Vacaciones: un derecho en retroceso

Una conquista histórica del movimiento obrero que, en la práctica, está siendo cuestionada.

34
Playa de Levante, Benidorm, España. Foto: Diego Delso, Wikimedia Commons
Playa de Levante, Benidorm, España. Foto: Diego Delso, Wikimedia Commons

Ahora que acabamos de empezar agosto queremos reflexionar sobre algo muy de actualidad como son las vacaciones. Este mes viene siendo tradicionalmente la época vacacional por excelencia, periodo durante el cual una gran parte de la población descansa por un tiempo de las labores cotidianas desarrolladas a lo largo del año.

Vacaciones proviene del latín vacans (estar libre, desocupado, vacante). No obstante, vamos a centrarnos en la parte mayoritaria de la población, es decir, en las trabajadoras y trabajadores, quienes además no siempre pudimos gozar de tal derecho.

Para las capas dirigentes y acomodadas de las diversas sociedades que ha conocido la humanidad ha sido una constante poder aprovechar su posición dominante para disfrutar de todo tipo de ventajas y privilegios. El clero, la nobleza y la burguesía llevan siglos yéndose de vacaciones. Para la clase obrera, sin embargo, es bastante más reciente dicha práctica. 

En nuestro país una vez más tenemos que remontarnos a la II República para encontrar el origen de las grandes conquistas sociales. La movilización obrera hizo que el 21 de noviembre de 1931, siendo Ministro de Trabajo Largo Caballero, se aprobara la Ley de Contrato de Trabajo, que reconocía en España el derecho a vacaciones pagadas para todos los trabajadores. Tal conquista sería ahogada poco después por la dictadura franquista.

Aquí vemos como “nuestras vacaciones” (las de la clase obrera), por un lado, apenas tienen 80 años de historia y, por otro, no hubieran sido posibles sin la fuerte lucha sindical y huelguística presionando a gobiernos democráticos y progresistas.

¿Qué suponen hoy las vacaciones y en qué se están convirtiendo?

Por razones diferentes, el término “vacaciones” es uno de los favoritos de la mayoría de las personas, aunque los cambios que se van produciendo sobre todo en materia laboral y económica también han afectado directamente a nuestras preciadas vacaciones.

Huyendo de absolutismos y generalidades, vamos a ver qué suponen las vacaciones tanto para quienes las disfrutan como para quienes siguen en el puesto de trabajo (bien esperando su turno vacacional, bien porque sean trabajadores eventuales sin derecho a las mismas).

Quienes vacacionan han de lidiar sobre todo con la pérdida de poder adquisitivo, las trabas de los jefes para que podamos disponer del periodo de descanso que queramos, el encarecimiento de la vida en general, etc. Buena parte de la clase obrera no tiene la misma perspectiva sobre las vacaciones que hace una década. Las expectativas van siendo menores (y somos conscientes de que hay situaciones más dramáticas donde directamente las vacaciones son quedarse en casa sin posibilidad de hacer dispendio alguno con el dinero). El Informe de Exceltur (que toma datos del INE) nos muestra, entre otros datos, que aumentan los viajes al extranjero con destinos como Latinoamérica o Asia-Pacífico (seguramente porque son lugares donde el euro “rinde bien” al cambio). También nos dice que el turismo interior crece así como los formatos más económicos (campings, casas baratas de alquiler, etc). En un país donde el turismo tiene un peso económico tan marcado, los empresarios del sector son capaces de diversificar su oferta para que nuestro poco dinero acabe en sus bolsillos. Como el resto de necesidades, las vacaciones, también han sido convertidas en un negocio…un suculento negocio.

Pero no es únicamente un descenso del nivel de vida, de la economía, lo que va transformando nuestra realidad vacacional. El aumento de la carga de trabajo, de la presión en las empresas a la que nos vemos sometidos hace que las vacaciones tengan -cada vez más- como objetivo principal el descanso y la recuperación de nuestras propias fuerzas físicas y, por supuesto, la desconexión del puesto de trabajo que se va dificultando por prácticas actuales cada vez más frecuentes como estar conectado con el trabajo a través de las redes sociales (grupos Whatsapp/Telegram que integran también a los jefes, aumento de los e-mails corporativos recibidos incluso en vacaciones, etc).

Pero si el descanso es fundamental no menos peso tiene la necesidad de “evasión”. Así pues, muchos trabajadores cansados, estresados, agobiados, …, buscan que sus vacaciones sirvan para romper con la rutina de explotación laboral con diversas actividades y opciones de ocio. A medida que la necesidad de evasión crece también lo hace el riesgo de que las “vías” para conseguirla, ante la asfixia en el trabajo, sean más nocivas para nuestra salud. Aunque es justo buscar evadirse por un tiempo de la crudeza de la cotidianidad, debemos cuidarnos de coger el peligroso desvío de pensar que la solución a nuestros problemas está en el aislamiento, en “tomar distancia con la sociedad”, en “escapar del mundo”…Nada más lejos de la realidad.

No podemos dejar de mencionar el pánico que provoca la vuelta al trabajo. Esta idea altera y ensombrece, al menos, la última parte de nuestras vacaciones. El empeoramiento de las condiciones laborales es el principal responsable de dicho “pánico”. Pensar en volver a los altos ritmos de trabajo, al maltrato de la jefatura, a los abusos empresariales, a las ilegalidades, a la presión que se esconde tras palabras como “calidad” y “productividad”, suponen una losa psicológica muy difícil de sortear.

Si hacemos un símil entre las vacaciones y un oasis, podríamos concluir que nuestro oasis en medio del desierto es cada vez es menos idílico, el calor desértico ha resecado su flora, calentado su antes refrescante agua y disminuido los ricos alimentos para alimentarnos y coger fuerzas. Sirva este símil para evidenciar, una vez más, que el régimen social en el que vivimos condiciona e influye de forma más o menos directa en todos los ámbitos de la vida. No hay rincón, falso fondo o caja fuerte, donde el capitalismo no pueda introducirse. No se limita únicamente a un conflicto dentro del centro de trabajo (a pesar de que ahí lo veamos de forma mucho más evidente) sino que es capaz de alcanzar cualquier aspecto de la sociedad y de los grupos sociales que la componemos.

Para quienes no están o no tienen vacaciones, ya sea porque aguardan a que les toque su “turno” o porque son trabajadores temporales, la época estival no es precisamente un plato de buen gusto. La política general de “no contratación” (o escasísima contratación) aplicada por los propietarios de las empresas genera un incremento de la carga de trabajo abrumador entre la plantilla que sigue laborando. Al mismo tiempo, esta política patronal golpea directamente sobre la clase trabajadora que se encuentra desocupada pues es por todos conocido que en época veraniega (así como en Navidad) hay mayor demanda de trabajo. Los empresarios y accionistas, en su frenética carrera por aumentar sus beneficios, reducir costes y disminuir gastos, lo tienen claro: que menos hagan más. Mayor carga de trabajo para unos, unos meses más de paro para otros.

Ejemplos tenemos por todo el mundo laboral. Sirva el caso de Correos S.A. como muestra perfecta, donde cada verano las plantillas disminuyen incluso por debajo de la mitad y las manos que quedan en activo han de abarcar lo que antes hacían el doble de personas (siendo mayor el perjuicio si tenemos en cuenta que cubren una función pública).

En verano, además, se dan todo tipo de situaciones variopintas dentro del centro de trabajo. Comenzando por los desgraciadamente clásicos problemas debido a las altas temperaturas en numerosas naves, centros logísticos, etc. Que trabajadoras y trabajadores tengamos que realizar la faena a más de 30 grados es tan recurrente como ver en las noticias las playas de Benidorm llenas de turistas. A estas alturas nadie se cree que casualmente el aire acondicionado se estropea justo en estos meses. Es evidente que también en esto los empresarios quieren ahorrarse “un pico”.

Por otra parte, a los jefes les da por realizar tareas extra que cargan sobre los hombros de las plantillas. Se reorganiza el mobiliario, se ordena el almacén, …en definitiva, se añaden a las labores cotidianas otras que no se ven reflejadas en la nómina.

En España se usa mucho la expresión “hacer el agosto”. Sin duda, es lo que actualmente están haciendo empresarios y accionistas…a nuestra costa.

Esta “división vacacional” también genera competencia entre los obreros. Quienes trabajan temporalmente envidian a los fijos que marchan durante semanas o un mes de vacaciones. Quienes aguardan su turno envidian al que se ha marchado antes que ellos. En este proceso de envidia y celos llega incluso a parecer que las vacaciones son un privilegio y no un derecho, se pierde la perspectiva de que durante siglos los trabajadores no podían más que soñar con días sin desgastar su fuerza en las fábricas.

Mientras tanto los empresarios observan como los trabajadores se pierden en el laberinto de fragmentación y división que ellos han diseñado para que nos cueste más ponernos de acuerdo en quienes son los responsables de nuestras penurias. La consigna “divide y vencerás” la tienen grabada a fuego, conocedores de la potencialidad de la clase obrera cuando ésta camina unida hacia un objetivo común. Parece que lo tienen más claro que buena parte de la propia clase obrera. Afortunadamente, va habiendo más episodios de lucha durante la época de vacaciones. A pesar de ser muchas menos personas en plantilla crecen las noticias sobre paros y huelgas contra el aumento de la carga de trabajo, el calor, la falta de contratación…Si bien es cierto que las organizaciones políticas y sindicales también tienen derecho a que sus miembros vacacionen, no lo es menos que la lucha no puede “cerrarse” por este motivo. Precisamente debido a todas las eventualidades que ocurren en verano y los abusos patronales frecuentes en esta época, debemos estar alerta también en los meses estivales.

Seguramente, para los empresarios y banqueros, que un trabajador tenga vacaciones sí que es un privilegio, algo de lo que sólo ellos deberían disponer. Es lógico si pensamos que su clase social ha hecho trabajar a la nuestra en el pasado durante jornadas de 14 horas en las minas de lunes a domingo y por sueldos miserables. Que no sigamos en esas condiciones se debe, principalmente, a la lucha de millones de trabajadoras y trabajadores en todo el mundo. Que no volvamos a ellas, también.