Las corporaciones

Olvídate del Senado Romano, la Inquisición, el Ejército de los Estados Unidos de América, la Compañía de las Indias Orientales, o el Primer Directorio de la KGB. Las instituciones más poderosas e influyentes de la historia han sido, y siguen siendo, las corporaciones.

Diseño de Leo Mancini para una campaña contra las grandes corporaciones.

Las hay gigantescas como Wall-Mart o General Motors. Otras más modestas como Carnival Corp o INDITEX.

Producen, o intervienen en la producción de la práctica totalidad de los bienes y servicios que consumimos, casas, coches, comida, electrónica, productos químicos, seguros y servicios bancarios, programas de televisión y entretenimiento,… hecha un vistazo en tu casa: posiblemente no seas capaz de mirar a un sitio sin que haya un objeto que haya pasado, en algún momento de su proceso productivo, por una gran compañía.

Frente a los que teorizan que la clase obrera ya no existe, o ya no tiene una importancia social como colectivo, la realidad es tozuda: El número de empleados de corporaciones se cuenta por miles y cientos de miles, cuando no millones, como en el caso de las más grandes (Wall-Mart tiene 2.200.000 empleados en todo el mundo). A estas cifras hay que sumarle la “plantilla en la sombra”, millones de trabajadores de empresas proveedoras y subcontratas que participan en la cadena de valor global. La Confederación Sindical Internacional estima que las subcontratas de 50 grandes compañías globales esconden una fuerza de trabajo oculta de 116 millones de trabajadores.

Logotipos de varias corporaciones
Logotipos de varias corporaciones

En el Reino de España, el 2,20% de medianas y grandes empresas, emplea a más de 7,3 millones de trabajadores, el 58,77% del total de la fuerza de trabajo. El mito de que el 80% de los trabajadores están fuera de las grandes empresas, como afirmaba hace poco la portavoz de Podemos, Irene Montero, es falso.

Es muy probable que en tu vida laboral hayas trabajado directa o indirectamente para estas compañías, a través de una subcontrata, y hayas aportado a la cadena de valor de su proceso productivo. Posiblemente hayas formado parte de los millones de personas que trabajan directa o indirectamente en la producción de las corporaciones, el núcleo de la generación de plusvalía y riqueza social en el capitalismo.

Maquinaria de precisión

Laura Morelos escribía sobre ello en estas páginas la semana pasada. El empresario, en general, es presa de un mecanismo ciego de competencia con otros capitalistas que le obliga a generar cada vez más rentabilidad y beneficios. Si no los obtiene, pierde la carrera y es desalojado del mercado.

Esto, que es válido para Pepe el del bar, Talleres Paco y la panadería de la esquina, lo es aún más en el caso de las grandes empresas que cotizan en bolsa y mueven enormes capitales, volúmenes de negocio y grandes segmentos del mercado.

Las corporaciones, en realidad, son un mecanismo superrefinado para generar beneficios, para aumentar el capital de sus accionistas y propietarios, que a su vez pueden ser otras corporaciones, fondos de inversión, o supermillonarios individuales.

Precisamente el volumen del capital que manejan es lo que les permite refinar y perfeccionar el proceso productivo para eliminar “ruidos”, tiempos muertos y errores en la organización del trabajo.

Standar Oil Company, la mítica empresa petrolera de John D. Rockefeller, llegó a tener tal volumen de beneficios que creó una división especializada en buscar oportunidades de inversión en otros mercados, para mantener en movimiento el capital. Hoy en día muchas grandes corporaciones cuentan con divisiones de este tipo, los hubs financieros, como por ejemplo la indo-europea ArcelorMittal, o la sueca Atlas Copco.

Neutron Jack
Neutron Jack

El CEO de General Motors a principios de los años 90, John Francis “Jack” Smith Jr., emprendió uno de los mayores procesos de reorganización empresarial de la historia de los negocios. Cada año, los distintos departamentos de la empresa debían reducir su plantilla un 10% a la vez que aumentaban su productividad. Se buscaba forzar el perfeccionamiento del funcionamiento de la empresa.

El primer año era fácil: se despide al que sale mucho a fumar, al que va mucho al baño, al que llega siempre tarde… Pero al año siguiente, en la empresa se crea un clima de guerra civil entre los empleados para que despidan al de al lado y no a uno mismo. John Smith era conocido en los círculos sindicales y patronales como “Neutron Jack”, en alusión a la bomba de neutrones, que mata a la gente sin afectar a los edificios.

Esta anécdota ilustra la lógica que hay detrás de la economía capitalista. “Neutron Jack” simplemente estaba cumpliendo con su trabajo, haciendo que el capital invertido por los accionistas de la empresa rindiese más, generase más capital.

Una lógica que nos afecta a todos los trabajadores

No es algo que solo afecte a los pobres empleados despedidos de GM. No podemos perder de vista que este tipo de prácticas, a fin de cuentas, son aplicadas en mayor o menor medida por todas las empresas. De hecho la que no las aplica tiene todas la de perder. La forma en que se consigan los objetivos es un asunto secundario, los accionistas no se meten en esas cuestiones que corresponden a los ejecutivos. Ellos solo tienen una condición: quieren el 13% de rentabilidad todos los años, si la empresa no es capaz de proporcionarlo, simplemente se llevan el capital a otra empresa.

Expedientes de regulación de empleo, horas extra pagadas y no pagadas, prolongación de la jornada laboral, precariedad, temporalidad, objetivos de producción agotadores, y sobretodo mucho miedo a perder el trabajo (porque cada vez es más difícil encontrar otro). Son realidades cotidianas para millones de hombres y mujeres de clase trabajadora en España y en todo el mundo.

La precarización del empleo y el deterioro de las condiciones de trabajo y la reducción de los salarios es la tónica general. Sólo 1 de cada 4 contratos laborales firmados en 2016 han sido de jornada completa. Intercalamos periodos de paro cada vez más largos entre contrato y contrato. Y cuando conseguimos un empleo, es en peores condiciones que el anterior. Hay estimaciones que indican que el salario real, el que tiene en cuenta su poder adquisitivo, la inflación y el coste de la vida, se ha reducido hasta un 25% desde 2007.

En 2016 se estimaba que con el número de horas extra impagadas que se trabajaba en el país, se podrían crear 156.000 empleos nuevos. Y la situación se está agravando este año.

Esto en la práctica significa que en las empresas trabajamos cada vez más, por un salario que en el supermercado vale menos. Que cada vez cuesta más esfuerzo llegar y superar el mínimo de subsistencia. Es decir: que la explotación global de la clase obrera se está incrementando. Todo gracias a leyes a la carta para los grandes capitalistas, como los rescates bancarios, la privatización de servicios públicos o la reforma laboral.

No es casualidad que en los últimos 12 años el consumo de ansiolíticos y somníferos se haya elevado un 57%. España es hoy por hoy el país de la UE-15 (los países de la UE más ricos) que más consumo hace de este tipo de medicamentos.

El boxeador y sus puños

En la década de los 90 del siglo pasado, se popularizó entre la izquierda la idea de la independencia de las grandes corporaciones con respecto al Estado. El hecho de que estas empresas tenga el poder e influencia necesarios para cambiar las políticas de países como la Estados Unidos o Alemania, o que contar con su apoyo activo, o por lo menos, con su pasividad, es esencial para la carrera de muchos políticos, hizo pensar a muchos que las corporaciones iban por libre y que el Estado había dejado de ser una institución esencial para el capitalismo. Intelectuales como Antonio Negri y Michael Hardt llegaron a hablar del “declive de los Estados-Nación”.

En realidad esto está lejos de ser así, entre los partidos políticos de los millonarios, el estado burgués y las corporaciones, existe una relación simbiótica. Los capitalistas necesitan del Estado para proteger sus inversiones y sus mercados. Los 450 millones de consumidores de la UE tienen que ser protegidos como un cortijo, sin dejar entrar a la competencia de otros países. Necesita el poder del Estado, de los ejércitos, para proteger las inversiones en el extranjero, las esferas de influencia comercial. El caso de las recientes intervenciones de Francia en Mali y Níger es un ejemplo: La excusa es la expansión del fundamentalismo islámico de Boko Haram, pero tras eso, subyace la necesidad de proteger el suministro de uranio a las compañías eléctricas francesas y las inversiones del capital francés en la zona.

Thomas Friedman. Foto: Wikimedia Commons
Thomas Friedman. Foto: Wikimedia Commons

“La mano oculta del mercado nunca funcionará sin un puño oculto. McDonald’s no puede florecer sin McDonnell Douglas, el fabricante del F-15. Y el puño oculto que garantiza que el mundo es seguro para las tecnologías de Silicon Valley se llama Ejército, Fuerza Aérea, Armada y cuerpo de marines de Estados Unidos”, afirmó en su día el periodista ganador del Pulitzer Thomas Friedman. Y no le falta razón.

Como dice el sociólogo belga Peter Mertens, en su libro La Clase Obrera en la Era de las Multinacionales: “el boxeador necesita sus puños para pelear”, estados que legislen a favor de sus intereses, ejércitos y aparatos represivos que defiendan su propiedad privada.

Ausentes del debate social

La forma en que los grandes negocios afecta a nuestra vida cotidiana contrasta con el escaso debate social que hay sobre el papel que juegan estas empresas. En la calle, y en los medios de comunicación es frecuente escuchar críticas y reproches hacia los políticos y cargos públicos del estado, pero rara vez se habla de las grandes corporaciones. Y si se hace es para hablar brevemente de sus resultados financieros o alguna información superficial.

Si lo pensamos detenidamente, parece que hubiese un “tupido velo” que no es fácil atravesar. Una línea roja que la prensa, los partidos más importantes del campo popular y algunos sindicatos no están en condiciones de rebasar. Es como si se hablase del capote, sin mirar que detrás está el torero.

Un ejemplo bastante ilustrativo de este fenómeno: Se calcula que el dinero sustraído a través de la Trama Gürtel ronda los 210 millones de euros. De la Gürtel se habla hasta en bar de la esquina, hay un importante debate social sobre la corrupción política en nuestro país. Sin embargo, Orange España, la filial del gigante francés de las telecomunicaciones, aportó el año pasado 1.349 millones de euros a los beneficios globales. Beneficios que se han conseguido, entre otras cosas, gracias al esfuerzo de miles de trabajadores de Orange y de las subcontratas, y como todas las empresas, gracias exprimir lo más posible a la plantilla, a los clientes y a los proveedores.

No solo le va bien a Orange, las grandes empresas que operan en el Reino de España están viviendo una época dorada gracias a las reformas del PSOE y el PP. Desde que empezó la crisis económica del 2008 las corporaciones del Reino han repartido 364 mil millones de € entre sus accionistas. En 2017 se calcula que el IBEX35 pagará un 7% más en dividendos a sus accionistas. Casi 20.000 millones de euros generados en el sistema productivo español acabarán en manos de los megamillonarios.

No hay más que fijarse en las cifras anteriores. ¿Quién se está llevando la guinda del pastel, la nata y hasta el plato y los cubiertos de la economía española, el PP o el IBEX35? ¿Cuántas veces hemos visto a los tertulianos de la tele hablar de estas cuestiones? ¿Cómo es posible que unas instituciones cuyas prácticas y decisiones afectan a la vida cotidiana de millones de trabajadores estén tan ausentes del debate público?

¿Vuelta a la pequeña propiedad?

A pesar del escaso debate social sobre el poder de las grandes compañías, entre la gente de izquierdas y el campo progresista, hay respuestas a la pregunta de ¿Qué hacer? ante esta realidad. Una de las más habituales es la de reforzar y apoyar a la pequeña producción, las PYMES y los pequeños negocios frente al corporaciones.

Es frecuente escuchar propuestas en este sentido, a saber: fomentar el cooperativismo social, limitar los horarios comerciales, ayudas y subvenciones a los pequeños negocios, mercadillos, huertos ecológicos

Al pequeño negocio se le suponen una serie de virtudes como que explota menos a los trabajadores, el empleo es más estable, es menos depredador con el medio ambiente, tiene más conciencia social, etc… Como viene sucediendo con frecuencia, la izquierda vuelve a errar el tiro y caer en mitos.

La hegemonía de la gran producción es el resultado del desarrollo de las fuerzas productivas. Las grandes empresas se hacen con el mercado porque son más eficientes en la gestión del capital con que cuentan, son capaces de producir más eficientemente, a menor coste y con mayor calidad. Por eso la manufactura desplazó en los inicios del capitalismo a la producción artesanal, y por eso seguirá haciéndolo, por mucho apoyo público que haya a la pequeña producción.

La gran propiedad en su momento también fue pequeña, existen muchos ejemplos de grandes corporaciones que empezaron como pequeños negocios, Apple sin ir más lejos. Coca-Cola comenzó como una bebida que se vendía en una farmacia de Atlanta. Si una hipotética empresa pequeña, Talleres Paco, comienza a tener éxito en su negocio, nada impide que siga creciendo, atrayendo accionistas e inversores, abriendo sucursales, en un momento dado crear una franquicia y llegar a cotizar el bolsa. La gran propiedad es como una verruga, si la cortas volverá a crecer.

De lo que se trata no es de acabar con la gran producción, sino de socializarla. Que funcione en base al interés general, y no de los accionistas. Pero para conseguir eso es preciso limitar (preferiblemente eliminar) el poder de los propietarios de las empresas y ello implica hablar de nacionalizaciones, de control obrero, de planificación económica a gran escala… Medidas que apuntan directamente al enfrentamiento entre trabajadores y empresarios, entre obreros y capitalistas. Lucha de clases abierta, en definitiva.