Norma Rae, o la vigencia de la lucha de clases

Norma Rae es una película ambientada en los años 70 que, sin embargo, millones de trabajadores encontraremos tristemente familiar. Una historia de resistencia, de valentía, de organización, de acción colectiva. Una de tantas partes de la historia de nuestra clase: de la que ya hemos hecho, y de la que nos queda por hacer.

Ruben, sindicalista, le ofrece un panfleto a Norma, obrera textil, el primer día que va a repartir a la fábrica donde trabaja

Si pensamos en el mundo tal como era a principios del siglo XIX, cuando Marx y Engels deducen la teoría comunista, probablemente nos imaginemos una época que poco tiene que ver con la actual. Tal es la desconexión que existe hoy en día entre la mayoría social y su propia historia, sus propias tradiciones de lucha y organización, que ese divorcio se extiende a épocas mucho más recientes, como podrían ser los años 70, en los que se ambienta esta película. En cuarenta años, en lo relativo a la lucha de clases, parece que se han borrado de un plumazo tantas y tantas luchas, tantas y tantas victorias. ¿Realmente ha cambiado tanto el mundo del trabajo, o más bien estamos ante un problema ideológico, de conciencia?

A pesar de que el minero inglés que baja al pozo con una lámpara de gas de antaño queda lejos del trabajador que hoy lee las noticias en el móvil, el sistema y la manera de producir de la sociedad no son diferentes. Apenas ha cambiado más que algunas relaciones de poder entre estados a nivel global (cambios en la correlación de fuerzas del imperialismo con el auge de Estados Unidos durante el siglo XX), pero no así la raíz de de la sociedad. El análisis de entonces, con algunas actualizaciones necesarias, mantiene su validez. La película Norma Rae nos ofrece la oportunidad de echar la mirada atrás y plantearnos en qué y cuánto hemos cambiado, para medir la distancia entre ese minero inglés y el trabajador del móvil. Puede que a muchos les sorprenda, porque igual podemos deducir que somos los mismos trabajadores en la miseria, pero con algunos juguetitos caros.

Ruben Warshosky es el punto de partida del argumento de la película. Es un joven sindicalista de Nueva York que se desplaza hasta un pequeño pueblo de EEUU con el objetivo de organizar un sindicato en la fábrica textil que da trabajo a la mayoría de sus habitantes. Enviado por el sindicato, tiene la difícil tarea de organizar a los trabajadores de la única planta en la que aún no está presente la «Unión de Trabajadores Textiles de América»: el resultado para la plantilla de la fábrica es una sucesión de constantes abusos en cuanto a horarios demoníacos, ritmos de trabajo perversos y salarios de miseria (¿nos va sonando algo?). La importancia que tiene para Ruben la organización del sindicato es situar a los trabajadores en mejores condiciones para hacer frente a los abusos empresariales.

Unos abusos que se relatan en la película en el marco de la fábrica, pero que podríamos encontrarnos en muchos centros de trabajo que nos rodean. La escena en la que, en la primera reunión, los trabajadores comentan las razones por las cuales se sienten ahogados podrían relatarla perfectamente centenares de sindicalistas en España. «Cuando estoy cansada, no me dejan parar. Apenas tenemos descanso», relata una de las trabajadores de mayor edad. «Cuando tengo la regla, los dolores casi no me dejan ni levantarme», apunta otra. «Yo antes trabajaba frente a una ventana, pero la tapiaron, y ahora trabajo en una esquina oscura», comenta un trabajador afroamericano. Para muchísimos trabajadores, aquí y ahora, es difícil que no vengan a la mente casos como el de Correos, PSA-Peugeot o Amazon.

Cuando Ruben llega, la situación en la planta respone punto por punto a lo que los patrones quieren, algo que todos los trabajadores perciben como injusto, pero que sin embargo lleva sucediendo desde… ¿el principio de los tiempos? La reivindicación sindical es clara: lo mínimo es que en las fábricas se tenga en cuenta la opinión de los trabajadores. Lo máximo es que los trabajadores sean quienes tengan, de forma democrático, el control de la empresa. ¿Por qué no habrían de tenerla, si son los que producen la riqueza, los que la hacen funcionar? ¿Cuantos jefes sabrían entrar por la mañana y encender una máquina o llevar a cabo el más sencillo de los procedimientos que los trabajadores, en cambio, realizamos prácticamente de memoria?

Norma Rae es el otro personaje clave en la película; no en vano le da nombre, y es su historia la que se narra. Ella es la chispa que Ruben viene a prender, y que terminará por quemar toda la pradera. Norma, en cierta medida, somos todos los trabajadores: es difícil que no nos identifiquemos con ella. Una trabajadora joven, dependiente de su puesto de trabajo y que, por tanto, está implicada con la fábrica como nadie. No es ninguna comunista, ni ha oído hablar de un sindicato hasta que conoce a Ruben; pero sufre, como todos sus compañeros, la dureza de las condiciones de trabajo. Y tiene la valentía, con tres hijos y un marido que también trabaja en la fábrica, de alzar la voz.

NORMA RAE, Sally Field, 1979. TM and Copyright © 20th Century Fox Film Corp. All rights reserved. Courtesy: Everett Collection.

También nos resultarán familiares los juegos de los propietarios y sus capataces, que son los del capitalismo, para acallar las voces que gritan en su contra. Primero, intentan coptar a Norma: es ascendida a supervisora, intentando convertirla así en «una de ellos». Aquí cada cual emplea las armas que tiene: Norma, al igual que todos los trabajadores, no tiene nada más (y al mismo tiempo, nada menos), que su fuerza de trabajo, la fuente de la riqueza de los propietarios; estos, a su vez, tienen el capital, el dinero, la infraestructura, y no dudan en colocar a Norma en una posición ventajosa, jugando con su miseria como un gato con su ratón recién cazado. Quieren comprarla a cambio de lo que ella no tiene: un raquítico aumento de salario, algo que sale baratísimo comparado con callar una voz crítica y arrebatar a los trabajadores a una de los suyos, capaz, valiente y decidida, para poner esas cualidades al servicio de los propietarios.

Pero Norma dice no. Norma no está dispuesta a convertirse en una chivata, en una latiguera, en una miserable, por unas pocas monedas. Norma sabe quién es su familia, y de qué lado tiene que estar. Por eso une fuerzas con Ruben y, poco a poco, el sindicato empieza a meter la pata en la fábrica. Los propietarios y los capataces se ponen nerviosos cuando los trabajadores, con Norma a la cabeza, empiezan a decir que no. Por eso, recurren a otras armas que también nos suenan familiares: buscan la división de la plantilla, fomentan la desunión, entre hombres y mujeres, entre blancos y negros, entre viejos y jóvenes.

La tan extendida frase de que «los inmigrantes vienen a quitarnos el trabajo» ya se pronunciaba en los EEUU del siglo pasado bajo la forma «los negros vienen a quitarnos el trabajo», aunque hoy son los mexicanos como lo fueron en su tiempo los judíos. Los propietarios hacen correr la voz de que el sindicato ha prometido a «los negros» el control de la fábrica para expulsar a los blancos.

A los capitalistas les gustamos así: separados, encasillados, sentados en la última fila del autobús y las mujeres en la cocina, peleándonos antes por migas de democracia que luchando por nacionalizar Endesa o porque se garantice el derecho a la vivienda. A Ruben y a Norma les cuesta meses de poner la espalda y remangarse ganar, con cuentagotas, que los trabajadores se vayan sumando al sindicato. Mientras, a los propietarios les basta con simplemente colocar un cartel para azuzar el miedo entre la plantilla o difundir un rumor para enemistar a trabajadores blancos con trabajadores negros y debilitar la resistencia de la plantilla.

¿No nos resultan familiares estas maniobras? ¿No intentan ponernos a unos contra otros, o, al menos, impedir que nos unamos? Subcontratas, externalizaciones, miles de categorías profesionales, eventuales y fijos, «nativos» y extranjeros, afiliados de un sindicato o de otro… Empresas como Amazon, que deriva los encargos de las plantas en huelga a otras operativas, aprovechan estos resquicios para intentar neutralizar las huelgas y las movilizaciones obreras.

La película finaliza con la votación en la que, finalmente, los trabajadores logran el reconocimiento del sindicato por parte de la empresa. Ruben, militante sindical, vuelve a Nueva York con la satisfacción del trabajo bien hecho: los obreros de la única planta sin organización sindical ya tienen un escudo con el que cubrirse ante los abusos. El final tan exitoso y apoteósico va a caballo entre la moraleja y la propaganda; no nos importa. La lección que se puede extraer de la figura de Ruben, como una resurrección del Pavel que leímos en La madre, eclipsa completamente la carnaza folclórica que pueda darnos el director con las emocionantes escenas de la votación cuando, entre lágrimas de alegría y vítores de madres trabajadoras, se crea el sindicato.

Norma Rae nos cuenta una historia de épicas cotidianas, de héroes y heroínas anónimos, de grandes éxitos que no ocupan primeras planas pero mejoran la vida de millones de personas en todo el mundo. Nos cuenta una historia que podríamos protagonizar cualquiera de nosotros. Y es que, como dijo Jim Larkin, histórico sindicalista irlandés, «Los grandes nos parecen grandes sólo porque nosotros estamos de rodillas. ¡Alcémonos!». Alcémonos, como Ruben Warshosky. Alcémonos, como Norma Rae.

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