¿Complot Antisindical?

El sindicalismo en nuestro país (y en casi todos los del mundo) sufre una presión cada vez más intensa por parte de los empresarios, la patronal y los representantes políticos de éstos, que buscan revertir las conquistas sociales logradas por el movimiento obrero mediante décadas de lucha.

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Desde los años 80 del siglo XX, los grandes propietarios vienen desplegando una campaña sistemática que, a través de diversas vías, pretende minar la fuerza colectiva de los sindicatos como forma organizativa más “natural” de la clase trabajadora.

No es la primera vez que en La Mayoría se abordan asuntos de fondo relacionados con las organizaciones sindicales, su situación y salud actuales. Ya en “Puntos sobre las íes: El problema sindical en España” se planteaban toda un serie de cuestiones de gran relevancia para la comprensión del sindicalismo y propuestas para reforzar sus organizaciones. Teniendo en cuenta que estas son el dique de contención de las políticas neoliberales y las ambiciones empresariales, es necesario defenderlas y nutrirlas a la vez que desarrollar una lucha ideológica en su seno para que las posiciones, la afiliación y la capacidad de actuación de los sindicatos se vayan aproximando a la convicción de transformar profundamente la sociedad actual y edificar un modelo donde las necesidades sociales se coloquen en el centro.

La ofensiva antisindical emprendida por los grandes empresarios y sus representantes políticos ha golpeado fuertemente al movimiento sindical haciéndole perder terreno. Las reformas laborales han sido en nuestro país la punta de lanza para limitar la capacidad de actuación de los sindicatos y degradar ampliamente las condiciones laborales de la mayoría social trabajadora. Pero para romper el contrapeso sindical también se ha desplegado toda una batería de ideas y clichés que han sido asumidos en mayor o menor medida por la opinión pública. El PSOE y los mass media son los principales encargados de ello.

Lógicamente, el retroceso en derechos y el empeoramiento de las condiciones de trabajo, generan suelo abonado para que esta ofensiva ideológica pueda echar raíces.

Este ataque desde el poder económico y político (por arriba) parece haber encontrado un refuerzo (por abajo) en las tendencias y corrientes postmodernas que, de una u otra forma, consideran que o bien la clase obrera ha desaparecido o se ha convertido en un grupo residual de la sociedad, una fracción más de un magma mucho más grande y amorfo que denominan “multitud”. En sus diversas expresiones, estas corrientes vienen a coincidir en que la clase trabajadora no es ya el sujeto principal que puede protagonizar grandes cambios. En consecuencia, las organizaciones propias de los trabajadores como son los sindicatos y también los partidos obreros son prescindibles y anacrónicos…Ellos lo llaman lo viejo.

Aunque su influencia es muy reducida, también hemos de mencionar a un grupo de organizaciones (y también individuos no organizados) que llamaremos “izquierdistas”. Ante la imperfección del sindicato, las dificultades para hacer avanzar la lucha y una impaciencia infantil, deciden fracturar (aún más) el sindicalismo y generar nuevas estructuras con escaso arraigo de masas en lugar de afrontar la batalla ideológica en las centrales que ya cuentan con amplia base. En otros casos, directamente, se dedican a rechazar cualquier organización porque “son todas iguales”. Su continuo e irresponsable ataque a los sindicatos (sobre todo a los de mayor base) así como su negativa a tener en cuenta el estado de conciencia, organizativo y anímico de la clase, les lleva a situarse con frecuencia en los márgenes de la realidad.

Así pues, el sindicalismo se enfrenta a una especie de tenaza (arriba-abajo) que pretende estrangularlo y quebrar así la columna vertebral de las y los trabajadores. Cabe preguntarse, cuál es el elemento común de ambas partes de la tenaza. En este artículo vamos a intentar explicar que son precisamente las ideas neoliberales -manifestadas de diversas formas- el nexo a través del cual vienen a converger unos y otros, sin perder de vista que es la parte que presiona por “arriba” la determinante en la actualidad. Existe pues ¿un complot antisindical?

Los súper ricos a la ofensiva

Tras la Segunda Guerra Mundial, los trabajadores de Occidente conseguimos afianzar toda una serie de derechos y conquistas sociales recogidas en todo tipo de leyes y normativas que supusieron una mejora notable de las condiciones de vida y trabajo de gran parte de la población asalariada. Las posibilidades reales de que el proceso revolucionario soviético se extendiese al Occidente europeo y la vitalidad del propio movimiento obrero de entonces, hicieron que los gobiernos de entonces concediesen amplias mejoras laborales y sociales con el fin de evitar “un mal mayor”.

Sin embargo, cuando la correlación de fuerzas internacional cambió drásticamente tras la caída del socialismo en el Este de Europa y el llamado Estado del Bienestar había calmado los ánimos de lucha de muchos y llenado las bocas de otros tantos, los grandes empresarios pusieron a trabajar toda la maquinaria para revertir estos logros obreros y apretar las tuercas a una clase trabajadora menos acostumbrada a librar la batalla social. Tras la derrota (temporal) del socialismo y la dispersión del movimiento político revolucionario era el momento de ajustar cuentas con el movimiento sindical como golpe maestro para desequilibrar brutalmente las fuerzas entre empresarios y trabajadores.

El aumento de la represión, la reforma de leyes antes favorables a los empleados, la limitación del derecho de huelga, etc, han recortado de forma evidente las libertades y derechos sociales. El artículo 315.3 del Código Penal y la conocida como “Ley Mordaza” se han cebado en España con todo tipo de activistas y militantes, entre ellos más de 300 sindicalistas.

Esta persecución legal ha sido acompañada a su vez de un bombardeo de “nuevas ideas” para desgastar al movimiento sindical y huelguístico, alejándolo en el imaginario colectivo de conceptos como progreso o democracia y criminalizando sus acciones más decididas. Hoy en día, se puede comprobar cómo esta fórmula ha dado sus frutos y mucha gente que se considera de izquierdas y progresista, en cambio, recela de los sindicatos y consideran la organización colectiva de los trabajadores algo poco relevante y atractivo.

La trampa del diálogo social y el concepto de sociedad civil

Antonio García Rosas escribía recientemente acerca de este tema. En referencia al cambio de enfoque operado en la CES (Confederación Europea de Sindicatos) en los años 80 y 90 del siglo pasado, describe la asunción del diálogo social de la siguiente manera: “De este modo, se había institucionalizado todo un cambio de perspectiva en torno a la negociación del derecho social y de los asuntos relativos al mundo del trabajo. Mientras que, anteriormente, la lucha entre patronal y sindicatos se producía de forma independiente, como una expresión inmediata de la lucha de clases, ese carácter central del conflicto quedaba diluido con la figura del diálogo social. Ya no se trataba de una lucha en la cual una parte conseguía imponer sus condiciones a la otra, sino de un “diálogo” que debía tener como eje central la colaboración entre los agentes. El carácter social de la contradicción capital-trabajo desaparecía ante la perspectiva de una negociación meramente técnica entre socios”. Simplemente magistral la forma de definir esta modificación sustancial en la concepción de la lucha de clases, pasando del predominio de la confrontación de intereses al de la colaboración, maniatando a la clase trabajadora.

De acuerdo con la nueva lógica de relación entre trabajadores y patronales, quien se sienta a la mesa y tiene que ser un agente social capaz de firmar acuerdos. Quien discuta que, en buena medida, esta visión se ha extendido a una parte de las direcciones y ejecutivas de las grandes centrales sindicales (y de no pocos partidos de la izquierda reformista), tiene un grave problema de miopía social.

La introducción del concepto de “sociedad civil” ha venido a presionar en la misma dirección, al sentar en la mesa a un cuarto actor conformado por las ONG´s y un variopinto número de asociaciones. De forma muy acertada Antonio García Rosas lo describe diciendo que: “Mientras las organizaciones sindicales representan a millones de trabajadores a nivel europeo, y las patronales representan a los dueños de los medios de producción, no se sabe muy bien qué representación tienen estas nuevas entidades que, sin embargo, se suman al debate público con el mismo reconocimiento. Cumplen un objetivo político: minar el poder y la representatividad de los sindicatos.”

En otras palabras, mientras los sindicatos representan al grupo o clase más numeroso y determinante del panorama social (por el papel que ocupamos los trabajadores en la economía como motor de la misma), son igualados a la baja con un sinfín de identidades más o menos reconocibles cuyo papel social dista mucho de tener la entidad del de la clase obrera.

Recientemente, Unai Sordo (Secretario General de Comisiones Obreras) reivindicaba, en un acto que congregó en Madrid a más de 10.000 sindicalistas, precisamente, el lugar diferencial que ocupamos la clase trabajadora como principal actor en el terreno social y político.

La conquista de la opinión pública

Al igual que en la Guerra de Vietnam el alto mando norteamericano se proponía “conquistar los corazones y las mentes” de los vietnamitas, los grandes banqueros y empresarios de nuestro país tienen muy claro que el golpe principal contra la clase obrera debe darse en los “corazones y las mentes” de esta misma clase.

Las malas prácticas en portada

Los mass media nos bombardean cada vez más acerca de las imperfecciones, escándalos, actuaciones irresponsables, etc, relacionadas con las organizaciones sindicales, especialmente, sobre las mayoritarias que en España son CCOO y UGT. Esta fué la tónica general en el periodo inmediatamente posterior al estallido de la crisis y previo a la reforma laboral del 2012.

No voy a negar ni a justificar bellacadas realizadas por un puñado de jefes sindicales que han primado su beneficio personal sobre los derechos colectivos.

Este es, probablemente, uno de los mayores logros de la clase dominante: el haber conseguido, a través de prebendas, cargos e intoxicación ideológica, corromper a una parte de los miembros de las grandes organizaciones sindicales para que actúen como altavoces del capital entre la clase trabajadora..

Es precisamente esa labor aguda y persistente, la principal responsable de muchos de los escándalos que hemos podido conocer en prensa, televisión, radio y redes sociales, con sindicalistas como lamentables protagonistas. Es el resultado de una combinación de décadas de introducción de ideología neoliberal, de compra de voluntades para minar el poder sindical, para poner en la picota a las organizaciones tradicionales de la clase trabajadora y tener más fácil pisar el acelerador a la hora de destruir derechos.

Además, en lugar de señalar hacia tal o cual mandatario, hábilmente han dirigido el golpe contra la estructura. Y no solo eso, sino que han conseguido que se imite esa forma de actuar. Mucha gente despotrica abiertamente de “los sindicatos”, incluso gente organizada y comprometida con algún aspecto de la lucha social, en lugar de dirigir la crítica y la denuncia contra la corriente concreta que ha obrado de forma incorrecta y perjudicial para los intereses de los trabajadores.

Tampoco es una cuestión que se resuelva de un plumazo con la contraposición “dirección-bases”. En numerosas ocasiones hemos visto como comités y dirigentes estaban más dispuestos a la lucha y tenían posiciones de combate y han sido las plantillas quienes han frenado ese impulso y han decidido alcanzar acuerdos y ceder derechos. La hipótesis de los “apagafuegos” es excesivamente estrecha y sirve para explicar únicamente algunos episodios. En su lugar, la tesis de la “lucha de líneas” es mucho más rica y ofrece un argumento más fundado: la intensidad del sindicalismo está en relación directa con las ideas que predominen dentro de él.

Retomando la cuestión, a mi juicio es clave preguntarse si, cuando los mass media arremeten a diario contra los sindicatos, ¿lo hacen porque les importen los derechos laborales o la búsqueda de una rectificación sindical? O por el contrario, ¿lo hacen para hundir su imagen y así facilitar que los empresarios y la patronal nos sigan machacando a los trabajadores al debilitar nuestras organizaciones?

Y silenciar lo que se hace bien

Al mismo tiempo, es bastante llamativo que apenas aparecen en los grandes medios de comunicación noticias que hablen del buen hacer sindical. Y eso no es ni accidental ni una cuestión menor. Lo cierto es que, a diario, miles de sindicalistas de todas las siglas realizan una labor ardua pero necesaria en las secciones, en los centros de trabajo, en los diversos tipos de comités. Mantienen relación con las instituciones, se coordinan con otros sindicatos también fuera del país, presentan propuestas legales, etc. Son la barrera cotidiana que impide que el gran capital y el resto de empresarios realicen aún más desmanes y abusos contra la clase  trabajadora. Y también son una herramienta que ayuda a tener una visión y una acción colectivas, a reconocernos como trabajadoras y trabajadores que vendemos nuestra capacidad de trabajo a cambio de un salario.

Es también reseñable como cada vez más periódicos (también progresistas) en lugar de recurrir a los representantes sindicales para informarse de un conflicto o darles voz, ven con mejores ojos acudir a otro tipo de colectivos y plataformas. Si bien es cierto que el mundo del trabajo no se circunscribe únicamente a las organizaciones sindicales y que en numerosos casos es incluso positivo que se entregue el micro a protagonistas de una plantilla que no sean el Secretario General de tal o cual sindicato, parece estarse desarrollando una preferencia por otro tipo de portavoces y relatores de las problemáticas laborales. En casos más extremos, pero al mismo tiempo cada vez más frecuentes, muchos medios de comunicación aparentan hacerse eco de un conflicto pero lo presentan ante el gran público como una “desgracia personal” y no como una realidad que afecta a grandes colectivos.

Incluso en los casos más bochornosos y despreciables protagonizados por algunos jefes sindicales (ERE´s, tarjetas black, etc), el bombo mediático no ha sido motivado porque a los directivos de los mass media les importen en sí dichas conductas y actuaciones sino que las agitan para debilitar el contrapeso sindical y la capacidad de acción colectiva de los trabajadores. Esto resulta evidente cuando los escándalos que envuelven a políticos (sobre todo de los partidos del IBEX), empresarios y banqueros reciben un tratamiento bien distinto, cuando no son directamente silenciados.

Quienes dirigen actualmente la orquesta social no dan puntada sin hilo. Mientras día tras día alimentan el antisindicalismo con todo tipo de noticias (muchas de ellas falsas o tergiversadas), promueven una imagen de clase fragmentada en problemas individuales y aislados. Pretenden rompernos en pedacitos inconexos.

Agitar el miedo, el chantaje y el dumping social

Si la zanahoria juega un papel importante en torcer la capacidad y el espíritu de una capa de los representantes sindicales, el palo no es menos importante. La patronal emplea la fuerza de su poder económico para imponerse a base de chantajes y amenazas de cierre.

Los empresarios, directamente o través de ciertos sectores del sindicalismo más conservador, han convencido a muchos trabajadores de que han de ceder todo el terreno posible, en el marco de sus derechos laborales, para que crezca la competitividad, la rentabilidad y los beneficios de los accionistas. De que es la única forma posible de afrontar los problemas en la empresa. La idea que repiten accionistas, gerentes, políticos, y por desgracia bastantes sindicalistas, es sencilla:

“Estamos en una economía de mercado, la empresas deben competir por el. Si no somos competitivos, nuestro adversario se hará con el mercado y acabaremos cerrando. Qué preferís: ¿bajaros el sueldo y trabajar más horas y con más intensidad? ¿O perder tu empleo?”

Esta trampa discursiva e ideológica se ha armado ocultando (e incluso falseando) los datos económicos de las empresas. Se hacen trucos de administración para dejar caer determinadas secciones o plantas de producción. Y se usa el alarmismo ante un posible cierre, amplificado por supuestas voces autorizadas dentro del sindicato. El objetivo es aceptar el mal menor, con el fin de mantener el puesto de trabajo y sin ninguna contraprestación a futuro ni garantías para recuperar lo perdido.

Es un puro ejercicio de propaganda ideológica: Bajo argumentos “técnicos” se introduce y normaliza la idea liberal de que la empresa debe ser competitiva, para lo cual debe obtener el máximo beneficio posible a costa del empobrecimiento de los trabajadores. No permiten que se vislumbre alternativa alguna ante tal secuestro de los intereses de los trabajadores.

¿Y qué alternativa sería esa?

Una que se basaría en la solidaridad entre los trabajadores, no en la competitividad. Frente a los intentos de la dirección de una multinacional o gran empresa destinados a poner en competición a la baja a la plantilla de un centro de trabajo frente a otro. Los trabajadores de la empresa, en los países donde opera esta, pueden optar por coordinarse y establecer acuerdos mínimos (entre plantillas y organizaciones sindicales de distintos centros de trabajo) por debajo de los cuales no van a aceptar rebajar sus condiciones de trabajo. Pueden dedicar energías y esfuerzo a establecer una red sindical a escala de toda la UE, unitaria y bien coordinada, de cara a ejercer presión conjunta frente a la patronal.

Durante las movilizaciones de 2017 en Alemania por la reducción de jornada a 28 horas, participaron delegaciones de trabajadores de Volkswagen en la República Checa. Su lema era “no queremos seguir siendo los trabajadores más baratos de Europa”. Estaban uniendo sus fuerzas con los compañeros de Alemania, estableciendo lazos de cooperación, en vez de una relación de competencia.

Esta idea, desarrollada al máximo, puede permitir desplegar todo el potencial de la clase trabajadora a nivel europeo y parar en seco a la patronal en uno de los puntos clave del proyecto de construcción europea: poner a los trabajadores a competir entre sí. No es necesario explicar que esta lógica se puede aplicar también dentro de los sectores laborales de un mismo país, e incluso más allá de la UE.

Sin duda, reconstruir la solidaridad de la clase obrera es un proceso difícil, nadie está negando eso. Pero lo que no se puede aceptar es esa idea que promueven algunos compañeros en los sindicatos de que “es imposible, no hay alternativa, tenemos que ser nosotros (nuestra fábrica), o ellos”.

El PSOE sigue líder en este terreno

La filtración de ideas ajenas a los intereses colectivos del mundo del trabajo provoca una gran confusión ideológica en las filas sindicales. La pérdida constante de derechos se suma y la “crisis de identidad” de la clase trabajadora. Una crisis en la que está huérfana de un referente político e ideológico propio, genuínamente obrero. Esta situación deja la puerta abierta de par en par para que operen organizaciones que, en verdad, son representantes de la clase dirigente.

En efecto, siendo el PSOE el partido más influyente entre las organizaciones sindicales con mayor número de afiliados, es comprensible que gran parte de las ideas más extendidas no sean beneficiosas para tener sindicatos en tensión y con iniciativas propias de lucha. Todo lo contrario, inyectan ideas que dificultan el avance del movimiento, la elevación del grado de conciencia y la ejecución de acciones que se opongan a la agenda neoliberal de los súper ricos. Intentan retener, por todos los medios, a la clase obrera organizada en lo que algunos denominamos “Zona Cero”. Actualmente, la ideología que presiona con más fuerza entre la clase obrera, en general, y en el sindicalismo, en particular, es el social-liberalismo y, en menor grado, la concepción socialdemócrata.

Enrique Gallart lo explicaba así en “Los puntos sobre las íes”: “En el caso del Reino de España, el partido que más influencia tiene en la actualidad en el seno la clase obrera y en las organizaciones sindicales mayoritarias es el PSOE. Por influencia no nos referimos a que muchos dirigentes tengan directamente el carnet del partido, sino que, al igual que muchísimos trabajadores de este país están bajo la influencia ideológica de ese partido, y se hacen eco de sus propuestas, programa, concepción estratégica, etc… Esta influencia se ejerce de forma directa o indirecta (y muchas veces el sujeto influido no es consciente de ello), a través de una especie soft power ideológico y cultural. La tendencia hacia la búsqueda, por parte de algunos dirigentes sindicales, de la conciliación de intereses entre burguesía y clase obrera, es un ejemplo de esto. El keynesianismo y la propuesta de retorno al llamado Estado del Bienestar, es otro.”

Sin olvidarnos del efecto demoledor que la crisis económica ha tenido sobre los trabajadores y nuestros derechos, la actitud ultra-conservadora que puede percibirse en no pocas secciones y comités de empresa (y que todavía es más notable entre el trabajador medio) muestra la ventaja que el PSOE y su ideología nos tiene ganada a quienes pretendemos que, en los sindicatos, las ideas y propuestas respondan a una visión del mundo progresista, democrática y favorable al cambio radical de modelo social. Esta corriente es la principal responsable del estado actual del sindicalismo (en especial del de masas) y la que tensiona constantemente para arrastrar a los trabajadores a abrazar los intereses de empresarios y accionistas, como si estuviésemos todos en el mismo barco.

Creo firmemente en la idea de que, por regla general, todo espacio sin ocupar por unos suele terminar siendo ocupado por otros. Es decir, todo lo que no cubramos de ideas socialistas, de transformación profunda de la sociedad, de democracia obrera, etc, será tomado por otras corrientes y tendencias. Esa lucha ideológica, de líneas si se prefiere, se va perdiendo en el terreno sindical, por la fortísima carga ideológica introducida por el PSOE. La dejación y abandono de las posiciones marxistas de la izquierda reformista ha aportado su contribución a este hecho. Es urgente y necesario reforzar los sindicatos con militancia y gente dispuesta a impulsarlo con capacidad política y convicción de lucha.

La postmodernidad: Más confusión y dispersión

Como vemos, la clase obrera está expuesta a los discursos e iniciativas del resto de grupos que conforman la sociedad. A la izquierda del PSOE hay otras organizaciones que inciden, de una u otra forma, en el movimiento obrero y sindical.

Tradicionalmente, partidos obreros y de izquierda han operado en el mundo del trabajo. En nuestro país, el PCE e IU han sido las formaciones con más influencia (por detrás del PSOE, claro está). La ofensiva de los grandes propietarios que llevamos décadas sufriendo los trabajadores y trabajadoras -a la que debemos sumar la crisis ideológica y política del movimiento comunista- han provocado que, a pesar de contar con cuadros y militantes en los grandes sindicatos, las posiciones de izquierda se hayan debilitado dentro de los mismos. Y en concreto, las ideas marxistas han perdido terreno de manera alarmante.

Este proceso de debilitamiento es complejo y son muchos los factores que afectan al mismo. Por una parte, la presión ideológica ejercida por el PSOE ha logrado introducirse en grupos y corrientes de estas organizaciones. Nos referimos a los sectores que tradicionalmente vienen oscilando entre unos y otros y que incluso han cambiado su militancia en más de una ocasión. De una u otra forma, suponen una puerta abierta más para el liberalismo. Llamazares o Sabanés pueden servir de ejemplo.

Por supuesto existe todo un sector socialdemócrata dentro de las organizaciones que componen lo que hoy es Unidos Podemos, con mayor apego al trabajo sindical y la lucha por reformas en beneficio de la clase obrera. Sin embargo, este sector está cada vez más atravesado por las dudas generadas por el electoralismo y también las ideas postmodernas. Tiran más hacia la clase y hacia el sindicato pero la crisis de definición política al final les lleva en numerosas ocasiones a comportarse como cheerleaders del movimiento obrero. O bien se amoldan a la línea sindical (hegemonizada en gran medida por el PSOE) o bien se conforman con lo que yo llamo “el rollo apoyo”: sí, mi organización política os anima a luchar, vamos con la pancarta y os aplaudimos. Si necesitáis algún contacto o la presencia de caras públicas os las facilitamos… Restringir a esto la labor política de la izquierda transformadora en el Movimiento Obrero y Sindical es, cuanto menos, escaso.

Al final, lo que viene a ponerse de manifiesto es que no basta con tener militancia inserta en el mundo sindical, ni siquiera con tener muchos contactos y ser un actor tradicional del movimiento obrero. Para actuar políticamente necesitas un proyecto definido que te permita aportar ideas, propuestas e impulso a las organizaciones sindicales y a la lucha obrera. No basta con “estar”, sino que hay que replantearse para qué estamos, cuál es nuestra tarea principal en los sindicatos y cómo hacemos que el marxismo recupere el terreno perdido y sirva para inyectar nuevas energías y perspectivas a nuestra clase, siendo tácticos y sin romper con el Movimiento Obrero y Sindical para no quedar aislados.

Por otra parte, decíamos al inicio que hay una fuerte presión del postmodernismo que quiere, en resumen, “enterrar a la clase obrera”, ya sea mediante la negación de su existencia (para afirmar lo cual argumentan que se han producido unos cambios radicales en la dinámica del modelo capitalista que el eje capital-trabajo ya no sería un pilar determinante) o la conversión de la clase trabajadora en una “molécula” más del pueblo, en igualdad de condiciones que el resto de “sujetos” e identidades, que ha de ocuparse de sus asuntos económicos y poco más.

Supone un cambio de paradigma. Si la clase obrera ha desaparecido (o se ha convertido en una partícula social más) sus organizaciones naturales correrían la misma suerte. Reconociendo las diferencias entre un formato y otro, lo cierto es que su entrada en plató no ha contribuido al fortalecimiento de la organización y la acción colectiva de clase. Estas “multitudes” pueden tener cierto recorrido a la hora de promover algunas movilizaciones y eventos públicos (o de carácter electoral), pero mientras se mantenga distancia y desapego con las grandes organizaciones obreras (los sindicatos y sobre todo los mayoritarios), su músculo y utilidad no hacen pensar en un alza reseñable.

No podemos olvidarnos de una realidad que ha ido ganando terreno. Esta es la de la configuración de espacios “líquidos”, poco organizados y separados de los centros de trabajo, hacia los que se pretende desplazar a grupos de trabajadores para arrancarlos de sus intereses como clase social, subordinándolos bajo el ciudadanismo y desarmándolos ante la fuerza del poder económico empresarial.

Desde la aparición de estas corrientes postmodernas en las proximidades del mundo del trabajo, portadas sobre todo por los representantes de la Nueva Política, su relación con las organizaciones sindicales ha sido turbulenta y en cierto modo pareciera que pretendan desafiarlas, sorpassarlas. Sin embargo, ciertos sectores de estas organizaciones que han venido a cristalizar en UP sí han conseguido enraizarse con algunos conflictos laborales de gran entidad que han saltado a la palestra mediática (Coca-Cola, Taxi, etc) dando voz a parte de sus reivindicaciones y llevándolas a las instituciones.

El relato del postmodernismo (o mejor dicho, los relatos) abogan por una transversalidad en consonancia con el concepto de “sociedad civil”. Desde el marxismo, se entiende que la lucha de clases no es únicamente una relación entre trabajadores y propietarios, sino la relación de todos los grupos que componen la sociedad y el papel que juega cada uno de ellos dentro de la misma. Gracias a esa perspectiva, sabemos que en la batalla social la clase trabajadora es la fuerza determinante, pero no está sola; para desarrollar la lucha democrática por el progreso económico y los derechos y libertades, puede y debe hallar alianzas con otros sectores del pueblo sometidos de una u otra manera por la clase dominante.

Hay que tener presente, que estas corrientes están cargadas de ideología neoliberal. Son los mismos que defienden la Renta Básica Universal como elemento de “igualdad individual” de forma preferente a grandes programas de empleo y defensa del trabajo o a proteger la caja común de la Seguridad Social. Son los mismos que cada año buscan un nuevo sujeto social para abanderar la lucha. El precariado ha sido uno de los aclamados con mayor vehemencia.

Sin poder detenerme ahora en este asunto, no es cuestión menor pretender cargar el peso principal de la lucha de clases en los hombros de los trabajadores más precarios y con una situación laboral más inestable. Obviamente, estos pueden (y deben) luchar, pero impugnar a la clase trabajadora y el papel de los obreros de la industria y de las grandes empresas, es decir, aquellos que se emplean en el corazón de la economía productiva, es seguir golpeando la posibilidad de que la clase obrera se identifique como tal y recupere la confianza en sus propias fuerzas.

Quienes somos defensores sin reservas de la unidad obrera (lo que requiere avanzar en la unidad sindical) todo movimiento que, de una u otra forma, promueva la disolución de la organización, disperse fuerzas y energías y siga apostando por el abandono de la lucha en los centros de trabajo, en las empresas, como lugar principal de conflicto entre capital y trabajo, consideramos que no rema a favor del fortalecimiento de nuestra clase y fomenta la introducción de ideas más que cuestionables en el medio obrero. Si las posiciones socialdemócratas favorecen que la clase obrera siga “retenida” en la lucha por algunas reformas menores del modelo capitalista, la postmodernidad está presionando para acrecentar el abandono de los centros de trabajo como lugar principal del conflicto entre clases, relegando a la clase trabajadora a ser “uno más del reparto” y un grupo más de damnificados por el sistema.

Izquierdismo antisindical: Más leña al fuego

La falta de una constante marxista en el seno de las organizaciones de clase tiene más consecuencias de las que nos creemos. La fatal de un referente político obrero que ejerza la labor de difundir las ideas socialistas y se encargue de preparar concienzudamente el plan para afrontar la lucha de clases, tiene como resultado que vayamos perdiendo por goleada.

El aferrarse a la paz social como a un clavo ardiendo mientras no paramos de retroceder en derechos y conquistas, además ser una estrategia fallida para contener la presión de los grandes empresarios y la patronal, ha generado dentro del movimiento, una reacción no superadora, sino opuesta. Mientras algunos han adquirido una tendencia pronunciada hacia el acuerdo y el consenso por principio,  otros han desarrollado el reflejo contrario: El rechazo a cualquier posibilidad que no sea lo que en sus cabezas es lo ideal, lo puro y perfecto, sin tener en cuenta las condiciones materiales en las que se produce la lucha y la disposición a luchar de sus propios compañeros. Estas dos actitudes son anverso y reverso de la misma moneda aunque la influencia de una y otra sea claramente desigual. Se presionan mutuamente pero comparten la misma raíz: Las ideas liberales (o neoliberales).

Cuando decimos “izquierdistas” nos referimos a los señores del “no” por sistema, los gruñones de la clase, que se contentan con señalar las insuficiencias, imperfecciones y “miserias” de otros, pero que se muestran incapaces de articular un plan de acción para organizar a los trabajadores en torno a sus propuestas y reivindicaciones. Habitualmente, se dedican a condenar a las siglas mayoritarias (culpables hasta de las Diez Plagas de Egipto) cuando no terminan culpando a quienes no luchan, denunciando la pasividad de los compañeros de trabajo pero sin realizar el ejercicio de autocrítica necesario para entender que en algo deben estar fallando si, a pesar de tener una actitud más combativa y predispuesta a la pelea, no logran sumar a las plantillas a sus posiciones. Al final dedican más tiempo y energías a disparar contra el de al lado que contra los empresarios y la patronal.

Y es que el sindicalismo (y también la política) tiene un elemento de “utilidad” muy señalado. La grave situación social que atravesamos y la crisis general de derechos que padecemos desde hace ya décadas, hacen que, de manera cada vez más acuciante, se necesiten ante todo soluciones. Y me estoy refiriendo a soluciones colectivas. No al “que hay de lo mío” sino a plantear iniciativas que permitan la incorporación a la lucha de amplias capas de la clase trabajadora y resuelva sus problemas.

Es común que estas organizaciones (sindicales y políticas) sean pequeñas y carezcan de una gran influencia sobre la masa obrera, pero desde luego no ayudan a sumar voluntades, a fortalecer la organización en los centros de trabajo ni a generar esperanzas de cambio entre nuestra clase. En su intento por ser distintos, acaban resultando una herramienta poco útil para intervenir en la mejora de las condiciones laborales, incapaces de organizar a amplias capas de trabajadores en torno a acciones y propuestas, incapaces de construir un “sí”.

¿Qué nos estamos jugando?

Los sindicatos son las organizaciones primarias de la clase obrera, surgen de la necesidad de la acción colectiva de los trabajadores y trabajadoras para defenderse de los ataques patronales y mejorar el salario, el convenio, las condiciones de trabajo, etc.

A pesar de cierta pérdida de afiliación debida, sobre todo, a la sangría de derechos durante la larga crisis, los EREs y los cierres de empresas, siguen aglutinando a millones de trabajadores en sus filas. Empleados de todos los ramos, sectores y empresas, encuentran en la organización sindical un lugar donde poder unir fuerzas entre sí, ayudando a generar una identificación de clase que supera las barreras de su propio centro de trabajo. Es decir, a través del sindicato se puede interactuar de forma común con compañeros a los que jamás has visto la cara pero con los que compartes la base más amplia y común de la sociedad actual: ser un trabajador asalariado que necesita el empleo para vivir. A su vez, se aprende que, en mayor o menor grado, los problemas, presiones y situaciones que enfrentamos cada día en el centro de trabajo, son similares o muy parecidas a las del resto de trabajadores.

Si bien es cierto que, especialmente, entre los sectores más precarizados y con menos derechos de la clase trabajadora (así como entre los inactivos) el sindicalismo de clase tiene aún mucho por hacer, para lo cual va a necesitar arrestos y creatividad organizativa, podemos afirmar que, en resumen, el sindicalismo puede aglutinar a todo el mundo del trabajo. Este factor es sumamente importante ya que de la división de la clase trabajadora únicamente salen ganando nuestros explotadores.

Mientras la clase de los empresarios lamina y fractura cada vez más a los trabajadores (dualidad contractual, diversas jornadas, activos e inactivos, etc) y ha generado una enorme bolsa de parados con la intención de usarlos para devaluar los salarios y las condiciones laborales en general, las centrales sindicales tienen la potencialidad de favorecen el proceso de unificación y cohesión de la clase obrera. Su mera existencia es ya un reconocimiento de la base común (la explotación asalariada) y la necesidad de luchar colectivamente contra ella.

A día de hoy, a pesar de haber sido fuertemente golpeado por contrarreformas y cierto desprestigio, el movimiento sindical sigue teniendo la capacidad de articular y protagonizar la negociación colectiva, la última barrera que impide que cada trabajador quede vis a vis con el empresario, desprovisto de una red de apoyo mutuo.

Y sigue manteniendo relativa fuerza en los sectores estratégicos de la economía. El retroceso o la desaparición de la organización sindical en éstos, supondría degradar las condiciones laborales de la espina dorsal de la clase (los trabajadores industriales y de las grandes empresas) y, en consecuencia, dejar en una situación de máxima vulnerabilidad al resto de empleados. Puede que los empresarios sean miles y los obreros millones, pero no basta con ser más sino con tener organizaciones capaces de accionar precisamente esas amplias energías para doblegar la fuerza del poder económico empresarial.

La industria en España está siendo durísimamente castigada por las multinacionales (que cuentan con el favor de los gobiernos del IBEX-35 y las instituciones de la Unión Europea). Sin embargo, no deja de ser uno de los sectores con mayor tradición y peso sindical. Por eso presionan cada vez más sobre ese segmento de los trabajadores, para provocar una reacción en cadena que les permita seguir sustituyendo empleo estable por contratación precarizada, mermada en derechos y salario.

El dominio ideológico del liberalismo, sobre todo ejercido por el PSOE, dificulta enormemente la perspectiva de lucha colectiva y unitaria como clase. Confunde los intereses de los trabajadores con los de los empresarios y/o antepone una visión individual (o de centro de trabajo) a las necesidades del conjunto. Y si el movimiento obrero y sindical no tenía bastante lastre con la fuerte influencia del social-liberalismo y la socialdemocracia, las corrientes postmodernas han venido cargadas de novedades como la “multitud”, “el movimiento de movimientos”, los “nuevos sujetos”, así como cierto rechazo a las organizaciones sindicales, sobre todo a las siglas mayoritarias.

No basta con tener presencia en los sindicatos (ni tan siquiera en sus órganos de dirección) para incidir políticamente de forma decisiva dentro de éstos. Esto no va tanto de listas y porcentajes como de aportar ideología, conciencia y programa para hacer avanzar la lucha. Va de contrarrestar las corrientes que permean a las organizaciones de clase y que pretenden retenernos bajo el dominio de quienes dirigen actualmente la sociedad. Va de aportar al sindicalismo elementos políticos, de fondo, que abran la perspectiva de cambio, de lucha, que permitan en palabras de Peter Mertens (Presidente del Partido del Trabajo de Bélgica) modificar el discurso: Pasar del  “Vamos a arreglar esto por ti”, a orientarnos en la dirección de explicar “Toma tu destino en tus propias manos».La descomposición organizativa de la clase trabajadora sólo puede suponer una regresión en derechos y libertades aún mayor que la vivida hasta ahora. Perder el contrapeso sindical es colgarse de la soga y tirar la banqueta. Para evitar que esto suceda es necesario clarificar las prioridades y la agenda de nuestra clase. Hay que reforzar las organizaciones sindicales, apostar por ellas y desplegar una intensa lucha política e ideológica que haga retroceder las ideas liberales en su seno ante el avance de otras (vivas, vibrantes, marxistas) que permitan retomar el pulso a la lucha de clases y contar con un movimiento obrero que confíe en su potencial. Socialismo y sindicalismo deben volver a caminar de la mano para poder hacer avanzar a toda la sociedad.

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