Unir al equipo de trabajadores para ganar el partido

Para que los empresarios no rompan nuestras condiciones de trabajo, es necesario romper con la competencia entre trabajadores.

Concentración de trabajadores de empresas auxiliares de ArcelorMittal en Asturias. Foto: La Mayoría.

“La unión hace la fuerza”, podría ser el lema de un anuncio publicitario o de un equipo de fútbol, pero es una frase que encierra una gran verdad para la clase obrera. Se puede explicar por la metáfora de la rama de árbol. Una rama fina puede partirse sujetándola con las dos manos y haciendo poca fuerza. Pero un grupo grande de ramas finas ni tan siquiera llegaría a doblarse por mucha fuerza que ejerzamos con las manos.

¿Qué nos une a todos los trabajadores?

Somos trabajadores asalariados

La unión se hace entre iguales, con un fin en común porque las circunstancias que nos envuelven son comunes. Todos los trabajadores tenemos en común la cesión de un tiempo de nuestra vida al empresario para desarrollar una determinada tarea a cambio de un salario. Lo que une a los empresarios es precisamente que nos utilizan para generar un beneficio multimillonario. Ellos están en una orilla y nosotros en la contraria.

Nosotros podemos llevar el mono azul, gris, verde, blanco o naranja, podemos llevar pantalón vaquero y camisa o una simple camiseta, podemos llevar casco y botas de seguridad o estar sentados delante de un ordenador, pero todos tenemos ese algo en común. Todos somos trabajadores asalariados y formamos el mismo equipo, la misma clase social. Y podemos ser ese grupo de ramas finas inquebrantable.

Un equipo dividido pierde el partido

Sin embargo, desde hace muchos años a los trabajadores se nos inculca una visión de la vida muy individualizada. Actuamos, por lo general, como ramas separadas, aisladas y, por tanto, débiles. Ramas que el empresario puede romper con facilidad.

Por el contrario, hay que saber qué tiene de positivo ser un grupo de ramas unido. Un equipo fuerte tiene resultados positivos. Para un equipo de fútbol, que trabaja unido como un grupo bien cohesionado y coordinado, el resultado probablemente será la victoria en el partido. Para la clase obrera, históricamente, nuestra fuerza como equipo ha sido sinónimo de progreso, de mejores condiciones laborales, de más derechos y más democracia, etc. Si lo comparamos con el fútbol esto significa ganar varios partidos de la temporada a los empresarios y a sus multimillonarios beneficios, aunque aún nos faltaría todavía ganar la Liga.

Por eso, los empresarios y sus representantes políticos se han afanado en generar división y separación entre trabajadores. Nos quieren de uno en uno, pasando arrodillados por la puerta del despacho para firmar las penosas condiciones laborales.

¿Cómo se siente un trabajador en solitario ante el imponente empresario o el todopoderoso jefe de Recursos Humanos que le pone sobre la mesa un contrato, por malo que sea, y más aún en un momento de necesidad? La respuesta es evidente, incluso para el más valiente que tiene que dar de comer a sus hijos.

De la misma forma sucede en un pequeño centro de trabajo, dentro de un gran grupo empresarial, que en solitario debe negociar un convenio de empresa sin que haya cobertura de un Acuerdo Marco. Unas pocas decenas de trabajadores ante el poder de un empresario enorme y de unos gigantescos fondos de inversión.

Y también sucede para los trabajadores de una pequeña o mediana empresa donde no hay representación sindical y donde se encuentran solos ante las amenazas de despidos si no aceptan las condiciones impuestas. En esas circunstancias nos sentimos acorralados y renunciamos a exigir lo que nos corresponde o a resistir ante los recortes de derechos.

¿Cómo nos dividen para dominarnos?

Un marco legal que nos fragmenta y enfrenta

No fue casual que en la Reforma Laboral de 2012, del gobierno del Partido Popular de Mariano Rajoy, una de las medidas era la supresión de la prevalencia del convenio de sector frente a los convenios de empresa. Querían dinamitar la negociación colectiva, la negociación en la que los trabajadores podemos agruparnos en un número de decenas de miles frente a un puñado de empresarios, que se podrían contar con los dedos de una mano. Así, una a una los empresarios cogen a las plantillas para imponerle las condiciones laborales a la baja.

Y, por el mismo motivo, tampoco es casual que los empresarios prefieran firmar convenios de centro de trabajo que Acuerdos Marco para toda la empresa, o Convenios para todo el sector. Y, si apuramos, en los corrillos que hacen en la CEOE o en las conversaciones de los grandes empresarios en el Ministerio del Trabajo seguro que, puestos a hablar de preferencias, comentan su deseo de una total desregulación, para que el empresario negocie trabajador por trabajador las condiciones laborales.

La fragmentación de los trabajadores se traduce en competencia obrera. Dejamos de jugar como un equipo. Y la competencia obrera se traduce en aceptar la contención o rebaja de salarios, el aumento de los ritmos de trabajo, la reducción de días de descanso o de vacaciones, etc. Para nosotros es perder derechos y empeorar la vida, para el empresario es aumentar los beneficios reduciendo costes.

Nos han educado en una rutina individualista y competitiva

Pero este problema no solo procede de la acción directa de la clase empresarial en la legislación. También nos han convencido de que miremos solo por lo nuestro mediante la forma de organizar el trabajo. Así, nosotros mismos, como trabajadores, queremos actuar como individuos porque nos hemos acostumbrado a ello. Nos predisponen a que nos rompamos en mil cachos, a que entremos al matadero dócilmente.

Este problema no solo queda representado en una actitud liberal o individual asimilada por nosotros. También tendemos a separarnos en pequeños grupos que defienden lo particular a sí mismos pero no lo que nos une a todos los trabajadores  Es el mal del corporativismo.

De esta forma, nos organizan en fijos y eventuales. Nos colocamos los fijos frente, u obviando a, los eventuales, como si fuéramos algo diferente, como si todos no fuéramos asalariados. Como si la tendencia no fuera a que los fijos seamos sustituidos por temporales al ser más manejables para los picos y valles de producción,  aumentando el beneficio para la empresa y la inseguridad para el trabajador. No es ciencia ficción, es el futuro para nosotros mismos y para nuestros hijos viendo la tendencia que hay.

También nos organizan y dividen entre trabajadores de la matriz y de la subcontrata, donde los primeros tenemos mejores condiciones y los segundos peores, olvidando que se ha generalizado la subcontratación por esta razón.

Nos organizan y dividen entre trabajadores de diferentes centros de trabajo del mismo grupo empresarial para que defendamos nuestra corporación frente a los compañeros de otras plantas, mientras que firmamos convenios a la baja en ambos sitios para quedarnos con la producción. En la charla de iniciación en el grupo PSA, por ejemplo, nos introducen la idea de que “no competimos contra los demás fabricantes sino contra las demás factorías del grupo”.

De la misma forma sucede en la división entre regiones a nivel de España, Europa y mundial dentro del mismo grupo empresarial y entre diferentes empresas.

Nos organizan y dividen para que cada uno defienda un falso interés particular y compitamos por abaratar los costes, perdiendo salario y derechos. Nos hacen producir en la competencia y, con ello, nos hacen pensar que la competencia es la forma natural de vivir. Los empresarios nos convencen de ello porque les beneficia mientras que nos perjudica a los trabajadores.

Así, los ricos empresarios ganan el partido. Warren Buffet lo tenía claro cuando dijo que «hay una guerra de clases, de acuerdo, pero es la mía, la de los ricos, la que está haciendo esa guerra, y vamos ganando«.

Nos han acostumbrado a trabajar compitiendo y nos han educado en la competencia. Nos han dicho, por todos los medios, que si competimos entre nosotros podremos progresar. Pero la realidad es muy diferente. Progresa un número ínfimo de personas, los que siempre hemos denominado como trepas. Y, lo más importante, progresan los beneficios de los empresarios. Mientras tanto, todos los trabajadores hemos visto cómo nuestras condiciones laborales empeoraban año tras año y cómo no nos termina salvando de los despidos (tarde o temprano llegan), a pesar de competir contra el de al lado, a pesar de competir contra las otras plantas del grupo, a pesar de alcanzar la producción exigida o a pesar de ser competitivos frente a otras empresas.

¿Qué podemos hacer?

Para romper la competencia entre nosotros hay soluciones que nos hacen trabajar como un conjunto sólido e inquebrantable, como un equipo para ganar la lucha de clases. Y que nos hace pensar en clave de clase trabajadora en lugar de trabajador individual.

Debemos partir de la idea de que cuantas menos diferencias haya entre compañeros en la planta o empresa y entre plantillas de diversos centros de trabajo, menos competencia entre obreros se produce. Si nos diferencian, entonces tenemos que unificarnos. Empezamos por unificar los derechos laborales en la legislación.

Cambiemos la legislación laboral para trabajar y pensar unidos

Ante la temporalidad, un nuevo Estatuto de los Trabajadores debe dejar en la mínima expresión las posibilidades de un contrato de este tipo, solo para casos excepcionales y bien delimitados. Una tarea o puesto de trabajo desempeñado durante gran parte del año debe ser fijo y debe garantizarse con una indemnización elevada. Así se rompe esta diferenciación entre fijos y eventuales y, por tanto, su competencia.

Ante la subcontratación, entre otras medidas, la unificación al alza de las condiciones laborales de los trabajadores de la matriz y de la subcontrata, bajo la referencia del convenio de sector, permitirá equipararlas y romper la competencia.

Ante el chantaje de la asignación de producción a una planta o a otra del grupo empresarial, nos sacudimos el corporativismo fragmentador, recuperando, en el Estatuto de los Trabajadores, la prevalencia de los convenios de sector frente a los de empresa.

Pero también, es esencial afianzar los comités y secciones intercentros y la negociación colectiva a nivel de todo el grupo empresarial. Conseguir un Acuerdo Marco que unifique las condiciones laborales para todo el grupo empresarial bloquea el chantaje y la competencia entre centros de trabajo. CC.OO. en ArcelorMittal ha sido ejemplo de ello al coordinar paros entre todos los centros de trabajo del grupo siderúrgico en España y lograr su objetivo de elevar la negociación colectiva del nivel regional al nivel estatal. Tienen claro que cuántos más trabajadores agrupen más presión ejercen en la negociación para arrancar mejores condiciones laborales.

Ante la competencia entre plantas de diferentes países, la aprobación e implementación de un Estatuto de los Trabajadores a nivel europeo y de una directiva europea para reforzar la negociación colectiva en empresas multinacionales, entre otros, permitirá equiparar al alza las condiciones laborales en los diferentes países de la UE. Los trabajadores de Coca-cola Fuenlabrada han mostrado el camino mirando hacia Europa para romper la competencia y coordinarse con los sindicatos de las plantas en los demás países ante el proyecto de la dirección de la empresa para fusionar su negocio europeo y poner en competencia a todas las factorías.

El poder sindical para romper la competencia entre los trabajadores

Como se puede observar, todos los anteriores ejemplos tienen un denominador común. El sindicato tiene un papel esencial para formar un equipo capaz de mejorar el marco legal y romper la competencia. El sindicato es la expresión básica de la unión entre iguales para defender algo común. Tenemos en común que somos trabajadores asalariados y defendemos lo que tenemos en común, nuestros salarios, nuestros derechos laborales, nuestro puesto de trabajo y nuestras condiciones de vida.

Pero el sindicato no puede trabajar únicamente en la empresa, tiene que formar un equipo global de todas las empresas. Hay problemas que han de resolverse en casa, pero hay problemas que trascienden esa dimensión y exige que el sindicato actúe en un nivel superior, como una organización de todos los trabajadores del país. El partido se juega en la gran Liga española y en la Champions League contra el equipo de los empresarios.

Hoy día cada plantilla lucha por su cuenta para resistir los golpes del empresario, lo cual debilita su fuerza. Necesitamos que la organización del sindicato trabaje como un todo, que ponga en marcha la solidaridad de los trabajadores para defender a una determinada plantilla.

No obstante, hemos perdido de vista que hay luchas más indirectas, no tan claras, que provocan efectos muy positivos en nuestro salarios, turnos de trabajo, puestos de trabajo, etc., a nivel global sin necesidad de ir empresa por empresa.

Por ejemplo, para evitar los Expedientes de Regulación de Empleo (EREs) de una empresa con beneficios, los trabajadores debemos arrancar no solo la derogación de la reforma laboral del Partido Popular. También debemos dejar nuestra impronta en el nuevo Estatuto de los Trabajadores para limitar los EREs a circunstancias extremas, es decir, para evitar la quiebra y cierre inmediato de la empresa.

Por ello, hay que reforzar la organización de los sindicatos en todos sus aspectos.

Lograr que el sindicato alcance un poder asociativo suficiente, con una enorme afiliación, resulta persuasivo frente al empresario.

Imaginémonos que en una empresa con 2.000 trabajadores en lugar de estar sindicados tan solo 600 lo estuvieran 1.800, las respuestas del empresario ante las exigencias de la plantilla serían, principalmente, de aceptación por miedo a la fuerza sindical y posibilidades de triunfo del colectivo de trabajadores.

Y, lograr que el sindicato alcance un poder organizativo, de militantes activos que muevan toda la capacidad del sindicato y del equipo obrero en caso de conflicto, refuerza a los trabajadores  de una determinada empresa o de un determinado sector para decantar el conflicto a su favor.

Imaginémonos que en un conflicto aparecen en la puerta no solo los trabajadores de la empresa sino que también trabajadores y afiliados de otras empresas, militantes de la unión comarcal, etc. Imaginémonos que la unión comarcal pone en marcha su músculo movilizando a las asociaciones de vecinos del barrio o del municipio afectado y a los trabajadores de las empresas de la zona. Imaginémonos qué se puede conseguir si, además de eso, el sindicato mueve su poder institucional presionando a los partidos políticos a nivel municipal, regional y nacional para conseguir que el conflicto se resuelva del lado de los trabajadores. Así, podemos ejercer la fuerza de una suma 100, 1.000 o 10.000 veces superior a la de la plantilla sola. Así, seremos capaces de doblegar las tentativas del empresario de empobrecer a los compañeros de clase social.

El poder sindical no solo rompe la competencia entre obreros por su capacidad organizativa, también puede romper el corporativismo para unir a la clase obrera independientemente del centro de trabajo, de la empresa o de la región en la que está. Con ello puede conseguir la generación de un marco legal y laboral que facilite el desarrollo de los derechos laborales en cada empresa, ejerciendo la fuerza y el poder de millones de trabajadores frente a un puñado de empresarios. Con esta enorme fuerza movilizada puede contrarrestar y doblegar la fuerza, las amenazas y el poder económico de la clase empresarial.

De esta forma, podemos conseguir la mejora de las condiciones de vida de todo nuestro equipo con mayor facilidad. No hay mejor forma de proteger nuestros salarios y nuestros puestos de trabajo que rompiendo la competencia y cohesionando a todo el equipo de trabajadores, cuya expresión organizada es el sindicato.

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