Cuando el negocio se antepone a la vida: historias del sistema sanitario americano

Un tweet reflexionando sobre el (inexistente) sistema de salud americano ha prendido la mecha de un debate candente en la sociedad estadounidense: la reivindicación de un modelo de sanidad pública a la europea. Aquí, sin embargo, vemos cómo nuestros sistemas públicos sufren recortes y se pone en duda su viabilidad. Al otro lado del Pacífico, los trabajadores empujan para mejorar sus derechos; aquí, los superricos presionan para reducir los nuestros. ¿Y si nos organizamos, como los americanos?

Imagen de portada de la página del movimiento Medicare For All

Ocurre con frecuencia en las redes sociales que, cuando una publicación se viraliza, es porque ofrece un contenido con el que resulta fácil identificarse: ya sea un chiste o una broma de actualidad, una nostálgica reflexión en la que se representada toda una generación, un recuerdo infantil que arrastra a todos aquellos que vieron la misma serie, escucharon la misma canción o jugaron con los mismos juguetes… En casi todos los casos, se trata de un contenido que llega a la gente. Este caso no es diferente: a principios de mes, una cuenta de Twitter en defensa del Medicare for All – propuesta política americana que defiende un sistema de salud público a la europea – lanzaba una pregunta: ¿cuando te concienciaste a causa del inexistente sistema de salud americano? Dicho de otro modo, ¿cuando el sistema sanitario americano te hizo darte cuenta de que algo no funciona en este sistema?

El tweet se viralizó enseguida, y a día de hoy suma casi 20.000 interacciones. Cerca de 4000 americanos han respondido, contando sus historias. Para nosotros los europeos, que luchamos y ganamos durante el siglo XX para conseguir un Estado del Bienestar, el largo hilo de respuestas parece sacado de una terrorífica distopía de ciencia-ficción, una especie de Blade Runner aún más oscuro, corporativo e inhumano que la película original. Para millones de americanos, es la triste y dura realidad. De igual modo, lo que para nosotros es un servicio fundamental, el hecho de tener una sanidad pública financiada colectivamente, para estos americanos parece una increíble fantasía. O al menos, lo parecía hasta que hace unos años la candidatura de Bernie Sanders enarboló la bandera del «Medicare for All», hasta que esta reclamación se ha convertido en uno de los ejes del discurso de la izquierda demócrata americana: hoy, lejos de ser «una utopía», se ha convertido en una reivindicación asumida por una amplia mayoría social1, incluso entre los autoproclamados republicanos.

¿Qué ha ocurrido para que se haya producido este gran cambio, este vuelco en la opinión pública americana, tradicionalmente opuesta a cualquier forma de seguridad social o servicio público? Aparte de la valentía y el tesón demostrado por movimientos sociales, sindicatos y organizaciones obreras como Democratic Socialists of America, con la inestimable contribución de la campaña de Sanders, el elemento fundamental ha sido otro: la dura realidad provocada por un sistema que antepone el negocio al derecho más elemental de todos, el de la vida. Sobre esa realidad pivotaba la pregunta que se ha viralizado, y es precisamente porque un gran número de americanos se han visto identificados en esa reflexión que ha generado tantas interacciones, tantas respuestas, tantas historias duras y dolorosas. Tanto es así, que muchas de ellas se han viralizado también

Es el caso de un usuario que cuenta como el padre de su mejor amigo reaccionó al diagnóstico de su leucemia: desde la serenidad y la aceptación en el momento en que le comunicaron la noticia, hasta la rabia y la desesperación, poco antes de morir, de ver que su tratamiento había empobrecido y endeudado de por vida a su mujer y a su hijo. El propio padre del usuario, al recibir un diagnóstico similar, rechazó el tratamiento para impedir que su familia corriera la misma suerte.

Otro usuario explica que, tan sólo tres días después de saltar de una tercera planta para escapar de un fuego que devoraba su apartamento, el personal del hospital intentó echarle porque en su huída no había tenido tiempo de coger la tarjeta de su seguro: cuando se enteraron de que efectivamente estaba asegurado y cubierto, hasta le ofrecieron una habitación privada para él solo.

Aunque todas las historias son verdaderamente impactantes, una de las que causa escalofríos y hace estremecerse a cualquiera es la que comparte una usuaria sobre su mejor amiga: en octubre de 2018, pedía por Facebook que alguien le prestara algo de Albuterol, porque no podía permitirse comprar una dosis. No lo consiguió: murió al día siguiente de un ataque.

Tragedias como estas se repiten a lo largo de todo el hilo, con una frecuencia pasmosa. Un padre de familia explica que su jefe le llamó porque tenía que volver al trabajo o perdería su seguro médico: respondió a la llamada en una habitación de cuidados intensivos junto a su hijo de cuatro años, que estaba en coma inducido. Un asesor bancario denuncia que atendió a un hombre con un cáncer terminal que había hipotecado su casa varias veces para poder pagar su tratamiento: se divorció de su mujer y se declaró en bancarrota, para evitar que la deuda la arrastrara también a ella. Una mujer cuenta la historia de un amigo al que le habían hecho el contrato justo para evitar tener que pagarle un seguro médico: después de un tiempo sufriendo, fue al médico para recibir el diagnóstico de un cáncer terminal. A su madre, aún de luto, le llegó poco después de su muerte una factura de 80.000 dólares. Incluso una trabajadora del sector de los seguros médicos responde a la pregunta, explicando que asistía a reuniones en las cuales se les pedía buscar formas de evitar que los clientes recibieran los servicios por los que habían pagado.

Todos estos son ejemplos de las consecuencias que tiene un sistema que antepone el beneficio privado al derecho a la vida. Y, aunque las respuestas de este hilo, y el caso americano, son los ejemplos más duros y descarnados de esta lógica inhumana, en Europa tampoco estamos exentos de ello. Por mucho que tengamos una sanidad pública que nos garantice la atención en caso de lesiones o enfermedad, eso no quiere decir ni mucho menos que en nuestros puestos de trabajo se vaya a respetar nuestro derecho al descanso y a la recuperación. En uno de los programas de Salvados, Jordi Évole se entrevistaba con un coordinador de tiendas de Mercadona, y éste le contaba que no sólo había estado él mismo con una dolorosa lesión en el talón de Aquiles, sino que existe una gran presión por parte de la empresa para que los trabajadores se reincorporen cuanto antes. Aquellos que, en lugar de acudir al servicio médico de la empresa, iban al médico de cabecera, se exponían al riesgo de ser despedidos. Formas de funcionar similares se reproducen en muchos de los servicios médicos de otras tantas empresas, cuyo interés no es la recuperación de la salud sino la reincorporación al trabajo en el menor tiempo posible.

Aunque la forma de manifestarse es distinta, la lógica de fondo de estos fenómenos es la misma: en este sistema nuestras vidas valen menos que los beneficios de una minoría social. Ya sean los capitalistas que nos explotan en el puesto de trabajo, quitándonos la vida poco a poco, o los que directamente hacen negocio con la sanidad, los trabajadores vivimos bajo una amenaza permanente que se deja notar en nuestra salud. Hace no mucho explicábamos, de hecho, que existen significativas diferencias de esperanza de vida y de riesgo de contraer enfermedades en función de la clase social a la que uno pertenezca.

El modelo americano es, de entre todos los que existen, el que representa mejor el carácter inhumano del capitalismo. Aún podía ser peor, desde luego, aunque leyendo las historias compartidas en este hilo de Twitter resulta difícil imaginárselo. El problema es que, mientras que en América los trabajadores y la sociedad se organizan para avanzar y presionar, en Europa parece que llevamos el camino contrario: y así, en lugar de seguir limitando y constringiendo la naturaleza criminal del capitalismo, parece que estamos dispuestos a darle rienda suelta. Tratados como el TTIP y políticas de austeridad como las que han sufrido el sistema nacional de salud (NHS) inglés o nuestra propia sanidad pública nos acercan más al modelo americano de lo que los americanos se acercan, hoy por hoy, al modelo europeo.

Es difícil imaginar un modelo americano en Europa, después de la relevancia que han adquirido los servicios públicos en nuestro estilo de vida, pero no imposible. De momento, ya se dibuja una tendencia, un cambio de lógica: los servicios públicos pasan de ser un bien colectivo, del que se beneficia y disfruta la mayoría social, y que financian en mayor medida los que más tienen, a ser una especie de red mínima de asistencia social, unos raquíticos servicios mínimos para evitar que historias como las de los americanos puedan producirse aquí, en Europa. De herramientas para combatir la desigualdad, pasan a ser mecanismos de lucha contra la pobreza extrema. Este cambio de lógica ya se está produciendo, y marca una tendencia a la baja de los derechos sociales: el salto de un sistema social a un sistema caritativo que estamos dando es mayor que el de un sistema caritativo a ningún sistema. Y puede que entonces nos veamos como los americanos: tomando conciencia de que algo no funciona a causa de un sistema de salud inexistente que provoca tragedias con tanta frecuencia que terminan por convertirse en rutina.

No demos nada por sentado: nuestros sistemas públicos de sanidad, educación o transporte no son derechos que cayeran del cielo. Fueron parte de las conquistas que ganamos durante el siglo pasado, librando una dura lucha de clases: igual que las ganamos, nos las pueden quitar. E igual que ganamos estos derechos, podemos ganar más y mejores. Más financiación para la sanidad pública, que incluya la salud dental o mejore la cobertura de salud mental. Una mejor educación pública, que se extienda de verdad hasta la Universidad, reduciendo las tasas, garantizando la gratuidad de los materiales escolares, poniendo más recursos tecnológicos y académicos a disposición de los estudiantes. Transporte público gratuito, con mayor frecuencia, ecológico y más moderno. Todas estas transformaciones nos parecen hoy tan inalcanzables como en su día pudieron parecerles a los trabajadores de los siglos XIX y XX el Estado del Bienestar. Pero lucharon, y ganaron. Nada nos impide a nosotros hacer lo mismo. Riqueza hay de sobra: dejemos de permitir que la acumulen los superricos.

Notas

  1. A finales de 2018, un 70% de los americanos se declaraban a favor del «Medicare for All» según algunas encuestas, aunque el número oscilaba según otras fuentes entorno al 60%

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