Marx, luchas de clases y antirracismo

En contra de cierta opinión, a menudo extendida, Marx no dejó de lado las cuestiones del racismo y del colonialismo en su empresa intelectual. Sino que más bien se opuso a todo ello con acerbo en sus escritos.

David Pestieauhttps://lavamedia.be/fr/l
Director del Servicio de Estudios del Partido del Trabajo de Bélgica

De la esclavitud al nazismo, pasando por el colonialismo, las clases dominantes han utilizado el racismo para dividir a la clase obrera y justificar las guerras. Doscientos años después de su nacimiento, ¿podría, el hecho de retomar las tesis de Marx, ofrecernos un marco de análisis para entender mejor el origen del racismo y su vínculo con el capitalismo, así como para encontrar medios para combatirlo? ¿En definitiva, son compatibles las luchas de clases y el antirracismo?

Contra la caricatura del marxismo

Hoy en día, según algunos sectores dentro de la izquierda, el antirracismo sería una cuestión secundaria, siendo la única contradicción social fundamental, la que se da entre Capital y Trabajo. Para otros, Marx nunca habría abordado la cuestión del racismo y no ofrecería marco de análisis alguno para poder abordarla. No obstante, doscientos años después de su nacimiento, retornar a Marx y a los debates y combates que este inspiró en los siglos XIX y XX, permite desde nuestro punto de vista, clarificar algunos de los grandes retos de la actualidad.

“Toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad, es una historia de luchas de clases.” Se trata de una de las citas más célebres de Marx en el Manifiesto del partido comunista. Pero ¿qué quiere decir realmente? Algunos deducen que el marxismo es una teoría económica determinista, que se reduce a la oposición entre trabajadores y capitalistas dentro del marco nacional. Desde esta perspectiva, el marxismo no ofrecería marco alguno para abordar cuestiones tan esenciales como el racismo y el (neo) colonialismo. Nada más lejos de la realidad.

Primero, Marx nos aporta un marco materialista de análisis de la historia, partiendo, como base, del desarrollo de las fuerzas productivas (las fábricas, las tecnologías…) y de las relaciones de producción materiales (las relaciones entre clases). En este sentido, la base material, económica, determina, en última instancia, la superestructura (el Estado, la política, la ideología, la cultura de las diferentes clases). Pero Marx explica que la superestructura, la política, la lucha de las ideas… pueden a su vez repercutir en la lucha de clases y finalmente en las relaciones de producción, para transformar la sociedad. Marx no es determinista en tanto que muestra cómo los seres humanos, partiendo de una determinada comprensión del mundo, pueden no solamente describirlo sino también transformarlo.

Segundo, si bien Marx sitúa la contradicción entre Capital y Trabajo como central dentro del desarrollo del capitalismo también muestra, desde el principio, su carácter internacional y subraya la importancia de la unidad internacional de los trabajadores. Marx y Engels, desde el Manifiesto del partido comunista en 1848, distinguen a los comunistas de otras organizaciones obreras particularmente por “que destacan y reivindican siempre, en todas y cada una de las acciones nacionales proletarias, los intereses comunes y peculiares de todo el proletariado, independientes de su nacionalidad”. Así pues, Marx y Engels concluyen con el ya célebre: “Los proletarios no tienen nada que perder, como no sea sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo entero que ganar. ¡Proletarios de todos los Países, uníos!”.

Finalmente, escribe el filósofo italiano Losurdo, hay que evitar las lecturas binarias de la sociedad, limitadas a una única dimensión: “Releamos el Manifiesto del partido comunista: “Toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad, es una historia de luchas de clases.” Y estas adoptan “diferentes formas”. El recurso al plural deja entrever que la lucha entre proletariado y burguesía o entre trabajo asalariado y clases propietarias, no es más que una de las luchas de clases. También está la lucha de clases de una nación que se libera de la explotación y de la opresión colonial”1. Losurdo describe así el marxismo como una teoría general del conflicto social: “todas las luchas de la historia no son más que la expresión más o menos clara de las luchas entre clases sociales.” Dicho de otra manera, no se pueden reducir las luchas de clases a una relación binaria Capital-Trabajo, entre burgueses y trabajadores. En cada situación concreta, un particular tejido de contradicciones puede imponer una determinada jerarquización de las diferentes luchas de clases sociales. Sin embargo, esta jerarquización no debe impedir que se tomen en consideración cada una de esas luchas de clases2. Sobre todo porque esta jerarquización puede variar en función de los países y de las situaciones históricas.

Marx señala así la división internacional del trabajo ligada al desarrollo desigual del capitalismo. Los países donde se desarrolla el capitalismo en su forma más avanzada (como Gran Bretaña) se lanzan a la conquista del mundo, robando las riquezas de otros países, colonizando, expropiando e introduciendo otras formas de conflicto más allá del que se da entre Capital y Trabajo. De hecho, el saqueo de las colonias es también la condición sine qua non para el desarrollo del capitalismo, tal y como lo explica Marx en El Capital: “El botín conquistado fuera de Europa mediante el saqueo descarado, la esclavización y la matanza refluían a la metrópolis para convertirse aquí en capital.”3

Si bien a nivel de una metrópolis capitalista la contradicción entre Capital y Trabajo es primordial, los fundadores del marxismo también señalan la creciente contradicción entre naciones imperialistas y naciones oprimidas. “Una nación no puede ser libre mientras continúe oprimiendo a otras naciones”, escribe en 1847 Engels, alter ego de Marx. Si el descubrimiento de la realidad de las clases trabajadoras inglesa y francesa fue lo que hizo comunistas a Marx y a Engels, la resistencia de los pueblos será lo que les conduzca al anticolonialismo. En 1858, la revuelta de los Cipayos en la India marca un punto decisivo a este respecto: mientras que toda la prensa europea se lamenta de las “matanzas de las que son víctimas los europeos” y del “salvajismo” de los rebeldes, solamente Marx y Engels salen en su defensa.

Además, cuando los chinos se rebelan contra las intervenciones occidentales, escriben: «En lugar de escandalizarnos por la crueldad de los chinos, haríamos mejor en reconocer que se trata de una guerra popular por la supervivencia de la nación china.»4 En Irlanda, colonia de Inglaterra, Marx y Engels trabajan con el movimiento anticolonial de los fenianos: para ellos, en la Irlanda del siglo XIX, la “cuestión social” se plantea como “una cuestión nacional”. Para Irlanda, India o China, la lucha de clases se traduce en el enfrentamiento entre aquellas clases sociales que se oponen a la opresión nacional y aquellas clases que defienden la colonización.

A continuación de Marx, Lenin también combate la visión economicista, reduccionista del marxismo, que es aquella visión que reduciría el conflicto social únicamente al que se da entre el trabajador y su patrón. En su ¿Qué hacer? en 1902, escribe:

La conciencia de la clase obrera no puede ser una verdadera conciencia política si los obreros no están acostumbrados a hacerse eco de todos los casos de arbitrariedad y de opresión, de todos los abusos y violencias, cualesquiera que sean las clases afectadas; a hacerse eco, además, desde el punto de vista marxista, y no desde algún otro.5

Dicho de otra manera, Lenin aboga por que el trabajador tome partido contra la explotación económica que sufre pero también contra otras formas de opresión (discriminaciones, racismo, autoritarismo, represión policial…) que no solo sufre directamente, sino que también sufren otras capas de la sociedad. Lenin nos adelanta que para lograr emanciparse del capitalismo es indispensable luchar radicalmente por la igualdad de derechos. Y demuestra cómo el capitalismo ataca los derechos de las minorías nacionales como dispositivo de ensayo para reducir los derechos del conjunto de la población.

“Una nación no puede ser libre mientras continúe oprimiendo a otras naciones”, escribe en 1847 Engels

Lenin defiende el punto de vista de que la lucha por cambiar sustancialmente de sociedad “no es un acto único, ni una batalla en un frente aislado, sino toda una época de agudos conflictos de clases, una larga serie de batallas en todos los frentes, es decir, en todos los problemas de la economía y de la política”. Sea en el ámbito de los derechos democráticos, o para combatir el nacionalismo, el racismo y el antisemitismo, o incluso para defender el derecho de las naciones oprimidas a liberarse del colonialismo… Añade también que un derrumbamiento del orden social “puede estallar, no solamente a raíz de una gran huelga, o una manifestación callejera, o un motín de hambrientos, o una insurrección militar, o un levantamiento colonial, sino también a consecuencia de cualquier crisis política, (…), o de un referéndum con motivo de la separación de una nación oprimida, etc.”6 En resumen, Lenin subraya las múltiples dimensiones de la opresión bajo el capitalismo, así como la necesidad de oponerse a todo ello de diversas formas.

Marx y la lucha por la igualdad de derechos

La revolución americana de 1776 y la revolución francesa de 1789 marcan el paso de la hegemonía, del capitalismo sobre el feudalismo. El feudalismo se caracteriza por una división de clases entre señores y siervos, así como por un sistema político arbitrario basado en el derecho divino. La igualdad entre los hombres y la libertad política no se evocan, sino que son perseguidas. El señor tiene derecho de vida o muerte sobre el siervo.

El capitalismo en auge en el siglo XVIII, para liberarse del feudalismo, de su asfixiante arbitrariedad y de sus trabas al mercado, proclamará la necesidad de la igualdad de derechos entre los hombres. Se trata de un cambio enorme con respecto al Antiguo Régimen y constituye la base política de la burguesía para abolir los privilegios de la nobleza. Ahora bien, la proclamación de los derechos del hombre, de la igualdad y de la libertad entre los hombres a lo largo de las revoluciones americana y francesa, no desembocan en el fin de la explotación, de la opresión y de las discriminaciones. Más bien todo lo contrario, el capitalismo abrirá un período de desarrollo del racismo.

Marx analizará esta aparente paradoja: la proclamación de iguales derechos no conduce a su realización para la mayoría de la población bajo el capitalismo. Así, escribe: «Cada artículo de la Constitución contiene, en efecto, su propia antítesis, […]. En la frase general, la libertad; en el comentario adicional, la anulación de la libertad. […] la existencia constitucional de la libertad permanecía íntegra, intacta, por mucho que se asesinase su existencia común y corriente7 Marx muestra cómo la raíz económica se encuentra en la base de esta paradoja: la burguesía ha proclamado sus derechos para suplantar a la nobleza, no para darle la igualdad al resto del pueblo al que debe explotar y oprimir. Lo que a su vez conducirá a Marx a afirmar que: «La aplicación práctica del derecho humano de la libertad es el derecho humano de la propiedad privada.»8

A la proclamación de los derechos universales del hombre, le siguen directamente la limitación o la ausencia de estos derechos para una gran parte. Así pues, en el seno de las metrópolis, en Francia por ejemplo, en la lucha de clases entre Capital y Trabajo, los derechos de los trabajadores se ven limitados inmediatamente por la Ley Chapelier (1791) que prohíbe en la práctica el derecho de organización y de huelga de los trabajadores que amenazasen “el derecho a la propiedad privada”. La discriminación censitaria hará lo propio para que la clase obrera y la capas más pobres queden excluidas del derecho al voto y a las elecciones durante más de un siglo (un siglo y medio para las mujeres).

Pero allí donde la igualdad de derechos más se niega y se combate, es con los esclavos y con los pueblos colonizados, quienes no tienen ningún derecho. El racismo sirve para justificar esta desigualdad. Se puede ver con la esclavitud en los Estados Unidos, donde se desarrolla de manera fulgurante tras la revolución burguesa americana: «El total de la población esclava en América se elevaba aproximadamente a 33.000 en 1700 y a casi tres millones en 1800, para alcanzar finalmente un pico de más de seis millones en los años cincuenta del siglo XIX.»9

Este desarrollo está directamente ligado al vertiginoso desarrollo del capitalismo, en particular al de la industria textil británica que se alimentaba del algodón producido en el sur de los Estados Unidos en lo que se ha venido a llamar el comercio triangular: los Negros de África eran deportados a las Américas como esclavos para ser explotados y permitir el abastecimiento de Europa en productos procedentes de las Américas. Así es como volvemos a la aparente paradoja: la revolución liberal en los Estados Unidos, que proclama principios de libertad y de igualdad, va de la mano con el desarrollo de la esclavitud racial. En las primeras décadas que siguieron a la independencia de 1776, casi todos los presidentes de los Estados Unidos eran propietarios de esclavos: Washington, pero también Jefferson, el autor de la Declaración de Independencia, y Madison, uno de los principales autores de la Constitución. En los Estados Unidos la esclavitud durará hasta el final de la guerra de Secesión, es decir 1865.

los esclavos haitianos se tomaron al pie de la letra el lema de la Revolución francesa “Libertad, Igualdad, Fraternidad”, muy a pesar de sus amos franceses que no querían ni oír hablar de esta igualdad.

En Francia, Napoleón combatirá la gran revolución victoriosa de los esclavos negros de Santo Domingo, Haití hoy en día, revolución que fue dirigida en 1800 por el gran Toussaint Louverture. Sin embargo, los esclavos haitianos se tomaron al pie de la letra el lema de la Revolución francesa “Libertad, Igualdad, Fraternidad”, muy a pesar de sus amos franceses que no querían ni oír hablar de esta igualdad. De esta destacable revolución nacerá el primer estado del continente americano en abolir la esclavitud. Después, la esclavitud desaparecerá en casi toda América latina gracias al movimiento de liberación y de independencia de Simón Bolivar, muy influenciado por la revolución haitiana. Una revolución que inspirará a Marx, así como al naciente movimiento socialista.

Marx se implicará entonces en el apoyo a las fuerzas que combaten la esclavitud y a los propietarios de esclavos del Sur de los Estados Unidos. En una carta al presidente Lincoln, escribe que:

la rebelión de los esclavistas sonaría como rebato para la cruzada general de la propiedad contra el trabajo (…). Mientras los trabajadores (americanos blancos) permitían a la esclavitud denigrar su propia república, mientras ante el negro, al que compraban y vendían, sin preguntar su asenso, se pavoneaban del alto privilegio que tenía el obrero blanco de poder venderse a sí mismo y de elegirse el amo, no estaban en condiciones de lograr la verdadera libertad del trabajo ni de prestar apoyo a sus hermanos europeos en la lucha por la emancipación.10

Puesto que el desarrollo del racismo ha servido para justificar la exclusión de los negros, del campo dónde se ejerce “la democracia” así como para legitimar “democráticamente” la esclavitud. La autora marxista americana Ellen Meiksins Wood lo expresa así: “Es precisamente la presión estructural contra una diferencia extra-económica lo que ha forzado a justificar la esclavitud excluyendo a los esclavos de la raza humana, haciendo de ellos unas no-personas que se encuentran fuera del universo normal de la libertad y de la igualdad.»11

Marx, Irlanda y la lucha contra el racismo

Durante los primeros años de su estancia en Inglaterra, en los años 1850, Marx y Engels colocan muchas esperanzas en los trabajadores ingleses y en que estos serían los pioneros de la liberación de la clase obrera, teniendo en cuenta que se encuentran en el corazón del sistema capitalista más avanzado. Sin embargo, al poco tiempo acaban viéndose confrontados con la división entre los trabajadores en función de su origen inglés o irlandés.

En aquel entonces Irlanda es una colonia inglesa. Se trata de un país que se ve sometido a la expropiación sistemática de las tierras irlandesas por parte de los grandes terratenientes ingleses, por medio de una represión tal, que algunos la compararán con la de los indios en América. La isla se vacía de sus habitantes, quienes emigran a los Estados Unidos y a Gran Bretaña donde se ven doblemente oprimidos: como cualquier trabajador en un sistema capitalista y en tanto que irlandeses, teniendo un salario y un estatus inferiores. Esta situación permite pues a los capitalistas presionar a la baja los salarios de toda la clase trabajadora. Pero esta opresión suplementaria del trabajador irlandés es política, puesto que tiene menos derechos, pudiendo ser expulsado y perseguido en todo momento. Opresión, que la burguesía justifica ideológicamente mediante prejuicios nacionalistas en torno a la superioridad del trabajador inglés.

Y lo más importante! Todos los centros industriales y comerciales de Inglaterra poseen ahora una clase obrera dividida en dos campos enemigos, proletarios ingleses y proletarios irlandeses. El trabajador inglés común odia al trabajador irlandés como competidor que reduce el nivel de vida. […] Tiene prejuicios religiosos, sociales y nacionales contra él [trabajador irlandés]. Se comporta con él como el blanco pobre con los negros de las antiguas haciendas de esclavos de la Unión Americana.12

Así vemos que para Marx este racismo anti-irlandés es un instrumento de opresión económica, política e ideológica a un mismo tiempo. Además, Marx señala el peligro mortal del racismo en la lucha contra el capitalismo: “Este antagonismo es el secreto de la impotencia de la clase obrera inglesa, a pesar de su organización. Es el secreto por el cual la clase capitalista mantiene su poder. Y esta última es plenamente consciente de ello. […] De ahí la tarea de la «Internacional» de poner el conflicto entre Inglaterra e Irlanda en primer plano en todas partes, de tomar partido abiertamente por Irlanda en todas partes. La tarea especial del Consejo Central de Londres es despertar la conciencia de la clase obrera inglesa de que la emancipación nacional de Irlanda no es para ellos una cuestión de justicia abstracta o de sentimiento humanitario, sino la primera condición de su propia emancipación social.”

«Marx concluyó que para que el trabajador pudiera ser liberado, no solamente en Inglaterra sino en el mundo entero, para destruir el sistema capitalista, el sistema colonial debía caer»13, explica  Mary Gabriel, autora de una biografía sobre Marx. Así, en el análisis de Marx ya se pueden encontrar las premisas para un análisis moderno del racismo: como un potente medio para dividir a los trabajadores y ponerlos a competir en el interior de las metrópolis imperialistas, y como un instrumento de justificación del colonialismo y de las guerras imperialistas en el exterior.

El imperialismo y la lucha contra el chovinismo

En la segunda mitad del siglo XIX, el capitalismo se extiende ampliamente más allá de las fronteras nacionales, busca nuevos mercados y abre la era de lo que hoy denominamos imperialismo. Es la época de la colonización de África y de Asia por parte de los países europeos y de los nuevos imperios. Este período abre también una nueva fase en el desarrollo del racismo en Europa.

Si bien lo que primero impulsa la colonización es el motor económico del sistema, otras motivaciones más políticas también empujan en la misma dirección. Para las clases dominantes se trata de dividir a la clase trabajadora y de propagar el chovinismo, un tipo de patriotismo excluyente y agresivo. El mundo del trabajo, empobrecido, comienza entonces a organizarse en los sindicatos y en las cooperativas. La Primera Internacional de los trabajadores nace en 1864, la Comuna de París hace temblar al continente europeo en 1871. Los partidarios del orden establecido se asustan y ven entonces en la colonización una oportunidad: pueden exportar al proletariado “excedentario” hacia las colonias, calmando así la revuelta social que retumba en la metrópolis.

En los Estados Unidos, antes de la Guerra de Secesión, el desarrollo del racismo ha servido para justificar la exclusión de los negros, del campo dónde se ejerce “la democracia”

El escritor Ernest Renan, poco después de la Comuna de París, escribe: «La colonización es una necesidad política de primer orden. Una nación que no coloniza se ve irrevocablemente condenada al socialismo, a la guerra del rico y del pobre»14. Así, para evitar su derrota, la clase dominante favorece abiertamente una especie de “socialismo imperial”. Justifica de esta manera ante la clase obrera las conquistas coloniales y otorga algunas migajas del pastel colonial a una pequeña minoría de los trabajadores (lo que Lenin llamará “la aristocracia obrera”) con el fin de evitar el espectro de una revolución social.

Se trata de una perspectiva totalmente opuesta a la de los fundadores del marxismo. «La India quizás haga una revolución, es incluso probable, y, como el proletariado que se emancipa no puede mantener guerras coloniales, habrá que resignarse a ello […]. Lo mismo puede ocurrir en otros sitios, en Argelia y Egipto, por ejemplo, lo que sería, por cierto, para nosotros, lo mejor», escribe Engels ya en 188215, mostrando así el vínculo que existe entre la lucha por la liberación nacional en los países del Sur y la lucha por el socialismo en el Norte.

A principios del siglo XX, dos corrientes se enfrentan en el seno del movimiento obrero europeo. Una es encabezada por Bernstein y compañía, quienes retomarán la lógica del “socialismo imperial” y la otra la encarnan Lenin y otros muchos que se inspiran en el internacionalismo de Marx.

El alemán Bernstein, padre del reformismo socialdemócrata, escribe:

Sin la expansión colonial de nuestra economía, la miseria que aún tenemos hoy en Europa y que tanto nos esforzamos en erradicar sería bastante más grave y tendríamos muchas menos posibilidades de eliminarla. Incluso poniéndolo en una balanza junto con las fechorías del colonialismo, la ventaja procurada por las colonias pesaría cada vez más en dicha balanza.16

También en Bélgica, este socialismo imperial se gana a una mayoría de los dirigentes del mundo del trabajo. El presidente del POB, Vandervelde, no se opone por principio a la colonización, sino solamente a sus excesos más notorios. En su libro Bélgica y el Congo, Vandervelde, estima que abandonar la colonia equivaldría a una humillación moral17, mientras que en Los últimos días del Estado del Congo, lanza un llamamiento: «a los miles de jóvenes [en Bélgica] que asedian los ministerios para obtener una miserable plaza. […] Que se vayan mejor al Congo. Allí encontrarán remuneraciones más elevadas y sobre todo una vida más libre y más interesante, en medio de todas las posibilidades de los países nuevos y en la majestuosa soledad de los bosques del monte.»18 Vandervelve recluta así colonos activamente, posicionándose claramente del lado de la opresión colonial. Este socialismo imperial de la primera mitad del siglo veinte intenta obtener reformas sociales en las metrópolis, pero legitima al mismo tiempo, la expansión colonial (y su cortejo de masacres); lo que les conducirá también a apoyar a las potencias imperialistas en la Primera Guerra Mundial, guerra en la que entrará en juego el reparto de las colonias. Así, logra también desarrollar un chovinismo que quedará fuertemente anclado en la cabeza de los trabajadores de las metrópolis.

Frente a esta corriente encabezada por Bernstein, Lenin, en la misma línea que Marx, analizará el colonialismo como el producto del capitalismo y del imperialismo y centrará su atención en la cuestión de las naciones oprimidas. En 1902, refiriéndose al aplastamiento de la revuelta de los Boxers que se da en 1900 en China, Lenin acusa a los invasores occidentales que se avalanzaron sobre los chinos “como bestias feroces, arrasando pueblos enteros…”. Lenin nos adelanta así, que se trata de una empresa que tiene como objetivo “corromper la conciencia política de las clases populares”. Para “eliminar el descontento del pueblo”, se intenta desviarlo “del gobierno hacia otros lugares”.

Además, Lenin nos adelanta que si bien la colonización alienta el cambio social y la revolución en Oriente (en los países colonizados o semi-colonizados), también refuerza, al menos en lo inmediato, el poder dominante de Occidente. Denuncia asimismo la formación de una aristocracia obrera: una pequeña minoría de la clase trabajadora que se deja comprar material e ideológicamente por las clases dominantes. Hace entonces un llamamiento para combatir el imperialismo en Occidente incluso en el seno del propio movimiento obrero, mientras que considera fundamental apoyar al mismo tiempo, sin tapujos, la revolución anticolonial en Oriente.

La revolución rusa de 1917 abre así una nueva secuencia histórica. En particular, la de la descolonización. “Los habitantes de Asia y de África”, “cientos de miles de seres humanos”, en rebelión contra el yugo impuesto por la metrópolis capitalista, “han recordado su voluntad de ser hombres y no esclavos”, indica Lenin. La revelación, por parte de los soviéticos, de los tratados secretos Sykes-Picot (tratados entre Inglaterra y Francia, repartiéndose Oriente Medio), hace emerger un movimiento nacionalista sin precedentes en el mundo árabe. En Asia, tanto China como Vietnam se inspirarán también en el marxismo, a partir de los años 20, para su movimiento de liberación nacional.

El nazismo

El análisis marxista sigue siendo fértil de cara al estudio del surgimiento del nazismo alimentado por un lunático racismo que conducirá a la mayor barbarie del siglo veinte. Muestra además que el nazismo no sólo no se puede separar del análisis del desarrollo del capitalismo19, sino que tampoco puede ser presentado como un mero exceso o un accidente en el transcurso de este. Así como también revela que la derrota del nazismo, quinta esencia del racismo y del colonialismo, no fue una derrota que se limitara a Alemania sino una derrota de las fuerzas reaccionarias a nivel mundial y una fase de progreso en la lucha antirracista y anticolonial.

Cuando el canciller Bismarck proclama la creación del segundo Reich en 1871, Alemania no es aún una nación como tal. El desarrollo del capitalismo es más tardío allí y de hecho en la Conferencia de Berlin de 1885, cuando Bismarck pretende obtener un imperio colonial para Alemania, su “botín” (comparado con el de Gran Bretaña y Francia) es pequeño. A partir de ese momento, Alemania desarrolla un ejército cuya ambición será llevar a cabo guerras por todo el mundo para arrancar nuevas colonias y disminuir su desventaja. No obstante, en algunos grupos de empresarios industriales, como el de los principales dirigentes del cartel del carbón y del acero del Ruhr, se juzga que el emperador alemán y su canciller Bismarck no son lo suficientemente ofensivos en la materia. De hecho, fundan en 1890 el Alldeutscher Verband20 (la Liga Pangermánica).

Los pangermánicos justifican la voluntad de expansión y de conquistas de la industria alemana a través de teorías inspiradas en el darwinismo social: el  Kampf ums Dasein (combatir para existir), el derecho del más fuerte, la necesidad para el pueblo alemán en rápido crecimiento de tener más espacio vital (Lebensraum) para poder sobrevivir. Este Lebensraum, debía acabar concretándose en una nueva conquista de territorios por el Este. En el Estado que imaginan los pangermánicos, se trata de defender el orden y la exigencia de una “pureza de la raza” de sus habitantes, mediante la sumisión a la autoridad. La unidad de la nación exige, pues, la exclusión de las minorías y de todos aquellos que piensan de forma distinta.

Pero el expansionismo exige también la supresión de los problemas internos, particularmente de las tensiones sociales y del cuestionamiento de la existencia de dichas minorías nacionales. Priman la expulsión o la asimilación forzada de las poblaciones eslava y judía de los territorios anexionados. Así pues, el Alldeutscher Verband intenta desviar a la clase trabajadora del socialismo internacionalista, presentándole un socialismo nacional. También fomenta un nuevo antisemitismo imperialista. Se trata de presentar ante los trabajadores influenciados por el socialismo, una perspectiva que no ponga en riesgo la unidad de la nación alemana, tan preciada para los empresarios, una perspectiva como la de la lucha contra “el gran capital judío” culpable de todos los males.

Marx concluyó que para que el trabajador pudiera ser liberado, no solamente en Inglaterra sino en el mundo entero, para destruir el sistema capitalista, el sistema colonial debía caer

Este antisemitismo imperialista es muy pernicioso. Afirmando que el socialismo es en sí mismo un objetivo loable, los partidarios de esta teoría defendían que afirmando concretamente que la historia es una historia de clases y de lucha de clases, el socialismo marxista estaba basado en un error histórico y teórico. Para ellos, las clases debían ser unificadas y el elemento unificador era la “sangre”, “la raza”. Sin embargo, “la raza más perniciosa”, que quería “la destrucción de la raza alemana”, eran, para ellos, los judíos que tenían como métodos “el internacionalismo” y “la lucha de clases”. Estos métodos habrían sido importados por los judíos al “honorable” socialismo alemán, con el objetivo de “debilitar la nación alemana” (la prueba, según ellos: Marx era judío). En esta nueva forma de socialismo imperial (que se convertirá más tarde en nacional-socialismo), el “verdadero socialismo alemán” reconocía la necesidad para los trabajadores de combatir por el “espacio vital”.

Hasta finales de la Primera Guerra Mundial, este antisemitismo imperialista no era dominante. La corriente dominante entre la clase burguesa alemana, había obtenido el apoyo de los dirigentes social-demócratas para entrar en guerra apoyándose en un nacionalismo “clásico”. Pero la guerra no había sido ganada aún puesto que una parte de los trabajadores armados, extenuados tras cuatro años de guerra, se había levantado a principios de noviembre de 1918, conduciendo así al final de la guerra. Será entonces cuando una fracción en constante crecimiento dentro de la burguesía alemana, encabezada por el general Erich Ludendorff21, comience a aspirar a la aniquilación, lo más rápida y completa posible, de la socialdemocracia y del Partido Comunista así como a la creación de un movimiento obrero “nacional”.

Esta fracción apoyará desde el principio a Adolf Hitler (y a su partido nazi). Retomando el antisemitismo del Alldeutscher Verband, Hitler ve en esta forma de racismo un poderoso medio para dividir a la clase trabajadora alemana, desviarla del marxismo y “nacionalizarla” para servir a los intereses de las clases dominantes alemanas.

Convirtiéndose en el portavoz de las fuerzas alemanas más reaccionarias, Hitler avisa de que Alemania debe edificar un imperio colonial de tipo continental, en Europa oriental y en Rusia.

El 27 de enero de 1932, presenta ante los empresarios industriales alemanes sus planes fundamentales: «Durante todo el siglo diecinueve, “los pueblos blancos” han conquistado una posición dominante incontestable al cabo de todo un proceso que había comenzado con la conquista de América y que se había desarrollado bajo el signo del “sentimiento innato, absoluto, de la dominación de la raza blanca europea”. Poniendo en duda el sistema colonial y provocando o agravando “la confusión del pensamiento blanco europeo”, el bolchevismo abre las puertas de un peligro mortal para la civilización. Si se quiere hacer frente a esta amenaza, hay que reafirmar la “convicción de la superioridad y por tanto del derecho (superior) de la raza blanca”, hay que defender “la posición dominante de la raza blanca respecto al resto del mundo”»22.

Es un verdadero programa contra-revolucionario, colonialista y esclavista. Según Hiter, es que no se puede poner en duda el “ejercicio de un derecho de los amos (herrenrecht) a una brutalidad extrema”. En julio de 1942, Hitler promulga una directiva para la colonización de la Unión Soviética: “Los esclavos deben trabajar para nosotros. Si ya no los necesitamos, que se mueran.”

Este sistema genocida será combatido por la resistencia antifascista en toda Europa, golpeado en Stalingrado y no cesará de recular hasta ser vencido en Berlin. Si el nazismo representa la quinta esencia del racismo y del colonialismo, sirviendo para combatir a la vez “el enemigo exterior” (los países a colonizar) y para dividir al “enemigo interior” (la clase de los trabajadores), su derrota es también, gracias a un frente antifascista a nivel internacional, una derrota mayúscula de las formas más reaccionarias de racismo.

Combinar varias luchas de clases

La relación de fuerzas a nivel mundial se ve trastocada totalmente en los treinta años siguientes a la Segunda Guerra Mundial. La fuerza de la resistencia antifascista (y el miedo ejercido por el comunismo sobre las clases dominantes), combinada con el creciente auge del movimiento social, trajeron consigo un desarrollo sin precedentes de la seguridad social y del aumento del nivel de vida en los países europeos. Este cambio en la relación de fuerzas también trajo todo un poderoso movimiento de descolonización de los pueblos del tercer mundo, así como una marginación cada vez mayor, a nivel mundial, de los partidarios del racismo “biológico”. Atrás queda el período «en que “los pueblos blancos han conquistado una posición dominante incontestable”, tal y como afirmaba Hitler.

La China moderna nace en 1949 y retoma el curso de su propio destino después de un siglo de dominación colonial. Ho Chi Minh y Vietnam derrotan a Francia en Dien Bien Phu (1954) y después a los Estados Unidos tras la ofensiva del río Têt (1968). El nacionalismo árabe, el del Frente de Liberación Nacional en Algeria y el del Egipto de Nasser, está fuertemente influenciado por las corrientes marxistas. El movimiento antirracista se desarrolla en el mundo entero, en particular en Estados Unidos con el movimiento de los derechos civiles cuya rama radical (la de Malcolm X y los Black Panthers) se aproxima al marxismo. El último imperio colonial, el portugués, cae a partir de 1974, con la derrota en las colonias de Angola y Mozambique. El régimen racista del apartheid acaba cayendo también en 1990 bajo la presión conjugada de la resistencia del Congreso Nacional Africano (CNA) (integrado en gran medida por el Partido Comunista sudafricano) y la derrota de las fuerzas sudafricanas en Angola, con el apoyo del ejército cubano de Fidel Castro23.

El antirracismo y el anticolonialismo han podido hacer grandes progresos gracias a la combinación de las luchas de clases con las luchas anti-imperialistas y anticapitalistas y gracias a los combates comunes que propugnan la unidad de los trabajadores. En cambio el racismo y el (neo)colonialismo han podido propagarse allí dónde las clases dominantes han dividido a la clase trabajadora en base a prejuicios nacionales y racistas, han enfrentado a los trabajadores del Norte con los pueblos oprimidos del Sur y han logrado imponer el chovinismo en el seno del movimiento obrero y desvincular, entre sí, las distintas formas de luchas de clases.

Frente a la contra ofensiva neoliberal lanzada hace treinta años, no es alejarse, sino más bien retornar a Marx, a su internacionalismo y a su teoría de las luchas de clases, lo que nos parece indispensable como fuente de inspiración para combinar, con éxito, la lucha contra el racismo y la lucha contra el capitalismo.

Continúa en la segunda parte del artículo: La verdadera izquierda frente al neorracismo y el neocolonialismo en el siglo XXI

Notas

  1. Domenico Losurdo, La lucha de clases. Una historia política y filosófica, 2016, Editions Delga.
  2. Así pues, la jerarquización de las luchas de clases, su naturaleza y alianzas de clase han variado entre la lucha de clases contra el ocupante nazi durante la segunda guerra mundial, y el marco de la posguerra.
  3. Karl Marx, El Capital, Capítulo XXIV: La llamada acumulación originaria, 6. Génesis del capitalista industrial.
  4. Karl Marx, New York Daily Tribune, 5 de junio de 1857.
  5. Lenin, ¿Qué hacer?, III: Política tradeunionista y política socialdemócrata, c. Las denuncias políticas y la necesidad de «infundir actividad revolucionaria».
  6. Lenin, La revolución socialista y el derecho de las naciones a la autodeterminación, 1916.
  7. Karl Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, 1851.
  8. Karl Marx, La cuestión judía, 1843.
  9. Robin Blacburn, The Making of New World Slavery, 1492-1800, Verso, Londres-New-York, 1997, p.3.
  10. Carta de Marx a Lincoln, publicada en Der Social-Demokrat, el 30 de diciembre de 1864.
  11. Ellen Meiksins Wood, “Capitalism and human emancipation”, New Left Review, I/167, enero-febrero 1988, traducido por la redacción de La Mayoría.
  12. Carta de Marx a Siegfried Mayer y August Vogt, en Nueva York, el 9 de abril de 1870.
  13. David Pestieau, “Interview Mary Gabriel. Amour et capital, hier et aujourd ’hui”, Revista Lava, diciembre de 2017.
  14. Renan, Oeuvres complètes, p12, Calmann-Lévy, 1947.
  15. Carta de Engels a Kautsky, del 12 septiembre 1882.
  16. Bernstein, Sozialistiche Monatshefte, 1900, p. 559
  17. Citado en La Société Générale 1822-1992, Jo Cottenier, Patrick De Boosere, Thomas Gounet, p.109, EPO, 1992.
  18. Ibidem, p.70
  19. Reinhard Opitz. Faschismus und Neofaschismus. Band I. 1984. Pahl Rugenstein Verlag.
  20. Alldeutsch significa que desde su punto de vista, Alemania comprende a todos los alemanes, no solamente a aquellos que se encuentran en el seno de las fronteras del imperio, sino también en Austria-Hungría y en otros países de Europa del Este.
  21. Considerado por los nacionalistas alemanes como el mayor estratega de la Primera Guerra Mundial.
  22. Citado en Losurdo, PP XX.
  23. Fidel Castro, para explicar la solidaridad cubana en África, comentará: «La sangre de África corre profundamente por nuestras venas» recordando así el origen africano de muchos habitantes de esta isla caribeña.

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