Bernie Sanders sabe como vencer a Trump

Hace un par de días, Estados Unidos se convertía en el país con más infectados por COVID-19, con más de 120.000 y sobrepasando ya los 2000 fallecidos. Desde la OMS, advierten de que reúne todas las condiciones para convertirse en el próximo foco de la pandemia. Las declaraciones de Trump, quitando hierro al asunto, y las presiones de los superricos para que las ya de por sí escasas medidas preventivas se levanten dibujan un panorama poco alentador. En mitad de la locura, el programa sanitario de Sanders, Medicare For All, se consolida como una necesidad de primer orden... y el veterano senador por Vermont tiene un plan para sacarlo adelante.

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D. Fernández
Ingeniero y marxista, convencido de que un mundo mejor es posible y está a nuestro alcance.

La crisis del coronavirus ha monopolizado – como es lógico – la actualidad en los últimos días. A prácticamente nadie le cabe ya ninguna duda de que nos enfrentamos a un evento histórico, cuyas consecuencias sanitarias, económicas y políticas pueden cambiar profundamente el mundo que conocemos… especialmente en lo relativo a la salud pública. La importancia de un sistema sanitario público y universal, como única barrera de protección social frente a una enfermedad de estas características, es innegable. La necesidad de hacer hincapié en la prevención como nuestra mejor arma para defender la salud pública – lo cual requiere una infraestructura sanitaria mucho más extensa, con muchos más medios, y estrechamente vinculada al tejido social – se está demostrando con el desbordamiento de las UCIs y de prácticamente todos los servicios médicos. Incluso desde un punto de vista económico, desde una perspectiva de coste-beneficio, la opción pública se revela hoy en día como una necesidad inexcusable de cualquier sociedad desarrollada.

La cuestión del sistema sanitario, una vez pase toda esta vorágine pandémica, debería convertirse en uno de los pilares del debate político. No olvidemos que, antes de que el coronavirus nos golpeara con una violencia inusitada superando todos los marcos previos, la sanidad pública no sólo no iba camino de ser fortalecida, sino que estaba bajo la permanente amenaza de ser desmantelada. La lógica de ‘servicio social’ había sido sustituida por una perspectiva de ‘servicio público’, una red de mínimos que sólo atendiera a aquellos que no pudieran permitirse algo mejor. La opinión de los grandes partidos en materia sanitaria no difería demasiado, como bien lo demuestran la aprobación del famoso artículo 135 que anteponía el pago de la deuda a la financiación del Estado del Bienestar, o la ley 15/97, que abrió la veda para la privatización y externalización de servicios. Por suerte, el coronavirus ha llegado antes de que tuvieran tiempo de acabar con lo que queda de nuestra sanidad pública. Y, a pesar de que nuestro sistema sanitario lleva tiempo viviendo en el alambre, sufriendo la escasez de medios y de personal, el sacrificio y el esfuerzo colectivo de sus trabajadores ha evitado una debacle aún mayor.

Este mismo debate ha sido el que ha marcado, en mayor o menor medida, las primarias demócratas en Estados Unidos. De un lado, Joe Biden, partidario del modelo social-liberal existente, basado en una red de hospitales y aseguradoras privadas a las que los ciudadanos acceden como clientes; aquellos que no pueden permitirse el acceso al sistema sanitario cuentan con programas de financiación pública – Medicaid, Medicare – para una serie de servicios. Como sabe cualquiera que haya tenido que optar a una prestación social, el proceso es duro y desagradable. El solicitante tiene que demostrar que está en condiciones de acceder a la misma, y los oficiales públicos encargados de gestionar estos programas no sólo no suelen ayudar, sino que además intentan encontrar cualquier justificación para denegar la solicitud. Esta criba, que obliga a los beneficiarios a competir de forma inhumana para demostrar que son más miserables que el resto, es el resultado inevitable de cualquier programa de gasto público que ve como sus fondos son cada vez más escasos mientras aumenta el número de solicitantes. Por si fuera poco, la insuficiente financiación provoca que ni siquiera aquellos que finalmente consiguen ser elegidos reciban la atención médica que necesitan. Estos dos factores dibujan un panorama poco alentador, que provoca, entre otras consecuencias, que la esperanza de vida en Estados Unidos sea de 78.9 años (4.5 menos que España o Italia, 3.8 menos que Suecia, 3.4 menos que Noruega o Canadá, 2.3 menos que el Reino Unido…)1 y que más de medio millón de familias se vean obligadas a declarar la bancarrota por gastos médicos2.

Merece la pena detenernos un momento al analizar este modelo sanitario, porque no es muy diferente al que el Partido Popular ha diseñado para la Comunidad de Madrid: hospitales construidos o financiados con dinero público que son entregados a manos privadas, ya sea en su totalidad o externalizando servicios, para que sean estas empresas las que hagan negocio con nuestra salud a cambio del pago de una serie cánones públicos. La sanidad pública se desangra y queda reducida a una red mínima de seguridad, mientras la sanidad privada crece como un cáncer en el propio sistema sanitario. Los datos son abrumadores. El 60% de los hospitales de Madrid son privados; a pesar de que solo representan el 33% de las camas disponibles, concentran el 43% del equipamiento sanitario de alta tecnología, que se dispara hasta un 73% en el caso de los equipos de tomografía por emisión de fotones (equipos fundamentales para el diagnóstico de trastornos cerebrales o problemas cardíacos, entre otros), por ejemplo. A nivel nacional, España es uno de los países en los que el gasto sanitario privado representa un mayor porcentaje sobre el total, con un 28.8% (más de dos puntos por encima de la media de la OCDE), registrando una tasa de crecimiento anual compuesto del 2.5% entre 2007 y 20173 De una u otra forma, ya sea con convenios de ‘colaboración público-privada’ como los liberales ibéricos o con programas de gasto público como los liberales americanos, el resultado es el mismo: el dinero público va a parar a manos privadas para que estas obtengan beneficio convirtiendo en negocio un servicio como la atención sanitaria.

Del otro lado, Bernie Sanders, el paladín de la reforma sanitaria conocida como Medicare For All (M4A), que plantea, básicamente, la creación de un nuevo programa sanitario universal y más extenso, financiado con una política fiscal redistributiva, de forma similar a los modelos europeos. Cerca del 52% de los estadounidenses apoyarían un plan de estas características, frente a un 44% que estarían en contra. Si profundizamos un poco más, nos encontramos con que un 74% de los americanos que se identifican como demócratas lo apoyan; un 50% de los que se consideran independientes también son favorables; e incluso un 20% de los republicanos estarían de acuerdo con dicho programa. Entre los partidarios del programa, un abrumador 98% consideraba importante garantizar la cobertura universal; un 83% consideraba importante financiar la atención médica mediante impuestos; y un 67% deseaba que se eliminaran las aseguradoras privadas4. Pero, a pesar de todos estos datos, Sanders se aleja cada vez más de la nominación.

«Estamos ganando el debate de las ideas»

Las primarias en muchos de los estados han sido pospuestas debido a la crisis del coronavirus. Trece estados, entre ellos Nueva York (320 delegados), Pennsylvania (176 delegados) Georgia (120 delegados) o Maryland (102 delegados), han decidido cambiar la fecha, aplazando las elecciones hasta junio. Otros, como Arizona, Florida o Illinois, mantuvieron la fecha prevista para el 17 de marzo, arrojando resultados poco alentadores para Sanders: Biden sumó más de 2.250.000 votos, por los poco más de 1.150.000 del veterano senador por Vermont. Traducido en delegados, la cuenta era de 295 delegados para Biden, por 145 para Sanders. Joe Biden, con 1.217 delegados, va abriendo una brecha demasiado grande para que Sanders, con 914, pueda salvarla.

Pero, lejos de retirarse, Bernie Sanders está reforzando su presencia mediática y haciendo un enorme esfuerzo político para convertir la crisis del coronavirus en una catarsis nacional que haga reflexionar a la sociedad estadounidense, al menos, en lo relativo a su sistema sanitario. De forma periódica, organiza mesas redondas con médicos y profesionales de la salud para analizar la evolución de la pandemia. Con un Joe Biden que ha reducido al mínimo sus apariciones públicas para intentar disimular su evidente deterioro cognitivo, Bernie Sanders se ha convertido en el azote de Trump, reivindicando de manera constante y fundamentada la necesidad de un sistema de salud pública para hacer frente a la epidemia. A pesar de los resultados de las primarias, las cifras de los estudios de opinión demuestran que muchos de los americanos están de acuerdo con él. En Florida, el 45% de los votantes de las primarias consideraban que la atención sanitaria era el tema más importante; el 72% de ellos apoyaba, de alguna manera, el programa M4A. En Texas, el 39% de los votantes de las primarias señalaban la atención sanitaria como el tema de mayor relevancia; el 65% de ellos era favorable a un programa del tipo M4A; en Michigan, el 41% de los votantes identificaba la atención sanitaria como el tema más importante; el 63% de ellos era partidario de un programa de sanidad universal como M4A.5 En todos los estados que han votado ya, incluidos aquellos en los que ha ganado Joe Biden, la asistencia sanitaria era el tema más importante para los votantes (o uno de los principales), y en casi todos ellos el porcentaje favorable al M4A era mayoritario.

El 13 de marzo, poco después de recibir un duro golpe en el famoso SuperMartes, Sanders comparecía para realizar un análisis de los resultados, y enunciaba que, a pesar del revés electoral, su campaña estaba ganando el debate de las ideas. Con los datos en la mano, tiene razón. No ocurre sólo con la asistencia sanitaria. Otras reivindicaciones que la campaña de Sanders ha abanderado, como la lucha contra el cambio climático, la eliminación de la deuda estudiantil, o la defensa y ampliación de los programas de la seguridad social, son identificados por los votantes demócratas como cuestiones fundamentales a la hora de decidir el voto, y responden a las preocupaciones de muchos de los ciudadanos americanos6.

La clave para entender las razones por las que, a pesar de esto, Joe Biden tiene muchas papeletas de conseguir la nominación no es otra que la figura de Donald Trump. En septiembre de 2019, un 39.6% de los votantes demócratas consideraban que el tema principal para la elección de su candidato en las primarias era la capacidad de éste de derrotar a Donald Trump. La propia campaña de Biden ha jugado esta carta de forma recurrente, apoyándose en la idea generalmente aceptada de que las elecciones se ganan ‘en el centro’ – y corriendo un tupido velo sobre el hecho de que esa misma estrategia resultó un tremendo fracaso en 2016. La campaña de Sanders, consciente de la importancia de esta cuestión, también se ha apoyado en diversos sondeos que mostraban que el candidato progresista podía, igualmente, ganar a Trump. Esa idea – basada en la capacidad de Sanders de ganar estados clave, como el llamado Rust Belt7 (Michigan) y movilizar al voto latino (Texas) – se ha visto cuestionada para los votantes demócratas a medida que avanzaban las primarias y Biden iba ganando estados que supuestamente debían inclinarse por Sanders. El resultado ha sido un trasvase del voto hacia el ex-vicepresidente y un cambio de lógica en las primarias: aunque aún es matemáticamente posible que Sanders gane, para muchos votantes demócratas ya no se trata tanto de elegir al candidato como de ‘sacar músculo’ y convertir las primarias en una enorme movilización que caliente motores de cara a las presidenciales.

¿Por qué sigue Sanders en las primarias?

Desde el entorno de Joe Biden y el aparato demócrata, el resentimiento contra Bernie Sanders alcanza límites enfermizos. Muchos de los apparatchikis demócratas aún culpan a Sanders de la derrota de Hillary Clinton, porque, según ellos, el desgaste que sufrió durante las primarias ofreció a Trump la oportunidad perfecta para lanzar una durísima campaña contra ella. Olvidan, sin embargo, que poca gente hizo más entonces por derrotar a Donald Trump que el propio Bernie Sanders, que participó en 52 eventos en 14 estados diferentes para apoyar a Clinton, implicándose más en la campaña de su antigua contrincante que algunos de los miembros de su propio equipo. Hoy, están agitando en esa misma dirección, acusando a Sanders de debilitar la candidatura de Biden al mantener su campaña porque, aparentemente, está acentuando la división del partido al hacerlo. Ni una sola mención, en cambio, a los constantes ataques que sin ninguna vergüenza ni disimulo ha lanzado Clinton contra el candidato progresista en todos y cada uno de los foros que se le han ofrecido, desde su nefasto documental en Netflix – donde dijo que ‘nadie aguantaba a Bernie’ – hasta las entrevistas en las que prometía ‘apoyar al candidato demócrata’… convencida de que era imposible que fuera Sanders.

La orientación de la campaña de Sanders demuestra una intención bien distinta. Pudiendo haber atacado con dureza a Biden por su responsabilidad en la firma de acuerdos de libre comercio, como el NAFTA – que fue responsable de la pérdida de miles de empleos en los estados del Rust Belt -, o sus desastrosas medidas para combatir el cambio climático – similares a lo que está ocurriendo en algunas regiones de Europa, como Asturias, en las que la regulación medioambiental liberal está provocando una contradicción entre empleo y sostenibilidad – Sanders ha optado por mantener un perfil bajo, centrando sus críticas en Trump y manifestando en varias ocasiones que considera a Biden un ‘amigo’ y un ‘hombre honesto’. En el debate que mantuvieron los dos candidatos demócratas el 15 de marzo, poco después del SuperMartes, muchos de los partidarios de Sanders esperaban que el veterano senador se lanzara a la ofensiva contra un oponente frente al que es difícil elegir un único punto débil entre los incontables defectos que suma – políticos, como su apoyo al presupuesto de Reagan que destruyó la herencia demócrata del New Deal y de la Great Society, su apoyo a la guerra de Iraq, o su programa casi inexistente; o personales, como su desagradable y alarmante tendencia a oler el pelo de las menores, las acusaciones de abuso sexual o el evidente deterioro cognitivo que sufre. En su lugar, el candidato progresista combinó un punto de crítica contenida con una actitud de colaboración y mano tendida.

Si lo que Sanders tenía en mente en aquel debate era relanzar su campaña y mantener opciones de hacerse con la nominación, es evidente para casi todo el mundo – a la vista de los resultados posteriores, sobre todo – que desaprovechó totalmente la ocasión. La cuestión es si realmente tenía eso en mente. Es más probable que, a estas alturas y a pesar de que aún tiene opciones de ganar, lo que esté intentando la campaña de Bernie Sanders no sea tanto disputar la nominación como aprovechar su victoria en ‘el debate de las ideas’ para presionar a Biden hacia la izquierda, e intentar que, cuando el exvicepresidente se convierta de forma oficial en el candidato demócrata a la presidencia, lo haga con una plataforma mucho más amable con los votantes de Bernie. Lo que Sanders está haciendo demuestra que, lejos de querer dañar al Partido Demócrata y a la campaña de Biden, está dispuesto a sacrificarse a sí mismo con tal de darle el oxígeno necesario al exvicepresidente como para tener alguna opción de derrotar a Trump. Como ocurrió en 2016, pocas personas están más comprometidas con la necesidad de impedir cuatro años más de ‘trumpismo’ que Bernie Sanders.

Sanders es consciente de que la carta a la que Biden ha confiado toda su trayectoria en las primarias, y a la que confía toda su campaña electoral, es insuficiente para ganar a Trump. Tanto desde un punto de vista político como sociológico e incluso sentimental, Joe Biden se aferra a sus años de servicio en la administración Obama, rememorando el periodo que fue desde 2009 a 2017 como un pasado teñido de rosa que se vio de pronto desgarrado por la irrupción del ‘malvado’ Trump: una narrativa maniquea e infantil que encuentra un público agradecido entre las clases medias cuyos estándares políticos se guían más por la moral y la rectitud de los representantes que por las consecuencias reales de las leyes y decretos, gente con la vida más o menos resuelta que sólo espera que todo siga igual. Este mensaje, que ya en 2016 demostró ser completamente insuficiente, en 2020 no es más que una muestra de ingenuidad política que Trump hará pedazos sin pestañear. Porque, por mucho que la clase media acomodada que constituye la base social del Partido Demócrata sólo espere que todo siga igual, una gran mayoría de americanos trabajadores demanda justamente lo contrario: que cambie algo. O Biden aporta alguna medida, alguna propuesta, algo que ofrecer a esos votantes, o Trump se hará fácilmente con la victoria.

Y ahí es donde entra Bernie Sanders. La crisis del coronavirus ha reflejado dos cosas: primera, a nivel internacional, que la sanidad pública y universal no es un derecho abstracto sino una necesidad social; y, segunda, en Estados Unidos, que la administración Trump es incapaz de gestionar una situación de estas características. Hace dos días, Estados Unidos superaba a China en número de infectados. Hoy, ya suma más de 125.000 casos y sobrepasa ampliamente las 2.000 muertes, y eso sólo tomando las cifras oficiales: teniendo en cuenta que una visita al médico para hacerse la prueba del coronavirus podía suponer un coste de más de 1.000 dólares8, es bastante probable que haya miles de enfermos que ni siquiera hayan tenido la posibilidad de ser diagnosticados. Mientras tanto, las exiguas medidas de cuarentena y prevención decretadas por Trump ya están siendo criticadas por inversores y accionistas multimillonarios, que presionan a la Casa Blanca para que se acelere la vuelta al trabajo… aunque eso suponga aún más muertes.

Con semejante panorama sobre la mesa, una campaña demócrata bien construida alrededor de una propuesta sólida de sistema sanitario universal y que atacase duramente a Trump por su desastrosa gestión de la crisis tendría serias opciones de ganar en 2021 – incluso con Joe Biden como candidato. Todo parece indicar que ese es el plan que ahora mismo tiene en mente Bernie Sanders. Con una dilatada carrera en la que ha destacado por su capacidad de negociar con políticos de todo signo para introducir modificaciones clave en leyes y propuestas ajenas, éste podría ser el broche de oro de la vida política de Bernie Sanders: un cambio histórico que transformara radicalmente el modelo sanitario estadounidense.

Su mayor obstáculo, por desgracia, tiene nombre y apellidos: Joe Biden.

Keep America Great

Pocos políticos representan mejor al establishment americano que Joe Biden, un tipo cuya única ideología es el dinero y que tiene uno de los historiales más largos (y más lamentables) de Washington. En el imaginario colectivo estadounidense, Biden es uno de esos políticos profesionales de carrera, responsable de la crisis que vive el país. Porque, por mucho que a los acomodados votantes demócratas de clase media les extrañe, los años de Obama no fueron, ni mucho menos, la tierra prometida por la que llora Biden. Estados Unidos sigue siendo un país completamente fragmentado por la desigualdad, con un número cada vez mayor de trabajadores empobrecidos y una minoría cada vez más selecta de superricos desorbitados. Amazon, el gigante de la logística, refleja mejor que nadie esa enorme contradicción: mientras Jeff Bezos, el hombre más rico del mundo, acumula un patrimonio neto de casi 120.000 millones de dólares, miles de trabajadores de su empresa dependen de ayudas gubernamentales para comer. Los programas sociales, como el famoso Obamacare, ni siquiera son capaces de impedir que las cosas empeoren – y no digamos ya de mejorar la situación. La deuda estudiantil, que asfixia a millones de jóvenes trabajadores americanos, ha alcanzado una cifra record de 1.6 trillones de dólares9, una cantidad desorbitada que supone alrededor del 7.5% del PIB. Así que, para muchos, volver a los tiempos de Obama no es una idea demasiado alentadora.

Y, sin embargo, es todo lo que Joe Biden puede ofrecer: porque Joe Biden es un hombre decrépito, con síntomas de demencia, que es poco más que una marioneta en manos de un inmenso aparato de grandes empresas, funcionarios de alto nivel y miembros del establishment demócrata, y todo ese aparato que hay detrás, moviendo los hilos, no tiene el menor interés ni la menor disposición a permitir que nada cambie. Una de las industrias que más dinero mueve en Estados Unidos, y que precisamente se encuentra entre las más implicadas en la campaña de Joe Biden, es precisamente la industria sanitaria. Directivos y ejecutivos de la industria han invertido a título personal casi 100.000 dólares en la campaña del exvicepresidente. A través de los PACs (Comités de Acción Política), también ha recibido donaciones millonarias de empresas relacionadas con la asistencia sanitaria privada, como Masimo Corp o Aspire Healthcare, así como de fondos de inversión con intereses en el sector, como Greylock Partners o Blum Capital Partners – que cuenta con casi veinte empresas distintas del sector sanitario en su portfolio. No se quedan ahí: lobbistas del sector, como Steve Ricchetti, participan activamente en la campaña de Biden, y han protagonizado algunos de los ataques más duros (¡oh, sorpresa!) contra el programa M4A; el pistoletazo de salida para la candidatura del exvicepresidente fue organizado, ni más ni menos, por ejecutivos de BCBSA, una asociación de aseguradoras privadas del sector sanitario responsable de los seguros médicos de casi un tercio de la población del país. Biden ha agradecido todo este apoyo convirtiéndose en uno de los principales críticos de Medicare For All, hasta el punto de que el rechazo a este programa ha sido uno de los principales ejes de su programa. Tanto es así que llegó a afirmar, hace apenas un par de semanas, que si él llegara a ser presidente y el programa fuera aprobado por la Cámara de Representantes… lo vetaría.

En condiciones normales, este sería el fin de la partida. Biden es un tipo claramente vinculado al complejo industrial sanitario y no tiene ningún interés en asumir una medida como Medicare For All, que atacaría directamente a los intereses de uno de sus principales grupos de apoyo. Es más, llegados a este punto de las primarias, Biden – y quienes le apoyan – están tan convencidos de su victoria en las primarias que no sienten ninguna necesidad de hacer concesiones hacia Sanders y los votantes que representa. Escudados en el consenso más o menos firme que existe entre el electorado demócrata de que lo prioritario es echar a Trump, bajo la consigna ‘Blue, no matter who’ pretenden cerrar filas en torno al exvicepresidente, tachando prácticamente de traidor a cualquiera que pueda negarse a votar a por Biden. Sanders, por tanto, no tendría prácticamente ninguna opción de conseguir cesiones o de presionar a su rival hacia la izquierda y, efectivamente, la continuidad de su candidatura podría verse en duda. Tal vez, incluso, se abriese un debate mucho más interesante sobre la necesidad de plantear una candidatura alternativa, un tercer partido que rompiese con el turnismo americano. Pero eso sería en condiciones normales.

Una pandemia, evidentemente, no entra dentro de lo que uno podría considerar condiciones normales. La crisis del coronavirus ha supuesto un vuelco a la situación, tan grande como la profundidad y alcance de un evento de estas características, que es, sin lugar a dudas, histórico. La incapacidad de Trump para gestionar la crisis se suma a uno de los sistemas sanitarios más deficitarios y disfuncionales del mundo, uno en el que la salud pública – que es precisamente lo que está en juego – es absolutamente aplastada por la lógica comercial del beneficio. Según Margaret Harris, portavoz de la Organización Mundial de la Salud, Estados Unidos tiene las condiciones para convertirse en el próximo epicentro de la pandemia, que ya ha orbitado desde China hacia Europa y que según parece seguirá desplazándose hacia el oeste. Si sumamos a eso la falta de un sistema de seguridad social en condiciones – en Estados Unidos no existe, por ejemplo, la figura de la baja remunerada – y a las presiones de los superricos para retomar la actividad cuanto antes, no es descabellado pensar que podríamos encontrarnos, en cuestión de semanas, con cifras de récord.

¿Puede este ser el empujón necesario para que Biden se replantee su posición y asuma el programa de Medicare For All que abandera Sanders y que, según las encuestas, apoyan un gran número de americanos? Aunque sería lo más sensato, el capitalismo es un sistema que destaca, precisamente, por su alarmante falta de sensatez. Es bastante probable que ni siquiera en unas condiciones tan excepcionales como estas Biden y aquellos a los que representa se muestren dispuestos a ceder terreno – porque, básicamente, tienen poco o ningún margen para hacerlo. Una opción alternativa al M4A que suena con fuerza, y que tal vez podrían llegar a aceptar, es la denominada ‘opción pública’: un plan de seguros médicos públicos que compitiera en el mercado con los privados, intentando garantizar una mayor accesibilidad para los más vulnerables. Suena, desde luego, a más de lo mismo, pero la desesperación de millones de americanos en materia de atención sanitaria es tal que cualquier cambio es bienvenido – especialmente en mitad de una pandemia.

Si Biden toma o rechaza la mano que Sanders le tiende en estos momentos o si opta por esa opción alternativa y descafeinada de una sanidad pública, está por ver. Lo que está claro es que no se va a volver a ver en una como ésta: o demuestra una mínima valentía conviertiendo el asunto de la atención sanitaria en la punta de lanza de su eventual candidatura, o no será rival para Trump en las próximas elecciones. Y más vale que a nadie se le ocurra culpar a Bernie Sanders de esa derrota: él sabe cómo derrotar a Donald Trump, y le está sirviendo la victoria en bandeja de plata a Joe Biden. Si Trump vuelve a ganar las elecciones, la responsabilidad será única y exclusivamente del exvicepresidente – si es que a esas alturas conserva la capacidad cognitiva para comprender lo que eso supone -, del establishment que lo ha apoyado y aupado, y de los acomodados votantes de clase media que constituyen el grueso del Partido Demócrata. Claro que para ellos, cuatro años más de Trump serían, en el peor de los casos, una inconveniencia: millones de trabajadores americanos, que se verán arrojados a los pies de los caballos, no tendrán esa misma suerte.

Notas

  1. http://hdr.undp.org/en/content/2019-human-development-index-ranking
  2. https://ajph.aphapublications.org/doi/10.2105/AJPH.2018.304901?eType=EmailBlastContent&eId=a5697b7e-8ffc-4373-b9d2-3eb745d9debb&=&
  3. https://www.fundacionidis.com/informes/analisis-de-situacion-de-la-sanidad-privada/sanidad-privada-aportando-valor-analisis-de-situacion-2019
  4. https://www.kff.org/slideshow/public-opinion-on-single-payer-national-health-plans-and-expanding-access-to-medicare-coverage/
  5. https://www.kff.org/interactive/the-role-of-health-care-in-the-2020-election/
  6. Según encuestas de Gallup, la asistencia sanitaria es considerada un asunto muy importante o extremadamente importante por el 81% de los americanos; la educación, por el 83%; la distribución de los ingresos y la riqueza, por el 58%; y la lucha contra el cambio climático, por el 55%
  7. Se conoce como Rust Belt a un área que incluye regiones de Pennsylvania, Ohio, Indiana, Michigan, Illinois, Iowa y Wisconsin, que históricamente concentraba gran parte de la industria americana y que se ha visto duramente golpeada por la deslocalización y la crisis
  8. Aunque en los últimos días se están ofreciendo tests de forma gratuita, los gastos derivados de una consulta de emergencia pueden sumar fácilmente esa cantidad, y eso sin tener en cuenta los gastos adicionales derivados de las necesidades especiales, como aislamiento y medidas de protección adicionales, derivadas del coronavirus
  9. 1.600.000.000.000 de dólares

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