Este gobierno no podría implantar el impuesto a los superricos ni aunque quisiera hacerlo

Una tasa especial a los superricos es casi una medida de consenso social, pero ¿hay condiciones reales para implantarla? Una reflexión sobre la correlación de fuerzas más allá de los eslóganes políticos.

Para sostener el llamado Escudo Social y reconstruir la economía española hará falta dinero. Por ahora se están obteniendo estos fondos de préstamos que contrae el Estado y se está a la espera de que se concrete el funcionamiento del mecanismo de ayudas europeas, que está siendo objeto de un intenso debate y tira y afloja entre los gobiernos del sur de Europa y los del norte.

Junto a esto, la idea de una reforma fiscal en España para meter mano en el bolsillo de las grandes fortunas de los superricos (una reforma de calado, no simbólica), ha formado parte de las promesas electorales de la izquierda política y, en general, es una medida apoyada por una mayoría considerable de la población trabajadora.

Sin embargo, el 24 de junio nos enterábamos de que el PSOE y UP no iban a incluir esta medida en el plan de reconstrucción, lo que aleja bastante las posibilidades reales de que en algún momento este Gobierno impulse una medida fiscal de este calado.

Pero ayer mismo, Pedro Sánchez declaraba en una entrevista que ve “inevitable” una reforma fiscal que incluya subidas del IRPF a los tramos más altos y un aumento de la tributación de las grandes empresas. Esta medida, que es positiva, es una reforma de menor escala e intensidad que el impuesto especial a los superricos del que habla Unidas Podemos.

Este tira y afloja llama la atención. Ya el anuncio del día 24 levantó mucho revuelo y no se hicieron esperar los debates y comentarios desde posiciones de izquierda. Por poner algunos ejemplos:

En CXTX, Sergio Gálvez escribe un editorial (El miedo del Gobierno a los ricos) donde señala a las presiones de los superricos sobre el Gobierno, y en particular sobre el PSOE y su ala más neoliberal como el motivo principal de esta renuncia:

“Nadie va a quedar atrás en esta crisis”, ha repetido una y otra vez el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. A la vista del miedo de su Gobierno a las grandes fortunas del país, cabría añadir: pero los ricos seguirán siendo intocables. 

En el mismo medio, Andrés Villena, escribe un artículo (La reforma fiscal y la tibieza de la izquierda) que recoge las opiniones de Unai Sordo, de CCOO, sobre este asunto:

“En España, la izquierda está acogotada en materia fiscal”,

Para Unai Sordo, secretario general de CC.OO, las posiciones del Gobierno en materia fiscal adolecen de un persistente “complejo” común en la izquierda española, siempre esquiva al rechazo social que pueda provocar una determinada subida impositiva.

Por último, en una línea más politológica, Manuel Monereo firma para Cuarto Poder un artículo (Del Gobierno de coalición al Gobierno bicéfalo) en el que ya adopta un tono pesimista sobre las posibilidades reales de cambio estructural que pueda impulsar este Gobierno:

¿Cabe esperar que este nuevo Gobierno vaya a resolver los gravísimos problemas del país desde el punto de vista de las mayorías sociales? Creo que no, que lo que viene será un debate y un conflicto continuo por cada medida progresiva. El ataque feroz contra Unidas Podemos continuará y la Ministra Presidenta será la bandera de enganche.

Se está acabando lo que podríamos llamar la fase “buenista” de la pandemia.

El viaje al centro del Gobierno es algo más que buscar los votos de Ciudadanos. La historia se acelera.

Estos análisis desde posiciones de izquierda, sin embargo, no profundizan en otro aspecto fundamental que, en parte, explica la conducta tímida del Gobierno con respecto a la cuestión de apretarle las tuercas al gran capital y, en particular, de Unidas Podemos como socio minoritario y principal impulsor de políticas socialdemócratas en esta legislatura. Nos referimos a la cuestión de la correlación de fuerzas sociales.

Por correlación de fuerzas podemos entender varias cosas, en el imaginario más ingenuo de la izquierda (el que se percibe en muchos ámbitos militantes y activistas) correlación de fuerzas suele significar resultados electorales, diputados y cargos públicos y, eventualmente capacidad para entrar en el gobierno. Es una lectura fundamentalmente parlamentaria de la situación.

Pero si adoptamos un enfoque más amplio, más materialista y dialéctico, hay una dimensión extraparlamentaria de esta correlación. El propio Pablo Iglesias se refería a esto en enero de este año en una entrevista para La Vanguardia, no era la primera vez que introducía esta reflexión, ni sería la última:

“Nosotros no podemos ocuparnos de todo; hace falta que la sociedad civil se organice”

“Hace falta que los militantes de Unidas Podemos y también los del PSOE se organicen en los barrios, en las ciudades y pueblos de nuestra patria para defender la democracia, hace falta que los estudiantes salgan a defender la educación pública, que los pensionistas salgan a defender a las pensiones, que los profesionales de la sanidad salgan a defender la sanidad pública…”. 

Sin dudarlo, la inmensa mayoría del rojerío patrio estaremos de acuerdo con esta idea del líder de UP. Para empujar al gobierno hacia la izquierda, no solo basta con diputados y votos, también es necesaria la presión social, el movimiento en la calle, la movilización social, sindical, etc…

Pero también estaremos de acuerdo en que esta “movilización social” no se está dando, y ese refuerzo de la “organización” de la sociedad civil tampoco. Salvo movilizaciones de resistencia puntual en algunos sectores (el ejemplo de Alcoa, Nissan vienen a la cabeza), no podemos decir que la sociedad civil española esté tensionada, ni organizada, ni movilizada. No al menos en la escala que requiere impulsar las políticas que necesita el país.

Tomando el ejemplo de la tasa a los superricos, en el caso de que el Gobierno la implantase, superase los trámites parlamentarios, y la más que previsible resistencia en el ámbito judicial. Una medida de estas características se encontraría, a la hora de ser aplicada, con el boicot estructural del gran capital: La fuga de capitales (que de facto se inicia en el momento en que un partido como UP empieza a tener posibilidades reales de gobernar) y las huelgas de inversión de los capitalistas, serían la respuesta obvia a estas medidas.

Un gobierno que quisiera profundizar en este camino y vencer al boicot económico de los capitalistas se vería obligado a implantar medidas de carácter confiscatorio para vencer dicha resistencia: si no puedes cobrarle impuestos en forma de dinero a los capitalistas, se los debes cobrar en forma de medios de producción. Esto es, nacionalización de empresas y propiedades de los superricos que no paguen.

Claro, el gran dilema en el que nos encontramos, es que si este gobierno empezase a caminar por una senda que vaya más allá de políticas social-liberales de redistribución o reducción de daño sobre las clases populares, se vería abocado a seguir avanzando y profundizando cada vez más en esa senda. En el momento en que te sales del marco de políticas del social-liberalismo y empiezas a entrar en el de la socialdemocracia clásica, empieza la escalada y ya no hay vuelta atrás. Para vencer esa resistencia agresiva de los superricos, necesitas poder político (dentro del Estado), y poder social (en la sociedad civil). Lo primero está débil, lo segundo también.

Mi impresión es que tanto los estrategas de alto nivel de UP, como muchos elementos del PSOE en el Gobierno, son conscientes de este problema y de su debilidad para dar un giro de timón más allá del social-liberalismo. No deberíamos, por tanto, hacernos demasiadas ilusiones sobre la capacidad de este gobierno para impulsar medidas políticas y económicas que vayan más allá de evitar un colapso societal debido a la crisis económica. Esto es lo que básicamente está haciendo UP en el gobierno y, en este contexto de extrema debilidad de la organización social y popular, debemos reconocerlo como un mérito innegable de esta organización política.

Pero más allá de posibilismos, el problema de la escasa correlación social de fuerzas persiste. ¿Cómo lo abordamos? ¿Cómo la mejoramos?

Desde el punto de vista del interior del movimiento, en este momento debemos aumentar el esfuerzo organizativo y la preparación política e ideológica del movimiento y sus organizaciones. Esto es un trabajo interno que incluye la formación, el debate, la reflexión, la superación de la “burbuja activista”, la conexión  e inmersión de los militantes en las organizaciones sociales que pueden activar el poder disruptivo de la clase obrera, como los sindicatos… La decisión de Podemos de reforzar su estructura organizativa, para ser un partido con organizaciones de base funcionales y obtener más arraigo social, es una muestra, muy tímida, de la dirección en la que hay que caminar. Otro ejemplo, en lo sindical: tenemos ahí el 12º Congreso de Comisiones Obreras, la mayor organización social de este país, donde hay que intentar que las posiciones de clase y el sindicalismo avanzado salgan reforzados del Congreso.

Desde el punto de vista exterior, un aumento del carácter espontáneo de la movilización social puede favorecer la correlación de fuerzas en favor de los intereses de la mayoría trabajadora, siempre y cuando se aumente la preparación  en el nivel interno de la organizaciones. Es de esperar que, por mucho que este gobierno se esfuerce en amortiguar el impacto de la crisis, las condiciones de vida de las clases populares se van a deteriorar, y esto provocará respuestas espontáneas y movimientos de protesta. No sabemos si esto será en septiembre, o dentro de dos años, los factores a considerar son muchos. También hay que contemplar la posibilidad de que fuerzas reaccionarias y de ultraderecha, capitalicen hasta cierto punto el malestar social. El caso es que hay que estar lo mejor preparados posible para cuando ese estallido espontáneo se produzca, hay que formar parte de él desde su propia gestación, esforzarse por activarlo cuando las condiciones estén maduras y procurar que el socialismo sea un factor político relevante en ese movimiento.

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