Debate: ¿Cómo llegar al socialismo hoy?

¿Es posible una vía democrática al socialismo? En caso afirmativo ¿qué implica esto para los socialistas hoy? Un debate entre Eric Blanc y Charlie Post, de Jacobin Magazine.

Manifestación en la Avenida Nevsky de San Petersburgo en febrero de 1917.

Nota de La Mayoría

Reproducimos a continuación un debate entre dos militantes socialistas norteamericanos que se realizó en la reciente Conferencia sobre Materialismo Histórico en Nueva York. Es la culminación de un intercambio de posiciones en las páginas de Jacobin Magazine durante el año en curso.

Eric Blanc es profesor de instituto retirado, sindicalista y escribe sobre el movimiento obrero. Su último libro es Red State Revolt: The Teachers’ Strike Wave and Working-Class Politics, sobre las huelgas del sector de la enseñanza de los últimos años en Estados Unidos. Eric defiende una posición próxima a la defendida históricamente por el teórico socialista Karl Kautsky en los albores del siglo XX, argumentando que las condiciones actuales y la evolución moderna del Estado plantean retos que los revolucionarios rusos de 1917 no tuvieron que afrontar.

Charlie Post es un activista social con una experiencia de años y es profesor de sociología en la Universidad de la Ciudad de Nueva York. En su posición el señala los límites de la vía parlamentaria al socialismo y se aproxima más a la posición defendida por Lenin en «El Estado y la Revolución», señalando que, en algún momento del proceso de cambio social, va a ser necesaria un insurrección directa y abierta de la clase trabajadora frente al poder del capital.

Este debate y sus matices son relevantes a día de hoy para el movimiento socialista en los países occidentales. A continuación podéis leer sus argumentos. Hemos añadido algunas notas aclaratorias. Os animamos a reflexionar sobre ellos.


Nota de Jacobin Magazine

El alza de las tendencias socialistas en los EE.UU., ha sacado a la luz un debate renovado sobre cómo superar el capitalismo. Un asunto en particular continúa dividiendo a los socialistas democráticos y a sus críticos leninistas: ¿pueden las actuales instituciones democráticas ser usadas para la transformación socialista, o se necesita demoler por completo el actual Estado?

A pesar de que no existe una manera fácil de responder a esta cuestión con absoluta certeza -y aunque la ruptura con el capitalismo sigue siendo un objetivo lejano- lidiar con esta cuestión no es un ejercicio académico. El hecho de que los socialistas apuesten por la vía democrática1 o no, tiene implicaciones importantes sobre cómo los activistas se acercan hoy a la política electoral, el movimiento obrero, y la construcción de organizaciones.

Este articulo es una transcripción editada del debate sobre el socialismo democrático entre Eric Blanc y Charlie Post en la reciente conferencia “Socialismo en nuestro tiempo – Materialismo histórico” impartida en la ciudad de Nueva York.


ERIC BLANC: Me gustaría empezar señalando las partes en las que creo que coincidimos. En primer lugar, el Estado actual no puede ser simplemente usado por los trabajadores para construir la sociedad socialista. Para que cualquier proyecto triunfe, tendrá que luchar contra la hegemonía de las grandes corporaciones sobre la economía, y tendremos que confrontar con la alta burocracia estatal, así como con las fuerzas armadas. Debido a estos problemas estructurales, necesitamos una revolución para romper el poder económico y político de la clase capitalista.

Para poder tener éxito, esa revolución va a tener que recurrir a la acción y la disrupción extraparlamentaria de las masas, y va a tener que sostenerse en ellas. Así que, no existe una hoja de ruta exclusivamente electoral hacia el socialismo. Estamos de acuerdo en que las políticas socialistas efectivas -ahora y en el futuro- requieren combinar la intervención electoral con la acción de las masas desde abajo.

Otra cosa en la que también estamos de acuerdo es en que los obstáculos hacia el socialismo no son solo externos, sino que también son internos al propio movimiento obrero. En otras palabras, existe una tendencia en las grandes organizaciones sindicales a volverse burocraticas, en las cuales sus líderes comienzan a acomodarse en el status quo.

Una última cuestión sobre la que probablemente podamos coincidir es que, actualmente, no sabemos a ciencia cierta cómo será la transición hacia el socialismo. Nadie, a día de hoy, puede estar seguro de que su estrategia es la mejor. Pero tenemos que hacer una apuesta política basada en el análisis del pasado y el presente.

La principal diferencia entre nuestras ideas gira en torno a cómo una revolución semejante podría ocurrir de manera realista en una democracia capitalista como la de los Estados Unidos. Aquí, las condiciones son obviamente diferentes a la Rusia de 1917, donde no existía un sistema parlamentario2, ni una tradición política democrática.

Me gustaría polemizar aquí contra la visión tradicional del Leninismo sobre la revolución. De acuerdo a su idea, en algún momento habrá una crisis profunda y aparecerán expresiones de poder dual, paralelas al oficial (como los consejos obreros3). Para que la revolución tenga éxito, esas instituciones de poder dual tendrán que, a través de una insurrección, derribar el aparato del estado actual y trasladar todo su poder a las manos de los consejos obreros, o de algún tipo de organización equivalente.

Mi postura no es acusar a los leninistas clásicos de abogar por la violencia de una minoría o de obsesionarse con la preparación de las armas. El diccionario define “insurrección” como “un momento de revuelta armada contra la autoridad existente o el gobierno”. Así que necesariamente, cualquier estrategia de poder dual, por definición, será una estrategia insurgente, a menos que creamos que los capitalistas van a ceder de manera voluntaria el poder (algo que no pensamos ninguno de los dos).

La cuestión clave es sopesar si la revolución socialista será contra todo el estado o si algunas instituciones clave del estado actual –por ejemplo, los parlamentos democráticamente electos y las administraciones- pueden y deben ser usadas por la clase trabajadora para la ruptura anticapitalista.

El análisis que quiero exponer aquí es un alegato marxista a favor del socialismo democrático. Este es fundamentalmente diferente a la socialdemocracia, y es incluso distinto al socialismo democrático de alguien como Salvador Allende.

La idea central de esta estrategia es que en las condiciones planteadas en una democracia parlamentaria, la senda hacia el socialismo tendrá que pasar seguramente por la elección de un partido de los trabajadores a través del sufragio universal, para alcanzar el gobierno. Este tipo de gobierno, en alianza con las luchas desde abajo, buscaría democratizar el estado existente e implementar cambios anticapitalistas en la economía, haciendo que la minoría capitalista recurra al sabotaje del gobierno electo y del proceso revolucionario. La derrota de esta reacción -a través del poder de la acción de masas, así como de las acciones de nuestros representantes electos- culminaría en una ruptura completa con el control capitalista sobre la economía y el estado.

Solamente con llevar al gobierno a un partido de los trabajadores no es suficiente para llegar al socialismo, pero sin la influencia obtenida en unas elecciones como las que planteo, los socialistas probablemente no tendrán la legitimidad popular o el poder social como para superar el capitalismo. Al mismo tiempo, para evitar que el proceso se detenga a mitad de camino, necesitaremos de huelgas de masas y de profundas luchas extra-parlamentarias. Seguramente también necesitemos de la aparición de algún tipo de formas de poder dual organizadas de abajo hacia arriba, que pueden ser combinadas con (mejor que remplazar a) instituciones electas por sufragio universal.

Por supuesto, no sabemos exactamente como será este proceso. Pero la principal cuestión es que, de manera realista, no podemos esperar una estrategia de poder dual/insurreccional se conviertan en una estrategia relevante en una democracia capitalista. Nos guste o no, un gobierno electo por sufragio universal tiene muchísima más legitimidad que la autocracia zarista.

El principal argumento contra la posición que Charlie y los Leninistas han presentado, es que no hay evidencia pasada o presente de que una mayoría de los trabajadores en una democracia capitalista -incluso en los casos en los que los socialistas apostaban firmemente por esta línea- hayan apoyado nunca la sustitución de una democracia parlamentaria con algo parecido a un sistema de consejos obreros. La experiencia histórica abrumadora es que, nos guste o no, la gente trabajadora intentará usar las instituciones propias de la democracia política bajo el capitalismo para promover sus intereses y para transformar la sociedad.

Si miramos atrás hacia los últimos 150 años, la dura realidad no es solamente que no hayan existido casos existosos de derrocamiento de un estado parlamentario, para poner el poder en manos de órganos de poder dual. La clave de este hecho no es solamente que no ha sucedido (tampoco ha existido ningún caso de transformación duradera en los términos de los socialistas democráticos). Sin embargo, a diferencia del socialismo democrático, la aproximación insurreccional al problema del poder ante un régimen parlamentario nunca ha estado ni siquiera cerca de aglutinar a una mayoría de los trabajadores.

Esto nos plantea un gran reto estratégico a los socialistas. ¿Realmente tiene sentido basar nuestra estrategia para derrocar el capitalismo en una perspectiva que se nos revela como una posibilidad incierta? Por supuesto que todo tipo de hechos inesperados puede suceder en la vida política. Pero eso no implica necesariamente que debamos basar nuestra visión política en algo que, con mucha diferencia, parece el más improbable de los escenarios políticos.

Muchas personas de la izquierda revolucionaria han creído durante décadas que solo si los líderes socialistas y sindicales se comprometían firmemente con la aproximación Leninista, los trabajadores entonces ganarían poder y podrían vivir felizmente bajo una democracia socialista en nuestros días. No creo que en la actualidad, eso sea correcto.

En primer lugar, este análisis falla a la hora de lidiar con el profundo apoyo de la clase trabajadora hacia las instituciones parlamentarias y el sufragio universal. En segundo lugar, infravalora lo difícil que puede resultar el derrocamiento del capitalismo. No existe una receta rápida, ni una estrategia segura que pueda evitar las contradicciones de la socialdemocracia o que pueda superar sencillamente el poder inmenso de los capitalistas (y sus agentes) para absorber y/o reprimir los cambios a su dominación.

La cuestión clave es: ¿Qué estrategia nos sitúa en mejor posición para superar estos obstáculos? Necesitamos participar e identificarnos con el proyecto socialista democrático de construcción del poder de la clase trabajadora y transformación del estado, siempre con la vista puesta en presionar en la dirección de ruptura con el capitalismo.

Podría decir que la izquierda leninista ha socavado su capacidad para confrontar y superar efectivamente estos obstáculos, debido a su adhesión a un concepto de la política electoral que les ha marginado de la mayoría de la gente trabajadora. Creo que necesitamos intervenir sin vacilaciones en el resurgimiento del voto antisistema actual, acumular nuestra propia fuerza para que cuando surja una nueva crisis como la de Grecia en 2015, la izquierda radical auténtica, pueda ser esta vez lo suficientemente fuerte como para superar los obstáculos que tenemos frente a nosotros: el poder económico de los capitalistas, el aparato superior del estado, la burocracia sindical, etc.

Por supuesto, no estamos cerca de un momento de ruptura revolucionaria en los Estados Unidos. Lo que está en juego en el debate de hoy es si los radicales pueden alejarse consistentemente de una tendencia a minimizar o abstraerse del espacio electoral. Así que, una de las implicaciones prácticas de este debate trata sobre hasta qué punto tratamos con seriedad la política electoral, si los radicales deberían abstenerse o limitarse a las campañas de propaganda de izquierda, o si deberíamos aprovechar completamente las oportunidades presentadas por campañas como las de Bernie Sanders y Jeremy Corbyn.

Adoptando un enfoque más crítico y menos dogmático de las suposiciones acerca de la posibilidad de generalizar la obra de Lenin “El Estado y la Revolución”, puede ayudar a los socialistas a comenzar a pensar más críticamente acerca de otros temas, como la construcción del partido o el uso de la “ballot line 4 ” en el Partido Demócrata. De este modo, repensar la línea democrática hacia el socialismo, espero que actué como banderín de enganche para ciertos sectores del socialismo, para que evolucionen hacia posturas menos dogmáticas que nos ayuden a lidiar con las actuales condiciones.

CHARLIE POST: En primer lugar, quisiera agradecer a Eric que haya cambiado su disfraz grotesco de Lenin contra Kautsky, a una discusión más fructífera. Y creo que hay muchos puntos en los que coincidimos. Creemos que hay una necesidad de ruptura radical con el capitalismo, coincidimos en eso.

Coincidimos también, al menos en abstracto, en la base social del reformismo. No es el producto de una mala teoría, sino de la existencia de una burocracia a tiempo completo en los sindicatos, en los partidos políticos parlamentarios, en los movimientos sociales de los oprimidos, etc.

Esto nos lleva a lo que pienso que es nuestro desencuentro fundamental. Al comienzo parece ser un desacuerdo sutil, dado que coincidimos en que cualquier cambio revolucionario del capitalismo llevara aparejada la combinación de la actividad electoral con los movimientos sociales de masas disruptivos.

Me gustaría plantear el debate en una manera ligeramente diferente a como la ha planteado Eric. A mi modo de ver, la cuestión es, ¿damos el mismo peso a la política electoralista y a las huelgas de masas y similares? ¿O priorizamos una sobre otra? Necesitamos reconocer que hay una lógica diferente en un proyecto electoral que apunta, ante todo, a ganar unas elecciones; y las dinámicas propias de la construcción de luchas sociales tumultuosas, poderosas pero discontinuas.

Ahora bien, para mí, este debate no gira en torno a la cuestión de la “vía electoral” versus la “vía insurreccional”. Sin embargo, creo que la posición que defiendo visualiza una forma de gobierno mucho más radicalmente democrática en oposición al estado capitalista -una que se basa en la capacidad de los trabajadores, en sus comunidades, lugares de trabajo y similares, de tomar y desarrollar de manera efectiva decisiones que moldean sus vidas. Ese nuevo tipo de estado implicaría la revocabilidad de los cargos públicos, etc. En una palabra, este «estado-comuna» podría ser una forma superior y más radical de democracia.

Y por último, nuestro desencuentro no solo es sobre una insurrección, sino sobre si la caída del capitalismo requiere de una creciente oleada de paros, luchas obreras masivas, huelgas de masas ante todo, y otras formas de lucha disruptiva5 que culminen en la reestructuración radical -destrucción o ruptura– del núcleo de las instituciones del estado capitalista. Sabemos que las fuerzas armadas, la policía y la burocracia civil, han sido históricamente el obstáculo fundamental para la implementación del programa anticapitalista.

No creo que la estrategia que Eric plantea, elimine la necesidad de una insurrección. Sin embargo, al dar la misma importancia a ganar unas elecciones y a las luchas de masas, él tiende a confundir lo que será necesario para superar la resistencia del núcleo fundamental del estado capitalista, y destruirlo para sustituirlo por algo más radicalmente democrático.

Este argumento será familiar para quienes hayan leíado el artículo que escribí para Jacobin. Imaginemos que tenemos un verdadero partido radical de los trabajadores, un partido socialista del tipo que Kautsky y Eric plantean, llegando al poder. Este sería un partido realmente comprometido con la transición anticapitalista -listo para apretar el gatillo y arremeter contra el control privado de la industria, la creación de impuestos a los ricos, todo ese tipo de cosas que creemos serán necesarias para romper con la lógica del capital.

Ahora bien, también tendría que estar preparado para superar, no solo la resistencia capitalista en forma de “huelgas de inversión6”, sino la resistencia desde dentro del estado existente. ¿Cómo podría, lo que mi camarada canadiense David Camfield llama, un “gobierno para la lucha de clases” lidiar con la resistencia desde dentro del propio estado capitalista?

Tendría que enfrentarse tanto a la resistencia activa como pasiva a la implementación de cualquier medida anticapitalista, primero desde la burocracia y los gabinetes de funcionarios no electos. Segundo, tendrían que enfrentarse a la oposición, y probablemente, a la represión contra las organizaciones de trabajadores y un posible golpe de estado, desde el aparato represivo militar. El destino del régimen de Allende en Chile, que prometió una senda parlamentaria hacia el socialismo, apoyada por órganos de poder popular, debería ser un recordatorio constante del peligro real de la represión del estado capitalista frente a gobiernos democráticamente electos.

Por otro lado, discrepo de Eric en su afirmación de que nunca ha habido una democracia capitalista avanzada en la que una porción significativa, si no una mayoría de los trabajadores, estuviesen abiertos a la idea del poder dual. Pienso que hubo varias coyunturas históricas entre 1918 y 1923 en Alemania donde esto fue posible.

Pero puedo llegar a ceder que en la idea de que la elección de un gobierno de izquierda de línea dura puede ser un elemento realmente necesario en la ruptura con el capitalismo, a día de hoy. Pero una vez que tomen el poder, deberán enfrentarse a este tipo de resistencia que he descrito. Ahora bien, un defensor coherente de la estrategia propuesta por Eric podría decir “bueno, los organismos de poder popular en los centros de trabajo y en los barrios obreros podrían oponerse a este tipo de resistencia”.

Sin embargo, y esta es la clave, para bloquear efectivamente la resistencia burocrática y militar, estas organizaciones populares deberían de hecho, convertirse en un sustituto del estado. Tendríamos que tener ese poder dual. Esto, por supuesto, debería ser precedido de años de organización en un partido radical de los trabajadores -organizando a los funcionarios estatales de bajo rango, a los miltares-, todo con el objetivo de preparar a empleados públicos militantes para una crisis revolucionaria en la que dejasen de obedecer las órdenes legales/legítimas de sus superiores inmediatos. Dicho de manera simple, necesitaríamos romper con la lógica estructural del estado capitalista.

En otras palabras, un partido socialista radical tendría, en la práctica, que destruir el estado capitalista y reemplazarlo con un estado de los trabajadores, basado en consejos obreros. Incluso si se mantiene el gobierno de izquierda y las instituciones parlamentarias, el poder real debería desplazarse desde las manos de la burocracia civil, y el ejército, hacia los órganos de poder popular y de los trabajadores.

Si un gobierno socialista radical no sigue estas tácticas, terminaremos de nuevo, o bien lidiando con el problema de la austeridad (como hizo Mitterrand en Francia y Syriza en Grecia) o enfrentándonos a la brutal represión militar (como hizo Allende en Chile).

Ahora bien, incluso en nuestro periodo no-revolucionario actual, creo que nuestro desacuerdo puede tener implicaciones importantes de cara a la táctica y la estrategia más inmediatas. Creo que, en el periodo actual, personas con opiniones como la de Eric o la mía, pueden trabajar exitosamente en los sindicatos, movimientos sociales, campañas independientes de carácter socialista, etcétera. Sin embargo, la cuestión sobre si debemos priorizar la organización electoral o extra-electoral nos conduce a disensos prácticos. Creo que estos intentos de usar -de cualquier manera, estilo o forma- al Partido Demócrata para preparar para políticas socialistas es una utopía. El Partido Demócrata es una organización que ni siquiera cuenta con un censo formal de militantes. Sin embargo, está completamente dominado por el capital, convirtiéndose en una maquina meramente electoral.

ERIC BLANC: Seré honesto, Charlie, no creo que hayas respondido a mi principal duda con respecto a los Leninistas, es decir: no has demostrado que haya una alternativa para lograr una ruptura democrática en ausencia de algún tipo de gobierno democráticamente electo por los trabajadores.

De hecho, el escenario planteado desde tus posiciones se basa en la premisa de una elección de este tipo para romper con el capitalismo. Así que, o bien estás de acuerdo conmigo, o bien hay algún tipo de confusión aquí. Porque tu descripción de una ruptura anticapitalista toma lugar en el contexto de un partido de los trabajadores siendo elegido para el gobierno de un estado capitalista, ¿Correcto?

No disiento con mucho de lo que describes acerca de la necesidad de la acción de masas y los órganos de poder de abajo-arriba para derrotar a la contrarrevolución y a las instituciones antidemocráticas del estado -pero todo lo que describes se sitúa en un contexto de legitimidad política y poder estructural generado por un partido de los trabajadores que ha sido electo para las instituciones gubernamentales que la mayoría de la gente en este país considera actualmente, como la autoridad depositaria de la legitimidad democrática.

Así, el argumento que expones ahora no es una estrategia insurreccional per se. Es muy diferente al modelo de octubre de 1917. Una insurrección significa que se da una revuelta armada contra el estado actual (considerándolo como un todo), y ese no es el escenario que has señalado.

Hay una enorme diferencia política entre el poder dual señalado tradicionalmente por los Leninistas y un gobierno de izquierdas que, en base a un mandato popular expresado a través del sufragio universal- lucha contra una minoría de capitalistas, burócratas estatales y líderes militares. Esto es totalmente diferente. No veo cómo puedes calificar a una lucha armada que toma la forma de la defensa del gobierno electo, como una “insurrección”. Es claramente un fenómeno diferente.

Creo que algo de la ambigüedad de esta discusión tiene que ver con cómo hemos conceptualizado al estado capitalista. Los leninistas, al menos aquellos que defienden firmemente la obra de Lenin “El Estado y la Revolución”, creen que todas las instituciones existentes son inherentemente procapitalistas por su propia estructura interna. Esta es una de las más profundas limitaciones de la tradición leninista, particularmente en sus formas más duras.

El problema básico con esta cuestión es que mezcla el sufragio universal y las instituciones parlamentarias con la lógica capitalista, y esto no nos ayuda mucho. Es un enorme error político y de análisis. En realidad, los parlamentos democráticos y el sufragio universal fueron y siguen siendo conquistas ganadas por el movimiento obrero contra los capitalistas. Son conquistas que tienen que ser defendidas (y expandidas) a través de luchas desde abajo.

Las llamadas a destruir por completo el estado actual cometen el error de no reconocer las enormes contradicciones en el seno del estado actual. Existe una contradicción profunda y estructural entre los órganos electos de manera democrática dentro del estado (que pueden ser usados para el beneficio de los trabajadores) y el resto del estado (la alta burocracia, los altos mandos militares…), sin mencionar la economía capitalista. ¿Por qué deberíamos los marxistas insistir en “romper” los parlamentos democráticamente electos para sustituirlos con consejos obreros? Y por tanto, ¿Por qué deberíamos “romper” la educación y la sanidad públicas, o la seguridad social? Pero, si reconoces la necesidad de mantener y transformar ciertas instituciones claves del actual estado -la aproximación de Charlie a este punto es, como mínimo, ambigua-, entonces estás más cerca del socialismo democrático de lo que estás dispuesto a reconocer.

La clave fundamental de la visión marxista sobre una vía democrática al socialismo es que tenemos que apoyarnos en la contradicción entre las formas de democracia actuales y las relaciones y estructuras antidemocráticas que normalmente subyugan a estos cuerpos democráticos (y servicios públicos) a los intereses del gran capital. Sin no puedes usar esta contradicción para abrir una brecha política, no vas a tener el poder y la legitimidad necesarias para ganar el socialismo.

Si hubiera una alternativa viable a la elección de un gobierno obrero, entonces estarías en lo cierto. Pero en la medida en que todavía no se ha presentado una alternativa, esto significa que nos guste o no, tenemos que lidiar con las contradicciones de la social democracia y el socialismo democrático. No hay ningúna receta milagrosa.

Y al contrario de lo que Charlie argumenta, no hay una formula universal para cómo podemos sopesar las políticas electorales y la acción de masas. Cómo combinar y priorizarlas, depende del contexto y el momento concretos.

La extrema izquierda, durante gran parte del siglo XX desde 1917, ha perseguido un tipo de postura dogmática que prioriza la acción de masas e infravalora las políticas electorales. En la práctica, se traducido generalmente en su marginalización. Esto significa que cuando ha habido posibilidades para la ruptura, la izquierda revolucionaria era demasiado débil como para intervenir efectivamente.

Este debate parece algo abstracto, pero tiene ramificaciones políticas inmediatas: por ejemplo, nosotros como Izquierda, ¿Vamos a intervenir en la campaña de Bernie Sanders para reconstruir un movimiento de masas socialistas en los EE.UU.? ¿o vamos a reafirmarnos en una política que nos haga sentir bien con nosotros mismos –porque suena muy revolucionario sobre el papel- pero en la práctica nos mantiene en la marginalidad-, y consecuentemente, ceder el espacio a nuestros oponentes en el seno del Partido Demócrata y a la burocracia sindical? Creo que nuestra responsabilidad es la de tener en cuenta el momento, construir políticas radicales basadas en un fuerte movimiento obrero, y eso significa un compromiso con la vía democrática al socialismo.

CHARLIE POST: De acuerdo. Déjame comenzar con lo que creo que es una caricatura de la Revolución de Octubre de 1917. ¿Los consejos obreros se enfrentaron directamente a un aparato estatal unificado en crisis? Bueno, la realidad fue muy diferente.

Para Octubre de 1917, los revolucionarios habían construido soviets de soldados, y la disciplina militar se había roto, para desgracia tanto del gobierno provisional como de los generales zaristas. Los revolucionarios rusos entendieron claramente la necesidad de socavar la legalidad/legitimidad de la disciplina de los oficiales sobre los soldados, promoviendo y organizando la auto-organización de los soldados y marineros. Por lo tanto, para cuando los bolcheviques tomaron el poder (que se hizo sin grandes derramamientos de sangre el 25 de Octubre de 1917) el estado existente había implosionado como el resultado de grandes brechas en su seno, provocadas por los órganos de poder dual.

Esto nos conduce a la cuestión de la concepción del estado capitalista. Creo que Eric acierta al afirmar que el sufragio universal ha sido una conquista del movimiento obrero. Sin embargo, la forma parlamentaria no lo ha sido. La forma parlamentaria, esencialmente, permiten al capital y sus clases más próximas (particularmente la clase media profesional y de mandos intermedios en los siglos XX y XXI, pequeños propietarios en el siglo XIX y comienzos del XX) superar sus pequeñas diferencias y encontrar la unidad.

La realidad es que el crecimiento del sufragio universal ha ido históricamente aparejado a la denigración y subordinación de los parlamentos e instituciones electas dentro estado capitalista. Este es uno de los argumentos que Lenin señala en “El Estado y la Revolución” pero desarrolla poco, cuando reconoce que Marx pensó en la posibilidad de un tránsito pacifico al socialismo en el siglo XIX de los EEUU o de Gran Bretaña si en ese contexto hubiese existido el sufragio universal. Pero esto fue antes de que el poder pasase de los cuerpos democráticos electos hacia la rama meramente ejecutiva, y su burocracia no-electa en particular. Como resultado, tomar el poder fundamentalmente a través de medios parlamentarios supone asumir cargos en lo que se ha convertido cada vez más en un cascarón vacío.

Para ser claro, no llamo a la abstención socialista de la política electoral, etcétera. Más bien, deberíamos aclarar cual tiene prioridad, es decir, ¿Cuál es la fuente real del poder social?

Estoy de acuerdo, en que la legitimidad popular de la que goza la democracia capitalista es más fuerte hoy de lo que ha sido en cualquier momento anterior de la historia del capitalismo. Esto hace posible y deseable que un auténtico gobierno diseñado para la lucha de clases sea un paso hacia delante en la senda de la ruptura revolucionaria con el capitalismo.

Sin embargo, esto no significa que la elección de un gobierno de este tipo otorgue a los trabajadores un poder estructural. Y no solo porque el capitalismo continúe controlando el proceso de acumulación y pueda desarrollar huelgas de inversión y pueda tomar como un rehén a un gobierno electo de este tipo.

De nuevo, el centro del poder en el estado capitalista, los lugares donde la dominación capitalista sobre el trabajo se cristaliza e institucionaliza, ha cambiado desde los espacios democráticamente electos (como los parlamentos), hacia los cuerpos elegidos de manera antidemocrática: los altos funcionarios, la burocracia, los mandos militares, etcétera. Y esta idea de que tomando los despachos tomaremos el poder, creo que es una ilusión.

También creo que a menos que tengas un proyecto político que comprenda la priorización de las luchas sociales disruptivas sobre las luchas electorales (dirigidas a tomar los despachos), entonces no tendrás una organización que sea capaz de intervenir tanto en luchas espontaneas para promover la auto-organización obrera, como en una crisis de carácter revolucionario. Esta preparación necesita de cuadros del partido, organizaciones sindicales militantes de funcionarios, orgnación entre la filas de los militares… construir este tipo de organizaciones no será algo espontaneo a menos que tengamos un partido socialista que priorice esos nodos de poder real, sobre el mero hecho de ocupar un despacho a la cabeza de un ministerio.

Así que, sí, creo que esta es nuestra principal diferencia. Y creo que esta se refleja en cómo nos relacionamos con el resurgimiento de la social democracia en las filas del Partido Demócrata. Mientras que yo intentaría hacer campaña para que Bernie fuera como independiente a las elecciones después de perder la nominación por el Partido Demócrata, soy consciente de que el espacio para una campaña independiente de izquierdas en 2020 es mucho más pequeño de lo que jamás ha sido desde el 2000.

Tal y como lo expuse en el artículo que fue publicado en el Socialist Worker hace unos meses atrás, esta vez las presiones sobre la gente que está apoyando a Bernie para que apoyen a quien eventualmente nominen los Demócratas, son mucho mayores que hace unos años. Las posibilidades de Bernie de ganar la nominación demócrata son, pienso yo, mucho menores que en 2016. En 2020, Sanders se enfrenta a todo tipo de basura neoliberal como Kamala Harris, Cory Booker, y demás calaña, quienes están adoptando las mismas demandas radicales, como el “Medicare for All”, la gratuidad de las tasas universitarias, etc. Como ha admitido recientemente Sanders, sus ideas ya no son radicales, son mainstream.

No hay dudas de que hay mucha gente que está interesada en las ideas socialistas acabara acercándose a la campaña de Sanders en 2020. Sea cual sea su potencial radical, acabará por disiparse en tanto que la insurgencia se mantenga en el redil del Partido Demócrata. Nuestra habilidad para organizarnos en el medio-largo plazo acabará socavándose enormemente, como ha sucedido cada vez que, en los últimos cien años, el movimiento obrero, los movimientos sociales y la izquierda han intentado usar al Partido Demócrata para construir nuestros movimientos o incluso para prepararnos para una “ruptura sucia7” del sistema electoral.

Notas

  1. NdR: Sería más correcto utilizar la expresión vía parlamentaria o electoral
  2. NdR: Entre 1912 y febrero de 1917 el Imperio Ruso contaba con un parlamento bastante limitado en sus funciones y poderes: la Cuarta Duma.
  3. NdR: Soviets.
  4. Táctica de los Socialistas Democráticos de América consistente en el uso de las estructuras difusas del Partido Demócrata para crear un partido obrero de masas.
  5. NdR: Se refiere a luchas que interruptan en normal desarrollo de la producción o del funcionamiento de la sociedad.
  6. NdR: Se está refiriendo al boicot económico de los capistalistas mediante la retención de inversiones, o mediante desinversiones de capital.
  7. NdR: Se refiere a la táctica «dirty break», que propone usar los sistema de nominación de candidatos Demócratas y Repúblicanos para hacer implosionar el sistema bipartidista.

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