¿La huelga de La Canadiense “trajo” la jornada de 8 horas? La cosa es un poco más complicada

Recientemente, se ha celebrado el 101 aniversario del inicio de la histórica huelga de La Canadiense, que dio lugar a la instauración de la jornada laboral de 8 horas en España. ¿Cómo fue posible que el despido de unos trabajadores acabase convirtiéndose en un hito histórico para el movimiento obrero?

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A. Valverde
Historiador y politólogo por la URJC, de momento. Marxista por necesidad.

Barcelona, comienzos de febrero de 1919: ocho empleados de la oficina de contabilidad de la enorme distribuidora de electricidad Riegos y Fuerzas del Ebro, controlada por capital canadiense, son despedidos. Tan solo dos meses después, a consecuencia de estos despidos, el gobierno instaura la jornada laboral de ocho horas. Imaginemos esta misma situación hoy día: ¿la clase trabajadora podría llegar a poner contra las cuerdas al gobierno? Siendo realmente sinceros, y partiendo desde la realidad, y no como nos gustaría que fuera ésta, creo que nadie sería capaz de responder un “si” rotundo y sincero. Entonces, ¿por qué en 1919 si, y en 2020 no?

Por supuesto, el factor decisivo que hizo triunfar la huelga de la canadiense, fue la fuerza de los trabajadores y el control estricto que lograron imponer a la mayor productora de electricidad de la ciudad de Barcelona, dejando claro que los empresarios, sin los trabajadores, no son absolutamente nada. Pero la fuerza, por si sola, no sirve absolutamente para nada; en ocasiones puede conducir a un estallido de rabia popular más cercano a las revueltas de carácter medieval que a una transformación sustancial de la realidad, tal y como fue la instauración de la jornada de 8 horas.

El organismo que logro aglutinar la fuerza de los trabajadores, fue la CNT, el sindicato anarquista formado tan solo nueve años antes. Hizo que el descontento de los trabajadores de la canadiense se transmitiese a otras empresas del sector eléctrico barcelonés, y a otros sectores como el textil o el de transporte. El nivel de organización de los trabajadores fue tal, que incluso se llegó a instaurar la denominada “censura roja”, creada por los trabajadores del sindicato de artes gráficas de la CNT, que se negaron a publicar noticias contrarias a los intereses de los trabajadores en huelga. Esta demostración de poder no habría sido posible gracias a la instauración de los “sindicatos únicos” por parte de la dirección de la CNT en el congreso de Sants de 1918, en el que se suprimieron los sindicatos de oficio para agrupar a todos los trabajadores de una misma rama industrial bajo estos sindicatos únicos.

Pero no solo fue la mayor organización de los trabajadores la que hizo recular al gobierno de Romanones para aprobar la jornada de 8 horas. La profunda crisis económica, la debilidad del estado y la persistencia del movimiento obrero son fundamentales para entender esta conquista de la clase trabajadora.

La crisis del estado

Hemos de detenernos en el hecho de que este conflicto laboral estalla en 1919, recién terminada la Primera Guerra Mundial. España se mantuvo neutral en el conflicto, dado que no contaba con los medios suficientes ni tenia intereses en juego; pero sin embargo, la guerra se dejó sentir de pleno en la economía española. Los principales beneficiarios de una guerra son los empresarios, y en este caso, los empresarios españoles no fueron una excepción. Gracias a la paralización de la producción de bienes que no estuvieran destinados al esfuerzo bélico en los países implicados en la Gran Guerra; los empresarios españoles encontraron un mercado en el que colocar sus productos. Como se suele decir: rio revuelto, ganancia de pescadores.

Sin embargo, los grandes perdedores de esta situación fueron, para variar, los trabajadores. Dado que la gran mayoría de los bienes producidos se vendían al extranjero, aumentó la carestía de productos básicos tales como la harina, huevos o carne, dando lugar a un aumento exagerado de su precio (con incrementos del 24%, 31% y 33% respectivamente) mientras que los salarios de los trabajadores apenas subían, o se veían estancados.

Esta situación hizo que los trabajadores comenzasen a tomar medidas drásticas. En el verano de 1916, las dos principales organizaciones obreras, los sindicatos UGT y CNT firman el “pacto de Zaragoza” para iniciar movilizaciones conjuntas contra el empeoramiento de las condiciones de vida de la clase trabajadora, a pesar de los enormes beneficios que amasaban los empresarios. A finales de ese mismo año, el 18 de diciembre, convocaron una huelga general de 24 horas; con la vista puesta en el año siguiente, en el que planteaban una convocatoria de huelga general, en este caso, indefinida.

Esta convocatoria de huelga general no surgía de buenas a primeras, sino que se basaba en el crecimiento espectacular de las organizaciones de izquierda y el movimiento obrero desde comienzos del siglo XX. Ya durante los sucesos de la “semana trágica”, provocados por la exención del servicio militar en marruecos a los hijos de familias pudientes, se dieron los primeros contactos entre UGT y CNT, así como los primeros contactos entre republicanos y socialistas contra el gobierno del conservador Maura y su represión desmedida del movimiento obrero.

Uno de los puntos fundamentales a la hora de entender la descomposición del estado, es el año 1917. En primer lugar, por la amenaza del conflicto de las Juntas Militares, un tipo de organización para la defensa de los intereses de los militares destinados en la península, frente a los militares destinados en África, mucho mejor considerados por el ejército; lo que llevaría a la caída del gobierno en la primavera de 1917 y la disolución de las cortes, dada la negativa del gobierno a reconocer de manera oficial a estas Juntas, que podrían llegar a ser catalogadas como una especie de “sindicato de los militares”.

Este hecho tiene una profunda importancia, dada que desde 1876, esta era la primera vez que los militares se inmiscuían en política, un mal que desde comienzos del siglo XIX había aquejado al sistema político español. Ante esta debilidad, y con las cortes disueltas, aquellos parlamentarios que no pertenecían a ninguno de los dos partidos del sistema del turnismo, decidieron reunirse para promover la convocatoria de unas cortes constituyentes dada la incapacidad del sistema para satisfacer las necesidades tanto de militares, como de los trabajadores.

Sin embargo, tanto el fenómeno de las juntas como la de esta reunión de parlamentarios se ven hilados entre sí a través de la huelga general indefinida planteada por los sindicatos UGT y CNT para verano de 1917, tal y como ya habíamos señalado anteriormente. En estas negociaciones, fue fundamental la figura del comité general de la UGT y el PSOE, que trabajaban de manera conjunta con el objetivo de hacer caer a la monarquía de Alfonso XIII, ayudados por los parlamentarios descontentos, y por la CNT.

Ninguna de estas organizaciones llegaron a forjar una alianza con las juntas militares, fundamentales para lograr el cambio de régimen político. Comenzada con una huelga de ferroviarios, esta fue rápidamente sofocada por el gobierno, que envió a los militares para sustituir a los trabajadores del tren, condenando al fracaso a la huelga general indefinida; y desatando una represión inusitada al movimiento obrero y sindical.

Esta crisis de 1917 fue el comienzo de la desintegración del régimen de Alfonso XIII. Desde este momento, los gobiernos que se conformarían hasta el golpe de estado de Miguel Primo De Rivera en 1923 no durarían más de un año; situación de la que se aprovecharon hábilmente los sindicatos en 1919. Ante la debilidad del estado y el gobierno del liberal Romanones, los huelguistas opusieron todas las lecciones aprendidas en el fracaso de la huelga de 1917 para apretar las tuercas a un gobierno que tras aprobar el decreto de las 8 horas laborales, dimitió en bloque.

Un viejo mundo que se desmorona

El gobierno español no era el único que atravesaba una situación difícil en 1919. No puede olvidarse que un año antes había terminado la Primera Guerra Mundial y que aún no se había firmado la paz con algunos de las potencias centrales. Europa vivía su primera gran remodelación desde el Congreso de Viena de 1815, algo que no fue ajeno a nuevas ideologías y movimientos políticos.

La irrupción del nacionalismo en un proceso como la delimitación de las nuevas fronteras tras el final de la Gran Guerra, tuvo un peso considerable a  la hora de explicar la efervescencia social que acompaño la firma de los tratados de paz entre las potencias centrales y la triple entente. Sin embargo, hay un hecho que marca de manera decisiva este proceso: el triunfo de la revolución rusa en octubre de 1917.

No puede dejarse pasar que la victoria de los bolcheviques en Petrogrado supuso un antes y un después en el movimiento obrero, porque supuso la creación del primer estado de carácter proletario en la historia de la humanidad. Y por lo tanto, el modelo revolucionario de Lenin se convirtió de la noche a la mañana en un ejemplo para los trabajadores de todo el globo; sin ir más lejos, una de las primeras medidas adoptadas por el gobierno soviético fue la instauración de la jornada laboral de 8 horas.

Por supuesto que su influencia no fue ajena al movimiento obrero español: tanto socialistas como anarquistas se hicieron admiradores del triunfo de los bolcheviques, porque tanto Rusia como España compartían características sociales, políticas y militares similares. Ambos eran países profundamente agrarios que no habían sabido subirse al tren de la revolución industrial, con una estructura de la propiedad agraria más próxima al sistema feudal, y un sistema político atrasado e incapaz de dar respuestas a las nuevas realidades sociopolíticas que aparecieron en el siglo XIX.

Tal es esta influencia, que incluso la CNT y el PSOE estuvo a punto de ingresar en la III internacional, fundada por Lenin y los bolcheviques, de ahí el famoso viaje de Ángel Pestaña a Rusia para valorar este ingreso, y la división entre “terceristas” y “reformistas” en el seno del PSOE, fundamental para entender la fundación del PCE.

De este modo, se entiende la debilidad y el temor del gobierno de Romanones (dado que los gobiernos duraban menos que un telediario) a un triunfo de los trabajadores. Hasta entonces, esto se había contemplado como una posibilidad lejana, dado que cualquier estado continuaba ejerciendo el monopolio de la violencia física legitima a través del ejército. Pero en Rusia, por aquel entonces, ya habían ejecutado a toda la familia Romanov; había caído el gobierno liberal y moderado de Kerenski y había triunfado la radicalidad bolchevique, que pasaba a controlar el país más grande del mundo. Y por otro lado, en el verano de 1917 el gobierno español se había enfrentado al mayor nivel de conflictividad social y política desde la proclamación de la constitución de 1876.

Un hecho histórico para el movimiento obrero

La jornada laboral de 8 horas fue una de las primeras reivindicaciones del movimiento obrero, quizá incluso podría decirse que nació a la par que el proletariado. Las primeras menciones a esta medida las encontramos ya a comienzos del siglo XIX cuando el socialista utópico Robert Owen indica que la mejor manera de aumentar la productividad de un trabajador, es mejorar sus condiciones de vida. Para ello formula el sistema 8-8-8, es decir, hacer que los trabajadores puedan disfrutar durante el día de 8 horas de descanso y 8 horas para el ocio; mientras que las 8 restantes serían dedicadas al trabajo.

El incipiente movimiento obrero va integrando progresivamente esta demanda, muestra de ello es que el precursor de los sindicatos ingleses, el movimiento cartista, hizo llegar esta reivindicación al parlamento ingles en el marco de las revoluciones burguesas de la década de 1830, en las que la clase trabajadora jugo un papel fundamental.

Sin embargo, no fue hasta 1866 que la AIT reconoció la jornada de 8 horas como una de las principales reivindicaciones que debería ser conquistada a la mayor brevedad posible, constituyéndola como condición previa a la mejora de cualquier otro aspecto de la vida de los trabajadores. De este modo, la lucha por la jornada laboral de 8 horas pasó a convertirse en el común denominador de la clase trabajadora independientemente de sus reivindicaciones locales.

De este modo, esta reducción del horario de trabajo se unió irremediablemente al destino del movimiento obrero. Ejemplo de ello es la convocatoria de huelga general del primero de mayo de 1886 por la Federación Estadounidense del Trabajo, que desembocó tres días después en la revuelta de Haymarket, en Chicago, que dio como resultado la sentencia a muerte de 8 trabajadores, señalándose desde entonces esa convocatoria de huelga general indefinida por la jornada de ocho horas como el día internacional de la Clase Trabajadora.

Esta medida ha sido, la que hasta comienzos del siglo XX dio forma al movimiento obrero, junto la prohibición del trabajo infantil. Es imposible comprender el auge de ideologías como el socialismo entre los trabajadores sin la reducción de horario, generando entorno a esta medida estrategias, tácticas y medidas que aún permanecen hasta nuestros días. Ignorar el recorrido histórico de esta lucha es ignorar a todo el movimiento obrero previo a 1920, por lo que la huelga de la canadiense solamente puede verse como uno de tantos pasos dados por el movimiento obrero, fundamentales en la lucha por su emancipación.

Es innegable que sin la labor organizativa de la CNT, y el apoyo de los trabajadores a las demandas de los trabajadores de la canadiense; la huelga no habría triunfado. Pero ha de entenderse esta situación como la relación entre un mechero y un pajar: el pajar por sí solo no arde, pero si se enciende un mechero, la fuerza destructiva de la paja ardiendo puede hacer saltar el edificio por los aires. Pero ojo, un mechero lejos de un pajar jamás llegará a destruir un edificio por sí solo.

Es necesario comprender que cambios sociales, políticos o económicos no son fruto de una manifestación popular determinada o de una única victoria en un conflicto laboral. Si estos se producen en el contexto propicio, pueden llegar a poner patas arriba un régimen político; tal y como sucedió en 1919. La revolución rusa, la crisis del sistema Alfonsino, el alboroto del ejército, una Europa revuelta y en vilo por el triunfo de los trabajadores en Rusia; son factores que hoy por hoy se suelen obviar a la hora de explicar la instauración de la jornada laboral de 8 horas, y son fundamentales de cara a extraer sus lecciones históricas.

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