La miseria de la política

En una época en la que el feminismo ha sacado a la luz tantas contradicciones e impulsado tantas luchas, la derecha madrileña intenta convertir la política en una herramienta de maltrato. Debemos luchar con todas nuestras fuerzas para que la política siga siendo una herramienta de liberación y de cuidados.

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D. Fernández
Ingeniero y marxista, convencido de que un mundo mejor es posible y está a nuestro alcance.

Los términos en los que se iba a desarrollar la campaña electoral eran evidentes incluso antes de su comienzo oficial, porque son los términos de la política madrileña desde hace mucho tiempo. Si algún guardaba aún alguna esperanza, sin duda debió perderla tras el primer debate – televisado para todo el país – en el que se vio claramente de qué manera afrontan las derechas estas elecciones: totalmente comprometidas a evitar que la gestión, que los datos y los hechos ocupen una posición central en el debate público, recurriendo en su lugar a los sentimientos más crudos, a las emociones más bajas, y al constante enfrentamiento.

El espectáculo al que hemos asistido en el segundo debate, organizado por la cadena Ser, ha supuesto un paso más en esa estrategia. Se quejaban los periodistas, con la amarga frialdad del que es un mero observador, del que contempla todo desde fuera, como si no tuviera nada que ver con él, por cómo se había desarrollado el debate. Han afirmado que ha sido ‘una pena’ que los madrileños no pudieran conocer el programa de los candidatos en estas elecciones.

Eso no es cierto. O, al menos, no del todo. Porque hay un programa que ha quedado claro, cristalinamente claro: el de la derecha. Lo que hemos visto en este segundo debate es exactamente lo que quiere y defiende la derecha madrileña, con sus fronteras ya tan difusas que Ayuso no necesita presentarse a los debates porque Monasterio actúa en la práctica como portavoz de su gobierno. El programa de la derecha madrileña, toda ella extrema, es el culmen de la antipolítica, que, aunque se presenta como una posición ajena, externa a la política, es en realidad una forma en sí misma de hacer política.

La forma de hacer política de la derecha madrileña, como se ha podido ver en los dos debates, es reducir todo el debate a una gigantesca pelea en el barro para esconder sus vergüenzas. Para que no se hable de la desastrosa gestión de la pandemia, que ha causado una desviación estadística de cinco puntos entre el porcentaje de habitantes y el porcentaje de muertos de la Comunidad de Madrid.

Ayuso, con una media sonrisa, calificaba de inevitable el infierno que se ha vivido en esta región, como si ella no tuviera ninguna responsabilidad. A pesar de gobernar la Comunidad, no era responsabilidad suya que se amontonaran los cadáveres de nuestros abuelos en las residencias porque se les negaba cualquier tratamiento. No era responsabilidad suya que la maltrecha sanidad madrileña se enfrentara a la pandemia con hospitales que se caen a trozos, con plantillas diezmadas, y con una falta endémica de recursos. Tampoco era responsabilidad suya nada que tuviera que ver con las colas del hambre.

Lo único que era responsabilidad suya eran las terrazas, las cervezas, el buen rollito. Y así, de una pandemia mundial que ha causado heridas sociales gravísimas y profundísimas, que tardarán décadas en sanarse, todo lo que recuerda Ayuso son las cañitas. La sociedad madrileña ha atravesado un trauma de proporciones históricas y, como tal, todavía está intentando interiorizarlo. Entenderlo. Procesarlo. Todos estamos sobrepasados por lo que hemos vivido en estos últimos meses, y aún no hemos llegado a comprenderlo en toda su profundidad, en toda su extensión. Ayuso se aprovecha de esa confusión y ofrece una salida fácil: negar el trauma. Cuando eres incapaz de procesar algo, lo más sencillo – casi un mecanismo de autodefensa – es negarlo. Pero negar algo supone esconderlo. Y lo que se esconde se enquista.

Lo que está haciendo Ayuso con la sociedad madrileña tiene un nombre: maltrato. Cualquiera que lo haya sufrido lo verá enseguida. Ayuso niega la realidad y nos intenta obligar a todos a negarla con ella, para así borrar toda responsabilidad y distanciarse de las (terribles) consecuencias que han tenido sus actos. Y la sociedad madrileña, maltratada y traumatizada, se aferra a esa negación como una forma de supervivencia.

Para que esta estrategia funcione, Ayuso cuenta con una aliada de valor incalculable: Rocío Monasterio. Con la crispación, el ruido, el enfrentamiento constante que aportan Vox y Monasterio a la campaña – con sus actos, con sus carteles, con su participación en los debates – se tiene un objetivo claro: desorientar aún más a esa sociedad madrileña, maltratada y traumatizada, para incapacitarla. Bloquearla, dejarla en estado de shock, saturarla. Llevarla a un punto de estrés tan grande que sea incapaz de gestionar la situación y sencillamente colapse, con el objetivo claro de desactivarla políticamente.

Ayuso y Monasterio son dos caras de una misma moneda: la del maltrato. El maltratador recurre a todas las estrategias a su disposición para mantener su situación de poder, para seguir sometiendo y controlando al maltratado. Como Ayuso, recurre a la manipulación emocional, niega la realidad, evade responsabilidades, busca constantemente culpables externos para sus errores y en cambio exhibe ufano sus aciertos, que son tan pocos que debe sobredimensionarlos hasta el límite del ridículo para intentar compensar todo el daño que ha causado. Como Monasterio, grita, insulta, amenaza, se victimiza, reparte responsabilidades sin ninguna vergüenza – hasta el punto de culpabilizar al maltratado por ponerle en esa situación, por obligarle a llegar a ese punto –, mientras intimida, anula e invalida al maltratado.

La derecha y la mayoría social madrileña siempre han tenido una relación tóxica pero con la pandemia, esa relación tóxica se ha convertido abiertamente en una relación de maltrato. Los gobiernos del Partido Popular han construido un modelo basado en la competencia y en el enfrentamiento, que ha llevado a la gente de Madrid a una situación límite. Y lo que es peor, no sólo ha devaluado las condiciones de vida de muchas personas, sino que además las ha culpabilizado – e incluso criminalizado – por ello. La frustración, la rabia, el cansancio… todas las emociones que esa situación despierta inevitablemente, son las que ahora Vox intenta canalizar para servir a sus propios intereses.

La buena noticia es que estamos cerca, muy cerca, del punto de ruptura. Que la derecha madrileña se enfrente así a las elecciones demuestra que está tensa, que siente que su dominio, que su poder, que su capacidad de control, se debilita. Por eso tiene que recurrir a todo su arsenal – incluida la violencia – para tratar de mantener su posición. La antipolítica es la expresión social de ese intento, la contaminación de la vida pública por las dinámicas y prácticas propias del maltrato. Cuanto más se refuerce esa tendencia por la antipolítica – por el ruido, por las amenazas, por la crispación – más debemos reforzar nosotros nuestra tendencia por la política: por la propuesta, por los valores, por las ideas. Frente a la sumisión, la humillación, la anulación, necesitamos tejer redes de cuidados, de solidaridad, de diálogo.

Salir de una relación de maltrato, sea de la naturaleza que sea – una pareja, un familiar cercano – no es nada fácil. Vamos a necesitarnos unos a otros. Vamos a tener que ser pedagógicos con los que todavía no han reconocido el problema. Vamos a tener que apoyar a los compañeros y compañeras que flaqueen, porque es normal que lo hagan. Y vamos a tener que apoyarnos en nuestros compañeros y compañeras cuando lo hagamos nosotros. La tarea que tenemos por delante requiere mucha valentía y mucha fuerza. Es agotadora, a todos los niveles. Es capaz de drenar la energía física y mental de una persona. Pero merece la pena, porque la recompensa que espera después de tanto esfuerzo es incalcuable. Este 4 de mayo, la sociedad madrileña puede recuperar su libertad: no desaprovechemos la ocasión.

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