Inmigración y lucha de clases

Inmersos en una nueva etapa de la globalización capitalista y en los albores de una nueva revolución industrial, en mitad de una crisis migratoria, la cuestión de la inmigración ocupa ya un importante papel en el debate público. El movimiento obrero necesita clarificar sus ideas sobre esta cuestión para incorporarlo a su programa y dar respuesta a la demagogia de la ultraderecha.

Las polémicas sobre una supuesta inmigración que robaría el trabajo a los «nacionales» y su instrumentalización por la patronal para presionar a la baja los salarios y las condiciones de trabajo son recurrentes. Resurgen en cada campaña electoral, y dan lugar a afirmaciones que apuntan en todas direcciones. No es inútil recordar algunas ideas fundamentales.

La competición generalizada entre fuerzas de trabajo es una de las características del modo de producción capitalista. Para conseguirlo, todas las diferencias (de edad, de sexo, de orígen nacional, culturales…) constituyen factores en los cuales se apoya la ideología de la clase dominante en su trabajo incansable para impedir la aparición de una conciencia colectiva de pertenencia a una misma clase social. La unidad de la clase obrera no es por tanto el punto de partida, sino, por el contrario, el resultado de un trabajo político e ideológico de unificación. Sin ese trabajo la clase obrera aparece dividida, separada en parcelas y jerarquizada en múltiples categorías: trabajadores precarios y trabajadores fijos, nacionales e inmigrantes, jóvenes trabajadores y trabajadores menos jóvenes, etc. A raíz de los prejuicios heredados de la historia colonial, la división entre la parte «nacional» de la clase obrera y su parte «inmigrante» sigue siendo uno de los principales motivos de división.

Para llegar a las cuestiones relativas a las transformaciones actuales vinculadas con la nueva fase de globalización capitalista, conviene recordar el modelo anterior y el lugar que jugaba en él la inmigración. Teniendo en cuenta la longitud limitada de este artículo, resumiremos en tres las funciones realizadas por la fuerza de trabajo inmigrante en el seno del proceso de producción y reproducción del capitalismo.

El ámbito económico: la fuerza de trabajo migrante como variable de ajuste estructural

El comienzo del modo de producción capitalista está marcado por la búsqueda de fuerza de trabajo. En función de las realidades nacionales, las respuestas van a ser diferentes. En Inglaterra la ruina de la economía campesina, es decir, la expropiación organizada de los pequeños propietarios rurales, fue la respuesta principal. No fue, sin embargo, la única, como demuestra la gran inmigración obrera irlandesa a raíz de la situación colonial de este país. En Francia la debilidad demográfica, pero también las capacidades de resistencia de los pequeños y medianos propietarios rurales después de la revolución de 1789 (de la cual no podemos olvidar el carácter agrario y anti-feudal) orienta la demanda de fuerza de trabajo hacia un llamamiento a la inmigración. En los Estados Unidos, la colonización que es, al mismo tiempo, una exportación del modo de producción capitalista, la necesidad de fuerza de trabajo se tradujo en un llamamiento masivo a la esclavitud y a la inmigración. La función de ajuste de la inmigración comienza así en los albores del capitalismo, en formas y amplitudes diferentes según las especificidades nacionales.

Pero la función de ajuste de la inmigración no se detiene en esta primera etapa del capitalismo. La tendencia a la circulación del capital desde los sectores con mayores beneficios tiene como consecuencia la necesidad de hacer circular la fuerza de trabajo. Esta necesidad de circulación se enfrenta a la relación de fuerzas entre el capital y el trabajo en cada momento histórico, una de cuyas dimensiones es la lucha de los trabajadores por una seguridad social. La lucha entre el capital y el trabajo puede también leerse como un antagonismo entre la necesidad de circulación de la fuerza de trabajo para el capital y las reivindicaciones de seguridad social para los trabajadores. La fuerza de trabajo inmigrante es, por tanto, una necesidad del capitalismo no solo en términos de necesidad cuantitativa de fuerza de trabajo, sino también en términos de disposición de esta fuerza de trabajo en el entorno apropiado, en los sectores adecuados, etc. Es decir, que la fuerza de trabajo inmigrante guarda una función de ajuste estructural que aún conserva a día de hoy.

Por ilustrar esta función, citemos al director de Población y Migración, Michel Massenet, resumiendo en 1962 la necesidad masiva de una fuerza de trabajo inmigrante:

«La competitividad en el mercado común no será sostenible si nuestro país no dispone de una reserva de mano de obra que le permite frenar la inflación salarial. Un aporte de trabajadores jóvenes no limitados por la vinculación a una profesión o por lazos sentimentales con un lugar de residencia tradicional aumentar la mobilidad de una economía que sufre «viscosidad» en material de reclutamiento de mano de obra»

Simplifiquemos este vocabulario alrededor de tres ideas clave en esta declaración: 1) Los trabajadores nacionales están demasiado organizados y son demasiado combativos para imponer una bajada salarial y de condiciones laborales; 2) Están demasiado vinculados a los derechos asociados a una profesión y al derecho a tener un alojamiento decente; 3) Es necesario constituir un nuevo estrato inferior en el mundo del trabajo

En este periodo y de forma organizada, la estratificación del mundo del trabajo a partir del identificador de la nacionalidad y del orígen de ésta se ha convertido en un factor a tener en cuenta. Esta función económica de ajuste puede formalizarse en la siguiente fórmula: «Primeros despedidos, primeros contratados». Las reestructuraciones y las crisis de sobreproducción cíclicas provocan despidos masivos de fuerza de trabajo inmigrante, puesta así en disposición de una nueva migración, aunque en esta ocasión entre sectores económicos. Los periodos de recuperación (y la incertidumbre que pesa siempre sobre su longitud y profundidad) son por la misma razón momentos de importante contratación de fuerza de trabajo inmigrante.

Otras categorías de la población juegan igualmente esta función de ajuste: las mujeres y los jóvenes. Estas tres categorías tienen en común sufrir más la precariedad que el resto del mundo del trabajo, es decir, disponen de menos medios de resistencia frente a la inestabilidad impuesta por las necesidades del capital. A la explotación común de todos los trabajadores se añaden para estas categorías la sobre-explotación o la discriminación. Es necesario plantearse la cuestión del lugar que estas categorías deben ocupar en las organizaciones sindicales y políticas, al igual que cómo situar sus reivindicaciones en la agenda de estas organizaciones. A falta de una posición seria sobre estas cuestiones, se insinúa la posibilidad de que aparezcan crecientes discrepancias entre los diferentes segmentos de la clase obrera.

El ámbito político: la fuerza de trabajo migrante como modalidad de gestión de la relación entre clases

La segunda función destinada a la inmigración en la lógica del modo de producción capitalista es política. Consiste en utilizar la fuerza de trabajo migrante para debilitar las resistencias obreras. Esto es posible a causa de la existencia de diferentes escalas de derechos, complementada por un sistema de discriminaciones sistemáticas empujando a esta parte de la clase obrera a aceptar condiciones salariales y laborales inferiores a aquellas que la relación de fuerzas ha logrado imponer para el resto de la clase. De forma general, la fuerza de trabajo migrante es utilizada para «liberar» al obrero nacional de los sectores y los puestos de trabajo más duros, los que sufren mayor flexibilidad, los más peligrosos, los más inestables. Este aspecto es repetible en cada uno de los países capitalistas en las estadísticas de enfermedades profesionales, accidentes de trabajo y esperanza de vida.

La fuerza de trabajo migrante es así un elemento de negociación con las organizaciones obreras, ofreciéndose concesiones a los obreros nacionales sobre la base de un tratamiento discriminatorio de los sectores migrantes de la clase obrera. El chovinismo y el racismo son también una excelente herramienta ideológica para convertir esta discriminación en un fenómeno «natural» e incluso «deseable». La frontera de la nacionalidad se utiliza aquí para enmascarar la frontera de las clases sociales. A la división entre un «nosotros» obrero y un «ellos» capitalista se sustituye por una división entre un «nosotros» nacional y un «ellos» inmigrante. Citemos el caso francés como ejemplo. Durante toda la duración de los llamados «gloriosos treinta», el nivel de vida de la clase obrera «nacional» progresó a raíz de las movilizaciones sociales. En el mismo periodo, el segmento inmigrante de la clase obrera se amontona en las barriadas. Describiendo el reclutamiento patronal de este periodo, el periodista y político francés Alain Griotteray escribió:

«Es la época de los camiones y autocares traídos de Portugal a través de los Pirineos, mientras que los sargentos-reclutadores de Citroën y Simca transportan pueblos enteros de marroquíes de sus «aldeas de origen» directamente a las cadenas de producción de Poissy, Javel o Aulnay. El fenómeno remite inevitablemente a la trata de negros durante el siglo XV. La comparación se repite frecuentemente.»1

Una de las consecuencias de esta política de segmentación de la clase obrera en función de su nacionalidad fue facilitar la reconversión de numerosos obreros profesionales autóctonos abriéndoles las puertas de las tareas de supervisión y control de los nuevos trabajadores inmigrantes. «Es este aporte, señala la socióloga y demógrafa Claude-Valentin Marie, tanto cualitativo como cuantitativo, lo que facilita al menos el periodo de reconversión de una parte de los antiguos obreros profesionales en las nuevas funciones de supervisión de las tareas fragmentadas que se generan en masa a raíz de la modernización de los equipos técnicos y de la extensión del trabajo en cadena2«. La socióloga Jacqueline Costa-Lacoux completa: «Los ‘gloriosos treinta’ vieron diversificarse los flujos migratorios, pero también agravarse las diferencias entre la mano de obra nacional en proceso de promoción social3«.

La mejora es, sin embargo, engañosa si tenemos en cuenta el largo plazo. De un lado la capacidad de defensa colectiva de la clase obrera se ha visto debilitada por esta división entre dos de sus componentes. De otra parte, las condiciones que se imponen a la fuerza de trabajo migrante tiende, en un sistema basado en la maximización de los beneficios, a transformarse en norma generalizada para el conjunto de los trabajadores. La única respuesta duradera a esta competición entre diferentes componentes de la clase obrera es la exigencia de una igualdad completa de derechos, con atención particular para las reivindicaciones de los segmentos sobre-explotados.

Subrayemos por último que la lógica aquí descrita tiende a extenderse más allá de la nacionalidad para terminar ampliándose al origen. Numerosos estudios han puesto en evidencia que, en efecto, la amplitud de las discriminaciones relativas a los obreros nacionales de orígen extranjero. Estas discriminaciones les obligan a aceptar condiciones que estaban, hasta entonces, limitadas solamente a los trabajadores extranjeros. Estos jóvenes, nacidos franceses, quedan encuadrados en la misma posición social y económica y en los mismos sectores económicos que sus padres. Hay una suerte de reproducción interna de fuerza de trabajo sobre-explotada añadiéndose a aquella proveniente del exterior.

El ámbito ideológico: evitar la conciencia de una comunidad de intereses

Las dos funciones precedentes se traducen en una tercera, sin la cual nada sería posible. Definimos la ideología como representación inversa de la realidad social, de sus diferencias y contradicciones, de sus leyes de funcionamiento. Implica una inversión de las causa y las consecuencias, y por atribuciones causales culturales e individualistas a procesos que son, fundamentalmente, económicos y sociales. Lo que hemos dado en llamar «integración» es, para nosotros, un cuadro ideológico consensual que implica una lectura cultural de las desigualdades sociales. Éstas no son explicadas como resultado de la explotación y la sobre-explotación, sino como un «déficit de integración». Mediante este sesgo, el segmento inmigrante de la clase obrera (e incluso sus hijos, nacidos nacionales) no se concibe como fuerza de trabajo sobre-explotada sino como una población insuficientemente «integrada». El retroceso supone incluso, con demasiada frecuencia, el abandono de la lucha ideológica por parte de numerosos organizaciones obreras, que contribuye en consecuencia a un debilitamiento del conjunto de la clase.

El proceso rápidamente esbozado en este artículo no es una cuestión del pasado. Con la nueva fase de la globalización capitalista, se ve reforzado. La figura del «sin papeles» describe perfectamente este refuerzo. Mientras que las industrias deslocalizables se mueven hacia países en los que el coste de la mano de obra es más bajo, importamos esta mano de obra a un coste menos elevado para los sectores no deslocalizables (agricultura, restauración, construcción, etc). De este modo, es un nuevo estrato que se incorpora a la clase obrera para servir a los intereses de la clase dominante. La única respuesta coherente a esta instrumentalización y a esta construcción de una heterogeneidad obrera es la lucha común por la igualdad completa de derechos. Sin ésta, las consecuencias son lógicamente aquellas que Marx describía a propósito de la división de la clase obrera en Inglaterra en dos segmentos, uno inglés y otro irlandés:

«Todos los centros industriales y mercantiles ingleses poseen ahora una clase obrera escindida en dos campos hostiles: los proletarios ingleses y los proletarios irlandeses. El trabajador inglés medio odia al trabajador irlandés, porque le ve como un competidor responsable del descenso de su nivel de vida. Se siente, frente a éste, miembro de la nación dominante, y se convierte así en un instrumento de sus propios capitalistas y aristócratas contra Irlanda y consolida así su dominación sobre sí mismo. Alimenta contra él los prejuicios religiosos, sociales y nacionales. Se comporta con él más o menos como se comportan los pobres blancos (poor whites) frente a los negros en los antiguos estados esclavistas de los Estados Unidos. El irlandés le devuelve sobradamente la moneda. Ve en el trabajador inglés a un cómplice y un instrumento de la dominación inglesa en Irlanda. Este antagonismo es artificialmente sostenido y reforzado por la prensa, los curas anglicanos, las revistas satíricas, es decir, por todos los medios de los que disponen las clases dominantes» 4

Notas

  1. Alain Griotteray, Les immigrés : Le choc, Plon, Paris, 1985, p. 32.
  2. Claude-Valentin Marie, Entre économie et politique : le « clandestin », une figure sociale à géométrie variable, Pouvoirs, n° 47, novembre 1988, p. 77.
  3. Jacqueline Costa-Lascoux, Les aléas des politiques migratoires, Migrations-Société, n° 117-118, 2008/3, p. 67.
  4. Karl Marx, Lettre à Sigfried Meyer et August Vogt du 9 avril 1870, Correspondances Marx-Engels, Tome X, Paris, éditions sociales, 1984, p. 345.

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