London calling

🍅El Partido Laborista no ha perdido por ser muy laborista en algunos sitios, sino por no serlo lo suficiente en la mayoría de ellos. ¡Debemos mejorar y perseverar!

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D. Fernández
Ingeniero y marxista, convencido de que un mundo mejor es posible y está a nuestro alcance.

Las elecciones que tuvieron lugar ayer en Reino Unido despertaban el interés de mucho más allá de las fronteras de Gran Bretaña. Aunque todas las encuestas auguraban una victoria conservadora, las encuestas reflejaban un posible auge de los laboristas encabezados por Corbyn que podía llegar a amenazar la mayoría absoluta que buscaba Boris Johnson. A las diez de la noche, cuando salió la encuesta a pie de urna elaborada por la BBC – que nunca ha fallado por más de veinte escaños -, las esperanzas de la izquierda británica, después de una campaña histórica, se enfrentaron con la dureza del resultado: el Partido Conservador obtenía su mayor victoria desde las elecciones de 1987, y el Partido Laborista su peor resultado desde 1935.

El ala derecha de los laboristas ha tardado poco en cargar tintas contra Corbyn – si es que ha dejado de hacerlo en algún momento. Desde que el veterano político del sur de Inglaterra fue elegido lider del Partido con gran apoyo de las bases, encabezando un giro a la izquierda de la formación, ha sufrido una campaña constante de descrédito y acoso por parte de determinados sectores – especialmente vinculados al grupo parlamentario – que tuvo su punto culminante en el intento de destitución de 2016, poco después del referéndum sobre el Brexit. Corbyn volvió a vencer, y consiguió apaciguar a su oposición interna. Pero la misma noche electoral, cuando el cierre de las urnas permitió que se relajara la disciplina de partido, los cuchillos volvieron a afilarse: la derrota laborista, según algunos, se debe a un giro «radical» a la izquierda.

Este es un análisis interesado, promovido por el mismo sector derecho que lleva años saboteando el trabajo de Corbyn y oponiéndose a su dirección con la misma ferocidad que los conservadores. La realidad es que el giro a la izquierda ha revitalizado la organización, aumentando su número de militantes hasta cifras que no se veían hacía mucho tiempo; electoralmente, las generales de 2017 reafirmaron ese fortalecimiento con una fuerte recuperación del Partido Laborista, que por primera vez en décadas consiguió aumentar su porcentaje de votos. Las razones de la derrota del pasado día 12 no tienen que ver con un excesivo «radicalismo», sino con un contexto mucho más amplio en el que otros factores atropellaron a los laboristas – como vienen atropellando al resto de la izquierda desde hace tiempo.

El resultado de las elecciones del Reino Unido tiene grandes implicaciones para todos aquellos que creemos en un mundo en el que los intereses de la mayoría se antepongan al beneficio de unos pocos. Corbyn ha encabezado una revolución frente al social-liberalismo de la tercera vía, que también se ha visto en los Estados Unidos de la mano de Sanders, pero esa revolución está lejos de consolidarse. El futuro de la izquierda aún está en disputa, y en esa disputa el fracaso del laborismo británico va a ser utilizado por algunos para desestimar cualquier posibilidad de renovación. Es fundamental, por tanto, entender qué ha fallado esta vez para no repetir los mismos errores.

El Brexit: una losa demasiado pesada

Get Brexit Done! – algo así como «Terminemos el Brexit de una vez» – fue el eslogan del Partido Conservador. Desde que David Cameron abrió la caja de Pandora hace ya casi cuatro años, organizando un referéndum sobre la salida de la Unión Europea – que pensaba que ganaría – para acallar a sus críticos, el Brexit ha dominado por completo la escena política británica. Después de cuatro años de negociaciones, faroles, órdagos y amenazas entre las autoridades europeas y las inglesas, ambas partes han sido incapaces de cerrar un acuerdo y hacer efectiva y definitiva esa salida de la Unión Europea. Entre medias, quienes se oponían a la salida no han dejado de demandar un segundo referéndum, denunciando las mentiras y medias verdades que se utilizaron como argumentos durante el primer referéndum. La división del país era total, y esas circunstancias era imposible contentar a todo el mundo.

La incapacidad de culminar el proceso de salida le costó el puesto al propio Cameron, y a su sucesora, Theresa May, que intentaron sin éxito conseguir un acuerdo para evitar las durísimas consecuencias que podrían derivarse en caso de un Brexit duro. Boris Johnson fue el hombre que eligieron los conservadores para sucederles, confirmando que si el laborismo había girado a la izquierda, ellos giraban a la derecha. Y el nuevo líder conservador encaró las elecciones con una única idea en mente: terminar el Brexit de una vez. Después de tantos años a vueltas con el tema, la promesa de Johnson ha terminado por convencer al electorado: los ingleses están cansados del asunto, y lo único que quieren es pasar página de una vez. Por si fuera poco, las demandas de un segundo referendum – que invalidaba de alguna manera el resultado del primero – no sentaron bien a los partidarios de la salida de la UE. El mensaje que se les enviaba era claro: no votastéis bien. Vuestra opinión no vale. Y eso no hizo más que reafirmarles en su posición.

Corbyn ha encabezado una revolución frente al social-liberalismo de la tercera vía, pero esa revolución está lejos de consolidarse.

Frente a la claridad del Partido Conservador en lo relativo al Brexit, los laboristas se vieron divididos desde el primer momento. La posición inicial del propio Corbyn – respetar el resultado y asumir el Brexit – tuvo como consecuencia una fuga de votantes hacia otros partidos, como los Liberal-Demócratas o los Verdes. La mayoría del electorado laborista era partidario de seguir en la UE – remain -; el problema es que los partidarios de abandonarla – leave -, aún siendo minoría, representaban un número considerable. Se decantara del lado que se decantara, el Partido Laborista se vería irremediablemente dividido. La única opción para la izquierda británica era intentar que las elecciones giraran sobre otro eje, más favorable. El Manifiesto electoral laborista, el más avanzado en su historia reciente, intento redirigir el debate hacia asuntos como el empleo, la nacionalización de sectores estratégicos o la vivienda pública.

La sombra del Brexit, por desgracia, era demasiado alargada. Cuanto más intentaban los laboristas escapar del marco del debate, más se les obligaba a posicionarse. Con una sociedad extremadamente dividida y polarizada, los conservadores fiaban todo a una carta – el Brexit – mientras que los laboristas evitaban siquiera abordar la cuestión. El resultado de las elecciones muestra que la gente necesitaba una respuesta clara y firme sobre la salida de la Unión Europea, que el Partido Laborista sencillamente no podía ofrecer. En su lugar, se limitaban a dar respuestas vagas y a mostrarse partidarios de un segundo referéndum.

Los datos muestran que no se ha producido un gran movimiento de votos desde Corbyn hacia Johnson: aunque los laboristas se dejaban casi ocho puntos porcentuales, los conservadores sólo crecían un 1%. En cambio, opciones que sí se posicionaban claramente a favor de seguir en la Unión Europea, como los Liberales, los Verdes o el Partido Nacional Escocés, registraban un crecimiento conjunto del 6.1%. En el otro extremo, el Partido del Brexit, a pesar de no conseguir ningún escaño, se hacía con un 2% de los votos. La división sobre la salida de la Unión Europea ha sido la herida por la que realmente se ha desangrado el Partido Laborist, ya fuera hacia el Remain o hacia el Leave.

OK, boomer: la comunicación no lo es todo

No ha sido la única razón para explicar el resultado. Aunque el contexto del Brexit ha lastrado con dureza al Partido Laborista, lo cierto es que la propia organización se ha encontrado con problema grave: feudos históricos, antiguas comunidades mineras devastadas por la oleada de cierres de los años 80 y golpeadas con dureza por la crisis, han elegido por primera vez a candidatos conservadores. Regiones del norte y el centro de Inglaterra, que constituyeron el corazón del partido, lo han abandonado. Y no sólo porque pudieran ser partidarias del Brexit – casi todas estas zonas votaron mayoritariamente por el Leave -, sino porque en gran medida han dejado de sentirse representadas por el partido.

Mientras en zonas urbanas, cosmopolitas y con un perfil mayoritariamente juvenil, los laboristas han conseguido atraer a un gran número de nuevos militantes y se han convertido en la organización de referencia, en las zonas deprimidas y abandonadas ese mismo perfil resulta extraño e impropio. Los laboristas tienen un programa y un discurso orientado a la clase trabajadora, pero organizativamente siguen demasiado desconectados de ella. Los spots publicitarios que han lanzado durante la campaña, a pesar de ser originales y frescos, han funcionado muy bien en las zonas urbanas, en el corazón de Inglaterra no han conseguido conectar con la gente. En otras palabras, el Partido Laborista está hablando a muchos trabajadores en un idioma que no entienden. Y si no lo entienden, difícilmente pueden compartirlo.

Lejos de Londres, Manchester, Liverpool y otras grandes ciudades, la organización sigue flaqueando. Falta una red mucho más extensa de contactos, de agentes, de referentes con los que la gente de otras regiones pueda identificarse. Los sindicatos, debilitados por la época thatcherista, aún tienen que recuperar mucha fuerza para volver a ser las grandes organizaciones de masas que fueron. Veinte o treinta años de contrarrevolución neoliberal, impregnando toda la sociedad – el trabajo, las relaciones, la forma de entender el mundo – no se pueden dar la vuelta en tan poco tiempo. Y, desde luego, no se pueden dar la vuelta sólo con videos y mensajes en redes sociales.

El Partido Laborista y Momentum, una organización de militantes de base que ha apoyado a Corbyn y que juega un papel considerable en la línea politica laborista actual, han funcionado, a la hora de la verdad, como una gigantesca plataforma electoral. En eso, han actuado del mismo modo que otras organizaciones de la izquierda alternativa como Podemos o La Francia Insumisa. Si bien han marcado una línea mucho más avanzada políticamente – los laboristas han recuperado la idea de clase como elemento central de su programa, y han propuesto nacionalizaciones o un programa de servicios sociales más ambicioso – han recurrido a una misma estrategia basada en la preponderancia de la política comunicativa frente a la organización de base. Esa estrategia, que era innovadora en su momento y que sin duda ha servido para romper barreras y desbordar los marcos de una izquierda anquilosada e incapaz de avanzar, está encontrado, a su vez, sus propios límites. Ya son muchas las ocasiones en las que la izquierda digital – a pesar de mejorar las perspectivas de la izquieda anacrónica – ha salido derrotada de la batalla.

Los laboristas tienen un programa y un discurso orientado a la clase trabajadora, pero organizativamente siguen demasiado desconectados de ella.

La nueva extrema derecha tiene en la comunicación una de sus armas principales, y la izquierda necesitaba también renovarse y mejorar en ese ámbito. Pero no basta con replicar mecánicamente lo que hace el contrario. La derecha no sólo tiene una gran capacidad comunicativa: es que además su mensaje llueve sobre mojado.

Los grandes medios de comunicación, los que bombardean constantemente a la población, siguen en manos de los reaccionarios. Por poner un ejemplo, cuando el periódico The Guardian analizó las notificaciones de los principales medios británicos, que millones de votantes recibían día a día en sus teléfonos, se encontró con que los titulares e ideas transmitidas sobre los conservadores solían ser positivas o favorables, y abrumadoramente negativas cuando se hablaba de los laboristas. Un poder de ese tipo no puede contrarrestarse por muy acertado que sea el mensaje. Es necesario que, del mismo modo que esos millones de personas reciben a diario notificaciones en sus teléfonos móviles, encuentren en su entorno – en sus centros de trabajo, en sus barrios, allí donde hagan vida colectiva – a las organizaciones obreras. Los trabajadores nunca hemos tenido ni tendremos el poder mediático de la clase dominante, pero sí podemos hacerle frente mediante la organización.

La lucha de clases: la Unión Europea como telón de fondo

Aunque alguno aún no se haya enterado, la Unión Europea es una realidad inexcusable en gran parte del continente. La actual UE es el resultado de un largo proceso de desarrollo, que empezó hace más de medio siglo con las primeras estructuras supranacionales – de carácter fundamentalmente económico, como la Comunidad Europea del Carbón y el Acero o la Comunidad Económica Europea – y que durante esos años ha construido un gran entramado de leyes, regulaciones y comités a medida de las grandes multinacionales, a los que luego ha dotado con una imagen poco creíble de democracia creando un Parlamento Europeo en Bruselas, la capital de los think tanks y los lobbies y posiblemente uno de los mayores pantanos de corrupción y trapos sucios de la historia, sólo comparable con Washington D.C., la capital de los Estados Unidos.

La idea de la Unión Europea – que no es otra que, precisamente, la de unos Estados Unidos de Europa – sirve a unos intereses claros y concretos, y así lo hace constar continuamente con sus políticas, sus directivas y sus libros de colores. Las autoridades europeas han jugado un papel fundamental en el debilitamiento del sindicalismo de clase y han reducido – aunque no eliminado – las competencias y posibilidades de los distintos Estados miembro para oponerse a las órdenes de los burócratas europeos, supuestos técnicos independientes que en realidad no son más que marionetas de los accionistas y los Consejos de Administración. La Unión Europea es, desde luego, un auténtico problema para la clase trabajadora y para todos aquellos que creemos en la superación del capitalismo. Todo el entramado legal europeo está diseñado no sólo para apuntalar este sistema, sino para profundizar en su expansión, fomentando el dumping social y facilitando la libertad de capitales para dar vía libres a las deslocalizaciones.

Ahora bien, es poco creíble – además de poco serio – pensar que ese problema pueda sencillamente desaparecer. La idea, la consigna, de la salida de la Unión Europea, por muy negativa y problemática que sea para los trabajadores, es irreal e inviable. También lo es la idea que todavía defienden algunos de que es posible una Unión Europea progresista, justa y democrática: la UE es un proyecto diseñado y puesto en marcha por la burguesía europea del mismo modo que cada uno de los Estados-nación que la formaron en su momento eran proyectos diseñados y puestos en marcha por las burguesías nacionales. No se trata, por tanto, de negar el Estado (sea el nacional o el europeo), del mismo modo que no se trata de reformarlo. Se trata de superarlo.

Para muchos trabajadores británicos, la idea de la Unión Europea se asociaba con la destrucción de empleo fruto de la deslocalización, y con la pérdida de derechos laborales fruto del dumping social. El Brexit no sólo va a causar graves problemas para los trabajadores – igual que la lucha contra el cambio climático, o que cualquier otro proceso de transformación profunda, si la clase dominante lo dirige es inevitable que la clase trabajadora lo pague – sino que además no va a detener la destrucción de empleo ni la pérdida de derechos laborales. La diferencia está en que, en lugar de llevarse la fábrica a Polonia o a Italia, se la llevarán a la India o a Canadá. Y los trabajadores ingleses, en lugar de competir con los trabajadores portugeses o eslovenos, competirán con los trabajadores australianos o estadounidenses. Pero la lógica seguirá siendo la misma: porque la salida de la Unión Europea no es una posición superadora, revolucionaria.

El debate sobre la Unión Europea está sobre la mesa en muchos países, pero siempre se plantea en términos de salida o de continuidad, nunca de superación.

Los laboristas se han enfrentado a un debate en el que no había más posición que la salida o la permanencia en la Unión Europea. Si bien a nivel nacional han intentado valientemente confrontar con el capitalismo, a nivel internacional, a nivel global, no han sido capaces de encontrar una posición que permitiera superar dos posiciones negativas por igual para los trabajadores. Para no elegir entre Guatemala y Guatepeor, como dice el dicho, se limitaron a evitar el debate, y han pagado muy cara esa decisión.

El resto de la izquierda europea es, en parte, responsable de su derrota, y pagará las consecuencias igual que las pagarán los trabajadores ingleses. El debate sobre la Unión Europea está sobre la mesa en muchos países, pero siempre se plantea en términos de salida o de continuidad, nunca de superación. Allí donde todavía no es un tema de primer orden, la izquierda vive muy cómoda siendo partidaria de «la salida», sin tener que comprometerse ni analizar en profundidad qué implicaciones tendría. El caso británico debería servirnos para darnos cuenta de que mantener esa posición aparentemente cómoda es hacernos trampas al solitario: es inevitable que el proyecto de la Unión Europea se vea cuestionado tarde o temprano – incluso en países donde aún hay una amplia mayoría de partidarios – porque como el propio capitalismo en sí, es un manojo de contradicciones que terminará por estallar. Y cuando estalle, como bien demuestra el caso laborista, nos va a partir por la mitad.

Si los laboristas ingleses hubiesen podido defender otro espacio europeo, uno caracterizado por la coordinación sindical, por la solidaridad entre trabajadores, por la unidad de la clase obrera europea, defendiendo el empleo y las condiciones laborales en todo el continente, impidiendo que nos enfrenten a unos contra otros para beneficio de los superricos, tal vez habría sido mucho más fácil para ellos abordar el debate del Brexit. Ese espacio europeo, a su vez, sería incompatible con una Unión Europea diseñada y construida para servir justamente a las causas contrarias. Así, a los partidarios del Leave no les estaríamos pidiendo que comulgaran con ruedas de molino, como si la UE fuese maravillosa y no un pozo de mierda; y a los partidarios del Remain les estaríamos ofreciendo un proyecto europeo de unidad y solidaridad, valores que hoy asocian a la UE y que son las razones por las cuales la defienden a pesar de todo.

Ese escenario habría permitido romper y superar el marco del Brexit impuesto por los conservadores, en lugar de escapar de él y pretender ignorarlo. Cuanto antes lo comprendamos y nos pongamos manos a la obra, a construir un movimiento obrero sindical y político con una dimensión europea, antes podremos evitar caer en el atolladero hacia el que nos dirigimos.

El día después: we’ll keep the red flag flying here

The Red Flag – La Bandera Roja – es el himno del Partido Laborista, una de las canciones históricas del movimiento obrero británico y una de las melodías que han acompañado a Corbyn y a sus partidarios. En su estribillo, en el último verso, la letra afirma que, aunque los cobardes tiemblen y los traidores se burlen, mantendremos la bandera roja en alto – we’ll keep the red flag flying here.

La campaña electoral de los laboristas, aunque no haya conseguido el resultado esperado, ha sido en si misma una experiencia renovadora para toda la izquierda. Decenas de miles de militantes y activistas de base se han implicado, generando una ilusión y un movimiento masivo que hacía tiempo que no se veía. Volver a lo que siempre fue la izquierda nos permite reconectar con las esperanzas y convicciones de millones de personas: somos muchos, muchísimos, los que creemos en un mundo más justo, un mundo en el que nadie se quede atrás. Desde hace unos años, nos han intentado convencer por activa y por pasiva que nuestras ideas eran bonitas pero inviables. Nos han intentado quitar lo único que siempre nos ha ayudado a los de abajo a seguir adelante: la convicción de que algún día ya no habría arriba y abajo, que nadie tendría que sufrir privación ni escasez, y que todos seríamos libres e iguales. Lo han intentado, por activa y por pasiva, porque saben que la única manera que tienen de vencernos es que nos venzamos nosotros mismos. Pero cuanto más duras y largas son las jornadas, cuanto más nos exigen que trabajemos y nos esforcemos, cuanto menos nos dejan, más crece en nosotros esa convicción, esa ilusión y esa esperanza.

Esta campaña del Partido Laborista ha demostrado que está ahí, que no debemos negarla ni desecharla sino buscar la forma de conectar con ella. Para todos los que creemos en un mundo en el que los intereses de la mayoría estén por encima de los beneficios de unos pocos, la derrota de Corbyn ha sido un mazazo. Pero la batalla no está perdida: aún nos quedan, para bien o para mal, muchas luchas por dar. Los capitalistas son conscientes de que, si luchamos, tarde o temprano ganaremos, y por eso intentan empujarnos hacia la dejadez y el derrotismo. Lejos de venirnos abajo, los acontecimientos en Reino Unido deben servirnos para reafirmar nuestro compromiso y redoblar nuestro esfuerzo. Seguimos luchando, por los trabajadores ingleses, por los españoles, por los franceses, por los portugeses… por todos los que, en cualquier país, en cualquier parte del mundo, trabajamos y vivimos oprimidos y explotados.

Algún día, seremos libres e iguales. Hasta entonces, we’ll keep the red flag flying here.

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