Cambio climático: ¿hasta cuándo vamos a mirar hacia otro lado?

Con la cuestión del cambio climático asistimos a una interesante dinámica: a pesar de ser uno de los principales retos que afronta la Humanidad en su conjunto, nunca llegamos a abordar un debate de fondo sobre el tema. De vez en cuando, un informe de la comunidad científica salta a la primera plana política, y todo el mundo parece muy alarmado... hasta que se olvidan del tema. Y, de nuevo, volvemos a hacer vida normal hasta que el siguiente informe vuelva a remover algunas conciencias, o, tal vez, hasta que sea demasiado tarde. Si de verdad queremos luchar contra el cambio climático, esto tiene que cambiar.

Un paraje desolado, totalmente desierto hasta donde alcanza la vista, nada hay donde ya no queda nada. Ningún animal, arbusto, signo de vida nos contempla. En la lejanía vemos acercarse renqueando a una figura distorsionada por el brillo del sol. Busca agua. Busca vida. Se pueden ver, semienterrados, antiguos anuncios de refrescos, de zapatillas que una vez estuvieron de moda, ruinas de lo que alguna vez fueron edificios, carreteras, civilización. Cubierta de polvo, la boca seca, la figura busca agua, comida, algo a lo que aferrarse. No encuentra nada.

Lo que podría parecer el delirio de un creador de ciencia ficción o el inicio de una película post-apocalíptica podría ser muy real dentro de unos años. Sí, estamos hablando del cambio climático.

Pero toda historia tiene un principio y ésta, claro está, tiene que comenzar por él.

Un problema que viene de lejos

Aunque parezca algo novedoso, ya desde finales del siglo XIX varios científicos advirtieron que las emisiones humanas podían tener un efecto devastador sobre la tierra. Por ejemplo, Svante Arrhenius, Premio Nobel de Química en 1903, investigó los cambios producidos por el dióxido de carbono expulsado de forma natural en procesos como las erupciones volcánicas o los incendios forestales. A partir de los resultados observados, se dio cuenta de que las emisiones de CO2 producidas por el ser humano podían alterar los niveles naturales de este gas y acrecentar sus efectos, dando lugar a un aumento de la temperatura del planeta de entre cinco y seis grados.

La mayoría de las emisiones de la época eran producidas por la quema de carbón. Así en sus primeros cálculos estimó que, al ritmo que se estaba emitiendo CO2 a la atmósfera, el aumento de temperatura previsto tardaría miles de años en producirse. Pronto se dio cuenta de su error.

En 1908, las emisiones habían aumentado tanto que tuvo que modificar sus cálculos, estimando el nuevo plazo para la catástrofe en unos cientos de años. No obstante, Arrhenius creía que este aumento de las temperaturas podría llegar a ser beneficiosos para el planeta. No podía estar más equivocado, ya que las consecuencias del calentamiento global, como ahora sabemos, pueden ser desastrosas.

Mucho más adelante, en 1955, Hans E. Suess, un físico-químico americano de origen austríaco, demostró que el CO2 que emitían los combustibles fósiles no era absorbido por el medio ambiente, sino que era liberado a la atmósfera. Ya en 1967, Syukuro Manabe, meteorólogo japonés, y Richard Wetheral descubrieron que, en ausencia de una posible regeneración, la emisión de CO2 daría lugar a un aumento de dos grados en las temperaturas. A partir de finales de los anos setenta el aumento de las temperaturas debido a las emisiones de gases de efecto invernadero ya era objeto de consenso para la comunidad científica.

Lo primero que deberíamos tener en cuenta al plantearnos la cuestión del cambio climático es que no se trata de un problema local, que afecte a unos pocos. Es un problema global que afecta a todos los seres vivos que habitan este planeta. Desde la revolución industrial hasta hoy el mundo se ha calentado un grado, pero las emisiones de CO2 son en la actualidad mucho mayores. En el 2016 se esperaba limitar el calentamiento global a dos grados, pero nuestras opciones están ya muy limitadas: según una mayoría de científicos, a un 20%.

Para hacernos una idea de lo desastroso que puede llegar a ser, un calentamiento de dos grados provocaría un aumento del nivel del mar de varios metros que acabaría con los arrecifes tropicales y obligaría a abandonar el golfo pérsico. Un calentamiento de tres grados nos llevaría a la pérdida del Ártico y de una gran parte de las ciudades costeras. Pues bien, la comunidad científica indica que estos tres grados son el mínimo a esperar. Si siguiéramos aumentando, cuatro grados más nos depararían sequías permanentes en Europa, convertirían a parte del sudoeste de América en un yermo inhabitable, y varias regiones de India y China serían engullidas por el desierto.

Las predicciones más pesimistas afirman que las consecuencias de un aumento de cinco grados en la temperatura global tendría unas consecuencias tan graves que podría suponer el fin de la civilización tal y como la conocemos. Ésta última afirmación quizá sea precipitada, y es probable que se trate más de un intento por parte de la comunidad científica de concienciarnos de una vez por todas sobre la gravedad del problema, pero sin duda el impacto negativo sería terrible. No podemos obviar las señales de alarma que tanto el planeta como los expertos nos envían constantemente.

Y es que, hoy por hoy, ya estamos sufriendo los primeros síntomas del cambio climático: inundaciones, aumentos de temperatura, sequías, inmensos incendios, terremotos devastadores, extinciones de muchas especies y pérdida de biodiversidad… Con tantas pruebas contundentes sobre la mesa, y después de tantas reuniones, declaraciones y acuerdos, es de esperar que las clases dirigentes, los gobiernos, los supuestos líderes de la Humanidad, hayan hecho algo para impedirlo, ¿no?

El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones

Todos hemos oído hablar del Protocolo de Kyoto, pero no mucha gente sabe qué es exactamente y en qué consiste.

El 11 de diciembre de 1997, los países industrializados se comprometieron a reducir sus emisiones de CO2 al menos un 5% entre 2008 y 2012. En un principio, este compromiso sería de obligado cumplimiento cuando fuese ratificado por al menos los países responsables del 55% de las emisiones, como mínimo. Debido a los costes derivados de una transformación económica tan profunda, los países más pobres y menos desarrollados, con toda justicia, no fueron incluidos en la firma del tratado (a pesar de lo cual, China ya está poniendo remedio a este problema). El protocolo no fue “adoptado” hasta el 16 de febrero de 2005. Varios países incumplieron el acuerdo, entre ellos España. Estados Unidos ni siquiera llegó ratificarlo. Se intentó prorrogar su duración hasta 20202 pero el prácticamente nulo compromiso de países como Rusia, Canadá y Estados Unidos provocó que, en la práctica, este acuerdo sea inservible.

Cumbre internacional tras cumbre internacional, acuerdo tras acuerdo, cada vez resulta más evidente que esto es una pantomima. Puro papel mojado. El último de los acuerdos es el Acuerdo de París, celebrado en 2015 en la Ciudad de las Luces. Este acuerdo se compromete a alcanzar un, a día de hoy, objetivo imposible: no superar las 450 ppm (partes por millón) de dióxido de carbono en la atmósfera. En abril de este mismo año se batieron todos los récords al superar las 410 ppm.

Varios estudios indican que en 2017 ninguno de los países altamente industrializados estaba implementando las medidas que se habían acordado. Además, aunque lo hubieran hecho, ya es prácticamente imposible no superar un aumento de temperatura de dos grados. Para darle la puntilla a este acuerdo, Estados Unidos lo abandonó el 1 de junio de 2017 (aunque su abandono no se hará efectivo hasta el 4 de noviembre de 2019, ya que ningún país puede anunciar oficialmente su intención de abandonar el Acuerdo de París hasta esa fecha).

Además de estos casi inútiles acuerdos y convenciones, se intenta combatir este desafío (un desafío en el que, no lo olvidemos, nos jugamos el futuro) con la retórica hueca del libre mercado, una apelación absurda al “ya se nos ocurrirá algo” o a mejoras tecnológicas que en la actualidad son, en el mejor de los casos, sólo hipotéticas.

Ciertamente, el libre mercado y los tratados de libre comercio ofrecen ciertos incentivos. El problema es que ofrecen incentivos para el aumento de emisiones a la atmósfera. Todo lo demás es, a día de hoy, pura especulación. Los acuerdos de libre comercio se sitúan por encima de las legislaciones particulares de cada país en lo relativo a su economía, llegando algunas multinacionales a tener más poder de decisión sobre el futuro de la humanidad que muchos países. Y no hablamos precisamente de países pequeños y subdesarrollados.

La lucha contra el cambio climático es una lucha contra las multinacionales

En su libro Esto lo cambio todo, Naomi Klein expone un ejemplo esclarecedor: en Ontario, Canadá, las autoridades intentaron promover el desarrollo de las energías renovables, ya que querían evitar que se extrajese petróleo de arenas bituminosas, un proceso incluso más contaminante que la extracción tradicional. Intentaron promover un plan de empleo para gente de la zona, que preveía que, con la implantación del mismo, se abaratase la factura de la luz. El plan fue tumbado por los tribunales porque atacaba a la concepción misma del libre comercio, ya que no dejaba en igualdad de condiciones a las empresas extranjeras. Y este es sólo un ejemplo.

En Nigeria, uno de los mayores exportadores de petróleo del mundo, las grandes petroleras (Chevron, Exxon, Texaco, Shell) llevan años devastando el país, siendo la zona de extracción uno de los diez lugares más contaminados del planeta. Se han realizado actos de sabotaje por parte de los habitantes locales para intentar parar estos abusos, pero son duramente reprimidos por su propio gobierno… en beneficio de las trasnacionales.

Los lobbies petroleros tienen una fuerza y un poder considerables. Las grandes compañías petroleras, a través de los gobiernos de Estados Unidos y Canadá, han utilizado su influencia para rebajar las regulaciones medioambientales. También han financiado generosamente a asociaciones que niegan el cambio climático. El gasto reconocido solamente en el Congreso de los Estados Unidos es de casi medio millón de dólares diarios, en concepto de anuncios, publirreportajes, conferencias “científicas”…

Y como ya hemos señalado en artículos previos, es erróneo cargar el peso de la responsabilidad en el consumo particular, porque apagar el aire acondicionado con cuarenta grados o no poner la calefacción en lo más duro del invierno es a veces inviable. Más aún si tenemos en cuenta que la mayoría de emisiones de producen desde el ámbito productivo. Las grandes empresas son las mayores responsables de la catástrofe a la que no vemos abocados, y no el trabajador que enciende la calefacción en casa o se ve obligado a ir a coger el coche para ir a trabajar.

El actual gobierno del PSOE ha declarado tener un compromiso más claro en la lucha contra el cambio climático y en la descarbonización del país. Pero, para que estos cambios sean efectivos y no se queden, como las cumbres internacionales y los acuerdos, en pura palabrería, los trabajadores debemos unirnos y presionar.

Necesitamos un debate claro y profundo sobre qué queremos hacer, cómo lo queremos hacer, y, sobretodo, cómo se va a pagar. Un debate donde no sólo participen las élites y los grandes lobbies petroleros y energéticos, decidiendo en nombre de todos. Necesitamos abordar la cuestión del cambio climático de la única forma en que se puede luchar efectivamente contra él: de forma democrática, implicando a la mayoría social trabajadora. Para ello, es importante garantizar que quien va a pagar los costes derivados, por ejemplo, de la descarbonización y la creación de nuevas empresas de energía verde y sostenible no vamos a ser nosotros con nuestros salarios y nuestros puestos de trabajo, sino los grandes bancos y las multinacionales que han provocado este problema y han obtenido beneficios multimillonarios en el proceso.

Tenemos la oportunidad (y la obligación) de plantear un modelo alternativo. Invertir en infraestructuras, en empresas públicas, que sean de propiedad social, que creen nuevos puestos de trabajo de calidad y a la vez respetuosos con el medio ambiente, que no se rijan por la anarquía del libre mercado sino de forma planificada, siguiendo los intereses y necesidades de la sociedad. Necesitamos, por tanto, poder organizar la distribución de los recursos y planificar la economía para que sea menos intensiva, para que sea más justa, para que sea más limpia. Incentivando el uso de energías alternativas se pueden reducir los costes de la descarbonización a la vez que se genera una nueva industria con nuevos puestos de trabajo, pero no podemos confiar esta importante tarea al mismo libre mercado que nos ha metido en este callejón. Tenemos que hacer responsables, y por tanto obligarles a asumir los costes, a quienes son responsables de la catástrofe.

Hay que exigir al gobierno que se ponga en marcha y de inmediato, con un plan de industria sostenible, de transición energética justa y coherente, que potencie el peso del sector público, de una economía social. Tenemos la oportunidad (y la obligación), a la vez que combatimos y luchamos contra el cambio climático, de cambiar esta sociedad en todos sus aspectos. Tenemos la oportunidad (y la obligación) de convertir no sólo la tierra en un lugar mejor para vivir, sino también y al mismo tiempo, nuestras propias sociedades en un entorno mejor para nuestro desarrollo colectivo. No la dejemos pasar.

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