Trump vs Sanders: el combate del siglo

Bernie Sanders y sus seguidores en una marcha en el instituto Desert Pines en Las Vegas, Nevada. Foto: Gage Skidmore.

Bernie Sanders no es ningún recién llegado a la política. Desde su elección como alcalde de Burlington, en 1981, el veterano senador por Vermont ha estado presente, en mayor o menor medida, en la política estadounidense. En un ecosistema como el americano, en el que los dos grandes partidos – convertidos en enormes maquinarias electorales – devoran todo el espacio político, Sanders siempre fue un extraño, un tipo para el que las ideas y la organización jugaban un papel más importante que los anuncios y las donaciones de los billonarios y los denominados super PACs 1 Como tal, sus primeros pasos en la política los dio por cuenta propia, como independiente, alejado del Partido Demócrata y, por supuesto, de los republicanos: después de servir como alcalde durante ocho años, fue elegido para la Cámara de Representantes en 1990. Era el primer independiente en ser elegido desde hacía cuarenta años, y el primer representante socialista reconocido desde la elección de Meyer London, en 1914.

Desde entonces, la carrera de Sanders no puede separarse de los vaivenes que ha sufrido la izquierda en los últimos años. En una época de retroceso generalizado, en mitad de lo que en Estados Unidos se conoció como la Revolución Republicana, consiguió revalidar su escaño, manteniéndose como representante hasta su elección como senador en 2007. Siempre fue una figura incómoda para el Partido Demócrata, un crítico implacable gracias a su condición de independiente, pragmático y capaz de pactar con unos u otros para incluir modificaciones y cláusulas en leyes ajenas que le permitieran, poco a poco, ir introduciendo su propia agenda. Casi siempre en minoría, y enfrentándose a un sistema diseñado y gestionado por una élite económica y política, Sanders nunca fue un gran legislador; hoy en día, su humilde historial en ese sentido se ha convertido en uno de los principales ataques a los que se enfrenta, frecuentemente desde la propia trinchera del Partido Demócrata. Inteligente y experimentado, el veterano senador vio una oportunidad en 2016: tras dos periodos de Obama, su candidatura progresista, con un marcado componente de clase, estuvo a punto de ganar la nominación frente a la candidata del establishment, Hillary Clinton.

El resto, como suele decirse, es historia. Clinton fue finalmente la elegida, en una ajustada carrera en la que el éxito de Sanders cogió por sorpresa tanto al aparato demócrata como a la propia izquierda americana. Trump resultó elegido presidente, y desde entonces se ha convertido en una figura controvertida y siempre asociada a escándalos e irregularidades, hasta el punto de que en 2019 se convirtió en el tercer presidente de Estados Unidos en ser objeto de un – fallido – proceso de destitución. Lejos de darse por vencidos, durante estos cuatro años Sanders y su equipo se han dedicado a construir un movimiento de masas, profundamente arraigado en el tejido social americano, preparando una candidatura para las primarias del año 2020 que, esta vez sí, pueda resultar ganadora. Con cuatro estados que ya han votado, y a un día del célebre SuperMartes – fecha en la que se eligen cerca de una tercera parte de los delegados que posteriormente, en la Convención Demócrata, elegirán al candidato presidencial –, Sanders ha demostrado que no sólo no ha desaparecido, sino que ese trabajo de acumulación de fuerzas ha dado grandes resultados.

De Iowa a Carolina del Sur, el pulso entre Sanders y el aparato demócrata

A las puertas del SuperMartes, se han celebrado ya las primarias demócratas en los estados de Iowa, New Hampshire, Nevada y Carolina del Sur. Iowa, que fue el primero en abrir fuego, nos dio ya de entrada una idea de lo que probablemente vaya a suceder durante todas las primarias: chanchullos, trapicheos y maniobras de todo tipo para torpedear y sabotear la candidatura de Sanders. Los caucus demócratas, que habían funcionado sin mayor problema durante décadas, colapsaron de pronto cuando parecía que Bernie estaba arrasando. Pasaban los días, y no había noticia alguna sobre los resultados. Organizadores de base, tanto de la campaña de Sanders como del propio Partido Demócrata, expresaban su incredulidad a través de las redes: a medida que se iban publicando los resultados de algunos caucus, los números no cuadraban de ninguna manera. Candidatos que no habían recibido un solo voto, según los organizadores, aparecían en las bases de datos con miles de apoyos, mientras mermaban los de Bernie Sanders.

Poco después, empezaron a circular informaciones que vinculaban a la empresa encargada de digitalizar el proceso de las votaciones con la campaña de Pete Buttigieg, quien, sorprendentemente, sería proclamado ganador en mitad del caos. No importaba que Sanders hubiera ganado el voto popular, ni que el recuento aún tuviera que terminarse – finalmente, parece que el exalcalde de South Bend ganó por un delegado. Lo importante era enviar un mensaje, condicionar en la medida de lo posible la campaña y las primarias en los siguientes estados, hasta el punto de que, cuando comenzaron las votaciones en New Hampshire, aún no había datos concluyentes sobre quién había ganado en Iowa: tan sólo una declaración, un brindis al sol, por parte de Buttigieg.

Fue suficiente para potenciar la campaña del joven político demócrata, una especie de versión rejuvenecida y millenial de Joe Biden; tanto es así que, entre los malos resultados del exvicepresidente, y el impulso para Buttigieg, se llegó a considerar la posibilidad de que fuera él, y no Biden, el que se convirtiera en el candidato del ala moderada del partido. En New Hampshire, a pesar de la victoria de Sanders, Buttigieg quedó en segundo lugar, consiguiendo el mismo número de delegados, mientras que Biden, en quinta posición, no obtuvo un solo delegado; en Nevada, donde Sanders arrasó gracias a su tirón entre los latinos, Biden recuperó algo de oxígeno, y fue Buttigieg el que se vio relegado a una distante tercera posición. Consciente de su debilidad, Biden, el que durante meses tuvo el cartel de favorito hasta que Sanders se lo arrebató recientemente, decidió volcarse por completo en el estado sureño de Carolina del Sur. Allí, los votantes demócratas, mayoritariamente afroamericanos, le dieron una cómoda victoria, lo suficientemente firme como para relanzarle de cara al SuperMartes, que tendrá lugar este 3 de marzo.

No fue la única consecuencia de las primarias de Carolina del Sur. Pete Buttigieg, a pesar de haber cosechado unos resultados nada malos para una campaña como la suya – teniendo en cuenta que partía de una posición de segunda línea –, decidía de pronto, y para sorpresa de muchos analistas, retirar su candidatura, a pesar de contar con recursos para continuar y de haber cosechado unos buenos resultados. Resulta sospechoso que un candidato del aparato como el exalcalde de South Bend tome una decisión tan inesperada… si no ha habido maniobras tras el telón. La retirada de Buttigieg deja a Biden como el candidato moderado por excelencia, lo que podría ayudar a concentrar el voto en la figura del exvicepresidente en un momento crítico como el SuperMartes, en el que una gran victoria de Sanders podría disparar sus opciones de ganar la nominación. Algunos especulaban con la posibilidad de que al ‘candidato millenial’ le hubieran ofrecido una posición relevante en un hipotético gobierno de Biden – tal vez, incluso, la de vicepresidente. Más allá de estas especulaciones, lo que está claro es que Buttigieg ha recibido un toque de atención de sus poderosos donantes, y le ha faltado tiempo para obedecer. Con sus buenos resultados y su proyección pública hasta el momento, ya tiene suficiente capital político como para plantearse una nueva candidatura en 2024; si finalmente ejerciera algún cargo en una posible Administración Biden, sus opciones se multiplicarían.

Al mismo tiempo que Buttigieg, de forma sorprendente, retiraba su candidatura, Elizabeth Warren, la candidata ‘progresista’ que disputa a Sanders el ala izquierda del partido, decidía mantenerla a pesar de sus malos resultados. Después de un inicio moderadamente bueno en Iowa, con 8 delegados y un 20,3% del voto que la aupaba hasta la tercera posición, Warren ha ido cayendo en picado en las sucesivas primarias. No ha conseguido ni un solo delegado en New Hampshire (cuarta posición, 9.2% del voto), Nevada (cuarta posición, 11,5%) ni Carolina del Sur (7.1%). A pesar de todo, su candidatura sigue en pie, y amenaza con arrancar algunos votos de Sanders en un SuperMartes que puede ser crucial. De nuevo, es inevitable ver en esta decisión la larga mano de la Convención Nacional Demócrata (DNC), el máximo órgano del aparato del Partido Demócrata y enemigo jurado de Sanders. Si realmente comparten, como ella dice, gran parte de sus ideas y de su programa, ¿qué sentido tiene que Warren siga en esta carrera, y no lo haga Buttigieg, sino es el de potenciar la campaña de Biden y debilitar la de Sanders?

Drain the Swamp

El aparato demócrata nunca ha escondido su desagrado con Sanders. Los demócratas no olvidan que el veterano senador, durante sus años como independiente, no tuvo problemas a la hora de denunciar las políticas antipopulares que se aprobaban, fuera el que fuera el partido que las impulsara. La organización cuenta con un importante núcleo centrista, en el que las fronteras con los republicanos se difuminan: no son extraños los acuerdos puntuales, y cuando se trata de cuestiones de relevancia, unos y otros comparten un mismo programa. Apenas hay espacio para el desacuerdo en materias como los derechos sociales – el aborto, el matrimonio homosexual, el derecho a llevar armas – o la política fiscal, e incluso en esos temas es posible encontrar posiciones contrapuestas en ambos partidos – algunos demócratas del sur, los conocidos como Blue Dogs, son difíciles de diferenciar de los republicanos.

Ese statu quo, ese acuerdo tácito entre unos y otros, saltó por los aires con la elección de Donald Trump, primero como candidato y después como presidente – al menos formalmente. La denuncia del establishment, esa élite a medio camino entre el aparato de estado profundo y los representantes electos que actúan del mismo modo, se convirtió en uno de los principales ejes discursivos y de campaña del ‘trumpismo’. Washington, en el discurso del candidato republicano, era un ‘pantano’ de corrupción e intereses ocultos, que había que ‘drenar’ para recuperar la democracia para el pueblo americano. Lo cierto es que el análisis no es, ni mucho menos, erróneo: es difícil pensar un lugar en el mundo en el que se concentre tanto poder, y en el que la democracia se vea pervertida de una forma tan descarada por las constantes intromisiones de la iniciativa privada. Bruselas, a bote pronto, podría ser un caso similar, aunque el capitalismo americano, descontrolado y desatado, llega a unos extremos que incluso en la capital europea de los lobbies resultarían escandalosos.

Pero del dicho al hecho hay un trecho, como reza el refrán. Trump no sólo no ha ‘drenado el pantano’, sino que se ha metido en él hasta el cuello. Pocas administraciones han tenido tantos y tan flagrantes casos de corrupción y nepotismo como la suya. Cualquier tipo de disidencia ha sido perseguida y purgada: no sólo aquellos que denunciaban o criticaban a Trump y a su círculo más cercano, sino también a los que sencillamente no cumplían con los estándares de lealtad incondicional demandados por el presidente. Asesores y técnicos con dilatadas carreras y años de experiencia han sido desplazados por aduladores y marionetas del presidente. Por poner un par de ejemplos, en septiembre de 2019 era cesado John Bolton, consejero de Seguridad – el tercero en tres años – por desacuerdos en la política sobre Irán o Corea del Norte; Jesse Liu, jurista y abogada del estado, cercana a la administración Trump, también fue purgada recientemente por su supuesta falta de compromiso en un caso clave para el presidente2. Desde su llegada a la Casa Blanca, se han entremezclado de forma grotesca los intereses de la familia Trump y del Estado3: sus hijos actúan como portavoces de la administración, e incluso representan al país en reuniones y conferencias internacionales, mientras La Organización Trump – el grupo de empresas de la familia – lleva a cabo negocios millonarios de dudosa legalidad tanto en los Estados Unidos como en el extranjero, en los que las autoridades hacen la vista gorda, cuando no colaboran activamente. Las leyes federales contra el nepotismo, según el Departamento de Justicia de la Administración Trump, no se aplican al personal de la Casa Blanca.

La realidad es que Trump no ha drenado ningún pantano. Nunca tuvo intención de hacerlo. Todo lo que quería – y a lo que se ha dedicado en cuerpo y alma – era mandar sobre el pantano, imponer allí su ley como una especie de Shrek washingtoniano que resultaría incluso cómico de no ser por las gravísimas consecuencias que sus acciones tienen sobre la vida de millones de personas. El problema para Trump es que, de entrada, sólo tiene cuatro años para crear una red clientelar y de influencia lo suficientemente profunda e inserta en el aparato de estado – público y privado – como para sobrevivir sin él en la Casa Blanca. Esa urgencia le ha hecho dejar a un lado la prudencia y el disimulo, y sus maniobras están resultando tan escandalosas que ponen en riesgo la supervivencia del propio sistema. Lo que en principio podría ser una pugna entre competidores – el establishment previo, y el que está intentando crear Trump – por ver quién se queda el trono de Washington se está convirtiendo en una cuestión de supervivencia para la clase dominante americana.

De ahí la urgencia de ‘echar a Trump’. Al establishment americano – esa alianza de políticos, grandes empresarios y funcionarios de alto nivel que constituye el denominado Deep State, el Estado Profundo – le importan entre poco y nada las políticas de la Administración Trump, porque en el fondo comparten muchas de ellas o, al menos, no las consideran una amenaza para sus posiciones. El proteccionismo económico y el aislacionismo político siempre han sido tendencias latentes entre la clase dominante americana: no es casualidad que Estados Unidos se uniera tarde a las dos guerras mundiales. La amenaza de Trump no está en el fondo, sino en la forma.

El establishment, ¿herido de muerte?

Con Bernie Sanders ocurre todo lo contrario. Sanders no tiene ningún conglomerado de empresas detrás, ni ningún interés en convertirse en el rey del pantano. No quiere disputar el liderazgo del Estado Profundo a ninguno de los contendientes, sino denunciarlo y acabar con él. Cuestión distinta es, desde luego, hasta qué punto podrá hacerlo, si tendrá la fuerza suficiente como para, al menos aguantar el pulso. El caso es que, para el establishment, una elección entre Trump y Sanders sería el peor de los escenarios, un combate en el que, gane quien gane, lo más probable es que ellos salgan perdiendo. En caso de que el veterano senador por Vermont gane la nominación demócrata, en 2021 la posición del establishment actual estaría amenazada de muerte: o bien la facción rival de la clase dominante revalida su control del Estado durante cuatro años más, o bien un nuevo actor, un movimiento popular y democrático de masas, cambia el tablero político. Ocurra lo que ocurra, el poder del establishment se verá fuertemente tensionado, y quien sabe si esa tensión no será lo suficientemente seria como para llegar a romperlo. ¿Qué ocurrirá con los derrotados si eso ocurre? Su futuro parece poco halagüeño: de un lado, un nuevo establishment que los considera enemigos y traidores; de otro, un movimiento que también los denuncia y señala por su responsabilidad en la situación actual de emergencia climática y desigualdad estructural.

Por esa razón, para ese sector de la clase dominante que hasta ahora ha conformado el establishment, mucho antes de que se libre el combate del siglo, se está jugando una partida en la que está en juego su propia supervivencia. Evitar la nominación de Sanders como candidato demócrata es su única opción. Aprovechar el rechazo que está generando la Administración Trump puede darle el tirón necesario a su candidatura, sea la que sea, como para ganar las elecciones y ofrecer un balón de oxígeno que les permita reorganizar sus fuerzas y afrontar el desarrollo de los acontecimientos desde una posición de poder.

Aún así, sería absurdo pensar siquiera que el ‘trumpismo’ vaya a esfumarse sin más. Trump y los que le rodean se mueven, como todos los superricos, por sus propios intereses, pero esos intereses son tanto personales como de clase. Hasta ahora, lo que se ha denunciado públicamente de la Administración Trump no han sido sus intereses de clase – es difícil hacerlo cuando coinciden con los tuyos – sino sus intereses personales. Y Trump ha respondido, muy hábilmente, atacando también los intereses personales de sus rivales. En ese juego, el recién llegado siempre tiene las de ganar, porque sus trapos sucios palidecen ante la magnitud de los que han amontonado los que llevan décadas apegados al poder. Sanders ha sido el único que ha señalado más allá de Trump, el único que ha denunciado los intereses de clase que realmente motivan el ‘trumpismo’.

Y es que, más allá de sus excentricidades, sus salidas de tono, su machismo recalcitrante, su xenofobia cuasi racista y su personalidad agresiva, la realidad es que Trump se diferencia poco o nada de otros superricos como Michael Bloomberg, por mucho que éste se presente por el Partido Demócrata. Las ideas y las políticas que el ‘trumpismo’ representa no son nuevas: todo lo que han hecho Trump y su equipo es traerlas de nuevo a la primera línea, adecuándolas a los tiempos que corren y al contexto actual. El cuerpo ideológico y político del ‘trumpismo’ existía antes de Trump, y no sólo sobrevivirá a su mandato – o mandatos – sino probablemente también a él mismo. Ya ha extendido su área de influencia desde un ‘ala derecha’ del Partido Republicano hacia el conjunto de los republicanos – que cerraron filas en torno a su presidente durante el juicio del impeachment – y está extendiéndose desde allí hacia el Partido Demócrata, como bien lo demuestra la candidatura de Bloomberg. No hay vuelta atrás. El establishment no tiene más remedio que abrazar el ‘trumpismo’ pero, lógicamente, no quiere hacerlo en los términos que imponga éste. Dicho de otro modo, que no sea Trump quien fagocite y desplace al establishment, sino que sea el establishment el que poco a poco metabolice a Trump y lo que representa, hasta incorporarlo por completo, sin necesidad de rupturas violentas: la inestabilidad es la mayor amenaza para la clase dominante.

¿Y si Sanders se convirtiera en el candidato del establishment?

El proceso de absorción del ‘trumpismo’ lleva tiempo, tanto más cuanto más excéntricos y descontrolados se vuelven Trump y su círculo. Si Sanders resultara elegido candidato demócrata, el establishment se quedaría sin margen para maniobrar. En ese caso, tendrían dos opciones ante sí: o bien una fractura total, con algunos de ellos mercadeando votos, dinero e influencia con el ‘trumpismo’ a cambio de ser aceptados en sus filas, mientras otros, demasiado señalados, se verían condenados a aceptar su suerte – de ocurrir, es probable que veamos como ‘moderados’ de todo pelaje apoyan, directa o indirectamente, a Trump frente a Sanders; o bien un abrazo del oso contra el propio Sanders. Bernie no es, desde luego, el candidato que el establishment querría. Hoy por hoy, parece que sólo les queda la opción Biden. Pero, si finalmente resultara elegido el senador por Vermont, no sería descabellado pensar en una última maniobra desesperada, un intento de absorber a Sanders, como antes que él absorbió a otros muchos.

El poder y el control que ejerce este establishment es brutal. Su capacidad de presión es desmesurada, y sabe recompensar bien a quienes le sirven con lealtad. Ya sea mediante una ‘OPA hostil’, o mediante cantos de sirena, es posible que intenten llegar a algún tipo de acuerdo con Sanders, aceptando algunos aspectos de su programa a cambio de ver garantizada su pervivencia como fracción mayoritaria de la clase dominante. Esta especie de contrato social podría tomar la forma de un New Deal contemporáneo: el Green New Deal que la izquierda americana ha promovido podría, llegado el momento, ser aceptado por el establishment con las modificaciones oportunas que hagan que pase de ser un proceso de transformación social y económica profunda a un programa mucho más moderado y superficial, como lo fueron las reformas promovidas por Roosevelt en su momento. Si este hipotético acuerdo podría considerarse o no una victoria, habría que valorarlo en función de las políticas concretas que finalmente se lleven a cabo, del potencial que pueda tener para que la clase obrera mejore sus condiciones de vida y avance política y socialmente. La posibilidad está ahí, desde luego. Hillary Clinton ya ha declarado, a pesar de su conocida animadversión por Sanders, que apoyará al candidato que elija el Partido, sea el que sea.

Aquí es necesario tener en cuenta dos factores. El primero, que no podemos olvidar que, a pesar de que la candidatura de Sanders sea tremendamente avanzada para el nivel medio con el que nos encontramos, no deja de ser una candidatura social-demócrata. Mucho más ambiciosa, con propuestas mucho más interesantes y positivas para la clase obrera que las que se oyen en gran parte de Europa – incluida España – pero social-demócrata al fin y al cabo. Es decir, que contempla en su propia base la posibilidad de un pacto social con la clase dominante, de un acuerdo en torno a un programa de reformas cuya profundidad dependerá de varias cuestiones. Sanders y el movimiento que representa tienen una tendencia natural hacia ese hipotético acuerdo. Si finalmente se produjera, la posición de los comunistas no debería ser de rechazo en pleno, sino de inteligencia táctica. Nos guste más o menos, si el acuerdo se produce, el movimiento comunista no tiene la capacidad, en este momento, de detenerlo. Denunciarlo sin más, desde la cómoda posición del izquierdismo, no haría más que generar desilusión y rechazo entre las masas, emociones negativas que no sólo no impulsan la lucha de clases, sino que hacen que retroceda. En su lugar, la inteligencia táctica nos exigiría ponernos a trabajar, desde el minuto uno del acuerdo, por un programa que mantenga los suficientes aspectos clave del programa de transformación social como para que la lucha de clases – el movimiento en su conjunto – siga avanzando. Asumiendo que no está en nuestra mano detener el acuerdo, la cuestión clave es trabajar para que ese acuerdo nos garantice un margen de crecimiento y mejora, a la espera de una acumulación de fuerzas que, en futuras etapas de desarrollo, nos sitúe en condiciones de disputar la dirección de las masas.

El segundo factor es que, más allá de lo que Sanders y su equipo piensen, la realidad es que su campaña ha generado un movimiento mucho más amplio, que incluye a sindicatos, movimientos sociales – especialmente de jóvenes – y organizaciones políticas ajenas al Partido Demócrata, como los Socialistas Democráticos de América. Por tanto, debemos tener siempre en perspectiva que ese abrazo del oso – o esos cantos de sirena – por parte del establishment, en caso de materializarse, daría lugar a un debate más profundo, que alcanzaría a los sectores más avanzados de la izquierda americana. De ser así, fuera lo que fuera lo que finalmente se aprobase, haríamos mal en denunciarlo como una “traición de la social-democracia” y quedarnos tan a gusto. Sería mucho más apropiado considerarlo una fotografía – la fotografía con mayor definición que vamos a conseguir – de la situación ideológica actual de la clase obrera americana, incluidos sus sectores más avanzados. Fuera cual fuera el acuerdo, debería servir para que, al día siguiente de aprobarse, los comunistas empezáramos a trabajar tomando dicho acuerdo como punto de partida. Nuestras propuestas, nuestras medidas, nuestro discurso, deberían tomar ese acuerdo como referencia, y empezar a construirse a partir de él, y no a partir de las concepciones delirantes de una realidad paralela que podamos tener en nuestras cabezas. Sólo así conseguiríamos aportar algo a la lucha de clases e intentar influir para que se orientara en la dirección que a nosotros nos interesa: todo lo demás serían gritos en el desierto por parte de falsos profetas a los que el sol les ha calentado demasiado la cabeza.

El combate del siglo

Ocurra lo que ocurra finalmente – sea o no Sanders elegido y, en caso de serlo, gane o no a Trump – lo que nunca debemos perder de vista es que los procesos sociales no retroceden jamás. No hay vuelta atrás. El ‘trumpismo’, en todas sus variantes – Bolsonaro, Brexit, Le Pen, Vox – ha llegado para quedarse. Ya sea porque consiguen desplazar al establishment existente – hasta ahora, este parece el caso del propio Trump, o de Boris Johnson en Inglaterra – o porque el propio establishment termina absorbiéndoles – procesos de irrupción de la extrema derecha mucho más dilatados en el tiempo, en los que el blietzkrieg electoral no ha funcionado, han dado pie a una cierta moderación por su parte; este podría ser, por ejemplo, el caso de Marine Le Pen – la realidad es que su influencia en la política y en la sociedad no va a desaparecer. La edad de oro del social-liberalismo llega a su fin, y con ella lo hará, inevitablemente, parte de su hegemonía ideológica. Lo que hoy se está disputando, entre esta nueva extrema derecha y las fuerzas democráticas, es qué parte de la hegemonía ideológica del social-liberalismo perdurará, y cuál será desechada.

Todas las conquistas sociales, los derechos civiles y humanos que con tanto ahínco hemos arrancado los trabajadores y trabajadoras, las mujeres, las personas migrantes, el colectivo LGTB y las demás fuerzas democráticas, están en el punto de mira de la nueva extrema derecha. Por el contrario,  la guerra, el liberalismo económico, la flexibilidad laboral o la desigualdad económica y social, no sólo son aceptadas por esta nueva extrema derecha, sino que además son ensalzadas y fomentadas. Nuestra lucha debe apostar por preservar las primeras, y desechar las segundas. Permanecer inseparablemente unidos a un social-liberalismo en bancarrota supondrá hundirnos inevitablemente con él, y dejar que sea la extrema derecha la que diseñe y construye el mundo que vendrá.

Por eso, ocurra lo que ocurra finalmente en estas primarias, y en las elecciones de 2021, el combate entre Trump y Sanders es ya el combate del siglo: porque es mucho más que el enfrentamiento entre sus dos candidaturas. Es la lucha por ver quien tiene un proyecto de futuro, y ese es un debate que no podemos seguir eludiendo. Ya no vale con ‘defendernos frente al fascismo’; ya no vale con ‘unirnos contra el enemigo común’. Si queremos ser capaces de sumar a una mayoría social para detener a la extrema derecha, tenemos que entender que para conseguirlo vamos a tener que enfrentarnos al mismo tiempo al establishment, al sistema, porque unos y otros no son más que dos caras de la misma moneda. Hay que apuntar más alto, porque Trump y el ‘trumpismo’ no son la enfermedad, sino el síntoma: si no tratamos la enfermedad, por mucho que paliemos los síntomas, éstos reaparecerán tarde o temprano. La extrema derecha nos lleva ventaja, pero todavía estamos a tiempo de ganar.

Notas

  1. En la política americana, un PAC, o Comité de Acción Política, es una organización destinada a influir de una u otra manera en política, en las elecciones o en las votaciones de leyes. Es una forma legal y regulada de lobby. Los super PACs son un tipo especial de PAC, que cuenta con gran número de recursos y con un marco regulatorio propio que ofrece más facilidades para la recaudación. Aunque hay una regulación destinada a limitar su poder de influencia, suelen servir para que determinados sectores económicos, como el de los combustibles fósiles, la industria médica o el complejo armamentístico, financien e impulsen aquellas candidaturas cercanas a sus intereses.
  2. https://www.washingtonpost.com/opinions/2020/02/24/awful-new-details-about-trumps-purge-should-alarm-us-all/
  3. https://www.gq.com/story/trump-kids-profit-presidency

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