La Nueva Política de Clase en EEUU: Alexandria Ocasio-Cortez

Alexandria Ocasio-Cortez, miembro del partido Socialistas Democráticos de América, ha vencido recientemente en las primarias demócratas de Nueva York, pero nadie parece prestar atención a su programa. En su lugar, todos achacan el éxito de su candidatura al perfil de la candidata.

Imagen de campaña de Alexandria Ocasio-Cortez. Foto: @ocasio2018
Imagen de campaña de Alexandria Ocasio-Cortez. Foto: @ocasio2018

La improbable victoria de Alexandria Ocasio-Cortez frente a un candidato del aparato demócrata ha situado las primarias demócratas de Nueva York en el centro de la actualidad política. Medios de todo tipo se han hecho eco del resultado, se han trazado perfiles sobre la ganadora y se han buscado todo tipo de explicaciones para justificar el sorprendente e inesperado vuelco en el seno del Partido Demócrata. Sin embargo, la inmensa mayoría de estas noticias, análisis y perfiles inciden sin descanso, una y otra vez, en una única idea-fuerza: Alexandria Ocasio-Cortez ha ganado las primarias porque es mujer, es joven y es latina, y su oponente, el veterano Joseph Crowley, es un hombre blanco y que arrastra como una pesada mochila sus años de experiencia en política.

La premisa es clara: Ocasio-Cortez ha ganado porque su perfil es más amable de cara a su público, más atractivo. Las mujeres la han votado porque es mujer, los jóvenes la han votado porque es joven, y los latinos la han votado porque es latina. Si a ello sumamos el voto de otras minorías, como afroamericanos o el colectivo LGTB, que sienten más simpatía por un perfil como el suyo que por el clásico político americano Joseph Crowley, tenemos un cóctel ganador. Y así de sencillo resultar explicar cómo una persona que se autodefine socialista, que milita en una organización que vertebra su discurso en base a la lucha de clases, y que ha hablado siempre en nombre de la clase trabajadora, ha ganado unas elecciones primarias en el mismo país que, apenas hace un par de años, eligió a Donald Trump como su presidente.

Es el culmen de discurso constructivista que parece comprar gran parte de la izquierda, que ha abandonado el marxismo (y el materialismo sobre el que éste se construye) en beneficio de una teoría difusa y repleta de contradicciones que se resume, a grandes rasgos, en una afirmación: el modo en que entendemos la realidad que nos rodea determina esa realidad. Hablar en femenino en lugar de utilizar el masculino genérico, recurrir a la autoafirmación individual como respuesta a un problema social, renegar de las identidades colectivas por considerar que no representan nuestras particularidades… todo ello son actitudes que ciertos sectores de la izquierda han convertido en bandera, sustituyendo lo colectivo por una agregación de individualidades, que debe tener en cuenta hasta el último detalle del último individuo para ser verdaderamente representativa.

Este discurso, alejado de la realidad, forjado en el tribu-urbanismo de una izquierda chic que hace de las libertades individuales su bandera, falla a la hora de explicar muchos fenómenos sociales, como el éxito de Bernie Sanders, esta victoria de Ocasio-Cortez, o, en su momento, la fulgurante carrera de Donald Trump que le ha llevado de payaso televisivo a presidente de los Estados Unidos. No es de extrañar, puesto que este discurso  infravalora algunos de los aspectos fundamentales de dichos fenómenos: en especial, ha abandonado el análisis económico de los problemas, y en lugar de estudiar y comprender el capitalismo como sistema económico, prefiere dibujarlo como una estructura social-cultura abstracta de opresiones justificadas en un discurso frecuentemente demasiado simple de buenos y malos. En este panorama, la clase social no es más que otra de esas identidades, otra de esas características individuales que está bien representar, pero a la que no puede darse más importancia que a cualquiera de las otras identidades. Para este sector de la izquierda, el origen trabajador de Alexandria Ocasio-Cortez no es más que una característica adicional: es mujer, es joven, es latina, y, bueno, también resulta que es de clase trabajadora. Cuanto más extenso sea el perfil, cuantas más individualidades puedan verse representadas en él, más éxito le auguran.

Comparado con la realidad, como todo discurso idealista, las identity politics fracasan y se derrumban. El vídeo de campaña de Alexandria Ocasio-Cortez1 no se dirige ni una sola vez a todas esas supuestas identidades que la han llevado a ganar las primarias: no menciona ni una sola vez a las mujeres, ni a los jóvenes, ni a los latinos, ni a los afroamericanos, ni al colectivo LGTB. No habla de opresiones culturales ni de nuevos sujetos ni de términos surgidos al calor de la intelectualidad universitaria. Todo su video va dirigido a un único colectivo: la clase trabajadora. Alexandria Ocasio-Cortez habla de salarios, de alquileres, de colegios y centros de salud, de familias trabajadoras.

Algo similar ocurrió con Bernie Sanders: ¿cómo encaja en ese discurso que un hombre blanco, uno de los políticos más veteranos del Congreso estadounidense, de repente se convirtiera en la referencia de las nuevas generaciones, en la esperanza de un número increíble de simpatizantes y militantes demócratas? ¿Cómo se explica que, siendo blanco, Sanders fuera el político mejor valorado entre los afroamericanos, los asiático-americanos o los latinos? ¿Cómo se explica que, a sus 76 años, fuera el político más popular entre los jóvenes?2. Recurriendo al discurso liberal que constituye la base de las identity politics, no es posible encontrar una explicación racional. Recurriendo al discurso materialista que constituye la base del marxismo, la respuesta está clara: porque, al igual que Ocasio-Cortez, habló en términos de clase. Porque Sanders, como Ocasio-Cortez, situó los problemas que de verdad afectan a una mayoría de la población en Estados Unidos, o en cualquier país: salarios, viviendo, educación, salud… trabajo.

Cuando Bernie Sanders perdió las primarias ante Hillary Clinton, la respuesta de las identity politics era clara: no era lo suficientemente representativo. No había debate: había perdido porque, en el fondo, era un hombre blanco, heterosexual, de 76 años. Cuando Alexandria Ocasio-Cortez sufra algún revés en su carrera, la respuesta de parte de la izquierda será la misma: estaba bien, pero seguía sin ser suficientemente representativa. Hace falta que la candidata no sólo sea mujer, joven y latina: también tiene que ser trans, musulmana y lesbiana. Hay que seguir sumando individualidades para ampliar el colectivo.

La respuesta desde el marxismo es distinta: Sanders fracasó en las primarias, porque, a pesar del gran avance que supuso para la política americana, era muy difícil movilizar al conjunto de la clase obrera estadounidense, atomizada y desarmada ideológicamente tras tantos años de política sindical y de exaltación del gran capital. Pero el fracaso de Sanders sirvió para asentar las bases del triunfo de Alexandria Ocasio-Cortez, que, a su vez, ha empezado a sentar las bases del triunfo de las Ocasio-Cortez del mañana, situando en el panorama político la necesidad de una izquierda a la izquierda del Partido Demócrata, que base su política en la lucha de clases y no en las políticas de identidad. Ante esta situación, la clase trabajadora estadounidense, espoleada por la derrota de Hillary Clinton y la victoria de Donald Trump, ha respondido eligiendo a Alexandria Ocasio-Cortez y su discurso de clase: el día después de su victoria en las primarias, su organización, Socialistas Democráticos de América, experimentó un aumento de militantes treinta y cinco veces superior al habitual.

El camino parece claro: la contradicción capital-trabajo, la lucha de clases, articula la sociedad capitalista, y unifica a una mayoría social entorno a un discurso y a unas reivindicaciones comunes. Ganar a la mayoría social implica, forzosamente, volver a situar la lucha de clases, con su discurso y sus reivindicaciones, en el centro de la actividad política de la izquierda. Eso es lo que empezó a hacer Sanders, y eso es lo que Ocasio-Cortez está continuando. Tal vez sea hora de que en España y el resto del mundo occidental, que gira entorno a Estados Unidos, dejemos de fijarnos en Meryl Streep, Hillary Clinton u Oprah Winfrey, y empecemos a fijarnos en Alexandria Ocasio-Cortez.

Notas

  1. https://twitter.com/Ocasio2018/status/1001795660524457985
  2. https://www.washingtonpost.com/news/posteverything/wp/2017/09/12/its-time-to-end-the-myth-that-black-voters-dont-like-bernie-sanders/
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