¿Disputar el feminismo, o disputar al feminismo?

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D. Fernández
Ingeniero y marxista, convencido de que un mundo mejor es posible y está a nuestro alcance.

Como cada año desde que en 1910 así lo acordará la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, este 8 de Marzo la actualidad política, social y económica del mundo se vuelve a centrar en la situación de las mujeres, en sus reivindicaciones y sus demandas. Sin embargo, a cada año que pasa el significado de esta fecha sigue difuminándose, y cada vez parece alejarse más de lo que tenían en mente las mujeres que, reunidas en Copenhague, proclamaron el 8 de Marzo como el Día Internacional de la Mujer Trabajadora.

Desde entonces, y a pesar de los esfuerzos de muchos y muchas, ese apellido de clase que originalmente tenía el 8 de Marzo se ha ido perdiendo. Cuando la ONU invitó a sus países miembros a convertir la fecha en una efeméride mundial en 1977, muchos de ellos omitieron este significante fundamental. Por aquel entonces, y siguiendo la estela del Mayo del 68, se empezaba a librar ya una disputa ideológica de calado cuyo objetivo, en el marco de la Guerra Fría, era detener el avance del campo socialista. Con el fin de las primeras experiencias históricas del socialismo en Europa del Este, esa disputa pareció decantarse del lado del capital: éste se apresuró en proclamar su victoria, y aprovechó el caos resultante para avanzar posiciones.

El feminismo – entendido como la teoría y el movimiento de liberación de las mujeres – fue uno de los campos en los que el colapso momentáneo del socialismo conllevó un terremoto en la correlación de fuerzas, y un vuelco en los campos internos. La relación – más o menos estrecha, pero innegable – entre la causa de las mujeres y la causa general de la liberación de la Humanidad, representada por el socialismo, se debilitó. Sin ese proyecto de liberación universal, todas las causas de liberación se dispersaron, restringiéndose a parcelas cada vez más particulares de la sociedad, relacionadas entre ellas únicamente a través de la simpatía, de una solidaridad difícil de articular en la práctica, tanto más cuanto más particularistas se volvían cada una de ellas.

La causa de las mujeres no fue diferente. El Día Internacional de la Mujer Trabajadora, entendido como el día para visibilizar, estudiar y reivindicar la situación y las demandas de una sección de la clase trabajadora – que era, a su vez, el germen de la nueva sociedad socialista – se convirtió en el Día Internacional de la Mujer, en el que se visibilizaba, estudiaba y reivindicaba la situación y demandas de una sección de la sociedad capitalista.

Pero el feminismo, como todos los movimientos sociales, como todas las causas de la liberación, es un organismo vivo. Desde entonces, ha cambiado, ha evolucionado, se ha desarrollado. No todas las corrientes que lo conforman se limitan con reivindicar un programa para las mujeres en el marco de la sociedad actualmente existente. Es más, en la medida en que denuncian y aspiran a superar el patriarcado, una estructura de dominación social que enraíza directamente en la génesis de la sociedad de clases, no se puede desestimar al feminismo como una fuerza puramente reformista: también, con mayor o menor acierto, y con todas las dificultades que conlleva, el feminismo tiene una componente intrínseca revolucionaria.

Sea como fuere, y a medida que se desarrolla la lucha de líneas en el seno del propio feminismo, éste se ha convertido en el movimiento hegemónico dentro del campo progresista, porque ha sido el movimiento capaz de activar y organizar una mayor fuerza social y política, demostrando más vocación de mayoría que otras causas de la liberación – al menos en los países occidentales. Como tal, se ha convertido, en mayor o menor medida, en sinónimo de la liberación universal.

¿Y qué ocurre con el socialismo, que ha sido históricamente la referencia de las causas de la liberación? Algunos de los que se reivindican como socialistas creen que se ha producido un desplazamiento fruto de una operación calculada por la clase dominante para neutralizar al socialismo. Así, se habría sustituido una causa de liberación universal – una enmienda a la totalidad – por una causa de liberación particular, permitiendo que esta clase dominante asegurara su posición e impediría una transformación revolucionaria.

Esa es una forma unilateral de abordar el problema. El fin de las primeras experiencias socialistas no es provocado por ninguna quinta columna, sino por los errores propios de estas experiencias, precisamente por ser las primeras, y por las circunstancias en que hubieron de construirse. El feminismo no es inherentemente particularista, por mucho que haya elementos del mismo que sí lo sean, y que la clase dominante intervenga para favorecerlos.

Es más, el feminismo no se convierte en sinónimo de liberación universal desplazando al socialismo, sino que ocupa el espacio que éste deja1 al mostrarse incapaz de superar las contradicciones de su primera etapa, de reinventarse para dar solución a los nuevos problemas a los que se enfrenta, de ser verdaderamente una vía para la liberación universal en una sociedad que ha cambiado más rápido de lo que el socialismo ha podido metabolizar esos cambios. Quienes reducen el feminismo a un papel de quinta columna de la clase dominante reproducen esa derrota histórica: no quieren un socialismo nuevo, un socialismo actualizado, adaptado a los retos del siglo XXI. Quieren replicar mecánicamente el socialismo del siglo XX, separando a éste de sus errores y buscando culpables a los que achacárselos. Un socialismo así es tan inviable como contradictorio con la propia filosofía – el materialismo histórico – del socialismo.

El feminismo, no obstante, tiene dificultades a la hora de constituirse en teoría para la liberación universal. Es más, cabría preguntarse cuántos de sus cuadros y referentes ideológicos consideran que es posible siquiera una liberación universal. Ahora bien, el socialismo no puede limitarse a desecharlo. Como causa de la liberación universal que aspira a ser, debe ser capaz de integrar los elementos correctos y superadores de todas las demás causas de la liberación. Eso implica conocerlas, estudiarlas y comprenderlas. Esa es una tarea pendiente para el socialismo actual. El feminismo ha experimentado un desarrollo exponencial desde la segunda mitad del siglo XX, mientras que la respuesta socialista a la cuestión de la mujer ha quedado en muchos aspectos desactualizada. Esto no quiere decir que todo el desarrollo teórico contemporáneo del feminismo sea correcto, y que el socialismo deba interiorizarlo acríticamente.

La segunda tarea del socialismo consiste, precisamente, en someter a crítica el feminismo. Desechar sus elementos erróneos al mismo tiempo que integra y recoge sus elementos correctos y superadores. Esto sólo será capaz de hacerlo cuando cumpla con la primera tarea: cuando haya conocido, estudiado y comprendido al feminismo.

El feminismo

El feminismo es una fuerza liberadora. Partiendo de esa premisa, ningún socialista debería situarse en contra del feminismo. Hacerlo sería situarse en contra de la liberación de las mujeres, lo cual sería una contradicción con la naturaleza universalista del socialismo. Cualquier aproximación socialista al estudio del feminismo debe partir del reconocimiento de este hecho, de una posición de humildad, abierta a escuchar y aprender de un movimiento que refleja la existencia de una desigualdad real, de contradicciones reales, que afectan a una sección de la clase obrera.

El movimiento feminista ha señalado y combatido la existencia de desigualdades tanto económicas, como políticas, como sociales. En el ámbito económico, el movimiento feminista ha denunciado históricamente las desigualdades salariales entre hombres y mujeres, la invisibilización del trabajo reproductivo y la consiguiente ausencia de remuneración económica para el mismo, y la reducción de las mujeres a un papel de objetos sexuales y reproductivos. En el ámbito político, el movimiento feminista ha señalado el fenómeno histórico que reduce a las mujeres a un mero objeto de regulación, privándolas de la capacidad de representarse a sí mismas y defender sus propios intereses, siempre vinculadas a un hombre y desposeídas de la capacidad de tomar decisiones propias. En el ámbito social, el movimiento feminista ha visibilizado y combatido la violencia ejercida contra las mujeres en todas sus dimensiones, desde las físicas (lapidaciones, ablaciones, violaciones, prohibición y persecución del aborto y del divorcio, acoso callejero, acoso laboral) hasta las psicológicas (ser reducidas y forzadas a ser ignoradas y considerarse ignorantes).

Todas esas contribuciones han sido realizadas por el movimiento feminista, y han permitido identificar una serie de desigualdades y violencias que sufría un sector de la clase obrera2, para así poder combatirlas y seguir avanzando hacia la liberación universal. Ahora bien, sería falso y erróneo separar artificialmente el marxismo y el feminismo, como si fueran dos entidades diferenciadas, cada una con sus propios análisis que pueden coincidir en algunos puntos. No existe un desarrollo independiente del feminismo y el marxismo en el estudio y resolución de la cuestión de la mujer. Muchas de las principales contribuciones que se han hecho en este sentido son precisamente resultado de la confluencia de ambos elementos, del empleo de la teoría marxista por parte de considerables sectores del movimiento feminista. Los aportes que estos sectores han hecho son patrimonio tanto del feminismo como del marxismo, y han sido los que han permitido una síntesis entre ambos elementos para hacer avanzar la causa de la liberación de las mujeres como parte de la causa de la liberación universal.

Muchos de los logros del movimiento feminista recaen sobre los hombros de las mujeres socialistas que lo han conformado, que han contribuido a organizarlo, a construir su programa y su discurso. Desde las luchas democráticas, como la del sufragio universal, en la que las posiciones conservadoras de las sufragistas burguesas como Emmelyn Pankhurst fueron ampliamente desbordadas por socialistas como la propia Sylvia Pankhurst o Rosa Luxemburgo, hasta las conquistas logradas por las revolucionarias rusas del Zhenotdel, como Alexandra Kollontai o Inessa Armand, en campos tan diversos como la lucha contra el analfabetismo femenino, la legalización del aborto, el derecho a la igualdad salarial o la libertad sexual.

Reconocer la relación entre el movimiento feminista y el socialismo no implica en modo alguno rebajar al movimiento feminista a un mero apéndice del socialismo, como algunos pretenden. Hacerlo no sólo sería cometer una injusticia, sino también falsear la historia. No ha sido el socialismo el que magnánimamente ha concedido el espacio y las herramientas para avanzar en la liberación de las mujeres: han sido las propias mujeres las que han conquistado esos espacios y esas herramientas también en el seno del socialismo, siendo tan conscientes de que sólo en el socialismo se puede avanzar hacia la liberación de la mujer como de que la liberación de la mujer responderá a la propia capacidad de organización, movilización y lucha de las mujeres. La relación entre uno y otro es dialéctica: las contribuciones del feminismo han transformado y desarrollado el marxismo en la misma medida en que el marxismo ha ayudado a transformar y desarrollar el feminismo, para avanzar hacia estados superiores de desarrollo en los procesos de liberación.

Dicho de otro modo, el movimiento feminista necesita tanto al socialismo como el socialismo necesita al movimiento feminista, en la medida en que la sociedad de clases y el patriarcado son estructuras correlativas. Sin el socialismo, el movimiento feminista se encontrará con una sociedad de clases estrechamente vinculada con el patriarcado, hasta el punto de que una no puede sobrevivir sin el otro. Sin el movimiento feminista, el socialismo se encontrará con un patriarcado que reproducirá relaciones sociales propias de la sociedad de clases, y por tanto será incapaz de superarla. Ésta vivirá siempre en su interior, reproduciéndose, imposibilitando la evolución del socialismo3.

La labor histórica del movimiento feminista es tan relevante y necesaria como lo es, por ejemplo, la de los movimientos antiimperialistas: el capitalismo es un sistema complejo con muchas dimensiones, que impone mecanismos de explotación al servicio de la clase dominante en múltiples ejes. Para avanzar hacia la liberación universal, el socialismo debe ser capaz de integrar y actuar en todas las dimensiones, en todos los ejes4.

El antifeminismo

El feminismo tiene una larga historia de organización y conquistas políticas. Como tal, para cada de sus campañas, para cada una de sus reivindicaciones, se ha producido una reacción en defensa del statu quo. Sería difícil afirmar que existe un movimiento antifeminista organizado, con una ideología propia. Tal vez lo más parecido fuesen, probablemente, las instituciones religiosas. No obstante, el antifeminismo no responde a un plan, a un proyecto concreto, sino que es más bien una defensa particular de las relaciones sociales criticadas por éste, que se reproduce en distintos momentos y realidades históricas.

Son tan furibundamente antifeministas los fundamentalistas islámicos como los reaccionarios europeos, y sin embargo ambos explican el mundo de maneras muy distintas. Lo que les une es la defensa de unas relaciones sociales históricamente conformadas a partir de una realidad material: la división sexual del trabajo y la asignación del trabajo reproductivo a las mujeres.

Hoy, el feminismo ha adquirido una entidad mucho mayor de la que en esencia le corresponde, en la medida en que se ha convertido naturalmente – y ante la ausencia de un contendiente en mejores condiciones – en sinónimo de la liberación universal. Como tal, se ha visto empujado a una batalla para la que no está preparado, una batalla a gran escala en la que pugnan – a brocha gorda – las causas del progreso y de la reacción. La causa de la reacción se ha adaptado a esta realidad, y ha convertido el antifeminismo en uno de sus principales caballos de batalla. Mantiene aún su naturaleza antisocialista, pero sólo en la medida en que el socialismo ha sido históricamente el sinónimo de la liberación universal. Pero cuando critica al socialismo, en realidad está criticando en gran medida al feminismo – lo que la reacción contemporánea ha calificado de marxismo cultural. Y cuando critica al feminismo, en realidad está criticando, a grandes rasgos, a la causa de la liberación5.

Da igual que el feminismo tenga serias dificultades para cumplir, por sí mismo, con el objetivo de la liberación universal – o que, incluso, pueda rechazarlo. Da igual que, evidentemente, el feminismo no sea en absoluto sinónimo de socialismo. La realidad es que el feminismo es, hoy en día, el ‘representante’ de la causa de la liberación en la liza con la reacción. Y lo es porque no hay un contendiente mejor.

El socialismo no está hoy en disposición de sustituir al feminismo en esa lucha, pero existe un antifeminismo ‘de izquierdas’6 que no lo cree así. Para el antifeminismo ‘de izquierdas’, esta liza es una farsa. Tanto el progreso – representado ahora por el feminismo – como la reacción son ‘marionetas’ en manos de la clase dominante, que mantiene la ilusión de la disputa para que parezca que se produce un movimiento hacia la liberación, y que las fuerzas progresistas gasten sus energías apoyando ese movimiento aparente, como un hámster que corriera apasionadamente en su rueda sin llegar a ningún sitio. Ésta es, nuevamente, una posición unilateral – y lo que es peor, peligrosamente determinista: la evolución de la posición política de las masas no se explicaría por una realidad material, por una serie de contradicciones cuya resolución provoca transformaciones, haciendo que unos movimientos retrocedan y otros avancen, sino que seguiría un plan ideal previamente trazado por la burguesía.

Dicho de otro modo, o bien esa clase dominante podría anticipar y predeterminar el movimiento – en cuyo caso todos resultaríamos impotentes en comparación, y la liberación sería imposible –, o bien el retroceso de la causa de la liberación se explicaría simplemente por la traición de sus defensores – en cuyo caso bastaría con que éstos volvieran a las esencias para triunfar automáticamente. Tanto una explicación como otra serían pura metafísica.

El antifeminismo ‘de izquierdas’ se disfraza como una posición superadora del feminismo. Pero en la práctica, no lo supera en absoluto. Como el feminismo no puede cumplir con una función histórica de liberación universal, los antifeministas ‘de izquierdas’ toman la parte por el todo, y asumen que no puede cumplir ninguna función liberadora. En consecuencia, el antifeminismo ‘de izquierdas’ niega el discurso y el análisis feminista, en lugar de superarlo. No hay un proceso de síntesis. El socialismo no se transforma integrando los elementos correctos del desarrollo contemporáneo de los movimientos de liberación: el socialismo ya está en lo correcto. No necesita desarrollarse, ni adaptarse, ni incorporar nada, porque ya ha terminado su proceso de constitución7. Para los antifeministas ‘de izquierdas’, el feminismo no tiene nada que aportar. Es, por el contrario, un enemigo que distrae a las masas de la verdadera vía para la liberación, que ha usurpado el papel histórico del socialismo como paladín de la liberación universal.

Al negar los aportes a la liberación que ha hecho y puede hacer el feminismo, el antifeminismo ‘de izquierdas’ se ubica en una posición de crítica de la crítica que a efectos prácticos le sitúa del lado de la reacción. Por mucho que lo haga empleando términos marxistas y agitando enormes banderas rojas, el antifeminismo ‘de izquierdas’ no es más que una antítesis del feminismo – y, como tal, no se diferencia en nada del conjunto del antifeminismo.

El marxismo

Si aceptamos entonces que el feminismo no puede ser una teoría de la liberación universal, y que el socialismo tampoco puede cumplir con esa función mientras no sea capaz de dar respuesta a todas las causas de la liberación, entonces lo que corresponde es alcanzar una síntesis superadora del estado actual, en el que nuevamente todas las causas de las liberación se vean representadas e identificadas con el proyecto del socialismo. Junto a la crítica de otras teorías de la liberación, el socialismo debe realizar una autocrítica honesta, para ser consciente de qué elementos debe integrar de éstas.

Uno de los elementos que la negación del feminismo suele esgrimir como argumento para rechazarlo es la dialéctica entre desigualdad horizontal y desigualdad vertical8. El feminismo contemporáneo9, como otros movimientos sociales en una época de debilidad ideológica del socialismo, centra su análisis y discurso en la desigualdad horizontal: no pone en cuestión la raíz de la sociedad misma, las categorías que ésta crea y sostiene, sino la forma en que ésta trata (injustamente) a un determinado grupo dentro de esas categorías. No aspira a una sociedad alternativa, sino a una nueva versión – más integradora, menos discriminatoria – de la sociedad actual. El antifeminismo ‘de izquierdas’ plantea una falsa contradicción entre desigualdad horizontal y desigualdad vertical, como si el hecho de denunciar y combatir la desigualdad horizontal impidiese de alguna manera que el feminismo contemporáneo denuncie y combata la desigualdad vertical. Según esta postura, la lucha contra la desigualdad vertical supondría al mismo tiempo una lucha contra la desigualdad horizontal, haciendo una especie de tabula rasa de la igualdad.

Esta equivalencia es errónea. ¿Cómo se puede denunciar y combatir la desigualdad horizontal, si de alguna manera se rechaza el concepto en si mismo, si se desestima como un problema menor, casi como un fenómeno exclusivo del capitalismo? La desigualdad horizontal persistió, persiste y persistirá en el seno del socialismo. Y una sociedad socialista que no denuncie y combata la desigualdad horizontal nunca podrá alcanzar el objetivo de la liberación universal. El feminismo acierta al contemplar la desigualdad horizontal como un problema y al plantear soluciones para la misma, pero falla al desestimar o ignorar la desigualdad vertical. Con el viejo socialismo ocurre el mismo fenómeno, pero al contrario. El nuevo socialismo deberá tomar en consideración tanto la desigualdad horizontal – aprendiendo e integrando las aportaciones feministas que sean correctas en este sentido – como la vertical: ésta sería una síntesis superadora de ambos elementos.

Este problema se repite con todas las categorías de la clase obrera. Desde la segunda mitad del siglo XX, la clase obrera ha evolucionado como sujeto, como espacio sociológico. Ahora es más complejo, más diverso, porque muchas de sus secciones también se han desarrollado políticamente y denuncian y combaten la desigualdad horizontal que se produce en el seno de la propia clase obrera. Esta desigualdad horizontal entre categorías es fomentada por la clase dominante, que se aprovecha de las diferencias entre categorías para hacerlas competir entre sí. Hace competir a los hombres con las mujeres, a los jóvenes con los mayores, a los ‘autóctonos’ con los migrantes, a los fijos con los temporales… para presionar a la baja las condiciones generales de vida del conjunto de la clase. Es un hecho, por tanto, que hay división en el seno de la clase obrera, y que esa división sirve a los intereses de la clase dominante, pero no es producida por las propias categorías, sino por las diferencias materiales existentes entre ellas. Las categorías no son más que un reflejo de la existencia de esas diferencias materiales.

El antifeminismo ‘de izquierdas’ – y aquí adquiere un carácter mucho más amplio, el del dogmatismo idealista – invierte esta relación. No es que existan diferencias que generan categorías, es que son las categorías las que producen diferencias. Lo que divide a la clase obrera es que algunas secciones de la misma se organicen y articulen para defender sus intereses particulares. Nuevamente, se produce una negación. Pero la negación no es superadora. La síntesis debe alcanzarse mediante la negación de la negación. Frente a la tesis posmoderna – la negación de la clase obrera y su sustitución por la suma mecánica de sus categorías – y la antítesis dogmática – la negación de las categorías y su sustitución por una clase obrera homogénea – es necesaria una síntesis marxista – la integración de los intereses y reivindicaciones de todas las categorías de la clase en un programa superador.

En el caso de la cuestión de la mujer, esto podría traducirse, por ejemplo, en la creación de un entramado público de cuidados, para visibilizar y reconocer el trabajo de cuidados. Al ser público, esa visibilización y reconocimiento serían al mismo tiempo una socialización de dicho trabajo. Ya existe, a día de hoy, un trabajo de cuidados mercantilizado, al que tienen acceso aquellos que pueden permitírselo: no se trata de universalizar la mercantilización – como podría ocurrir si se propusiese una especie de salario para compensar a quienes asumen ese trabajo – sino precisamente de desmercantilizarlo. Esto liberaría a todas las mujeres de la carga del trabajo reproductivo, al tiempo que universalizaría el acceso a ese trabajo de cuidados. Sería una síntesis superadora que avanzaría en la liberación de la mujer en particular, pero también en la liberación universal.

Seguro que hay muchos más ejemplos y espacios en los que es necesaria esa síntesis. Sin embargo, esa es una tarea que, siendo coherentes con lo que se plantea en el presente artículo, corresponde a la síntesis del movimiento feminista y del marxismo. Como el desarrollo de este artículo se centra en la parte marxista de esta relación, sería injusto, aventurado y erróneo plantear una síntesis sin la otra parte. Sirva el caso del sistema público de cuidados como un ejemplo para ilustrar cuál podría ser la naturaleza de dicha síntesis, a falta de comenzar a construirla.

Conclusiones

Quienes defendemos el proyecto socialista de liberación universal nos encontramos ante una situación compleja. En palabras de los comunistas portugueses, nunca ha existido tanta distancia entre la necesidad objetiva de socialismo y la conciencia de las masas de esa necesidad. Dicho de otro modo, nunca ha sido el socialismo tan urgente y al mismo tiempo tan lejano. Nuestra tarea, por tanto, es reducir esa distancia aumentando la conciencia de las masas10. Sin embargo, nos enfrentamos a grandes dificultades a la hora de hacerlo, porque nos encontramos con una clase obrera dividida y despolitizada. Es un campo árido del que, con nuestras actuales herramientas, no podemos sacar ninguna cosecha de provecho.

La división de la clase obrera actual es un hecho. No puede negarse: debe superarse. Pero, como se situaba unas líneas más arriba, algunas posiciones optan por la negación. Al negarse a reconocer, escuchar e integrar a las distintas categorías de la clase, y optar en su lugar por intentar someterlas – fagocitarlas bajo un socialismo artificial, abstracto, reducido a clichés y lugares comunes e incapaz de impulsar ningún cambio – estos marxistas identitarios no rompen con el marco de las categorías, sino que se convierten en representantes de facto de una de ellas – la que más se ajusta a su visión idealizada del obrero – en contraposición con todas las demás. La única vía que ofrecen para la incorporación de otras categorías de la clase obrera a su proyecto socialista es la absorción: sólo pueden participar en ese proyecto en la medida en que asumen la posición unilateral de esa categoría falsa y tramposamente elevada a representante del conjunto de la clase.

Esta política de sumisión y silencio, evidentemente, despierta el rechazo de otras categorías de la clase. Lejos de integrar y superar contradicciones, esta política provoca que se acentúen las divisiones y se alejen las posiciones. Intentando combatir las identity politics que dividen a la clase obrera desde la negación de las categorías, el marxismo identitario actúa del mismo modo que las propias identity politics, formando una pinza que refuerza la situación actual de neutralización de la clase obrera: ambos extremos se retroalimentan acentuando la división entre categorías, sin superarlas. Es la misma dinámica que se produce, por ejemplo, entre el terrorismo fundamentalista islámico y la extrema derecha europea. O la que se produce entre el independentismo catalán y el nacionalismo reaccionario español. Como polos opuestos, no contemplan ninguna síntesis. De su enfrentamiento no nacerá un tercero que recoja lo mejor de ambas posiciones: sólo sobrevivirá una de ellas. A ambos les interesa la polarización, en la medida en que les permite agrupar fuerzas en su polo con la esperanza de que, en un momento dado, puedan aplastar al otro. La realidad es que esa tensión lo que termina provocando es la ruptura: el vencedor reinará sobre las cenizas de su victoria pírrica11.

Al marxismo revolucionario le corresponde la tarea de superar esta situación. Debe reconstruirse, incorporar los elementos avanzados y correctos de todas las teorías de la liberación, dar un salto cualitativo y afrontar una nueva etapa de su propia historia. No nos vale el marxismo que hemos heredado. Eso no quiere decir que debamos rechazarlo, ni renegar de él. Lo que implica es que tenemos la responsabilidad de actualizarlo, para que pueda actuar como la herramienta que una clase obrera más compleja y diversa necesita parar liberarse. Y para ello, debe integrar los aspectos correctos de todas las teorías de la liberación – empezando por el feminismo – para poder ser, realmente, universal.

Notas

  1. Lo ocupa, además, de forma natural. Las leyes del movimiento social se imponen sobre la voluntad activista de los individuos. Las causas de liberación requieren movilizar unas fuerzas ingentes, capaces de transformar profundamente la realidad. Son, por naturaleza, causas de masas. El socialismo integraba – o lo intentaba, el menos – todas estas causas en un movimiento de masas. Sin ese movimiento, y con las causas de la liberación atomizadas, es natural que la reagrupación de fuerzas se produzca en torno a la causa con más vocación de mayoría, que en el caso de los países occidentales es el feminismo. En el caso de otros países, generalmente los de naturaleza colonial, es probable que ese papel lo asuma el nacionalismo.
  2. Es evidente que, aunque todas las mujeres sufren de una manera u otra este tipo de violencias, tanto la extensión como la intensidad de estos fenómenos tiene un elevado componente de clase. Asimismo, todas las mujeres sufren este tipo de violencias, pero estructuralmente estas violencias están dirigidas a garantizar la continuidad de las estructuras de poder construidas por y para la supervivencia de la sociedad de clases.
  3. El patriarcado no es la única estructura que reproduce relaciones sociales propias de la sociedad de clases. Incluso avanzando en la destrucción de éste, la sociedad de clases podría reproducirse en otro tipo de relaciones, ya que muchas de las relaciones propias de la sociedad de clases perviven incluso en el socialismo – como se ha demostrado con la experiencia histórica de Europa del Este. El socialismo crea las condiciones materiales para avanzar hacia la extinción de ese tipo de relaciones sociales, pero no las extingue automáticamente.
  4. Es curioso que quienes reducen al feminismo a una cuestión secundaria no suelen hacer lo mismo con el antiimperialismo. La idea de que los socialistas debemos defender y solidarizarnos con las luchas antiimperialistas está considerablemente extendida: se entiende que, aunque un proyecto antiimperialista se construya sólo en clave democrática – lo que sería un proceso de liberación nacional burgués – esto es un avance y como tal debe ser reconocido y apoyado por los socialistas. Sin embargo, incluso asumiendo que el proyecto feminista se construyera sólo en clave democrática – algo que desde luego es cuanto menos dudoso – parece que algunos socialistas no lo consideran suficiente. Tal vez lo que esa diferencia de criterios refleja en realidad es la existencia de posiciones reaccionarias que se ven amenazadas precisamente por el avance del proyecto feminista, sea en la clave que sea.
  5. No es casualidad que algunos de los más enfervorecidos antifeministas actuales provengan del campo del liberalismo (libertarians). Este es un sector que si no se ha englobado en el campo del feminismo – defendiendo derechos como el aborto o el divorcio – al menos no se ha opuesto de una forma tan frontal a éste. Recientemente se ha producido un giro en este sentido, en la medida que el feminismo se ha convertido en sinónimo de la liberación universal y por tanto confronta abiertamente con la sociedad capitalista.
  6. No habría suficientes comillas para entrecomillar este ‘de izquierdas’. La posición que defiende esta interpretación del antifeminismo, como precisamente argumentamos en este artículo, es exactamente igual de reaccionaria que su contraparte ‘de derechas’. No obstante, tiene la particularidad de que se disfraza como una crítica superadora – sin serlo en modo alguno. Para estudiar e identificar este fenómeno particular lo ponemos frente al espejo del antifeminismo ‘de derechas’ para que se vea, precisamente, que ambos son lo mismo.
  7. Surge, inevitablemente, el debate entre los dogmáticos sobre cuándo se terminó ese proceso de constitución, lo que provoca – como no podía ser de otra manera entre dogmáticos – interminables cismas. Para algunos, termina con Marx. Para otros, con Lenin. Para otros, con Trotsky. Para otros, con Stalin. Para otros, con Hoxha. Para otros, con Mao. Y así todo.
  8. El sociólogo belga Daniel Zamora maneja estas categorías para hacer referencia a dos dimensiones de la desigualdad: por un lado, la desigualdad horizontal haría referencia a la desigualdad existente entre elementos que pertenecen a una misma categoría o grupo social (como la que podría existir entre una mujer y un hombre de clase alta), mientras que por otro la desigualdad vertical haría referencia a la desigualdad existente entre categorías o grupos sociales (como la que podría existir entre la clase obrera y la burguesía). La desigualdad horizontal sería por tanto un fenómeno de naturaleza más ‘individual’, mientras que la desigualdad vertical tendría una dimensión más ‘social’.
  9. El feminismo es un movimiento amplio y repleto de contradicciones internas. Es bastante aventurado, por tanto, afirmar que el feminismo en su conjunto defiende una determinada posición. No obstante, a efectos prácticos, podemos considerar que las posiciones del movimiento son las posiciones de aquella fracción del mismo que es más representativa y que tiene un mayor grado de influencia en su dirección.
  10. El cómo daría para otro artículo aparte. Gran parte del Movimiento Comunista replica una tendencia escolástica por la cual la conciencia de las masas se eleva sólo mediante la palabra del socialismo. Cuando las masas presentan un nivel de conciencia preocupantemente alejado del socialismo, todo lo que algunos comunistas les transmiten es la necesidad de incorporarse a la lucha por el socialismo. Lógicamente, a la inmensa mayoría de las personas les entra por un oído y les sale por otro, y las organizaciones comunistas son incapaces de superar su estado de marginalidad. Sobre la táctica socialista profundicé algo más en Socialismo y elegibilidad, publicado en esta misma revista.
  11. Una clase obrera atomizada, desarticulada y debilitada, sobre la que la reacción pueda imponerse sin dificultades mientras los derrotados y los vencedores se culpan y se señalan enzarzándose nuevamente en la misma dinámica… pero ahora en un estado de desarrollo inferior.

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