¿Hacia la robotización del trabajo, o hacia la robotización del trabajador?

FlexFellow es un modelo de cobot del fabricante KUKA.
FlexFellow es un modelo de cobot del fabricante KUKA.

Hace poco, publicábamos en esta revista un artículo titulado Industria 4.0: ¿el fin del trabajo o el fin del capitalismo?, del economista belga Henri Houben. En él se situaban algunas cuestiones de análisis relativas a lo que llamamos la «cuarta revolución industrial», y, en particular, a la parte de ésta relativa a la industria. De un tiempo a esta parte se vienen produciendo una serie de transformaciones en el sector manufacturero, cuyos resultados están siendo durísimos para los trabajadores. Esto es un hecho: cualquiera que pise una fábrica moderna verá que ha cambiado enormemente en los últimos años.

Una de las consecuencias más evidentes de estas transformaciones es la destrucción de puestos de trabajo. Aunque las fábricas siguen siendo espacios en los que se concentra un gran número de trabajadores, este se viene reduciendo desde hace años. Esto se debe a diversos factores. Uno de ellos es la externalización: la organización de la estructura jurídica de la producción ha cambiado, de forma que la cadena de valor, que antes se concentraba casi en su totalidad en una única empresa, ahora está más bien distribuída entre varias empresas (matriz-auxiliares) y en muchas ocasiones entre varios centros de trabajo. Este es el caso evidente del sector de la automoción: a la fábrica llega prácticamente todo preparado para que sólo haya que montarlo y darle salida. Lógicamente, eso redunda en una reducción del número de trabajadores concentrados en cada planta, al mismo tiempo que aumentan el número de plantas en una estructura empresarial globalizada.

Pero el factor de interés en este artículo es otro: la automatización. La introducción de máquinas de todo tipo que asumen cada vez más tareas también ha resultado en una reducción del número de empleos. O, más bien, ha facilitado que esa reducción se produzca: y es que, si bien las máquinas simplifican el trabajo, no destruyen empleo per se. La destrucción del empleo es el efecto colateral de la automatización, cuando ésta se lleva a cabo en base a los intereses de los grandes empresarios, los accionistas y los directivos. Para los trabajadores de la industria, la introducción de máquinas en sus espacios de trabajo no ha resultado en una simplificación del empleo, sino más bien en todo lo contrario: mayor agotamiento, ritmos más exigentes, disciplinas castrenses… El fenómeno que se está produciendo con la automatización no es una robotización del trabajo, sino una robotización del trabajador.

Sin embargo, tomados en abstracto, los datos de reducción de empleo en la industria podrían llevar a pensar que la automatización puede llegar a acabar con el empleo manual. Houben dibuja en su artículo la posibilidad de una fábrica prácticamente automatizada en su totalidad, con una pequeña plantilla de trabajadores «supervisores» que permanecen a la espera para actuar en caso de que haya algún problema en la línea de producción. Esta posibilidad no es descabellada, pero sí debe tomarse con la perspectiva necesaria: aunque debe servir de alerta para los trabajadores del sector industrial, también es necesario contextualizarla. Sobrestimar al enemigo es tan peligroso como subestimarlo. Así pues, ¿qué podemos esperar los trabajadores manufactureros de la industria 4.0?

Entre el análisis y la política ficción: las limitaciones técnicas de la automatización

El cambio en la industria ya es patente y profundo: las antiguas tareas más mecánicas, más repetitivas y más pesadas ya han sido asumidas por las máquinas. En esa transformación, nuevas tareas han ido apareciendo: tareas que pueden ser igual de agotadoras y repetitivas, y que se encuadran en una dinámica general de trabajo «a destajo» alentada por los directivos y los capataces en los talleres. Como señalábamos inicialmente, esta automatización no sólo no ha facilitado la vida a los obreros, sino que, incluso se la ha dificultado. Pero ese es otro tema.

Como decíamos, el cambio en la producción industrial ya ha tenido lugar a gran escala. Con la tecnología actual, el espacio para nuevas transformaciones del trabajo es limitado. aunque no inexistente. Tenemos en mente la idea de la robótica como la creación de auténticos humanoides sintéticos capaces de replicar físicamente (e incluso mentalmente) a un ser humano. Los medios de comunicación, con sus historias sobre robots japoneses, americanos o rusos, alimentan esa fantasía. Pero la realidad técnica es diferente: hoy en día, y así se enseña en las escuelas de ingeniería, los robots no son ni mucho menos elementos autónomos capaces de interactuar de forma libre con el medio que los rodea. Los robots actuales se parecen más a «autómatas» que a lo que comúnmente se entiende como robot, una idea proveniente de la ciencia ficción.

¿Qué quiere decir esto? Que los robots siguen siendo elementos bastante limitados. Son entidades pre-programadas para realizar una serie de tareas. Por supuesto, se mejora constantemente la forma en que las realizan. Se aumenta el número de sensores, se perfeccionan, se depuran los códigos, se agilizan los mecanismos físicos… Pero lo que es el concepto, la idea del robot, no ha cambiado en los últimos años. La interacción del robot con su entorno se produce en el marco de la programación de la que se la ha dotado. Dicho de otro modo, un robot carece de una inteligencia artificial autónoma. Por tanto, es incapaz de sustituir a un ser humano por completo. Podemos diseñar y fabricar robots para realizar tareas particulares, pero no para sustituir a una persona.

Esta idea es importante. La introducción de robots en la industria, o en cualquier otro sector, no elimina puestos de trabajo, sino que transforma el modo en que se trabaja. Elimina una tarea del repertorio de funciones a realizar por un trabajador, pero no elimina al trabajador. Nuevas tareas aparecen en el puesto de trabajo una vez que se ha transformado su naturaleza mediante la introducción del robot. El fenómeno de destrucción de empleo que está teniendo lugar de forma paralela a la automatización no es fruto de ésta, sino del proyecto político y económico al que sirve a día de hoy: el de los empresarios, los accionistas y los directivos. El de la maximización de beneficios. La introducción del robot, al transformar la realidad del trabajo, ofrece el contexto idóneo al capitalista para justificar la destrucción de empleo. Y así, escudándose en la eliminación de una tarea, el capitalista elimina un puesto de trabajo. El resultado es que el trabajador restante tiene que encargarse de lo que ya se encargaba, de lo que se encargaba su compañero despedido, y de las nuevas tareas que surgen a raíz de la introducción del robot.

¿Quiere esto decir que los robots nunca vayan a cambiar? En absoluto. La ciencia evoluciona, y es posible que el día de mañana nuestro capacidad de fabricar robots, y, por tanto, nuestro concepto de robot, cambie. Es difícil prever cuando puede producirse ese cambio. No parece una cuestión inmediata, pero tampoco imposible. Si nos centramos en el desarrollo técnico, no es una idea que esté sobre la mesa. El desarrollo de robots, como señalábamos anteriormente, se enfoca más bien hacia el perfeccionamiento y depuración de los modelos ya existentes que hacia una transformación profunda de la idea misma del robot. Por su parte, la investigación en inteligencia artificial se enfoca hacia el tratamiento de datos y la gestión de redes, no hacia el control de actuadores y la superación de los «autómatas».

Estas tendencias pueden cambiar, claro está: es posible que algún día, robótica e inteligencia artificial caminen de la mano, y la idea de la inteligencia artificial y las redes neuronales se enfoque hacia el control y gestión de mecanismos físicos. Cuando se produzca esa fusión, entonces nuestro concepto de robot deberá cambiar en consecuencia. El robot dejará de ser un elemento mecánico que asume una tarea, y entonces quizá pueda sustituir a un ser humano. Pero si llega ese momento, no será un problema exclusivo de los trabajadores de la industria: en el momento en que un robot pueda sustituir a un ser humano, cualquier trabajador podrá ser sustituido.

Lo que debemos tener en cuenta es que no es algo que esté sobre la mesa a día de hoy. Pertenece, por ahora, al ámbito de la ciencia ficción. Es una idea apasionante para filosofar, escribir libros o hacer películas, pero no es una idea que pueda tomarse como base de una línea política, porque entonces caeríamos en el ámbito de la política ficción. Si la política consiste en dar soluciones a problemas reales, mala política haremos intentando buscar soluciones para problemas imaginarios.

Perspectivas reales para la automatización en la industria

Es fundamental, por tanto, analizar las verdaderas dinámicas que conlleva la automatización para los trabajadores de la industria, a fin de poder encontrar soluciones a las problemáticas derivadas de la misma. Los robots no van a eliminar, al menos a corto-medio plazo, a los trabajadores humanos, pero si están transformando ya la forma en que éstos trabajan. Hablábamos ya del aumento de tareas y de la intensidad y los ritmos que están sufriendo los trabajadores a raíz de la introducción de las máquinas. Esta es una consecuencia directa y clara, que muestra la verdadera tendencia que se esconde bajo la automatización capitalista: la robotización del trabajador.

Al ponerse al trabajador a funcionar en una línea de producción en serie con una máquina, inmediatamente se está aumentando el ritmo de esa línea para situarlo al nivel de la máquina. Si el trabajador no funciona al ritmo de la máquina, se le acumularán las piezas y las tareas, y puede llegar a causar el bloqueo de toda la línea, con las consecuentes medidas disciplinarias por parte de la empresa, que pueden llegar a suponer incluso el despido. La presión es máxima. La máquina es implacable, y no se cansa: impone despiadadamente su ritmo de trabajo al resto de la cadena a partir del punto en que se sitúa. Es decir, obliga al trabajador a funcionar como una máquina. La introducción de la máquina en la línea de producción tiene como resultado la robotización del trabajador: se nos obliga a trabajar a un ritmo difícilmente sostenible, como si nosotros no nos agotáramos.

Esta tendencia si parece clara y evidente, y, además, va a acentuarse. Actualmente, trabajadores y máquinas convivimos en el espacio de trabajo y, aunque formamos parte de una misma línea y por tanto las consecuencias son claras, aún conservamos cierta independencia con respecto a ellas. Este paradigma de máquina y humano como elementos separados de una misma cadena ya está cambiando, y cambiará más en el futuro: lo que sí se está estudiando, enseñando e investigando desde la ingeniería es el modelo del co-bot, o robot cooperativo.

Conceptualmente, el robot cooperativo es el culmen de esta idea de robotizar al trabajador. Según el fabricante de robots KUKA, uno de los que mayor implantación tiene en el mundo, «el trabajador va a seguir siendo el centro de la producción». Sus modelos de co-bot prometen «aumentar la eficiencia y la concentración», así como dotar al trabajador de «nuevas habilidades». Traducido del lenguaje comercial, esto supone aumentar la integración hombre-máquina, aumentando la exigencia del trabajador para asumir el ritmo de la máquina (eficiencia y concentración) y dándole la posibilidad de aumentar el rango de tareas que puede llevar a cabo (nuevas habilidades). La máquina dirige, y el ser humano va detrás, obligado a mantenerse a su altura.

Otras opciones tecnológicas que también acentúan la tendencia de la robotización del trabajador son, por ejemplo, los exoesqueletos, que ya se han introducido en la planta valenciana de Ford. Estos exoesqueletos tienen como objetivo aumentar las capacidades del trabajador y reducir la fatiga. De nuevo, al servicio de los capitalistas, las innovaciones tecnológicas cobran una dimensión amenazante para los trabajadores: los exoesqueletos permiten asumir nuevas tareas, y, al reducir el desgaste, abren la puerta a nuevas formas de aumentar los ritmos. Puede que se haga directamente, reduciendo los tiempos asignados a las tareas, de forma que en la misma jornada se realice más carga de trabajo, o puede que se haga indirectamente, manteniendo los ritmos pero aumentando las jornadas gracias a la reducción del cansancio.

Finalmente, el elemento clave que distingue esta etapa de la cuarta revolución industrial de otras previas es la introducción de las tecnologías de la información y la comunicación a gran escala. Desde finales del siglo XX, las TIC han cambiado enormemente nuestra forma de vivir y relacionarnos, y es probable que en el futuro próximo los mayores cambios en nuestra forma de trabajo provengan precisamente de estas tecnologías. En el ámbito urbano y domótico, la creación de una red de comunicación entre máquinas que acentúe el carácter automatizado de algunos procesos (encendido y apagado de la calefacción, ahorro de energía según el momento del día, orientación de los toldos para garantizar la máxima cobertura en función de la hora…) ya está en marcha: es lo que denominamos Internet de las Cosas (en su versión anglosajona, IoT, Internet of the Things).

En el campo de la industria, esta parece ser la próxima gran revolución: comunicación e interconexión entre todos los elementos automatizados de la cadena, que aumentará la eficiencia y depurará procesos. La destrucción de empleo continuará bajo el criterio capitalista de la maximización de beneficios, aunque en esta fase de la cuarta revolución industrial no sólo se van a ver amenazados los puestos de trabajo de los obreros, sino también los de los capataces e incluso los de cuadros técnicos intermedios. La idea de la desaparición del trabajo manual sigue sin ser una opción real, pero todo el fenómeno social de aumento de la explotación en el marco de la competitividad capitalista si va a buscar resquicios a través de los cuales seguir reduciendo el número de trabajadores y aumentando la carga de los que vayan quedando.

Sea como sea, los capitalistas no invierten en este tipo de innovaciones para hacernos la vida más fácil, ni mucho menos, sino para optimizar y aumentar la producción como parte inevitable de la carrera competitiva que mantienen con el resto de capitalistas. Tampoco es una maniobra que puedan llevar a cabo de forma arbitraria cuando les apetezca: están limitados tanto por criterios técnicos como por criterios económicos. La introducción de tecnologías en el proceso productivo sólo es interesante para los capitalistas cuando aumenta la productividad del trabajo, y cuando reporta un beneficio económico claro (o bien cuando uno se queda atrás en comparación con sus competidores).

Todo ese proceso de optimización y aumento de la productividad supone para nosotros los trabajadores la obligación de actuar cada vez más como máquinas en un proceso de desgaste y agotamiento que ya está generando graves consecuencias. Ésta es la verdadera tragedia y la verdadera amenaza que se esconde bajo la automatización.

Soluciones reales para problemas reales

Mientras en los centros de trabajo los efectos se van haciendo notar, el fenómeno parece invisible para la agenda política. Es responsabilidad de la izquierda afrontar este proceso y ofrecer soluciones reales para los problemas que tienen los trabajadores de la industria.

Aunque hay tímidos intentos de ofrecer una respuesta a los problemas derivados de la cuarta revolución industrial, se están planteando desde enfoques limitados por el propio marco del capitalismo. Se ha hablado, por ejemplo, de cobrar un impuesto a los robots. Esta propuesta es insuficiente. Cobrar un impuesto a los robots con la idea de mantener algunos beneficios sociales, como la sanidad o las pensiones, no solucionará la raíz del problema: la destrucción de empleo y el aumento de la explotación de los trabajadores manufactureros. Si los trabajadores cada vez sufren más problemas de salud derivados de la intensidad y de los problemas psicológicos que conlleva la incertidumbre de ver tu puesto de trabajo siempre en peligro, el gasto sanitario aumentará. Las pensiones a las que tengan derecho los jubilados del mañana, si seguimos tolerando esta destrucción de empleo, serán exiguas. Cobrar un impuesto a los robots es hacerse un pan con unas hostias: no solucionará prácticamente nada.

Es una propuesta que entronca con la idea de la renta básica universal. Una corriente liberal de la izquierda que, en lugar de plantear la lucha en el puesto de trabajo, entrega felizmente ese espacio a los capitalistas, bien porque directamente ha renunciado a tener un programa alternativo al de estos, bien porque es presa de un falso y engañoso cambio social que supuestamente habría hecho desaparecer a la clase obrera y por tanto la lucha en el centro de trabajo no tendría sentido. En ambos casos tiene lugar una confluencia con los intereses de los capitalistas, y un distanciamiento con los intereses de los trabajadores.

La sociedad que se entrevé bajo esas propuestas es una sociedad de una mayoría de trabajadores sin trabajo, subsidiados con lo justo y beneficiarios de un sistema de servicios sociales de mínimos, una sociedad en la cual por justicia social se entendería sólo evitar que no nos muramos de hambre. Los pocos «afortunados» que tuvieran trabajo estarían condenados a tragar con todo con tal de mantenerlo, soportando condiciones durísimas con tal de distinguirse ligeramente por encima de una masa depauperada dispuesta a hacer su mismo trabajo por la mitad de dinero. Y, por encima de todo, una élite insultantemente rica viviendo a cuerpo de rey a costa de todos los demás.

Parece ser que en algún momento de la historia reciente la utopía de la izquierda se transformó en lo que siempre fue la utopía de la derecha. Eso es intolerable. La izquierda no puede compartir agenda con el liberalismo criminal. Nuestro discurso y nuestras propuestas han partido siempre de una forma distinta de entender el trabajo, que es lo que moldea el resto de la sociedad, y es ahí a donde debemos volver. A la propuesta de cobrar impuestos a los robots de la izquierda liberal, la izquierda de clase debe oponer la reducción de jornada sin reducción de salario. Al aumento de los ritmos y de la explotación, debe oponer esa misma reducción, junto con mecanismos de control obrero para democratizar la economía.

La automatización ofrece un mundo de posibilidades para que los trabajadores nos emancipemos, pero sólo si somos nosotros los que la dirigimos: mientras sean los empresarios los que lleven el timón, la automatización conllevará la robotización del trabajador. Ritmos más exigentes, disciplinas más duras en los puestos de trabajo, más precariedad, más explotación… Si fuéramos los trabajadores lo que dirigiéramos la economía, la automatización supondría más vacaciones y más tiempo libre. En nuestra mano está decidir qué modelo queremos para nosotros mismos y para nuestros hijos y nietos.

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