Yo fui eventual de PSA-Peugeot

Trabajar en PSA-Peugeot ha sido una experiencia que no olvidaré nunca. Llevo trabajando en otras empresas de forma eventual desde que tenía 18 años (incluso antes ya había tenido algún empleo precario por días y semanas) y, sin embargo, hay ciertas vivencias que fue precisamente aquí donde vine a descubrirlas.

Entrada principal de la Fábrica PSA de Madrid. Foto: Wikipedia.
Entrada principal de la Fábrica PSA de Madrid. Foto: Wikipedia.

Nunca imaginé que llegaría a ser empleado de la fábrica de PSA en Villaverde. Crecí cerca de ésta y siempre fue un lugar especial para las gentes de los barrios cercanos. El gran centro de trabajo de la zona junto con Standard. Hace poco, Begoña Villacís visitó la planta y al intentar parecer familiarizada con el centro de trabajo se lució refiriéndose a ésta como “la Renault”. Seguramente, sería la primera vez en su vida que pisaba Villaverde (y tal vez una fábrica). Un insulto para un lugar emblemático que ha visto pasar a generaciones de trabajadores de los alrededores. Aún recuerdo escuchar de pequeño a viejos amigos de la familia hablar incluso de “la Talbot”.

Cuando en la entrevista colectiva realizada por Adecco (una de las ETT´s encargadas de llevar a cabo el proceso de selección) me preguntaron por qué quería trabajar en PSA-Peugeot Villaverde, hice alusión a lo que acabo de comentar. Pero vamos a explicar qué pinta Adecco en todo esto y por qué en la factoría de Villaverde se ha generado un turno variable en horario de tarde.

Hasta hace no demasiado tiempo, en Villaverde contaban con dos turnos fijos (mañana y tarde). Sin embargo, el grupo automovilístico ejecutó un duro ERE que terminó por extinguir el turno vespertino. Pasados unos meses, la empresa anunciaba que la previsión de producción superaba las predicciones y que el aumento del volumen de fabricación entre 55mil y 78mil unidades del C4 Cactus forzaba a incrementar la plantilla para poder asumirlo.

Para ello, en lugar de recuperar el “viejo” turno fijo de tarde, PSA Groupe decidió introducir toda una hornada de mano de obra eventual para afrontar este “pico” productivo, lo que ahora se conoce como “Just in time” (o Justo a Tiempo). Y también tomó la determinación de que este turno variable fuese reclutado a través de empresas de trabajo temporal. Así pues, localizada la oferta de trabajo por los clásicos portales de búsqueda de empleo fui superando fases del proceso selectivo (algunas incluían ciertos test y pruebas psicotécnicas) hasta llegar a la mencionada entrevista grupal. Aún recuerdo la mueca de agrado de la entrevistadora cuando mencioné que llevaba siendo eventual de otra gran empresa a lo largo de once años de mi vida laboral lo que contrastaba con algunos comentarios de mis compañeros de entrevista que hablaban de “búsqueda de estabilidad”, “esperanza de convertirse en trabajadores fijos de una gran multinacional” etc,… La seleccionadora debió pensar “este chaval no tiene pájaros en la cabeza, viene a sabiendas de que serán tan sólo unos meses de trabajo. Al fin y al cabo, es la dinámica que viene teniendo más de una década”.

Joven, residente en las proximidades de la fábrica y con una trayectoria de eventualidad (y de trabajo en grandes centros) significativa, superé todo el proceso de selección y en los primeros días de febrero me incorporé al trabajo. Cerca de 400 trabajadores corrimos la misma suerte. No obstante, ya antes de haberme incorporado se habían producido una serie de problemas. En la ETT nos dijeron que seguramente a mediados de enero de 2018 nos llamarían para comenzar a trabajar y no sería hasta varias semanas después cuando esto ocurriría. Esta tónica pronto comprobamos que no era excepcional. Me refiero a que la información de la ETT y la de PSA no fueran coincidentes. A toro pasado puede verse con facilidad cómo Adecco nos edulcoró el futuro que nos aguardaba al personal del turno variable.

Los primeros días fueron de recepción, nos mostraron las instalaciones, nos dieron distintas charlas de las que se desprendía que debíamos aprender rápido, trabajar al máximo nivel ya que formábamos parte de una multinacional y que la flexibilidad para acompañar a las necesidades de la producción era fundamental. Incluso se permitieron algunas licencias como afirmar con rotundidad que nuestra principal competencia no eran las otras grandes marcas del sector sino el resto de factorías del grupo PSA-PEUGEOT-Citroën. Cosas del monopolio, donde los recursos y la producción se concentran tanto que dentro de la multinacional se da toda una batalla por ampliar la cuota de mercado.

Éramos un grupo mayoritariamente formado por hombres, alrededor del 80% diría yo. Con nuestros nuevos monos de trabajo parecíamos veteranos del metal, pero lo cierto es que no dejábamos de ser un grupo variopinto, de gente joven sobre todo, empleada por lo general en trabajos precarios y con una bajo nivel de estudios (pocos éramos los que habíamos alcanzado la educación superior), otros con años de paro a la espalda y también algunos compañeros de otros países que buscaban abrirse paso lejos de su hogar y sus familias. Los distintos perfiles, sin duda, veníamos a coincidir en la necesidad imperiosa de trabajar para mantener nuestra frágil situación económica.

Supongo que ese fue el motivo principal que a la mayoría nos empujó a quedarnos allí a pesar de las penosas condiciones laborales que nos ofrecieron: Firmar una bolsa de horas que podía acabarse bien por la consumición de dichas horas o por el plazo de seis meses, con un horario que podía variar entre 4 y 8 horas diarias, cobrar algo menos de 7 euros netos por hora trabajada y la incertidumbre de no saber si después habría alguna opción de quedarse allí trabajando posteriormente. Esto se tradujo en una desorganización completa de la vida, desde desconocer cuál será el salario a percibir a final de mes (ya que las horas a trabajar diariamente se iban marcando semana a semana y a veces siendo notificados con poquísimo margen de antelación) hasta tener dificultades para planificar el tiempo libre tras salir del trabajo.

Durante las primeras semanas aprendimos junto a veteranos del turno de mañana el puesto que posteriormente nos tocaría realizar a nosotros. Allí pudimos aprender lo suficiente para después tener al menos un grado de autonomía. A cada uno nos enseñaron un puesto salvo a un pequeño número de compañeros que fueron adiestrados en forma de “comodín”. En ese tiempo, también comprobamos los ritmos de trabajo altísimos, los no poco frecuentes problemas mecánicos de algunas de las máquinas, así como ciertos relatos y comentarios de compañeros fijos que, en resumen, venían a contarnos que la fábrica estaba envuelta en una espiral de destrucción de las condiciones laborales con la resultante degradación de la calidad de vida de la plantilla.

Ante esa narración, fue inevitable para algunos preguntar por el panorama sindical. Mayoritariamente era definido como “poco útil” y, se nos afirmaba que, gran parte de las organizaciones sindicales estaban mano a mano con la empresa sin plantear resistencias (e incluso colaborando) al rumbo que la dirección del grupo lleva avanzando durante los últimos años. CCOO y CGT salían mejor parados, aunque estos últimos eran descritos por buena parte de la plantilla como “los del no”, los que se oponen a todo, pero no plantean alternativas. CCOO, por su parte, parecía haber cambiado de orientación y acción sindical desde hacía relativamente poco tiempo y estaba intentando apegarse a la plantilla y plantear medidas para mejorar las condiciones de ésta. La mayoría de sindicatos visitaban los puestos durante la jornada de trabajo (unos más y otros menos) y sí es cierto que hablando con algunas delegadas y delegados de CCOO podía sentirse ese afán por un sindicalismo más dispuesto a la lucha y a no seguir perdiendo derechos, a hermanarse con otros conflictos y a no dejarse arrastrar hacia ese peligroso rumbo dirigido por Tavares que tan caro está saliendo a los trabajadores y sus familias.

Cuando ya comenzamos a trabajar en nuestro horario real (turno de tarde) es cuando vivimos en primera persona todo lo que plantilla fija siente allí cada día. En poco tiempo ya parecíamos “gente de la casa” pero con unas condiciones laborales aun peores que las del turno fijo. Mientras que un trabajador medio puede ganar alrededor de 24mil euros al año, nosotros incluso trabajando 40 semanales de lunes a viernes teníamos muy difícil ganar más de 1100 euros mensuales.

Cada semana llegaban noticias de que compañeros de las distintas naves (Montaje, Pintura, Chapa Sur y Chapa Norte) abandonaban el trabajo. Mismo trabajo, misma responsabilidad, misma presión, pero muchos menos derechos. Esa receta cada vez más aplicada por los directivos de las empresas de fracturar a la plantilla en múltiples tipos de contrato para que la competencia haga que estalle la guerra “del último contra el penúltimo”. La táctica del “divide y vencerás” que es casi tan vieja como la humanidad y que ya es hora de aprender a enfrentarla con unidad y organización.

La flexibilidad incluso se fue agravando cuando, en mitad de la jornada, empezaron a preguntarnos si podíamos quedarnos más allá del horario que previamente se había convenido para ese día. Recuerdo que la mayoría de compañeros accedían y tan sólo un minúsculo grupo (en muchas ocasiones apenas 1 o 2 empleados) nos negábamos a hacer aún más malabares con nuestro tiempo libre. Obviamente, esas horas no eran extra, sino que descontaban más rápido de la bolsa que habíamos firmado. Nuestro extremadamente precario contrato les daba a los mandos la posibilidad de moldear nuestro turno al máximo para adecuarlo a sus necesidades productivas.

Este tipo de cosas, aun así, fueron despertando cierto malestar, a pesar de que normalmente se quedara en quejas de vestuario. Sí que hubo un momento de mayor enfado cuando los mandos pidieron realizar lo que en la fábrica se conoce como “la novena hora” (jornada irregular). Trabajar ese horario suponía salir del trabajo a las 23.30 horas aproximadamente. Algunos compañeros vivían excesivamente lejos y no podían llegar en transporte público. Ante ello, la empresa no tenía problemas en costear un taxi (¡un taxi!) hasta lugares como Aranjuez o Alcalá pero ni tan siquiera esa novena hora se remuneraba de forma diferente. No fueron pocos los que se sintieron indignados ante esos acontecimientos. Cuánto dinero no se estaría ahorrando PSA con nuestro turno y cuántos beneficios estaríamos generando para que se permitiesen el lujo de pagar taxis para llevar a empleados a sus domicilios con tal de que se quedasen a cumplir con la producción que se necesitaba en cada momento (siguiendo el mencionado modelo JIT).

Un vestuario donde, según pasaba la semana las charlas, las bromas y las risas iban mermando debido al cansancio, a la monotonía de repetir más de doscientas veces el mismo proceso y al hartazgo de unas condiciones laborales sin perfil bueno.

Recuerdo de forma muy clara una anécdota que sin duda merece la pena contarse. En uno de esos días donde el trabajo se hacía cuesta arriba, con averías, donde el cargar peso, manejar las piezas y repetir y repetir la misma acción con velocidad se convertía en un bucle insufrible, uno de los conductores (fijos que supervisaban nuestro trabajo) vino y me dijo “antes tu puesto lo hacían entre tres personas. Imagínate que bien vivían”. Tras quedarme pensando unos instantes le respondí “o sea que, por un lado, había dos parados menos y, por otro, nadie se reventaba aquí solo cada día repitiendo el mismo ciclo doscientas veces. No sé que puede tener eso de gracioso”. Mi conductor me miró extrañado y cambió de tema.

Una muestra inequívoca de cómo ha ido avanzando esa idea tan llena de estiércol que pretende asociar “trabajo” con “tortura”, que relaciona conseguir un salario con volver a casa hecho un trapo. Ni un contrato tan precario y miserable como el que he narrado antes incluye dejarse la salud en el puesto de trabajo.

Y es que además de los excesos de flexibilidad que firmamos (y otros que voluntariamente muchos compañeros asumieron después) fueron los relacionados con la salud los que se fueron manifestando con el paso de los meses. Compañeros con reacciones alérgicas a algunos productos, lesiones musculo esqueléticas que no eran adecuadamente atendidas por los mandos quienes hacían mínimos gestos por proteger a los trabajadores lesionados y les presionaban para que retomaran la actividad normal precipitadamente, etc. 

Con razón, la mayoría de los empleados del turno variable no dejábamos de buscar una mejor opción laboral. Lo que algunos creyeron que sería la oportunidad de estar, aunque fuese unos meses, trabajando en un lugar con caché, rápidamente se demostró que era el enésimo trabajo ultra-precario que uno acepta para saltar a otro que sea un poco mejor. Y este elemento lo destaco porque parece que la precariedad en el trabajo es “patrimonio” del sector servicios, de nuevos empleos (como los riders) o del sub-empleo en negro. Como si la clase obrera del sector fabril y productivo viviese en una burbuja irrompible donde solo curran señores de 50 años que ganan más de 2000 euros mensuales y no operasen las políticas neoliberales de recortes y ajustes que han venido degradando las condiciones laborales y empeorando la calidad de vida de las familias trabajadoras.

En mis últimas semanas padecí junto al resto de mis compañeros algunas situaciones que rozaban lo paranormal. Un día recibimos la visita del todopoderoso presidente del Grupo, el señor Tavares. Ese día, un grupo de repartidores del PTD nos aguardaba en los accesos y nos entregaban (como ya habían hecho en otras ocasiones) un material en el que se informaba, entre otras cosas, de las ganancias del presidente de PSA-Peugeot. En una semana, según esas cuentas, Tavares se embolsaba lo mismo que un trabajador medio del grupo en todo un año. Supongo que no le haría demasiada gracia que su visita viniera acompañada de aquellas hojas. Otro eventual me dijo ese día, a colación de la octavilla, que a él saber lo que ganaba el presidente no le interesaba, que evidentemente era rico y como propietario se llevaría más dinero que todos los demás, que a él lo que le importaba era su salario y el sustento de su familia. Le insté a pensar si no había una relación directa entre las ganancias de unos y el salario de otros y sobre si siendo nosotros, la plantilla, quienes movíamos a diario esa y todas las factorías del Grupo, no teníamos más derecho que nadie a recibir esas ganancias fruto de nuestro esfuerzo. “Los de arriba son intocables”, me respondió. “Mientras sigan haciendo creer a la mayoría eso, seguro que sí”, le repliqué.

Poco antes de terminar la bolsa de horas, se nos informó tanto por vías de la empresa como sindicales que iban a hacer nuevos contratos (en los mismos términos, pero de menos horas) a todos aquellos que quisieran seguir trabajando en Villaverde. No fue mi caso. Sabía que al poco tiempo sería llamado nuevamente de la empresa donde suelo estar empleado (de forma eventual) cuyas condiciones, siendo también muy cuestionables, están por encima de lo que podríamos denominar “un contrato de ETT firmado con una multinacional”.

Probablemente el episodio más tétrico fue el acontecido a raíz de los problemas de abastecimiento de algunos recambios. La dirección de la planta tomó la determinación de modificar súbitamente el calendario de trabajo para el turno variable y nos vimos obligados a llamar durante semanas una línea gratuita que, alrededor de las 10 de la mañana te informaba si esa tarde había o no producción. Por si no tuviéramos ya bastante con no saber las horas que trabajaríamos cada mes sin poder así conocer nuestro salario con antelación ni organizar mínimamente nuestro tiempo fuera del trabajo, por si no era suficiente que en el mismo día nos pidieran trabajar alguna hora más (de forma voluntaria), ahora nos sometían a esta incertidumbre aún mayor. Incluso la plantilla fija se vio afectada por esa desorganización empresarial que, como de costumbre, acabamos pagando los trabajadores y que supone un intento de igualación a la baja de las condiciones laborales.

Tras cerca de cuatro meses en PSA Villaverde, mi contrato llegó a su fin. Lo allí vivido distaba mucho de lo que durante mi infancia y adolescencia la gente veterana de los barrios contaba de la fábrica. Qué pensarán los ya jubilados de que centenares de eventuales cobrásemos menos de 7€ por hora trabajada, no tuviésemos un horario fijo ni pudiésemos calcular el salario a percibir ese mes. Qué pensarán los afectados por el ERE que durante años trabajaron por la tarde con un contrato fijo cuando a los pocos meses cerca de 400 eventuales entramos a realizar una producción que les hubiese correspondido sacar adelante. Y qué pensarán quienes durante décadas se dejaron sus mejores energías luchando por conquistar derechos para la plantilla si vieran la prepotencia de la dirección del grupo y la destrucción constante de las condiciones de trabajo acompañadas de la pasividad de buena parte de los trabajadores a pesar del grosero empeoramiento de la vida laboral.

Seguramente dirían que con unidad, organización y propuestas creativas se puede defender el puesto de trabajo, el pan de nuestras familias y la industria de este país. Esa bandera, la de la lucha por nuestros derechos como trabajadores, es la que nos conviene levantar si queremos erradicar experiencias laborales como ésta y construir democracia en las empresas, donde quienes todo lo movemos cada día también seamos quienes decidamos sobre las cuestiones fundamentales que afectan a nuestro trabajo y nuestro futuro.

1 Comentario

  1. Me parece bastante acertada la entrada que has escrito, pero hay algunas cosas que se te escapan:
    – Que cobrases 7€ netos la hora, es fruto de los acuerdos en forma de Convenios Colectivos de 2008 y 2012. Convenios en los que se establecía nuevos niveles profesionales (Doble y triple escala salarial) Convenios firmados por CC.OO junto con otras organizaciones sindicales, excepto CGT.
    – El duro ERE del que hablas (que lo es y mucho). Ha sido la herramienta de la Empresa para desmantelar el turno de tarde, cargarse empleo fijo, además de esa sensación de destrucción de la que hablas. Pues ese ERE ha sido firmado por CC.OO junto con otras organizaciones sindicales, y si, también en esta ocasión CGT dijo que NO.
    Ya son tres Nos de CGT, me imagino que eso les convierten en lo que tu llamas “los del no a todo” y es verdad: Dicen que no a todo lo que sea recortes de derechos y salarios. Otros sin embargo van de reivindicativos y firman todo tipo de retrocesos para los trabajadores/as de psa.

    Un saludo.

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