Tiene algo de ironía dulce que un libro como La madre, considerado la Biblia emocional de los socialistas, haya sido concebida en los Estados Unidos de un verano en 1906. Uno de los países presidentes del Imperialismo a nivel planetario actualmente albergó a quien estaba abocado a otorgar el alma a la teoría socialista en contraposición con los textos técnicos, racionales y científicos de los grandes revolucionarios del siglo XX. Pero así fue, y de no ser por el abrazo que se dan la teoría de los colosos como Lenin y el soplo agitador del alma de Gorki, precisamente los Estados Unidos de América, muchos años después, no habrían visto cómo las calles del Bronx recibían a Fidel Castro como a un héroe, buscando para su país la primavera social en que éste había convertido a Cuba.

Máximo Gorki en 1906. Foto: Negativo en blanco y negro de Herman Mishkin, N.Y.
Máximo Gorki en 1906. Foto: Negativo en blanco y negro de Herman Mishkin, N.Y.

Gorki, víctima de su amarga biografía, es hijo de obreros, y como tal procede a desarrollar con aceptación monacal la vida humilde y obligada de quien vino a dar con la clase oprimida. Aunque fue la escritura lo que le proyectó a la vanguardia intelectual de la cultura y también de la revolución, tuvo que buscarse la vida siendo desde panadero hasta vendedor ambulante. Es esa vida expresamente hecha para secar humanos en beneficio de otros lo que le arrastra con veinte años al filo del suicidio, como había llevado a otros tantos compatriotas suyos al alcoholismo tan enfermizamente extendido en la época. Con todo dado por perdido y repuesto además de una tuberculosis, decide recorrer las rusias para alimentarse de su variada cultura popular, siempre con tinta en las manos. Es en este viaje iniciático en el que le proponen ser escritor. Sus textos, al inicio cuentos, posteriormente realismo social, son calificados de ‘amargos’ (en ruso, gorki) y decide adoptar ese pseudónimo, aunque sea el amargor no su estilo literario sino la consecuencia lógica de querer retratar objetiva y periodísticamente una sociedad autocrática rayana en el feudalismo como lo era la Rusia de principios del siglo XX.

Gorki conjuga amablemente su utilidad al escribir con la causa social que defiende con ardor. Afiliado al que era entonces el Partido Obrero Socialdemócrata Ruso, se implica en la Revolución de 1905, causa de que tenga que huir a Norteamérica, donde concibe el manuscrito de La madre. Es necesario recordar que Gorki no es un escritor exaltado, sino un intelectual instruido en el arte de la Revolución. Cuando redacta este libro, no se debe a un interés artístico personal sino que responde a un momento social concreto en el que se necesita una denuncia del sistema y una chispa que lo haga volar hasta la estratosfera en el momento adecuado, que Gorki juzga en 1906. Uno de los primeros lectores de su manuscrito, Vladimir Ilich Lenin, coincide en la idoneidad de haber elegido ese punto para su publicación.

Este momento histórico es la Rusia zarista de pocos años después de la publicación del ¿Qué hacer?, de Lenin, una suerte de manual para revolucionarios sobre cómo manejarse en la clandestinidad (entre otras tesis de importancia capital). La organización de revolucionarios que se observa en La madre es la proyección sobre la tierra de las ideas de Lenin acerca de las relaciones entre círculos fabriles y enlaces entre los revolucionarios. Si por una parte uno predica sobre la organización de los partidos de nuevo tipo, el novelista relata cómo los revolucionarios introducían en las fábricas folletos propagandísticos en el doble forro de la ropa holgada. Sin embargo, el idealismo del que peca el texto de Gorki difiere aquí de la linea mantenida por el dirigente bolchevique. Citando a la carta de Lenin a Piotr Smidovich (1902): “Un miembro, probablemente, debe ser conocido, y necesita ser protegido frente a ser descubierto; dejemos que se diga de él: es uno de nosotros, un chaval listo, que sin embargo no toma parte en la revolución (al menos visiblemente)”. En la manifestación del 1º de Mayo que se narra en La madre, lo que hace Pavel Vlasov enarbolando una bandera roja a la cabeza de las masas quizás sería considerado por Lenin un suicidio político. Sin una estructura premeditada como plan alternativo, la acción del hijo de Pelagia es un fallo de primero de socialismo, pues exponerse de manera deliberada a la autoridad zarista invita fácilmente a que sea detenido, como de hecho termina ocurriendo, un contundente varapalo a la organización revolucionaria que preside de facto.

¿De dónde la importancia de esto? La obra de Gorki es una apelación al sentimiento revolucionario que necesita de mártires, no un análisis sociopolítico de Rusia. La propaganda zarista que vendía a los socialistas como bestias y demonios con olor a azufre requería de contraargumentos firmes como la imagen que se transmite en la obra de los compañeros de Pavel como seres divinos y a los obreros fabriles como ciudadanos instruidos que comulgan con la ideología bolchevique.

A diferencia de entonces, actualmente esa idealización de la Rusia pre-revolucionaria puede ser más nociva que beneficiosa. Pensar que las fábricas de Petrogrado de 1906 estaban inundadas enteramente por bolcheviques es asumir el idealismo entonces necesario como la norma, con lo que únicamente establecemos mayores diferencias dando pie a los redundantes argumentos de la reacción de que la teoría socialista está obsoleta. Como pequeño esbozo de la realidad de la Rusia de inicios del siglo XX, Lenin escribiría en La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo que “incluso en el I Congreso Panruso de los Soviets en junio de 1917 los bolcheviques eran el 13%”, y sobre los obreros de la época, habla en ¿Qué hacer? sobre que es necesario “recordar que hemos llegado ya a un momento en que a los vecinos de San Petersburgo les aburre leer las cartas petergurguesas del periódico petersburgués Rabochaya Mysl” (1902)

Es imperativo por tanto no analizar la sociopolítica rusa de la época a partir de este libro, por mucho que sea tildado de realismo social, pues responde con la misma técnica pero en dirección contraria a la demonización que se venía llevando a cabo por la Rusia zarista, la cual también se preocupa el libro explícitamente por evidenciar o denunciar, simbolizada por el cambio en la actitud de la madre hacia los revolucionarios, con el afán de que los lectores lleven una evolución análoga a la de Pelagia.

La madre es, en suma, una obra de dos cabezas, de las cuales Pavel constituye el espejo en el que todo revolucionario ruso habría de aspirar a mirarse, y Pelagia, encorvada, rota y trabajadora, es la directora de las emociones del lector. Esta es la única forma en la que Gorki puede desarrollar un discurso crudo, que pretende lograr la exaltación de un pueblo ruso que puede acabar dando con su cuerpo en la cárcel, en Siberia o enterrado en un suelo que pertenece al Zar.

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