Viva la libertad, de Roberto Andó

“Yo, la Izquierda, tomo la palabra”

Toni Servillo en Viva la libertad. Foto: IMDB.
Toni Servillo en Viva la libertad. Foto: IMDB.

El director italiano, Roberto Andó, nos sorprendía en 2013 con una producción realmente novedosa. Y no me quiero referir a elementos técnicos, superficiales, sino a la profundidad política que encierra esta película. Mal acostumbrados, nos hemos hecho a la idea que ver todo lo relacionado con la política -incluido el cine- como un elemento de conflicto, donde el imaginario de cada uno de nosotros recuerda escenas ligadas a la violencia, a la lucha sin cuartel, que son necesarios, no digo que no, pero ¿qué pasa cuando la visión gira desde la posición negativa del conflicto a la esfera de una rivalidad positiva? Pues bien, la explicación de esta extraña pregunta la resuelve de forma magistral el gran Toni Servillo, icónica figura del cine italiano de las últimas décadas, que vuelve a bordar una genialidad, aunque siendo más precisos, dos obras geniales. El protagonista de películas como La Gran Belleza, Las consecuencias del amor o IL divo, recorre ahora un viaje interpretativo en la piel de dos personajes: Enrico Oliveri y Giovani Ernani. Plagados de simbolismo y antagonismos, no son puramente personajes que representen actitudes individuales y propias, sino dos posiciones sociales, colectivas, dentro de nuestra izquierda actual.

Pongamos que la historia de Roberto Andó comienza en la Italia del siglo XXI, concretamente en 2013, donde un agotado y desmoralizado Enrico Oliveri lidera, desde la izquierda, la oposición al gobierno de centroderecha. La primera idea que transmite el director es la de una izquierda acomodada en la oposición, que prefiere mantener una serie de escaños que le permitan llevar el estandarte de la oposición parlamentaria, pero que no sabe (o no quiere) cómo superar un estadio de depresión propio de décadas de tachones en su ideario político e ideológico, de retroceso en sus aspiraciones de un contrapoder a los partidos de la burguesía y del gran capital; lejos de correr hacia la toma por asalto de los cielos, esta izquierda se mantiene temerosa y asustadiza en un desconcertante aeropuerto de segunda. Las facciones decepcionadas, monotemáticas y de mirada perdida en el rostro de Enrico Oliveri son las miles, millones, de miradas perdidas de votantes de la izquierda en Inglaterra, cuando su histórico partido obrero, el Partido Laborista, decidió estrechar la mano al legado tatcherista y proclamar a los cuatro vientos que no hay alternativa al (neo)liberalismo, que los laboristas quedarían relegados a intentar frenar las siempre horribles consecuencias de ese capitalismo que avanzaba sin frenos en los años 80 y 90, una hegemonía mundial que no hacía prisioneros. Discursos monotemáticos son los que escuchan cada cuatro años los demócratas norteamericanos, cansados de votar a un burro que no dejan correr, que obligan a seguir el paso de un elefante republicano que hace y deshace guerras por los cinco continentes, que bloquea estados soberanos, que levanta el gran teatro del American Dream para intentar tapar la miseria material y psicológica de una clase trabajadora que muere a las puertas de un centro de salud, o por falta de financiación para poder pagar una simple dosis de insulina. Y cómo no, la decepción de los españoles que pensaban que el puño en alto y la rosa jamás dejarían de pelear por una España más justa, y que, sin embargo, el tiempo ha demostrado como el social liberalismo se ha hecho con las riendas de lo que antes se entendía como un partido socialista, no marxista, pero obrero. Y ante este panorama que refleja Oliveri, sólo hay dos alternativas: recuperar el discurso, la fuera, la pasión, recuperar la idea de clase o dejarse morir como los animales que se retiran de la comunidad cuando ven cerca su último aliento.

En esta película, Roberto Andó apuesta por lo primero, por dar, como ya adelantamos al principio, una imagen positiva de este conflicto, un relato de conquista, de dejar a un lado el pesimismo, el derrotismo, y estudiar la vitalidad que desprenden ciertos partidos, líderes y tendencias políticas en estos últimos años. Nuestro director busca plasmar la ola que transita la actual izquierda y que amenaza con romper los diques de puro reformismo y adulación del Capitalismo que gran parte de estos partidos y sindicatos colocaron a partir de 1989. Y es aquí, a estas alturas de la película, cuando Enrico Oliveri huye de su cargo, mujer y parlamento, huye a casa de una vieja amiga, llevando al partido a una situación peligrosamente crítica, donde el hundimiento electoral amenaza con dejar a la organización en el punto de objetos perdidos. Surge aquí, en esta coyuntura, la figura de Andrea Bottini (Valerio Mastandrea) número dos del partido, que representa el trabajo ciego, puramente burocrático de un militante de izquierdas que cansado del rumbo del partido, y aun sin ver ya las esperanzas que un día depositó en él, no abandona el barco por la simple idea del deber, actúa en función de lo que su moral cree correcto en ese instante, sin capacidad de ver más allá de unas siglas, de un romanticismo totalmente alejado de la crítica constructiva; una nostalgia que le ata. Su actitud testaruda le hace resolver la situación de forma precaria pero efectiva, buscando y colocando al hermano gemelo de Enrico, el escritor recién salido de un centro de salud mental; Giovani Ernani. Este, totalmente alejado del ambiente de poder político, sorprende a la directiva y militancia del partido con una simple herramienta: la pasión. Pero no nos confundamos, la pasión no nace de las nubes ni de los cuentos, nace, se desarrolla y muere en función de la base que la sustenta, una base que podemos definir bien como programa, bien como soportes ideológicos, bien como fines a realizar. La pasión que Giovani (convertido en su gemelo Enrico Oliveri) transmite se eleva sobre la frescura de un discurso nuevo en la forma, pero que mantiene los mismos ejes y estructuras que llevan defendiendo partidos obreros y sindicatos desde hace siglos, los ejes de clase, los anhelos de unos trabajadores huérfanos y desubicados durante casi treinta años de contraofensiva liberal. Pero como bien sabemos, las ideas no emergen de la nada, sino que son la cristalización de la lucha que hombres y mujeres comienzan de nuevo a emprender, esta vez animados por cuestiones como el cambio climático, el feminismo, la transición ecológica de nuestras economías o el poder del que gozan las grandes corporaciones sobre nuestras vidas.

Sin duda, esta película quiere dibujar un esquema, un juego mental con el telespectador, un ejercicio para descifrar la contradicción de la izquierda. Por un lado, Enrico Oliveri, la vieja izquierda que vive con la cabeza agachada, imaginando años pasados y que no consigue desprenderse de las cadenas del liberalismo. Y, por otro lado, una izquierda vibrante, rejuvenecida, que quiere volver a hacer de la política algo entre la pasión y la consecución de unos objetivos colectivos en un mundo encasillado en la lucha individual y egoísta. A un lado queda Tony Blair, al otro entra pujante Jeremy Corbyn; en un yate pagado por el gran capital español viaja Felipe González, pero le adelanta por la izquierda un barco con Bernie Sanders al timón, donde, con letras bien visibles, se lee Green New Deal1, una herramienta inteligente y superadora para afrontar un problema como el cambio climático. ¿Cómo terminará esta carrera? ¿será más rápida la pasión de saber que se defienden los objetivos de la mayoría trabajadora de nuestros países? ¿o, por el contrario, se seguirá manteniendo una izquierda pasiva y benevolente con el Capitalismo? Nada podemos decir sobre el resultado de esta contradicción, Roberto Andó deja un final abierto, un final que llama a tu participación, a mi participación, a la toma de contacto en el conflicto, pero no desde la derrota, sino desde la realidad de saber que sin los trabajadores y trabajadoras este mundo no movería una sola rueda, no levantaría una sola persiana, no sería más que un conjunto de máquinas, materias primas y directivos de empresa perdidos, sin utilidad ninguna, pues eso sólo lo pueden hacer los millones de hombres y mujeres que con su trabajo transforman cada día una simple chapa en la pieza de carrocería más aerodinámica, o un algoritmo en un sofisticado programa tecnológico. Hombres y mujeres que, como diría el poeta, prefieren “bajar al infierno ¿qué importa?, al fondo de lo desconocido para encontrar lo nuevo2, y lo nuevo es la solución a una realidad que sí tiene alternativa. Nosotros elegimos, ¿seremos como Enrico Oliveri? O haremos nuestras las palabras de Giovani cuando afirma que la única alianza posible es con la conciencia de la gente. Si elegimos la segunda, tengamos en cuenta que esta pasa por volver a hacer de la historia una competición extenuante, donde nuestra conciencia haga las veces de resistencia y tenacidad ante las embestidas de nuevos EREs, a la precarización, a la desindustrialización, al cambio climático, al paro o a la falta de expectativas sobre el futuro; y donde nuestro jaque mate final volverá a ser la palabra comprometida; tu palabra; nuestra palabra.

Notas

  1. Para más información sobre el Green New Deal: El Green New Deal y las políticas del futuro, El País
  2. Le Voyage, Baudelaire.

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