Manual de resistencia: la lucha obrera en el siglo XXI

La historia, por mucho que algunos liberales pretendan hacernos creer lo contrario, no ha terminado. El motor que la mueve, la lucha de clases, ruge como nunca en los albores a medida que nos adentramos en este nuevo siglo. El movimiento obrero, después de unas décadas de retroceso, debe recuperar audacia, valentía y capacidad de innovación para que ese motor nos impulse en la dirección correcta.

La lucha de clases es el motor de la historia. Puede que en los miles de años que llevamos librando esta batalla (o jugando este partido), la lógica de fondo no haya cambiado, pero sí lo han hecho las formas de lucha. A medida que esa lucha de clases va avanzando, se va desarrollando, con victorias de uno y otro bando, las formas en que defendemos nuestros derechos o intentamos reforzarlos también lo hacen. En pleno siglo XXI, en la era de las TIC, de las grandes multinacionales, de las cadenas de producción superdesarrolladas, esta verdad es más evidente que nunca.

Durante la mayor parte del siglo XX, el movimiento obrero llevó la dirección de la lucha. Tenía un objetivo, un plan, era innovador y valiente, y presionaba constantemente para empujar el frente. La «revolución conservadora» de Reagan y Thatcher, unida a los acontecimientos de 1989-1991 que supusieron una derrota temporal del socialismo, provocó un cambio en esa dinámica. Desde entonces, son las clases dominantes, la burguesía y sus agentes políticos, los que se han lanzado a una ofensiva ideológica y política, y los trabajadores los que nos vemos obligados a defendernos hasta que recompongamos nuestras líneas.

Ese cambio de lógica se ha dejado notar en lo que en esta revista hemos denominado «la Zona Cero». La Zona Cero no señala sólo la situación de confusión ideológica en que se encuentra el movimiento obrero a día de hoy, atravesado por ideas extrañas y ajenas a sus intereses, con dificultades para conectar con la mayoría social y, sobre todo, con capacidad limitada por ahora para reorganizarse como sujeto político independiente, obligado a ir detrás de otras fuerzas sociales con las que puede compartir parte del programa, pero cuyos proyectos son bastante diferentes.

Este «estado de shock» en que se encuentra sumida la clase obrera también tiene, como no podía ser de otra manera, una expresión práctica. Tenemos problemas para adaptarnos a las nuevas tecnologías, para definir una política comunicativa ágil y contundente, para dar respuesta organizativa a los nuevos retos a los que nos enfrentamos, en una fase de la lucha de clases en la que, después de varias décadas de trabajo estable y constante que facilitaba nuestra organización, estamos volviendo a la atomización y la precariedad que impiden o dificultan la militancia y el activismo sindical y político. Si esto fuera un combate de boxeo, en este asalto nos estarían metiendo «la del pulpo», y ahora, apoyados en nuestra esquina, estamos intentando ubicarnos para que las cosas cambien en el próximo asalto – porque combate, por suerte o por desgracia, todavía queda bastante.

La mala noticia es que, cuando vuelva a sonar la campana, vamos a tener que salir doloridos y algo reventados por la pequeña paliza que nos han metido. La buena noticia es que no nos han tumbado: puede que nos hayan asestado unos cuantos golpes y estemos un poco desubicados, pero no nos han noqueado, ni mucho menos. Ahora bien, no podemos saltar al campo con la misma estrategia, porque si no nos llevaremos otra somanta de palos. Pero si en algo es excepcionalmente bueno el movimiento obrero, a pesar de la Zona Cero, a pesar de los golpes, es en recomponerse y adaptarse. Y tenemos ejemplos de sobra.

Aguantamos en pie, y nos queda cuerda para rato

Puede que, en la mente de un militante obrero, las cosas pinten un poco negras, sobre todo aquí en España. Nos hemos comido dos reformas laborales, un rescate bancario, recortes sociales, EREs, ERTEs, represión sindical…

Pero en mitad de ese panorama, también hemos aprendido y nos hemos anotado algunos tantos. Amazon, una de las mayores empresas del mundo, vio como se organizaba una de las primeras huelgas en una de sus plantas aquí, en San Fernando de Henares. Esa huelga, después, se extendió por toda Europa. El conflicto de Alcoa, aunque no parece que vaya a tener el final que merece nuestra industria, ha servido para situar la perspectiva de la nacionalización en el debate público y en la mente de muchos trabajadores: el cierre ya no es la única solución. Sabemos que la nacionalización, a través de la SEPI, es viable y es legal: si no se ha aplicado, ha sido porque el PSOE ha bloqueado la posibilidad, mintiendo a los trabajadores y neutralizando el conflicto cuando corría el riesgo de perder el control.

Y nuestras pequeñas victorias van mucho más allá: seríamos unos militantes obreros miopes si sólo pensáramos en el movimiento obrero en clave española. Aquí nos hemos hecho eco de movilizaciones en otras partes de Europa, desde la lucha de los sindicatos metalúrgicos alemanes por la RCTT1 que se saldó con una victoria que ha servido para cuestionar la hasta ahora inamovible jornada de 8 horas, hasta el gran acuerdo que consiguieron los obreros del metal holandeses con importantes aumentos salariales, consolidación del empleo y garantías de futuro para sus industria. En Estados Unidos, después de décadas de declive de las organizaciones sindicales, parece que hay un claro repunte en su popularidad, con una mayoría de americanos que quieren que aumente su capacidad de influencia (aunque esto aún no se traducido en un claro aumento de su militancia).

Es fundamental que nos fijemos en estas experiencias, en mayor o menor medida exitosas, para reorientar y dinamizar nuestra actividad en otros sectores, aunque estos, a su vez, tendrán que aprender de su propia experiencia, en el contexto particular de sus luchas. Sufriendo aún las consecuencias de la crisis de 2008, sobre todo en el mundo del trabajo, donde apenas ha habido recuperación, y con la amenaza de una nueva recesión en ciernes, de nuestra capacidad de aprender, de nuestra determinación en la lucha, y de nuestra agilidad organizativa y comunicativa dependerá el resultado de este nuevo asalto que va a comenzar, marcado por la inestabilidad económica, la incertidumbre política, y el debilitamiento de las estructuras políticas de la clase dominante, incapaces de resolver estos problemas.

El slow-down: cuando la huelga no es una opción

En muchos centros de trabajo, los trabajadores nos encontramos con limitaciones para impulsar el método clásico y más recurrente de lucha sindical: la huelga. Estas limitaciones pueden deberse a la debilidad sindical, a la falta de compromiso, o, directamente, a la represión empresarial y el miedo que ésta ha sembrado entre la plantilla. En esos casos, cuando nos quitan la herramienta «clásica», resulta que nos encontramos muchas veces privados de cualquier forma de presión. Por desgracia, parece bastante probable que, al menos a corto-medio plazo, se acentúen las limitaciones a la huelga, tanto por la incertidumbre laboral como por los ataques que recibirá (y que ya está recibiendo2) el movimiento obrero por parte de la ultraderecha. Por eso, es clave buscar formas alternativas de atacar en la producción y golpear en la fuente de la riqueza de los empresarios para presionar de cara a las negociaciones.

El slow-down (o huelga de ritmo de trabajo) es una de esas opciones. Fue, por ejemplo, la herramienta que emplearon los trabajadores polacos de Amazon durante la jornada de lucha europea, ya que no tuvieron la ocasión de sumarse a la huelga propiamente dicha a causa de la situación legal y política en Polonia, donde el movimiento obrero sufre una dura criminalización. También se empleó durante un conflicto en Qantas, una aerolínea australiana, en 2011, cuando todos los ingenieros diestros afirmaron tener dolores en la mano derecha y emplearon únicamente la mano izquierda para manejar las herramientas.

Se trata de una táctica que consiste, como puede más o menos extraerse de los ejemplos, en acudir al puesto de trabajo, pero incumplir masivamente (toda la plantilla, o una gran parte de ella) los ritmos y plazos impuestos por la empresa. De este modo, aunque no se consigue detener la producción por completo, se puede reducir considerablemente; en un mercado ultracompetitivo y tan exigente como es el de la industria europea, no cumplir con los plazos de producción puede suponer un descalabro de toda la cadena, con importantes consecuencias para la empresa.

El slow-down sirve además como un medio de protesta específicamente destinado a una de las claves en la lucha sindical contemporánea: la cuestión de los ritmos. En la industria, los ritmos han superado todos los límites y se han convertido en una verdadera amenaza para la salud de los trabajadores, pero no son un problema exclusivo de las cadenas y los talleres de montaje. En Correos hemos visto también un aumento salvaje de los ritmos exigidos que ha supuesto prácticamente duplicar el número de entregas por cartero; en el sector de la hostelería y el comercio se imponen ritmos similares en relación a las ventas, con consecuencias salariales (exentos) en caso de no alcanzar los objetivos. La introducción de robots acentúa y agrava esa presión y, al mismo tiempo, puede hacer más efectivo el slow-down: si una parte automatizada de la cadena no baja el ritmo, la acumulación de materiales en ese tramo será crítica y tendrá un gran impacto sobre la producción.

En las empresas que tienen los procedimientos productivos muy protocolizados, como los grandes call-centers, seguir al pie de la letra las reglas de atención al cliente puede suponer una reducción efectiva del ritmo habitual de trabajo, sobre todo en periodos donde aumenta el consumo. Y sin vulnerar ningún tipo de normativa o regla de la empresa.

La huelga rotativa: una vuelta de tuerca al clásico por excelencia

La huelga es tan vieja como la lucha de clases. Desde que un sector de la población se ha ocupado de la producción, mientras otro disfrutaba únicamente de las riquezas que ésta generaba, detener la producción ha sido una forma evidente de golpear a los superricos y exigir demandas. Hasta en la antigua Roma, los trabajadores libres ejercían este derecho, en lo que se denominaba secessio plebis: si querían protestar sobre alguna cuestión, dejaban las herramientas y abandonaban la ciudad, hasta que los patricios (los superricos de entonces) cedieran. Desde entonces, los poderosos han intentado limitar y perseguir esta forma de lucha, por ser una de las más efectivas en el marco del tira y afloja constante de la lucha económica de la clase obrera.

Tradicionalmente, esa limitación se ejercía mediante la represión directa, y aún hoy ese modus operandi sigue siendo frecuente. Sin embargo, el desarrollo económico del capitalismo ha tenido un efecto colateral relativo a la huelga: al crecer la escala de la producción y hacerse más compleja la estructura de la producción, si la huelga no se desarrolla en consecuencia, su efectividad se reduce significativamente. En empresas que cuentan con decenas de plantas repartidas por el mundo en una cadena extensa y compleja, incluyendo subcontratas y proveedores, que una sola planta pare tiene un impacto más bien limitado.

Al mismo tiempo, en determinados sectores como el del automóvil este desarrollo de la cadena ha dado lugar a una serie de eslabones clave que permiten detener todo el proceso de producción. Es decir, que nos encontramos con complejas estructuras empresariales, largas cadenas de producción, en las cuales tenemos la opción de identificar un eslabón clave y atacar ahí, o bien, si no conseguimos identificar o no existe ese eslabón, organizar un movimiento de amplia escala que recorra todos los eslabones de la cadena: la huelga rotativa.

¿En qué consiste la huelga rotativa? Se trata de un modelo de huelga en el cual las empresas de un determinado sector, a lo largo de toda la cadena, van parando, como su nombre indica, de forma rotativa. Así, el esfuerzo de la huelga se reparte entre centenares de miles de trabajadores, manteniendo la eficacia: cada vez se va deteniendo un determinado eslabón en la cadena de producción, provocando así que, aunque en el resto de eslabones no haya huelga formal, en la práctica se detenga toda la cadena. Así, es posible sostener una actividad huelguística durante un período muchísimo más extenso que el que podría aguantar una única empresa, un único eslabón; esta fue la herramienta que emplearon los obreros holandeses para sostener un pulso con la patronal durante ocho meses, hasta conseguir el acuerdo que celebrábamos la semana pasada.

Hoy en día, con los volúmenes de producción gigantescos que manejan las grandes empresas, una huelga durante un día tiene un impacto mucho menor que el que podía tener antes. Es necesario sostener la lucha durante largos periodos de tiempo para que los efectos se hagan notar de forma efectiva en las cuentas de beneficios de los superricos, allí donde les duele. Pero esperar que una única plantilla de trabajadores esté ocho meses en huelga es totalmente descabellado: por eso, la huelga rotativa está llamada a jugar un papel esencial en la lucha obrera del siglo XXI. Permite mantener la lucha durante el período de tiempo necesario, y en las dimensiones necesarias, para tener un verdadero impacto y obligar a los empresarios a asumir nuestras demandas.

¿Y donde queda el Estado?

A primera vista, la lectura de este artículo puede interpretarse como una manera de «echar en cara» al movimiento obrero que no se hayan puesto en marcha este tipo de iniciativas de lucha. No es del todo erróneo: hay un contenido de crítica, de autocrítica, un llamamiento a la necesidad de adaptarnos, de innovar, de ser valientes, ante la evidencia de una situación cuanto menos difícil para el movimiento obrero, tanto sindical como político. Pero no es tan sencillo: hay elementos que limitan nuestras opciones en la lucha. Aquí se han señalado dos opciones, adecuadas para diferentes niveles de conciencia, que permiten dar un paso adelante, desbloquear situaciones de inmovilismo, y recuperar dinamismo en la base de la lucha obrera, el campo puramente económico.

El problema es que tanto el slow-down como la huelga rotativa son, en nuestra «espléndida» legislación laboral, ilegales. En el Real Decreto-Ley 17/1977, sobre relaciones de trabajo, se afirma en el artículo 7.2:

  • Las huelgas rotatorias, las efectuadas por los trabajadores que presten servicios en sectores estratégicos con la finalidad de interrumpir el proceso productivo, las de celo o reglamento y, en general, cualquier forma de alteración colectiva en el régimen de trabajo distinta a la huelga, se considerarán actos ilícitos o abusivos

Tanto la huelga rotativa, mencionada explícitamente, como el slow-down, que podría incluirse en la categoría de «alteración colectiva en el régimen de trabajo distinta a la huelga», se consideran en nuestro ordenamiento jurídico «actos ilícitos o abusivos». Esto supone una dificultad añadida: no porque sea ilegal, sino porque en el actual estado de conciencia de los trabajadores la lucha está limitada por la legalidad. Es decir, para la mayoría de los trabajadores es prácticamente inconcebible llevar a cabo una acción de protesta o de denuncia que suponga vulnerar la ley. Si ya es difícil organizar una huelga cuando, en teoría (y es importante señalar que esto es en teoría, porque en la práctica ya sabemos cómo va el tema), es perfectamente legal y la empresa no puede hacer nada para impedirlo, plantearnos la posibilidad de organizar una protesta ilegal vendría a ser casi imposible.

¿Qué hacer, entonces? ¿Salimos otra vez al ring, puños en alto, sin cambiar una coma en nuestra estrategia, en nuestro estilo de lucha, sabiendo cómo ha acabado el último asalto? Sería una opción un poco suicida. La situación nos exige a los militantes obreros un doble trabajo: de un lado, nos señala, una vez más, la necesidad de que la clase obrera recupere su condición de agente político. Necesitamos una organización que señale y denuncie los límites que impone la ley al derecho a la huelga que, en la práctica, lo reducen a la inoperancia.

¿Cuánto hace que no tenemos una huelga general en este país? Desde el 14-N de 2012, han pasado ya casi siete años sin huelga: el periodo más largo en la historia de la democracia. Quien piense que eso se debe a que los sindicatos son «unos traidores» y unos «apagafuegos» vive en un mundo paralelo y está más perdido que un pulpo en un garaje. Si no ha habido más huelgas generales en este país es porque la conciencia de clase está bajo mínimos, porque la represión empresarial y policial lo dificulta, y porque nuestro marco legal restringe y limita tanto la huelga que su impacto se ha reducido hasta un punto en que, para muchos, no compensa el esfuerzo que supone sacarla adelante. Problemas todos ellos que sólo pueden solucionarse mediante la acción política de la clase obrera, mediante una agenda basada en sus necesidades que a día de hoy brilla por su ausencia.

Por otro lado, nos obliga a elevar nuestros esfuerzos en la reconstrucción de la conciencia de clase, confrontando, si es necesario, con la legalidad. Nuestra acción no puede estar limitada por lo que es «legal» o no – aunque hoy en día, en el actual estado de conciencia de la mayoría de los trabajadores, es un factor absolutamente limitante. ¿Acaso los empresarios se preocupan por lo que es «legal» cuando se saltan las leyes laborales? ¿Cuando nos obligan a hacer miles de horas extra no retribuidas? ¿Cuando vulneran nuestro derecho a la huelga? ¿Cuando extienden las jornadas laborales más allá de las ocho horas con todo tipo de triquiñuelas? ¿Cuando nos hacen encadenar contratos temporales uno tras otro durante años? La mayoría de esas prácticas, por no decir todas ellas, no sólo son injustas, sino también ilegales. Y aún así, son el pan nuestro de cada día.

Nuestras leyes, como vemos, no son divinas. Es decir, ni son omnipresentes, ni son omnipotentes: los trabajadores tenemos la capacidad de confrontar con la legalidad sin que eso neutralice nuestras acciones. Esto sucede cuando actuamos en grandes números, coordinados, con apoyo social… Fue el caso de los piquetes durante las huelgas mineras. Todos hemos visto imágenes sobre las acciones de estos piquetes, y probablemente todos nos hacemos una idea acerca del carácter «legal» de estas acciones. Sin embargo, eso no impidió que esas acciones se llevaran a cabo, ni supuso una represión a gran escala contra el movimiento obrero: haberlo hecho sólo habría acentuado el conflicto y quizá provocado que más fuerzas sociales se sumaran a la lucha minera, convirtiéndola en algo más que una huelga.

Ni el Estado ni las leyes son omnipresentes ni omnipotentes: sólo es viable imponer una ley cuando se tiene fuerza para ello. Si los trabajadores actuamos coordinados y en grandes números, no hay fuerza capaz de imponernos nada. Y eso lo saben las propias empresas, que, ante determinadas situaciones de conflicto, muchas veces optan antes por la negociación que por una guerra represiva-judicial. La cuestión es si, actualmente, la clase obrera se encuentra en condiciones de llevar a cabo una acción de tal magnitud: sí su nivel de conciencia se corresponde con ese nivel de activismo, de compromiso, más allá de repentinos conflictos «a todo o nada» en los que nos sitúan entre la espada y la pared, como pudo ser el caso de las comarcas mineras, o incluso el caso, más reciente, de Alcoa.

Continuando con la analogía del combate de boxeo, que los empresarios y sus agentes políticos se salten constantemente la ley, como hacen, es como si nuestro oponente no llevara guantes, sino puños americanos. ¡Así es normal que nos metiera esa paliza en este último asalto! O jugamos todos con las mismas reglas, o no hay partido: y eso no sólo implicar obligarles a ellos a cumplir la ley, sino estar dispuestos a confrontar con la legalidad en la misma medida en que lo hagan nuestros oponentes. Es eso, o una nueva somanta de palos.

Un marco laboral común europeo

Lo que para nosotros es ilegal, no lo es para los obreros holandeses. Ellos pudieron llevar a cabo su lucha mediante la huelga rotativa. Eso tiene mucho que ver con las diferencias en la historia reciente de ambos países: aquí hemos sufrido cuarenta años de franquismo, no del todo disuelto, que han golpeado – y aún golpean – al movimiento obrero con fuerza.

Pero también tiene que ver con la Unión Europea. Hemos aceptado un mercado común, libertad de circulación de capitales, regulaciones restrictivas que limitan la capacidad de nuestros gobiernos de tomar determinadas decisiones por su cuenta, tratados internacionales de comercio… Todo herramientas que sólo han servido para ponernos a competir a unos trabajadores contra otros. En PSA-Peugeot, por ejemplo, la empresa no oculta en su relación con los trabajadores que la planta de Villaverde compite… ¡con la planta de Eslovaquia! La Unión Europea es una enorme estructura que responde a las necesidades del gran capital europeo en el marco de la competición internacional capitalista, aplastándonos a nosotros, los trabajadores, en el camino. Es una inmensa máquina de dumping social.

Y en esa lógica, no es de extrañar que, habiendo preparado el terreno para dividirlo, pronto ataquen al movimiento obrero para intentar desarmarlo: no es descabellado pensar en una normativa europea inspirada en nuestro Real Decreto-Ley 17/1977 que tenga como resultado la prohibición de la huelga rotativa y el slow-down a nivel de toda la UE. Así, los compañeros polacos de Amazon no habrían podido sumarse de ningún modo a la jornada de lucha europea, y los compañeros metalúrgicos holandeses no habrían conseguido su gran acuerdo. Las estructuras de poder de los capitalistas funcionan así, desde la última planta de una multinacional hasta una estructura supranacional como la Unión Europea: nivelan las condiciones a la baja.

Nuestra lógica es la contraria: conseguir mejoras para nivelar las condiciones al alza. Eso, que en la empresa se expresa, por ejemplo, convirtiendo a los eventuales en fijos, en la Unión Europea podría expresarse perfectamente exigiendo un marco laboral común que ponga fin al dumping social. Nada de diferentes salarios, diferentes jornadas, diferentes ritmos, diferentes derechos… entre los países de la UE. Exijamos un salario mínimo europeo, una jornada de 35 horas semanales europea, una normativa europea de ritmos de trabajo, el reconocimiento europeo del derecho a la huelga, con la legalización de la huelga rotativa y del slow-down… Impongamos a nivel europeo, igual que aspiramos a imponerla en España, una agenda obrera, un programa de cambio democrático para la mayoría social.

La historia, por mucho que algunos liberales pretendan hacernos creer lo contrario, no ha terminado. El motor que la mueve, la lucha de clases, ruge como nunca en los albores a medida que nos adentramos en este nuevo siglo. Puede que haya acabado un asalto, y puede que hayamos salido perdiendo. Pero el combate continúa: y en el próximo asalto, tendremos la ocasión de volver a golpear primero.

Notas

  1. Reducción Colectiva del Tiempo de Trabajo, sin pérdida salarial
  2. En Estados Unidos, por ejemplo, la administración Trump ha atacado a la financiación de los sindicatos: en ciertos Estados y sectores, todos los trabajadores, estuvieran o no afiliados, tenían que pagar una cuota para el sindicato, ya que se beneficiaban de las luchas y acuerdos que éste conseguía. Este modelo está siendo desmontado, en lo que supone una grave recorte en las capacidades de las organizaciones sindicales

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