Una política ecológica para la clase trabajadora

Resolver la crisis ecológica requiere un movimiento de masas para enfrentarse a industrias enormemente poderosas. Sin embargo, la base social del ambientalismo en la clase profesional-gerencial y su enfoque puesto en el consumo, tienen pocas posibilidades de ganar el apoyo de la clase trabajadora. Este artículo aboga por un programa que aborde la crisis ecológica organizándose en torno a los intereses de la clase trabajadora.

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Matt T. Huberhttps://www.catalyst-journal.com/author/matt-t-huber
Matt T. Huber es profesor asociado de geografía en la Universidad de Siracusa. Es autor de Lifeblood: Oil, Freedom and the Forces of Capital (University of Minnesota Press, 2013). Actualmente está trabajando en un libro sobre clase y política climática para Verso Books.

La crisis climática y ecológica es un asunto muy serio y urgente, y tenemos poco tiempo para hacerle frente. En poco más de una generación (desde 1988), hemos emitido la mitad de todas las emisiones históricas1. En este mismo período la concentración de carbono en la atmósfera ha aumentado, desde alrededor de 350 partes por millón hasta 410 – el nivel más alto en 800.000 años (la media histórica preindustrial se situaba en torno a los 278)2. La civilización humana solamente pudo surgir y desarrollarse en un período raro y excepcional de 12.000 años de estabilidad climática -este período de estabilidad está llegando a su fin con rapidez. El reciente informe del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC) sugiere que nos quedan unos escasos doce años para reducir considerablemente las emisiones con el fin de evitar un calentamiento global de 1,5ºC – un nivel a partir del cual el número de súper tormentas, sequías, incendios forestales y olas de calor mortales (sin mencionar la subida del nivel del mar), no hará más que aumentar3. Nuevos estudios muestran que los cambios de los patrones de lluvias amenazarán la producción de cereales como el trigo, el maíz y el arroz en los próximos veinte años4. Según una serie de tres estudios, a partir del 2070, 500 millones de personas “vivirán olas de calor húmedo que mataran incluso a las personas con buena salud, a la sombra, en cuestión de 6 horas”5.

No hace falta ser un socialista para entender que el marco temporal de los cambios necesarios, requerirá una especie de revolución. El IPCC ya ha declarado rotundamente que debemos instaurar inmediatamente “cambios rápidos, de gran alcance y sin precedentes en todos los aspectos de la sociedad”6. El reputado climatólogo Kevin Anderson dijo: “cuando miramos realmente las cifras detrás del informe, las cifras que nos aporta la ciencia, estamos hablando de una revolución completa en nuestro sistema energético. Y esto va a poner sobre la mesa cuestiones muy fundamentales acerca de la forma en que gestionamos nuestras economías”7.

El movimiento radical por el clima se ha unido durante mucho tiempo en torno a la consigna: “Cambiar el sistema, no el clima”. Tienen una buena comprensión de que el capitalismo es el principal obstáculo para la resolución de la crisis climática. Sin embargo, la noción de “cambio de sistema” es vaga en lo que respecta al cómo cambiar los sistemas. El dilema de la crisis climática no es tan simple como sustituir un sistema por otro – exige una confrontación con los sectores del capital más ricos y más poderosos de la historia mundial -. Estos sectores están integrados por apenas unas 100 empresas responsables del 71% de las emisiones desde 19888. La industria de los combustibles fósiles y otros sectores del capital con intensivos en carbono (acero, productos químicos, cemento, etc.), no se quedarán de brazos cruzados ni permitirán cambios revolucionarios que conviertan sus modelos de negocio en algo obsoleto.

Como sucede con el resto de batallas de este tipo, esta confrontación requerirá de un movimiento social altamente organizado, con una base social masiva tras de sí, que pueda forzar al capital y al Estado a doblegarse ante los cambios necesarios. Sin embargo, como dice Naomi Klein, estamos realmente en un «mal momento», porque durante las últimas décadas ha sido el capital quien ha construido un poder formidable para neutralizar todo aquello que le desafía, como un estado regulador, sistemas fiscales progresivos y un poder sindical fuerte9. La historia de los siglos XIX y XX nos muestra que la mayor amenaza para la dominación del capital ha venido de los movimientos obreros organizados, enraizados en lo que Adaner Usmani llama la “capacidad disruptiva” – particularmente las huelgas y la organización sindical10. Es la clase obrera quien no solamente constituye la mayor parte de la sociedad, sino quien además tiene a su alcance la palanca estratégica para bloquear la acumulación de beneficios del capital, desde su interior11.

Sin embargo, aquí es dónde reside el principal dilema. Un movimiento capaz de conducir a los cambios necesarios no solamente tiene que ser masivo en cuanto a su tamaño, sino que también debe tener una base sustancial entre la clase trabajadora. En su forma actual, sin embargo, la política ecológica tiene pocas probabilidades de tener éxito en esto. Su orientación ideológica y estratégica refleja la visión del mundo de lo que Barbara y John Ehrenreich llamaban la “clase profesional-gerencial”, que pone el acento en las credenciales académicas y el “conocimiento” de la realidad de la crisis medioambiental12. Esto no es simplemente un problema del perfil sociológico de las personas implicadas en el movimiento. Las políticas medioambientales de la clase media con frecuencia entran en contradicción directa con los intereses de la clase trabajadora. Fundamentan sus teorías sobre la responsabilidad ecológica en ideas sobre huellas “ecológicas” o “de carbono” que vienen a culpar a los consumidores (y a los trabajadores) de la degradación ecológica. Este enfoque está centrado en la máxima según la cual es necesario vivir con sencillez y “consumir menos” – una recomendación que es muy poco probable que le resulte atractiva a una clase trabajadora cuyos salarios y nivel de vida llevan estancados desde hace casi dos generaciones13. Cuando buscan ejemplos de política ecológica emancipatoria, los académicos radicales conciben la verdadera política ecológica bajo la forma de luchas directas por los medios de vida que existen en tanto que “valores de uso” naturales, como la tierra, los recursos y hasta el mismo cuerpo. Mientras que las luchas por los medios de vida son muy importantes, el ecologismo de la clase media profesional-gerencial, esquiva las preguntas sobre de qué manera una política de ese estilo podría resultar interesante para decenas de miles de trabajadores que no tienen un acceso directo a la naturaleza bajo su forma de “valor de uso”. En este ensayo, abogo por una política ecológica de la clase trabajadora14 con las miras puestas en la movilización del grueso de esta clase para poder afrontar el origen de la crisis: el capital. Para construir este tipo de política, hay que apelar a las masas de clase trabajadora que no tienen ningún medio ecológico de supervivencia más allá del acceso al dinero y a las mercancías. Esta política se articula en torno a dos grandes ejes. En primer lugar, aporta un relato muy distinto acerca de la responsabilidad de clase en la crisis ecológica. Antes que culparnos a “todos nosotros”, a los consumidores y nuestras huellas ecológicas, pone el foco de atención en la clase capitalista. Este tipo de políticas pueden canalizar la rabia y el resentimiento que ya existe entre los trabajadores contra sus jefes y contra los ricos en general, para explicar otra de las razones por las que esos antagonistas están empeorando sus vidas. 

En segundo lugar, ofrece un programa político dirigido a atraer directamente el interés material de la clase obrera. Es relativamente sencillo insertar políticas ecológicamente beneficiosas en el seno de los movimientos ya existentes en torno a la desmercantilización de las necesidades básicas, como “Medicare for All”15 o “Housing for All”. La crisis climática en particular está centrada en sectores absolutamente vitales para la vida de la clase trabajadora: la alimentación, la energía, el transporte. El objetivo debe ser utilizar esta situación de urgencia científicamente reconocida, para construir un movimiento que pretenda alcanzar una apropiación pública de estos sectores críticos y una descarbonización y desmercantilización inmediatas de los mismos. La emergente política del Green New Deal, aunque lejos de ser perfecta, hace exactamente esto. No solo ofrece una solución acorde a la escala del problema – con el objetivo de revolucionar el sistema energético y económico -, sino que también ofrece beneficios claros y directos para la masa de la clase trabajadora (por ejemplo, un sistema de trabajo garantizado). Aunque existe mucha consternación en torno al anti-ecologismo de los viejos sindicatos de la construcción y de los trabajadores de las industrias de los combustibles fósiles, un ecologismo de la clase trabajadora podría alinearse mejor con el aumento de la militancia en sectores con bajas emisiones de carbono, como la salud y la educación. El enfoque que ponen estas campañas en las políticas anti-austeridad y en la «negociación por el bien común», también puede enfocarse hacia la expansión de una respuesta pública frente al colapso ecológico16.

Parte 1. De los estilos de vida a los medios de vida: los límites del ecologismo

El movimiento ecologista en su actual forma está dominado por profesionales de clase media. En paralelo a la expansión de la educación superior, esta clase se expandió durante el boom posterior a la Segunda Guerra Mundial – producto, a su vez, de las luchas obreras y victorias sindicales de los años 1930 y 1940. De estas condiciones históricas surge lo que yo llamo el «ecologismo basado en el estilo de vida», cuya esencia es buscar mejores resultados a través de elecciones individuales en tanto que consumidores17. No obstante, este deseo procede de una fuente de ansiedad mucho más profunda que tiene que ver con las formas de consumo masivo de mercancías, en las cuales la seguridad de la clase media se asocia a una casa propia, un coche, el consumo de carne y a todo un conjunto de mercancía que consumen muchos recursos y energía. Como tal, el ecologismo basado en el estilo de vida considera los estilos de vida modernos -o lo que a veces llamamos “nuestro modo de vida”18 como el principal motor de los problemas ecológicos. Esto, por supuesto, conlleva a que una política basada en las ganancias materiales sea inherentemente dañina para el medioambiente. Dado que el ecologismo basado en el estilo de vida culpa al consumo de mercancías, y la gran mayoría de la sociedad (por ejemplo, la clase trabajadora) depende de las mercancías para la supervivencia, solo atrae a una base muy estrecha de personas acomodadas que no solo viven vidas relativamente cómodas de clase media, sino que al mismo tiempo se sienten culpables de hacerlo. Ahora bien, bajo el neoliberalismo especialmente, la mayor parte de la población no se siente culpable o cómplice de su consumo, sino que más bien se encuentra con severos límites en el acceso a los medios básicos de supervivencia.

El ecologismo basado en el estilo de vida también produce una ramificación, una visión alternativa distinta y aparentemente más radical de la política ecológica que prevalece en la academia. Esta corriente acepta la premisa del ecologismo basado en el estilo de vida acerca de que los modernos «estilos de vida del consumidor» son inherentemente perjudiciales para el medio ambiente. Como tales, los estudiosos ecologistas radicales buscan en los márgenes de la sociedad una base más auténtica para la política ecologista. Es lo que llamaríamos “ecologismo basado en los medios de vida19 o lo que se conoce a veces como “ecologismo de los pobres”20. Esta corriente sostiene que la base apropiada para una movilización medioambiental es una experiencia vivida directamente en el medioambiente. Voy a abordar dos ámbitos esenciales. Primero, la ecología política busca ejemplos de luchas por la dependencia directa del «valor de uso» de la tierra o los recursos para la subsistencia, a menudo entre comunidades campesinas, indígenas u otras comunidades marginadas (generalmente en el Sur Global). Como tal, esta corriente idealiza a menudo lo que se consideran medios de vida de subsistencia antimodernos, en el margen de la sociedad. En segundo lugar, la justicia medioambiental pone el acento aún más en los efectos desiguales de la contaminación y de los residuos tóxicos como amenazas mortales para los medios de vida de las comunidades racializadas y marginadas (habitualmente en el Norte). A menudo críticos con respecto al acento puesto por el ecologismo dominante en la naturaleza salvaje o la preservación de la fauna y de la flora, los teóricos de la justicia medioambiental ponen el foco en la manera en que las comunidades pobres y marginalizadas en el plano racial hacen del “medioambiente” una cuestión de supervivencia. Sin embargo, una vez más, quienes luchan directamente contra el envenenamiento de las comunidades locales están a menudo al margen de la sociedad en su conjunto. Luchas como esta (por ejemplo, el Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra de Brasil o la lucha por el agua potable en Flint, Michigan) son, evidentemente, cuestiones de supervivencia importantes para las personas implicadas. Sin embargo, la cuestión estratégica de cómo traducir las preocupaciones locales en materia de medios de vida en un movimiento ecologista de masas capaz de luchar eficazmente con el capital, sigue sin resolverse.

A menudo, el ecologismo basado en los medios de vida se considera como opuesto al ecologismo basado en el estilo de vida, pero su orientación académica emerge de los fundamentos de este último. Es la desafección con la sociedad de producción en masa lo que empuja al universitario radical a interesarse por los márgenes de la sociedad en busca de una “verdadera” lucha medioambiental. El ecologismo basado en los medios de vida es en efecto una forma mucho más atractiva de política enraizada en los intereses materiales de grupos específicos. Convirtiendo en fetiche la relación directa vivida con lo que se considera como el medio ambiente real (la tierra, los recursos, la polución), esquiva la pregunta sobre cómo podríamos construir una política medioambiental para la mayoría de la sociedad ya desposeída de la tierra y dependiente del dinero y de las mercancías para sobrevivir.

Las falacias ecológicas del ecologismo basado en el estilo de vida

El ecologismo basado en el estilo de vida se toma la vida en serio. La ecología es el estudio de la vida en todas sus relaciones. Para trazar los problemas medioambientales hasta los estilos de vida de los consumidores, los ecologistas han puesto a punto sofisticadas herramientas técnicas. Se han basado en una premisa fundamental:

“Cada organismo, ya sea una bacteria, una ballena o una persona, tiene un impacto en la tierra. Todos dependemos de los productos y servicios de la naturaleza, tanto para abastecernos de materias primas, como para asimilar nuestros desechos. El impacto que tenemos sobre nuestro medioambiente está ligado a la “cantidad” de naturaleza que utilizamos o de la que nos “apropiamos” para sostener nuestros patrones de consumo”21

Estas son las primeras líneas de un texto de introducción al análisis de “la huella ecológica”, Sharing Nature’s Interest. Cada año miles de estudiantes y activistas medioambientales realizan el cuestionario sobre la “huella ecológica” para aprender cuántos planetas serían necesarios para sostener la vida de los más de 7.000 millones de habitantes de la Tierra si consumieran como ellos lo hacen (habitualmente una cifra en torno a 3,5 Tierras). Gracias a este conocimiento, los consumidores del Norte han aprendido que su “privilegio” y su complicidad les hacían ampliamente responsables de una crisis ecológica global.

La cita refleja bien la visión ecológica del mundo: el hombre es un organismo como los demás. Cada “organismo” tiene “impactos” mensurables sobre el ecosistema. Los osos comen pescado y los humanos comen tacos de pescado, pero los resultados sobre el ecosistema son los mismos. Es importante señalar que el análisis de la huella ecológica busca establecer un vínculo entre los impactos y el consumo. Esto es lógico desde la perspectiva ecológica del mundo. Al fin y al cabo, todo ecologista sabe que un ecosistema está compuesto de productores y de consumidores. Pero no son los mismos productores y consumidores que están presentes en la economía capitalista. Los productores ecológicos son las plantas que explotan la energía solar y el agua para producir materia vegetal orgánica que está en la base de la cadena alimentaria. Pero la verdadera acción -y los impactos- viene por parte de los consumidores ecológicos. Son los animales y las otras especies que consumen plantas, los animales que consumen animales, etc. Los consumidores – de los cuales hay varios niveles: primarios, secundarios, etc… – son los que impulsan el cambio ecológico en un sistema en el cual los productores son relativamente inertes y pasivos (de hecho se les llama “autótrofos”).

Una huella ecológica puede medir el coste de tus diversas actividades económicas de consumo (energía, comida, vivienda y otros materiales que componen tu consumo cotidiano) y darte una idea de la cantidad de espacio ecológico -o “zona biológicamente productiva equivalente”22– necesario para mantener ese consumo. Esto permite comprender la desigualdad enraizada en los niveles de ingreso y de consumo: los Estados Unidos consumen 9,6 hectáreas por habitante, mientras que la India no consume más que una. Este ámplio análisis de la huella ecológica ha sido reemplazado recientemente por “la huella de carbono”. En lugar de medir tu impacto en términos de “espacio”, ahora los consumidores aprenden a valorar su impacto en términos de libras (o toneladas) de emisiones equivalentes de dióxido de carbono (el consumidor promedio Estadounidense emite unas 37.000 libras por año).

Esto puede conducir a una especie de análisis “progresista” de la desigualdad de las huellas entre consumidores ricos y pobres. En 2015, Oxfam publicó un informe titulado “Extrema Desigualdad de Carbono”, en el que se descubre que el 10% de la población mundial más rica, es responsable del 50% de las emisiones mientras que el 50% de los más pobres no son responsables más que del 10%23. El resumen del informe anuncia el proyecto en términos de “Comparación de las huellas medias de consumo en relación al estilo de vida de los ciudadanos ricos y pobres en diferentes países”24. Aquí también, las emisiones están ligadas al “estilo de vida”; nuestro modo de vida genera emisiones que son nuestra responsabilidad individual. En realidad el estudio afirma que el 65% de las emisiones totales son totalmente atribuibles al consumo mientras que el resto se atribuye vagamente a los “gobiernos, a las inversiones (por ejemplo en las infraestructuras) y al transporte internacional”25.

Sin embargo la cuestión que se plantea es la siguiente: ¿la huella de un consumidor individual es realmente suya? La diferencia entre los humanos y los demás organismos, es que ningún otro organismo monopoliza los medios de producción y obliga a algunos de estos organismos a trabajar por dinero. Si viéramos un oso privatizar los medios de producción de peces y forzar a otros osos a trabajar para él, concluiriamos inmediatamente que algo no va bien en ese ecosistema. Sin embargo, es lo que le hacen los humanos a otros organismos humanos. Los humanos organizan el acceso a los recursos (y al consumo) gracias a sistemas de control y exclusión de clase.

El análisis de la huella ecológica no solo está conformado por una visión ecológica de que “todos los humanos son simplemente consumidores de organismos”, sino también por una teoría económica más hegemónica que sugiere que son los consumidores quienes dirigen la economía con sus elecciones y decisiones. La teoría de la soberanía de los consumidores supone que los productores son cautivos de las demandas de los consumidores, que no hacen más que responder a estos últimos, mientras que la realidad es otra totalmente: es la producción lo que limita las elecciones de consumo. Una gran parte del consumo (como la conducción automovilística) no es una “elección”, sino una necesidad de reproducción social (ir al trabajo). Además, cuando elegimos mercancías, no podemos más que elegir las que son más rentables de producir. Una de las contradicciones de las mercancías “ecológicamente sostenibles” (con escasa huella ecológica) es que a menudo son más caras.

La verdadera pregunta que uno debe hacerse es: ¿quién creemos que tiene el poder real sobre los recursos económicos de la sociedad? La teoría de la soberanía del consumidor sugiere que las preferencias del consumidor son las que en última instancia impulsan las decisiones de producción: el poder es difuso y está disperso entre los consumidores individuales. Pero, de hecho, el poder sobre la economía no es difuso, sino que se concentra en las manos de quienes controlan los recursos productivos. La ideología de la huella ecológica internaliza la visión anterior del poder difuso del consumidor. Un destacado analista de la desigualdad de carbono, Kevin Ummel, revela que así es exactamente como se imagina la relación causal: «El objetivo es trazar las emisiones hasta las elecciones de consumo de los hogares que en última instancia condujeron a su producción».

La idea central del análisis de la huella ecológica es que las elecciones de consumo, es decir, los estilos de vida, están impulsando la crisis ecológica. La conclusión es clara: una política de menor consumo. Como dice el libro de análisis de la huella ecológica citado anteriormente: “Vivimos en un mundo cada vez más reducido. La conclusión ineludible es que debemos aprender a vivir una vida de calidad con menos cosas”26. Si bien el objetivo principal del análisis de la huella es revelar los impactos ambientales ocultos vinculados al consumo, otros académicos buscaron una base más auténtica para la política ambiental en la relación directa con el medio ambiente.

Ecologismo de los medios de vida y las comunidades marginadas

La ideología de la huella ecológica hizo que una política basada en las ganancias materiales fuera inadmisible entre aquellos que se ganaban la vida con las mercancías. Dado que los estilos de vida de los consumidores estaban asociados con una huella, más consumo significaba más destrucción ecológica. Llevado al extremo, cualquier demanda de clase por, digamos, salarios más altos significa necesariamente una mayor «huella»27. La política ecologista se convirtió, por su propio diseño, en una política basada en la limitación y en la reducción. Por lo tanto el enfoque de la política ecologista viró, de forma abrumadora, hacia el examen de los tipos de relaciones que podrían construirse en el terreno del valor de uso – aislado del capitalismo y de la sociedad mercantil-. Esto explica el surgimiento del ecologismo del estilo “Small is Beautiful” (Lo pequeño es bello) en la década de 1970, que celebró todo lo que fuese local, a pequeña escala y basado en relaciones de trabajo cooperativas directas cara a cara con tecnología mínima (y “adecuada”)28. Esta forma de política prometía lo que Erik Olin Wright llamó «escapar del capitalismo», o proyectos donde el objetivo es «crear nuestra propia micro-alternativa en la que vivir y prosperar»29. Si los estilos de vida de los consumidores eran los culpables de la situación medioambiental, las políticas ambientales auténticas sólo podrían construirse separándose de esta sociedad de producción masiva de mercancías.

Muchos radicales de la Nueva Izquierda vieron los límites de las comunas inspiradas en «Lo pequeño es bello» y los estilos de vida promocionados por la revista “Whole Earth Catalog”30. Para un conjunto de académicos preocupados por la política radical, combinar el interés en las demandas materiales (p.ej: la clase social) con la ecología implicaba centrarse en las luchas en los márgenes de la sociedad global productora de mercancías. Los académicos radicales buscaron políticas ecológicas en el terreno del valor de uso: aquellas que obtenían sus medios de vida directamente de la naturaleza, o aquellas en las que la contaminación amenazaba directamente el propio valor de uso de la fuerza de trabajo – generalmente la salud corporal-. Por lo tanto, los dos enfoques radicales más populares de la política ecológica en el mundo académico se centraron en dos aspectos: la ecología política y la justicia ambiental31.

La ecología política, como subdisciplina académica, surgió en los años setenta y ochenta del siglo XX como una rama marxista de los estudios agrarios. Su objetivo era ubicar las luchas de las poblaciones rurales pobres (campesinos, pueblos indígenas, etc.) en torno a la tierra, los recursos y la degradación ambiental dentro de un marco político-económico marxista. Land Degradation and Society de Piers Blaikie y Harold Brookfiel, intentó analizar la “dialéctica en constante cambio entre la sociedad y los recursos basados en la tierra, y también dentro de las clases y grupos sociales”32. El punto de partida de su análisis estaba en la categoría de “administrador de la tierra” – normalmente un hogar campesino con cierto grado de control sobre “valores de uso” como la tierra y otros elementos de subsistencia-.

Una obra emblemática de este enfoque fue el volumen Liberation Ecologies (editado por Richard Peet y Michael Watts): la edición de 1996 fue seguida rápidamente por una segunda edición en 2004 con casos de estudio nuevos y revisados33. Todos los casos de estudio se centraban en luchas con base territorial por la tierra y los recursos: la degradación del suelo en Bolivia, la deforestación de Madagascar, el movimiento Chipko en la India34. Un aspecto muy perspicaz de este enfoque académico es su postura crítica hacia una especie de ecologismo imperialista: el intento de imponer ideas sobre una naturaleza virgen y prístina que desplaza a las comunidades locales. El objetivo, a menudo, era mostrar que la degradación de la tierra, como la deforestación o la erosión del suelo, no debía atribuirse a los propios campesinos, sino a procesos más amplios de marginación provocados por los flujos mundiales de mercancías y las distintas formas de control estatal.

El foco central de esta línea de trabajo se basó en el concepto de medios de vida35 – comunidades que obtenían, en cierto grado, su sustento directamente de la tierra. Dada la dinámica del capitalismo neoliberal global, el descubrimiento clave de esta perspectiva se centra en la desposesión de comunidades locales de sus tradicionales estrategias de subsistencia. Marx llamó a este proceso “acumulación primitiva”, pero cuando David Harvey acuñó el término “acumulación por desposesión”, se levantó una nueva oleada de investigación académica que se centraba con intensidad en los múltiples procesos de desposesión que sufren las culturas y comunidades rurales de todo el mundo36. La investigación ecológica en este campo, implicaba la investigación entre comunidades y culturas locales tradicionales que se resisten a su inmersión paulatina en el sistema global de producción mercantil. Sin embargo, debido a que el capitalismo por definición implica la desposesión de medios de producción de la gran mayoría de la población, esta corriente de investigación permaneció centrada en los márgenes, en la periferia de la economía global.

La otra gran rama académica radical, enormemente popular, es la justicia medioambiental. La justicia medioambiental también sugiere que una experiencia de vida directa del medio ambiente es una base clave para la lucha ambiental, -en este caso, la exposición encarnada a los peligros tóxicos y a la contaminación-. Los valores de uso bajo amenaza aquí incluyen el agua, el aire y por supuesto ese valor de uso crítico que es la fuerza de trabajo corporal. En una sociedad industrial, la infraestructura y los residuos de la actividad industrial se sitúan en comunidades marginadas, a menudo de color. Así pues, la justicia medioambiental examina las injusticias en la intersección entre raza y clase y en las luchas para superarlas37.

Con sus raíces puestas en el Movimiento por los Derechos Civiles, la justicia medioambiental surgió para atajar la desigual distribución de la contaminación tóxica en comunidades de color en todo Estados Unidos. En 1983, los residentes negros de Warren County, en Carolina del Norte usaban tácticas de desobediencia civil para combatir la ubicación de un vertedero de desechos tóxicos de PCB38. En 1987, la Comisión de la Iglesia Unida de Cristo sobre Justicia Racial realizó un informe llamado Desechos Tóxicos y Raza en Estados Unidos detallando las coincidencias estadísticas entre grupos raciales marginalizados y desechos tóxicos y otras casualidades39. En 1991, los pueblos indígenas, los líderes afroamericanos, y otros, protagonizaron la primera cumbre de líderes medioambientalistas de personas de color, declarando que “para comenzar a construir un movimiento nacional e internacional de todas las personas de color para luchar contra la destrucción y para tomar nuestras tierras y comunidades, reconociendo el restablecimiento de nuestra interdependencia espiritual con lo sagrado de nuestra madre tierra”40. En febrero de 1994, el presidente Clinton aprobó una ley ejecutiva, “para abordar la justicia medioambiental en poblaciones minoritarias y de bajos ingresos”. 

Esta narrativa histórica se usa en ocasiones para explicar el auge del movimiento por la justicia medioambiental (hablaremos más adelante acerca del éxito de este movimiento).  El enfoque político que subyace a esta cuestión es que estas mismas comunidades deberían ser las que lideraran estos movimientos medioambientalistas contra las grandes empresas que les envenena tanto a ellos como a sus comunidades. Es su experiencia material directa con la contaminación y la toxicidad la que les otorga este estatus político especial. De manera parecida, el movimiento por la justicia climática también marginaliza  a las comunidades que conviven con la contaminación como actores fundamentales en la lucha climática. Como en el ecologismo político, muchas veces los agricultores nativos y otras comunidades, son afectadas directamente por el cambio climático (por ejemplo, pequeños pescadores, o agricultores de secano, etc..). Pero, ¿qué hace el movimiento por la justicia medioambiental con la mayoría de las personas que están insertas de pleno en la sociedad de consumo, pero no están expuestas a ninguna amenaza directa de contaminación tóxica?

Los límites del medioambientalismo

El auge del movimiento medioambiental llega en una situación en la que la izquierda se encuentra en una derrota histórica. Es momento de preguntarse si sus políticas son sintomáticas de esta derrota. La primera clave está basada en su comprensión de la “responsabilidad de clase” en la crisis ecológica. El esquema político creado por el análisis de la huella ecológica parte de una aproximación política que culpa a todos los consumidores de la crisis ecológica. Es difícil comprender cómo una estrategia política puede ganar si su solución es pedir más restricciones al consumo por una clase que ha estado luchando contra el estancamiento salarial durante casi medio siglo. ¿Cómo planea atraer a los trabajadores a su causa si su principal mensaje para ellos es que acepten aún más austeridad?

La huella ecológica presenta un análisis en el que todo el impacto puede ser rastreado, hasta los organismos (humanos) que obtienen elementos útiles de esos recursos (consumidores). Pero esta, es una visión que constituye la ecuación del poder en un sentido inverso. Haciendo a los consumidores totalmente responsables por el impacto de su consumo, esta perspectiva ignora el papel fundamental del capitalismo, que impone tanto la cantidad como el tipo de de bienes que son lanzados al mercado. La gasolina en el depósito de tu coche ha fluido a través de las manos de innumerables personas que buscan beneficios (consultores de la industria de la prospección petrolífera, de compañías de producción, de transporte vía oleoductos, operadores de las gasolineras…), pero el responsable de la huella ecológica eres tú ¿simplemente porque apretaste el acelerador, provocando más emisiones? Cuando se trata de consumo, cualquier mercancía tiene usuarios y “buscadores de beneficio” a lo largo de la cadena: deberíamos poner el énfasis en la responsabilidad de los elementos que obtienen beneficios de la producción -no en la de las personas que cubren sus necesidades-. Este no es tanto un cálculo moral, como un análisis objetivo sobre “quién tiene el poder” a lo largo de esta cadena de producción. Desde luego, no queremos ignorar por completo la responsabilidad de aquella minoría rica de consumidores que compran coches que derrochan gasolina, comen filetes de carne un par de veces por semana y toman demasiados vuelos. Pero, ¿por qué solo nos centramos en su consumo como el epicentro de la responsabilidad y la política? Podríamos formular una pregunta más acertada si nos preguntamos cómo esos consumidores se hicieron tan ricos en primera instancia. ¿Por qué sus actividades laborales (sus elecciones) no son sujeto de crítica política y preocupación?

Tomemos el problema del cambio climático. El trabajo de Richard Heede señala que el 63% de todas las emisiones de carbono desde la revolución industrial fueron emitidas por noventa empresas privadas y corporaciones estatales (lo que él llama “los caciques del carbón”, la clase de capitalistas que explotan el combustible fósil y lo venden para obtener un beneficio41. Pero los capitalistas responsables del cambio climático representan un círculo mucho más amplio que este. Hay cantidades enormes de capital industrial dependiente del consumo de combustibles fósiles (la más relevante para el tema climático incluye la del cemento, responsable del 7% de emisiones de carbono a nivel mundial), de las industrias metalúrgica, química y otras formas de producción basadas en el uso intensivo del carbono42. De acuerdo a la Agencia Internacional de la Energía, el sector industrial consume más energía que el sector residencial, comercial y de transporte, combinados43. Si incluimos emisiones derivadas del consumo de electricidad el sector industrial sobrepasa a todos los demás (incluyendo el agrícola y los nuevos usos dados a la tierra), copando un 31% de las emisiones globales44. Muchos críticos sociales etiquetaron el hecho de centrar la atención en las fábricas y otros lugares de producción industrial como irremediablemente ortodoxo, pero para el cambio climático y otros problemas ecológicos, constituye el fondo de la cuestión.

Otro problema fundamental es la retirada de la academia desde la política del estilo de vida a la del favorecimiento del medioambientalismo del sustento. Esto tiene menos que ver con quién es culpado, y más con en qué lugar de la sociedad se encuentran las auténticas luchas medioambientales. Aquí, el problema es el de un enfoque político centrado en la marginalidad que no generará nunca un amplio movimiento de masas. La ecología política está centrada en luchas sobre la desposesión en las áreas rurales, incluyendo la resistencia indígena y campesina. Cualquier persona decente apoyaría estos movimientos por la justicia y la autodeterminación y no podemos reducir la importancia de estas luchas. Me pregunto simplemente cómo estas luchas podrían construir alguna forma de poder social capaz de meterle mano al capital, que es en última instancia el responsable de la desposesión y de la contaminación. La característica definitoria del capitalismo es que la gran mayoría es sustraída de las condiciones naturales de vida (y aquellos que aún no han sido “sustraídos” son, por definición marginales al sistema). Poniendo la experiencia vital directa como única base para la política, se limita severamente la base política que se puede construir.

Sin embargo, uno puede hacerse preguntas estratégicas sobre el éxito del movimiento de la justicia medioambiental. Es esclarecedor ver tendencias personales de militantes académicos clave reflejadas en el movimiento. Un año después de la famosa ley ejecutiva de Clinton, Benjamin Goldman –un analista de datos famoso por su informe de 1987 “Toxic Waste and Race”- argumentaba que el poder actual del movimiento por la justicia medioambiental era parecido a “un mosquito en el trasero de un elefante”45. Actualizó los datos de su informe de 1987 para señalar que “a pesar de la mayor atención al problema, las personas de color en los Estados Unidos ahora son aún más propensas que los blancos a vivir en comunidades con instalaciones comerciales de desechos peligrosos que hace una década”46. 25 años después, Pulido, Kohl y Cotton llegaron a una conclusión similar y señalaron con cautela sobre  el fallo de la “justicia medioambiental”. Llanamente, dijeron “…las comunidades pobres y las comunidades de color todavía están expuestas a los problemas medioambientales”47.

Para Goldman, el desarrollo de las políticas de la justicia medioambiental ignora el amplio contexto de la derrota política:

“…como progresistas, hemos aplaudido la aparición del movimiento de la justicia medioambiental, hemos visto un periodo de la más increíble justificación en la inequidad, y finalmente, un significante triunfo histórico de los empresarios del capital transnacional que ha consolidado su poder, fortunas y libertades globales”48

Goldman concluye que para que el movimiento por la justicia medioambiental se enfrente a este poder corporativo, necesita “ampliar su base social para incluir intereses más diversos”49. Sin embargo, el atractivo del movimiento de justicia medioambiental para muchos progresistas es, por supuesto, que representa una lucha entre los grupos más pobres y marginados de la sociedad capitalista -las comunidades de color de bajos ingresos-. De nuevo, estas luchas son enormemente importantes y no deben ser ignoradas. Pero para que las luchas medioambientalistas triunfen, deben encontrar una manera de construir un movimiento medioambientalista más amplio con una base capaz de responsabilizar realmente a las grandes empresas responsables de la contaminación de las comunidades locales. Hasta ahora, tendemos a dar validez al basamento moral de esas luchas, sin hacer preguntas de carácter estratégico sobre cómo construir el poder necesario para superar esta situación.

Pulido y compañía se preguntan sobre la cuestión del estado. Mientras que el estado a menudo rinde pleitesía a las consignas medioambientalistas, también falla a menudo en reforzar la regulación que mejoraría sustancialmente la vida de las personas50. Argumentan a favor de una estrategia más confrontativa:

“En lugar de ver el estado como un socio de negocios, tenemos que entender al estado como un adversario, para desafiarlo directamente… esto no va acerca de ser respetable, admitido o tenido en cuenta. Esto va sobre aumentar la conflictividad tanto como para los contaminadores como para quienes les protegen.”51

En el contexto de la captura del estado neoliberal (y Trump), esta es obviamente la estrategia correcta. Pero a largo plazo, el movimiento por la justicia medioambiental podría también tener una estrategia más amplia que pudiese desarrollar una capacidad movilizadora de izquierdas, dentro del estado (hablaremos más de esto en el tercer apartado). Este tipo de políticas necesitarían ir más allá de la marginalidad y hablar de lo que Goldman llama “intereses diversos”.

Resumiendo, tanto las políticas del modo de vida como su derivada, el medioambientalismo de la experiencia vital, han emergido en un periodo en el que la crisis medioambiental sólo ha empeorado y la capacidad del capital privado de dañar el medio ambiente ha aumentado dramáticamente. Sus estrategias políticas son inefectivas. Procederemos a continuación a diagnosticar esta inefectividad en términos explícitos, históricos y de clase.

Parte 2. “Desbordamiento”: Las bases de clase del medioambientalismo.

El movimiento ambiental surgió durante un periodo de crisis y reestructuración en los años 60 y 70. Mientras históricamente las políticas del anticapitalismo se dirigían en contra de la desigualdad y pobreza del sistema, en los años 70 los comentaristas tanto de la Izquierda como de la Derecha estaban de acuerdo en que el capitalismo afrontaba un nuevo problema: la abundancia. Simplemente teníamos demasiado. El aumento de los niveles de consumo era ahora un problema. A mediados de los años 70, un joven Alan Greenspan argumentó que la crisis económica se fundaba en expectativas sociales demasiado “ambiciosas”: “… los gobiernos se comprometieron fuertemente a mejorar las desigualdades sociales en casa y en el extranjero y a conseguir un nivel de vida siempre creciente. Por muy elogiable moral y socialmente que sean, estos compromisos se mostraron excesivamente ambiciosos en términos económicos —tanto en lo que realmente se intentó conseguir como en las expectaciones despertadas en el público.”52 Fue incluso más allá al sugerir que el público se debía ajustar a nuevos “objetivos realistas” en que “los niveles de ingreso serán más bajos y el posible crecimiento del nivel de vida más reducido.” La sociedad había “superado” las expectaciones razonables. ¿La solución? Austeridad, o la política de menos.

Desde una perspectiva política muy diferente, gran parte de la “Nueva Izquierda” también cambió su crítica hacia los problemas de una opulenta sociedad de consumo. Herbert Marcuse definió “dominación pura … como la administración, y en aquellas áreas superdesarrolladas de consumo de masas, la vida administrada se convierte en la buena vida para el conjunto…”53. Guy Debord afirmó que “el espectáculo difuso acompaña a la abundancia de productos” y que la mercancía ha “conseguido colonizar totalmente la vida social.”54. El teórico crítico William Leiss argumentó que los estilos de vida consumistas no satisfacían las necesidades humanas más básicas: “Este escenario promueve un estilo de vida que depende de un aumento infinito del nivel de consumo de bienes materiales … [en el que] se lleva a los individuos a malinterpretar la naturaleza de sus necesidades.”55. Christopher Lasch satirizó el “culto al consumo” estadounidense y “la propaganda de las mercancías” en formas que influyeron directamente en el llamado “discurso del malestar” del presidente Jimmy Carter, en el que postula que los estadounidenses “tienden a adorar la autoindulgencia y el consumo.”56 La mayoría está de acuerdo en que este discurso donde recomienda a los estadounidenses que recorten, le abrió el camino a Reagan.

Estas críticas de la abundancia llegaron en un momento extraño, durante una década en la que los trabajadores americanos estaban siendo atacados. Como explica el historiador Daniel Horowitz, “la mayoría de los estadounidenses experimentaron [en los años 70] como un período de daño económico […] la inmensa mayoría de las familias de la nación experimentaron disminuciones de sus ingresos reales.”57. Las encuestas avanzaban que el aumento del coste de vida era la preocupación número uno de los estadounidenses (en una década que no tenía pocas preocupaciones precisamente)58. En un contexto en el que la clase trabajadora aún luchaba por permitirse las necesidades más básicas de la vida, gran parte de la Izquierda y de la Derecha ya le decía que tenían demasiado. Mientras los Greenspans del mundo prevalecían, se convirtió en sentido común que era hora de “hacer más con menos”; tanto el gasto gubernamental, como los beneficios sindicales y el presupuesto del hogar.

Las críticas de la abundancia y del “consumismo” coinciden perfectamente con el auge del movimiento ecologista también en ese momento. Al igual que Greenspan, el informe del Club de Roma de 1972 Límites del Crecimiento anunció una nueva realidad a la que la sociedad tenía que ajustarse”, “el hombre está forzado a tener en consideración las dimensiones limitadas del planeta.”59 Paul Ehrlich pregonó el maltusianismo más basto en La Bomba Demográfica, pero unos años más tarde él y su esposa publicaron El Fin de la Abundancia, argumentando que la sociedad de consumo masivo había excedido su base material60. Uno de los textos más influyentes fue “Overshoot” (Desbordamiento) de William Catton, que explica cómo el uso humano de recursos naturales había “desbordado” la capacidad de la tierra y una extinción masiva era inminente61. Las políticas medioambientales surgieron y se expandieron de hecho durante el período de moderación neoliberal. Todo cuadraba perfectamente con lo que Leigh Phillips denomina “ecología austera” — una política de límites, reducción del consumo y disminución de nuestro impacto — reduce, reutiliza, recicla62.

Es en este contexto donde se enraíza la extraña división entre una política “de clase” y otra “medioambiental.” Siendo un “nuevo movimiento social,” el ecologismo rechaza la política basada en intereses materiales como si estuviera asociada sin remedio al materialismo vacío de la sociedad de consumo. Mientras que la política de clases trataba siempre de ofrecer una visión de mejora en el bienestar general. La política ecológica se convirtió en la política del menos. André Gorz desarrolló una posición explícitamente eco-socialista centrada en el menos: “La única manera de vivir mejor es producir menos, consumir menos, vivir de modo diferente.”63. A lo largo de los años la política de clase y la medioambiental estaban constantemente enfrentadas en el debate “trabajo vs. medio ambiente.” Eran los trabajadores madereros quienes se oponían a la protección del cárabo californiano o a la recuperación de las rutas del salmón del río Columbia. Como cuenta Richard White, la pegatina “¿Eres Ecologista o Trabajas para Ganarte la Vida?” se popularizó entre las comunidades agrarias de clase trabajadora64. Mientras mucha gente de la clase trabajadora era ciertamente hostil a la élite ecologista, esta actitud se dio en ambos sentidos. Los políticos verdes también culpaban a los trabajadores, privilegiados por su consumo. Rudolph Baro, del Partido Verde en Alemania, dijo claramente: “La clase trabajadora aquí [en Occidente] es la clase baja más rica del mundo… Debo decir que la clase trabajadora metropolitana es la peor clase explotadora de la historia.”65.

Gran parte de la eco-izquierda aún hoy en día reivindican una política del menos. En 2018, la New Left Review publicó un texto de Troy Vettese que argumentaba a favor de una austeridad — o lo que él llamó “eco-austeridad igualitaria — que pretende dividir menos cosas de modo igual entre todos. El artículo aboga, entre otras cosas, devolver la mitad del planeta a la naturaleza salvaje — una idea tomada del socio-biólogo E.O. Wilson — veganismo universal y un plan abstracto para el racionamiento global per cápita de la energía66. Quizás el aspecto más popular de la eco-izquierda hoy en día es el programa de “decrecimiento” definido en una recopilación reciente como “la disminución equitativa de la producción y del consumo que reducirá el gasto de energía y materias primas”67. Los proponentes del decrecimiento son rápidos en insistir que no quieren que esto parezca que es la política del menos porque lo que piden es la redistribución de menos cosas de forma más igualitaria y piden más recursos inmateriales como tiempo, comunidad y relaciones. Aun así, la obsesión de este programa con el gasto conjunto y el crecimiento del GDP — una construcción estadística que oscurece precisamente quién se beneficia del crecimiento en una economía capitalista — falla a la hora de tener en cuenta que la mayoría de la gente en una sociedad capitalista también necesita más bienes materiales. La experiencia del período neoliberal ha significado para la mayoría unos ingresos/salarios estancados, una mayor deuda, la erosión de la seguridad del empleo y más horas de trabajo. Al centrar la totalidad del programa político en el prefijo “de” y hablar de “reducciones,” el decrecimiento tiene poca capacidad para hablar de las necesidades de la inmensa mayoría de los trabajadores que han sido devastadas por la austeridad neoliberal68. Un análisis de clases siempre estará fundamentado no en el agregado social (y en si necesita o no crecer o decrecer), sino en las conflictivas  divisiones entre clases, en las que unos pocos tienen demasiado y la mayoría demasiado poco.

¿Qué es lo que explica el nexo entre la ecología y la política del menos? Una cosa que une estas perspectivas de austeridad — desde Alan Greenspan hasta el decrecimiento — es que surgen de la formación de clase mencionada arriba, “la clase profesional-gerencial” que yo llamo, por simplificar, la “clase profesional”69. Esta formación de clase se extendió rápidamente en la época de la posguerra a través de la expansión dramática de la educación superior. Se trata de académicos radicales, científicos, directores de agencias sin ánimo de lucro, funcionarios, periodistas y otros profesionales quienes concluyen que los estilos de vida modernos son los culpables de nuestra crisis ecológica. Dicho de manera irónica, la relativa seguridad material de esta clase profesional es la que induce a esta convicción, llena de culpabilidad, de que “todos nosotros” los consumidores somos la raíz del problema.

La clase profesional: conociendo la crisis medioambiental

En 1975, el controvertido concepto de Barbara y John Ehrenreich de “clase profesional-gerencial” fue un intento de tener en consideración el aumento dramático en las ocupaciones “de cuello blanco” de una economía postindustrial cada vez más basada en el conocimiento70. Por una parte, intentaban tener en cuenta el papel central del “radicalismo de las clases medias” que daba forma a la política de la “Nueva Izquierda” predominante en ese momento71. En términos más amplios, razonaban que “la enorme expansión de la educación superior” había creado “un nuevo estrato de asalariados educados … imposible de ignorar por los marxistas”72. Se entró en un debate entre muchos marxistas sobre cómo desarrollar teoría sobre la localización de tales trabajadores del conocimiento.  Dada la falta de posesión de los medios de producción — y la dependencia de salarios para la supervivencia — André Gorz y Serge Mallet los llamaron “la nueva clase trabajadora.”73. Nicos Poulantzas les denominó “la nueva pequeña burguesía” y argumentó que se debían aplicar las divisiones tradicionales entre trabajadores intelectuales y manuales74. Erik Olin Wright razonó que deberíamos conocer las “contradicciones de clase ligadas a la localización” de muchas ocupaciones profesionales75. Independientemente de cómo desarrollamos su teoría, un punto fundamental es que la clase profesional es una minoría de la población. Kim Moody estima que los profesionales constituyen el 22% de la población contratada en EEUU (otro 14% se categoriza como ocupaciones “de gerencia”)76. Afirma que la clase trabajadora representa el 63%.

No busco resolver estos debates teóricos aquí. Sino que para proseguir con mi objetivo, quiero enfatizar la centralidad del conocimiento y, más extensamente, de las credenciales educativas en la vida de la clase profesional. Poulantzas explicó esto en términos de educación y el desarrollo de una “carrera”: “el papel de estos niveles educativos es mucho más importante para circular dentro de la nueva pequeña burguesía (la ‘promoción’ de sus agentes, y de sus ‘carreras’, etc.), que para la clase trabajadora.”77. La centralidad de las credenciales educativas significa que la clase profesional no solo se suscribe al mito de la “meritocracia”, sino que además eleva la capacidad individual para impactar en el mundo — sea en términos de lograr una “carrera”, sea disminuyendo virtuosamente la huella de carbono-. Los niveles educacionales y las credenciales no solo son centrales en la experiencia vital de la clase profesional, sino que sirven como entrada para aspiraciones más materiales como una vida de la “clase media” con coches, casa, propiedad, hijos y seguridad financiera. Aun así, mientras que la clase profesional aspira a todos estos aspectos banales de la seguridad de la clase media, simultáneamente les ofenden. A través de la exposición a una educación de élite, muchos miembros de la clase profesional llegan a pensar en profundidad sobre la alienación y destrucción inherentes a la sociedad de producción masiva. La culpabilidad por esta observación introspectiva está frecuentemente en la raíz de la política de la clase profesional.

La política ecologista surgió de esta clase profesional. Al llegar a los años 60 el movimiento ecologista no sólo propuso un tipo particular de política contra la destrucción medioambiental, sino también un modelo de crítica que sitúa al conocimiento y a la ciencia en el corazón de la lucha. Hoy en día esta es, fundamentalmente, la forma en la que la política se presenta — una batalla entre aquellos que “creen” y aquellos que “niegan” la ciencia. Esto tiene raíces históricas ya que el movimiento ecologista siempre situó el conocimiento científico — credenciales — en el centro de la política medioambiental. En 1972 el Ecologist publicó una historia en portada titulada “Un Proyecto para la Supervivencia,” en la que se reivindicaba una política específica de autoridad basada en credenciales: “Este documento ha sido preparado por un grupo pequeño de personas, con distintas capacidades, que están implicadas profesionalmente en el estudio de los problemas globales del medioambiente.”78. El más famoso Límites al Crecimiento de 1972 también promulgó la misma visión de la política — que un equipo de investigadores puede estudiar y, por tanto, conocer la extensión real de una crisis ecológica-. El prefacio manifiesta que: “El predicamento de la humanidad es que el hombre puede percibir la problemática, pero, a pesar de su considerable conocimiento y capacidades, no entiende el origen, el significado y las interrelaciones de sus muchos componentes y, por tanto, es incapaz de desarrollar respuestas efectivas.”79.

El dogma central de tal sistema de conocimiento ecológico es un análisis basado en la relacionalidad o en la afirmación, como dice Barry Commoner, que “todo está conectado a todo lo demás.”80. Aunque los estudios ecológicos iniciales solo pretendían estudiar las relaciones entre organismos no humanos, el movimiento ecologista se basaba en la afirmación de que los humanos deben estudiarse en sus interrelaciones profundas con el mundo natural. Un texto clásico de ecología de los 70, Ecología y Política de la Escasez de William Ophuls, muestra el núcleo de una crítica ecológica de “nuestro modo de vida”:

…debido a la ignorancia del hombre sobre el funcionamiento de la naturaleza, lo ha hecho de forma particularmente destructiva … debemos aprender a trabajar con la naturaleza, a aceptar el intercambio ecológico natural entre protección y producción … esto requerirá necesariamente cambios importantes en nuestra vida …por el mensaje esencial de la limitación de la ecología: la biosfera sólo puede tolerar agresiones hasta cierto punto y ofrecer con cierto límite, y puede que sea menos de lo que deseamos …81

Si conociéramos las profundas interrelaciones de nuestros impactos en la biosfera, entonces podríamos entender realmente la necesidad de limitación. Al concentrarse en “nuestra vida” está claro dónde opina que deberían colocarse los límites: en los estilos de vida de los consumidores.

Ahora bien, una política basada en la “relacionalidad” podría haber conectado los datos de forma que apuntaran a los culpables de la clase capitalista que controlan la producción para lucrarse. Esta forma de análisis produciría una política basada en el conflicto y en un antagonismo inherente entre el capitalismo y la masa social, acerca de la supervivencia ecológica. Sin embargo, el conocimiento asociado a las ecologías de “interdependencia” no apuntaban en esa dirección. Esta forma de conocimiento relacional ecológico lleva directamente al análisis de la huella ecológica ya revisado más arriba.

Esta vuelta hacia estilos de vida y culpabilidad mutua convergieron con facilidad con los esfuerzos del sector comercial para reformar las tendencias más radicales del movimiento ecologista. Siguiendo los enormes desafíos a la industria planteados por las Leyes de Aire Limpio y Agua — y la extendida creencia pública de que el comercio estaba causando la crisis medioambiental — las corporaciones elaboraron esfuerzos masivos de relaciones públicas verdes para limpiar su imagen82. El historiador Joe Conley explica:

El objetivo de estos programas variaba desde desviar la crítica de impactos ambientales y frenar nuevas leyes medioambientales hasta promover alternativas voluntarias a la regulación y ganar una cuota de mercado entre los consumidores ecológicamente conscientes.83

Más aún, algunas corporaciones promovieron activamente la idea de que el cuidado del medio ambiente debería ser responsabilidad del consumidor — no de la industria-. Por ejemplo, el ejemplo por excelencia de acción del consumidor es el reciclado. El historiador Ted Steinberg cuenta la historia de cómo grupos industriales como fabricantes de cerveza y refrescos — junto a compañías de plásticos y aluminio — se organizaron para derrotar una ley de botellas nacional que forzaba a la industria a pagar los costes de reciclaje84. Prefirieron programas municipales públicos de reciclaje que sitúan la responsabilidad de separar y reciclar sus residuos en hogares individuales. Aún peor, promovieron vigorosamente la idea de que los consumidores individuales eran en sí mismos la causa de la contaminación.. Cita un oficial del American Plastic Council que: “Si compro un producto, yo soy el que contamina. Yo debería ser responsable de la eliminación del paquete.”85. Esta es la lógica de la “huella ecológica” pero traspasada a las botellas de plástico.

Poulantzas argumentó que la clase profesional — o la nueva pequeña burguesía — puede ir y volver entre las posiciones de clase burguesa y clase trabajadora. “Estos agrupamientos de pequeña burguesía pueden frecuentemente ‘oscilar’ según las circunstancias, a veces en cortos períodos de tiempo, de clase proletaria a clase de burguesa y viceversa.”86. Esta sección razona que una buena parte de la clase profesional ha adaptado estrategias políticas que se alinean con la insistencia desde hace décadas del capital en la austeridad. Pero Poulantzas insiste en que “esta ‘oscilación’ no debe asumirse como natural o una característica esencial de la pequeña burguesía, sino que se refiere a su situación en la lucha de clases.”87. En una época de militancia renovada de la clase trabajadora y resurgimiento de la política socialista, ¿cómo sería la política medioambiental desde la perspectiva de la clase trabajadora?

Parte 3. Políticas ecologistas para la clase obrera

Para que el movimiento ecologista se expanda más allá de los trabajadores especializados y se nutra de una base popular sustanciosa, no puede asentar sus cimientos en la austeridad y en las soluciones individualistas. Tampoco puede poner tanto énfasis en el conocimiento de la ciencia (en su creencia o en su negación). Tiene que movilizarse en torno a políticas beneficiosas para el medio ambiente que se centren en los intereses materiales de la vasta mayoría de la clase trabajadora que se encuentra acorralada por unos salarios congelados, deudas e inseguridad laboral. Un programa ecologista enfocado en la clase trabajadora debería poner la atención en políticas contra la austeridad. Una premisa podría ser: los humanos somos seres ecológicos que tienen necesidades básicas para reproducir sus vidas (comida, energía, vivienda, cuidado de la salud, amor, ocio). La dependencia de los trabajadores con respecto al dinero y los bienes para satisfacer estas necesidades crea altos niveles de estrés, e impide a grandes franjas de población satisfacerlas. En lugar de ver estas necesidades como creadoras de “huellas” que deben ser reducidas, debemos reconocer que la mayoría de las personas en las sociedades capitalistas necesitan mejorar su acceso a esos recursos que garantizan la supervivencia. Para politizar esta cuestión, necesitamos explicar cómo las necesidades humanas pueden ser abordadas a través de principios ecologistas.

De manera oportuna, Alexandria Ocasio-Cortez, el movimiento Sunrise y los nuevos “think tank” de izquierdas como “New Consensus” concuerdan en torno a la demanda de un “Green New Deal” que en en gran medida intenta construir este tipo de políticas medioambientales para la clase obrera. La resolución vinculante propuesta por Ocasio-Cortez y el senador Ed Markey, gira en torno a la desigualdad y mejoras para la clase trabajadora. La resolución enfatiza todos los requerimientos técnicos para un programa de descarbonización masivo, pero también ofrece a “toda la gente de los EEUU (…) un trabajo con un salario digno para mantener a una familia, tener derecho a tomarse bajas por enfermedad o motivos familiares, vacaciones pagadas y una pensión para la vejez”. Muchos pensadores del centro liberal han criticado el “Green New Deal” porque también se centra en reivindicaciones amplias como el “medicare for all” o un seguro federal por desempleo, cuando el foco debería ponerse en el clima y en la descarbonización. Esto no podría ser más desacertado. La clave está en construir un movimiento donde las masas vayan conectando los puntos para encontrar las soluciones para las crisis tanto ecológica, como de falta de atención médica o habitacional, que requieren de la construcción de un gran poder popular para evitar que las grandes industrias se enriquezcan a costa de estas crisis. 

Hay una visión política admirable tras el “Green New Deal”. Pero todavía nos falta el tipo de movimiento político que pueda construirlo. Las demandas del “Green New Deal” requieren de enormes concesiones por parte del capital. Para ganar esas concesiones, necesitamos entender a la clase trabajadora como la base masiva del poder social, e intentar construir ese poder de dos maneras. Primero, la mayor fuente de poder de la clase trabajadora reside en el hecho de que constituye la mayoría de la población (Moody’s estima que es el 75%, si incluimos a quienes trabajan en los cuidados fuera del mercado laboral). La izquierda está aprendiendo que una manera fundamental de construir ese gran apoyo social y popular es ofrecer programas basados en la desmercantilización de las necesidades básicas88. Muchos pensadores radicales ecologistas ponen especial atención en la resistencia contra la mercantilización de la naturaleza89, o contra la integración de nuevos ecosistemas “fronterizos” en los circuitos del capital. Una política ecologista para la clase trabajadora debería enfocarse al revés: en lugar de resistirse a la entrada de la naturaleza en el mercado, podemos luchar para extraer las necesidades básicas de las personas del mercado. En vez de enfocarse en aquellos que tienen un “valor de uso” o relación de dependencia directa con la naturaleza, estas políticas toman la dependencia de la clase obrera hacia los bienes, como una fuente primaria de inseguridad y de explotación. El reciente surgimiento de movimientos electorales socialistas en el Reino Unido, los EEUU y otros países demuestra que ese tipo de apelaciones a las necesidades básicas pueden ser muy populares en sociedades atravesadas por la desigualdad y la precariedad. 

Un programa de desmercantilización como el propuesto por el Green New Deal no sólo interpela a los intereses de la clase trabajadora; también tiene efectos ecológicos tremendos. Los programas de vivienda pública pueden integrar prácticas de construcción ecológica que provean de servicios de calefacción o energéticos más baratos a los residentes90. Un transporte público gratuito puede cambiar enormemente la sobredependencia sobre los coches y otros modos privados de transporte. No hay razones éticas para decir que “la salud es un derecho humano”, pero la comida o la energía en cambio no lo son. Así, nos enfrentamos a las industrias que son los principales responsables de nuestra crisis ecológica. Sin embargo, este programa de desmercantilización no excluye a los movimientos para la preservación o la conservación de la naturaleza o de los “espacios abiertos”. Es una política de construcción y ensanchamiento de espacios donde la lógica del capitalismo no sería bienvenida. La combinación del “seguro federal por desempleo”, propuesto por el Green New Deal junto a la desmercantilización de las necesidades sociales, también podría incluir la reivindicación histórica de la izquierda sindical de una semana de trabajo más corta, ya que el número total de horas de trabajo podría repartirse entre menos trabajadores y los bienes y servicios básicos para la vida sencillamente costarían menos91. Kate Aronoff, “Could a Green New Deal Make Us Happier People?” Intercept, April 7, 2019.

Un Green New Deal basado en la desmercantilización también trata sobre el cambio sobre el poder y el control sobre los recursos de la sociedad. El carácter ecologista de este programa está fuertemente marcado por su objetivo de traspasar el control de esos recursos de manos privadas al sector público, para que los objetivos medioambientales predominen sobre los dividendos. Con respecto al cambio climático, hay un sector en particular que puede ser un escenario de lucha fundamental: el de la electricidad92. Este programa necesitará de una lucha masiva contra la industria privada de los servicios públicos93 puestos bajo control de los inversores. De acuerdo con un estudio, el sector eléctrico tan sólo está compuesto por 199 empresas (que representan el 9% del número total de empresas del sector de los servicios públicos), y sin embargo dan servicio al 75% de los consumidores de energía eléctrica94. Un plan de descarbonización rápido debería incluir esas 199 empresas en el sector público y tener presente que esos empresarios no van a renunciar fácilmente a los beneficios que esas industrias les arrojan. 

Por su naturaleza monopolística (solo tiene sentido para una compañía controlar la provisión en una sola red), el sector eléctrico ya es objeto de bastantes formas de regulación y escrutinio públicos. Es decir, que es un sector más proclive a recibir directrices políticas que otros. Sin embargo, dado que la electricidad es fundamental para la reproducción social -y dado que ya hay suficiente resquemor acumulado entre la clase trabajadora con respecto a estos servicios privados debido a sus elevadas tarifas y sus cortes de suministro95-, parece justo construir campañas obreras masivas basadas tanto en la necesidad de descarbonizar el sector eléctrico a la mayor brevedad posible, como de ofrecer energía barata e incluso gratuita para los hogares. Frente a las políticas relacionadas con el cambio climático que a veces son demasiado abstractas -véanse los debates sobre los objetivos de temperaturas globales, o de las partículas por millón en la atmósfera-, las masas trabajadoras podrían comprender muy fácilmente lo que es la electricidad gratuita. 

Cualquier programa de desmercantilización o de nacionalización debe también preguntarse “cómo pagar” por esos bienes. Como el New Deal de Roosevelt, la respuesta debe centrarse en las grandes corporaciones y los ricos. Y esto necesita de políticas antagonistas que expliquen realmente quiénes son los responsables de esta crisis ecológica, que no culpabilicen al consumo de la clase trabajadora y que canalicen el desenfado popular hacia los ricos por sus responsabilidades en esta crisis ecológica. Contrariamente a la ortodoxia neoliberal, subir los impuestos a los ricos es una medida muy bien acogida entre la clase trabajadora. Las recientes investigaciones del politólogo Spencer Piston señalan altos niveles de apoyo hacia medidas basadas en lo que llama “resentimiento hacia los ricos”96. En respuesta al llamamiento de Ocasio-Cortez a subir los impuestos a los ricos para poder financiar el Green New Deal, una encuesta realizada recientemente halló que el 76% de los estadounidenses, e incluso una mayoría de republicanos, están a favor de subir los impuestos a los más ricos97.

La segunda mayor fuente de poder de la clase trabajadora no reside solamente en su numerosidad, sino también en su posición estratégica en la cadena de trabajo como pilar fundamental de los beneficios privados y de la reproducción social. La clase trabajadora tiene la capacidad de retirar su trabajo para forzar concesiones del capital a través de huelgas y otras formas de acción política. Estas acciones políticas de masas pueden crear un ambiente de crisis, en el que el capital comprende que su opción menos dolorosa es aceptar las demandas de los trabajadores por un entorno medioambiental digno y el fin de la pobreza a través del Green New Deal98. Las políticas ecologistas han hecho uso durante bastante tiempo de este tipo de acciones de masas, pero normalmente las despliegan de manera aislada al propio sistema productivo, haciendo que parezcan ajenas a los trabajadores. La novela “La Banda de la Tenaza”99, de Edward Abbey, retrata de manera ficticia a un grupo de activistas que usan sus cuerpos para bloquear minas u otras infraestructuras, o que usan herramientas para desmantelar las máquinas destinadas a destruir la naturaleza100. En la vida real, “Earth, first!” desarrolló la táctica del encadenamiento a árboles para evitar la deforestación de los grandes bosques. Hoy en día, lo que Naomi Klein llama “Blockadia” describe a muchos activistas dedicados al bloqueo de la expansión de los oleoductos y otras infraestructuras de la industria de los combustibles fósiles, como las centrales térmicas de carbón101. Una “banda de la tenaza” de nuestros días es el colectivo “Valve Turners”, quienes usan cizallas y otras herramientas para acceder a las válvulas de los oleoductos y cortar el flujo de petróleo o gas. Estos activistas reconocen el poder de las grandes movilizaciones de masas para ganar en las disputas políticas; pero las organizaciones dedicadas a la acción directa medioambiental todavía cuentan con una capacidad de movilización social limitada. Triunfan bloqueando un oleoducto aquí, un transporte de petróleo allá… pero no son capaces de hacer mella en el enorme complejo industrial energético, que está en el centro del capitalismo. El movimiento más llamativo y en muchos modos, exitoso, ha sido el #Nodapl contra el oleoducto Dakota Access, en Standing Rock. Construido durante el ascenso de Trump, el oleoducto ahora transporta, y a veces derrama, el crudo extraído mediante fracking de Bakken. 

¿Las políticas ecologistas pueden apelar a la clase trabajadora para acabar con el capitalismo desde dentro? ¿Podemos construir lo que Sean Sweeney llama un “sindicalismo ecologista”, en el que los trabajadores desarrollan su lucha contra los patrones como una lucha medioambiental?102 Un punto de partida podría ser la conexión entre cómo los empresarios explotan a los trabajadores y al medio ambiente; esta conexión era mucho más sólida para el movimiento medioambientalista de los años sesenta. Tony Mazzocchi, sindicalista del OCAW103 ayudó a forzar la creación de la Administración Ocupacional Sanitaria y de Seguridad Laboral, que fue fundada con el mismo propósito que la Agencia de Protección Medioambiental: la de proteger la vida de la gente frente a los intereses capitalistas. Connor Kilpatrick explica, “tal y como lo vio Mazzocchi, los mismos productos químicos que ponían en peligro a los trabajadores del sindicato, solían acabar repercutiendo en las comunidades más próximas, a través del aire, del suelo o de las aguas”104.  A pesar de haber sido debilitados, los sindicatos todavía pelean en esos mismos términos: en 2015, las huelgas convocadas por el sindicato United Steelworkers en el sector de la refinería se centraron en gran medida en la salud y en la seguridad en los puestos de trabajo105

Mucho se habla acerca del anti-medioambientalismo que hay en las organizaciones sindicales de los sectores implicados en el complejo industrial de los combustibles fósiles106. Varios sindicatos apoyaron los proyectos para los oleoductos Keyston y Dakota Access, basándose en la creación de empleos con buenos sueldos. En las luchas medioambientales, en ocasiones los trabajadores y el capital se alinean contra los activistas. Y sin embargo, los trabajadores del carbón y de la construcción forman una pequeña parte del conjunto de la fuerza de trabajo. Se puede echar un ojo más allá de los sectores más destructivos y sucios, para encontrar una forma de militancia que puede ser compaginada con políticas ecológicas más ambiciosas. También hay motivos para no centrar la acción solamente contra la extracción rural de recursos -donde el movimiento obrero es muy débil-. Hay una tendencia, reproducida por la política ecologista de los universitarios, que cree que el medioambientalismo “real”, es una lucha en los espacios rurales donde se logra extraer la materia prima, o donde los paisajes naturales “reales” están en peligro. 

Una política ecológica basada en la clase obrera podría también ser construida efectivamente, desde aquellas industrias con muy poco impacto medioambiental, en primer lugar. Jane McAlevey ha argumentado de manera convincente que el sistema sanitario y educativo deberían ser un foco estratégico de un nuevo movimiento obrero y sindical107. Estos sectores son la base de la reproducción social en muchas comunidades; porque a diferencia de las plantas metalúrgicas, no pueden ser deslocalizadas.  Alyssa Battistoni también argumenta que estos sectores de la “reproducción social” o “de los cuidados” deben ser inherentemente bajas en emisiones de carbono e impacto medioambiental108. Expandir estos sectores debería ser central para la política ecologista centrada en el “cuidado” en el amplio sentido del término -para incluir los ecosistemas y otros sistema de apoyo vital-. Muchas de estas luchas también se dan en el sector público, algo que será crucial para ese programa de desmercantilización que hemos visto anteriormente.

En el año pasado, las ideas de de McAlevey’s se han hecho realidad con la mayor ola de huelgas desde 1986, casi todo limitado al sector educativo109. En línea con el programa aquí señalado, estas huelgas son fundamentalmente desarrolladas contra la austeridad y para mejorar la vida de los trabajadores, por ejemplo, paralizando una institución central para la reproducción social -las escuelas- para conseguir una serie de demandas materiales, incluyendo la fiscalización de la industria para proveer ingresos en la inversión de nuevas escuelas110. Pero esas huelgas eran fundamentalmente por una mejora de la vida más allá del trabajo. La huelga de docentes ha sido descrita como una “negociación por el bien común” en la que las demandas articulan una visión más amplia acerca de la mejora de lo público a través del poder de la clase obrera111. La huelga reciente del United Teachers of Los Angeles”112 no solo ha exigido mejoras en la financiación de las escuelas, sino que también ha aumentado los espacios verdes en los centros escolares113. Esta política anti-austeridad construida en torno al bien común, está basada en los trabajos indicados para crear una infraestructura verde y pública. Los sindicatos de los trabajadores del transporte público y de los servicios públicos podrían organizarse en estos términos. 

Construir poder ecologista a través de la clase trabajadora -como la mayoría social que con su trabajo mueve el conjunto de la sociedad-, puede suponer un fuerte desafío para el gobierno del capital sobre la vida y la supervivencia del planeta. Ganar esta lucha comienza por enfatizar que la necesidad de “menos” y de “sacrificio” debería limitarse a los ricos y a sus empresas; el resto de nosotros aún tenemos mucho por ganar. 

Conclusión

Durante las crisis y transformaciones de finales de los 60 y 70, se produjeron dos grandes cambios. El primero, usando la crisis como un pretexto las fuerzas neoliberales consolidaron el argumentario de que las expectativas sociales de la posguerra habían superado a la realidad y que se necesitaba de la austeridad para controlar el gasto del gobierno y el poder de los sindicatos. Segundo, mucha de la “New Left”114 fue inundada de graduados en trabajos profesionalizados, recién salidos de las universidades -que en sí mismos eran un producto de la expansión sin precedentes de la educación superior en la época de la posguerra-. Esta izquierda también se volvió muy crítica con la “abundancia de bienes” y con una sociedad basada en el consumismo. Estos dos factores convergieron en un movimiento ecologista conformado casi por completo por esta clase profesionalizada que usa modelos científicos para argumentar que esa “abundancia de bienes” y el consumo requieren de políticas de limitación y de austeridad. El principal método de esta línea de trabajo es la herramienta teórica de la huella ecológica, que básicamente argumenta que al fin y al cabo, son los consumidores los responsables de la toma de decisiones y de la degradación ecológica. En este periodo, se ha dado por sentado que una política ecologista es algo distinto a una política de clase; por decirlo de forma clara, la política ecologista necesitaba una política de “menos”, mientras que la clase obrera necesitaba políticas de “más”. Sin embargo, algunos académicos de esa clase profesionalizada vieron una política ecológica más radical basada en los intereses materiales, asumiendo que una política así solo podría ser forjada en la base de aquellas comunidades marginalizadas con una una relación directa con la naturaleza, o la contaminación.Durante este mismo periodo, el capital  ha consolidado su poder y la crisis ecológica sólo ha empeorado. Con la campaña de Bernie Sanders y otras victorias electorales y un aumento de las huelgas y de la militancia obrera, la izquierda está resurgiendo por primera vez en décadas. Se ha desplazado, finalmente, del lenguaje de la “resistencia” hacia el lenguaje de la construcción del poder. Construir una política medioambientalista no es algo que necesite de diseños espectaculares hechos por oenegés o “think tanks”. Podemos aprender de lo que existe a nuestro alrededor. Ya sea organizándonos en torno a los sindicatos, controlando los alquileres, la sanidad, o a través de la mejora del medioambiente, en cualquiera de estos casos el capital está luchando para detenerlo. Como dijo Marx, “el capital… no tiene en cuenta la salud y la vida del trabajador, al menos que la sociedad le fuerce a hacerlo”115. Asimismo, el capital tampoco tiene en cuenta a la vida y está llevándola al borde de su extinción. Solo necesitamos desarrollar una fuerza social capaz de detenerlo.

Notas

  1. Paul Griffin, The Carbon Majors Database: CDP Carbon Majors Report 2017 (Londres: Carbon Disclosure Project, 2017), 5.
  2. Elizabeth Gamillo, “Atmospheric carbon last year reached levels not seen in 800,000 years” Science
  3. Elizabeth Gamillo, “Atmospheric carbon last year reached levels not seen in 800,000 years” Science
  4. Maisa Rojas, Fabrice Lambert, Julian Ramirez-Villegas, and Andrew J. Challinor, “Emergence of robust precipitation changes across crop production areas in the 21st century,” Proceedings of The National Academy Of Sciences (early view, 2019).
  5. Climate Guide Blog: “Non-survivable humid heatwaves for over 500 million people,” March 9, 2019.
  6. Intergovernmental Panel on Climate Change, “Summary for Policymakers of IPCC Special Report on Global Warming of 1.5ºC approved by governments,” October 8, 2018.
  7. Democracy Now, “Climate Scientist: As U.N. Warns of Global Catastrophe, We Need a “Marshall Plan” for Climate Change,” October 9, 2018.
  8. Griffin, 2017.
  9. Naomi Klein, This Changes Everything: Capitalism vs. the Climate (New York: Simon and Schuster, 2014).
  10. Adaner Usmani, “Democracy and Class Struggle,” American Journal of Sociology 124, no. 3 (2018): 664–704.
  11. Vivek Chibber, “Why the Working Class?” Jacobin,March 3, 2016.
  12. Barbara Ehrenreich and John Ehrenreich, “The Professional-Managerial Class” in Pat Walker (ed.) Between Labor and Capital (Boston: South End Press, 1979), 5–45.
  13.  Leigh Phillips, Austerity Ecology and the Collapse Porn Addicts (London: Zero Books, 2015). 
  14. Para argumentos recientes, pero algo diferentes en este sentido, vea: Stefania Barca and Emanuele Leonardi, “Working-class ecology and union politics: a conceptual topology” Globalizations 15, no. 4 (2018): 487–503; Daniel Aldana Cohen, “Working-Class Environmentalism,” Public Books, November 16, 2017.
  15. Movimiento por la Sanidad Pública Universal en Estados Unidos.
  16. See Nato Green, “Why Unions Must Bargain Over Climate Change,” In These Times March 12, 2019.
  17. Andrew Szaz, Shopping Our Way to Safety: How We Changed from Protecting the Environment to Protecting Ourselves (Minneapolis, MN: University of Minnesota Press, 2009).
  18. No tengo espacio para desarrollar esto aquí pero el concepto de vida aquí es crucial. Bajo el capitalismo, la vida se opone al trabajo o a la producción. Poniendo la vida en cuarentena como una zona de libertad, elección y políticas, el trabajo se queda como un espacio no libre en el que la intervención política no se tolera. Desarrollo esto en Lifeblood: Oil, Freedom and the Forces of Capital (Minneapolis, MN: University of Minnesota Press, 2013).
  19. Ni el estilo de vida ni el ecologismo de medios de vida son términos que yo haya inventado. Esta publicación de blog también argumenta que están profundamente conectados (aunque desde una perspectiva muy diferente a la mía): Mat McDermott, “Is there a difference between lifestyle & livelihood environmentalism?” Treehugger, June 6, 2011.
  20. Joan Martinez Alier, The Environmentalism of the Poor: A Study of Ecological Conflicts and Valuation (Cheltenham, UK: Edward Elgar, 2002).
  21.  Nicky Chambers, Craig Simmons, and Mathis Wackernagel, Sharing Nature’s Interest: Ecological Footprints as an Indicator of Sustainability (London: Routledge, 1996), xix.
  22. Ibid, 60.
  23. Timothy Gore, “Extreme Carbon Inequality: Why the Paris climate deal must put the poorest, lowest emitting and most vulnerable people first,” Oxfam International, December 2, 2015.
  24. Ibid, 1.
  25. Ibid, 3
  26. Chambers et al., Sharing Nature’s Interest, 66.
  27. Phillips, Austerity Ecology, 37.
  28. E.F. Schumacher, Small Is Beautiful: Economics as if People Mattered (New York: Harper and Row, 1973).
  29. Erik Olin Wright, “How to Be an Anticapitalist Today,” Jacobin,December 2, 2015.
  30. [NdT] Whole Earth Catalog fue un fanzine contracultural editado entre 1968 y 1972 y a partir de ahí de forma esporádica hasta 1998, en California, Estados Unidos, que ofrecía herramientas, sugerencias, estrategias para optimizar la vida cotidiana.
  31. Aquí presento una crítica muy favorable de estos enfoques. Todo mi desarrollo intelectual todavía está arraigado en ellos.
  32. Piers Blaikie and Harold Brookfield, Land Degradation and Society (Oxford: Blackwell, 1987), 17.
  33. Richard Peet and Michael Watts, Liberation Ecologies: Environment, Development, Social Movements (London Routledge, 1996 1st Ed; 2004 2nd Ed).
  34. [NdT] Movimiento ecologista Indio conocido por su táctica de “abrazar árboles” para impedir su tala.
  35. Ver, en particular, Anthony Bebbington, “Capitals and Capabilities: A Framework for Analyzing Peasant Viability, Rural Livelihoods and Poverty,” World Development 27, no. 12 (1999): 2021–2044.
  36. David Harvey, The New Imperialism (Oxford: Oxford University Press, 2003).
  37. Ver Robert Bullard, Dumping in Dixie: Race, Class, And Environmental Quality (Boulder, Co: Westview, 1990).
  38. Eileen McGurty, Transforming Environmentalism: Warren County, pcbs, and the Origins of Environmental Justice (New Bruinswick, NJ: Rutgers University Press, 2009).
  39. United Church of Christ, Commission for Racial Justice, Toxic Wastes and Race in the United States (New York: United Church of Christ, 1987).
  40. Delegates to the First National People of Color Environmental Leadership Summit, “Principles of Environmental Justice.” Available online: https://www.ejnet.org/ej/principles.html.
  41. Richard Heede, “Tracing anthropogenic carbon dioxide and methane emissions to fossil fuel and cement producers, 1854–2010,” Climatic Change 122, no. 1–2 (2014): 229–241.
  42. Chelsea Harvey, “Cement Producers Are Developing a Plan to Reduce CO2 Emissions,” E&E News, July 9, 2018.
  43. Energy Information Agency, International Energy Outlook 2017. Table: Delivered energy consumption by end-use sector and fuel. Case: Reference | Region: Total World. Available online: https://www.eia.gov/outlooks/aeo/data/browser/#/?id=15-IEO2017&region=4-0&cases=Reference&start=2010&end=2050&f=A&linechart=Reference-d021916a.2-15-IEO2016.4-0&map=&sourcekey=0.
  44. Intergovernmental Panel on Climate Change, Climate Change 2014 Mitigation of Climate Change Working Group III Contribution to the Fifth Assessment Report (New York: Cambridge University Press, 2014), 44.
  45. Benjamin Goldman, “What is the future of environmental justice?” Antipode 28, no. 2 (1995): 122–141; 130. Given this was published after the Newt Gingrich Republican wave in 1994, I can only assume the metaphor was a conscious choice.
  46. Ibid, 127.
  47. Laura Pulido, Ellen Kohl, y Nicole-Marie Cotton, “State Regulation and Environmental Justice: The Need for Strategy Reassessment,” Capitalism, Nature, Socialism 27, no. 2 (2016): 12–31; 12.
  48. Goldman, “What Is the Future of Environmental Justice?” 129.
  49. Ibid 126.
  50. Pulido et al., 27.
  51. Pulido et al.: Op. Cit., p.27
  52. Alan Greenspan, “The Impact of the 1973–1974 Oil Price Increase on the United States Economy to 1980,” US Council of Economic Advisors, Alan Greenspan, Box 48, Folder 1, Gerald Ford Presidential Library, Ann Arbor, Mich.
  53. Herbert Marcuse, One Dimensional Man (Boston: Beacon Press, 1964), 255.
  54. Guy Debord, Society of the Spectacle (London: Rebel Press, 1967), 32, 21.
  55. William Leiss, Limits to Satisfaction: An Essay on the Problem of Needs and Commodities (Toronto: University of Toronto Press, 1976), x.
  56. Christopher Lascsh, The Culture of Narcissism: American Life in An Age of Diminishing Expectations (New York: W. W. Norton & Company, 1979), 32, 73; Jimmy Carter, “The Crisis of Confidence Speech,” 1979.
  57. Daniel Horowitz, Anxieties of Affluence: Critiques of American Consumer Culture, 1939–1979 (Amherst, MA: University of Massachusetts Press, 2004).
  58. Matthew T. Huber, Lifeblood: Oil, Freedom and the Forces of Capital (Minneapolis, MN: University of Minnesota Press, 2013), 112.
  59. Donella H. Meadows et al., The Limits to Growth (New York: Universe Books, 1974).
  60. Paul Ehrlich and Anne Ehrlich, The End of Affluence: A Blueprint for your Future (New York: Ballantine Books, 1974).
  61. William Catton, Overshoot: The Ecological Basis of Revolutionary Change (Urbana, IL: University of Illinois Press, 1980).
  62. Leigh Phillips, Austerity Ecology and the Collapse Porn Addicts (London: Zero Books, 2015).
  63. André Gorz, Ecology as Politics (Montreal: Black Rose Books, 1975), 68–69.
  64. Richard White, “Are you an environmentalist or do you work for a living? Work and nature” in William Cronon (ed.), Uncommon Ground: Toward Reinventing Nature (New York: W. W. Norton & Company, 1996), 171–186.
  65. Rudolph Bahro, From Red to Green: Interviews with the New Left Review (London: Verso, 1984), 184.
  66. Troy Vettese, “To Freeze the Thames: Natural Geo-Engineering and Biodiversity,” New Left Review 111 (May–June 2018): 63–86.
  67. Giacomo D’Alisa, Federico Demaria, and Giorgos Kallis, Degrowth: A Vocabulary for a New Era (London: Routledge, 2015), 3–4.
  68. Para una crítica al decrecimiento y al artículo de Vettese, vea: Robert Pollin, “De-Growth vs a Green New Deal,” New Left Review 112 (July–August 2018): 5–25.
  69. Creo que hay relevantes cleavages político-ideológicos entre las ocupaciones  “gerenciales” y “profesionales”; particularmente con respecto a las políticas ecológicas en las que mientras que el primero es más reticente, el segundo es más favorable. Ver el ensayo completo de los Ehrenreichs y el libro repleto de comentarios y críticas de Pat Walker (ed.) Between Capital and Labor (Boston: South End Press, 1979).
  70. Ehrenreich and Ehrenreich, 1979.
  71. Ibid, 6.
  72. Ibid, 7.
  73. Ver, André Gorz, Strategy for Labor (Boston: Beacon Press, 1967) and Serge Mallet, Essays on the New Working Class (St. Louis, MO: Telos Press, 1975).
  74. Nicos Poulantzas, Classes in Contemporary Capitalism (London: Verso, 1974).
  75. Erik Olin Wright, Understanding Class (London: Verso, 2015).
  76. Kim Moody, On New Terrain: How Capital is Reshaping the Battleground of Class War (Chicago: Haymarket, 2017), 40.
  77. Poulantzas, ibid.
  78. Ibid, 1
  79. Meadows et al. Limits, 11.
  80. Barry Commoner, The Closing Circle: Nature, Man, and Technology (New York: Knopf Doubleday, 1970).
  81. Ophuls, Ecology and the Politics of Scarcity (W.H. Freeman, 1977).
  82. Joe Conley, Environmentalism Contained: A History of Corporate Responses to the New Environmentalism Doctoral Dissertation Manuscript, Princeton University, Program on the History of Science, November 2006.
  83. Ibid, 62.
  84. Ted Steinberg, “Can Capitalism Save the Planet? On the Origins of Green Liberalism,” Radical History Review 107 (Spring 2010): 7–24.
  85. Ibid, 15.
  86. Poulantzas, Classes in Contemporary Society, 298.
  87. Ibid.
  88. Para más informacion sobre la desmercantilizacion en la política ecosocialista, vease: Thea Riofrancos, Robert Shaw, y Will Speck, “Eco-Socialism or Bust,” Jacobin, 20 de abril, 2018; Greg Albo y Lilian Yap, “From the Tar Sands to ‘Green Jobs’? Work and Ecological Justice,” Bullet julio de 2016.
  89. Para un repaso muy útil: Scott Prudham, “Commodification” in Noel Castree, David Demeritt, Diana Liverman, and Bruce Rhoads (eds.), A Companion to Environmental Geography (London: Wiley, 2009), 123–142.
  90. Daniel Aldana Cohen, “A Green New Deal for Housing,” Jacobin, February 8, 2019.
  91. Johanna Bozuwa, “Public Ownership for Energy Democracy,” The Next System Project, September 3, 2018.
  92. [NdeT.] Hace referencia a un sector industrial caracterizado por la producción de suministros básicos, como tratamiento de aguas, producción y suministro eléctrico…
  93. Jim Lazar, Electricity Regulation in the US: A Guide. (Montpelier, VT: The Regulatory Assistance Project)
  94. The Providence DSA chapter has embarked on a campaign on this terrain called “#NationalizeGrid.” See, Riofrancos, Shaw, and Speck, “Eco-Socialism or Bust.”
  95. Spencer Piston, Class Attitudes in America: Sympathy for the Poor, Resentment of the Rich, and Political Implications (New York: Cambridge University Press, 2018).
  96. Patricia Cohen and Maggie Astor, “For Democrats Aiming Taxes at the Superrich, ‘the Moment Belongs to the Bold,’” New York Times, February 8, 2019.
  97. Keith Bower Brown, Jeremy Gong, Matt Huber, and Jamie Munro, “A Class Struggle Strategy for A Green New Deal,” Socialism Forum (Winter 2019).
  98. [NdT] El titulo original es “The Monkey Wrench Gang”
  99. Edward Abbey, The Monkey Wrench Gang (Salt Lake City, UT: Dream Garden Press, 1985).
  100. Naomi Klein, This Changes Everything, 293–336
  101. Sean Sweeney, “Earth to Labor: Economic Growth is No Salvation,” New Labor Forum 21, no. 1 (2012): 10–13.
  102. [NdT] Sindicato estadounidense que existio entre los años 1917 y 1999, que agrupaba a los trabajadores de los sectores petrolifero, quimico y atómico.
  103. Connor Kilpatrick, “Victory Over the Sun,” Jacobin, August 31, 2017.
  104. Trish Kahle, “The Seeds of an Alternative,” Jacobin,February 19, 2015.
  105. Erik Loomis, “Why labor and environmental movements split—and how they can come back together” Environmental Health News, September 18, 2018.
  106. Jane McAlevey, No Shortcuts: Organizing for Power in the New Gilded Age (New York: Oxford University Press, 2016).
  107. Alyssa Battistoni, “Living, Not Just Surviving,” Jacobin, August 15, 2017.
  108.  Bureau of Labor Statistics, “Work Stoppages Summary,” February 8, 2019.
  109. Kate Aronoff, “Striking Teachers in Coal and Gas Country are Forcing States to Rethink Energy Company Giveaways,” Intercept, April 12, 2018.
  110. Steven Greenhouse, “The strike isn’t just for wages anymore. It’s for ‘the common good.’” Washington Post, January 24, 2019 and Nato Green, “Why Unions Must Bargain Over Climate Change,” In These Times, March 12, 2019.
  111. [NdT] Sindicato: Profesores Unidos de Los Angeles.
  112. United Teachers of Los Angeles, “Summary of Tentative Agreement/UTLA and LAUSD January 22, 2019,”
  113. [NdT]Nueva Izquierda
  114. Karl Marx, Capital Vol. 1 (London: Penguin, 1990), 381.

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