¿El socialismo y el feminismo no están a veces en conflicto?

El socialismo y el feminismo tienen una larga relación en la historia y, a veces, esta ha sido tensa.

Los socialistas a menudo han sido acusados ​​de poner demasiado énfasis en la clase, de colocar en el centro de cada análisis la división social estructural entre quienes deben trabajar por un salario para sobrevivir y quienes poseen los medios de producción. Peor aún, ignoran o minimizan la forma en que otros factores, como el sexismo, el racismo o la homofobia, son centrales en la configuración de las jerarquías de poder. O bien admiten la importancia de estas normas y prácticas negativas, pero argumentan que solo pueden ser eliminadas después de que nos liberemos del capitalismo.

Mientras tanto, los socialistas acusan a las feministas mainstream (de la corriente principal del movimiento feminista) de centrarse demasiado en los derechos individuales en lugar de la lucha colectiva e ignorar las divisiones estructurales de clase entre las mujeres. Acusan a las feministas mainstream de alinearse con proyectos políticos burgueses que menoscaban la agenda de reivindicaciones de las mujeres trabajadoras, o de impulsar demandas de la clase media que ignoran las necesidades y los deseos de las mujeres pobres, tanto en el norte como en el sur global.

Estos son viejos debates que se remontan a mediados del siglo XIX y la Primera Internacional, y giran en torno a cuestiones profundamente políticas sobre el poder y las contradicciones de la sociedad capitalista.

Algo que contribuye a enturbiar aún más las aguas es la forma en que la política feminista se complica debido a la naturaleza histórica del capitalismo – la forma en que el sexismo se integra, tanto en los procesos de obtención de ganancias como en la reproducción del sistema capitalista en su conjunto, es dinámica.

Este dinamismo es muy evidente hoy en día cuando una candidata a la presidencia de los Estados Unidos, Hillary Clinton, es la opción más popular entre los millonarios estadounidenses. Pero la división entre socialismo y feminismo es, en última instancia, innecesaria.

¿Por qué los socialistas deberían ser feministas?

La opresión de las mujeres, tanto en la sociedad estadounidense como a nivel global, es multidimensional: las divisiones de género en las esferas política, económica y social señalan por qué, para liberarnos de la tiranía del capital, los socialistas también deben ser feministas.

La posibilidad de que una mujer finalmente se convierta en presidente de los Estados Unidos resalta la falta absoluta de liderazgo femenino, tanto en los Estados Unidos como en todo el mundo. A pesar de que hay mujeres poderosas como Angela Merkel, Christine Lagarde, Janet Yellen y Dilma Rousseff, el equilibrio de género en la política y en el mundo corporativo sigue estando altamente sesgado. Solo el 4 por ciento de los CEOs (Directores ejecutivos) de las empresas del Fortune 500 son mujeres y la mayoría de los consejos de administración tienen pocos miembros femeninos.

A nivel mundial, el 90 por ciento de los jefes de estado son hombres, y en el Foro Económico Mundial de 2015, solo el 17 por ciento de los 2.500 representantes que estuvieron presentes eran mujeres, mientras que 2013 fue la primera vez que las mujeres ocuparon veinte escaños en el Senado de los EE. UU.

A diferencia de muchos países, las mujeres en los Estados Unidos tienen, en términos generales, igualdad de derechos y protección legal, así como el mismo acceso a la educación, nutrición y atención médica que los hombres. Pero las divisiones de género son evidentes en toda la sociedad.

Las mujeres superan en rendimiento a los hombres en la educación superior, pero no logran niveles comparables de éxito o riqueza y siguen siendo estereotipadas y están poco representadas en los medios de comunicación más populares. Los ataques a los derechos reproductivos de las mujeres no disminuyen y después de un largo y constante descenso a lo largo de la década de 1990, las tasas de violencia contra las mujeres no se han reducido desde 2005.

Al mismo tiempo, las decisiones sobre cómo equilibrar la vida en el hogar y la vida laboral, frente a los costos cada vez mayores de la vivienda y el cuidado de los niños, son tan difíciles como siempre. En los cincuenta años transcurridos desde la aprobación de la Equal Pay Act (Ley de Igualdad de Salario) de 1963, las mujeres han entrado masivamente a integrar la fuerza laboral; a día de hoy, el 60 por ciento de las mujeres trabajan fuera del hogar. Las madres solteras y casadas son aún más propensas a trabajad, incluido el 57 por ciento de las madres con hijos menores de un año.

El capital se alimenta de las normas sexistas existentes, lo que agrava la naturaleza explotadora del trabajo asalariado

Pero las mujeres que trabajan a tiempo completo todavía ganan solo el 81 por ciento de lo que ganan los hombres, un porcentaje hinchado por una disminución más rápida de los salarios de los hombres (Graduados superiores aparte) en los últimos años.

Las brechas salariales coinciden con una división del trabajo por género. Los sectores de comercio al por menor, servicios y alimentación – que son el centro del crecimiento de nuevos empleos – están dominados por mujeres, y la feminización del trabajo de «cuidados» es aún más pronunciada. A pesar de los avances recientes, como la extensión de la Fair Labor Standards Act (Ley de normas laborales justas) a las trabajadoras domésticas, el trabajo de cuidados sigue siendo visto como un trabajo de mujeres e infravalorado. Un número desproporcionado de trabajos de cuidados son de baja remuneración, trabajos temporales y precarios en los que son comunes la humillación, el acoso, el asalto y los engaños del empresario en las nóminas.

Además de estas claras diferencias entre las realidades laborales de hombres y mujeres en los Estados Unidos, el sexismo tiene efectos aún más insidiosos y de largo alcance. Las feministas como bell hooks, sostienen que el sexismo y el racismo están presentes en todos los rincones de la sociedad y que las narrativas dominantes del poder glorifican los punto de vista sobre la vida blancos y heteronormativos.

Desde el nacimiento, los niños y las niñas reciben un trato diferente y los estereotipos de género introducidos en el hogar, la escuela y la vida cotidiana se perpetúan a lo largo de la vida de las mujeres, dando forma a sus identidades y a las decisiones vitales que toman.

El sexismo también desempeña un papel menos obvio, pero esencial, en la obtención de beneficios empresariales. Desde el principio, el capitalismo ha confiado en la disponibilidad de trabajo no remunerado fuera del mercado laboral (principalmente en el hogar) que proporciona el ingrediente esencial para la acumulación de capital: los trabajadores – que deben ser creados, vestidos, alimentados, socializados y amados.

Este trabajo no remunerado tiene un altísimo sesgo de género. Aunque los hombres cada vez participan más en las tareas domésticas y en la crianza de los hijos, la reproducción social todavía recae principalmente en las mujeres, de las que se espera que soporten la carga más pesada de las tareas domésticas. La mayoría de las mujeres también realizan trabajo remunerado fuera del hogar, lo que hace que su trabajo en el hogar sea algo parecido a «doblar turno». De esta manera, las mujeres están doblemente oprimidas – son explotadas en el centro de trabajo y no son reconocidas como trabajadoras en la reproducción social del trabajo.

¿Por qué las feministas deberían ser socialistas?

Estas divisiones de género persistentes e interclasistas – en el ámbito político, económico y social – alimentan el punto de vista feminista dominante de que el sexismo es una cosa aparte del capitalismo, algo que debe abordarse por separado.

A lo largo de numerosas olas de luchas feministas, las activistas han seguido una variedad de estrategias para combatir el sexismo y las divisiones de género. En la actualidad, las feministas mainstream escoran hacia la tendencia de poner a las mujeres en el poder – tanto en la esfera política como en la económica – como una forma de resolver el abanico de problemas que enfrentan las mujeres, como la desigualdad salarial, la violencia, el equilibrio entre la vida laboral y familiar y la socialización sexista.

Destacadas portavoces como Sheryl Sandberg, Hillary Clinton, Anne-Marie Slaughter y muchas otras defienden esta estrategia feminista de «toma del poder». Sandberg, una de los defensoras más influyentes de esta estrategia, argumenta que las mujeres deben dejar de tener miedo y comenzar a “alterar el status quo”. Si lo hacen, ella cree que esta generación puede cerrar la brecha de liderazgo y, de este modo, hacer del mundo un lugar mejor para todas las mujeres.

La idea clave de esta estrategia de tomar el poder es que, si las mujeres estuvieran en el poder, a diferencia de los hombres, se ocuparían de implementar políticas que beneficien a las mujeres y que las divisiones de género en las esferas económica, política y cultural solo se eliminarán si las mujeres mantienen un número igual de posiciones de liderazgo que los hombres.

El énfasis en el avance individual como el camino para alcanzar los objetivos del feminismo no es nuevo, y ha sido criticado por numerosas feministas, entre ellas Charlotte Bunch y Susan Faludi, que cuestionan la noción de solidaridad entre hermanas como un remedio para unas divisiones de género profundamente arraigadas. Como dice Faludi, «Tu no puedes cambiar el mundo para las mujeres simplemente insertando rostros femeninos en la parte superior de un sistema de poder social y económico que no sufre cambio alguno».

Las feministas socialistas, como Johanna Brenner, también señalan cómo el feminismo mainstream oculta las profundas contradicciones entre las propias mujeres:

Siendo generosas, podemos caracterizar como ambivalentes las relaciones entre las mujeres de clase trabajadora/mujeres pobres y las mujeres profesionales de clase media, cuyo trabajo es inspirar y regular a aquellas a las que se define como problemáticas: las pobres, las insalubres, las de bajo nivel cultural, las sexualmente desviadas, las de bajo nivel educativo. Estas tensiones de clase producen hemorragias en la política feminista, cuando las feministas de clase media dicen representar a las mujeres de clase trabajadora.

Entonces, si bien es realmente necesario reconocer cuán sexista es la sociedad contemporánea, también es necesario tener una visión clara sobre cómo superar estas divisiones y, lo que es igualmente importante, reconocer las limitaciones de un feminismo que no desafía al capitalismo.

para liberarnos de la tiranía del capital, los socialistas también deben ser feministas

El capital se alimenta de las normas sexistas existentes, lo que agrava la naturaleza explotadora del trabajo asalariado. Es más fácil aprovecharse de las mujeres cuando las sus ambiciones y deseos son silenciados o infravalorados. El sexismo forma parte del kit de herramientas de la empresa, lo que permite a las empresas pagar menos a las mujeres – especialmente las mujeres de color – y discriminarlas.

Pero incluso si eliminamos totalmente el sexismo, persistirán las contradicciones inherentes del capitalismo. Es importante y necesario que las mujeres tomen posiciones de poder, pero esto no cambiará la división fundamental entre trabajadores y propietarios, entre mujeres en la parte superior y mujeres en la parte inferior. No cambiará el hecho de que la mayoría de las mujeres se encuentren en empleos precarios y de bajos salarios que suponen una barrera mucho mayor para el progreso y una vida cómoda que el sexismo en la esfera económica o política. No cambiará el poder de sed de ganancias y el impulso primario de las empresas de darles a los trabajadores tan poco como permitan las normas económicas, sociales y culturales.

Por supuesto, la sociedad no es reductible a la relación salarial y las divisiones de género son reales y persistentes. Tener en cuenta seriamente la clases sociales significa analizar la opresión de las mujeres teniendo en cuenta las condiciones materiales en las que viven y trabajan, al tiempo que se reconoce el papel del sexismo en la conformación de la vida laboral y familiar de las mujeres.

El movimiento feminista – tanto su segunda ola (más centrada en el bienestar social) como su versión radical contemporánea – ha logrado importantes avances. El desafío ahora es doble: defender estas victorias ganadas con tanto esfuerzo y hacer posible que todas las mujeres las disfruten realmente, e impulsar nuevas demandas concretas que aborden la compleja relación entre el sexismo y la obtención de beneficios empresariales.

No hay una respuesta simple sobre cómo lograr estos dos objetivos inseparables. En el pasado, las mujeres han logrado los mayores logros luchando tanto por los derechos de las mujeres como por los derechos de la clase trabajadora, vinculando la lucha contra el sexismo con la lucha contra el capital.

Como argumentan Eileen Boris y Anelise Orleck, durante las décadas de 1970 y 1980 «las feministas de los sindicatos ayudaron a impulsar un movimiento de mujeres revitalizado que planteó nuevas reinvindicaciones por los derechos de las mujeres en el hogar, en el trabajo y dentro de los sindicatos». Azafatas de líneas aéreas, trabajadoras de la confección, empleadas de oficina, y trabajadoras domésticas desafiaron al movimiento sindical dominado por hombres (no fue hasta 1980 que mujer formó parte de la junta ejecutiva de la AFL-CIO) y en el proceso forjaron un feminismo nuevo y más expansivo.

Las mujeres sindicalistas crearon un nuevo campo de posibilidades al exigir no solo salarios más altos e igualdad de oportunidades, sino también servicios de guardería, horarios de trabajo flexibles, permisos de embarazo y otras conquistas que generalmente eran pasadas por alto o subestimadas por sus hermanos en los sindicatos.

Esta es la dirección en la que tanto los socialistas como las feministas deben orientarse – hacia luchas y demandas que desafían tanto la lógica del capital como las viejas normas del sexismo que están tan profundamente arraigadas en el capitalismo.

Las luchas y demandas que logran esto son concretas y actualmente se está luchando por ellas. Por ejemplo, la lucha por la sanidad pública universal, que proporcionaría atención sanitaria como un derecho para todas las personas desde la cuna hasta la tumba, independientemente de su capacidad económica, es una demanda que socava tanto el sexismo como el poder del capital para controlar y reprimir la lucha de los trabajadores. Hay muchas otras demandas concretas a corto plazo que combinan los objetivos del feminismo y el socialismo, incluida la educación universitaria gratuita, las guarderías gratuitas y una renta social combinada con una sólida red de seguridad social.

Estas reformas sentarían las bases para objetivos más radicales que ayudarían a erradicar el sexismo, la explotación y la mercantilización de la vida social. Por ejemplo, los proyectos para aumentar el control democrático y colectivo sobre las instituciones centrales de nuestro hogar, escuela y vida laboral (escuelas, bancos, centros de trabajo, gobiernos municipales e instituciones estatales y locales) otorgarían a todas las mujeres y hombres más poder, autonomía y la posibilidad de una vida mejor.

Esta estrategia anticapitalista contiene en su seno la potencialidad de un cambio radical que las mujeres necesitan.

En última instancia, los objetivos del feminismo radical y el socialismo son los mismos – justicia e igualdad para todas las personas, no simplemente igualdad de oportunidades para las mujeres o participación igualitaria de las mujeres en un sistema injusto.

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