¿Es suficiente con la solidaridad?

La llegada del coronavirus a nuestro país ha supuesto un fuerte impacto en todos los ámbitos en los que nos desarrollamos; quizás el ámbito laboral y familiar hayan sido aquellos en los que haya tenido una mayor incidencia. Embebidos en ese estado de “emergencia social” en el que nos encontramos, también es necesario analizar las consecuencias sociales, políticas y económicas que el Covid-19 tiene sobre nosotros.

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A. Valverde
Historiador y politólogo por la URJC, de momento. Marxista por necesidad.

En la comunidad de Madrid, el gobierno de Díaz-Ayuso decidió cancelar las actividades lectivas en todos los centros educativos, desde las guarderías hasta la universidad; desde el día 11 de marzo hasta 15 días después, para evitar la propagación del virus. La primera consecuencia, y más lógica, es el atraso del calendario lectivo; pero sin embargo la consecuencia que mayores repercusiones tiene a todos los niveles es el hecho de que muchos niños van a quedar desatendidos, mientras que sus padres tienen que continuar yendo a su puesto de trabajo. El “¿y que hago con mi hijo” se ha convertido en una preocupación incluso mayor que el virus para muchos padres que no quieren dejar todo el día a solas a sus niños, pero tampoco pueden ausentarse de su lugar de trabajo.

Muchos han optado por dejarlos a cargo de sus abuelos, lo cual supone exponer a una gran parte de la población de riesgo al contagio del virus. ¿Es una buena solución? A los ojos de alguien sin responsabilidades familiares, desde luego que no. Pero la situación actual del ámbito laboral nos indica que no; no hay más que ver el caso de los ERTEs en muchos colegios públicos. Así, la patronal y la derecha han encontrado la excusa perfecta para hacer recortes de plantilla y para justificar toda una serie de medidas encaminadas a la gestión de la crisis económica de la que ya venimos hablando desde hace unos meses.

Como solución a esta situación, la solidaridad propia de la clase trabajadora no ha tardado en aparecer. Muchos universitarios, que se han quedado con las mañanas libres, han decidido ponerse a disposición de aquellas familias que no cuentan con los medios para poder atender sus responsabilidades familiares y estar en el trabajo al mismo tiempo, organizando “guarderías improvisadas”. No es que quiera afear nada a estos jóvenes, de hecho, creo que es encomiable esta muestra de solidaridad para con sus iguales. Sin embargo, lo que subyace en el fondo es algo mucho más complicado y que no puede solucionarse a base buenas intenciones.

Nuestros trabajos y salarios han venido sufriendo una profunda precarización a lo largo de estos años, con esto no creo que muestre nada nuevo. El encarecimiento de la vida tampoco es ninguna novedad, y si unimos ambos puntos encontraremos un estilo de vida en el que el centro -indiscutiblemente y en contra de nuestra voluntad- es el trabajo. Independientemente de nuestras circunstancias personales, familiares o del tipo que sean, se espera de nosotros como que trabajadores, que neguemos cualquier realidad que necesite de nosotros y que antepongamos siempre los intereses de la empresa en la que trabajamos a cualquier otra de las esferas de nuestra vida. No porque queramos, sino porque vivimos con el miedo de que nos despidan.

Esto también supone anteponer nuestro papel como trabajadores a nuestro papel como personas responsables de las tareas de cuidados; sean niños pequeños, personas mayores o dependientes. Seguro que quienes lean estas líneas conocen el caso del encargado encolerizado porque hemos pedido una hora o dos para llevar al niño al médico, pedir una tutoría, cuidar de nuestros padres… y la consecuente coletilla del “tú verás lo que haces”, como dejando caer sobre nosotros la decisión entre perder el trabajo o cuidar otras personas. En la gran mayoría de casos, se acaba recurriendo a esa solidaridad que mencionaba más arriba; lo cual no deja de ser un parche para solucionar un problema crónico en nuestra sociedad.

Apelar a la “solidaridad de la clase obrera” suena muy bien en panfletos propagandísticos, pero es una consigna que no nos dice ni aporta nada. No podemos pretender cargar sistemáticamente sobre nuestros iguales las consecuencias de los abusos de las empresas y la patronal, obviando un problema de carácter estructural y adornándolo con una frase bonita y reivindicativa. La situación es demasiado urgente como para querer recurrir eternamente a la estética revolucionaria.

Desatender a un menor es un delito, el abandono temporal de un menor es un delito tipificado en el código penal, concretamente en el artículo 230. En situaciones como las de estos días, en los que previsiblemente las actividades lectivas continuarán suspendidas o se realizarán via telemática; muchos empresarios nos tendrán que poner en la tesitura de tener que dejar a nuestros hijos en casa durante todo el día mientras estamos trabajando, o enfrentarnos a represalias nada desdeñables para no incurrir en un delito. Esto es lo que en buena medida puede llegar a suceder de manera más o menos realista.

Sin embargo, no todo es derrotismo. El artículo 37 del Estatuto de los Trabajadores, regula los permisos retribuidos, es decir, ocasiones en las que podemos faltar al trabajo de manera justificada y sin repercusión económica para los trabajadores. En el punto 3, apartado d), se nos indica:

“Por el tiempo indispensable, para el cumplimiento de un deber inexcusable de carácter público y personal, comprendido el ejercicio del sufragio activo. (…) Cuando el cumplimiento del deber antes referido suponga la imposibilidad de la prestación del trabajo debido en más del veinte por ciento de las horas laborables en un período de tres meses, podrá la empresa pasar al trabajador afectado a la situación de excedencia regulada en el apartado 1 del artículo cuarenta y seis de esta Ley(…)”1

Cuidar de un hijo o simplemente, de cualquier persona dependiente, es un deber inexcusable de carácter público y personal: publico porque se trata de la prestación de unos cuidados a una parte de la población especialmente vulnerable, y personal… no hace falta razonar el “por qué”.

Los únicos capaces de hacer que se cumpla durante estos días el articulo 37.2 d) del Estatuto de los Trabajadores, son los propios trabajadores, porque el empresario de turno querrá que de nuevo antepongamos sus intereses a los nuestros. Y la única manera de vencer en este pulso es a través de la negociación colectiva a través de los sindicatos y organizaciones de trabajadores. Es nuestro derecho  y desde luego que nuestra obligación,  el cuidar de aquellas personas de nuestro entorno que más lo necesitan, le guste o no a nuestros jefes.

De nuevo, queda patente la necesidad de los sindicatos. Toda esta clase de atropello de nuestros derechos más básicos se dan, entre otros factores, porque España es de los países de la UE con un menor índice de trabajadores afiliados a un sindicato. Juntándonos con nuestros iguales es la única manera de contrarrestar la avaricia propia de empresarios y encargados de mediopelo. El papel de los sindicatos en este episodio del coronavirus será fundamental, ya están saliendo las primeras noticias que señalan que la gestión de esta crisis no ha sido la mejor del mundo entre otros factores, porque se ha antepuesto la economía antes que a las personas, que se ha antepuesto el interés de una minoría a la mayoría de las personas. Hagamos que valgan más nuestros derechos, en lugar de recurrir a soluciones parcheadas.

Notas

  1. Fuente: https://www.boe.es/buscar/pdf/1995/BOE-A-1995-7730-consolidado.pdf Consultado por ultima vez el 12-03-2020. La negrita es propia.

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