Comunismo, ecología e industria

Filosóficamente, la cuestión de una industria ecológica o de una ecología industrial supone volver a pensar las relaciones entre la técnica y la vida de una manera completamente distinta a esa idea, tan generalizada, que viene a separar naturaleza y técnica convirtiéndolos en contrarios.

Florian Gulli
Florian Gulli es filósofo y profesor en el liceo Jules-Haag de Besançon (Bélgica).

Lo que caracteriza la postura de los comunistas respecto a la cuestión ecológica, es el lugar que le otorgan a la industria, al apostar por una ecología que se niega a prescindir de esta. Defender la industria no significa, en absoluto, huir de todo tipo de crítica hacia esta. Sin embargo, conviene distinguir entre una crítica de la industria realizada para retrotraernos a un modo de producción anterior, de tipo artesanal, y una crítica a la industria presente para avanzar hacia otra industria distinta. En resumen: «otra industria es posible».

Del desprecio por la industria, al desprecio por los trabajadores

Pero ¿de dónde viene ese rechazo hacia la industria, que debemos distinguir de la necesaria crítica hacia sus consecuencias cuando estas son negativas? Podemos partir de una reflexión del filósofo François Dagognet, uno de los pocos filósofos que han propuesto una defensa de la industria, a diferencia de sus colegas que a menudo han optado por ver en la modernidad un auténtico infierno industrial. ¿Qué dice este filósofo? «El juicio [de la industria] se abrió antes incluso que el desarrollo de esta sociedad juzgada sin vida y ha proseguido con saña en su presencia.» La crítica de la industria precede a la industria. De hecho comienza con Platón, según Dagognet. Estamos ante una especie de paradoja. La acusación contra la sociedad industrial del siglo XIX fue escrita a grandes rasgos ya en el IV siglo aC. ¿Y en qué consiste esta paradoja? Pues que una parte de la crítica contemporánea hacia la industria, la producción industrial y el consumo de productos industriales, apunta hacia otra cosa que no es la industria ni mucho menos. Por ir al grano: buena parte de la crítica hacia todo aquello que gira en torno a la producción industrial es consecuencia del desprecio clasista hacia las clases populares y hacia la actividad laboral en sí misma. En efecto, a través de la crítica de la industria, se carga contra las clases populares en tanto que productores y/o consumidores. Algo que quedaba muy claro en la Antigüedad cuando la producción y el trabajo estaban infravalorados por tratarse de actividades serviles, reservadas para los esclavos. Es decir, que eran lo opuesto al esparcimiento del hombre libre y del ciudadano. Las actividades políticas e intelectuales eran nobles; mientras que el trabajo y la producción eran innobles. En la República de Platón, los filósofos son reyes, los guerreros están subordinados a estos y abajo del todo se encuentran los productores. Los filósofos, miembros de la clase dominante, justifican esta jerarquía de clases en términos teóricos. Quienes participaban en la elaboración de la cultura ocupaban una posición de clase que les inclinaba al desprecio hacia los productores.

Este prejuicio persiste en la época moderna. El filósofo Slavoj Zizek lo detecta en el cine contemporáneo que reprime el lugar de la producción: «En la percepción ideológica contemporánea, el trabajo en sí mismo, más aún que el sexo (el trabajo manual sobre todo, opuesto a la actividad “simbólica” de la producción cultural), parece estar envuelto de obscenidad, debiendo ser disimulado ante la mirada del público. En la tradición cultural, desde El Oro del Rin de Wagner hasta Metrópolis de Fritz Lang, el proceso de producción tiene lugar de manera soterrada, y culmina hoy con la “invisibilidad” de millones de trabajadores anónimos que sudan en las fábricas del tercer mundo […]. El único momento en el que se muestra el proceso de producción con toda su intensidad, en las películas de Hollywood, es cuando el héroe penetra en el dominio secreto del «maestro del crimen» y consigue entonces localizar el espacio de un intenso trabajo: ahí se refina y empaqueta la droga, se construye un misil que va a destruir Nueva York… Cuando en un James Bond, el «maestro del crimen» tras haber capturado al héroe, le hace un tour por su fábrica ilegal, Hollywood se acerca mucho a la orgullosa representación social-realista clásica de la producción en la fábrica. La función de la intervención de Bond es entonces, por supuesto, la de hacer explotar ese lugar de producción y permitirnos así retornar a las falsas apariencias de nuestra existencia cotidiana en un mundo donde la clase obrera ha desaparecido.»

Existe por tanto en Occidente, desde Platón, una potente tradición filosófica que desprecia la actividad de la producción, tradición que se ha desenfrenado con la industrialización.

Podemos lanzar la hipótesis de que una parte de la ecología –no toda la ecología, insisto– bebe de esta vieja “tradición cultural” de desprecio por parte de quienes manipulan los símbolos y las abstracciones, hacia quienes trabajan la materia. La crítica de la industria siempre corre el riesgo de ser embaucada por el desprecio clasista.

Así, la crítica de la productividad ha podido servir para desacreditar a los trabajadores en lucha. Alain Obadia escribía, a propósito de esto en los años ochenta: «¡Como no son capaces de abandonar el esquema de la productividad, la CGT y el PCF se oponen a la clase empresarial!» Y se pinta al obrero que defiende su empleo como un individuo corporativista al que no le importa lo más mínimo la naturaleza. ¿Cuánto tiempo ha habido que esperar para juzgar como digna de atención, la cuestión acerca de su reconversión?

¿Salir de la industria o transformar la industria?

Aunque a menudo se opongan, industria y ecología pueden ir de la mano. Siempre y cuando no se analice la civilización industrial como un bloque monolítico. De hecho, existen varios tipos de industria y varios estadios de desarrollo industrial. Se podría decir que todavía estamos en un estadio de inmadurez en el que se puede percibir cierta madurez aquí y allá.

Filosóficamente, la cuestión de una industria ecológica o de una ecología industrial supone volver a pensar las relaciones entre la técnica y la vida de una manera completamente distinta a esa idea, tan generalizada, que viene a separar naturaleza y técnica convirtiéndolos en contrarios. Mientras sigamos oponiendo estos dos términos, el desarrollo de uno se hará forzosamente en detrimento del otro. Pero tenemos razones sólidas para no apoyar esta oposición que subyace de numerosos discursos del decrecimiento y anti-productivistas. El filósofo Georges Canguilhem desarrolla este argumento en un artículo de 1973 “La técnica o la vida” del que me gustaría citar algunos extractos. ¿Qué es la técnica? Originariamente, no es un efecto de la ciencia. Es, antes que nada, “un hecho de la vida”. “La vida ha llegado a producir un animal cuya acción sobre el medio se ejerce a través de la mano, el instrumento o el lenguaje.” “La técnica es, en origen, la forma humana de organización de la materia por la vida.” Desde un punto de vista materialista, esta concepción de la técnica es la única que se puede sostener. ¿La técnica separada de la naturaleza? ¿De dónde podría venir?

Plantear que la técnica es una prolongación de la vida permite plantear la pregunta que nos ocupa de una manera distinta. El problema no es que la técnica y la industria se opongan a la vida y a la naturaleza. El problema no es el de encontrar un mundo más cercano a la naturaleza y más humano puesto que la técnica es un hecho de la naturaleza. El problema no es reducir la industria para ganar vida, puesto que la industria es un desarrollo vital. El problema no es la industria en sí misma, sino el hecho de que genere desequilibrios. Cuando un desarrollo vital, como la técnica, pone en peligro otros desarrollos vitales. Los problemas ecológicos contemporáneos se pueden leer de esta manera: la técnica contemporánea desregula los ciclos biológicos y el objetivo es regular ese poder de desregulación. El objetivo no es intentar escapar en nombre de la naturaleza. Se trata de transformar el modo de producción industrial y no de salir de la industria. Pero, ¿cómo?

Una ecología industrial

Primero la economía circular o producción cíclica. En su libro El ser humano y la naturaleza: ¿Qué ecología? (nota de la fundación Gabriel-Péri, 2013) Roland Charlionet y Luc Foulquier escribían: “Lucha por el comunismo y lucha por la economía circular, un mismo combate”. La economía circular designa la tentativa de crear “ecosistemas industriales” por analogía con los ecosistemas biológicos (ver Hacia una ecología industrial de Suren Erkman). Los végétales sirven de alimento para los animales herbívoros que a su vez son comidos por los animales carnívoros. Los residuos y cadáveres de estos últimos sirven también de alimento para otros seres vivos. En la naturaleza no existen residuos, solamente recursos que conforman un ciclo. Hay que imaginar una industria de este tipo: donde los residuos de unos se conviertan en recursos para los otros. Las unidades de producción deben ser concebidas en su interacción con otros. Deben ser pensadas como partes de un mismo sistema, lo que guarda otro interés: organizar circuitos cortos y reducir los kilómetros de transporte.

La eco-concepción de los productos: ¿de qué se trata? Se trata primero, de concebir los productos de tal manera que duren. Todo lo contrario de la lógica de la obsolescencia programada, que es el símbolo del modo de producción industrial actual. Se trata de concebirlos pensando también en su reparación. La concepción modular tiene por objetivo promover productos cuyas piezas defectuosas se puedan cambiar en lugar de tener que cambiar todo el aparato (hoy en día, una impresora defectuosa no se repara, sino que se cambia). Esta concepción modular debería combinarse con un servicio público municipal, por ejemplo, de reparación y mantenimiento. A todo esto, se le añadiría también el reciclaje.

La economía de los usos. Esta tiene por objetivo ofrecer el servicio en lugar del bien en sí mismo. Así pues, el constructor podría ofrecer el servicio de automóvil en lugar del coche, el servicio de imprenta en lugar de la impresora. Algo que se podría hacer bajo la fórmula del alquiler temporal por cada uso o mediante contratos de larga duración con un servicio de mantenimiento.

Como conclusión, los retos medioambientales a los que nos enfrentamos están reclamando una transformación del modo de producción industrial. Los desastres medioambientales son el efecto no de una civilización industrial así considerada, sino de un estadio preciso del desarrollo industrial que podríamos calificar de inmaduro y que podría ser superado puesto que todos los puntos previamente enumerados ya se están aplicando. Debemos desterrar los discursos generalistas acerca de la técnica y de la industria de tipo “a favor o en contra” y preguntarnos qué industria queremos.

Una perspectiva comunista insiste prioritariamente en las transformaciones del modo de producción que es lo que determina, en última instancia, la estructura social. Es decir, lo que acabamos de ver. Esto no significa que no haya que prestar atención a los modos de consumo. Ahora bien, no podemos hablar de consumo sin hablar, al mismo tiempo, de producción porque ambos términos se retroalimentan.


Publicado originalmente en la revista Cause Commune nº20

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