Otra visión sobre el racismo en EE.UU.

El reciente homicidio de George Floyd ha vuelto a poner de manifiesto una incomoda pero recurrente realidad dentro de la sociedad estadounidense. El racismo estructural que sufren las minorías —especialmente los negros— es asfixiante hasta el punto que se han organizado innumerables protestas para combatirlo. Las personas pertenecientes a minorías no sólo son víctimas de la violencia policial y la severidad judicial en mayor medida; también sufren condiciones de vida mucho peores que el resto. Nos centraremos en el análisis de puntos clave que, a pesar de no ser tan conocidos y no ser de uso común en este momento de ruido mediático, nos permitirán tener una imagen mucho más clara de este contexto social.

El racismo es uno de los principales protagonistas de la historia de los EE.UU. desde su propia fundación; es imposible entender en profundidad los actuales procesos internos de este país sin pararse en eventos pretéritos como la gran expansión hacia el Oeste, el secuestro de millones de africanos para emplearlos como esclavos o la intervención estadounidense en México (1846-1848), arrebatando más de la mitad de su territorio a este país. En todos y cada uno de estos eventos, los líderes de los EE.UU. y su sociedad civil justificaron el saqueo y la opresión bajo pretextos racistas, pues creían que el hombre blanco descendiente de ingleses protestantes tenía derecho a apropiarse del territorio y la vida de seres que, según ellos, eran inferiores y estaban destinados a servirles. El entramado ideológico sobre el cual se sustentan estos excesos se aloja en las raíces mismas del liberalismo; un pensamiento que alberga en sí la contradicción de buscar la libertad para el individuo al mismo tiempo que sus clásicos justificaban la esclavitud y el más brutal despotismo contra los trabajadores asalariados, considerándolos poco menos que instrumentos de trabajo. Una “democracia para el pueblo de los señores”, como diría el autor italiano Domenico Losurdo.

Salvo ciertas excepciones, el proceso de incorporación y reconocimiento de personas pertenecientes a minorías dentro de los EE.UU. se ha dado mediante luchas de carácter violento, y esto nos lleva de nuevo al concepto de liberalismo como pensamiento y sistema de las cosas, pues dentro del mismo no hay un movimiento evolutivo espontáneo de enmienda a los elementos de exclusión, sino cesiones derivadas de la lucha por parte de los explotados y los oprimidos. Es más, el evento más importante de la historia de los EE.UU. tras su fundación —la Guerra de Secesión (1861-1865)— es el resultado de una imposición autoritaria del Presidente Lincoln contra la libertad y la voluntad de la sociedad civil estadounidense —volvemos al concepto de la “democracia para el pueblo de los señores”—, pues esta se posicionó en contra de la liberación de los esclavos negros, es decir, se negó a perder su propiedad.

La contradicción entre la libertad de los privilegiados y las limitaciones de los oprimidos es fundamental para entender el desarrollo histórico de un país y un sistema que, a pesar de aplicar criterios de igualdad formal, dista de albergar una verdadera igualdad material. En este aspecto, es primordial entender el papel de un tipo de segregación velada mediante políticas que dificultan el desarrollo social de las minorías, ya sea dificultando el acceso a la vivienda por parte de negros en barrios de personas blancas, invirtiendo pocos o ningún recurso en infraestructuras para mejorar las condiciones de vida de las minorías, o directamente boicoteando cualquier posibilidad para que estas se organicen en torno a proyectos de liberación. En otras palabras, si los pueblos originarios, los negros o los hispanos de EE.UU. sólo han conocido la esclavitud y la segregación —primero formal y después material—, es lógico concluir que están más expuestos al crimen y la marginalidad.

Esta segregación formal también se ve patente observando la composición de clase dentro de los diversos grupos étnicos que conforman la sociedad de los EE.UU. Tanto los hispanos como los negros tienen una representación mucho mayor que los blancos dentro de la clase trabajadora. Sin embargo, en el caso de los blancos sucede de manera inversa, pues las capas más altas de la burguesía están mucho más representadas por ellos. Precisamente, la crisis del Covid-19 ha puesto de manifesto de manera salvaje esta realidad, ya que la tasa de fallecidos por culpa de esta enfermedad está mucho más representada por minorías oprimidas que por personas blancas. Los negros suponen el 13% de la población de los EE.UU. pero son un 25% de los fallecidos por Covid-19. Queda más que evidenciado que el abandono que estas minorías sufren por la falta de inversión en infraestructuras y las dificultades para incorporarse en la sociedad —volvemos a la segregación material— son factores clave para que semejante disparidad se dé. La dificultad para obtener un empleo mínimamente remunerado impide que los miembros de las minorías puedan alojarse en hogares sin hacinarse —dando pie a un mayor número de infectados—, que dispongan de un seguro médico que cubra sus enfermedades, que puedan enviar a los jóvenes a estudiar a la Universidad, o que puedan ahorrar para hacer algo tan fundamental como la compra de alimentos o productos básicos.

Si estas realidades tan patentes eran algo que generaba una más que justa indignación, imaginémonos ver un desgarrador vídeo de 10 minutos donde un agente de la autoridad descontrolado y violento —¿uno de cuántos más?— ejecuta a un negro desarmado que no oponía resistencia ante la pasividad de sus compañeros. Podemos imaginarnos cual será uno de los previsibles resultados. Las justas reivindicaciones contra la opresión histórica que las minorías sufren en los EE.UU. se han convertido en protestas violentas contra una autoridad que aniquila sistemáticamente a seres humanos por su color de piel u origen étnico. Cabe valorar si la forma que toman ciertas protestas es óptima para la elevación de la conciencia de la amplia mayoría, pero los hechos son simples e indican que contra el sistema opresor sólo se consiguen victorias mediante la lucha. Cabe plantearse si las reivindicaciones tomarán una forma superior a través de una lucha que aglutine en una sola organización a los oprimidos y los explotados sea cual fuere su etnia u origen, o si se difuminarán en un mar de individualidades sin criterio de unidad. Lo primero permitiría no sólo organizar una lucha contra los elementos que permiten la opresión, sino que daría posibilidades a un movimiento contra la explotación. Mientras tanto, la opción individualista y sectaria tal vez podría conseguir ciertas concesiones, pero el sistema en sí no vería en riesgo su pervivencia. El sistema liberal necesita elementos de opresión ya sean de género, raza u otras realidades para funcionar. Como conclusión podríamos exponer que, no cuestionar las bases mismas del sistema permitirá su perpetuación. Los pueblos de la Tierra deben luchar por un nuevo paradigma económico y social más allá del actual, es decir, han de organizarse para crear un mundo donde la explotación y la opresión sean historia. No sólo basta con apuntarse a modas en redes sociales que, todo sea dicho, pertenecen a conglomerados financieros que constituyen, precisamente, la vanguardia orgánica del sistema; se ha de combatir el estado de las cosas, y la mejor manera de empezar es teniendo conciencia de nuestra posición de clase. En eso, la mayoría, trabajadores de todos los países, somos iguales.

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