Mittal quiere que veas el mundo a través de sus ojos

Respuestas socialistas a los argumentos patronales ante la "emergencia total" en ArcelorMittal.

Concentración de trabajadores de empresas auxiliares en ArcelorMittal Veriña. Octubre del 2017. Foto: Alisa Guerrero.
Concentración de trabajadores de empresas auxiliares en ArcelorMittal Veriña. Octubre del 2017. Foto: Alisa Guerrero.

Llevamos una semana de infarto. En plena negociación del Convenio Colectivo, la dirección de ArcelorMittal en Asturias advierte de una situación de «emergencia total» y el argumentario de la patronal inunda los medios de comunicación.

En la Junta del Principado de Asturias la mayoría de las fuerzas políticas aceptan por activa o por pasiva las razones de la empresa y responden con palabras vacías, lugares comunes y buenos deseos.

En realidad, lo que se está dando aquí es una aguda lucha de clases ideológica. Mittal, los grandes empresarios, y sus representantes políticos, quieren que los trabajadores y los sindicatos vean el mundo a través de los ojos de la patronal. Quieren que los trabajadores y nuestras organizaciones sindicales adoptemos el punto de vista de los empresarios sobre los problemas de la industria.

Repasemos aquí algunos de los argumentos patronales más repetidos. Va siendo hora de responder a los superricos con argumentos socialistas.

Argumento 1: «Hay que ser competitivos»

El mantra de la competitividad está en el top 10 del argumentario patronal. Esta idea comodín sirve para justificar todo: desde el cierre de plantas y los despidos, hasta las rebajas salariales y el aumento de la intensidad de trabajo, pasando por enfrentar a unos trabajadores con otros.

La idea es sencilla: para que una empresa sea viable en un marco capitalista, debe ser capaz de generar ganancias para sus propietarios. Marx nos enseña en El Capital que la fuente de la ganancia está en la explotación de los trabajadores: aumentar el tiempo en que el trabajador trabaja para el capitalista, reducir el tiempo de jornada en que trabaja para sí mismos, también aumentar la intensidad y el ritmo de trabajo. Directa o indirectamente, siempre hay una presión por sacarle más jugo a las horas de trabajo de la plantilla. Cuanto más se explote a los trabajadores, más ganancia le va a quedar después al capitalista.

Pero para que esta ganancia se transforme en dinero, las mercancías deben ser vendidas en el mercado. En el mercado hay más empresas vendiendo, es decir, la competencia. Por lo tanto la relación calidad/precio de las mercancías producidas debe ser más ventajosa que las de la competencia. Si la empresa se mantiene bien en esa competición, se dice que es competitiva.

Hasta aquí todo claro y cristalino. Inicialmente el capitalista dedica muchos recursos a mejorar la eficacia de la producción, a mejoras técnicas y organizativas, a producir más con menos materia prima. Pero el problema surge cuando, después de un tiempo, la única forma que les queda a los capitalistas para mejorar la competitividad es apretar más a la plantilla, es decir, aumentar la explotación. Aparecen entonces las resistencias del patrón a mantener el poder adquisitivo de los salarios, se amortizan puestos de trabajo y se sustituyen por mecanismos automáticos, se aumenta la intensidad del trabajo, se introducen las ETTs, se externalizan partes de la producción, se reestructura el negocio y aparecen los EREs y los cierres de plantas.

Todo esto son reflejos de la forma en que los capitalistas buscan seguir siendo competitivos y mantener o aumentar sus ganancias. Obedece a la forma en que el capitalista ve la producción.

La primera pregunta que salta a la vista es: ¿Y esta carrera por la competitividad tiene un punto de llegada final? A ojos del empresario la respuesta es no, y esto suponen un problema muy serio para los trabajadores.

Al igual que hace nuestra empresa, la competencia también compite. También introduce mejoras en la producción, maquinaria, automatismos, reestructura el negocio, aprieta las tuercas a la plantilla, mete ETTs (y con ellas trabajadores más dóciles y más baratos), externaliza partes del negocio, hace EREs y cierra plantas que considera poco eficientes, aprieta a los patronos de las auxiliares y estos a su vez a sus plantillas, deslocaliza hacia países donde es más barato producir… La lógica de la competitividad es, a largo plazo, una carrera hacia el abismo para la clase trabajadora. Es una lógica que no podemos aceptar.

La segunda pregunta es: Si no nos vale esta lógica ¿Hay alguna alternativa?

Sí, el sindicalismo de clase. Sindicalismo, en su concepción más básica, es la asociación de los trabajadores para establecer unos mínimos salariales y de condiciones de trabajo, por debajo de los cuales ningún empleado trabajará. Es ponerse de acuerdo para poner un precio mínimo a la fuerza de trabajo. Frente a esa presión del patrón por extraer más jugo de la plantilla, los trabajadores se unen y se organizan para decir ¡A este precio no!

Las primeras manifestaciones del movimiento obrero, en el siglo XIX, con la Revolución Industrial, tenían su base en esta idea primaria. Y a medida que la lucha se desarrollaba, y el movimiento obrero iba madurando y adquiriendo experiencia, se fueron desarrollando también propuestas sindicales, exigencia de leyes que protegiesen a los trabajadores, convenios colectivos, estatutos de los trabajadores, sistemas de seguridad social, etc…

Se puede decir que, el sindicalismo mismo (y sobretodo el sindicalismo de clase), en su expresión básica, es una respuesta a los intentos del patrón por aumentar la competitividad a costa de los trabajadores. Y la lógica básica de esta lucha sigue siendo plenamente vigente a día de hoy.

Parece lógico, en consecuencia, que la respuesta a las demandas de competitividad de los directivos de ArcelorMittal y a la forma en que nos presentan el problema, como si no hubiese otra alternativa, debe ser contestada con más sindicalismo de clase. ¿Qué implica esto en la práctica?

Debemos aumentar la escala de la lucha. ArcelorMittal no es un pequeño taller, ni siquiera es sólo una macroplanta en Asturias. ArcelorMittal es un gigante industrial multinacional, con centros de producción en todo el mundo y cientos de miles de empleados. Este tipo de empresas planifican y coordinan la producción a escala mundial, o por lo menos a escala de grandes subregiones globales (Europa, Asia-Pacífico, Latinoamérica, Norteamérica).

Si los trabajadores de Asturias se ponen bravos, la empresa chantajea con cerrar y derivar producción a otras plantas de la UE. Si los de Florange en Francia hacen lo mismo, la empresa deriva producción a Asturias. La única forma de evitar este chantaje es coordinar el sindicalismo entre todas las plantas, a nivel de la Unión Europea.

Preguntémonos que haría Mittal en caso de que la lucha por el convenio en Asturias, fuese acompañada por paros en otras plantas de la UE. Pensemos qué alternativa le quedaría a la empresa si toda la plantilla, en toda Europa, se movilizase al mismo tiempo para lograr una equiparación al alza de las condiciones laborales, o la reducción de jornada sin reducción de salario, o la limitación de la externalización y la eventualidad a su mínima expresión. Probablemente con la mera amenaza de una movilización así, Mittal se sentaría a negociar estas cuestiones.

No ignoramos que este tipo de ideas encuentran mucha resistencia en amplios sectores de la plantilla en ArcelorMittal y en otras grandes compañías, se ven como ciencia ficción, como algo irrealizable, fuera de nuestro alcance. Pero recordemos que, en el siglo XIX y parte del XX, la existencia de convenios colectivos y leyes laborales comunes para todo el país, también se veían como ciencia ficción, hasta que la lucha obrera las arrancó de las manos de los empresarios.

El movimiento obrero se lanzó a la coordinación de la lucha cada vez a mayor escala, desde los talleres, hasta la escala nacional, pasando por ramas enteras de la producción, no solo por un deseo de mejorar las condiciones laborales y de vida, sino porque no que le quedaba otra salida si quería enfrentar con eficacia la presión por la competitividad que los capitalistas querían implantar.

Sea considerado ciencia ficción o no, desde La Mayoría seguiremos insistiendo en la idea de ampliar la escala de coordinación de la lucha obrera, porque es correcta y es necesaria para avanzar.

Argumento 2. «Hay que meter aranceles al acero chino»

Este es otro Great Hit del Departamento de Relaciones Públicas de ArcelorMittal en Europa y de la patronal Eurofer y Business Europa. Es comprensible que en China, donde ArcelorMittal tiene algunas instalaciones, la empresa no diga lo mismo, pero aquí en la UE, el tema de los aranceles forma parte destacada el argumentario patronal y no se escatiman recursos a la hora de inundar las portadas de los periódicos e intentar atraer a los sindicatos a las posiciones patronales.

La idea también es bastante simple: En la UE está entrando mucho acero procedente de países donde la legislación laboral y medioambiental es más laxa. Esto hace que sea más barato y por lo tanto desplace en el mercado al acero europeo. Estas afirmaciones de la patronal deben ser tomadas con prudencia y estudiadas de manera independiente, ver los números y el impacto económico real, pero a efectos de este artículo vamos a darlas provisionalmente por buenas.

La solución a este problema que proponen desde los lobbies patronales de la siderurgia es la implantación de aranceles que suban el precio de estos productos extranjeros en el mercado europeo. Así se equilibrarían los precios, se vendería más acero europeo, y se mantendría el empleo en las plantas de la UE.

Lo que no dicen los lobbies patronales el acero, y sus políticos a sueldo, es que los chinos también pueden poner aranceles. Y eso puede desencadenar una guerra comercial en la que lo que ganes por una lado, lo pierdas por otro.

Si, en respuesta a los aranceles europeos al acero, los chinos levantan aranceles a, por ejemplo, los coches europeos, eso implicará menos ventas, menos fabricación en la UE, menos consumo de acero en el sector del automóvil, y a medio plazo despidos en la siderurgia y en el sector del automóvil. A su vez, una depresión en el consumo general de la población y más recortes y despidos en otros sectores. ¡Hacer un pan con unas hostias!

Nota al margen… ¿el problema está en la competencia china? ¿O está en la libertad de movimientos que tienen los capitales europeos para moverse de una región a otra? La misma ArcelorMittal tiene capitales invertidos en China, y en otros países con legislación laboral y medioambiental inferior a la de los países europeos. ¿No deberíamos ir pensando el leyes europeas que limiten esta libertad de movimientos del capital?

¿Cuál es la alternativa socialista a este problema?

Quizá no se pueda desechar totalmente la idea de introducir cierto proteccionismo limitado, para utilizarlo como medida de presión. Pero el enfoque que deberíamos impulsar es el de que hay que sentarse a hablar en serio con China y otros países para ajustar y equilibrar los requisitos medioambientales y la legislación laboral. Es posible alcanzar acuerdos win-win, donde todos ganemos, negociar y llegar a compromisos.

Por la parte obrera es necesario dedicar más recursos a potenciar la organización de los trabajadores en estos países, para facilitarles el que mejoren sus condiciones de trabajo. La idea de fondo es similar a la del Argumento 1. En vez de entrar en la dinámica de competir unos trabajadores con otros, reforcemos la solidaridad y la organización. La clase obrera ha hecho esto durante 200 años ¿Por qué no vamos a poder luchar por ello ahora?

Argumento 3. «Hace falta el Estatuto de la Industria Electrointensiva»

En Asturias, donde hay varias grandes empresas cuyos procesos productivos consumen altos volúmenes de electricidad, este asunto está en el orden del día de patronal y sindicatos.

La información de que “España tiene los precios más altos de la energía para la industria” es algo que hay que coger con pinzas. Esta información, que se repite periódicamente en la prensa, tiene su origen en la Asociación de Empresas con Gran consumo de Energía (AEGE para los amigos), un lobby de presión patronal.

Los datos que aportan se pueden ver en su página web y consisten en unas tablas de elaboración propia bastante cutres, basadas en datos de Epexpot, OMIE y OMIP, que son mercados de compra-venta de grandes paquetes de energía eléctrica donde se comercia este tipo de productos. Para acceder a ellos y ver la fuente información original y así poder contrastar si AEGE dice la verdad, hace falta una suscripción que cuesta cerca de 3000€.

¿Tu qué opinas? ¿Crees que alguien ha contrastado los datos?

Pero vamos a dar por buenos los datos de AEGE, aunque sea a efectos de este artículo.

El Estatuto de la Industria Electrointensiva es un proyecto para que el Estado de una serie de subvenciones indirectas a las empresas que tienen un gran consumo de energía. No tiene mucho más misterio, a fin de cuentas se trata de usar fondos públicos para equilibrar el supuesto sobrecoste que sufren estas empresas.

A este asunto le podemos confrontar varios “peros”:

El primero es ético. En un país donde hay gente que no puede poner la calefacción invierno, donde mueren pensionistas por las estufas catalíticas porque le han cortado el gas, donde hay miles de familias juntando céntimos para pagar la factura de energía…

¿vamos a subvencionarles los gastos de producción a grandes empresas que tienen millones de euros de beneficios? ¿A empresas que además tienen millones de subvenciones indirectas en bonificaciones a la seguridad social, ayudas a la contratación, ayudas para I+D (en la que luego las patentes se las quedan ellos), ayudas a la formación (porque la FP y la cualificación técnica y profesional de las universidades e institutos para sus trabajadores la estamos pagando entre todos), etc.? ¿A cuánto le sale, en cómputo global, a Mittal tener sus plantas en Asturias? ¿Cuánto paga de impuestos en total, tras descontar cada euro de ayudas directas o indirectas que recibe del Estado por una gran variedad de conceptos? Sería interesante que alguien hiciese esa cuenta, quizá nos sorprenderíamos.

El segundo “pero” sobre el Estatuto, ya no es ético, sino técnico y económico. El mercado eléctrico en España es monopolista (hay un puñado de grandes empresas privadas, un oligopolio, que controla la producción). Estas empresas operan en una subasta donde se da una dinámica similar a la de los subasteros de los embargos en los juzgados: todo queda en casa y entre los de siempre.

Así, se enciende y apagan centrales para manipular la oferta y la demanda, se pactan pujas y se hacen todo tipo de tropelías. En definitiva el precio que se paga por la energía no es el precio de producción, sino el precio de monopolio. Esta es la causa principal de que el recibo de la luz en España no pare de crecer desde que se privatizaron las eléctricas.

Dar subvenciones a los costes eléctricos, en un sistema eléctrico de estas características, va a provocar que la especulación de las eléctricas se coma la subvención, y volvamos al punto de partida.

La solución socialista a esta situación es atajar el problema de raíz, mediante la nacionalización de las eléctricas. Punto.

Sí, podemos hablar de varias fórmulas para hacer esto, discutir si nacionalización total, o parcial. Si se entra a fondo, o solo en parte. Si unas pocas empresas, o todas. Pero la única forma posible de que el precio de la electricidad se ajuste al precio de producción, y no al precio de monopolio privado, es algún tipo sistema que haga que en el consejo de administración se sienten representantes de la ciudadanía y los trabajadores.

Argumento 4. «Controlar los costes del CO2»

El mercado de emisiones de CO2 fue establecido en 2005 como una forma de incentivar a las empresas a que realizasen inversiones con el objetivo de reducir las emisiones de CO2. Es un ejemplo de lo que se conoce como capitalismo verde, o ecologismo neoliberal y sigue un esquema que se conoce como cap-and-trade.

La idea es que si establecemos un límite legal global a la cantidad de emisiones que se pueden lanzar a la atmósfera, asignamos derechos de emisión a las empresas, y permitimos que las empresas que emiten menos puedan vender sus derechos a otras que se sobrepasen sus cuotas de emisión, estaríamos incentivando que las empresas emitan menos CO2. Esto es así en la teoría.

En la practica, este sistema cap-and-trade está siendo un fracaso absoluto. Las empresas especulan con sus derechos y se están formando burbujas en el mercado de derechos de emisión. No solo no se están reduciendo las emisiones, sino que se está introduciendo costes añadidos por la brutal especulación.

La patronal reclama la reforma del sistema y también el aumento de las subvenciones públicas para comprar derechos de emisión. En cristiano: subvencionar la burbuja especulativa y la contaminación con fondos públicos.

La respuesta que damos los socialistas es simple y clara: Ir directamente a la supresión del sistema de comercio de emisiones, y establecer un plan estratégico a largo plazo para multar a las empresas que no inviertan en reducción de emisiones. Sobre esta base podemos hablar de si hay que usar algunas ayudas públicas y en qué medida y bajo qué requisitos sociales.

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