lo que el capitalista haya pagado por el valor de la fuerza de trabajo y por la provisión de materiales y máquinas necesarias para la producción. Si lo traducimos a la forma monetaria, esto es lo que constituiría el beneficio del empresario.

Es interesante resaltar que este resultado se obtiene cuando todas las mercancías se venden por su valor. La empresa compra terrenos, edificios, máquinas, herramientas, materiales por el valor por el que los proveedores los ceden, es decir en función del tiempo de trabajo socialmente necesario para fabricarlos. De hecho transfiere este valor al producto final vendido en el mercado. Suponemos que la fuerza de trabajo es remunerada, a su vez, por su valor. Y la mercancía es intercambiada igualmente en función de la cantidad de trabajo que ha sido indispensable para producirla, con todos sus elementos incluidos.

Dicho de otra manera, la aparición de la plusvalía no procede de un pícaro intercambio en el que uno de los “mercaderes” engaña a la parte contraria acerca del valor de su producto. Al contrario, podemos reproducir este esquema que recoge la explicación de Marx.

Esquema marxista sobre la creación de la plusvalía
Esquema marxista sobre la creación de la plusvalía

Así pues, el valor de la mercancía final es la suma del valor de los bienes y servicios necesarios38 para su producción (y que han sido en sí mismos productos del trabajo39) y del valor creado por la fuerza de trabajo contratada por la empresa. Este último valor se descompone a su vez en un elemento que permitirá reconstituir la fuerza de trabajo “bajo condiciones iguales de vigor y salud” que el día anterior40 y en la plusvalía.

Esta explicación resuelve la cuestión como un intercambio de valores iguales y no como una picardía, pero al mismo tiempo desenmascara una picardía a nivel discursivo: el capitalista afirma estar pagando la fuerza de trabajo por el trabajo efectuado, cuando en realidad no está remunerando más que la capacidad de que ésta se reproduzca como mercancía. Si esta última no vale más que cinco horas de trabajo y el asalariado trabaja durante ocho horas, la plusvalía estará compuesta por tres horas, es decir por las horas de trabajo efectuadas por el trabajador pero no remuneradas. La plusvalía es por tanto un acaparamiento por parte del capitalista de horas gratuitas durante las que se ejerce la fuerza de trabajo. Aquí está la explotación capitalista, no confesada gracias a la confusión entre las nociones de fuerza de trabajo y de trabajo41.

La ilusión monetaria

Hasta el momento hemos expresado las relaciones de intercambio en horas de trabajo, siguiendo el análisis marxista que define el valor de la mercancía como el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción. Pero es evidente que lo que se intercambia en la vida cotidiana no parecen horas de trabajo. Es dinero, son monedas… ¿Cómo se pasa de uno a otro? ¿Cómo se concilia la realidad visible con un análisis en profundidad?

Se trata de un problema que Adam Smith y David Ricardo resolvieron en su día. Para ellos estaba claro que la moneda no era la fuente de la riqueza. Era ilusorio creer esto. Así pues, Ricardo escribió: “Si, por ejemplo, nos decidiésemos por el oro como una medida-tipo, habríamos de tener en cuenta que se trata de una mercancía obtenida en las mismas condiciones que otra cualquiera y que requiere para producirla trabajo y capital fijo42. Como en otra mercancía cualquiera, pueden introducirse en su producción perfeccionamientos que ahorren trabajo; por consiguiente, puede bajar su valor relativo con respecto a otras cosas a causa, meramente, de la mayor facilidad para producirla.”43

Así pues, debemos concluir como Adam Smith que: “El trabajo exclusivamente, entonces, al no variar nunca en su propio valor, es el patrón auténtico y definitivo mediante el cual se puede estimar y comparar el valor de todas las mercancías en todo tiempo y lugar. Es su precio real; y el dinero es tan sólo su precio nominal.”44

Una vez más, Marx recoge sus posiciones y las completa. Coincide con ellos sobre aquel punto fundamental de que la moneda es, en sus inicios, una mercancía como cualquier otra. Efectivamente, al principio, el intercambio se desarrolla sobre una base puntual. X produce tablas. Y produce trigo45. A este último le gustaría tener muebles para vivir en su casa. El primero necesita trigo para alimentarse. Van a intercambiar sus respectivos productos. ¿En qué proporciones lo harán, si no hay moneda y mucho menos “precio”?

Es posible que en un principio esto fuera totalmente arbitrario. Pero con el paso del tiempo, al multiplicarse las transacciones, probablemente se acabara imponiendo la cantidad de trabajo necesario, de lo contrario uno de los dos se habría agotado trabajando para fabricar su producto mientras el otro habría podido pasar una buena parte de la jornada descansando.

Pero acto seguido surgiría otro problema. Y ya no quiere solamente las tablas sino también las sillas que Z produce. Pero Z no necesita trigo, sino las herraduras que fabrica W quien a su vez aspira a hacerse con las tablas de X, etc. Con todos estos intercambios, se vuelve indispensable tener una mercancía que pueda servir como “equivalente universal”, es decir directamente intercambiable por cualquier otra mercancía. Esta es la principal función de la moneda.

A lo largo de la historia, los bienes que serán utilizados para este fin serán diversos: ganado, sal, conchas… Hay un proceso de ensayo y error que acabará seleccionando uno de ellos, y luego otro. Progresivamente se acabarán imponiendo los metales preciosos para esta tarea, básicamente la plata y el oro y más tarde solamente este último.

En la Contribución a la crítica de la economía política, publicada en 1859, Marx detallará los motivos de esta elección. Los metales preciosos tienen las siguientes cualidades:

  1. son divisibles; se pueden fundir en lingotes, en pequeñas monedas, etc;
  2. divididos guardan el mismo valor (no es el caso del buey, por ejemplo);
  3. son móviles, se pueden transportar fácilmente;
  4. son relativamente indestructibles; casi no se oxidan con el aire; se pueden por tanto atesorar (no se puede decir lo mismo del ganado);
  5. son relativamente raros; no es posible enriquecerse rápidamente recogiéndolos (a diferencia de las conchas)
  6. no son indispensables para el proceso de producción; el oro no es apenas útil para la producción; cumple normalmente la función de decoración (la sal sin embargo tiene muchas otras funciones)
  7. pueden cambiar fácilmente de forma: lingotes, monedas, perlas, joyas…

Hoy en día utilizamos monedas, billetes y cuentas para efectuar nuestras transacciones. Toda referencia al oro ha sido suprimida. ¿Qué ha ocurrido? ¿Cómo coincide esto todavía con el análisis de Marx?

Billetes y monedas o cuentas, son la representación de mercancías que actualmente ya no son oro. Los billetes de banco comenzaron a aparecer en grandes cantidades, en el siglo XVIII en Inglaterra46. Eran emitidos para facilitar las transacciones pero podían ser convertidos en cualquier momento en metal precioso y ser conservado en el banco47. Al cabo de un determinado tiempo, con la multiplicación de este medio de pago y su utilización cada vez más corriente en los intercambios, los establecimientos financierons se dieron cuenta de que podían distribuir más billetes que su equivalente en oro y en plata -retenido en sus cofres-, puesto que sus usuarios ya no venían a cambiar sus billetes.

El billete primero y luego la moneda son por tanto signos monetarios, cuyo valor certificado es la suma que viene inscrita en ellos y no el tiempo de trabajo socialmente necesario para imprimirlo, puesto que este es ignorado. Llamamos a esto moneda fiduciaria (de “fides” en latin, que significa creencia, credibilidad).

Es como en el Monopoly. Jugamos con billetes que en realidad no tienen ningún valor en sí mismos. Pero para poder participar hacemos como que ese papel vale lo que pone en él. En la realidad fiduciaria ocurre lo mismo, solo que para evitar los fraudes y el enriquecimiento ilícito de algunos, solamente el banco central tiene derecho a emitir dicha moneda.

Hoy en día hemos llegado a una etapa en la que los billetes y las monedas puestas en circulación representan menos del 10% de la masa monetaria total. Lo fundamental se encuentra hoy en las cuentas y el “juego” consiste en realizar transacciones entre estas. Sin embargo el principio sigue siendo el mismo: estos signos no valen nada de por sí; son la parte de la producción global de un país o de una zona monetaria que cualquiera tendría derecho a reclamar y solamente pueden circular en base a la confianza que les acordamos.

Si esta creencia desapareciera podrían no representar nada. No es casualidad que en época de crisis, los poseedores transformen sus cuentas bancarias en haberes materiales o inmobiliarios de todo tipo (terrenos, pinturas, edificios…). Lo que demuestra que la moneda no constituye la riqueza. Simplemente la representa48.

La pertinencia de El Capital

Al comienzo de toda ciencia y más aún para aquellas que acaban de empezar, es necesaria una reflexión espistemológica para definir el objeto de análisis y el método para alcanzar un conocimiento científico. Esto despista a más de uno, incluso en la comunidad universitaria.

El razonamiento de Marx es esencialmente lógico. Su prueba empírica no es inmediata. O más bien habría podido ser constatada en los inicios de los intercambios mercantiles, es decir en una época donde generalmente o bien no había escritos (antes del cuarto milenio antes de JC), o bien nadie se molestó en tomar nota de los elementos que habrían permitido verificar la ley del valor.

En un comentario destinado a popularizar la obra de Marx49, Friedrich Engels explica cuál debía ser la situación en las pequeñas comunidades mercantes o entre estas para llegar a que la vara de medir del intercambio, fuera efectivamente el tiempo de trabajo socialmente necesario para producir los bienes: “Ahora bien; ¿cómo era posible, en este intercambio basado en la cantidad de trabajo, calcular ésta, aunque sólo fuese de un modo indirecto y relativo, tratándose de productos que requerían un trabajo más largo, interrumpido además, durante intervalos irregulares e inseguro en cuanto a su rendimiento, como, por ejemplo, el trigo o el ganado, teniendo en cuenta, por otra parte, que nos estamos refiriendo a gentes que ignoran las reglas del cálculo? Indudablemente, sólo por medio de un proceso lento y trabajoso, no pocas veces tanteado en la sombra para acercarse a la verdad a fuerza de rodeos y abriendo los ojos, como tantas veces ocurre, solamente a costa del propio bolsillo. Pero, la necesidad que cada cual sentía de pagar o recibir en pago el verdadero valor de lo que compraba y de lo que vendía ayudaba a la gente a orientarse, y el reducido número de las clases de objetos existentes en el comercio, así como la estabilidad de su producción, la cual se mantenía no pocas veces durante siglos, facilitaba el logro de este fin”50.

Para verificar la teoría del valor, habría hecho falta establecer una contabilidad detallada de las transacciones en un largo período. Algo de lo que no disponemos. Por lo tanto, Engels estima que: “La ley del valor de Marx, tiene, pues, una vigencia económico-general, la cual abarca todo el período que va desde los comienzos del cambio por medio del cual los productos se convierten en mercancías hasta el siglo XV de nuestra era”51.

Las fechas y períodos son sin duda discutibles. Pero es un hecho que con la multiplicación de los intercambios, estos se han complejizado. Los fenómenos de variación en torno al valor se han desarrollado por el juego de la oferta y la demanda. Los capitalistas han querido recuperar la apuesta casi idéntica de cada inversión mínima realizada y por lo tanto beneficiarse de una cuota media de ganancia. Por lo tanto, los precios observados han comenzado a distanciarse seriamente del equivalente, en cantidad de trabajo, contenido en los productos. Se han llevado a cabo transferencias de valores entre empresas, entre sectores, entre regiones, entre países. Vamos, que hoy en día es totalmente imposible verificar la igualdad entre el tiempo de trabajo empleado para fabricar una mercancía y su precio en el mercado.

Las únicas “pruebas” de la veracidad de la teoría son indirectas. Se pueden encontrar en el hecho de que si la cantidad de trabajo para producir un bien, disminuye, su precio también se reduce52. Observamos esto en las estrategias patronales para aumentar los beneficios. Lo constatamos en el enriquecimiento de los jefes industriales y financieros. La clasificación de los hombres más ricos del planeta, establecida cada año por Forbes, muestra que estos últimos pertenecen prácticamente todos a la clase capitalista. A pesar de los salarios exagerados, ni siquiera los pocos artistas o deportistas mundialmente célebres les hacen sombra. Sólo algunas monarquías pueden competir, pero ellas también se han aprovechado ampliamente de las generosidades del sistema, ya sea la corona de Inglaterra o los emires del golfo pérsico. ¿De dónde pueden venir tales patrimonios?

La economía oficial, la que se enseña en las universidades, que se denomina marginalista o neoclásica53, no tiene realmente respuesta a esta pregunta. En un mercado de competencia pura y perfecta, no hay beneficio. O más exactamente, es el coste del capital. ¿Y esto qué es? ¿Qué es el capital? Es una nebulosa, a la que los economistas dudan en entrar54.

Incluso si aceptamos los términos, significa que podríamos explicar la ganancia media gracias a esto, puesto que sería el coste “normal” del capital, el establecido por el mercado. Pero no podríamos explicar para nada, los beneficios excepcionales y el importante enriquecimiento de determinadas familias. Los teóricos no tienen más que una explicación para ofrecer: se trata de un distanciamiento inaceptable con respecto al modelo de competencia pura y perfecta, el que un monopolio u oligopolio se beneficien de una renta. La paradoja es que, según la teoría, habría que impedirlo pero en la práctica ocurre justamente lo contrario: las empresas se hacen cada vez más y más grandes e incluso están en condiciones de sobrepasar las leyes inmediatas del mercado (como es el caso cuando son “demasiado grandes para quebrar”).

Aún teniendo pocas soluciones para la apreciación que figuraba ya en el Manifiesto del partido comunista de “que los que trabajan no adquieren y los que adquieren, no trabajan”55, la doctrina oficial ataca a la teoría del valor-trabajo. Si bien ha comprendido que debía ensalzar a los padres fundadores, Adam Smith y David Ricardo, también sabe que debe darles la espalda en lo que se refiere a sus tésis sobre el valor.

Pero sobre todo, la explicación neoclásica es que no es necesario tal “rodeo”. Los precios pueden fijarse relativamente los unos con respecto a los otros, en cada mercado de forma separada, en función de sus propias oferta y demanda. Dicho de otra manera, no hay alternativa real a la teoría del valor-trabajo. El debate está entre quienes, siguiendo a Smith, Ricardo y Marx, estiman que los precios se definen por algo y que ese algo es la cantidad de trabajo necesario para producir un bien, y los demás que piensan que los precios no están para nada determinados y que por tanto pueden variar completamente. Estos intenta ofrecer un término medio: el trabajo no sería la única fuente de valor. La máquina también crearía valor. La naturaleza también tendría un precio…

Se olvida que el concepto de valor solamente tiene sentido para los seres humanos. Ni la máquina, ni la naturaleza, ni ningún otro animal saben de qué estamos hablando. Un bien no tiene un valor en sí mismo. Recordemos el principio. Un producto adquiere valor, es decir una estimación, una apreciación por parte de seres humanos, que solamente pueden hacer seres humanos, tanto del uso que se puede dar a un objeto como del precio que estaríamos dispuestos a pagar para adquirirlo. Es el valor de uso y el valor de cambio. Es inútil preguntarle a una abeja acerca de la utilidad de la flor que está polinizando, o preguntarle a la flor sobre el valor por el que estaría dispuesta a ceder uno de sus pistilos.

Por tanto, no tiene ningún sentido que la máquina o la naturaleza puedan crear valor o plusvalía. Imaginemos por un instante que un capitalista extrajera un excedente de valor del empleo de un robot o de un suelo (o sub-suelo) fecundo. Esto le permitiría enriquecerse. Pero ¿con respecto a quien lo haría? ¿Con respecto al terreno que le ofrece dicha abundancia? ¿Con respecto al autómata que repite los gestos a imagen y semejanza de un humano?

Incluso en este caso, su buena suerte es en detrimento, al menos relativo, de otros seres humanos. Adquiere un patrimonio financiero que no se puede comparar más que con el que otros humanos tienen o lo que es más frecuente, con el que otros humanos no tienen.

Aquellos que consideran la máquina o la naturaleza como cradoras de valor cometen el error de un fetichismo tecnicista: en las relaciones económicas no ven más allá de la relación con el objeto; no ven la relación entre los humanos. Pero, ¿no habíamos citado a Engels al principio del artículo para subrayar que: “la Economía Política no trata de cosas, sino de relaciones entre personas y, en última instancia, entre clases; si bien estas relaciones van siempre unidas a cosas y aparecen como cosas”?

El trabajo está en el centro de las preocupaciones sociales. En términos de la economía neoclásica, se trata de un factor de producción al lado del capital y de la tierra, fundamentalmente. Lo único que los teóricos “ortodoxos” no se dan cuenta de que se juntan elementos absolutamente distintos. Primero, el trabajo es generalmente compartido por todos los seres humanos, mientras que una minoría se ha apropiado del capital y de la tierra. Después, el trabajo requiere un esfuerzo que todo asalariado resiente inmediatamente, ya sea física, nerviosa o intelectualmente. La posesión y la puesta en marcha de la tierra y del capital, ninguno.

¿Cómo se pueden poner en pie de igualdad estos factores de producción, en estas condiciones? El salario, incluso desde esta concepción, es el resultado de un gasto de fuerza humana, mientras que el beneficio del capital o la renta del suelo no requieren más que registrar la propiedad privada. Además, si consideramos que todo enriquecimiento procede del trabajo humano, el beneficio y la renta proceden de este. Se trata de una extorsión de trabajo gratuito que recae sobre las espaldas de quienes sin tener capital, ni tierra, están obligados a trabajar.

Reubicar la explotación capitalista en su contexto histórico, es igualmente una cualidad del análisis marxista. Efectivamente, desde que disponemos de escritos56, esto es desde hace cinco milenios, el trabajo ha sido acaparado por una categoría de poseedores, una clase social particular. Pero las formas de esta apropiación han sido diversas en el pasado.

El proceso económico predominante antes del capitalismo era el traspaso de una renta, un impuesto o un tributo, o la realización de una corvea, para una autoridad más o menos estatal y más particularmente para quienes la representaban, a cambio de una protección oficial, esencialmente militar (en un mundo, cierto es, muy bélico). También está el caso de la esclavitud donde el trabajador era propiedad del amo y obraba completamente para este a cambio de comida y techo. En todas estas situaciones, la explotación del trabajo es evidente. Los poderosos, los nobles, los ricos comerciantes lindaban con los pordioseros, los miserables campesinos, la gente sin derecho, que no contaba para nada pero que aseguraba el trabajo indispensable para producir la comida, el alojamiento y la vestimenta de todos, incluidos los poseedores.

El capitalismo cambia la forma de la economía pero no suprime su fundamento. Aquí el ser humano, potencialmente trabajador, es libre, incluso liberado, sobre todo de la tierra, liberado de la situación en la que el feudalismo lo mantenía. Pero la fuerza de trabajo se vuelve mercancía. Es comprada y vendida por un salario. Este permite reconstituir al trabajador en tanto que fuerza humana. Sin embargo, la puesta en marcha del trabajo ofrece la posibilidad de crear un valor suplementario que puede entonces ser acaparado por el empresario. Aquí la extorsión está enmascarada, porque el capitalismo afirma -y la economía clásica y neoclásica validan esta pretensión- pagar la totalidad del trabajo del obrero, cuando no está remunerando más que una parte, aquella que sirve para su reproducción. Hay por tanto una ligazón histórica entre las formas de explotar el trabajo. Y en este sentido Marx se propone luchar por una sociedad que libere a este último de todas las apropiaciones indebidas que enriquecen o benefician a una minoría.

Se ve que son razonamientos de carácter filosófico los que están en el centro de estas discusiones. No se puede salir a través del empirismo más básico donde basta con ir a ver si lo que decimos es cierto. Hay que llevar a cabo debates que conjuguen lógica, conocimiento de historia y consideraciones sociales prácticas. Al final de este proceso es cuando podremos seguir la vía serpenteante del conocimiento y, a partir de ahí, la de la acción.

Conclusiones

Leer El Capital es una aventura intelectual difícil. Cada uno puede embarcarse como lo crea conveniente: comenzando por el principio o saltando uno u otro capítulo.

Por nuestra parte, no renunciamos a darle prioridad a la lectura en el orden adoptado por Marx en su texto. Es el orden lógico que ha querido darle a su argumentación. Es este orden el que hay que recomendar. Pero para ello es necesario prepararse, ya sea recorriendo previamente algunos libros de divulgación de economía marxista para familiarizarse con los conceptos y la forma de pensar de Marx, ya sea documentándose sobre la metodología del materialismo histórico. Estaremos de acuerdo con Louis Althusser en que: un lector desprevenido en seguida se verá desconcertado por las treinta o cuarenta primeras páginas y existe el riesgo de que se desconecte rápidamente e incluso definitivamente.

Igualmente podemos aprobar y reproducir esta recomendación que llega también de la mano del filósofo francés: “Por ello, este tercer consejo de lectura. Cuando se tropieza con una dificultad de lectura de orden teórico, tenerlo en cuenta y tomar las medidas necesarias. No apresurarse, volver atrás con cuidado (lentamente) y avanzar sólo cuando las cosas estén claras. Tener en cuenta el hecho de que para leer una obra teórica es indispensable un aprendizaje de la teoría. Se puede aprender a caminar caminando con la condición de respetar cuidadosamente las condiciones señaladas arriba. No se aprenderá de un solo golpe (repentinamente y definitivamente) a caminar en la teoría, sino poco a poco, pacientemente y humildemente. El éxito tiene este precio. Prácticamente, esto quiere decir que sólo se puede comprender el libro I a condición de releerlo cuatro o cinco veces consecutivamente, es decir, con tiempo como para haber aprendido a caminar en la teoría”57.

El Capital es y seguirá siendo un instrumento indispensable para comprender el mundo en el que vivimos. Está en el corazón de las explicaciones convincentes acerca de las desigualdades de patrimonio y de ingresos entre humanos, acerca del funcionamiento anárquico del sistema capitalista que engendra crisis periódicamente, acerca de la dominación de las empresas gigantes que aplastan a los trabajadores, consumidores y otras empresas más pequeñas, acerca de la extensión del mercado y de las relaciones mercantiles en todos los ámbitos… No sólo permite analizar la sociedad contemporánea, sino que esta reflexión debe servir de base para lo que Marx y Engels aspiraban: la acción, la lucha, la transformación de este mundo hacia un porvenir mejor, más igualitario, más justo, más libre.

Henri Houben es economista. Es investigador en el GRESEA y en el Instituto de Estudios Marxistas y escribe regularmente para Études marxistes. Es el autor de La crisis de treinta años. ¿El fin del capitalismo? (Aden, 2008), traducido al castellano y publicado por la Asociación Cultural Jaime Lago

Traducción: Itziar A. (La Mayoría)

Notas

  1. La crisis estructural (fundamental) estalló alrededor de 1973, pero en Estados Unidos hacia finales del 2006 y principios del 2007, nació una crisis coyuntural de gran envergadura. (Ver La crisis de 30 años, Henri Houben)
  2. El Capital está compuesto por tres libros de aproximadamente 800 páginas cada uno, generalmente publicados de forma separada. El tomo I apareció en 1867. El segundo y el tercero fueron publicados, respectivamente, en 1885 y 1894 por Friedrich Engels, en base a los borradores que Marx, que murió en 1883, había dejado preparados. Además hay un cuarto libro, titulado Teorías sobre la plusvalía que fue publicado entre 1905 y 1910 gracias Friedrich Engels y Karl Kautsky y que está compuesto por las exhaustivas anotaciones y críticas que Marx escribió en torno a las lecturas que tuvo que realizar para la preparación de El Capital.
  3. Esto dependerá de la edición. Pero normalmente son aproximadamente cuarenta páginas (el primer capítulo).
  4. Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1830) es un filósofo alemán de primer orden que sintetiza todo el pensamiento del Siglo de las Luces y se sitúa como precursor del modernismo. Ejerció una influencia decisiva en la juventud intelectual alemana, entre la que destacaron Marx y Engels, que recogieron su método dialéctico. Es igualmente un escritor difícil de leer y de entender.
  5. Louis Althusser (1918-1990) es un famoso filósofo francés, miembro del partido comunista. Es el autor de numerosas obras como Para leer El Capital, escrito con la colaboración de Étienne Balibar, Roger Establet, Pierre Macherey y Jacques Rancière, publicado en 1965.
  6. Karl Marx, “Carta al ciudadano Maurice La Châtre”, Londres 18 de marzo de 1872. https://pendientedemigracion.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/capital1/0.htm
  7. Friedrich Engels “Carlos Marx. Contribución a la crítica de la economía política”. En Karl Marx Contribución a la crítica de la economía política. Disponible online: https://pendientedemigracion.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/oe1/mrxoe116.htm
  8. Ibíd., https://pendientedemigracion.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/oe1/mrxoe116.htm
  9. Marx llamaba economía vulgar a la de aquellos autores que no seguían en la misma línea que Smith y Ricardo. Habría aplicado ese mismo calificativo a la corriente marginalista o neoclásica que actualmente predomina en las universidades occidentales. En efecto, esta analiza las relaciones económicas básicamente como un aprovechamiento de las cosas, concretamente a través de la idea de la escasez (relativa) de los recursos. (Numerosos economistas definen la economía como la ciencia de la “escasez”.)
  10. Ibid., https://pendientedemigracion.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/oe1/mrxoe116.htm
  11. Karl Marx, “Introducción a la crítica de la economía política”. En Contribución a la crítica de la economía política, pp.152-153. Online: http://www.inpahu.edu.co/biblioteca/imagenes/libros/Contribucion.pdf
  12. Karl Marx, “La mercancía”. En El Capital, tomo I, cap.1. Disponible online: https://pendientedemigracion.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/capital1/1.htm
  13. Adam Smith, “Del origen y uso del dinero”. En Investigación de la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones. (Epublibre base r1.2: Titivillus, 2015), pp.37-38. Disponible online: http://ceiphistorica.com/wp-content/uploads/2016/04/Smith-Adam-La-Riqueza-de-las-Naciones.pdf
  14. David Ricardo, “Sobre el valor”. En Principios de economía política y tributación. (Santa Fé de Bogotá: Fondo de Cultura Económica, 1993), p 10.
  15. David Ricardo, “Sobre los salarios”.En Principios de economía política y tributación. (Madrid: Pirámide, 2003), p.85.
  16. Karl Marx, “Teoría de Ricardo y Adam Smith sobre el precio de costo”. En Teorías sobre la Plusvalía, tomo II. (ePub base r1.2: Titivilus, 2016) pp.663-664.
  17. Karl Marx, op. cit., p.680.
  18. No sólo El Capital sino también las obras precedentes que conforman este gran marco, este análisis del capitalismo, se presentan todas como críticas de la economía política.
  19. Ibíd., https://pendientedemigracion.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/capital1/1.htm
  20. Ibíd., https://pendientedemigracion.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/capital1/1.htm
  21. Ibíd., https://pendientedemigracion.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/capital1/1.htm
  22. Un quarter es un cuarto de libra, es decir 125 gramos.
  23. Ibíd., https://pendientedemigracion.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/capital1/1.htm
  24. Ibíd., https://pendientedemigracion.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/capital1/1.htm
  25. Ibíd., https://pendientedemigracion.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/capital1/1.htm
  26. Ibíd., http://pendientedemigracion.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/capital1/1.htm
  27. Ibíd., http://pendientedemigracion.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/capital1/1.htm La última frase de esta cita ha sido traducida directamente de la versión en francés citada por Houben puesto que no aparece en ninguna de las traducciones al castellano que hemos consultado.
  28. Ibíd., http://pendientedemigracion.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/capital1/1.htm
  29. Ibíd., http://pendientedemigracion.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/capital1/1.htm
  30. Ibíd., http://pendientedemigracion.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/capital1/1.htm
  31. Bajo el capitalismo, el hecho de que haya un comprador para un producto, automáticamente confiere a este último una utilidad social. La utilidad de un objeto no es una relación moral, ni siquiera racional. Se puede por tanto vender armas perfectamente, drogas y bienes o servicios que todo el mundo sabe que son perjudiciales.
  32. En una carta dirigida a Engels, con fecha del 24 de agosto de 1867, Marx escribe: “Los mejores puntos de mi libro son: 1) El doble carácter del trabajo, según que sea expresado en valor de uso o en valor de cambio (toda la comprensión de los hechos depende de esto, se subraya de inmediato en el primer capítulo); 2) El tratamiento de la plusvalía independientemente de sus formas particulares, beneficio, interés, renta del suelo, etcétera.”
  33. Fortnightly Review era una de las revistas británicas más prestigiosas del siglo XIX. Era conocida por su tolerancia y publicaba artículos sobre arte, política, literatura, ciencia.
  34. Samuel Moore (1830-1912) fue un abogado inglés, miembro de la primera internacional.
  35. Traducción directa del texto citado por el autor en francés. La referencia a dicho texto es la siguiente: Samuel Moore, « Karl Marx sur Le Capital », Fortnightly Review, juin 1868, dans Friedrich Engels, Sur le Capital de Marx, Éditions du Progrès, Moscou, 1975, p. 45.
  36. Karl Marx, El Capital, op.cit. https://pendientedemigracion.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/capital1/4.htm
  37. En Europa occidental, el trabajo cotidiano está hoy en día limitado a ocho horas al día, normalmente. Pero esto no era así en el siglo XIX, ni en los países del tercer mundo, donde a menudo alcanza diez, doce o más horas.
  38. Hablamos aquí en términos generales de bienes y servicios vendidos bajo la forma de mercancía. No entramos en los detalles sobre lo que esto representa concretamente, para evitar introducir el debate sobre el trabajo productivo que nos llevaría demasiado lejos.
  39. Es lo que Marx denomina trabajo acumulado para realizar los medios de producción.
  40. Ibíd., https://pendientedemigracion.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/capital1/4.htm
  41. El haber descubierto este principio es la segunda fuente de orgullo para Marx.
  42. El capital fijo es la parte del capital dedicada a la compra de medios de producción no alterados durante la transformación del producto. Se trata de terrenos, edificios, máquinas, utensilios… A cada bien fabricado, estos no transfieren más que una parte de su valor, es lo que se denomina la amortización.
  43. David Ricardo, “Sobre el valor”. En Principios de economía política y tributación. (Madrid: Pirámide, 2003), p.57.
  44. Adam Smith, “Delprecio real y nominal de las mercancías, o de su precio en trabajo y su precio en moneda”. En Investigación de la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones. (Epublibre base r1.2: Titivillus, 2015), p.41. Disponible online: http://ceiphistorica.com/wp-content/uploads/2016/04/Smith-Adam-La-Riqueza-de-las-Naciones.pdf
  45. X e Y pueden representar tanto individuos como comunidades rurales.
  46. Hubo una utilización de tales instrumentos en China, desde el final del período Song hasta el principio de la dinastía Ming, esto es, entre los siglos XII y XIV. Pero esto no nos interesa aquí.
  47. Es inútil añadir que en esta época, esto estaba reservado para una élite de la población.
  48. Para una presentación más detallada de las realidades y retos monetarios, ver Henri Houben, “L’argent: Une histoire critique de la monnaie”, Gresea Échos, nº75, 3º trimestre 2013, http://www.gresea.be/spip.php?article1203
  49. La primera manera de tratar El Capital escogida por los medios de comunicación y los intelectuales fue el silencio. No se hablaba para nada del libro.
  50. Friedrich Engels, “Complemento al prólogo”. En El Capital, tomo III. (México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1975), pp.31-32.
  51. Ibíd., p.33.
  52. Y aquí también hay que tener cuidado con la ilusión monetaria. Por ejemplo, podemos establecer que el tiempo total para montar un coche mediano se ha reducido aproximadamente a la mitad entre los últimos veinte a treinta años, de 400 a 200 horas aproximadamente. Aún así, se observa solamente una estagnación del precio de los vehículos nuevos desde 1995 (en todo caso, en Estados Unidos; un poco más tarde en Europa). Pero en paralelo, los precios de otros bienes han aumentado. El precio de los coches ha bajado, si, pero relativamente.
  53. Marginalista porque todo su razonammiento se funda en una explicación marginal: ¿cuánto está dispuesto a pagar o a recibir un comprador o vendedor, si la cantidad de un bien analizado varía en una unidad? Neoclásica, porque recoge a los liberales clásicos (Smith, Ricardo…), pero sin su teoría del valor-trabajo (es decir sólo en sus aspectos superficiales según Marx).
  54. Joan Robinson (1903-1983) es una economista británica heterodoxa (es decir en oposición a los ortodoxos neoclásicos). Cuenta esta anécdota. Como ella siempre preguntaba en cada conferencia internacional la pregunta de qué es realmente una cantidad de capital, término que los economistas utilizaban abundantemente pero sin definirlo concretamente, el día que ella faltó a una de las sesiones, uno de los intervinientes declaró: “Puesto que la señorita Robinson no está en la sala, me imagino que puedo hablar de una cantidad de capital.” (Joan Robinson, Hérésies économiques, Calmann-Levy, Paris, 1972, p.8). Desde entonces se ha vuelto objeto de chascarrillos en el círculo (restringido) de los economistas.
  55. Karl Marx y Friedrich Engels, “Proletarios y comunistas”. En El manifiesto del partido comunista. Disponible online: https://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/48-manif.htm
  56. Es más difícil establecer la explotación sin documentación literaria o contable.
  57. Louis Althusser, “Advertencia a los lectores del libro I de El capital”. En Guía para leer El capital. Disponible online: https://www.marxists.org/espanol/althusser/1969/guia.htm