«¡El obrero es el auténtico tipo duro!»

Miles de personas son las que estos días salen a aplaudir desde sus balcones no sólo al personal médico, sino también a los trabajadores que reponen día a día los suministros básicos que necesitamos durante esta cuarentena. Miles somos los que en estos días nos convencemos aún más de la influencia de la clase social en nuestra realidad más cotidiana. Las crisis nunca son iguales para todos, y eso, la clase trabajadora, lo tiene claro. Robert De Niro decía aquella gran verdad en Una historia del Bronx; “el obrero es el auténtico tipo duro”. Pero ¿qué es eso de la clase social? En el siguiente artículo vamos a ver las dos grandes teorías que abarcan el concepto de clase, cuestiones como explotación y dominación, y los motivos que nos mueven a muchos a creer en la clase obrera como portadora de un gran potencial para el conjunto de la sociedad.

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Domingo Martos
Estudiante de Sociología y Derecho, Universidad Complutense de Madrid. Orgulloso ubetense.

¿Qué entendemos por clase social?

Como es lógico no podemos en este artículo hacer un examen exhaustivo de todas las teorías y concepciones de la clase que conviven en las facultades de Sociología o Ciencias Políticas, por lo que nos centraremos en las dos grandes corrientes que más han influido en su estudio.

En primer lugar, a la pregunta sobre la naturaleza de la clase social nos asalta la definición dada por el sociólogo Max Weber. Para él las clases sociales son grupos que por su posición social pueden optar al control y la exclusión de ciertos recursos respecto a los demás individuos de la sociedad. Cuando estas oportunidades son conseguidas, los puentes que pudieran conducir al resto de hombres y mujeres a esa posición son derribados. Este concepto será así mismo definido por uno de sus sucesores, Frank Parkin, como “clausura social”. Por poner varios ejemplos, la educación sería una forma de exclusión pues permite dejar fuera del cesto de bienes y oportunidades a las personas que no posean esas cualificaciones, o en el caso de la producción económica, la clase burguesa para Weber sería aquella que gracias a la posesión de los títulos de propiedad sobre la empresa o sobre unas acciones tiene la capacidad de beneficiarse respecto a un obrero que carezca de estos. Siguiendo este planteamiento, nos surgirían tres tipos de clases: clase capitalista, posee la titularidad de los medios de producción; la clase media, posee títulos educativos; y clase obrera, excluida tanto de la titularidad de medios de producción como de niveles altos de educación o cualificación. En definitiva, diríamos que la clave para entender las relaciones entre unas clases y otras es la existencia de una exclusión fruto de la posesión de diferentes titularidades (de empresas, de estudios, etc..).

Frente a esta gran teoría, encontramos la formulación marxista. Si decíamos que la idea clave para Weber era la exclusión, para los marxistas lo esencial y lo que va a definir a grandes rasgos una clase social serán la dominación y la explotación. La dominación consiste en la capacidad que tendrían ciertas personas de controlar la actividad (productiva) de otras. Y la explotación, a raíz de esa dominación, serían los flujos de trabajo que pasan de una clase a otra por medio de la apropiación, algo que solo es posible por la relación que guardan lo individuos respecto a los medios de producción de una sociedad, lo que Karl Marx denominó “relaciones sociales de producción (RSP)”. Pongamos que la relación del sujeto A es una relación de trabajo y la del sujeto B una relación de propiedad. ¿Qué clases surgirían de aquí? Pues bien, los sujetos A serán (en el capitalismo) la clase obrera, dominada por otro grupo y a la vez explotada porque parte de su valor de trabajo1 pasa a otro grupo en forma de ganancias, mercancías y servicios producidos durante el tiempo que dura una jornada laboral.  Los sujetos B serían dominadores porque tienen la capacidad de decidir sobre los sujetos A, por ejemplo, con un despido o una reducción salarial. Además, son explotadores porque se hacen con una parte, plusvalía o plustrabajo, producida por la clase trabajadora. Se definirían así las dos grandes clases en el Capitalismo: burguesía, con propiedad sobre los medios de producción; y trabajadores, que solo poseen su fuerza de trabajo. Sin embargo, estos grados de explotación y dominación son variables y dan pie a otras clases intermedias (clase media2) o marginales (lumpenproletariado) que terminarían de definir el espectro social según la teoría marxista.

Por resumir ambas posiciones, podemos decir que tanto Marx como Weber radican su teoría sobre la base de la producción. Pero, y he aquí la gran pero sutil diferencia, mientras Weber observa la producción desde la plataforma del mercado donde se intercambian bienes, Marx la observa -la producción- desde la plataforma de la explotación en que se generan esa producción. Mientras la visión weberiana solo contempla la gestión y apropiación de los bienes producidos, el marxismo indaga en la comprensión de las relaciones que se dan en la producción de los bienes. Aquí radica el motivo por el que personalmente considero superior el análisis marxista al weberiano en cuanto a la concepción de clase, tasando de forma clara las posiciones de clase frente a la volatilidad que deviene de la apropiación de oportunidades weberiana.

¿Opresión y explotación son lo mismo?

Para poder seguir afinando en esta tarea de delimitar las clases sociales es muy importante la diferenciación entre opresión y explotación. Al igual que nos ocurría antes, la gran cantidad de teorías hace imposible tratarlas todas en exhaustividad, así que me limitaré a definir las diferencias entre opresión y explotación desde una perspectiva materialista, es decir, que el origen está en su mayor parte o en una parte considerable en el plano económico, no en sus repercusiones culturales-ideológicas.

La explotación, como decíamos, es la transferencia de flujos de trabajo, esto es, que parte del trabajo realizado por una persona y que se encierra en el producto final. Este trabajo pasa a formar parte de la plusvalía que al final de todo el proceso recibe el dueño de los medios de producción, y que divide entre las instituciones financieras que dan crédito para iniciar la producción, el pago de las rentas del suelo y máquinas o los dividendos de los diferentes accionistas. Pero ¿son todos los trabajos asalariados una fuente de plusvalía? Marx y Engels definieron la plusvalía como fruto del trabajo productivo, la creación de mercancías (físicas e intelectuales). Por lo tanto, no todo el trabajo es productivo, sino sólo aquel que tiene posibilidad de ganancia o seguir reproduciendo el capital. Por ejemplo, el trabajo en el sector financiero sería improductivo, pues no crea mercancía, simplemente es un medio de transferencia de capitales, plusvalías, bonos, rentas, etc. Del mismo modo, los trabajos puramente reproductivos no son fuente de plusvalía -por tanto, no se da explotación- mientras estos sigan en el ámbito familiar, en cambio si son ofrecidos por el mercado en forma de lavanderías o trabajos  de limpieza sí que estarían siendo productivos, “el trabajo productivo es por tanto una definición del trabajo totalmente independiente del contenido o del valor de uso concreto en que se manifiesta; depende más bien de la forma social en la que se realiza”3 por lo que un trabajo puede ser productivo e improductivo a la vez, es cuestión de la posición que este ocupa en las relaciones sociales de producción.

En cuanto a la opresión, diremos, en base a las aportaciones del marxista Erik Olin Wright, que se trata de la desigual distribución de bienes. La diferencia respecto a la explotación es que no existe una correlación de causa entre un sujeto oprimido y su opresor. De la explotación decimos que el sujeto A depende de la apropiación de trabajo del sujeto B para ser rico y tener una posición clara de dominación, en cambio, en la opresión, el sujeto A posee una posición preminente respecto a B sin necesidad de hacer suyo el trabajo de B. Pongamos varios ejemplos para ver la diferencia. Una persona en paro será oprimida por un capitalista, pues la riqueza a la que puede acceder este es infinitamente superior a la del parado, pero, sin embargo, en esta relación no hay explotación, pues el primero no está dentro del proceso de producción, se encuentra fuera, el capitalista no puede extraer plusvalía alguna de este parado. Como segundo ejemplo, podemos pensar en la figura de la mujer. Su opresión sería clara en cuanto a la desigual distribución de bienes como empleos, oportunidades o en algunas épocas pasadas, los títulos sobre la propiedad privada. Sin embargo, su explotación será problemática si se pretende hablar de la mujer como una clase distinta y sistemáticamente explotada. La mujer encerrada en el mundo doméstico, que sufre de la opresión, no lo haría igual de la explotación, pues como el parado, no son parte del mundo productivo. En cambio, la mujer trabajadora, empleada asalariada, sufriría esta vez sí de la explotación que impone el capital sobre el trabajo.

Esta relación dominación-explotación-clase puede parecer difícil de comprender, pero el economista John Roemer nos plantea en su libro, Teoría General de la Explotación y la Clase, un sencillo juego para entender cómo opera la explotación y la dominación dentro de las relaciones sociales existentes.

Su juego consiste en una práctica de “teoría de juegos”, una herramienta muy frecuente en Sociología para entender las relaciones entre distintos agentes. La dinámica consiste en observar si al eliminar a uno de los agentes involucrados en el juego, el superviviente pierde o gana respecto al que sale. Podemos detectar así la diferencia entre dominación y explotación. Por ejemplo, según Roemer si todos los explotados (entendidos por personas asalariadas) se salieran del juego, el explotador perdería la partida de forma catastrófica, siendo los vencedores los obreros. En cambio, planteemos esto entre personas blancas y negras en los años 60 en Estados Unidos. Si sacamos a la población afroamericana del juego, los blancos no perderían por ello la partida, pues sus privilegios de ciudadanía blanca se pueden dar independientemente de si hay o no oprimidos. En este segundo ejemplo lo que se da es un caso de opresión, no de explotación, habría un reparto desigual de bienes como la ciudadanía o los derechos civiles, pero esos blancos seguirán siendo blancos con derechos civiles, aunque no se dé la figura contrapuesta de la discriminación racial. Esto nos permite distinguir entre opresión y explotación, siendo esta segunda la que convierte a un grupo específico en una clase concreta en función de su posición explotador-explotado.

El potencial universal de la clase obrera

Una vez vistas las dos grandes teorías sobre la clase y explicado, ahondando en la visión marxista, las ideas de explotación y dominación y relación respecto a medios de producción, podemos pasar a definir a la clase obrera y su potencial para el conjunto de la sociedad.

Unas líneas más arriba hablábamos de esa dominación y explotación sufridas por la clase obrera como producto de su falta de control y posesión sobre los medios de producción. Y es que precisamente es esa explotación y esa posición que ocupan los trabajadores lo que les hace tan interesantes en lo que a la transformación social respecta. Cada hombre, cada mujer, cada ciudadano que todos los días va al trabajo, y ocupa un puesto durante 7, 8 o 9 horas, es portador de una fuerza incalculable, tan valiosa que para el capitalismo el trabajo asalariado se convierte en la gallina de los huevos de oro. La clase obrera, por tanto, no es un agente político revolucionario por ser una minoría marginada, excluida del común de la sociedad, una fuerza oscura a esperas de ser invocada. Precisamente su poder es ser la clase céntrica de todo el modelo capitalista, su trabajo es quien dota a la materia prima de forma, de sus manos y cabezas surge el capital que ha levantado y levanta las grandes fortunas de este planeta.

La centralidad de la clase obrera en la producción en su mayor baza, si ella decide salirse del juego que nos planteaba Roemer, la sociedad en su conjunto se para, la moderna sociedad existe a condición de que cada trabajador ocupe diariamente su puesto de trabajo.

Existen varias corrientes, tanto desde la izquierda como desde la derecha, que hablan de una clase obrera que ya ha desaparecido o está en proceso.  Y, sin embargo, ¡bendita realidad! La clase obrera no ha sido más amplia que ahora, el número de trabajadores asalariados carentes de toda propiedad y empujados al mercado a vender su fuerza de trabajo nunca había sido mayor. En un breve desarrollo histórico podemos ver este crecimiento. Cuando las ciudades medievales empiezan a recobrar su vitalidad en el siglo XII surge en ellas una clase gremial, de hombres libres frente al modelo servil de los feudos rurales. Este grupo ira aumentando con los albores de la Era Moderna, el descubrimiento de América, el colonialismo y la caída del feudalismo frente al liberalismo. El inicio de la manufactura moverá a comunidades enteras del campo a la ciudad, un proceso de proletarización que terminará de asentarse a principios del siglo XIX cuando la burguesía pase a comprar las tradicionales tierras de los señores feudales, provocando una fuerte emigración de campesinos pobres hacia las ciudades y su mutación en mano de obrar industrial. Sin embargo, en ningún caso la clase obrera industrial era la mayoría de la población, siendo los campesinos libres el inmenso cuerpo social. Tan solo Reino Unido, Bélgica o Alemania disfrutarán de una considerable capa de obreros industriales en estos primeros momentos de industrialización. Conforme las revoluciones industriales se van continuando, desplazan a un mayor número de personas de la agricultura a la industria y sus derivados.  Hoy, en 2020, la industria del betún y el algodón han dado paso a la moderna empresa, de proyección internacional, con una división de las cadenas de valor como jamás pudieron llegar a soñar los industriales del Manchester victoriano.

Tabla 1.-Número total de empleado nacionales e internacionales de las principales empresas transnacionales. Fuente: ONU, WORLD INVESTIMENT REPORT, 2004

En esta línea que asume la muerte de la clase obrera, el filósofo Antonio Negri afirma que “la composición del proletariado ya no es la misma, conviene revisar su definición”4. En efecto, el proletariado, por lo menos en sociedades capitalistas occidentales no es el mismo que hace un siglo. Y es que al igual que la burguesía, la clase obrera también se ha transformado, pero no por ello ha dejado de ser el mismo centro de producción de riqueza. Los capitalistas de hoy no son los chauvinistas de bombín y bastón del siglo XIX, son refinados filántropos que viven en todas partes y en ninguna, una clase sin nación resultado de un capitalismo globalizado. Igual proceso se está dando en la clase obrera, tal y como vemos en la tabla 1.

No debemos quedarnos con que han cerrado una fábrica centenaria en tal o cual localidad, sino el proceso global, el aumento diario de los asalariados, la ruina de los pequeños competidores que no pueden hacer frente al gran capital aumentando con ello las filas de la clase obrera.

Otro argumento muy popular hoy es que las fábricas se trasladan en masa a países del hemisferio sur, lo que se conoce como desindustrialización. Sin embargo, lo que la industria está sufriendo se puede dividir en dos grandes fenómenos: terciarización y globalización de la producción.

Esta terciarización, cada vez más aguda, conlleva una desmembración de la plantilla (de la fuerza productiva) en una diversa red de empresas menores, empresas de trabajo temporal que pueden llegar a desarrollar partes completas de la producción, antes concentradas por la propia empresa. Basta con ir por ejemplo a las puertas de la fábrica de Peugeot en Villaverde Alto (Madrid) para ver como por una puerta entran los obreros de la propia empresa y por la siguiente un ciclo inacabable de trabajadores de subcontratas. Esta terciarización se materializa en las estadísticas de empleo por sectores porque precisamente gran parte de lo que se considera servicios es una tarea desplazada de la fábrica, pero inserta en el proceso de producción. Pongamos algunos ejemplos que muestran este flujo de un sector a otro. La Oficina de Estudios de la Asamblea Francesa dice que, si bien “el sector secundario perdió 1,5 millones de empleos en veinte años, el empleo vinculado a la industria siguió progresando. Las actividades de servicio a las empresas pasaron de 1,5 millones de personas en 1980 a 3,4 millones en 2000” es decir, que 1,9 millones de trabajadores pasaron de las empresas madre a algún tipo de subcontrata o servicio externalizado, pero en ningún caso «se ha perdido» clase obrera. Otro ejemplo, la empresa Sodhexo especializada en gestión industrial y logística, cuenta con una plantilla de 300.000 obreros, pero es considerada en las estadísticas como sector servicios.

Como vemos en la tabla 2, este flujo se refleja en las estadísticas en un aumento en el sector servicios:

Tabla 2-Índice de empleados (en porcentaje) a nivel mundial. Fuente: WORLD EMPLOYMENT REPORT 2004-2005 Y COMISIÓN EUROPEA 2004

Como segundo factor, las cadenas de valor ya no son nacionales, sino internacionales, y como lo que busca la empresa es la maximización de beneficios, divide sus procesos de producción en diferentes países que aumenten esa rentabilidad que persiguen: menores tasas fiscales, laxas imposiciones medioambientales o derechos laborales inexistentes.

En definitiva, una gama importante de tareas que antes se realizaban en la fábrica hoy se realizan fuera de ella, pero son sin duda parte de la cadena de producción. Una cadena cada vez más globalizada, convirtiendo de hecho a la clase obrero en un auténtico fenómeno internacional.

La lucha de clases que planteaban Marx y Engels es hoy una verdadera tarea global, que une a los obreros y trabajadores de todo el mundo. La burguesía del siglo XXI acumula plantillas de cientos y miles de hombres y mujeres coordinados a lo largo y ancho del planeta, con cadenas de valor extendidas en todos los continentes. El gran mérito del Capital es haber conseguido una socialización del trabajo a escala planetaria, pero convive aun con la gran contradicción de este modelo, y es que mientras miles son los que trabajan, son un puñado de grandes familias las que siguen acumulando la propiedad de ese trabajo.

Gráfico 1-Desarrollo de la Fuerza de Trabajo a nivel mundial. Empleo por sectores a nivel mundial. Fuente: WORLD EMPLOYMENT REPORT 2019

La clase obrera nunca tuvo mayores fuerzas ni mayor número, nunca estuvo tan conectada, tan internacionalizada como está hoy. La cuestión es simple, ¿sabremos usar esta “globalización” del trabajo para realmente poner en duda el modelo actual? . La gran multinacional enfrenta constantemente a pruebas de productividad a los obreros de una planta frente a los del país vecino. ¿Qué nos toca a nosotros y nosotras, trabajadores que vivimos en nuestras carnes la falta de salarios dignos, que no recogemos ni las migajas de lo que poseen los superricos? Desde mi humilde opinión creo que debemos poner de manifiesto una gran realidad, y es que la clase obrera es la poseedora efectiva de la sociedad, las mercancías y la riqueza; los servicios, la tecnología, las revoluciones industriales, todo el motor de progreso y bienestar no se sostiene a menos que el obrero, que la trabajadora asalariada se presenten diariamente en su taller, fábrica, o en la oficina de turno. Poseemos, por decirlo así,  las llaves de San Pedro, de un cielo de bienestar y vida digna que nosotros y nosotras podemos construir.

¿Cómo redirigir todas las fuerzas que hoy son malgastadas e infrautilizadas en la competitividad de un mercado insaciable y trucado para que siempre se beneficien los mismos? Esta es sin duda una de las grandes cuestiones del siglo XXI.

Notas

  1. “Lo que el obrero vende no es directamente su trabajo, sino su fuerza de trabajo, cediendo temporalmente al capitalista el derecho a disponer de ella.” Trabajo asalariado y capital, K. Marx, 1847
  2. Para la definición de la clase media desde una perspectiva marxista recomiendo el libro de Erik Olin Wright, Clases, 1994
  3. La clase obrera en la era de las multinacionales, Peter Mertens, Asociación Cultural Jaime Lago, 2011
  4. Imperio,Michael Hardt y Antonio Negri, 2000

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