¿Podemos criticar a Foucault? Entrevista a Daniel Zamora

¿Es lo mismo ser de izquierdas que apostar por fortalecer el movimiento obrero? ¿Le basta al movimiento obrero con encontrar unos cuantos lugares comunes con otras capas del pueblo? ¿Es lo mismo querer acabar con las desigualdades sociales desde su raíz que luchar contra pobreza?

El sociólogo Daniel Zamora. Foto: Facebook
El sociólogo Daniel Zamora. Foto: Facebook

Publicada originalmente en Études Marxistes nº. 109 / Traducción Asociación Cultural Jaime Lago

En el mundo académico de habla francesa y en muchos círculos de la izquierda radical, Michel Foucault es una especie de icono. Toda crítica raya en la blasfemia. Sin embargo, se acaba de publicar un ensayo colectivo titulado Foucault y el neoliberalismo1. El sociólogo Daniel Zamora, responsable de este ensayo, resume el tono: “Lejos de llevar a cabo una resuelta lucha intelectual contra la ortodoxia del libre mercado, Michel Foucault parece, en muchos aspectos, unirse a ella.”

Michel Foucault, que murió en 1984 en París, es un filósofo francés cuyo trabajo se centró en la relación entre el poder y el conocimiento. Su obra es una crítica de las normas y los mecanismos de poder que se ejercen a través de instituciones aparentemente neutrales (la medicina, la justicia, las relaciones familiares o sexuales…).

En 1950, bajo la influencia de Louis Althusser, se afilia al Partido Comunista Francés. Se mantiene poco activo y deja el partido en 1953. En 1961 obtiene el doctorado con una tesis titulada Locura y sinrazón: Historia de la locura en la época clásica. En 1966, publica Las palabras y las cosas, de gran éxito. En aquel momento, la popularidad del estructuralismo es enorme y Foucault se vincula a académicos estructuralistas y filósofos como Jacques Derrida, Claude Lévi-Strauss y Roland Barthes, para quienes los procesos sociales derivan de estructuras fundamentales que son, por lo general, no conscientes. De este modo, la organización social genera ciertas prácticas y creencias en las personas que dependen de ella. El estructuralismo trata de explicar un fenómeno a partir del lugar que ocupa en un sistema, de acuerdo con leyes de asociación y disociación supuestamente inmutables.

En los años 70, Foucault vuelve a implicarse políticamente, sobre todo en la defensa de activistas maoístas encarcelados y de trabajadores inmigrantes. Al final de esa década, algunos antiguos izquierdistas dan un giro ideológico de 180 grados, creando los Nuevos Filósofos. A menudo citan a Foucault como una de sus principales influencias.

Foucault es más conocido por su crítica de las instituciones sociales: la psiquiatría, la medicina, el sistema penitenciario, y por sus ideas y desarrollo sobre la historia de la sexualidad, sus teorías generales sobre el poder y la relación entre el poder y el conocimiento.

En la segunda mitad de los años 70, también se interesa en lo que el piensa que era una nueva forma de ejercicio del poder (sobre la vida), que calificó de “biopoder” (un concepto recogido por Antonio Negri). El poder que crea la muerte y deja vivir es reemplazado por el biopoder, que vive y deja morir (el estado de bienestar: la seguridad social, los seguros, etc.).

P: Criticas a Foucault aunque reconoces que siempre ha ido “un paso por delante de sus contemporáneos” ¿Qué quieres decir?

Daniel Zamora: Foucault puso de relieve problemas que fueron ignorados o dejados de lado por los intelectuales dominantes de su época, aunque hay que señalar que no era el único que trabaja sobre las cuestiones planteadas por la psiquiatría, las prisiones o la sexualidad.

En Italia, por ejemplo, el movimiento anti-psiquiátrico iniciado por Franco Basaglia no esperó a Foucault para cuestionarse los asilos y proporcionar estimulantes propuestas de políticas para reemplazar dicha institución. Foucault, sin embargo, allanó el camino para muchos historiadores e investigadores que trabajan en nuevos temas, territorios inexplorados hasta ahora.

Nos enseñó a cuestionar políticamente objetos que parecían vivir más allá de toda sospecha. Según su punto de vista la verdadera tarea política era criticar las instituciones “aparentemente neutrales e independientes” y atacarlas “de tal manera que la violencia política ejercida oscuramente en ellas sea desenmascarada”2.

Puedo tener algunas dudas sobre la naturaleza de sus críticas – estoy seguro de que volveremos a ellas – pero fue sin duda alguna un proyecto extremadamente novedoso y estimulante.

P: Su trabajo plantea que Foucault es compatible con el neoliberalismo, ¡seguro que va a dar que hablar!

Portada del libro Foucault y el Neoliberalismo, de Daniel Zamora y Michael C. Behrent
Portada del libro Foucault y el Neoliberalismo, de Daniel Zamora y Michael C. Behrent

Daniel Zamora: Es el propósito del libro. Quería romper con la imagen demasiado consensuada de un Foucault en completa oposición al neoliberalismo en el final de su vida, que se ha convertido en una especie de ente intocable para una parte de la izquierda radical. Esta ceguera es tanto más sorprendente cuando, al sumergirme en los textos, me impactó la indulgencia que muestra Foucault frente al neoliberalismo. No es sólo su curso en el Colegio de Francia el que plantea interrogantes (el nacimiento de la biopolítica), sino también numerosos artículos y entrevistas, que son plenamente accesibles. Foucault estuvo muy atraído por el liberalismo económico: veía en él la posibilidad de una forma de gobierno mucho menos normativa y autoritaria que la propuesto por la izquierda socialista y comunista, que según su punto de vista estaba caducada. Vio la política del neoliberalismo “menos burocrática” y “con mucha menos disciplina” que la del estado de bienestar de postguerra. Foucault parece acercarse, a finales de los años 70, a la opinión minoritaria pero intelectualmente influyente del socialismo francés de la “segunda izquierda”. Es seducido por el deseo de “desestatalizar la sociedad francesa.”

La mayoría de las obras dedicadas al giro conservador de los años 80 hasta el momento han tratado sobre la idea de la “traición” de algunos intelectuales y activistas políticos de izquierdas, que habrían cambiado sus colores por “oportunismo”. Es una lectura incorrecta. Cuando se estudian seriamente los análisis de Foucault – y de muchos otros – de finales de los años 80, uno se da cuenta de que su “izquierdismo” o sus críticas recaen sobre todo en aquello que encarnaba la izquierda de postguerra: el estado social, los partidos políticos, los sindicatos, los trabajadores organizados, el racionalismo, la lucha contra la desigualdad… Yo no creo que estos intelectuales hayan “traicionado”. Estaban predispuestos, por sus críticas y su odio a la izquierda clásica, a abrazar la ortodoxia neoliberal. Por lo tanto, es poco sorprendente que François Ewald, asistente de Foucault en el Colegio de Francia, acabe de consejero de la patronal francesa MEDEF, sin dejar de seguirse reclamando como seguidor de Foucault…

Incluso Colin Gordon, uno de los principales traductores y comentaristas de Foucault en el mundo anglosajón, no tiene problemas en admitir que él ve en Foucault algo así como un precursor de la Tercera Vía de Blair, incorporando la estrategia neoliberal dentro del corpus socialdemócrata.

P: Al mismo tiempo, su libro no es un panfleto extenso, un proceso inquisitorial. Usted reconoce las cualidades de su obra.

Daniel Zamora: ¡Por supuesto! Estoy fascinado por el personaje y por su trabajo. A mi parecer es precioso.  También aprecio enormemente el trabajo recientemente publicado de Geoffroy de Lagasnerie, “La última lección de Michel Foucault”. En última instancia, su libro es como la otra cara de la moneda de nuestro libro, puesto que ve en Foucault un deseo de usar el neoliberalismo para reinventar a la Izquierda. Nuestra perspectiva es que para el es algo más que una herramienta: adopta la visión neoliberal para criticar a la izquierda.

Aun así, Lagasnerie subraya un punto que a mi parecer es esencial y apunta al corazón de muchos problemas de la izquierda crítica: señala que Foucault fue uno de los primeros en tomarse en serio los textos neoliberales y en leerlos rigurosamente. Antes de él, aquellos productos intelectuales eran generalmente rechazados, percibidos como simple propaganda. Según Lagasnerie, Foucault desmontó la barrera simbólica que había sido construida por la izquierda intelectual en contra de la tradición neoliberal.

Aislados en el sectarismo usual del mundo académico, no se había hecho ninguna lectura estimulante que tomase en consideración los argumentos de Friedrich Hayek, Gary Becker o Milton Friedman. En este sentido, sólo podemos estar de acuerdo con Lagasnerie: Foucault nos permitió leer y entender a estos autores, descubrir en ellos un corpus de pensamiento complejo y estimulante. Es indiscutible que Foucault se esforzó en analizar corpus teóricos de horizontes bastante amplios y diferentes, y en cuestionar constantemente sus propias ideas.

La izquierda intelectual lamentablemente no ha conseguido hacer lo mismo. Frecuentemente se ha quedado atrapada en una actitud de “escuela”, rehusando a priori considerar o debatir ideas y tradiciones que nacen de diferentes premisas que las suyas. Es una actitud muy dañina. A veces nos vemos lidiando con gente que prácticamente nunca ha leído a los intelectuales fundadores de la ideología política que se supone están atacando. Su conocimiento se limita a unos pocos lugares comunes.

P: En su texto, usted cuestiona la visión de Foucault sobre la seguridad social y la redistribución de la riqueza: ¿Nos puedes contar algo más de este asunto?

Daniel Zamora: ¡Es una pregunta casi inexplorada por los “foucaltianos”! A decir verdad, no creí que acabase trabajando sobre ese tema cuando estaba ideando la estructura del libro. Mi interés en la seguridad social no estaba originalmente conectado a Foucault de forma directa, pero mi investigación sobre el tema me llevó a pensar cómo hemos pasado en los últimos 40 años de una política dirigida a combatir la desigualdad, basada en la seguridad social, a una política dirigida a combatir la pobreza, cada vez más organizada alrededor de repartos específicos de presupuesto y poblaciones objetivo.

Pero el paso del primer objetivo al segundo ha transformado completamente el concepto de justicia social: combatir las desigualdades (y buscar reducir la disparidad absoluta) es muy diferente a combatir la pobreza (y buscar ofrecer un mínimo a los menos favorecidos).  Llevar a cabo esta pequeña revolución requirió años de trabajo deslegitimando la seguridad social y las instituciones de los asalariados.

Mientras leía detenidamente los textos del Foucault “tardío” (de finales de los 70 e inicios de los 80) me di cuenta que tomaba partido plenamente en esta operación. Así, no sólo retó a la seguridad social, sino que también fue seducido por la alternativa de los impuestos negativos a la renta propuestos por Milton Friedman en dicho periodo. Foucault pone a los mecanismos de asistencia social y de seguro social al mismo nivel que las prisiones, las barracas, o la escuela, instituciones indispensables “para el ejercicio del poder en las sociedades modernas”.

También es interesante señalar que en la obra central de Francois Ewald3, no duda en escribir que “el estado de bienestar cumple el sueño del ‘biopoder'”. ¡Ni más ni menos!.

Dados los muchos defectos del sistema de seguridad social, Foucault estaba interesando en reemplazarlo con un impuesto negativo a la renta. La idea es relativamente simple: el Estado le paga una ayuda a cualquiera que se encuentre por debajo de cierto nivel de ingreso. La meta es organizar las cosas de tal modo que nadie esté bajo el nivel mínimo, sin grandes trabas administrativas.

En Francia este debate empieza a aparecer en 1974, con el libro  de Lionel Stoleru “Acabar con la pobreza en los países ricos”. También es interesante recordar que Foucault se reúne con Stoleru varias veces cuando éste era asesor técnico en el gobierno de Valery Giscard D’Estaing. Un argumento importante recorre su trabajo y atrae la atención de Foucault: en el mismo espíritu que Friedman, distingue entre una política que busca la igualdad (el socialismo) y una política que simplemente quiere eliminar la pobreza sin retar las desigualdades (liberalismo). Para Stoleru, cito, “las doctrinas… pueden llevarnos o a una política dirigida a eliminar la pobreza o a una política que busca limitar la brecha entre ricos y pobres”.4 Es lo que llama “la frontera entre la pobreza absoluta y la pobreza relativa”.5 La primera se refiere simplemente a un nivel determinado arbitrariamente (al que se dirige el impuesto negativo a la renta) y la otra a disparidades generales entre individuos (a las que se dirigen la seguridad social y el estado de bienestar). Según el punto de vista de  Stoleru, “la economía de mercado es capaz de asimilar las acciones contra la pobreza absoluta” pero “es incapaz digerir medidas contundentes contra la pobreza relativa”.6 Por eso, señala, cree que “la distinción entre pobreza absoluta y pobreza relativa es de hecho la distinción entre capitalismo y socialismo”. De ese modo, lo que está en juego cuando se pasa de una a otra es un tema político: la aceptación del capitalismo como la forma económica dominante, o su rechazo.

Desde ese punto de vista, el entusiasmo no oculto con que Foucault recibe la propuesta de Stoleru forma parte de un movimiento más grande, que sustituirá el declive de la filosofía igualitaria de la seguridad social por una lucha contra la “pobreza” bastante más orientada al libre mercado. En otras palabras, y por más sorprendente que parezca, la lucha contra la pobreza, lejos de limitar los efectos de los programas neoliberales, en realidad ha contribuido a su hegemonía política.

Así que no es sorprendente ver que las grandes fortunas del mundo, como las de Bill Gates o George Soros, se embarcan en esta lucha contra la pobreza incluso cuando apoyan, sin ninguna contradicción aparente, la liberalización de servicios públicos, la destrucción de todos estos mecanismos de redistribución de la riqueza, y las “virtudes” del neoliberalismo.

Combatir la pobreza de ese modo permite incluir cuestiones sociales en la agenda política sin tener que pelear en contra de la desigualdad y los mecanismos estructurales que la producen. Así que esta evolución ha sido parte central del neoliberalismo, y el objetivo de mi libro es mostrar que Foucault es en parte responsable de este desarrollo.

P: El problema del Estado es omnipresente en su trabajo. El que critica su razón de ser pasa a ser un liberal. ¡Pero Bakunin, al igual que Lenin y las tradiciones anarquista y marxista, critican el Estado! ¿No ignora esta dimensión?

Daniel Zamora:  No lo creo. Creo que la crítica de las tradiciones marxista o anarquista es muy diferente de la que formula Foucault, y no solamente él, sino una importante concepción del marxismo de los años 70.

Primero, por la simple razón que todos esos viejos escritores anarquistas y marxistas no conocieron la seguridad social o la forma que el estado toma después de 1945. El estado al que Lenin se refería era efectivamente el estado de la clase dominante, en el que los trabajadores no jugaban rol alguno. El derecho a voto, por ejemplo, no se generaliza – sólo para los hombres- hasta el periodo de entreguerras. Así que es difícil saber qué habrían pensado sobre estas instituciones y su carácter “burgués”.

Siempre me ha irritado esta idea, que es relativamente popular dentro de la izquierda radical, de que la seguridad social es en última instancia una herramienta de control social del gran capital. Esta idea demuestra un completo malentendido de la historia y los orígenes de nuestros sistemas de protección social. Estos sistemas no fueron establecidos por la burguesía para controlar a las masas. Al contrario, la burguesía fue totalmente hostil.

Estas instituciones fueron el resultado de un posicionamiento fuerte del movimiento obrero tras la Liberación7. Fueron inventadas por el propio movimiento obrero. Del siglo XIX en adelante, los trabajadores y los sindicatos establecieron sociedades mutuas, por ejemplo, para pagar ayudas a aquellos que no podían trabajar. La lógica del mercado y los enormes riesgos que imponía a sus vidas, les obligó a desarrollar mecanismos para la socialización parcial de los ingresos. En la fase temprana de la revolución industrial, sólo aquellos que eran dueños de propiedades eran ciudadanos plenos, y como enfatiza el sociólogo Robert Castel, solamente con la seguridad social tuvo lugar la “rehabilitación social de los no propietarios”. Fue la seguridad social la que estableció, al lado de la propiedad privada, una propiedad social, con la intención de elevar a las clases populares a la ciudadanía. Es la idea que Karl Polanyi desarrolla en “La Gran Transformación”, que ve en el principio de protección social el objetivo de sacar al individuo fuera de las leyes del mercado y reconfigurar las relaciones de poder entre capital y trabajo.

Por supuesto, se puede criticar la gestión estatal de la seguridad social, o decir, por ejemplo, que debería ser dirigida por colectivos –aunque realmente no creo en ese argumento- pero criticar la herramienta y su base ideológica en sí, eso es muy diferente. Cuando Foucault llega a decir que “difícilmente tiene sentido hablar de un “derecho a la salud”, y pregunta si “una sociedad debería buscar satisfacer la necesidad de salud de los individuos, y si pueden esos individuos legítimamente demandar la satisfacción de esas necesidades”, no parece realmente que nos encontremos en el registro anarquista.

Para mí, a diferencia de Foucault, lo que debemos hacer es ahondar en los derechos sociales que ya tenemos, deberíamos “construir sobre lo que ya existe”, como señala Bernard Friot. Y la seguridad social es una herramienta excelente que deberíamos defender y profundizar. En esa misma línea, cuando leo a la filósofa Beatriz Preciado, que escribe en Libération que “no vamos a llorar por el final del estado de bienestar, porque el estado de bienestar es también el hospital psiquiátrico, la oficina para discapacitados, la prisión, la escuela patriarcal-colonial-heteronormativa”, me hace pensar que el neoliberalismo ha hecho mucho más que transformar nuestra economía; ha reconfigurado profundamente la imaginación social de cierta izquierda “libertaria”.

P: Al centrarse en los “marginales” (los excluidos, los presos, los enfermos mentales, las minorías sexuales, los “anormales”, etc.), Foucault ¿no saca a la luz todas estas personas hasta entonces ignorada por el marxismo ortodoxo que sólo tenía ojos para las relaciones económicas?

Daniel Zamora: Está completamente en lo cierto. Lo diré de nuevo: su contribución en este punto es muy importante. Claramente sacó de las sombras todo un espectro de opresiones que habían estado invisible antes. Pero su acercamiento no solamente buscaba sacar a relucir estos problemas: buscaba darles una centralidad política que puede ser cuestionada. Para decirlo claramente: según su punto de vista, y el de muchos escritores de ese periodo, la clase trabajadora de hoy está “aburguesada”, está perfectamente integrada en el sistema. “Los privilegios” que obtuvo tras la II Guerra Mundial ya no la convierten un agente de cambio social, sino que, por el contrario contrario, suponen un freno a la Revolución. Esta idea estaba bastante difundida en aquel tiempo, y puede encontrarse en autores tan variopintos como Herbert Marcuse o André Gorz. Gorz va más lejos aún y habla de de la clase obrera como una “minoría privilegiada”.

El fin de esta centralidad – que también es sinónimo del fin de la centralidad del trabajo – encontraría su expresión en las “luchas contra la marginalización” de minorías sociales o étnicas. El lumpenproletariado, (o los “nuevos plebeyos”, para usar el término de Foucault), adquiere una nueva popularidad, y pasa a ser visto como un sujeto genuinamente revolucionario.

Para estos autores, el problema ya no es la explotación, sino no el poder, y las modernas formas de dominación. Como escribe Foucault, si “el siglo XIX estuvo preocupado sobre todo con las relaciones entre las grandes estructuras económicas y el aparato estatal”, ahora “el problema son los pequeños poderes y los sistemas difusos de dominación”, que “se han convertido en problemas fundamentales”.8

El problema de la explotación y la redistribución de la riqueza fueron reemplazados por el de “exceso de poder”, que controla nuestras conductas. A comienzos de 1980, parece claro que para Foucault la pregunta ya no gira en torno a la redistribución de la riqueza. No tiene problemas en escribir: “Se podría decir que necesitamos una economía que lidie no con producción y la distribución, sino con las relaciones de poder”.9 Así, ya no se trata de una lucha contra el poder “como un agente de explotación económica”, si no sobre las luchas contra el poder cotidiano, encarnadas especialmente en el feminismo, el movimiento estudiantil, los detenidos, o los indocumentados. Déjeme ser claro, obviamente el problema no es haber puesto en la agenda todo un espectro de dominaciones que habían sido ignoradas, el problema viene del hecho de que pasan a ser teorizadas y pensadas fuera de las preguntas acerca de la explotación. Lejos de delinear una perspectiva teórica que considere las relaciones entre estos problemas, poco a poco pasan a enfrentarse los unos contra los otros, ¡siendo vistos incluso como contradictorios!

Esta descalificación del mundo del trabajo ha tenido consecuencias bastante sorprendentes. Se pondrá en el centro del debate público la “exclusión social” de los parados, los jóvenes de los suburbios y los inmigrantes como el principal problema político. Este desarrollo será el punto de partida de la centralidad que adquirirán – a izquierda y derecha – los “excluidos” y la idea de que a partir de entonces la sociedad “post-industrial” se divide entre los que tienen acceso al mercado el trabajo y los que, en mayor o menor medida, están excluidos – desplazando con ello el enfoque del mundo trabajo hacia la exclusión, los pobres o el paro. Este desplazamiento pondrá indirectamente a los trabajadores en el lado “de los que están empleados (del lado de los “privilegiados”, “de los intereses creados”)”.10

Esta lógica redefine la cuestión social sobre la base de un conflicto entre dos fracciones del proletariado, en lugar de entre el capital y el trabajo. En la derecha, esta redefinición tratará de limitar los derechos sociales de “los que sobran” movilizando contra ellos a “los activos”, y, en la izquierda, se tratará de movilizar a “los que sobran”, “a la población excedente” contra el aburguesamiento de “los activos”. Las dos posiciones aceptan desde aquel entonces la centralidad de las fracciones “excluidas” de los asalariados estables a expensas de la de los “obreros”. Cuando Margaret Thatcher opone la “subclase”, “que vive de subvenciones” y que está “protegida” a la de los británicos “que trabajan” ¿Acaso no expresa, de forma inversa, la tesis de Foucault o André Gorz?

Es obvio que el contenido político de estas declaraciones de la derecha son radicalmente diferentes de las de los autores de finales de los 70. En efecto, ¿cómo podemos no ver una extraña coincidencia entre la “no clase” de Gorz y la “infraclase” tan usada por el ideólogo ultra conservador Charles Murray?. Pero de una u otra manera, para ambos, quienes “sobran” – el excedente, – se convierten en el sujeto político central, y ya no la clase obrera. Tanto para Gorz como para el movimiento neoliberal el problema no es tanto el hecho de estar explotado, si no las relaciones en el trabajo. Gorz considera el estilo de vida de la población excedente como una “liberación” del trabajo y Thatcher como el “vicio” de la pereza que se debe combatir. Uno eleva a rango de virtud “el derecho a la pereza”, mientras que la otra lo convierte en una injusticia a destruir. Como describe certeramente la filósofo marxista Isabelle Garo, esta transición ayudará a “remplazar la explotación y su crítica por el enfoque en la víctima a quien se niegan los derechos, los prisioneros, disidentes, homosexuales, refugiados, etc.”.11

P: ¿Cómo se explica que Foucault pueda seducir a tantos entornos radicales, que, sin embargo, argumentan con fuerza que desean terminar con la era neoliberal?

Daniel Zamora: Es una pregunta muy interesante pero no tengo una respuesta satisfactoria. No obstante, se debe en gran parte a la estructura de campo académico. Tendríamos que regresar a Bourdieu y los excelentes trabajos de Louis Pinto para entender mejor esta evolución.

No hay que olvidar que unirse a una “escuela”, o asociarse con cierta perspectiva teórica, significa asociarse a un campo intelectual, en el que hay una lucha importante por poder acceder a las posiciones dominantes. En última instancia, llamarse a sí mismo marxista en la Francia de los años 60 – cuando el campo académico estaba en parte dominado por autoproclamados marxistas – no tenía el mismo significado que  denominarse marxista hoy.

Los conceptos y autores canónicos son claramente instrumentos intelectuales, pero también se corresponden con diferentes estrategias para volverse parte del campo y luchar en él. El desarrollo intelectual está en parte determinado por las relaciones de poder dentro de ese campo.

Además, me parece que las relaciones de poder dentro del campo académico han cambiado considerablemente desde el fin de los años 70: después del declive del marxismo, Foucault adquiere un papel central. Ocupa una posición cómoda que le permite introducir un cierto grado de subversión sin empañar los códigos de la academia. Apelar a Foucault es algo bastante valorado, y en ocasiones permite a sus defensores que les acepten publicaciones en prestigiosas revistas, unirse a amplias redes de trabajo intelectual, publicar libros, etc.

Amplios grupos del mundo intelectual se refieren a Foucault en su trabajo y ponen en su boca algo y lo contrario. ¡Se puede ser asesor de la patronal francesa MEDEF y editar sus conferencias!. Diría que Foucault abre puertas. Y no puedes decir lo mismo de Marx en la actualidad.

Evidentemente también existe una crítica “conservadora” de Foucault – y más ampliamente, de lo que representa el Mayo del 68 en la historia social francesa. Esta crítica ya no es marginal: se puede ver entre los ideólogos de la derecha conservadora como Eric Zemmour o dentro del Frente Nacional. Critican abiertamente todo el legado feminista, antirracista y cultural de Mayo del 68 mientras dicen poco acerca de los estragos económicos del neoliberalismo. Es como si el problema fuera el liberalismo político que surgió en los 80, y solamente volviendo atrás sobre estas evoluciones sociales podremos “construir la sociedad”.

Se suelen escuchar este tipo de ideas, que plantean que la destrucción de los valores familiares o las formas comunitarias de lazos sociales permitieron la expansión del neoliberalismo, visto como una evolución negativa del viejo buen capitalismo de antes de la mundialización. Aunque pueda haber algo de verdad en estos análisis, son totalmente ingenuos al proponer regresar a estilos de vida más “tradicionales”. Estaríamos yendo a un liberalismo de tipo más autoritario, con el regreso a los valores familiares, una cultura nacional totalmente idealizada, y el viejo capitalismo pre-globalización.

Y sobre la idea de “caer en su juego”, no creo que sea un problema. Si hay algún problema con algunos aspectos del legado de Mayo del 68, el rol de la izquierda no consiste en cerrar los ojos frente a ellos porque la extrema derecha lo ataque, o Soral o Zemmour,  sino al contrario, ofrecer un análisis propio, hacer un balance propio, para no perder por completo la batalla ideológica. Necesitamos entregarnos a esta tarea para empezar a reconstruir una izquierda que sea a la vez radical y popular.

Notas

  1. Criticar a Foucault, los años 80 y la tentación neoliberal, obra colectiva dirigida por Daniel Zamora, Aden 2014.
  2. Noam Chomsky, Michel Foucault, Sobre la naturaleza humana: comprender el poder, Aden, Bruxelles, 2006.
  3. Ewald fue discípulo y asistente de Foucault, y actualmente es un intelectual alineado con la industria de seguros de Francia y Medef, la principal patronal de Francia
  4. Lionel Stoléru, Vaincre la pauvreté dans les pays riches, Flammarion, Paris, 1974, p. 237.
  5. Ibid. pp. 286-287
  6. Ibid.
  7. Victoria contra el fascismo en la Segunda Guerra Mundial.
  8. Michel Foucault, Michel Foucault. Las respuestas del filósofo, noviembre 1975, dans Dits et Écrits I, 1954-1975, no 163, Gallimard, Paris, 2001, p. 1674.
  9. Michel Foucault, La filosofía analítica de la política, op.cit., p. 536.
  10. Stéphane Beaud, Michel Pialoux, Retorno sobre la condición obrera, 10/18, Paris, 2004, p. 424.
  11. Isabelle Garo, Foucault, Deleuze, Althusser y Marx, Demopolis, Paris, 2011, p. 70.