La tentación “rojiparda” y sus críticos “mainstream”

Una vez más, la polémica sacude las filas de la izquierda española. Si el año pasado convulsionaron al campo progresista las polémicas en torno al libro de Daniel Bernabé La trampa de la diversidad y el artículo ¿Fascismo en italia? Decreto dignidad firmado por Julio Anguita, Manuel Monereo y Héctor Illueca, esta vez le ha tocado el turno a la entrevista de El Confidencial al intelectual italiano Diego Fusaro. Una vez más, asistimos a un espectáculo lamentable en el que se intercambian descalificativos de “filofascista” o “rojipardo” en un caso y de “posmoderno” o “neoliberal” en otro. Los egos intelectuales y las rencillas personales espolean aún más los términos ya de por sí tóxicos en los que el debate está planteado. Pero lo cierto es que nuevamente se prefiere el cierre de filas identitario en torno al proyecto de cada uno antes que contribuir a la clarificación política e ideológica de las fuerzas progresistas. Sin pretensión de sentar cátedra, son algunas de las propuestas de Fusaro y sus críticos lo que trataré de someter a crítica en este artículo.

El fantasma del “globalismo”

Uno de los puntos más interesantes de la entrevista de El Confidencial a Fusaro es la crítica que éste hace del globalismo. En este sentido, el filósofo italiano afirma lo siguiente:

«Creo que hoy debemos ir más allá del globalismo y del nacionalismo. Al fin y al cabo, el globalismo no es más que el nacionalismo estadounidense que se ha hecho mundo y, por lo tanto, es una forma de nacionalismo llevado a su máximo desarrollo. Creo que es necesario hacer valer, contra estos dos opuestos, un modelo de internacionalismo entre Estados soberanos solidarios, basados en la democracia, el socialismo y los derechos de las clases más débiles y, en consecuencia, una especie de soberanía internacionalista, democrática y socialista, alejada tanto del cosmopolitismo que destruye a las naciones, como del nacionalismo que es un egoísmo pensado a nivel de la propia nación individual.»

Fusaro identifica con bastante acierto la globalización neoliberal bajo hegemonía de los Estados Unidos como un nacionalismo estadounidense “mundializado” y, por tanto, desarrollado al máximo. Esto es cierto en términos históricos. Sin embargo, ¿hasta qué punto es esto vigente hoy en día? Desde la victoria electoral de Donald Trump son precisamente los Estados Unidos quienes están cuestionando cada vez más la arquitectura “globalista” que regula las relaciones internacionales, sobre todo en el plano económico. Además, este cuestionamiento es especialmente fuerte en aquellos aspectos en los que el “globalismo” ha sido en cierta medida respetuoso con la soberanía nacional, como es el caso de los mecanismos multilaterales. Así lo demuestra el presidente Trump pasando por encima de los mecanismos multilaterales de negociación y pleito de la Organización Mundial de Comercio.

Ante este repliegue al nacionalismo franco y abierto por parte del capitalismo estadounidense, el nuevo “campeón del globalismo” está pasando a ser China (un Estado que aún hoy en día se proclama socialista) con su proyecto de la Nueva Ruta de la Seda como estrategia de marca. En este caso ya no estamos ante un modelo de globalización basado en la plena libertad de movimiento del capital financiero. La presencia de empresas públicas y de acuerdos de cooperación “win-win” es determinante. Por supuesto, el proyecto no está exento de problemas, como bien se observa en los elevados niveles de endeudamiento que muestran varios países implicados en la iniciativa. No obstante, es evidente el reforzamiento de los Estados-nación y la mira en el desarrollo a largo plazo frente al capital financiero y la visión cortoplacista especulativa. Así lo corroboraba el ex ministro de finanzas griego Yanis Varoufakis en una entrevista de El País hace ya casi dos años:

«Mi experiencia con los chinos –y yo negocié con ellos un trato que fue redactado pero nunca llegó a ser firmado, que habría sido absoluta y extraordinariamente bueno para Grecia – me dice que son inmensamente egoístas, como sí lo son, pero al mismo tiempo tienen una característica que necesitamos en el sur de Europa, —en realidad, creo que todo el mundo lo necesita— recibir inversión extranjera directa proveniente de inversores con paciencia, y los chinos son inversores que tienen paciencia. Ellos no vienen a hacerse con un activo con fines especulativos. Vienen para crear una base sobre la cual construir y construir y construir, y su horizonte es un horizonte de 20, 30 años.»

Desde luego, esto no es todavía ese «modelo de internacionalismo entre Estados soberanos solidarios, basados en la democracia, el socialismo y los derechos de las clases más débiles» que reivindica Fusaro. ¿Pero acaso no son estos aspectos del “globalismo chino” elementos fundamentales e imprescindibles en los que basar ese modelo de internacionalismo? Golpear al fantasma del “globalismo” no parece la mejor manera de comenzar la elaboración de un proyecto emancipador, sobre todo ahora que ese fantasma está cambiando de carácter. Fusaro no puede evitar reconocer estos hechos cuando afirma que «tenemos que apuntar a un eje euroasiático que vaya desde la Rusia de Putin hasta China en función antiatlantista». Sin embargo, no lleva este razonamiento a su conclusión lógica, pues significaría reconocer abiertamente que supone sustituir un “globalismo” “euroatlántico” por otro “euroasiático”, si bien de contenido diferente.

El papel del Estado-nación

Frente al fantasma del “globalismo” Fusaro sitúa en el Estado-nación el único baluarte de resistencia popular:

«Los Estados nacionales soberanos, en la modernidad, no han sido solo los lugares del imperialismo, del nacionalismo y de las guerras, como repite el orden del discurso dominante, que quiere destruir a los Estados para imponer el primado del capital globalista, donde los Estados se convierten únicamente en los mayordomos del capital. Esta es la visión liberal del Estado. En realidad, los Estados nacionales soberanos también han sido los lugares de las democracias y de las conquistas salariales de las clases débiles. Y es por esta razón que hoy el capital quiere destruirlos, ciertamente no para evitar las guerras o el imperialismo que, de hecho, prosperan más que nunca en el marco posnacional. Hoy el Estado puede representar el único vector de una revolución opositora contra el capital mundialista, tal y como demuestran perfectamente los acontecimientos de los países bolivarianos, como Bolivia, Venezuela o Ecuador que, a pesar de sus límites estructurales, están creando formas de populismo soberanista, socialista, patriótico, anti-globalista e identitario.»

No cabe duda de que esta afirmación de Fusaro es plenamente cierta en el caso de grandes Estados-nación de tamaño continental como es el caso de China o de Rusia. ¿Pero hasta qué punto es cierto en el caso de Estados-nación de “tamaño europeo” como Italia? El propio ejemplo que cita de Venezuela muestra las limitaciones de su propuesta, ya que el aislamiento del gobierno bolivariano en una América Latina conservadora le obliga cada vez más a echarse en brazos de China y Rusia. También el acuerdo de la actualmente desafiante Italia con China, sumándose a la Nueva Ruta de la Seda, parece apuntar en este sentido. ¿Al final en qué queda la soberanía, más allá de poder escoger entre un bloque u otro, entre una superpotencia u otra? Claro está que siempre podremos argumentar las ventajas del cambio de alianzas interestatales, pero es éste el contenido concreto que adquiere la soberanía nacional, no el de una suerte de soberanía ilimitada que permitiría hacer cualquier cosa.

Los Estados-nación surgen en la época de las revoluciones democrático-burguesas cuando éstas liquidan el feudalismo y superan la fragmentación territorial que lo caracterizaba para unificar la vida económica de las naciones, creando así la base para el desarrollo del capitalismo. Pero hoy en día no estamos en la época de la liquidación del feudalismo, sino en la época del capitalismo monopolista, en la era de las multinacionales. Los ingresos de algunas multinacionales ya sobrepasan el PIB de varios Estados-nación. Ya en 1972 Salvador Allende alertaba en su discurso ante la Asamblea General de la ONU sobre el peligro de que el poder de las grandes corporaciones transnacionales superase al de los Estados-nación:

«Estamos ante un verdadero conflicto frontal entre las grandes corporaciones transnacionales y los Estados. Estos aparecen interferidos en sus decisiones fundamentales -políticas, económicas y militares- por organizaciones globales que no dependen de ningún estado y que en la suma de sus actividades no responden ni están fiscalizadas por ningún Parlamento, por ninguna institución representativa del interés colectivo.

En una palabra, es toda la estructura política del mundo la que está siendo socavada. “Los mercaderes no tienen patria. El lugar donde actúan no constituye un vínculo. Sólo les interesa la ganancia.” Esta frase no es mía; es de Jefferson.

Pero, las grandes empresas transnacionales no sólo atentan contra los intereses genuinos de los países en desarrollo, sino que su acción avasalladora e incontrolada se da también en los países industrializados, donde se asientan. Ello ha sido denunciado en los últimos tiempos en Europa y Estados Unidos, lo que ha originado una investigación en el propio Senado norteamericano. Ante este peligro, los pueblos desarrollados no están más seguros que los subdesarrollados. Es un fenómeno que ya ha provocado la creciente movilización de los trabajadores organizados, incluyendo a las grandes entidades sindicales que existen en el mundo. Una vez más, la actuación solidaria internacional de los trabajadores deberá enfrentar a un adversario común: el imperialismo.»

Al final de su discurso (por el que recibió una prolongada ovación) Allende sitúa un elemento clave en este tema, que es el de la “actuación solidaria internacional de los trabajadores”. Ciertamente los Estados-nación modernos han sido el espacio en el que se han conquistado los derechos democráticos y sociales para las capas trabajadoras y populares. ¿Pero podemos abstraer estas conquistas del auge que en ese mismo momento se produjo del movimiento obrero a escala internacional? El propio triunfo de la revolución soviética es inseparable de todo el desarrollo previo del movimiento obrero europeo a través de las internacionales. Si bien a menudo se asume la importancia de la “amenaza soviética” como elemento de apoyo fundamental para que las clases trabajadoras occidentales conquistaran muchos de los derechos sociales que todavía disfrutamos (aunque estén en proceso de demolición controlada) poco o nada se insiste en el apoyo que la Unión Soviética tuvo del movimiento obrero occidental en sus momentos más difíciles. Esto es algo que ni Stalin, el promotor del “socialismo en un solo país”, podía ignorar:

«¿Qué ocurriría si los proletarios de todos los países no simpatizasen con la República de los Soviets y no le prestasen su apoyo? Tendríamos la intervención y la derrota de la República de los Soviets.

¿Qué ocurriría si el capital consiguiera derrotar a la República de los Soviets? Advendría la época de la reacción más negra en todos los países capitalistas y en las colonias, empezarían a aplastar a la clase obrera y a los pueblos oprimidos, serían barridas las posiciones del comunismo internacional.

¿Qué ocurriría si se incrementan y crecen la simpatía y el apoyo de los proletarios de todos los países a la República de los Soviets? Esto facilitaría sobremanera la edificación del socialismo en la URSS.

¿Qué ocurriría si aumentan en la URSS los éxitos de la edificación socialista? Esto mejorará sobremanera las posiciones revolucionarias de los proletarios de todos los países en su lucha contra el capital, quebrantará las posiciones del capital internacional en su lucha contra el proletariado y elevará a un escalón superior las probabilidades del proletariado mundial.»1

Así pues, si bien la conquista del poder político en marco del Estado-nación, es imprescindible, no es suficiente, si esta lucha no cuenta con el apoyo y la solidaridad del movimiento obrero y de la izquierda internacionales. Si esto era así hace casi 100 años, ¿no lo será más todavía hoy en día, cuando el capitalismo ha globalizado aún más los vínculos económicos entre naciones? En la Unión Europea no sólo estamos asistiendo a choques entre sus estructuras supranacionales y los gobiernos nacionales críticos con la política de austeridad neoliberal (si bien hasta ahora lo usual es que hayan terminado dando su brazo a torcer), sino también a huelgas de trabajadores a escala europea como ha sido el caso del sector de la estiba o las huelgas coordinadas en multinacionales como Amazon o Coca-Cola. ¿No será necesario articular estas dos dimensiones de lucha y tratar de incorporarlas a un proyecto emancipador de carácter socialista o al menos socializante?

El comunismo y la familia

La propuesta de Fusaro no se limita al refugio en el Estado-nación, sino en toda una apuesta por reforzar los vínculos comunitarios desde la familia, pasando por organismos públicos como los sindicatos, hasta el Estado:

«El capitalismo actual es flexible y precarizador. Disgrega a toda comunidad humana y quiere ver en todas partes al individuo sin identidad y sin vínculos, al consumidor que entabla relaciones desechables basadas en el consumo. Por eso, el capitalismo hoy ha declarado la guerra a lo que yo, en mi libro ‘Storia e coscienza del precariato. Servi e signori della globalizzazione’ (Bompiani, 2018) llamo las raíces éticas en el sentido hegeliano; es decir, aquellas formas comunitarias de solidaridad que van desde la familia a los organismos públicos como los sindicatos, la escuela, la universidad, hasta completarse en el Estado. Tiene como objetivo romperlas para reducir el mundo a un mercado único, como dijo Alain de Benoist: la sociedad se convierte en un único mercado global. Esta es la razón por la cual hoy en día la reetización de la sociedad, es decir, la revalorización de las raíces éticas en el sentido hegeliano es un gesto revolucionario.»

Ciertamente, una parte de la izquierda ha terminado adoptando una posición nihilista ante la idea de familia. Esta actitud no sólo la critican intelectuales como Fusaro. Hace año y medio en una entrevista concedida a El Mundo César Rendueles (cercano a Podemos) lamentaba lo siguiente:

«La izquierda tampoco tiene un discurso sobre la familia. Decimos cosas como que hay que destruirla porque es la semilla del patriarcado. Pero la gente no quiere destruir a la familia y por eso escucha a los que sí tienen algo que decir sobre la familia, que suelen ser argumentos reaccionarios y sexistas.»

Pero no sólo es algo manifestado por algunos elementos de la izquierda española actual. Autoras marxistas que abordaron la cuestión femenina como Alexandra Kollontái también distinguieron la familia en general de la familia basada en una división sexual opresiva para la mujer en particular:

«Sobre las ruinas de la vieja vida familiar, veremos pronto resurgir una nueva forma de familia que supondrá relaciones completamente diferentes entre el hombre y la mujer, basadas en una unión de afectos y camaradería, en una unión de dos personas iguales en la Sociedad Comunista, las dos libres, las dos independientes, las dos obreras. ¡No más «servidumbre» doméstica para la mujer! ¡No más desigualdad en el seno mismo de la familia! ¡No más temor por parte de la mujer de quedarse sin sostén y ayuda si el marido la abandona!»

De modo que no se trata de acabar con la familia en general. La familia como unión solidaria basada en vínculos afectivos no es por sí misma algo opresivo. Lo opresivo está en los elementos de división sexual del trabajo que relegan a las mujeres a las tareas domésticas y reproductivas, ya sea total o parcialmente, situándolas en una posición de dependencia económica respecto a los hombres.

No obstante, es cierto que Fusaro no introduce este matiz en su entrevista.

La crítica del “izquierdismo”

En su réplica “twittera” a Fusaro, Alberto Garzón respondió hablando de cuestiones como la inmigración que no están presentes en la entrevista de El Confidencial, aunque sí situó un argumento interesante contra los posibles simpatizantes que Fusaro pueda tener en España:

«La mayoría de los atraídos en la izquierda por personajes como Fusaro lo hacen por la vía de lo que podríamos llamar izquierdismo nihilista. Una actitud “teenager” de la política. Les seduce el discurso antiestablishment, el antieuropeismo y su actitud “políticamente incorrecta”.»

La crítica del “izquierdismo nihilista” es muy pertinente en España, sobre todo dada la influencia histórica que aquí ha ejercido el pensamiento y la práctica del anarquismo. Sin embargo, ¿no es este mismo “izquierdismo nihilista” el que motivó buena parte del viraje de la izquierda occidental a partir de 1968 a buscar nuevos sujetos revolucionarios ante el supuesto conservadurismo de las clases trabajadoras que recibieron con rechazo a los estudiantes del mayo francés? ¿No es también esta “actitud teenager” lo que lleva a una parte de la izquierda española a simpatizar con el independentismo como palanca de “ruptura del régimen del 78” a pesar de que dicha “ruptura” también lo sería de las conquistas sociales que son comunes a las clases trabajadoras de toda España (caja común de la seguridad social, de la sanidad, convenios colectivos sectoriales, etc.)?

Esta crítica del “izquierdismo” tiene un efecto boomerang que bien podría poner a Garzón y a muchos de sus seguidores frente al espejo. Pero lo importante no es esto, sino el carácter simbiótico y complementario que parecen tener el “izquierdismo rojipardo” y el “izquierdismo mainstream”. Ambos viven de criticar al otro, además de la forma más burda posible. Todo ello no expresa sino el clima de escisión entre neoliberales y reaccionarios que recorre a las clases dominantes a lo largo y ancho del mundo. Pero, lejos de resultar esto en una oportunidad para las opciones emancipadoras y transformadoras, la tendencia centrífuga se reproduce en el propio campo de la izquierda. El resultado es un ruido insoportable y que no hace sino ahondar en la confusión ideológica y política. Si al menos los planteamientos del debate fuesen mínimamente serios, tendríamos una oportunidad para depurar errores y fortalecer una posición independiente con la que desarrollar un proyecto de transformación y emancipación para los trabajadores, las mujeres y los pueblos oprimidos. Pero para eso hay que tener voluntad de construir un proyecto político.

Notas

  1. Stalin (1926): Una vez más sobre la desviación socialdemócrata en nuestro partido, Obras escogidas, páginas de la 149 a la 168.

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