Lo que la crisis de Huawei nos enseña sobre el Estado capitalista

Imagen de axonite en Pixabay

La noticia saltaba hace pocos días: el gobierno de Estados Unidos incluía a Huawei en una “lista negra” de empresas consideradas peligrosas para la seguridad nacional, prohibiendo a cualquier empresa estadounidense hacer negocios con el gigante chino sin permiso del gobierno. El resultado fue inmediato, con Google, Intel y Qualcomm, empresas líderes del sector de las telecomunicaciones, poniendo fin a todos los acuerdos de colaboración con la empresa china. Millones de usuarios de Huawei, una marca de prestigio creciente y con una cuota de mercado en aumento1 se veían sorprendidos por la noticia, y la incertidumbre se convertía en la tónica dominante.

Sin embargo, para los que venimos siguiendo desde hace tiempo la guerra fría desatada entre Estados Unidos y China, la noticia tenía sentido en el marco del enfrentamiento comercial entre ambos países. La crisis de Huawei marca un nuevo punto álgido en las tensiones internacionales, pero, al margen de sus lecturas geopolíticas, nos revela también algunas claves sobre la naturaleza del Estado capitalista.

Huawei y el sector de las telecomunicaciones chino, una locomotora imparable

Huawei es una de las operadoras de telecomunicaciones más grandes de China: en 2017 pasado, la empresa china reportó ingresos anuales por valor de 92.500 millones de dólares, lo que supuso un aumento del 15,7% con respecto a 2016. En 2018, los datos siguieron incrementándose con dobles cifras: los ingresos aumentaron en un 19,5% y los beneficios en un 25%. Las ventas de smartphones de Huawei ascendieron ese año a 200 millones de unidades en todo el planeta. Para que nos hagamos una idea de la relevancia de estas cifras, podemos consultar los datos de la tabla siguiente:

Mercado mundial de smartphones, en millones de dólares.

Huawei se coloca ya en segunda posición, superando a Apple, con un crecimiento interanual del 40.9% entre los años 2017 y 2018. La compañía americana, buque insignia del capitalismo de Sillicon Valley, fue fundada en 1976 y lanzó su primer smartphone en 2007; Huawei, empresa china de propiedad colectiva, en la que sus 80.000 trabajadores tienen gran parte del control y son beneficiarios del éxito de esta, fue fundada once años más tarde, en 1987, y no lanzó su primer smartphone, el U8220, hasta 2009. En 2010, las ventas de smartphones de Huawei eran de 3 millones, mientras que las ventas de smartphones de Apple sumaban 40 millones. En diez años, las cosas han cambiado mucho. Samsung sigue liderando el mercado y por ahora su posición parece firme, pero si comparamos su tendencia a la baja con el impulso alcista de las tecnológicas chinas, a medio-largo plazo eso podría cambiar. En mercados como el español, ese sorpasso se concretó en marzo de este mismo año.


Distribución del mercado de smartphones en el que pueden verse las tendencias descritas. En relación a la cuota de mercado de Samsung, se observa un claro aumento entre el 2009 y el 2013; a partir de entonces ha ido descendiendo progresivamente, aunque muy lentamente. Huawei aparece claramente como la líder de las telecos chinas en cuota de mercado, seguida por Xiaomi y OPPO-Vivo (propiedad de BBK Electronics).
Fuente: statista.com

Huawei no es la única empresa china de telecomunicaciones en auge. En la tabla destaca también Xiaomi, con un crecimiento interanual del 48,8%, cuyo ascenso es aún más meteórico: fundada en 2010, en 2014 ya había vendido 64 millones de smartphones y sus ingresos sumaban ya 12.000 millones de dólares. En 2018, las ventas de Xiaomi sumaban más de 100 millones de smartphones, con ingresos de 28.000 dólares, un aumento del 52,6% respecto al año anterior. Y para terminar la tríada de los grandes operadores chinos de telecomunicaciones tenemos a OPPO (que creció de 2017 a 2018 un 5,8%), marca propiedad de BBK Electronics, empresa china entre cuyos accionistas destaca, nuevamente, el Estado chino, y que es propietaria, además, de marcas como OnePlus, también una destacada fabricante de smartphones.

Hasta hace no mucho, también podríamos haber incluido en esta lista de gigantes de las telecomunicaciones chinos a ZTE, una sociedad en la que el Estado chino es el accionista mayoritario: la empresa registró en 2015 ventas de 51 millones, ligeramente reducidas en 2016 a 47.4 millones. El problema llegó en 2017, con las sanciones estadounidenses contra la empresa: las ventas se desplomaron a 13,3 millones, y después, en 2018, a 7.2 millones, poniendo en riesgo la propia supervivencia de la empresa.

El contexto es claro: las marcas chinas son más competitivas que sus contrapartes del bloque occidental (EEUU, Unión Europea, y países satélite como Japón o Corea del Sur), y llevan años devorándoles el mercado, hasta tal punto que, si el gobierno estadounidense no hubiese tomado ya medidas contra ZTE, podríamos estar ante una distribución del mercado en la que las empresas chinas de telecomunicaciones hubieran superado ya a sus competidoras.

Libre comercio, sólo cuando a mí me interesa

Esta realidad activó todas las alarmas en Estados Unidos, tanto en Sillicon Valley como en la Casa Blanca y el Pentágono. Y es que en el sector de las telecomunicaciones no sólo está en juego un importante porcentaje de la economía, con los consiguientes ingresos y empleos, sino también cuestiones estrechamente relacionadas con la defensa y la geopolítica. La brecha tecnológica que separaba a Estados Unidos y China se ha ido cerrando con el paso de los años: a cambio de las beneficiosas condiciones de producción que ofrecía el gigante asiático, las empresas occidentales accedieron a ofrecer formación y tecnologías a los profesionales chinos. Durante los largos años en los que estas multinacionales se han apuntado miles de millones de dólares en beneficios, a todo el mundo le pareció un apaño muy apropiado. Pero los chinos, poco a poco, fueron atesorando ese conocimiento hasta llegar a un punto en que sus empresas son capaces de competir, e incluso superar, a sus contrapartes occidentales.

El caso del sector de las telecomunicaciones es el más claro. Y ya no sólo estamos hablando de cuota de mercado, de millones de móviles de Huawei, Xiaomi, OPPO o ZTE vendiéndose en lugar de los Sony, los Samsung o los Apple: estamos hablando de quién liderará el mundo en el futuro. La ultraconectividad, el Internet de las Cosas, el big data, la nube… Todo ello son espacios tecnológicos que ya se están convirtiendo en una realidad, y resulta que Estados Unidos, que viene dominando el mundo económica y militarmente casi sin oposición desde 1991, no va ganando. Por primera vez en casi treinta años, tienen un competidor, y además ese competidor les lleva ventaja.

Las empresas chinas no sólo han conseguido producir smartphones de gran calidad, con precios asequibles, y competitivos en el mercado, sino que, gracias a la transferencia de tecnología a la que accedieron las empresas occidentales a cambio de los multimillonarios dividendos que han repartido durante años, y a sus propias capacidades, se encuentran mucho más cerca de implementar una red 5G que sus competidoras occidentales. La economía mixta china, en la cual el Estado aún conserva una capacidad de influencia considerable, ha sido capaz de encauzar las fuerzas productivas de acuerdo con un plan estratégico de desarrollo nacional. Esta forma de intervención pública fluctuante en la economía, con sus altos y sus bajos, ha permitido al país asiático superar grandes retos con nota: no sólo ha sacado a centenares de millones de personas de la pobreza2, sino que está encabezando un gran salto adelante tecnológico, compitiendo de tú a tú con Estados Unidos, cuando hace menos de cien años era una sociedad semifeudal.

¿Y cuál ha sido la reacción de Estados Unidos ante esta realidad? La guerra comercial. Hace años que viene desarrollando una campaña de acoso y derribo contra Huawei, que ha sumado un último capítulo – el más grave – en los últimos días. Los primeros ataques contra la compañía china se remontan a 2003, a una denuncia de Cisco; en 2006, el Partido Conservador británico se escandalizaba y alarmaba del peligro que supondría que Huawei comprara Marconi, una empresa de telecomunicaciones británica; la rabieta conservadora terminó llevando, en 2009, a que la inteligencia británica calificara a Huawei como una “potencial amenaza para la seguridad nacional”, un calificativo que recuerda claramente al que ha esgrimido la administración Trump. Así que no, no estamos tampoco ante una rabieta de un demente.

Con este precedente, la administración Obama forzó en 2011 a que las empresas norteamericanas ofrecieran datos confidenciales sobre sus redes, supuestamente, para detectar y combatir las redes de “ciberespionaje” chinas. Una vez más, la idea de las empresas chinas como “amenazas para la seguridad nacional” salía a la luz: esta fue, precisamente, la conclusión a la que llegó el Congreso norteamericano, recurriendo al mismo cliché que sus socios británicos. Desde entonces, se han venido sucediendo los enfrentamientos entre Huawei y otras marcas chinas, como ZTE, con la administración americana y sus aliados europeos, hasta llegar al punto en que nos encontramos actualmente: la violación, por parte de la administración estadounidense, del libre mercado que tanto dice proteger.

Las virtudes de la iniciativa pública y la hipocresía liberal estadounidense

Así es, en efecto: los americanos, que han lanzado guerras criminales en nombre de la libertad durante décadas, asesinando a millones de personas; los americanos, que han convertido el libre mercado en un dogma de fe económica incuestionable y han obligado (o intentado obligar) a todos los demás países a asumir sus condiciones; los americanos, que han acusado al socialismo y a la economía planificada de todos los males políticos, sociales y hasta morales de la humanidad… Esos mismos americanos terminan por desenmascararse y reconocer que el libre mercado no es el motor económico, tecnológico y social que intentan vender en público.

Porque la guerra comercial desatada contra las empresas chinas no es más que el reconocimiento de que el modelo de libre mercado americano puede verse superado por el socialismo de mercado chino, por la combinación de intervención estatal estratégica, directivas económicas públicas, e iniciativa privada que ha caracterizado a la economía del gigante asiático. El reconocimiento de que, con casi un siglo de ventaja tecnológica, con todo un sistema de dominación mundial que establecía un flujo de conocimiento y riqueza en dirección a Washington, el libre mercado no está siendo capaz de imponerse a una economía en la que el Estado conserva la capacidad de influencia y dirige, directa o indirectamente, las fuerzas productivas. La gestión de sus recursos en base a un plan a largo plazo de desarrollo nacional de China, frente a la anarquía de la producción destinada a la maximización de beneficios de una minoría social de los Estados Unidos y de sus aliados, ha terminado con el país oriental en posición de ventaja para encabezar el salto tecnológico del siglo XXI y obligando a los americanos a demostrar que, en el fondo, el libre mercado les importa un pepino.

No es la primera vez que lo reconocen, aunque siempre se cuidan de esconderlo. Domenico Losurdo, historiador y filósofo italiano recientemente fallecido, cita magistralmente otros casos en los que la farsa del libre mercado tuvo que dejarse a un lado ante las necesidades de la burguesía americana y de su Estado. A finales del siglo pasado, el país que parecía amenazar la hegemonía americana era Japón, y contra él se esgrimieron los mismos insultos y los mismos ataques que hoy se centran en China:

(…) se trataba de un país que recurría a todos los medios lícitos para promover las exportaciones y desalentar las importaciones, por lo que era la encarnación del “mercantilismo”. Por si fuera poco, la “fábrica Japón” también ha hecho un intento sistemático de eludir las reglas de la corrección comercial internacional. (…) Además, el país asiático había perjudicado a sus rivales extranjeros “«malvendiendo» en el exterior ciertos productos por debajo del precio de mercado (…)”; por no hablar del «espionaje industrial sistemático», promovido por todas las empresas importantes japonesas, que había creado departamentos específicos para esta actividad ilegal” 3

Parece un párrafo sacado de cualquier revista americana de cabecera criticando a la República Popular China, pero no es más que una sucesión de acusaciones promovidas por especialistas, técnicos, políticos e intelectuales norteamericanos contra Japón en los años 80 y 90. Los americanos, en sus rabietas, son poco originales.

Llegaron, incluso, a amenazar con la guerra y hasta con el holocausto nuclear a un país sobre el cual no hacía ni medio siglo que habían lanzado ya dos bombas nucleares (las dos únicas que se han lanzado en la historia) masacrando a millones de personas. La administración Obama – quien, no lo olvidemos, recibió un Premio Nobel de la Paz – comenzó un desplazamiento estratégico del eje militar estadounidense hacia el Pacífico para confrontar con China: un artículo citado de la revista americana Foreign Affairs citado por Losurdo4 reconoce abiertamente que la flota americana “opera a pocas millas de distancia de muchas de las ciudades chinas más importantes”. La retórica belicista de Trump no es más que el desarrollo lógico de la política internacional de la administración Obama, y no debería resultar chocante si tenemos en mente las repugnantes declaraciones de Hillary Clinton tras el linchamiento de Gaddaffi: “Vinimos, vimos, y murió”.

Pero es que la cosa va más allá: no sólo coartan y mutilan el libre mercado cuando les conviene, sino que, cuando las circunstancias les han obligado a ello, los propios americanos han empleado el Estado como motor de su economía. En algunos casos, como el del New Deal promovido por Roosevelt después de la crisis de 1929, esa intervención tuvo un carácter social y positivo; en otros, como el caso de la construcción del Canal de Panamá entre 1904 y 1914, el Estado se puso al servicio descarado de la gran burguesía americana.

Este es el caso del conflicto con Huawei: además de la vertiente geopolítica asociada al desarrollo de la red 5G y el control de las comunicaciones, el Estado americano ha vuelto a entrometerse en el libre mercado cuando la hegemonía de sus empresas se ha visto amenazada. Si los liberales han estado dispuestos a dejar morir a millones de personas de hambre en nombre del libre comercio, como hicieron en Irlanda o en Bengala, sería lógico que ahora contemplaran como sus grandes empresas caen en manos de otras más competitivas, más fuertes. ¿No es acaso ésta la máxima del libre mercado?

Pero cuando los liberales claman al cielo y agitan los puños enrabietados, exigiendo que se tomen medidas contra las empresas chinas porque, entre otras cosas, están vinculadas al Estado chino y por tanto “no han jugado limpio”, lo que están haciendo, en realidad, es reconocer que la iniciativa pública, la planificación económica, tienen la capacidad de impulsar y potenciar la economía mucho más que la iniciativa privada. La “ventaja” con la que cuentan las empresas chinas es muy simple: no tienen que cargar con una sarta de parásitos inútiles succionando riqueza de la economía. Pero claro, reconocer esto supone reconocer que su propia clase, ellos mismos, no sólo no son el motor de la economía, sino que son en realidad un estorbo y un lastre.

Las tierras raras y el contraataque chino

Los americanos llevan tiempo librando su guerra contra China: este enfrentamiento no es patrimonio de la administración Trump. Ya desde la fundación de la República Popular China en 1949, Estados Unidos impuso bloqueos, sanciones y todo tipo de agresiones económicas que lastraron el desarrollo del país y tuvieron un impacto directo sobre las dificultades económicas que atravesó (incluidas las hambrunas, de las que se la historiografía imperial acusa unívocamente a Mao y al Gran Salto Adelante). El historial estadounidense de ataques comerciales contra China es largo: aunque se relajó durante la época de la reforma económica, que permitió que las multinacionales americanas tuvieran acceso a mano de obra, recursos y, finalmente, al inmenso mercado chino, ahora que son las empresas chinas las que empiezan a expandirse, nuevamente arrecian las sanciones, los aranceles y todas las demás “bombas económicas” que hay en el arsenal americano.

Hemos visto como estas “bombas” fueron devastadoras para ZTE. La empresa china, que como ilustra el gráfico inicial se hizo entre 2011 y 2013 con una cuota de mercado interesante, similar por aquel entonces a la de la propia Huawei, hoy está cerca de la desaparición. Ahora bien, cuando se lanzaron aquellos ataques, ZTE era aún un blanco fácil, nada comparable con el gigante que es hoy en día Huawei. Parece evidente que China no está por la labor de dejar caer a su buque insignia tecnológico, menos aún ahora que parece estar tan cerca de la implementación del ansiado 5G, ¿pero qué capacidades tiene Pekín de resistir esta ofensiva? ¿Pueden contraatacar los chinos?

Los americanos tienen el control sobre un recurso clave en las telecomunicaciones, y en particular en los smartphones: los microchips. Son la base de la producción de los teléfonos inteligentes y de casi toda la infraestructura tecnológica de la sociedad moderna. ARM, principal fabricante de microchips, ya ha anunciado que no suministrará a Huawei. Por lo tanto, nos encontramos no sólo ante un problema de software, de diseño de un sistema operativo propio por parte de los chinos, algo que podría llegar a subsanarse con cierta facilidad, sino ante un verdadero estrangulamiento económico contra el sector de las telecomunicaciones del gigante asiático: el equivalente comercial a un bombardeo estratégico sobre fábricas y centros de investigación.

Los chinos, a pesar de todo, no están desarmados, ni mucho menos. Controlan gran parte del mercado de las tierras raras, fundamentales también para el sector, ya que son la materia prima a partir de la cual se fabrican, por ejemplo, los propios microchips. De hecho, actualmente China tiene en su territorio el 55% de las reservas de tierras raras a nivel mundial, y suministra el 80% de la demanda americana, concentrando el 83% de la producción. Casualmente, estos productos quedaron fuera de la lista de mercancías afectadas por los aranceles americanos. Si China decidiera responder al bloqueo estadounidense con una acción similar en relación a estas tierras raras, las opciones de Estados Unidos estarían muy limitadas: según Foreign Policy, que cita a una consultora especializada en el comercio de estos metales, este embargo de tierras raras “afectaría a todo: automóviles, energías renovables, defensa, tecnología”.

Xi Jingping, en una reciente visita a una mina de tierras raras, parecía recordar a los americanos que China cuenta con este as en la manga. Aunque tradicionalmente el gigante asiático ha recurrido a la diplomacia y al soft power para dirimir este tipo de conflictos, en el caso de una guerra comercial desatada como la que Trump parece estar dispuesto a lanzar, la República Popular China tendría capacidad para responder. A juzgar por el perfil bajo que suele mantener en política internacional, la prudencia guiará los próximos pasos de Pekín: los chinos son conscientes de que esta guerra tendría efectos devastadores para todos, y de que incluso quien la gane saldrá perdiendo.

La Unión Europea, entre la espada y la pared

La situación del sector de las telecomunicaciones en la Unión Europea es especialmente difícil. Las regulaciones de la Unión Europea dificultan las fusiones, y eso impide que se formen grandes multinacionales europeas que puedan estar en condiciones de competir con las chinas y las estadounidenses. No en vano, entre los grandes fabricantes de smartphones no hay ningún europeo: Nokia llegó a ocupar una cuota importante del mercado, pero su desaparición dejó viuda a la Unión Europea en lo relativo al sector.

Esta situación de debilidad se manifiesta, por ejemplo, en el retraso tecnológico de las telecos europeas de cara a la implantación del 5G. Lo que Estados Unidos consigue a través de su dominio imperial, y China a través de la participación pública en la economía – especialmente en sectores estratégicos como las telecomunicaciones –, la Unión Europea es incapaz de conseguirlo: las telecos europeas necesitan una concentración de capitales mayor para poder acometer todas esas inversiones sin mermar demasiado su rentabilidad, pero la propia legislación europea pone trabajas a ese proceso. Según datos de Bloomberg citados por El País, la capitalización de las diez telecos europeas de cabecera ha descendido un 43% en los últimos seis años, mientras que el valor de mercado de sus competidoras estadounidenses aumentaba un 71%.

La posición internacional que la Unión Europea ha asumido como aliada incondicional de Estados Unidos coloca al proyecto europeo en una situación tan peligrosa como la que afrontan sus telecos. Pero la burguesía europea, o al menos su punta de lanza franco-alemana, parece caminar contenta en esa dirección: denuncian abiertamente las inversiones chinas en Europa, como las acordadas entre el gobierno italiano y las autoridades de Pekín – a pesar de que eso contradice al Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea, que establece que los flujos de capitales entre Estados miembro y entre éstos y terceros Estados no pueden ser regulados – pero callan ante el “abrazo del oso” con el que los americanos han atrapado al Viejo Continente.

¿Qué solución puede haber para la Unión? La reforma del TFUE, de cara a modificar las cláusulas que limitan la concentración de capitales, parece la única opción; al menos, la única opción que pase por la supervivencia de las grandes empresas europeas, porque de continuar en la dirección actual lo más seguro es que terminen siendo absorbidas por sus contrapartes americanas. Para sobrevivir frente al crecimiento de China y al influjo de Estados Unidos, el gran capital europeo necesitaría profundizar en el llamado “federalismo europeo”, caminando hacia una unión política más centralizada capaz de abordar estos problemas. Pero claro, esta opción parece poco viable si tenemos en cuenta que el contexto europeo está siendo testigo de un auge de los nacionalismos en los distintos Estados-nación – e incluso dentro de ellos, como bien sabemos en España – que no sólo no están por la labor de acentuar la integración, sino que parecen apostar más bien por frenarla o incluso revertir algunos de sus aspectos. El proyecto europeo, por tanto, tiene pronóstico reservado.

Bonus track: cree el ladrón que todos son de su condición

Hay aún un elemento a tener en cuenta de todo este meollo, que es mitad divertido, mitad preocupante: los americanos y sus aliados – recordemos que los primeros en usar este calificativo fueron los británicos – han acusado a las empresas chinas, en repetidas ocasiones, de ser “una amenaza para la seguridad nacional”. En cierto sentido, no les falta razón: quien controla las redes de comunicación, controla la información que circula por ellas, y esa información, hoy en día, puede llegar a ser un arma tan poderosa como un arsenal nuclear. Para algunos, el hecho de que determinados gobiernos o instituciones controlen la información y tengan acceso a estos datos es problemático; por desgracia, el modelo actual de consumo y oferta de las comunicaciones es así. Dejemos fuera de la ecuación, por tanto, el “modelo Tor5” en el que se protege la privacidad del usuario, y asumamos que, efectivamente, quien controla la infraestructura va a controlar la información.

En ese contexto, la rabieta de los americanos y sus denuncias contra China por amenazar “la seguridad nacional” son bastante reveladoras: en el fondo, no hacen más que demostrar que lo que a los americanos les preocupa de todo esto es que no sean ellos los que controlen y dominen las redes de comunicación y la información, como viene ocurriendo hasta ahora. Las grandes empresas americanas colaboran activamente con el gobierno en el espionaje y la vigilancia masivas y a gran escala, con escándalos que han sido destapados, entre otros, por Edward Snowden o Wikileaks. Si dejamos al margen la cuestión de la información personal, y nos centramos en el espionaje tradicional, resulta que su hegemonía tecnológica ha permitido a los americanos vigilar durante años ¡incluso a sus propios aliados! Así lo revelaban los cables publicados por la organización de Julian Assange, que sacaron a la luz, por ejemplo, el espionaje realizado por la NSA sobre la Cancillería alemana; sobre los presidentes franceses Jacques Chirac, Nicolas Sarkozy y François Hollande; sobre ciudadanos británicos, esta vez con el conocimiento y el permiso de la inteligencia del Reino Unido; o sobre más de 60 millones de llamadas telefónicas en España, ¡en sólo un mes!

La tragicomedia da un giro cuando nos enteramos de que resulta que la inteligencia alemana, por ejemplo, también ha sido acusada de espiar la Casa Blanca durante años. Todos estos gobiernos de países aliados, amigos, unidos en una “cruzada” común en defensa de los valores liberales, se destapan en el fondo como bandas de mafiosos, desconfiados unos de otros, dispuestos a espiarse mutuamente. Si esta es la actitud que mantienen las autoridades occidentales hacia sus pares, socios comerciales, aliados políticos y hermanos culturales, ¡qué pensarán de China, tan profundamente diferente de Occidente!

Lo que preocupa a los americanos, a los británicos, y a todos los demás occidentales que acusan a China de ser “una amenaza para la seguridad nacional” no es que vaya a espiarles o que pueda tener acceso a cierta información: lo que les preocupa es que, por primera vez, es posible que haya alguien más poniendo el oído, alguien distinto, alguien que no pertenezca a su “club” de falsos hipócritas traicioneros, alguien que no esté metido hasta el cuello en la misma mierda. Alguien, en definitiva, que venga de fuera del círculo imperialista que ha tenido, hasta hoy, el monopolio de la información, y que, con todas sus desavenencias, puñaladas y mentiras, han cerrado filas cuando tocaba. China puede ser la primera nación en sentarse a esa mesa de la vergüenza que no tiene ningún interés en que todo siga como hasta ahora. Y eso es lo que aterra a los imperialistas.

Notas

  1. La marcha china lleva años creciendo y en agosto del año pasado alcanzó una cuota de mercado del 15,5%, superando ampliamente a Apple, con un 11,8%. En el caso del mercado español, en febrero de este mismo año Huawei alcanzaba una cuota de mercado del 28,3%, convirtiéndose en el líder del mercado y superando a Samsung, con un 27,2%
  2. 850 millones de personas en cuarenta años, según datos del Banco Mundial, que pueden consultarse en: https://www.worldbank.org/en/country/china/overview
  3. Losurdo, La izquierda ausente, 7.3, pg. 259
  4. Íbid, 7.2, pg 254
  5. En referencia a la red de comunicaciones empleada para navegar de forma anónima por Internet

Dejar un comentario

Por favor escribe tu comentario
Por favor introduce tu nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.