Considerar a las mujeres como una clase aparte

Conocer hasta qué punto Marx consideraba a las mujeres como una clase social aparte condiciona toda la práctica del movimiento obrero y el movimiento de las mujeres.

La cuestión de saber si las mujeres forman o no una clase social es un tema que tiene su origen tanto en problemas teóricos como políticos. Esta cuestión ya hace su aparición en Engels en El Origen de la propiedad privada, la familia y el Estado y luego otra vez en los años 70, en el movimiento social de las mujeres, especialmente en Francia. En el contexto social y político de este movimiento, aparecen ciertos nombres de teóricas, que toman el nombre de “feministas materialistas”, como Christine Delphy, Nicole-Claude Mathieu, Colette Guillaumin, Paola Tabet, por no citar más que a las principales1. Estas pensadoras se verán conducidas a retomar el concepto de clase social para concebir a las mujeres como otra clase social, distinta de la de los hombres. Para dar cuenta de la posición teórica y política de las feministas materialistas, es necesario ubicarla en su historia política: nace directamente del contexto de las luchas sociales y políticas en las que surge el Movimiento para la Liberación de la Mujer.

Estas teóricas, implicadas en estas luchas (algo que las honra), buscan darle una coherencia teórica al movimiento y dar cuenta de las condiciones comunes que comparten la mayoría de las mujeres. Pero también buscan el reconocimiento social y político de los problemas específicos que enfrentan las mujeres al considerar que en la teoría marxista clásica y en las organizaciones de izquierda, la emancipación de las mujeres sigue siendo un problema «secundario». Es este contexto el que las lleva a apropiarse del término “clase”, visible en el pensamiento marxista, y a considerar que las mujeres forman una clase social. A partir de esta posición teórica, llegan a la conclusión lógica de reivindicar una autonomía política del movimiento de las mujeres. O dicho de otra forma, a considerar que las mujeres deben abandonar las organizaciones de izquierda (los partidos y los sindicatos) para formar su propio movimiento debido a que, según ellas, las mujeres no tienen un interés común de clase con los hombres, los dos sexos forman dos clases sociales distintas y en lucha. Para resumir su posición, consideran que la teoría marxista no tiene en cuenta suficientemente a las mujeres  y las considera un problema subalterno.

Esta subalternidad de las mujeres se reproduce entonces en las organizaciones de izquierda, incapaces, según ellas, de hacer frente a los problemas que sufren las mujeres. Al tomar el concepto de “clase” de la teoría marxista, para afirmar que las mujeres pertenecen a una clase diferente que la de los hombres, creen que pueden arrojar luz sobre sus problemas y legitimar la demanda de autonomía política de su movimiento. Sin embargo, debido a la falta de una definición rigurosa en sus teorías, este concepto sigue siendo un concepto genérico. Se puede referir al concepto de “clase”, pero sin que este último término esté rigurosamente definido, como en la idea de “grupo”, o en como en la idea de “categoría”, en el sentido de “categoría de sexo” por ejemplo. En realidad, estos tres términos, clase, grupo y categoría, son utilizados como sinónimos en el feminismo materialista2.

Desde el punto de vista marxista, la relación entre la teoría y la política no es despreciable. Si la teoría se confunde en sus concepciones, corre el riesgo de conducir a una forma de ideología y, por lo tanto, obstaculizar, no ya la lucha política, sino también la estrategia política. Ahora es el momento de abrir este debate de nuevo y retornar a la obra de Marx para ver si es capaz de arrojar luz sobre estas cuestiones. En La Ideología Alemana, Marx parece orientarse hacia la idea según la cual las mujeres constituirían una clase aparte. Procediendo en esta obra a exponer una historia de la formación de las clases sociales, Marx plantea que estas surgen de la división del trabajo y de la propiedad privada. Para él, el origen de la división del trabajo se sitúa en la división sexual del trabajo y la familia sería la primera forma de propiedad privada, las mujeres serían entonces una clase aparte. Esta ideas parece confirmarse también en Engels, el cual, en El Origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, establece una analogía entre la situación del obrero con respecto a su patrón y la situación de la mujer con respecto a su esposo. Sin embargo, en el libro I de El Capital,  donde hace un uso masivo de datos concernientes a las mujeres, Marx nunca las considera como una clase social. ¿Cómo, en estas condiciones, se puede entender el lugar que él asigna a las mujeres en su análisis? ¿Debemos considerar que, al contrario de lo que escribe en La Ideología Alemana, considera en el libro I de El Capital las relaciones entre los sexos como subalternas en relación con la clase social?

Veremos que, en realidad, Marx no se orienta ni hacia una “subalternidad de las relaciones entre los sexos, ni hacia la constitución de una clase social de las mujeres. En este contexto, trataremos de entender cómo el análisis marxista puede arrojar nueva luz sobre las luchas por la emancipación de las mujeres.

Las mujeres en La Ideología Alemana

Para responder a la pregunta de si las mujeres constituyen una clase social, es necesario volver a analizar brevemente la manera en que Marx intenta elaborar el concepto de clase social en La Ideología Alemana.

Para Marx, las clases social no son una realidad ahistórica, por lo que tienen un nacimiento y un final. Es en este proceso de génesis lógica en el que Marx se apoya para el estudio histórico de diferentes sociedades humanas en diferentes periodos. Para ello, analiza con más detenimiento los conceptos de división del trabajo y propiedad privada.

En primer lugar, para él, estos dos términos parecen ser diferentes, pero en realidad designan la misma cosa. Uno nos permite entender el movimiento, la actividad humana, el otro nos permite captar el resultado, el producto de esta actividad humana. Para él, “…división del trabajo y propiedad privada son términos idénticos: uno de ellos dice, referido a la actividad, lo mismo que el otro, referido al producto de ésta.”3

Es primero en el “acto sexual” que Marx sitúa una de las formas más tempranas de división del trabajo. La división del trabajo surge sobre la base de la diferencia sexual en que esta última plantea el problema de la procreación: “…la división del trabajo, que originariamente no pasaba de la división del trabajo en el acto sexual y, más tarde, de una división del trabajo espontáneo o introducida de un modo «natural» en atención a las dotes físicas (por ejemplo, la fuerza corporal), a las necesidades, a las coincidencias fortuitas, etc., etc.”4 Como la división del trabajo y la propiedad privada no van una sin la otra, también es en la familia donde Marx ubica la primera forma de propiedad privada: “…la propiedad, […] cuyo primer germen, cuya forma inicial se contiene ya en la familia, donde la mujer y los hijos son los esclavos del marido. La esclavitud, todavía muy rudimentaria, ciertamente, latente en la familia, es la primera forma de propiedad, que, por lo demás, ya aquí corresponde perfectamente a la definición de los modernos economistas, según la cual es el derecho a disponer de la fuerza de trabajo de otros.”5

Esta última cita, de apariencia límpida, nos lleva a creer que, debido a esta división del trabajo, las mujeres constituyen una clase social. Va incluso más allá ya que argumenta que las mujeres, como los niños, son una fuerza de trabajo disponible para el maestro o patrón, en otras palabras, para el padre y el esposo que la posee. Esta división del trabajo, fundada sobre la diferencia sexual, plantea por un lado un maestro o patrón, necesaria y exclusivamente buscador de placer, de la otra una mujer (y los hijos), fuerzas de trabajo a disposición del maestro propietario.  De esta forma, parece confirmar la proposición de Engels según la cual: “El hombre es en la familia el burgués; la mujer representa en ella al proletario.”6

En realidad, Engels parte de una analogía con las relaciones sociales dominantes (burgueses/proletarios) tal y como existen en el modo de producción capitalista. No es lo mismo en el caso de Marx. Para comprender mejor la posición de Marx, este último pasaje de la ideología alemana, tan valioso como es, no es suficiente. Al continuar con el análisis de Marx de la división del trabajo más allá de este pasaje único sobre las mujeres, descubrimos que su marco teórico es más amplio de lo que parece. En otras palabras, si Marx ubica en lo que él llama el «acto sexual» el origen de la división del trabajo, esto no quiere decir que se realice plenamente. Para él, la historia lógica7 de la división del trabajo pasa por varias etapas antes de realizarse completamente, antes de que pueda considerarse como la base de las clases sociales: entre la división del trabajo en el acto sexual y el nacimiento de las clases sociales se intercala un cierto número de etapas que debemos analizar para comprender mejor a partir de qué momento es realmente posible hablar de una división del trabajo plenamente realizada y, por lo tanto, hablar realmente de clases sociales.

Uno de los primeros efectos de la división real del trabajo es que conduce a una forma de “amputación” del individuo.

La división del trabajo adquiere un carácter real, según Marx, sólo cuando existe una división entre el trabajo material por un lado y el trabajo intelectual por el otro. Marx insiste en el carácter fundador de esta primera forma efectiva de división porque trata de hacer que la génesis tenga en cuenta el fenómeno de la “ideología”8 o de una conciencia que está “al revés”. En efecto, “La división del trabajo sólo se convierte en verdadera división a partir del momento en que se separan el trabajo material y el mental […]. Desde este instante, puede ya la conciencia imaginarse realmente que es algo más y algo distinto que la conciencia de la práctica existente, que representa realmente algo sin representar algo real; desde este instante se halla la conciencia en condiciones de emanciparse del mundo y entregarse a la creación de la teoría «pura», de la teología «pura», la filosofía «pura», la moral «pura», etc.”9

Uno de los primeros efectos de la división efectiva del trabajo es que conduce a una forma de “amputación” del individuo para hacer de este último un ser limitado, un ser limitado únicamente al trabajo manual pero incapaz de “conceptualizar”, o al contrario un ser solamente limitado al trabajo intelectual más incapaz de tener una “consciencia práctica”. Luego, además de los límites que impone a los individuos, la división del trabajo implica necesariamente distribuir los instrumentos de la producción. En el marco de sus actividades productivas, los individuos se relacionan con el material en el que están trabajando o con la herramienta con la que trabajan. Al mismo tiempo que están limitados a un tipo específico de actividad, están limitados en relación con el tipo de instrumento que utilizan. En efecto, “La división del trabajo sienta ya de antemano las premisas para la división de las condiciones de trabajo, las herramientas y los materiales.”10

Finalmente, el desarrollo de la división del trabajo conduce a la formación de clases sociales cuando desemboca en la separación de la ciudad y el campo. Desde el momento en que las ciudades emergen en oposición al campo, estamos presenciando, estrictamente hablando, el nacimiento de clases sociales. Efectivamente, “La más importante división del trabajo físico e intelectual es la separación entre la ciudad y el campo. La oposición entre el campo y la ciudad comienza con el tránsito de la barbarie a la civilización, del régimen tribal al Estado, de la localidad a la nación, y se mantiene a lo largo de toda la historia de la civilización hasta llegar a nuestros días […] Se manifiesta aquí por vez primera la separación de la población en dos grandes clases, basada directamente en la división del trabajo y en los instrumentos de producción.”11 Entendemos por este pasaje que si la división del trabajo es realmente la base de la formación de las clases sociales, debe perseguir un cierto desarrollo antes de que aparezcan las clases sociales con intereses claramente opuestos. Por lo tanto, si la división del trabajo tiene su origen en el acto sexual, este momento en la historia lógica del nacimiento y el desarrollo de la división del trabajo no es suficiente por sí mismo para dar origen a las clases sociales.

Un segundo elemento de análisis permite comprender por qué las mujeres no se pueden encuadrar en una clase social distinta. La relación entre los sexos y entre las generaciones en el seno de la familia se basa efectivamente en un tipo de división del trabajo. Por lo tanto, está acompañada necesariamente de un tipo de propiedad privada. Tan pronto como se plantean los conceptos de división del trabajo y propiedad privada, es necesario considerar que los individuos involucrados en este proceso tienen relaciones que corresponden al tipo de propiedad privada en la que se enmarcan. Tan pronto como hay una división del trabajo y, por lo tanto, propiedad privada, esto implica, por un lado, que los individuos se someten a una forma de amputación y, por otro lado, que estas relaciones se rigen por lo que podemos denominar relaciones de dominación. Pero la forma que toma la división del trabajo en la relación entre los sexos y entre las generaciones en el seno de la familia y la naturaleza específica de ese tipo de propiedad privada no implica que se formen desde el primer momento las relaciones de clase.

En efecto, en el marco de la familia, mujeres, hombres y niños forman una “comunidad” de vida. En esas condiciones, las mujeres se indentifican con el interés comunitario de la familia. Ellas pueden, al igual que los niños, encontrarse con una relación de dominación con su cónyuge y, sin embargo, gobernadas por el interés material de la familia, estar relativamente determinadas (por las condiciones materiales) a identificarse con ese interés. Desde este punto de vista, Marx se muestra relativamente próximo a Hegel. Si bien Marx y Hegel en absoluto tienen un análisis similar del matrimonio y de la familia, sí tienen cierta cercanía en la cuestión de la negación de la personalidad de los individuos en el seno de la familia. En los Principios de la filosofía del derecho (tercera parte dedicada a la “eticidad”, primera sección titulada “La familia”), Hegel escribe que “el punto de partida objetivo [del matrimonio] es el libre consentimiento de las personas, el consentimiento para constituir una sola persona, la renuncia a su personalidad natural y singular en esta unidad, […] es, en este sentido, una autorestricción”12

En este sentido, si, según Marx la relación de propiedad privada implica, en efecto, una relación de dominación masculina, en cambio, dentro de la familia, es el conjunto de miembros de esta comunidad quienes ven su personalidad negada en tanto que individuos. En el fondo, en el marco de esta forma específica de propiedad privada que constituye eso que nosotros podemos llamar la familia patriarcal, ninguno de sus miembros existe en realidad en tanto que individuos. Es la unidad de los miembros la que, en tanto que “unidad”, constituye una “personalidad”. En efecto, según Hegel, “La familia, como persona, tiene su realidad externa en una propiedad, en la cual reside la existencia de su personalidad sustancial, solamente en cuanto la tiene en bienes.”13

Para Hegel, el matrimonio supone la negación de las personalidades individuales, que son subsumidas en la comunidad de vida y la fundación de una familia implica la propiedad. Al contrario que Hegel, Marx critica la división del trabajo en el acto sexual ya que aboga por la abolición de la división del trabajo y la propiedad privada. En cambio, se aproxima a Hegel al considerar que, en el seno de la familia, los diferentes individuos, sin importar el género o la edad, no existen en realidad “en tanto que individuos”. Esta forma de existencia comunitaria evita que las mujeres, en el seno de la propiedad privada familiar, se constituyan realmente en clase social. Además, para que las mujeres se conviertan en una clase social por entero, sería necesario que se agruparan bajo unas condiciones materiales comunes que les permitieran identificar un interés común en el marco de luchas comunes que confrontaran contra los cabeza de familia. Sin embargo, en el contexto de la propiedad privada familiar, hay una tendencia prioritaria a identificarse con el interés comunitario de la familia por encima de un interés en tanto que individuos miembros de una clase de mujeres.

En estas condiciones, la naturaleza del vínculo entre una mujer y un hombre, así como los niños dentro de la familia patriarcal, en nuestra opinión, no tiene nada que ver con el vínculo entre el obrero y su patrón. El primero es de naturaleza “personal”, el segundo es de naturaleza “impersonal”. El obrero no forma, en ningún caso, una “comunidad de intereses” con el patrón. Dicho de otra forma, no defiende, en general, el interés de su jefe y, si va a la huelga, es, por ejemplo, para aumentar su salario. A diferencia de la relación que una mujer tiene con su cónyuge, la relación del trabajador con su jefe no es una relación afectiva, es una relación impersonal en el sentido de que el trabajador es relativamente indiferente a la persona del patrón. Tiene un jefe hoy, mañana probablemente tendrá otro y así sucesivamente.

En el cuidado que las mujeres brindan a los diversos miembros de la familia, a los niños en particular, así como en el trabajo doméstico, pueden mantener con estas diferentes actividades “una relación de servidumbre emocional”, pero el hecho es que este tipo de relaciones no se dan aisladamente de las condiciones en las que se llevan a cabo estas actividades. Debido a que se identifican con el interés comunitario, están impulsadas por un sentimiento de pertenencia a la propiedad privada familiar. Llaman al producto de su procreación “sus” hijos”. En cambio, el trabajador no llama a las mercancías, que sin embargo son el fruto de su trabajo, “sus” productos o “sus” mercancías.

Las mujeres en el Libro I de El Capital

Hemos visto que, en La Ideología Alemana, Marx reconoce plenamente una división sexual del trabajo que hace de las mujeres y los niños una “fuerza de trabajo” y seres dominados. Hemos visto igualmente que esta división del trabajo en el seno de la familia alcanzó un grado de desarrollo suficiente para que las mujeres fueran verdaderamente una clase social. ¿Cómo evoluciona esta cuestión en el pensamiento de Marx? Para responder a esta pregunta, hay que ir directamente al libro I de El Capital, donde Marx aborda extensamente la cuestión de las relaciones entre los sexos y donde recopila enormes cantidades de datos relativos a las mujeres. Si estos dato no tienen un valor puramente documental, sino que son el objeto de un análisis de Marx, ¿a dónde le lleva este análisis exactamente? ¿La amplitud de los datos permitirá constituir a las mujeres en una clase social completa? Este no es el camino que escoge Marx.

En el libro I de El Capital, las mujeres no son una clase social, en cambio son consideradas una categoría de asalariados. ¿Esto implica que el tema de las relaciones entre los sexos se convierte en algo subalterno a las cuestiones de clase? Para Marx, las relaciones entre los sexos están plenamente integrados en el análisis de la clase obrera como un todo. La clase obrera, las masas de los trabajadores y las trabajadoras,  no formaría inmediatamente una unidad, o un todo que se unificaría mecánicamente. Al contrario, se encuentra dividida en categorías, algunas de las cuales, como el sexo o la edad, son a la vez naturales e históricas. Lo propio del capital es aprovechar las divisiones naturales e históricas para convertirlas en categorías económicas. Las mujeres, según la división entre los sexos, se convierten para el capital en una categoría económica, una categoría específica de asalariados para la cual es posible establecer constantes, encontrar puntos comunes. Bajo el yugo del capital del siglo XIX ocurría lo mismo, en base a la división entre edades, para los niños. Es a partir de este esquema que el análisis de Marx comienza y que nos dibuja la imagen de las diferentes categorías de asalariados, y las contradicciones y divisiones entre ellas.

De hecho, en el libro I de El Capital, el trabajador concreto, real, siempre tiene un sexo y una edad (y Marx también añade la cualificación, porque desempeña un papel en la división en categorías de los asalariados). Estas categorías muestran constantes en el dominio empírico en relación con los individuos que subsumen. Por ejemplo, los salarios de las categorías femeninas adultas de trabajadores son, en promedio, la mitad de los salarios de los trabajadores masculinos adultos. De manera similar, los individuos incluídos en una categoría pueden presentar constantes que trascienden la clase social: por ejemplo, una ley del Código Civil Napoleónico somete a todas las mujeres casadas a la autoridad de sus esposos. No obstante, las mujeres de la clase obrera, las únicas que han sido objeto del análisis de Marx en el libro I de El Capital, entran dentro de la clase obrera en su conjunto.

Las mujeres son una categoría socio-económica en el corazón de la contradicción entre la propiedad privada familiar y la propiedad privada capitalista

La particularidad de la categoría de los asalariados adultos de sexo femenino es que se encuentra en el corazón de la contradicción entre dos tipos de propiedad privada. En el análisis de Marx, las mujeres adultas no están separadas entre su vida en casa y su vida en la fábrica, al contrario, están atrapadas en ese vaivén, teniendo en cuenta los efectos que esto tiene en los diferentes miembros de la familia, pero también en el salario. La categoría de las mujeres proletarias se encuentra, en primer lugar, a la cabeza un todo que es la familia obrera. En el seno de esta unidad, las mujeres sufren la división sexual del trabajo al igual que los niños la división generacional. Cada componente de este conjunto es considerado de forma dialéctica en su trayectoria entre el hogar y la fábrica, una trayectoria en la que, por supuesto, las luchas laborales se mezclan. Así es como surge una violenta contradicción entre dos tipos de propiedad privada: la familia y la fábrica. Si el feudalismo, que afecta a las relaciones dentro de la familia, es una herencia más antigua que la historia capitalista, no es menos cierto que la llegada del capitalismo tiene un impacto directo en la familia y afecta a la división del trabajo que caracteriza a esta forma de propiedad privada.

En la historia del desarrollo de la división del trabajo, Marx no separa lo que ocurre dentro de la familia (y que se acelera con la llegada del modo de producción capitalista) de lo que ocurre en el seno del mercado de trabajo. Tiene en cuenta los dos extremos de la relación contradictoria entre estos dos tipos de propiedad privada y de división del trabajo, los dos extremos de estas instituciones sociales que son la familia y la fábrica, porque lo que sucede en uno tiene consecuencias en el seno del otro. Las consecuencias de la división del trabajo dentro del hogar pueden a su vez transformarse en luchas obreras, por ejemplo, prohibir el trabajo nocturno de las categorías de asalariados que son las mujeres adultas. Es imposible repasar aquí todas las consecuencias para la familia y para los asalariados causadas por la entrada masiva de las mujeres (así como de los niños y adolescentes de ambos sexos) en el mercado laboral, con la llegada de la gran industria. Sin embargo, podemos ver que la cuestión de las relaciones entre los sexos no es, ni una cuestión secundaria, ni una cuestión prioritaria, sino un gran problema: por una parte, de la división categorial en el mismo seno de la clase obrera, y por otra, de una relación contradictoria entre los dos tipos de propiedad privada que son la familia y la fábrica.

La perspectiva política

Después de tratar de arrojar luz sobre estas cuestiones desde un punto de vista teórico en Marx, ahora se trata de considerar estas preguntas desde una perspectiva política. Al no partir de una definición rigurosa del concepto de clase, las feministas materialistas no contaban con los medios para concebir a las mujeres como una parte integrante de los asalariados. Su concepción hizo posible pensar en el trabajo doméstico de las mujeres y su trabajo con los niños, pero dejó su relación con el capital como asalariadas en un punto muerto. Además, esta falta de una definición rigurosa del concepto de clase les llevó a confundir el concepto de mujeres en tanto que categoría sexual y a las mujeres en tanto que categoría socio-económica que forma parte de una clase social. A causa de esta confusión, la lucha feminista se vio reducida a no ser más que una lucha de identidad. Al no situar en su lugar los conceptos adecuados, las feministas materialistas se encontraron en dificultades para analizar el momento histórico que atravesaban, pero también se encontraron con problemas para analizar a más largo plazo la cuestión de la emancipación de las mujeres.

La emancipación política no es suficiente para lograr lo que Marx llama emancipación humana o emancipación social

En realidad, en nuestra opinión, la década de los 70 es la culminación del proceso de emancipación política de las mujeres. Esto significa que al final de este proceso, que comienza con el derecho al voto, las mujeres se convierten en sujetos de derecho, es decir, ciudadanos plenos, como se convirtieron en 1848 los obreros masculinos franceses obteniendo el derechos al sufragio universal masculino. Las mujeres devienen un sujeto de derecho en la casa en el seno de la familia y en el seno de la sociedad civil. Después de obtener el derecho al voto, obtienen que la “patria potestad” pase a convertirse en “autoridad parental”. Debido a que las mujeres se involucraron por primera vez en un proceso de emancipación política, pudieron reclamar la autonomía política con respecto a las organizaciones políticas y sindicales. En este contexto, las mujeres de la clase obrera y las mujeres de la burguesía tenían intereses comunes. Igualmente, en Francia, durante todo un periodo del siglo XIX, los obreros se asocian con la burguesía para realizar la emancipación política e instaurar la República. Pero, si la emancipación política constituye un progreso indiscutible desde un punto de vista marxista, no es suficiente para lograr lo que Marx llama emancipación humana o emancipación social. Porque, al convertirse en sujetos de derecho, los trabajadores y las trabajadoras no han superado las relaciones sociales vinculadas a la división del trabajo y la propiedad privada y siguen enrolados en las relaciones de estos dos tipos de propiedad privada que son la familia y la fábrica.

Las organizaciones obreras no logran una estrategia política clara cuando se trata de las mujeres y su emancipación

Además, estas confusiones conceptuales entre categoría de sexo y categoría socioeconómica, así como la confusión entre emancipación política y emancipación social, acabaron reproduciéndose también en el seno de las propias organizaciones de trabajadores. Ante la demanda de autonomía política del movimiento de mujeres, particularmente en la década de 1970 en Francia, las organizaciones obreras terminaron integrando las cuestiones feministas a finales del siglo XX, pero reproduciendo la confusión conceptual de las teóricas del Movimiento de Liberación de las Mujeres. Si queremos aclarar este problema, es importante entender que, como categoría de sexo, las mujeres están incorporadas bajo lo que llamamos “derechos humanos”, es decir, las mujeres son consideradas como seres humano y como tales, tienen derecho a reclamar los derechos fundamentales de todos los seres humanos. Esto es parte del proceso de emancipación política universal de las mujeres.

En cambio, como categoría socioeconómica, las mujeres se dividen según su lugar en las relaciones de producción capitalistas. En la medida en que, para Marx, en primer lugar, las mujeres no pertenecen a una clase social, sino que son una categoría socioeconómica, y en segundo lugar, que las relaciones que las mujeres mantienen en el seno de la familia están condicionadas por la relación entre el capital y el trabajo, entonces su interés como categoría socioeconómica es o el interés de clase de la burguesía, o el interés de clase del proletariado. Como el lugar que ocupan las mujeres en el seno de la propiedad privada familiar no es suficiente para hacer de ellas una clase social aparte, es la posición que ellas ocupan, junto con su familia, en las relaciones de producción capitalistas lo que determina su posición de clase.

Si no se distingue la categoría de sexo de la categoría socioeconómica, la cuestión de la emancipación de las mujeres se presenta como relativa a la defensa de las minorías

Sin arrojar luz sobre estas confusiones teóricas, las organizaciones obreras no pueden presentar una estratégia política clara cuando se trata de las mujeres y su emancipación. Al confundir la emancipación política y la emancipación social, no piensan en el interés de clase de las mujeres proletarias y, de hecho, se llega a considerarlas sólo como una categoría de sexo. De manera similar, cuando adoptan las ideas de algunas teóricas feministas según las cuales las mujeres serían otra clase social aparte, son llevadas a pensar en las mujeres como un tema importante, ciertamente, pero que se mantiene al margen de los problemas de las mujeres como categoría socioeconómica y, por ejemplo, ponen al mismo nivel la cuestión de las luchas feministas y la cuestión de la lucha de clases, como si las mujeres estuvieran fuera de las relaciones entre el capital y el trabajo. También, cuando tienen que lidiar con problemas relacionados con la propiedad privada familiar, vuelven a considerar a las mujeres como una categoría de sexo, y esto les lleva a tratar estos problemas como una cuestión societal relacionada con la evolución de la moral o incluso como una cuestión identitaria que pondría en primer plano el derecho al reconocimiento de las minorías.

Sin embargo, estas confusiones políticas son perjudiciales para el interés de clase de los asalariados como conjunto y son susceptibles de conducir a callejones sin salida políticos. Sin situar la centralidad del concepto de clase en el marco de una perspectiva comunista, y al no distinguir la categoría de sexo de la categoría socioeconómica, las organizaciones obreras se pierden en los laberintos y las contradicciones de la izquierda, como en Estados Unidos donde la cuestión de la emancipación de las mujeres se relaciona con la defensa de las minorías. Una defensa de las minorías donde el concepto de clase ha sido evacuado y las minorías aparecen no solo como aisladas o separadas de las cuestiones sociales sino, mucho peor, como opuestas a los intereses de las masas. Estas confusiones terminan siendo perjudiciales no solo para las organizaciones obreras sino también para la mayoría de las mujeres, en la medida en que es del lado de la clase obrera que las mujeres, en tanto que categoría de sexo y categoría económica son las más numerosas.

Debido a las cuestiones tanto teóricas como políticas puestas de relieve por la forma en que son analizadas las mujeres tanto por el lado de las organizaciones feministas como por el lado de las organizaciones obreras, serán necesarios amplios debates y una amplia confrontación política para pensar en la emancipación política universal de las mujeres en tanto que categoría sexual y pensar en su participación en la lucha de clases en tanto que categoría socioeconómica.

Notas

  1. Según Michèle Riot-Sarcey, «otras mujeres están construyendo sistemas de pensamiento que, desde un punto de vista epistemológico, perturban el imperio de lo masculino. Entre ellas, y por nombrar algunas, están Paola Tabet, Nicole-Claude Mathieu, antropólogas, […] Colette Guillaumin, Christine Delphy, sociólogas, Michèle Le Dœuff, filósofa.». M. Riot-Sarcey, Histoire du féminisme, Paris, La Découverte, 2002, p. 104.

  2. Penser le genre, Syllepse, 2009, pp. 296-297.

  3. La Ideología Alemana https://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/feuerbach/2.htm
  4. Íbid.
  5. Íbid.

  6. El Orígen de la Familia, https://www.marxists.org/espanol/m-e/1880s/origen/el_origen_de_la_familia.pdf
  7. La historia “lógica” aquí significa que Marx se sitúa fuera de la temporalidad histórica. Como no puede regresar a los primeros días de la humanidad, está obligado a establecer un modelo de partida para explicar cómo se formaron originalmente la división del trabajo y la propiedad privada.

  8. No trataremos aquí el problema de la “ideología” que no es nuestro tema, solo buscaremos rastrear la forma en que Marx elabora el concepto de “clase social”.
  9. La Ideología Alemana
  10. Íbid.
  11. Íbid.

  12. Hegel. Principio de la filosofía del derecho, http://upcndigital.org/~ciper/biblioteca/Filosofia%20moderna/Hegel%20-%20Filosofia%20del%20Derecho.pdf
  13. Íbid. p. 163

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