1-O: el día de la marmota

Esta semana se ha cumplido el primer aniversario del referéndum que el año pasado organizaron las fuerzas independentistas en Cataluña. Como era de esperar, se han producido grandes manifestaciones y las dos partes implicadas en el conflicto han aprovechado la ocasión para prolongar el teatrillo con un tono duro que ha incluido amenazas de nueva aplicación del 155 y ultimátums al Gobierno central.

Festival Holi Party de Magdeburgo, Alemania. 9 de septiembre de 2012. Foto: Zeitfixierer (Flickr)
Festival Holi Party de Magdeburgo, Alemania. 9 de septiembre de 2012. Foto: Zeitfixierer (Flickr)

En lo que ha sido la última entrega del largo esperpento catalán, el lunes 1 de Octubre vimos repetirse el mismo guión que se viene siguiendo en cada capítulo de esta insulsa y agotadora serie que los españoles tenemos que ver repetida, una y otra vez, en el prime time televisivo: movilizaciones por parte de un cierto sector de la sociedad catalana, con grandes manifestaciones, enfrentamientos con las fuerzas represivas (incluso con los propios Mossos), cortes de vías de tren… Y, por otro lado, otro sector exigiendo más dureza, más represión, más encarcelamientos. Un guión que muchos nos sabemos ya de memoria: como los capítulos de Los Simpson, con la diferencia de que estos, aunque sean repetidos mil veces, por lo menos siguen divirtiendo. El tema catalán, en cambio, hace mucho tiempo que aburre.

Sobretodo porque una de sus principales líneas argumentales, la de una sociedad dividida en dos mitades enfrentadas, es una narrativa poco realista. Si, sirve para que los guionistas de uno y otro lado mantengan una tensión narrativa que les permita seguir ocupando horas y horas de televisión, pero con cada episodio repetitivo, con cada refrito, pierde sustancia y se va entreviendo la realidad que hay detrás: que, en el fondo, la mayoría de la sociedad vive presa de esta falsa dicotomía entre independentismo y unionismo.

En la misma semana en la que hemos vuelto a ver por enésima vez la misma historia de siempre con el tema catalán, hemos sabido que no sólo la electricidad alcanza máximos históricos, sino que también lo hace el gas. También hemos sabido que continúan las movilizaciones de los pensionistas, que sospechan (y hacen bien) de las promesas del llamado Pacto de Toledo, y siguen luchando por unas pensiones dignas no sólo para ellos, sino también para todos los que vendremos detrás. Y eso sin olvidar que poco antes del 1-O se organizó, en lo que empieza a ser una interesante y positiva tendencia, una huelga a nivel europeo contra Ryanair, en la que participaron trabajadores españoles, belgas, portugueses, italianos… De fondo, la amenazante y alargada sombra de una nueva crisis a medida que la deuda alcanza los 182 billones de dólares, un 60% superior a la cantidad que provocó la durísima recesión de 2007.

Para dar respuesta a estos problemas, bastante más acuciantes para los intereses de la mayoría social trabajadora de nuestro país, el debate debería distar del tema catalán, pero una y otra vez nacionalistas de ambos signos buscan la forma de prolongarlo para seguir alimentándose del enfrentamiento y el odio y huir hacia adelante. No obstante, todavía hay en la izquierda quienes insisten en buscar en el conflicto catalán unas inexistentes claves progresistas o de ruptura que podrían beneficiar a la clase trabajadora. Para estos sectores de la izquierda, la independencia catalana, de alguna misteriosa forma, resultaría en la formación de una República prácticamente socialista (dirigida por liberal-conservadores del PDeCat y social-cristianos de ERC) y un golpe fatal al Régimen del 78 (cuyo discurso, con la figura del Rey a la cabeza, no ha hecho más que fortalecerse en todo este tiempo). Obviando las evidentes faltas argumentativas en ese discurso, hay un elemento bastante importante del que se habla poco o nada: la Unión Europea.

La misma Unión Europea que subyugó y aplastó al gobierno griego encabezado por Tsipras cuando intentó enfrentarse a la Troika parece ser que se va a quedar de brazos cruzados mirando como Cataluña se independiza y, supuestamente, pone en duda todo su sistema. Cuando Syriza llegó al gobierno griego en 2015, el PIB de este país de casi 11 millones de habitantes era de 194.900 millones de euros; hoy en día, el PIB de Cataluña, con poco más de 7 millones de habitantes, es de 173.253 millones de euros. Si pudieron subyugar y aplastar a Grecia, ¿qué hace pensar que no van a poder hacerlo con Cataluña, una economía menor, y que previsiblemente esté sujeta a bloqueos, boicots y una gran inestabilidad en el improbable caso de independizarse?

Recientemente, publicamos en esta revista un interesante artículo sobre esta cuestión, titulado “Las ilusiones de la salida por la izquierda de la UE”. En él se reflexionaba precisamente sobre la importancia estratégica de la Unión Europea, y como puede enfocarla la izquierda. Con el precedente griego y un poco de análisis sobre la realidad económica de la comunidad europea, parece evidente que la propuesta de la “salida de la UE” en términos progresistas o incluso revolucionarios es poco más que un brindis al sol. El nivel de desarrollo económico común e interdependencia entre los países europeos hace imposible la supervivencia de un Estado europeo en contradicción abierta con la estructura de la UE. Si, además, fomentamos la atomización de cada Estado en países más pequeños y por tanto más débiles ante los mercados y las multinacionales, como lo sería una hipotética Cataluña independiente, no hacemos más que facilitar el dominio de la Unión Europea y, con ella, del gran capital y de los lobbies. Para todos los que aspiramos a la construcción de una sociedad más justa, más progresista y más avanzada, la vía independentista significa remar en dirección contraria, extender la alfombra roja para reforzar el poder de las multinacionales y de los grandes capitalistas.

Hoy en día, la cuestión de la Unión Europea, erigida en protectora y defensora de los intereses del gran capital, debe ser analizada consecuentemente por la izquierda. Y, a partir del análisis, respondida de forma realista. La reforma de la estructura europea es una quimera, un absurdo, completamente inviable. La salida de la UE, que hasta ahora ha sido la respuesta hegemónica entre la izquierda radical, flaquea en la práctica, mostrándose como una opción poco realista. En su lugar, hemos de plantearnos, como se señala en el artículo de Botenga, la posibilidad de la ruptura de la UE: la coordinación de las fuerzas progresistas europeas para poner fin a la propia Unión Europea. La hoja de ruta para la ruptura de la UE se aleja bastante de los objetivos del independentismo: ahora que hasta Los Simpsons han desaparecido del prime time de Antena 3, tal vez sea el momento de que la izquierda se esfuerce para que ocurra lo mismo con el tema catalán, por su propio bien y por el de la mayoría social trabajadora.

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