La crisis de los asalariados

A pesar de que los datos macroeconómicos parecen indicar que la economía se recupera, nuestros salarios parecen empeñados en demostrar que esa recuperación no llega a la clase obrera.

Muchos economistas no se cansan de enseñarnos gráficas, datos estadísticos y noticias que parecen indicar que lo más duro de la crisis ha pasado ya. El paro ha bajado del 26% al 14%, el PIB crecerá según las estimaciones un 3% este año, la prima de riesgo de la que tanto se habló ha pasado de 600 a 100 puntos básicos… y, sin embargo, los indicadores de desigualdad están permanentemente activados: un informe reciente de la Unión Europea indicaba que el 20% que más gana obtenía casi seis veces y media los ingresos del 20% que menos gana y que el 15% de los hogares españoles tenían uno o ningún trabajo. Mientras tanto, desde que empezó la crisis, se han transferido de media 15000 millones de euros desde las rentas del trabajo hacia las rentas del capital.

Dicho de otro modo, cada año la suma total de nuestros salarios en relación a la riqueza generada en todo el país ha bajado 15.000 millones de euros, mientras que los ingresos de las empresas han aumentado 15.000 millones de euros: del gran pastel de la economía española, los trabajadores accedemos a porciones cada vez menores, porque los empresarios toman cada vez más. La recuperación económica que nos venden no es más que el aumento de su trozo del pastel, a costa del nuestro: en los años de la crisis, como señalamos en nuestro artículo Robo Legal, el coste salarial ascendió en total 1,5%; sin embargo, en ese mismo periodo el coste de vida aumentó significativamente más. En nuestro artículo Capitalismo y Renta Básica, por otro lado, evaluábamos también la evolución del tipo de empleo, y la transferencia de fuerza de trabajo desde empleos a jornada completa e indefinidos hacia empleos a tiempo parcial y temporales: menos horas de trabajo, menos salario absoluto. En concreto, el 60% de los empleos recuperados tras la crisis son temporales o a tiempo parcial.

Para que nos entendamos, el resultado de la crisis no ha sido otro que devaluar nuestras condiciones de vida, para permitir que los beneficios de los empresarios mantuvieran su ritmo de crecimiento, y ahora no hacemos más que constatarlo con datos e informes.

Nos pagaban demasiado para lo que querían ganar; el mercado se lo hizo saber, y actuaron en consecuencia. Todo lo que habíamos conseguido arrebatarles a través de la lucha y la organización nos lo quitaron aprovechando que ahora no estábamos suficientemente movilizados ni organizados. Cinco años después del estallido de la crisis, el 10% que menos gana ha perdido una tercera parte de su poder adquisitivo, y el 30% de la población española se encuentra en situación de pobreza y exclusión social, a pesar de todos los indicadores macroeconómicos hacen que nuestros ministros y analistas vayan por el mundo sacando pecho como pavos reales.

¿Qué conclusiones podemos extraer de este panorama?

La primera, que el mercado funciona. El problema es que el funcionamiento de ese mercado es trasvasar riqueza desde la clase trabajadora hacia la burguesía: es decir, aumentar nuestra explotación para aumentar sus beneficios. En un mundo globalizado donde el mercado se ha extendido hasta el último rincón, la crisis enseñó a la burguesía occidental que si querían seguir ganando cada vez más dinero, tendrían que apretarnos las tuercas. Y se pusieron manos a la obra, a través de sus representantes políticos, para aplicar reformas laborales, recortes, y políticas de todo tipo que golpearan directamente en la raíz de su problema: nuestra calidad de vida. Gracias a la lucha y el sacrificio del movimiento obrero, habíamos conseguido una calidad de vida insostenible para sus cuentas de beneficios.

Y la segunda, y no menos importante, que el aumento de la desigualdad indica que esa desigualdad ya existía, aunque muchos la viéramos como algo ajeno. El capitalismo es un sistema que se basa en la generación de desigualdad: un sistema en el que uno cocina una tarta, y otro se la queda y decide como se reparte. Y como ya sabemos, el que parte y reparte se lleva la mejor parte. La crisis no ha hecho más que extender la desigualdad, ya que como hemos señalado el porcentaje de gente que vivíamos “demasiado bien” era incompatible con los beneficios que los capitalistas querían obtener. De momento, han vuelto a poner sus cuentas de beneficios en verde: pero cuando vuelvan a salirse del redil, cuando sus números no cuadren, volverán a hacerlos cuadrar ajustando nuestras cuentas. Y el porcentaje de gente que vive “demasiado bien” volverá a reducirse, y así progresivamente.

Ahora hay algunos que se sorprenden porque, con la crisis terminada, no se recuperan las condiciones anteriores. Alzan la voz indignados porque la desigualdad, de repente, se ha convertido en una realidad para ellos, cuando antes era algo propio de otros, de algunos que o “eran muy vagos” o “no se habían esforzado lo suficiente”. El problema es que así es como funciona el capitalismo: en un mundo en el que unos tienen fábricas, bancos, periódicos, edificios enteros… y otros sólo tenemos nuestro salario, cada vez seremos más los que nos veamos empujados al lado oscuro de la desigualdad, ese que hasta ahora nos parecía algo propio de otros. Y seguirá siendo así mientras toleremos que unos tengan fábricas, bancos, periódicos y edificios enteros, y otros sólo tengamos nuestro salario.