Histórica huelga educativa en Polonia

El país de Europa del Este, gobernado por el partido ultraderechista Ley y Justicia, afronta una huelga histórica de sus profesores. En un contexto general de hartazgo con el gobierno, que se ha caracterizado, entre otras medidas, por perseguir y cerrar periódicos críticos o intentar prohibir el aborto, la movilización educativa puede suponer la clave para un cambio en las próximas elecciones

Manifestantes en una de las movilizaciones de profesores durante la huelga, el pasado 17 de abril

Polonia es, en la actualidad, uno de los países menos democráticos de Europa. En los últimos años, Ley y Justicia, un partido ultraconservador basado en el fundamentalismo católico, ha gobernado el país con mano de hierro, impulsando algunas de las leyes y medidas más autoritarias que pueden verse en el Viejo Continente.

Desde importantes restricciones al derecho a la huelga, que impidieron que los trabajadores polacos de Amazon pudieran sumarse propiamente a la huelga1 europea convocada por sus compañeros en julio del año pasado, hasta la creación de una organización paramilitar nacionalista que se dedica a reclutar a jóvenes en las escuelas (las “Fuerzas de Defensa Territorial”), pasando por el tristemente célebre intento de prohibir el aborto, que provocó la repulsa masiva de las mujeres polacas, el gobierno de Ley y Justicia se ha caracterizado por la vulneración constante de los derechos democráticos.

En su intento por “repolonizar” los valores del país, la ultraderecha polaca ha centrado su acción en dos ejes: el control de los medios de información y la persecución de aquellos considerados “enemigos de la patria”, y la construcción de un sistema educativo que fomente el “espíritu nacional” y promueva la fe católica y la adhesión de los jóvenes a los principios políticos y religiosos del partido en el gobierno.

Los profesores, por tanto, se han convertido en uno de los frentes de batalla en la lucha por la democracia en Polonia: no sólo sufren la presión y el acoso para “moldear la actitud patriótica de los estudiantes”, sino que además cobran algunos de los salarios más bajos del país. Las cuatro categorías profesionales en las que se divide el profesorado polaco son aprendiz (stazysta), con un salario de 416 euros; contratado (kontraktowego), con un salario de 428 euros; nominal (mianowanie), con un salario de 484 euros; y diplomado (diplomowanie), con un salario de 565 euros. Para hacernos una idea, una cajera cobra 615 euros. Un policía, 950 de media.

La utilización partidista del sistema educativo por parte del gobierno de ultraderecha, unida a las malas condiciones laborales que sufren los profesores, ha llevado a un acusado descenso del prestigio y la calidad de la educación pública polaca, que ha visto como se perdían, en pocos años, casi 200.000 puestos de trabajo en la enseñanza. Ley y Justicia ha promovido además una reforma, conocida popularmente como la “deforma”, que contempla el cierre de 7.000 escuelas y el despido de 9.000 maestros para “ahorrar gastos”.

Esta situación crítica ha llevado a las organizaciones sindicales a convocar una huelga indefinida que entra ya en su segunda semana, con un seguimiento cercano al 90%. El gobierno, mientras tanto, ha intentado maniobrar para dividir a los huelguistas, reuniéndose con sindicatos minoritarios afines y dando plantón a los sindicatos mayoritarios, especialmente el Sindicato Polaco de Maestros (ZNP), y acusando a los huelguistas de “secuestrar” a los estudiantes en una lucha “por dinero”. En plena época de exámenes, además, ha empleado a todo tipo de esquiroles, muchos de ellos ni siquiera relacionados con la educación pública, para intentar neutralizar la huelga. Por ahora, a pesar de los ataques gubernamentales, la huelga cuenta con más apoyo (53%) que rechazo (43%).

Entre la sociedad polaca se ha extendido un sentimiento de solidaridad con los maestros en huelga, que ha llevado a la creación del Comité de Apoyo a los Maestros; éste ha organizado una caja de resistencia que cuenta ya con más de 700.000 euros, que se distribuirán equitativamente entre todos los maestros en huelga para ayudarles a sostener el pulso contra el Gobierno.

Curiosamente, algunos de los principales contribuidores a la caja han sido los jubilados y pensionistas: en vísperas de las elecciones, el gobierno concedió una “pensión adicional” en un claro intento de comprar votos (una práctica recurrente para Ley y Justicia), pero se ha encontrado con que gran parte de estas “pensiones adicionales” han terminado en la caja de resistencia de apoyo a la huelga de los maestros. Y es que, mientras el gobierno se niega a conceder el aumento que exigen los maestros, concede más ayudas arbitrarias y partidistas como parte de ese sistema masivo de compra de votos: por cada hijo, se conceden casi 120 euros; por cada cerdo o vaca, un importe similar.

La movilización sindical de los profesores se ha convertido así en una auténtica expresión del rechazo contra el gobierno de Ley y Justicia y sus políticas autoritarias, aunando a grandes sectores de la población en un movimiento que se ha extendido mucho más allá del reclamo inicial de un aumento salarial. A pesar de ello, la situación polaca sigue siendo compleja para los militantes obreros: quien recoge los frutos y lidera esta lucha es el liberalismo pro-europeo, mientras que la izquierda sigue siendo minoritaria y permanece muy aislada por una sociedad, en términos generales, bastante conservadora.

Sin embargo, el rechazo de la línea ultrarreaccionaria del gobierno, y la movilización sindical y democrática, son elementos positivos en el contexto polaco, y ofrecen el contexto para que las fuerzas democráticas progresen. En cualquier caso, lo que parece evidente es que en todo el continente europeo se agudizan las contradicciones. La “paz social” sobre la que se construyó la Unión Europea se tambalea, y cada vez resulta más evidente la elección que, en no demasiado tiempo, tendrán que tomar las sociedades europeas: reacción o progreso, autoritarismo o democracia… en definitiva, capitalismo o socialismo.

Notas

  1. Los compañeros polacos, ante las dificultades para hacer una huelga propiamente dicha, recurrieron en su lugar al «slow down»: fueron a trabajar, pero se negaron a cumplir los ritmos de la empresa

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