La clase obrera en la era de las multinacionales

El libro del sociólogo belga Peter Mertens es una lectura imprescindible para aclarar el papel de los trabajadores en el cambio social.

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Foto de familia de los trabajadores de una planta de fabricación de coches.
Foto de familia de los trabajadores de una planta de fabricación de coches.

Nota de La Mayoría

¿Quién no ha escuchado alguna vez aquello de “El 80% de los trabajadores se encuentra fuera de las grandes empresas”? ¿O la típica reflexión sobre que la clase trabajadora en las grandes empresas transnacionales está acomodada y por eso no se moviliza?

No es raro, cuando hablamos del movimiento obrero, oír comentarios como este: “la revolución es una idea bonita, pero hay que ser realistas e intentar conseguir mayorías en las instituciones”. En muchas ocasiones escuchamos a compañeros y compañeras del movimiento social que afirman que “es imposible crear organización política obrera en las empresas”.

Cualquier persona de izquierdas con inquietud por cambiar las cosas, se habrá hecho las mismas preguntas, o similares. O habrá discutido sobre estas cuestiones con compañeros del sindicato, de los movimientos sociales, del trabajo… Y muy probablemente, las conclusiones a las que habrá llegado van en la línea del pesimismo y apoyarán la idea de que hay que replantearse seriamente la validez de muchas de las ideas tradicionales de la izquierda del siglo XX.

Pero ¿Y si, en el fondo, las cosas no fueran como parecen ser en la superficie?

Peter Mertens es sociólogo, Presidente del Partido del Trabajo de Bélgica y diputado en el parlamento belga. Su libro “La clase obrera en la era de las multinacionales” entra de lleno en esta polémica. Ha sido editado en castellano en 2011 por la Asociación Cultural Jaime Lago.

En nuestra opinión, y a la luz de los acontecimientos políticos, su lectura por parte de sindicalistas, activistas y militantes de izquierdas, sigue siendo absolutamente necesaria.

Reproducimos a continuación el prólogo, y el enlace para su descarga en PDF.

Prólogo

Por Peter Mertens

En el año 2000, en vísperas del nuevo siglo, se publicaba Imperio, una obra de Michael Hardt y Antonio Negri. De inmediato, una multitud de periódicos calificaban al dúo como los nuevos Karl Marx y Friedrich Engels. “En una época en la que se ponía en la picota todo lo que se inclinaba a la izquierda, se publicó Imperio, obra de escritores que se decían comunistas. El pensador italiano Negri y el especialista americano de la literatura, Hardt, hacen hincapié en la confianza en el porvenir. En su visión optimista, quieren devolver la vida a los elementos positivos del comunismo”1, escribía un periódico holandés.

Negri y Hardt escriben que a la era del Imperialismo le ha sucedido la era del Imperio. En esta era del sector servicios, la producción inmaterial ha reemplazado la producción material. De este modo, la clase obrera ha desaparecido del campo visual, sus sindicatos han perdido toda utilidad y los partidos revolucionarios están superados. Organizaciones en forma de red han reemplazado a las organizaciones centralizadas y disciplinadas. Una red de poder con ramificaciones mundiales ha reemplazado a los estados. En este nuevo mundo, la gente ya no tiene relaciones mutuas en calidad de clases sociales, sino más bien como singularidades. Juntos, constituyen la muchedumbre. Tal es la opinión de Michael Hardt y Antonio Negri.

Maite Mola, dirigente del PCE y del PIE
Maite Mola, dirigente del PCE y del PIE

Al mismo tiempo, Fausto Bertinotti, presidente del Partido de la Izquierda Europea (PIE), proponía su propia modernización del marxismo. Se tiene que revisar el papel histórico de la clase obrera. El concepto de partido revolucionario pertenece definitivamente al pasado. El mundo ya no se divide en bloques de poder opuestos. Y, así, el peligro de nuevas guerras entre países imperialistas también ha desaparecido. Por eso es hora de reconsiderar la definición que Lenin daba del Imperialismo. Si queremos un porvenir, sólo será posible rompiendo con “el Socialismo realmente existente”. Esta es la opinión de Bertinotti.

De esta manera, se desarrollan en el viejo continente dos corrientes de “revisión” del marxismo. Una corriente entre las clases medias de la población y que encuentra un oído atento entre una parte del movimiento altermundialista. Y una corriente en el seno de las antiguas tendencias comunistas, que ejerce su influencia entre una parte del movimiento obrero. Se ha podido percibir en Bruselas un débil eco de esos debates. Nadine Rosa-Rosso, la antigua secretaria general del Partido del Trabajo de Bélgica (PTB), cuestionaba la posibilidad de seguir organizando a los obreros en los centros de trabajo de las grandes empresas. El lugar de trabajo se ha vuelto un infierno en donde incluso se está volviendo imposible pensar. Además, regiones enteras de Europa se ven afectadas por la desindustrialización. Estos factores conducen a un debilitamiento de la clase obrera. Los trabajadores deben tomar aliento y buscar oxígeno fuera de la fábrica, al lado de otras capas sociales. Además, los equilibrios de fuerzas también deben modificarse en los parlamentos. Aquí, la que está hablando es Nadine Rosa-Rosso.

No cabe duda de que Antonio Negri, Fausto Bertinotti y Nadine Rosa-Rosso tienen poco en común. Sin embargo, los tres se han dado como misión renovar el marxismo. Y los temas que quieren revisar caminan de manera paralela. No se enfrentan exactamente a los mismos asuntos, pero las preguntas que plantean tienen relación con los cuatro temas siguientes:

  1. El papel de la clase obrera,
  2. La tarea del partido revolucionario,
  3. La definición del imperialismo,
  4. El papel de las elecciones y del trabajo parlamentario.

Estos cuatro temas también constituyen los capítulos de esta obra. En el primer capítulo describimos cómo, a principios del siglo 21, las grandes empresas transnacionales (ETN) dominan sus sectores a escala mundial. En todos los continentes, decenas de miles de brazos y cerebros están trabajando para los mismos patronos. De este modo, la contradicción entre trabajo y capital, lejos de haber desaparecido, se ha vuelto, por el contrario, planetaria. La revolución tecnológica ha exacerbado este antagonismo. No son las aspiraciones y necesidades humanas las que cuentan. Mediante patentes, licencias, derechos de autor, etc. nuevas evoluciones científicas se van introduciendo en la carrera de la maximización del beneficio.

El modo de producción capitalista es «reinventado continuamente» y se caracteriza por “una eterna incertidumbre e inquietud”, escribió Marx. El desarrollo tecnológico hace que menos gente produzca cada vez más. Unos se matan trabajando, los demás son condenados al ocio obligatorio, al desempleo. Además, subcontratas, empresas de trabajo temporal y autónomos cumplen las numerosas tareas que se les delegan. En las estadísticas, estos empleos desaparecen de la industria y forman parte del sector servicios. En realidad, estos puestos de trabajo no desaparecen de la producción industrial. Desaparecen sobre todo de la fuerza colectiva y la protección social de los grandes sectores. En Francia, en los últimos veinte años, 1,5 millones de empleos desaparecieron de la (gran) industria. Al mismo tiempo, se crearon 1,9 millones de nuevos empleos en el sector de los ser- vicios vinculados a la industria. La clase obrera se ha modificado por los cambios ocurridos en la industria. Pero no se ha visto empujada al margen de la sociedad. En el corazón mismo de los negocios del mundo industrial, la clase obrera es hoy más que nunca el músculo cardíaco que produce la riqueza. Y es por esto que es portadora de su propio porvenir.

En el segundo capítulo, mostraremos que la clase obrera necesitó un siglo para poder organizarse, por lo menos en los sectores más importantes. La puesta en pie del sindicato es un proceso sembrado de victorias y derrotas. “Don’t mourn, organize!”: Éste es el lema de los militantes sindicales al otro lado del Atlántico. “¡No os lamentéis, organizaros!”: significa también el actuar hoy como pionero en las subcontratas, en las empresas de trabajo temporal y en los nuevos sectores. La experiencia de Corea del Sur nos enseña que la organización y la fuerza de disuasión en los centros de trabajo de las grandes empresas es siempre determinante.

En el origen de todos los movimientos sindicales y partidos obreros, se encuentra el compromiso de un número relativamente reducido de pioneros. Es necesario comprender las leyes del capitalismo y de la lucha de clases, decía Karl Max. Es sobre esta base sobre la que “la parte más decidida, más preocupada por seguir adelante” del movimiento obrero se puede organizar en partidos obreros. Los primeros partidos de este tipo, cimentados en sudor y lágrimas, fracasaron al reconciliarse con el sistema. Durante la Primera Guerra mundial, se aliaron definitivamente con el capitalismo. Los partidos comunistas, que les sucedieron, iban a seguir desempeñando el papel de pionero en la organización y la concienciación del movimiento obrero. Con la reciente fundación del Partido de la Izquierda Europea (PIE), cierto número de partidos en principio revolucionarios se han visto atrapados en las redes del sistema capitalista. Todo ello no hace sino plantear de manera todavía más aguda el desafío y la necesidad, en el mundo actual, de continuar la construcción de auténticos partidos obreros comunistas.

En el tercer capítulo, insistiremos en el hecho de que el 80% de las 1000 principales ETN (Empresas Transnacionales) mundiales tienen su sede en Estados Unidos, en la Unión europea o en Japón. Al igual que el boxeador necesita sus puños, cada una de esas ETN necesita un aparato estatal potente para garantizar sus intereses. El poder estatal de los tres grandes bloques no desaparece sino que, al contrario, se sigue incrementando. Las eminencias del aparato de Estado combinan altos cargos en los sectores petroleros, aeroespaciales y militares. En el año 2000, cuando, mediante la famosa declaración de Lisboa, quince jefes de gobierno europeos decidían hacer de Europa “la economía más competitiva del mundo”, no nos encontrábamos, precisamente, en el umbral de una Europa más social. Se trataba de una declaración de guerra a resto de bloques de poder y esta guerra, quieren que la paguen los trabajadores del viejo continente. En pocas palabras, los barriles de pólvora de los nuevos conflictos mundiales se están acumulando.

Sede de la Unión Europea en Bruselas
Sede de la Unión Europea en Bruselas

En el capítulo final, nos detendremos en la “política entre bastidores” que rodea los parlamentos. En el Barrio Europeo de Bruselas2, cada día, 10.500 lobbistas3 profesionales de empresas están trabajando para hacer más maleables a los 732 parlamentarios europeos. Comités de expertos político-industriales, patrocinio de campañas, grupos de presión, pequeños puestos-regalo en el seno de los consejos de administración de las grandes empresas… son muchos los mecanismos mediante los cuales el gran capital pretende dirigir el juego. Los enemigos a batir por los grupos de presión son la protección social y el espacio democrático arrancados únicamente por la lucha de clases. Sin la rebelión de 1886, sin las huelgas generales de 1893, 1902 y 1913 (durante las cuales trabajadores fueron asesinados por la gendarmería), sin la huelga general de 1936, sin la resistencia armada en contra del fascismo durante la Segunda Guerra mundial, sencillamente no se hablaría de derecho de organización, de derecho de huelga, de prohibición del trabajo infantil, de jornada de 8 horas, de vacaciones retribuidas y de seguridad social. Los comunistas están luchando por estas reformas. No como objetivo final sino como medio para poder proseguir mejor y con más profundidad la lucha para el socialismo. Esto también significa que el terreno esencial del cambio social no está en el hemiciclo parlamentario sino, efectivamente, en la lucha social en los centros de trabajo y en los barrios populares.

Amberes (Bélgica), 1 de noviembre de 2005.

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Notas

  1. Jim Schilder. “Herformulering van het Communistisch Manifest (Una nueva formulación del manifiesto del partido comunista)”. De Groene Amsterdammer, 1 de septiembre de 2001.
  2. NDT: Barrio donde se encuentran las instituciones europeas y su parlamento.
  3. NDT: grupos de personas u organizaciones que intentan influir en las decisiones del poder ejecutivo o legislativo.