El partido ha iniciado sesión

Después de décadas en declive, los partidos de izquierda se encuentran inmersos en un nuevo renacimiento. Pero sin un compromiso firme con las raíces sociales de la clase trabajadora, los partidos digitales del siglo XXI podrían decaer de la misma forma que ocurrió con sus predecesores.

Acto de Podemos en Vistalegre, el 18 de octubre de 2014. Foto: CC BY/NC/SA www.salvadorfornell.com
Acto de Podemos en Vistalegre, el 18 de octubre de 2014. Foto: CC BY/NC/SA www.salvadorfornell.com

Este artículo es una reseña del libro The Digital Party: Political Organization and Online Democracy por Paolo Gerbaudo (Pluto Press, 2018)

Peter Mair comienza su libro póstumo Ruling the void con una declaración contundente: “los años de la democracia de partido ha llegado a su fin”. Aunque los partidos como forma de organización obviamente no han desaparecido, Mair argumentaba que los partidos tradicionales ya no eran capaces de organizar y sostener la democracia política tal y como la conocemos.

Durante mucho tiempo, la profecía de Mair pareció acertada. Durante la era neoliberal, los partidos a lo largo de todos los países capitalistas avanzados se fueron desconectando paulatinamente de sus bases sociales tradicionales. Las diferencias entre los partidos de izquierda y derecha se difuminaron, convergiendo todos en una agenda neoliberal. Los militantes de los partidos desertaron de sus filas, los votantes se quedaron en sus casas en la jornada electoral y las elecciones se convirtieron en el dominio de agentes de prensa, consultores de relaciones públicas y magnates del mundo de la comunicación. Para poder imaginarse una estampa de un futuro así bastaría con visualizar a Silvio Berlusconi con una horrible sonrisa en la cara, para siempre.

La izquierda inventó los partidos de masas, y es la izquierda quien más ha sufrido por su declive. Los antaño poderosos partidos socialistas y comunistas han ido colapsando país por país, y quizás el SPD alemán – el primer partido de masas de la izquierda – puede ser el próximo en la lista. Su colapso podría ser un evento de dimensiones históricas, marcando el fin de una época que se remonta a los primeros días del movimiento socialista.

Pero mientras los partidos de masas del siglo XX están empantanados en una profunda crisis, la forma de organización social conocida como partido político se encuentra inmersa en un inesperado renacimiento. El surgimiento de nuevos “partidos digitales” alrededor del mundo, demuestra claramente que los partidos no están obsoletos, y que la democracia política basada en ellos quizás pueda todavía revivir bajo una nueva forma.

La crisis de 2008 marcó un cambio de ciclo crucial. La escala de la crisis deslegitimó a los viejos partidos, empujó a millones de personas a la actividad política organizada por primera vez y reactivó de nuevo a muchos militantes que ya habían tirado la toalla con la política. Ello dio lugar a la creación de una amplia variedad de nuevas formaciones en todo el espectro político, desde los Partidos Piratas hasta el Movimento Cinco Estrellas (M5S) en Italia, hasta Podemos en España, La Francia Insumisa, Momentum dentro del Partido Laborista del Reino Unido y, con sus particularidades propias, Democratic Socialists of America (DSA). La forma de los partidos ha rejuvenecido por la vuelta de los conflictos políticos de fondo por el poder y los recursos que habían sido dejados de lado durante los años de consenso neoliberal.

No obstante, estos nuevos partidos se diferencian de sus predecesores en cuestiones importantes. En su nuevo libro The Digital Party: Political Organization and Online Democracy, Paolo Gerbaudo analiza esta nueva forma de partido y valora su potencial para revitalizar las políticas democráticas. Sin importar su posición ideológica, los nuevos partidos comparten un compromiso común con una “democracia real” de transparencia, participación e inmediatez facilitadas por las plataformas digitales. Pese a que la cuestión del partido no se planteada de la misma manera en la hoja de ruta de la izquierda norteamericana, merece la pena aprender lecciones de otros países donde los activistas trabajan con los mismos problemas o asuntos.

El análisis de Gerbaudo no deja lugar a dudas con que el partido digital responde a decepciones legítimas y muy extendidas con los partidos tradicionales, así como a la necesidad de actualizar la forma del partido a las necesidades de los nuevos tiempos. Estos partidos, no obstante, sufren de una serie de serias debilidades que deben ser rectificadas si quieren realmente ser capaces de cumplir las expectativas que han despertado y evitar el deprimente futuro de sus antecesores.

¿Por qué los partidos?

Marx y Engels se diferenciaban de sus rivales en la izquierda por insistir en la importancia capital de la acción política del movimiento obrero. En su opinión, la clase trabajadora tenía que organizarse políticamente para alcanzar la victoria en la “conquista de la democracia”, y la creación de partidos políticos era un aspecto indispensable de este proyecto.

Los partidos tienen una importancia crucial, no simplemente por que sean la principal herramienta para concurrir a las elecciones y situarse en el gobierno; son también medios cruciales mediante los cuales un movimiento se constituye como actor político y obtiene las habilidades y la experiencia necesarias para ejercer efectivamente el poder político. Los partidos también juegan un papel clave en la definición de los conflictos sociales, la organización de los individuos en clases y bloques, y la articulación de identidades políticas colectivas para establecer vínculos entre ellas.

Las elecciones representan la arena política con la que la gente más se identifica, donde se puede comprobar de manera más eficiente el atractivo entre el pueblo de nuestras ideas y propuestas. También son uno de las pocos lugares que tenemos para avanzar en un programa político general exhaustivo que no esté limitado por las presiones de las campañas específicas (“single-issue campaign”) y las luchas sindicales.

Fuera de la arena electoral, los movimientos se expresan típicamente a través de tácticas militantes pero limitadas que representan las necesidades de un grupo particular. Estas a veces pueden ser capaces de ganar victorias que hagan la vida de las personas más fácil, pero normalmente tienen que hacerlo de una manera que no les permite avanzar en un modelo de gobierno alternativo para toda la sociedad o desafiar el liderazgo político de la clase dominante.

Incluso las grandes luchas obreras que cuentan con una orientación muy política, como la oleada de huelgas por la educación pública1, están limitadas por esa visión, pues son necesariamente discontinuas y episódicas. Incluso los grandes sindicatos de clase, que incorporan los intereses del conjunto de la clase trabajadora por encima de intereses individuales de sus miembros, son fundamentalmente seccionales, porque, principalmente, organizan a colectivos concretos de trabajadores para negociar con sus respectivas patronales

La experiencia de la lucha directa en los centros de trabajo y en las comunidades, a menudo puede llevar a los participantes a comprender la necesidad de un cambio social fundamental. Ese compromiso, sin embargo, necesita ser mantenido y desarrollado más allá de las circunstancias inmediatas que han desencadenado una huelga, protestas o una campaña específica. Este es un papel que un partido o formación política, concebido como una organización de persuasores permanentes, puede jugar al articular cómo se relacionan las luchas específicas con la más amplia transformación social que es necesaria para consolidar las conquistas y extenderlas lo más ampliamente posible.

Los tipos de acción política que la democracia representativa hace posible (elecciones nominales entre partidos con programas contrapuestos) son una razón importante por la cual los movimientos socialistas normalmente han sido recelosos con los referéndums, los plebiscitos y otras formas de democracia atomizada. Debido a que esquivan a intermediarios como los partidos y apelan “directamente” al pueblo, estos mecanismos pudieran parecer más democráticos que las elecciones. Pero en muchos casos, reducen a los ciudadanos a una masa de individuos a los que se les pide responder con un simple Sí/No a una pregunta formulada desde arriba. Por ello, han sido durante mucho tiempo la herramienta favorita de los líderes poderosos que buscan cubrirse con el manto de la legitimidad democrática.

De hecho, muchos de los nuevos partidos de la era digital hacen uso extensivo de dichos mecanismos en sus procesos de decisión internos. Pueden tener un papel positivo y legítimo en preguntar a las bases por cuestiones importantes, pero el análisis de Gerbaudo hace patente que al final estas consultas, ostensiblemente más horizontales, participativas y democráticas, sirven para fortalecer la posición de los líderes de los partidos respecto de sus miembros.

Por este motivo es de vital importancia para una organización política mantener estructuras intermedias entre los líderes principales y las bases, y delegar una cantidad significativa de autoridad en los órganos de decisión con legitimidad democrática. De lo contrario, como Gerbaudo hace notar, conllevan el riesgo de crear una “aristocracia de la participación”, en la cual los miembros con más tiempo para dedicar a la organización, o con más recursos, son los que disfrutan de una mayor presencia en dichas organizaciones.

Plataforma de Nuevo Tipo

Como expresión electoral de las movilizaciones de masas contra las políticas de austeridad, los partidos digitales buscan llevar a cabo un proyecto tan ambicioso como contradictorio. Son un intento de trasladar el espíritu autonomista y antirepresentacional de la Plaza Syntagma, el Movimiento 15-M y Ocuppy Wall-Street a las instituciones propias de la democracia representativa. Para alcanzar ya la cuadratura del círculo, sus líderes y simpatizantes han buscado una reinvención del partido a través del tipo de medios digitales y redes sociales que, para bien o para mal, han transformado la experiencia de la vida diaria para miles de millones de personas alrededor de todo el mundo.

En palabras de Gerbaudo, este partido digital “es el resultado de trasladar el modelo empresarial y de innovación de las empresas digitales a la arena política”. Al igual que las grandes plataformas de redes sociales, están basados en datos (data driven), suele ser gratis registrarse para formar parte de ellos y tienen estructuras de organización muy pobres con poco personal contratado. A diferencia de los partidos de masas que los precedieron, a los partidos digitales carecen de una extensa red de estructuras físicas, funcionarios y cuadros intermedios, y de las ramas locales y sectoriales que antaño jugaban un papel clave en la toma de decisiones y en el asentamiento de las políticas del partido.

También obtienen su apoyo de una base social diferente. Mientras que los clásicos partidos de masas estaban inexcusablemente ligados a una clase social bien definida, los partidos digitales se apoyan en una base social mucho más amorfa e inestable.

Gerbaudo los llama la “Gente de la Red”, una masa de “intrusos conectados” poco comprometidos, cuyos niveles educativos relativamente altos han sido socavados por una precariedad económica persistente y un sentimiento general de alienación de las políticas e instituciones tradicionales. Suelen ser jóvenes, sin afiliación sindical, religiosa u otro tipo de organización social, y extremadamente dependientes de las comunicaciones digitales y plataformas de redes sociales. Estas son las legiones de jóvenes e indignados que han llenado las filas de Podemos, La Francia Insumisa, el Movimiento Cinco Estrellas, Momentum y DSA en un corto periodo de tiempo.

Muchas de estas formaciones políticas han desarrollado o adaptado software para crear sus propios espacios de debate y toma de decisiones. Su objetivo notorio es el de facilitar el mayor grado posible de participación política directa de sus miembros y han desplazado a las estructuras intermedias del partido, que con frecuencia son acusadas de ser las que asfixian la auténtica y primaria voluntad popular. Los Partidos Pirata fueron pioneros en este campo, pero tras su explosión de éxito inicial, se han visto sobrepasados por una proliferación de formaciones posteriores a la crisis económica, liderada principalmente por Podemos y el Movimiento Cinco Estrellas.

Beppe Grillo, el flautista de Hamelín del Movimento Cinco Estrellas, obtuvo inicialmente su gran masa de seguidores a través de un blog famoso dirigido por Gianroberto Casaleggio, un Svengali2 digital cuya empresa continúa administrando Rousseau, el “sistema operativo” del partido. Aunque su perfil político es significativamente diferente al del incoherente Movimiento Cinco Estrellas, Podemos ha invertido muchos recursos de la organización en plataformas online.

El partido gestiona extensos espacios de debate y toma de decisiones con el objetivo de facilitar a los miembros el participar en “consultas” online en cuestiones clave como en la selección de candidatos o las políticas del partido. Se hizo uso de estos sistemas, por ejemplo, en un reciente referéndum sobre el liderazgo de Pablo Iglesias e Irene Montero, quienes afrontaron un aluvión de críticas por la compra de una vivienda de lujo a las afueras de Madrid.

Mientras que estas plataformas son alabadas con frecuencia como los mecanismos para conseguir una democracia real en el partido y, a través de ello, en el estado, su efecto práctico en las dinámicas internas del partido ha sido mucho más ambiguo. Aunque Gerbaudo reconoce los potenciales beneficios que conlleva la nueva tecnología, está en lo cierto al concentrar gran parte de su atención en las formas de relaciones de poder, potencialmente más engañosas, que tienden a facilitar.

Hiperlíder/Superbase

El utópico reclamo de la democracia directa online es que permite el más alto grado de iniciativa desde la base, participación y control democrático. Mediante la eliminación del estrato de funcionarios asociados con las antiguas formas de partido, el partido digital promete combinar la participación de masas con el sentido de inmediatez y apertura que es tan importante para la Gente de la Red.

Este enfoque implacable de los procesos organizativos ha tendido, sin embargo, a promover la forma a expensas del contenido, y ha enmascarado la aparición de formas de jerarquía interna nuevas e incluso más escarpadas y verticales.

Todos los nuevos partidos digitales están íntimamente asociados con la figura de un líder carismático cuyo nombre es, virtualmente, sinónimo de la propia organización. Como defiende Gerbaudo, estos partidos están definidos por una dinámica de organización característica que él llama “centralización distribuída”: un “hiperlíder” rodeado por una pequeña camarilla en la cima, y una “superbase” muy implicada pero ampliamente reactiva3 en la base.

Mientras que el nivel intermedio de los cuadros de los partidos, en gran medida, ha desaparecido, la intermediación propiamente dicha está lejos de haber sido eliminada. En la opinión de Gerbaudo, ésta se ha convertido en algo más difuminado y más centralizado, proporcionando a los líderes del partido una conveniente herramienta para “dar la apariencia de un liderazgo débil, o incluso inexistente, puramente facilitador”.

La Francia Insumisa ofrece uno de los más claros ejemplos de esta dinámica organizativa emergente. Pese a que la define como una organización con un entramado “gaseoso”, el fundador y candidato presidencial Jean-Luc Mélenchon es su líder indiscutible. Se define a sí mismo como su “piedra angular”, y no hay otra figura en la organización que se le asemeje en términos de significación política.

Aunque asegura tener cientos de miles de simpatizantes, se entra a La Francia Insumisa simplemente rellenando un breve formulario online, y no existen las cuotas de membresía o ningún otro tipo de pago. Su declaración de principios insiste en que no es un partido como tal sino un movimiento cohesionado entorno a su programa, El Futuro en Común. También se describe a sí mismo como un movimiento “orientado a la acción” donde los debates políticos internos y los conflictos no tienen cabida.

De hecho, no existen los cargos intermedios oficiales entre los “grupos de acción” locales (ninguno de los cuales se supone que debería exceder un reducido número de personas) y Mélenchon en la cima de todo. Se es libre de actuar en nombre del programa del partido de la manera que se quiera, pero no se tiene mayor voz ni voto en las grandes cuestiones que atañen al partido. Ese derecho se reserva a La tribuna y a un pequeño círculo de consejeros de confianza.

No se trata tampoco de condenar a La Francia Insumisa como un partido defectuoso y sin proyección futura. Ha jugado un papel importante en rellenando el espacio dejado por la crisis de los partidos Socialista y Comunista, y, sencillamente, Mélenchon era el mejor candidato para las elecciones presidenciales de 2017. La fuerte aversión del partido hacia el conflicto interno y la división en facciones es una reacción comprensible ante el sectarismo auto-marginalizante que durante mucho tiempo ha sido una plaga en la izquierda radical.

Pero como defiende Pablo Castaño Tierno, “deshacerse de las votaciones y otorgar la mayoría del poder de La Francia Insumisa a individuos no electos, no parece una manera sostenible de evitar caer en estas trampas. Las divisiones aparecerán en algún momento en La Francia Insumisa (como ocurre en cualquier organización) y la falta de órganos con legitimidad democrática que sean capaces de tomar decisiones y resolver conflictos será entonces una seria limitación”.

La Francia Insumisa y los demás partidos digitales han atraído a un número masivo de simpatizantes con mucha rapidez. Pero este tipo de “participacionismo” fácil que caracteriza una gran parte de su vida interna amenaza con limitar su desarrollo futuro, así como su capacidad para, eventualmente, llevar a cabo una transformación del Estado y la sociedad.

Base y clase

El partido digital, al igual que el “momento populista” que lo engendró, es un reflejo de la debilidad actual de las organizaciones colectivas de la clase trabajadora así como un intento de superarlas. En la línea de Chantal Mouffe, Gerbaudo defiende que la decadencia de los viejos partidos, sindicatos y organizaciones sociales significa que el carisma personal del hiperlíder podría ofrecer una solución temporal para el problema.

A pesar del obvio peligro que representa, probablemente no haya otra solución para evitarlo, al menos a corto plazo. Cuarenta años de neoliberalismo han desorganizado a la clase obrera y minado a los partidos políticos de masas que le dieron forma durante una gran parte del siglo veinte. En el periodo actual, las figuras de liderazgo continuarán jugando un papel protagonista en dar voz al descontento generalizado y en unir a personas de posiciones sociales dispares en un proyecto político coherente.

La gran pregunta, claro está, es si estos líderes están o no interesados en estimular la organización de las masas más allá de sus propios proyectos y son capaces de hacerlo, y si estas nuevas formaciones con las que se les asocia pueden, en último término, superar su dependencia de éstos.

En muchos aspectos, la izquierda populista de los nuevos partidos digitales está de pie sobre la cabeza de un gigante: más de un siglo de valioso pensamiento socialista. En 1853, Marx defendió que el movimiento de la clase trabajadora debería atravesar décadas de conflictos y reveses no sólo para cambiar la sociedad sino también para prepararse para ejercer el poder político de manera efectiva4. Engels se hace eco de estas reflexiones cuarenta años después cuando anunció al movimiento que se iba a necesitar de una “labor larga y perseverante” para preparar a las masas para llevar a cabo una “transformación completa de la organización social“.

Las nuevas formaciones políticas están, de hecho, intentando hacer ingeniería inversa en este proceso, intentando llegar al gobierno tan rápido como sea posible (véase la “máquina de guerra electoral” de Podemos) y después usándolo para consolidar sus bases de apoyo fuera de la estructura del Estado. Hay una lógica detrás de esta estrategia, pero también se corre el considerable riesgo de dejar suspendido en el aire a un gobierno de la izquierda y hacerlo vulnerable ante un contraataque político. La experiencia de Syriza en el gobierno es un cuento con moraleja en esta materia.

Este problema podría ser mitigado en gran parte si los nuevos partidos de la izquierda consiguiesen reconstruir unas bases fuertes en los centros de trabajo y barrios obreros. Con algunas excepciones, sin embargo (vienen a la memoria por ejemplo Corbyn y Sanders), la izquierda populista tiende a abjurar de las políticas de clase en favor de un marco discursivo que contrapone a “la gente” contra la “oligarquía” o la “casta”. Este tipo de acercamiento “transversal” intenta ganar apoyos a través de todo el espectro político, y se basa en la noción de que la distinción entre izquierda y derecha, basada como lo estaba en el conflicto entre la clase trabajadora y la burguesía, está obsoleto.

Claramente, este enfoque ha dado resultados rápidos en las encuestas, y da fe de que la izquierda tradicional ha quedado desacreditada en muchos países. Pero también resta importancia a la prominencia política de los intereses materiales y refuerza la idea de que los partidos pueden aspirar a representar a cualquiera independientemente de su posición social. El resultado es un grado de incoherencia política que hace difícil clarificar cuáles son exactamente los planes del partido cuando llegue el Gobierno, si lo consigue.

Mientras que, de forma rutinaria, la izquierda populista se envuelve en el manto de Antonio Gramsci, es difícil reconciliar su aversión a las políticas de clase con las perspectivas y compromisos de este. Como Gramsci argumentó en los Cuadernos de la cárcel, una “reforma intelectual y moral no puede dejar de estar ligada a un programa de reforma económica, o mejor, el programa de reforma económica es precisamente la manera concreta de presentarse de toda reforma intelectual y moral.”.

El núcleo de cualquier proyecto hegemónico efectivo debe ser una nueva economía política que cimiente la revolución con principios que los populistas de izquierda estén legítimamente interesados en conseguir. En ese sentido, Margaret Thatcher fue mucho mejor Gramsciana que muchos de sus epígonos cuando explicó las premisas básicas de su proyecto político: “la economía es el método; el objetivo es cambiar el corazón y el alma”.

Por romper una lanza por Iglesias, éste parece haber reconocido esto y está intentando reorientar a Podemos hacia políticas de clase y luchas laborales. Aquí [en USA], Alexandria Ocasio-Cortez y otros que defienden la propuesta de un New Deal Verde han sabido ligar sabiamente la necesidad de enfrentar el cambio climático con un programa económico para la clase trabajadora.

Los viejos partidos de masas de la izquierda están en declive, no solamente por sus estructuras organizativas anticuadas, sino también por haber implementado políticas que atacan y desorganizan su base social tradicional. Actualizar la forma del partido para encajar con el momento presente es un aspecto indispensable para reconstruir una alternativa política al capitalismo. Pero si los nuevos partidos de izquierda de la era digital no se implican en un proyecto de reorganización de la clase trabajadora y defensa de sus intereses, quizás puedan extinguirse con la misma velocidad con que nacieron.

Notas

  1. NdT: Se refiere a la oleada de huelgas de docentes y trabajadores de la educación pública en EE.UU. durante 2018-19.
  2. NdT: por extensión de la película de George du Maurier, alude a una persona que trama para sugestionar a una persona creativa o artista para que obre en su beneficio.
  3. NdT: que responde cuando se ve conminada a ellos, antónimo de proactiva.
  4. Revelaciones sobre el proceso de los comunistas en Colonia. Marx, 1853.

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