La división sexual del trabajo y la dominación masculina

La dominación masculina no se trata solo de prejuicios sexistas y discriminación. Tiene sus orígenes en una muy larga historia económica y política.

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De todos los asuntos que Federico Engels investigó hace 130 años en El Origen de la familia, la Propiedad Privada y el Estado, la cuestión de la opresión de las mujeres es una que se mantiene particularmente destacada a día de hoy. Las feministas serias siempre han considerado que deben basar su lucha en una comprensión clara de las causas y mecanismos de aquello a lo que se oponen. Sin embargo, desde que el libro de Engels fue escrito, nuestro conocimiento de las sociedades primitivas y la prehistoria ha avanzado a pasos agigantados, y ha dejado obsoletas muchas tesis anteriores. El objetivo de este ensayo es señalar en torno a qué ejes es apropiado actualizar los argumentos marxistas sobre este asunto a la luz de los hallazgos que hemos acumulado desde entonces.1

Las posiciones marxistas tradicionales

En la segunda mitad del siglo diecinueve, cuando la arqueología y, especialmente, la antropología social apenas se había establecido como ciencias, un grupo de pruebas consistente parecía sugerir que la dominación masculina no siempre había existido desde el principio de los tiempos. Johann Jakob Bachofen2 se embarcó en un análisis de los mitos de los antiguos griegos y de ciertos materiales arqueológicos. Bachofen llegó a la conclusión de que antes de los tiempos históricos, conocidos por el reinado del sexo masculino, las sociedades griegas (y, por extensión, todas las sociedades humanas) habían pasado por un largo período de lo que él llamó «derecho maternal». Antes de su derrocamiento por parte de los hombres, se creía que este primitivo matriarcado había culminado en la forma suprema y militarizada de las amazonas.

Las tesis de este tipo tuvieron un impacto considerable; encontraron una caja de resonancia particular con Lewis H. Morgan, un especialista en los Iroqueses. La organización social de estos indios del noreste de los Estados unidos estaba notablemente marcada por la existencia de clanes matrilineales y por el elevado estatus que tenían las mujeres. Además de disfrutar de una considerable autonomía en asuntos conyugales (podían divorciarse de sus maridos a su antojo, simplemente colocando las pertenencias de su cónyuge en la puerta), las mujeres iroquesas tenían un notable poder económico, eran propietarias de las casas y administraban las reservas de granos de la tribu, y sus representantes podían destituir a los jefes masculinos. Otra característica extremadamente rara de esta tribu era el hecho de que la compensación a pagar en caso de muerte era mayor cuando la víctima era una mujer. En resumen, los iroqueses eran una refutación viviente de la idea según la cual, en las sociedades primitivas, las mujeres eran tratadas casi como esclavas, y parecían ser una perfecta ejemplificación del matriarcado teorizado por Bachofen.

el «matriarcado» en el sentido estricto, es decir, una situación en la que son las mujeres las que lideran, nunca se ha observado en ninguna sociedad.

En su esquema general de evolución social, Morgan3 vio en la matrilinealidad una característica universal de las primeras sociedades de la «barbarie» (hoy diríamos el Neolítico). Combinado con una estructura económica supuestamente igualitaria, se suponía que este sistema debía garantizar a las mujeres una posición favorable, hasta la Edad de los Metales, cuando la propiedad privada, la desigualdad material y la dominación masculina se desarrollaron a la vez.

Estas obras, cuya perspectiva evolucionista derivaba de un conocimiento enciclopédico de los materiales disponibles en ese momento, despertaron el entusiasmo de Marx y Engels. En su opinión, estos análisis representaron el trabajo científico más logrado de su época. Después de la muerte de Marx, fue Engels quien popularizó las principales tesis en 1884, en el libro que se convertiría en la referencia sobre el tema para generaciones de marxistas: El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado.

Engels amplió las conclusiones de Morgan con respecto a la aparición tardía -al mismo tiempo que las clases sociales, o muy poco tiempo antes-  de la dominación masculina. Para él, «el esclavizamiento de un sexo por el otro, […] la proclamación de un conflicto entre los sexos, [es] desconocido hasta entonces en la prehistoria»4. Esta armonía inicial entre los sexos había terminado con el advenimiento de la sociedad de clases, entre los pueblos que habían desarrollado la metalurgia, que habían generado desigualdades materiales y propiedad privada, sellando así el destino de las mujeres: “El derrocamiento del derecho materno fue la gran derrota histórica del sexo femenino en todo el mundo. El hombre empuñó también las riendas en la casa; la mujer se vio degradada, convertida en la servidora, en la esclava de la lujuria del hombre, en un simple instrumento de reproducción.”5 En algunas páginas brillantes, Engels comparó la situación de las mujeres en sociedades estructuradas por la economía «comunista doméstica» con su posición en la sociedad capitalista, pero también, con las perspectivas de que esta, si fuese derrocada, allanaría el camino para su emancipación.

Mientras tanto, se ha acumulado una considerable cantidad de evidencia material nueva. Cientos de sociedades primitivas han sido estudiadas, y las corrientes de pensamiento, no siempre inspiradas por motivos progresistas, durante mucho tiempo concentraron su fuego en los argumentos de Morgan (apuntando explícitamente, a su vez, al marxismo). En el lado marxista, un cierto número de investigadores lucharon con uñas y dientes para tratar de demostrar que todos estos datos no socavaban los argumentos heredados de Engels. No creemos que esta posición realmente pueda ser defendida. No debemos permitir que el «ruido» distraiga nuestra atención del cuerpo sólido de observaciones que resisten el análisis riguroso. El razonamiento marxista está obligado a «tener debidamente en cuenta el actual estado de la ciencia»6 e integrar estos elementos en lugar de ignorarlos.

Las observaciones

Para empezar, las relaciones de género no se ajustan a una sola ley general. Para cada uno de los niveles técnicos clave y principales tipos de organización social, desde los nómadas cazadores-recolectores igualitarios hasta las primeras sociedades estatales, las sociedades están situadas a lo largo de un continuo entre los dos extremos, dominación masculina exacerbada por un lado y un equilibrio de género relativo en el otro.

De hecho, el «matriarcado» en el sentido estricto, es decir, una situación en la que son las mujeres las que lideran, nunca se ha observado en ninguna sociedad. Tampoco hay ninguna indicación arqueológica seria de su existencia en el pasado. Los iroqueses a menudo se citan como un ejemplo de una sociedad matriarcal, pero, en paralelo con el poder real de las mujeres, los hombres iroqueses también tenían poderes igualmente reales. Por ejemplo, solo los hombres podrían ser elegidos para el Consejo de la Liga Iroquesa, la institución política más alta de la tribu. Después de los iroqueses, se han identificado otros pueblos en los que las mujeres disfrutaban de prerrogativas que les otorgaban un peso social comparable al de los hombres: por ejemplo, los Khasi de la India, los Minangkabau de Sumatra, los Ngada de la Isla de Flores o los Na de China. Pero en ninguna parte, ni siquiera entre los Na, probablemente las únicas personas en el mundo que no conocen el matrimonio o la paternidad, las mujeres gobiernan la sociedad. Lo que es cierto para las gentes que han dominado la agricultura o la ganadería también lo es para los cazadores-recolectores nómadas: los Kung de Kalahari, los Mbuti de África Central o los nativos de las Islas Andamán son más ejemplos de comunidades en las que la dominación masculina, aunque puede no estar completamente ausente, es en cualquier caso relativamente limitada.

Pero en el otro extremo del espectro hay innumerables evidencias de un dominio masculino indiscutible, a veces extremo, que no puede atribuirse ni al sesgo del observador ni al efecto del contacto con las sociedades modernas.

Sociedades “neolíticas”

Así, en Nueva Guinea, varias tribus cazadoras-recolectoras viven junto a pequeños agricultores y criadores de cerdos.

Una mujer verdaderamente desafiante es controlada por unas relaciones sexuales disciplinarias, el esposo y todos los hombres de su linaje copulan con ella en secuencia

En las sociedades agrícolas donde existen ciertas desigualdades de riqueza, el estatus de las mujeres era, a menudo, menor que el de los hombres. Entre los Bena Bena, por ejemplo, «los hombres consideran a las mujeres, y las mujeres tienden a considerarse a sí mismas, como (relativamente) débiles, más sexuales, menos inteligentes, más sucias, y en casi todos los sentidos inferiores»7. Esta desigualdad estaba consagrada en ley: «si una mujer ataca o ataca a su esposo, su linaje debe pagar una indemnización. No así al revés»8. Basta decir que los maridos eran libres de atacar y lastimar a sus esposas como lo consideraran conveniente. Entre los Fore: “La mujer desechable (…) es una que desafía la autoridad masculina, que es indisciplinada y obstinada (…) Una mujer verdaderamente desafiante es controlada por unas relaciones sexuales disciplinarias, el esposo y todos los hombres de su linaje copulan con ella en secuencia”9 Entre los Mae Enga: “Los hombres han ganado la batalla y han relegado a las mujeres a una posición inferior. En términos jurídicos, por ejemplo, una mujer permanece a lo largo de su vida como menor de edad (a cargo de su padre, hermano, esposo o hijo), se le niega cualquier título de propiedad.»10 En la misma región, las sociedades que permanecieron marcadas por el igualitarismo económico, a veces muy estricto, generalmente se caracterizaban por una dominación masculina que era igual de fuerte, si no más.

Este es el caso de los emblemáticos Baruya, pequeños agricultores y ganaderos estudiados por Maurice Godelier, en el que la superioridad masculina se reafirmaba por todas partes. Un muchacho joven era considerado automáticamente superior a todas sus hermanas, incluso a aquellas nacidas antes que él. Las mujeres no tenían, entre otras cosas, derecho a heredar tierras, a portar armas, a fabricar barras de sal. Se les prohibía el uso de las herramientas utilizadas para limpiar el bosque, al igual que la fabricación de sus propios bastones para el ganado. En cuanto a los objetos sagrados, flautas sagradas y churingas, que se suponen que encarnan los misterios más íntimos de la religión baruya, todas las mujeres que los veían, incluso accidentalmente, eran ejecutadas de inmediato. Y si los hombres podían repudiar a su esposa o dársela a quien quisieran, ellas no podían dejar a su esposo sin exponerse a los castigos más severos11.

Con ciertos matices, encontramos una imagen similar en la Amazonía. La legitimidad de la violencia contra la mujer, en particular, está bien documentada. Entre los Kulina, una comunidad económicamente igualitaria de cazadores-recolectores y pequeños agricultores: “Se puede usar la violencia física, aunque no de forma rutinaria. Los hombres pueden golpear a sus hijas o hermanas solteras porque no aprueban a los amantes que eligen, o porque sus amantes son demasiado numerosos. Los hombres pueden golpear o violar en grupo a mujeres que se niegan a tener relaciones sexuales con ellos, y también pueden golpear a sus esposas cuando se niegan a tener hijos.”

Sí, Señor, nosotros, los Ona, tenemos muchos jefes. Los hombres son todos capitanes y todas las mujeres son marineros.

Entre sus vecinos, los Amahuaca: “(…) Una vez casada, un hombre puede golpear [a su esposa] en los hombros, brazos, piernas, nalgas o espalda con un garrote especial de madera dura que tiene una hoja plana con bordes afilados. Una paliza con un garrote de ese tipo puede ser tan grave que la mujer apenas puede caminar durante varios días. Una mujer puede ser golpeada por molestar a su esposo de diferentes maneras, como no preparar la comida cuando la quiere o poner demasiada sal (un artículo comercial recientemente adquirido) en su comida.”12 Las violaciones en grupo por negarse a tener relaciones sexuales, un «garrote especial de madera dura» para golpear a las esposas: estos testimonios dicen mucho sobre la percepción que tienen estas personas sobre la relación entre los sexos. Sin lugar a dudas, la violencia masculina aquí no es ocasional ni individual: está institucionalizada y es reconocida por la sociedad como necesaria y legítima.

Cazadores Nómadas-Recolectores

Entre muchos cazadores-recolectores nómadas, que también son estrictamente igualitarios en términos de riqueza material, el estado de las mujeres parece igualmente poco envidiable.

En Australia, el inmenso continente poblado exclusivamente por cazadores-recolectores nómadas hasta la llegada de los occidentales, los primeros observadores fueron unánimes en señalar la extrema desigualdad que presidía las relaciones de género. «Esclavas», «sirvientes», «bestias de carga» eran los términos que invariablemente usaban para referirse a las mujeres aborígenes.13

Aunque la etnología del siglo XX agregó importantes matices a estas apreciaciones, también confirmó que todo el continente estaba impregnado de una pronunciada dominación masculina en todos los aspectos: el doméstico, el político y el religioso. Etnólogos tan poco sospechosos de antipatía hacia los aborígenes como Catherine y Ronald Berndt escribieron lo siguiente: “En general, un hombre tiene más derechos sobre su esposa que ella sobre él. Él puede rechazarla o dejarla si lo desea sin dar ningún motivo para su acción, excepto su propio deseo. Ella (…) solo puede dejarlo, a fin de cuentas, escapándose, en otras palabras, al unirse con otra pareja; pero en este caso, él tiene todo el derecho de atacarla a ella y a su amante. La nueva unión no se considera un matrimonio válido hasta que el primer hombre renuncie a sus derechos sobre ella o haya aceptado una compensación (…).”14

Entre los cazadores-recolectores nómadas de Tierra del Fuego, los ONA (o Selk’Nam), los hombres celebraban ceremonias religiosas diseñadas específicamente para controlar y aterrorizar a las mujeres15. A un marinero inglés que les preguntó si tenían jefes, un indio respondió: «Sí, Señor, nosotros, los Ona, tenemos muchos jefes. Los hombres son todos capitanes y todas las mujeres son marineros.”16

Una evaluación inicial

De este resumen rápido, surgen dos conclusiones esenciales. Para empezar, estos elementos muestran que la dominación masculina no se limita a una etapa específica de desarrollo técnico y económico. Si bien esta evidencia no prueba concluyentemente que esta dominación existió (incluso en sus formas más extremas) entre sociedades prehistóricas tecnológicamente equivalentes, indica al menos que pudo haber sido posible.

Entonces, si desde el punto de vista de las relaciones entre los sexos, las sociedades presentan una gran diversidad, en todos los continentes y en todas las etapas del desarrollo social reina una división sexual del trabajo y los roles sociales en la que ciertos rasgos son notablemente constantes.

Esto sugiere que, si el escenario y el razonamiento tradicional del marxismo sobre este tema ya no pueden considerarse válidos, la clave del enigma está en la dirección en que ha buscado el materialismo histórico, es decir, en la estructura económica, y específicamente en las modalidades de la división sexual del trabajo. Este es el elemento fundamental que hace posible explicar las relaciones entre los sexos en lo que poseen de contingente y de general.

La división sexual del trabajo

La división sexual del trabajo es una característica universal y principal de las sociedades humanas. Representa la forma más antigua de división social del trabajo, y ha estado presente desde los tiempos de las sociedades de cazadores-recolectores. Las formas en que se distribuyen las funciones de hombres y mujeres varían mucho de un pueblo a otro. En todas partes, sin embargo, está marcado por un monopolio masculino sobre lo que se puede llamar (un poco anacrónicamente) como el complejo industrial militar, es decir, la combinación de la caza, el manejo de armas más letales y las funciones político-militares. Hay muy pocos casos en los que este monopolio se debilite -por ejemplo, entre los Agta, una sociedad cazadora-recolectora en Filipinas en la que las mujeres también pueden manejar el arco- y estas excepciones se deben a las circunstancias muy particulares en que las que viven17.

El origen de la división sexual del trabajo es probablemente una de las preguntas más difíciles de responder. No podemos decir con certeza cuándo surgió esta práctica, aunque algunos argumentan que hay evidencia de ello en el Paleolítico superior18. Por una serie de razones, es dudoso que se haya establecido con el propósito consciente de someter a las mujeres; muy probablemente fue la primera forma de la división social del trabajo, en la que las limitaciones temporales y relativas asociadas con la maternidad tomaron la forma de prohibiciones rígidas y permanentes dictadas por un imperativo sobrenatural. Tuvo éxito probablemente porque aseguraba una mayor productividad y una explotación más diversificada de los recursos.

asegurar las relaciones entre los hombres era una preocupación constante, y la circulación de las mujeres era una forma ideal de apuntalar estas relaciones.

Los intentos de explicar la dominación masculina a veces aluden a motivaciones psicológicas: es porque los hombres han intentado apropiarse del poder reproductivo de las mujeres que las han desvalorizado y las han dominado19. El problema con este argumento, además de ser muy poco verificable, es que no dice nada sobre por qué las mujeres lo habrían permitido. Para impugnar la idea de que la devaluación de las actividades de las mujeres es una condición previa para la opresión de las mujeres, se puede invocar el caso de los cazadores-agricultores Achuar de la Amazonia que formaban parte de la comunidad Jívaro, en la cual se presentan los mecanismos de dominación masculina en lo que podríamos llamar una forma químicamente pura. Los Achuar no establecen ningún juicio de valor a la caza (una actividad masculina) y la agricultura (una actividad femenina). En contraste con el patrón general, las agricultoras femeninas no se consideran menos dignas que los hombres y viceversa. Más allá del dominio de las relaciones laborales, sin embargo, este igualitarismo entre los sexos no se aplica. Socialmente, los hombres dominan a las mujeres, y en una forma extremadamente brutal, ya que el derecho de los esposos llega a permitirles deshacerse de las vidas de sus esposas.

Dado que esta autoridad no se deriva de ningún prestigio asociado con su trabajo, debe tener otro origen: “La ubicación estratégica del poder masculino es […] exterior al proceso de producción. Los hombres Achuar tienen un monopolio absoluto sobre la conducción de las «relaciones externas», es decir, del dominio de las relaciones supra-familiares que controlan la reproducción social. Como resultado, ejercen un derecho de tutela sobre sus esposas, hermanas e hijas, y por lo tanto son los únicos que toman decisiones en el proceso general de la circulación de las mujeres, ya sea en la forma de intercambio pacífico con aliados, o en la forma de secuestro belicoso de los enemigos.»20

El intercambio pacífico con los aliados, el secuestro de los enemigos: todo está dicho. Entre los Achuar, como en todas las sociedades primitivas económicamente igualitarias, debido a que no tienen armas, las mujeres tienden a convertirse, en ausencia de elementos que presionen en sentido contrario, al mismo tiempo en la apuesta y el instrumento de las relaciones entre los hombres. Tal vez este análisis parezca poner demasiado énfasis en la violencia. El mito del «noble salvaje» es persistente; a menudo se tiende a imaginar que la igualdad socioeconómica va de la mano con el pacifismo y que los conflictos armados solo aparecen con las desigualdades de riqueza o incluso con el advenimiento del Estado. Esta es una idea que ha sido ampliamente refutada por la etnología y la arqueología21: Para la mayoría de estos pueblos, asegurar las relaciones entre los hombres era una preocupación constante, y la circulación de las mujeres era una forma ideal de apuntalar estas relaciones.

¿Por qué controlar a las mujeres?

A veces se proponen dos tesis para explicar la dominación masculina de las mujeres en estas sociedades. La primera se refiere a la dimensión económica: los hombres habrían dominado a las mujeres para apropiarse de su trabajo o, al menos, para asegurar ciertas ventajas materiales sobre ellas. Sin excluir totalmente esta posibilidad, el examen de los datos disponible no la validad claramente. Incluso si, según algunos testimonios, realmente sucediera que los hombres convirtieron su dominación en privilegios económicos, la impresión general (aunque basada en pruebas fragmentadas o frágiles) es más bien la de un contraste entre la naturaleza limitada de estos privilegios y las formas a veces exacerbadas de dominación masculina.22

el arte figurativo representa personajes sexuados en acción, lo que permite verificar tanto la división sexual del trabajo como el monopolio masculino sobre las armas

También hay quien ha visto una dimensión determinante de la dominación masculina en el control de la reproducción del grupo. Esta idea ha producido dos tesis simétricas: la de Paola Tabet23, que mecanismos de «reproducción forzada» y el enfoque de J. Estévez y A. Vila24, que se centra en el control de la natalidad.  Aquí nuevamente, al menos en lo que respecta a los cazadores-recolectores nómadas, estos dos argumentos no parecen estar claramente respaldados por la evidencia etnográfica; con frecuencia se encuentran costumbres apuntando en una dirección y en la otra dentro de la misma sociedad. En la Australia aborigen, por ejemplo, donde las niñas eran forzadas sistemáticamente desde la pubertad a tener relaciones sexuales con sus maridos, pero, al mismo tiempo, las madres eran libres de practicar el infanticidio al nacer.

Más que su trabajo o sus capacidades reproductivas, la cuestión más clara y más ampliamente compartida, del control de las mujeres en estas sociedades sin riqueza parece haber sido su sexualidad. Uno no puede evitar sorprenderse al ver la feroz vigilancia que los esposos ejercen sobre cualquier usurpación de sus derechos conyugales, pero al mismo tiempo, por su propensión a conceder estos derechos voluntariamente a otros hombres, ya sea en un ambiente ceremonial o simplemente para sellar una alianza o resolver una disputa. A. P. Elkin25, realiza una descripción sorprendente de estas prácticas en Australia; lo mismo ocurre entre los Inuit: «Cuando un esposo castiga a su esposa por ser infiel, es porque ella ha abusado de sus derechos; a la noche siguiente, probablemente la prestará (a la mujer) él mismo.»26 Además, estos hechos desafían frontalmente el razonamiento socio-biológico de que los celos sexuales masculinos son los cimientos de las instituciones humanas. En todas estas sociedades, lo que los hombres defienden, por la fuerza de las armas si es necesario, no es su acceso sexual exclusivo a sus esposas, sino su derecho a disponer de dicho acceso a su antojo.

Contrapoderes femeninos y pseudo-matriarcados

Por lo tanto, en todas partes, tanto entre los cazadores-recolectores como en las sociedades técnicamente más avanzadas, son los hombres quienes poseen las armas más eficientes y están entrenados y organizados para usarlas. En todas partes, son los hombres quienes llevan a cabo la mayoría o todas las funciones políticas, concediendo a las mujeres solo lo mínimo. Esta es la razón por la cual en ninguna parte se ha visto a las mujeres dirigir una sociedad en forma de «matriarcado», la imagen especular de un patriarcado.

Esta es también la razón por la cual, en numerosas sociedades, los hombres han acumulado todo el poder y todo el prestigio. Expertos en las armas, en la guerra y la política, también son expertos en la caza, la agricultura, la ganadería, el comercio, la magia y los rituales; en todos los aspectos, ejercen derechos no recíprocos sobre las mujeres.

Sin embargo, los hombres no han alcanzado esta situación de hegemonía siempre y en todas partes. En algunos lugares, sus poderes han sido contrarrestados por los de las mujeres hasta el punto de que ambos sexos a veces han ejercido una influencia equivalente sobre el destino de una sociedad. Este es particularmente el caso de los famosos (aunque mal llamados) «matriarcados» de los Iroqueses, los Minangkabau, los Ngada y los Na. Más allá de sus diferencias, estos cuatro ejemplos, y todos los que podrían citarse en la misma línea, presentan demasiadas similitudes para ser debidas al azar.

En todos estos pueblos, en efecto, la situación relativamente favorable de las mujeres va de la mano de su alta posición económica, que es la base de su influencia. Esto implica una participación significativa de las mujeres en el trabajo productivo, pero esta participación por sí sola no es suficiente (porque en todas partes las mujeres trabajan y trabajan duro): también es necesario que las mujeres ejerzan un derecho pleno sobre sus propios productos, en otras palabras, son ellas quienes controlan su distribución. Entre los iroqueses, son las «matronas», que están a la cabeza de las grandes casas comunales y los graneros, las que podían negar a los hombres los recursos que necesitaban para las partidas de guerra y podían así ejercer una presión formidable sobre ellos. Entre los Minangkabau, debido a la prolongada ausencia de hombres que habían salido a ejercer su talento fuera de las aldeas, eran las mujeres las que poseían y administraban las casas, los campos y el ganado.

La arqueología de la división sexual del trabajo

Al estudiar los elementos materiales, la arqueología no puede dar una explicación directa de las relaciones entre los sexos. Estas relaciones solo se pueden reconstruir a través de razonamientos deductivos y ejerciendo una precaución considerable. Así es como las numerosas estatuillas femeninas del Paleolítico y el Neolítico europeo, a veces presentadas como el símbolo infalible de un culto a la Gran Diosa, un culto que caracteriza a las sociedades intrínsecamente matriarcales o «matrísticas»27 ha fracasado: tal lectura enfrenta muchas críticas convincentes28. Si bien explorar el significado de las representaciones simbólicas de las culturas extintas es un desafío, la división sexual del trabajo es un punto de partida más sólido para una evaluación de las relaciones entre los sexos en la prehistoria.

El monopolio masculino sobre las armas aparece como un elemento decisivo de la dominación masculina en las sociedades estudiadas por la etnología; se puede pensar que, en el pasado, las mismas causas producían los mismos efectos. Para ser precisos: este monopolio no demuestra ipso facto la existencia de una dominación masculina, ya que fue efectivo y formo parte de los pseudo-matriarcados de los iroqueses, Minangkabau o Na. Sin embargo, indica su probabilidad. En este punto, los datos de los cinco continentes, más allá de las inevitables dificultades de interpretación, son notablemente convergentes. La evidencia -las representaciones artísticas, los objetos funerarios o las marcas en los cuerpos- apuntan muy claramente en la misma dirección.

En muchos lugares del mundo, el arte figurativo representa personajes sexuados en acción, lo que permite verificar tanto la división sexual del trabajo como el monopolio masculino sobre las armas. Se encuentran ejemplos en las muchas escenas elocuentes del Levante español, desafortunadamente difíciles de fechar, entre el Mesolítico y el Neolítico, Esto también es cierto para los aborígenes de Australia29 o la iconografía de los cazadores-recolectores y agricultores en el suroeste de América30. En lo que respecta al neolítico y los períodos posteriores, las tumbas femeninas son aquellas donde se depositan generalmente las piedras de moler grano y los punzones para trabajar la piel. Las hachas, espadas y puntas de flecha se depositan con mayor frecuencia en tumbas masculinas.

La dominación masculina hunde sus raíces en el pasado, mucho antes de la aparición de las clases sociales y el Estado

Finalmente, los marcadores de actividad en los esqueletos, cuando son explotables, también revelan diferencias significativas entre hombres y mujeres al comienzo del Neolítico y en el período anterior, como en el Medio Oriente31 o en Italia32. Observemos también, para un Paleolítico generalmente tacaño en indicios, un estudio reciente33 de restos que datan de hace 30,000 años. Solo los esqueletos masculinos, presentan en el codo y con mayor frecuencia en la extremidad derecha una lesión típica de los jugadores de béisbol. Esto se interpreta como el estigma de un acto de lanzamiento poderoso y repetido, probablemente el de la lanza con un propulsor. Hasta la fecha, este resultado es probablemente una de las indicaciones más antiguas de la división sexual del trabajo.

Desarrollos posteriores

La dominación masculina hunde sus raíces en el pasado, mucho antes de la aparición de las clases sociales y el Estado, incluso antes del desarrollo de la riqueza y la desigualdad. Es el producto de la división del trabajo más básica: la que divide las tareas según el sexo. Para ser más precisos, es el producto de la forma en que se ha llevado a cabo la división sexual del trabajo y de cómo esta se reflejó en la ideología, estableciendo una incompatibilidad más o menos total entre los roles sociales de las mujeres y un conjunto de funciones que comprenden la caza, las armas y la guerra.

Fue la asignación inicial de estas tareas lo que dio a los hombre una posición estratégica, la de la dirección política de la sociedad. Y así es como las mujeres, a menos que también tuvieran una capacidad económica que les permitiera contrarrestar este poder masculino, se convirtieron, en mayor o menor grado, y a pesar de su resistencia, en objetos de las estrategias masculinas.

La posición de debilidad de las mujeres, que ya estaba establecida en muchas sociedades económicamente igualitarias, también las coloca en una posición de sufrir negativamente los desarrollos posteriores. Cuando, con el advenimiento del almacenamiento, la riqueza comenzó a acumularse y el trabajo humano fue explotado sistemáticamente, las primeras víctimas lógicamente emanaron de las categorías sociales más vulnerable. Eran esencialmente prisioneros de guerra, privados del apoyo de su parentesco y cuya vida, tomada virtualmente en la batalla por su ganador, se encontraba completamente en manos de este último.  También era mujeres, siempre sin puntos de apoyo que les permitieran oponerse a la extensión del campo de dominación masculina. Más tarde, la aparición algunas formas de agricultura intensiva probablemente también jugó un papel en la misma dirección, convirtiendo a los hombres en conductores de animales de tiro y en trabajadores agrícolas por excelencia, excluyendo a las mujeres de esta esfera y socavando así las líneas de defensa que, en algunas sociedades al menos, habían logrado mantener hasta entonces.

El papel histórico del capitalismo

Si la dominación masculina encuentra su origen último en el monopolio de los hombres sobre las armas y de las acciones asociadas a ellos, uno puede preguntarse por qué esta dominación ha durado de una forma u otra hasta el día de hoy.

Una componente central de la respuesta es el hecho de que hasta los tiempos modernos, ninguno de los sistemas sucesivos de organización económica cuestionaba la división sexual del trabajo. Sin embargo, el hecho de que a cada sexo se le asigne un papel en la producción ha sido el sustrato sobre el cual se originó la idea ancestral de que, en términos más generales, a los sexos se les deberían asignar roles sociales diferentes, y que, potencialmente al menos, estos roles podrían ser valorados de manera desigual. Aunque, por supuesto, los monopolios masculinos sobre la caza y las armas ya no están desempeñando el papel clave que una vez tuvieron, la división sexual del trabajo ha permanecido durante milenios como la piedra angular de la desigualdad de género.

Sin embargo, sobre la base de esta permanencia, se han producido evoluciones. Mientras la división del trabajo todavía era elemental, la asignación de ciertas tareas a los hombres y otras a las mujeres parecía ser la forma más obvia y más apropiada de organización. Pero con el tiempo, la complejidad de la división social del trabajo que ha acompañado el progreso de la productividad y la tecnología ha penetrado gradualmente en las esferas asignadas a cada sexo. Donde anteriormente todas las personas habían realizado las tareas básicas asignadas a su sexo, las tareas que llevaban a cabo se volvieron cada vez más especializadas y diferentes. Por lo tanto, a medida que se profundizaba en este proceso, la división del trabajo contribuyó a que el criterio del sexo fuera cada vez más obsoleto y superfluo, sin disolverlo. Había cada vez más ocupaciones llevadas a cabo por hombres, y cada vez más ocupaciones llevadas a cabo por mujeres, pero estas ocupaciones seguían siendo dominio exclusivo de uno u otro sexo.

En esta área como en muchas otras, la introducción del modo de producción capitalista representó un cambio revolucionario. El capitalismo es de hecho el primer sistema económico que ha sentado las bases de una igualdad de entre los sexos auténtica (aunque quizás designada incorrectamente).

Al generalizar la forma de mercancía, fue el primer modo de producción en el que el trabajo de las mujeres y el trabajo de los hombres se compara objetivamente, diariamente y a gran escala, y en el que su trabajo se mezcló en el mercado en una sustancia indiferenciada encarnada por el dinero. En las profundidades de su maquinaria económica, el capitalismo ha implementado los mecanismos que socavan los cimientos de la división sexual del trabajo y preparan las condiciones objetivas para su futura desaparición.

Al generalizar la forma de mercancía, el capitalismo es el primer sistema económico que ha sentado las bases de una igualdad entre los sexos auténtica (aunque quizás designada incorrectamente).

Marx ya comentó que si Aristóteles no había logrado descubrir la teoría del valor-trabajo era solamente porque la sociedad capitalista había generado el concepto de «trabajo» en su sentido más general, el de la actividad económica humana, abstraído de todas sus formas particulares34. Para todas las sociedades precapitalistas, había diferentes tipos de trabajo -en particular, trabajo libre versus trabajo servil- que no podían reducirse, ni en la realidad ni en la mente de las personas, a un único denominador común. Esto se aplica igualmente a la separación entre el trabajo de los hombres y el trabajo de las mujeres. En todas las sociedades primitivas, en ausencia del mercado y en la presencia de una fuerte división sexual del trabajo, las funciones de los sexos se consideraban diferentes y, por lo tanto, imposibles de medir una frente a otra.

En una economía completamente capitalista, sin embargo, los productos se comparan y contrastan constantemente mediante la mediación del dinero. Su valor, expresado en su precio, es indiferente a la naturaleza específica del trabajo y los trabajadores involucrados, incluido su sexo. En la medida en que producen mercancías, las diversas tareas específicas se disuelven en trabajo abstracto: «trabajo humano indiferenciado», una sustancia homogénea en términos de su calidad y de la cual solo la cantidad, el «tiempo de trabajo socialmente necesario», interviene en la creación de valor.

Y si a la fuerza de trabajo femenina con frecuencia se le paga menos que a sus homólogos masculinos, la existencia del mercado mismo crea un punto de apoyo para corregir esta aparente anomalía. «¡A igual trabajo, igual salario!» fue el grito de guerra de las mujeres proletarias que, aunque el camino a recorrer es todavía largo, han obtenido importantes éxitos en el camino.

Al sentar las bases de una revolución en las relaciones sociales objetivas, la sociedad burguesa ha creado las condiciones para una revolución de las conciencias. La bandera histórica de la burguesía en su lucha contra las clases dirigentes del pasado fue la igualdad legal, que incluía la igualdad de las mercancías en la competencia y la igualdad de los diferentes componentes de la fuerza de trabajo. Por supuesto, al mismo tiempo que agitaban la bandera, la burguesía se preparaba para pisotearla; y durante la gran Revolución Francesa, las mujeres fueron de las primeras en notar con amargura que la mera igualdad política no debía extenderse a ellas. Pero incluso si la naciente sociedad burguesa no estaba preparada para reconocer los derechos legales y políticos de la mitad femenina de la población, la aparición de esta demanda -y su cumplimiento, país tras país- estaba de alguna manera inscrita en los genes de una organización social que se piensa y se anuncia bajo la bandera de la igualdad.

Que bajo el marco del capitalismo se alcance una auténtica igualdad entre los sexos es dudoso.

Según la famosa fórmula de Marx, la humanidad solo se plantea problemas que puede resolver. Por lo tanto, no es casualidad que sea en la sociedad burguesa que, por primera vez en la aventura humana, surgieron corrientes como el movimiento obrero revolucionario, que se propuso el objetivo de lograr la igualdad de los sexos. Probablemente sería más exacto hablar de la desaparición, o identidad, de los géneros.

En las sociedades primitivas, la división sexual del trabajo era algo tan omnipresente que tocaba íntimamente los hechos esenciales de la vida material e ideológica que impregnaba toda la vida social: no solo en el trabajo, sino prácticamente en todos los dominios de la existencia, los hombres y las mujeres se mostraban como entidades diferentes. No hay mejor indicación de la impronta de la división sexual del trabajo en las sociedades primitivas que recordando que en la Australia aborigen, los hombres y mujeres fueron designados metafóricamente por su principal herramienta de trabajo: «las lanzas y los palos de excavar»35 (de la misma forma, en la Amazonia encontramos la mismo distinción, en la forma de «el arco y la cesta»36).

En términos más generales, si hay muchos testimonios de actos de resistencia por parte de las mujeres de sociedades primitivas contra los abusos cometidos por los hombres, la idea de que las mujeres y los hombres podrían desempeñar los mismos roles sociales sin diferenciación y compartir los mismos derechos y deberes no surgió en ninguna parte del mundo hasta el período moderno. En todas las sociedades del pasado, desgarradas por la división sexual del trabajo, su derrocamiento permaneció, en el verdadero sentido de la palabra, impensable.

La cuestión de la posibilidad de una verdadera igualdad de género (es decir, la disolución de los géneros) bajo el sistema capitalista es demasiado amplia como para abordarla aquí. Por una serie de razones, al menos está permitido dudarlo. En una famosa cita, Marx dijo que solo el establecimiento de una sociedad socialista permitiría a la humanidad dejar atrás la prehistoria; Desde el punto de vista de las relaciones entre los sexos, un siglo y medio después de que Marx escribiera esta frase, sus palabras siguen resonando con una extraña profundidad.

Notas

  1. Este artículo resume las ideas expuestas en mi libro El comunismo primitivo ya no es lo que era (2012)
  2. Johann J. Bachofen, Das Muterrecht, Stuttgart, Verlag von Kreis & Hoffman, 1861.
  3. Lewis Morgan, Ancient Society, University of Arizona Press, 1st THUS edition, 1985 [ 1877].
  4. Friedrich Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el estado, marxists.org, 2017 [1884], p. 27.
  5. Ibid., p. 22.
  6. Ibid, p. iii.
  7. Lewis L. Langness, « Ritual, Power, and Male Dominance », Ethos, vol. 2-3, p. 189-212, 1974, p. 191.
  8. Ibid.
  9. Shirley Lindenbaum, « A Wife is in the Hand of Man », dans Man and woman in the New Guinea Highlands, P. Brown & G. Buchbinder ( dir. ), American Anthropological Association, Washington, no 8, 1978, p. 55-56.11 Mervyn Meggitt, « Male-Female Relationships in the Highlands of Australian New Guinea », American Anthropologist, New Series, vol. 66-4, p. 204-224, 1964, p. 220-221.
  10. Mervyn Meggitt, « Male-Female Relationships in the Highlands of Australian New Guinea », American Anthropologist, New Series, vol. 66-4, p. 204-224, 1964, p. 220-221.
  11. Debra L. Martin, David W. Frayer ( dir. ), Troubled Times : Violence and Warfare in the Past, Routledge, New York, 1997 ; Mark W. Allen, Terry L. Jones ( dir. ), Violence and Warfare among Hunter-Gatherers, Left Coast Press, Walnut Creek, 2014 ; Azar Gat, War in Human Civilization, Oxford University Press, Oxford, 2006.
  12. Gertude E. Dole, « The marriages of Pacho : a woman’s life among the Amahuaca » in Many sisters, C. Matthiason ( dir. ), Free Press, Londres, p. 3-35, 1974, p. 12-13.
  13. Para una síntesis, ver Bronislaw Malinowski, The Family Among the Australian Aborigines, London, University of London Press, 1913.
  14. Catherine et Ronald Berndt, The world of the first Australians, Canberra, Aboriginal Studies Press, 1992 [ 1964], p. 208.
  15. Anne Chapman, Drama and Power in a Hunting Society : the Selk’Nam of Tierra del Fuego, Cambridge, Cambridge University Press, 1982.
  16. Debra L. Martin, David W. Frayer ( dir. ), Troubled Times : Violence and Warfare in the Past, Routledge, New York, 1997 ; Mark W. Allen, Terry L. Jones ( dir. ), Violence and Warfare among Hunter-Gatherers, Left Coast Press, Walnut Creek, 2014 ; Azar Gat, War in Human Civilization, Oxford University Press, Oxford, 2006
  17. Christophe Darmangeat, « Certains étaient-ils plus égaux que d’autres ? Formes d’exploitation sous le communisme primitif », Actuel Marx 58, p. 144-158, 2015.
  18. Steven L. Kuhn, Mary C. Stiner, « What’s a Mother to Do ? The Division of Labor among Neandertals and Modern Humans in Eurasia », Current Anthropology, vol. 47-6, 2006.
  19. Françoise Héritier, Masculin / Féminin ; la pensée de la différence, Odile Jacob, Paris, 1996.
  20. Philippe Descola, « Le jardin de Colibri : Procès de travail et catégorisations sexuelles chez les Achuar de l’Équateur », L’Homme, vol. 23-1, p. 61-89, 1983, p. 87.
  21. Debra L. Martin, David W. Frayer ( dir. ), Troubled Times : Violence and Warfare in the Past, Routledge, New York, 1997 ; Mark W. Allen, Terry L. Jones ( dir. ), Violence and Warfare among Hunter-Gatherers, Left Coast Press, Walnut Creek, 2014 ; Azar Gat, War in Human Civilization, Oxford University Press, Oxford, 2006.
  22. Christophe Darmangeat, « Certains étaient-ils plus égaux que d’autres ? Formes d’exploitation sous le communisme primitif », Actuel Marx 58, p. 144-158, 2015.
  23. Paola Tabet, « Fertilité naturelle, reproduction forcée » in N.-C. Mathieu ( dir. ), L’arraisonnement des femmes : Essais en anthropologie des sexes, Éditions de l’EHESS, Paris, 1985.
  24. Jordi Estévez et al., « Cazar o no cazar, ¿Es ésta la cuestión ? », Boletín de Antropología Americana, vol. 33, p. 5-24, 1998 ; Assumpció Vila, Jordi Estévez, « Naturaleza y Arqueología : La reproducción en sociedades cazadoras-recolectoras o la primera revolución reproductiva », Revista Atlántico-Mediterránea de Prehistoria y Arqueologia Social, vol. 12, p. 11-25, 2010.
  25. Adolphus Peter Elkin, The Australian Aborigines, Angus and Robertson, Londres, 1956 [ 1938], p. 128.
  26. Kaj Birket-Smith, Mœurs et coutumes des Eskimos, Payot, Paris, 1937, p. 173.
  27. Marija Gimbutas, The Civilization of the Goddess, Harper, San Francisco, 1991.
  28. Peter Ucko, « The Interpretation of Prehistoric Anthropomorphic Figurines », The Journal of the Royal Anthropological Institute of Great Britain and Ireland, vol. 92-1, p. 38-54, 1962 ; Margaret W. Conkey, Ruth E. Tringham, « Archaeology and the Goddess : Exploring the Contours of Feminist Archaeology », dans Stanton D.C., Stewart A.J. ( dir. ), Feminisms in the Academy, The University of Michigan Press, Ann Arbor, 1995 ; Alain Testart, La déesse et le grain : Trois essais sur les religions néolithiques, Errance, Paris, 2010.
  29. Jane Balme, Sandra Bowdler, « Spear and digging stick : The origin of gender and its implications for the colonization of new continents », Journal of Social Archaeology, vol. 6, p. 379-401, 2006.
  30. Patricia L. Crown, « Gendered Tasks, Power, and Prestige in the Prehispanic American Southwest », dans Women and Men in the Prehispanic Southwest, Crown P. L. ( dir. ), School of American Research Advance Seminar Series, Santa Fe, p. 3-42, 2000 ; Marit K. Munson, « Sex, Gender and Status : Human Images from the Classic Mimbres », American Antiquity, vol. 65-1, p. 127-143, 2000.
  31. Vered Eshed, Avi Gopher, Ehud Galili, Israel Hershkovitz, « Musculoskeletal stress markers in Natufian hunter-gatherers and Neolithic farmers in the Levant : The upper limb », American Journal of Physical Anthropology, vol. 123-4, p. 303-315, 2004.
  32. Damiano Marchi, Vitale S. Sparacello, Brigitte M. Holt, Vincenzo Formicola, « Biomechanical Approach to the Reconstruction of Activity Patterns in Neolithic Western Liguria, Italy », American Journal of Physical Anthropology, vol. 131, p. 447-455, 2006.
  33. Sébastien Villotte, Christopher Knüsel, « “ I sing of arms and of a man… ” : Medial epicondylosis and the sexual division of labour in prehistoric Europe », Journal of Archaeological Science, vol. 43, p. 168-174, 2014.
  34. Karl Marx, El Capital, Libro I [ 1867].
  35. Catherine Berndt, « Digging sticks and spears, or the two-sex model » dans F. Gale ( dir. ), Woman’s Role in Aboriginal Society, Australian Institute of Aboriginal Studies, Canberra, p. 64-84, 1974.
  36. Pierre Clastres, La Société contre l’État, Éditions de Minuit, Paris, 1974, p. 92.

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