Esto lo cambia todo: el capitalismo vs el clima

El libro de Naomi Klein, "Esto lo cambia todo, el capitalismo vs el clima", publicado en castellano en 2015, es una obra sencillamente imprescindible. Fruto de un trabajo de más de 5 años, la autora recopila en sus 360 hojas una inagotable avalancha de datos, argumentos, experiencias y vivencias personales acerca de los múltiples aspectos de este problema: la resistencia de las poblaciones al fracking o el paso de oleoductos por sus campos, la posición de los negociadores del tercer mundo, la visión del 1% más rico del planeta sobre el negocio verde, las soluciones locales... En el presente artículo recopilamos alguno de los argumentos que la autora desgrana en su obra. Esperemos que sea de ayuda. Y que nos anime a emprender la lectura de tan apasionante obra.

Rafael Hernando, portavoz del PP, fue noticia en 2012 al declarar durante un debate parlamentario: “a mi me gustaría que alguien me hablara y me predijera los efectos del cambio climático alguna vez (…) tras 25 años alguno debería explicarme a qué hay que esperar para que suba el nivel del mar”. Según su punto de vista el cambio climático no es una realidad, sino “postulados” del “eco comunismo”.  Dos años más tarde, un informe de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia resumía la situación: “Basándose en evidencias sólidas, el 97% de los científicos del clima han concluido que estamos enfrentando un cambio climático causado por el hombre. El acuerdo no se basa en un estudio bien elaborado, sino en una avalancha de evidencia recolectada durante las últimas 2 décadas a base de investigaciones científicas, revisiones sistemáticas de estudios y conclusiones públicas emitidas por prácticamente cada experto en este campo”.

El negacionismo del cambio climático, una moda frecuente hace una década entre los liberales, ha pasado a segundo plano para los más pragmáticos de los inversores. Entre 2005 y 2006 los productos financieros de las aseguradoras ante catástrofes climáticas sufrieron una verdadera burbuja, pasando de 9,7 billones de dólares a 45 billones. Como recuerda Naomi Klein “Las compañías aseguradoras están ganando miles de millones en beneficios, en parte vendiendo nuevos planes de protección a países en vías de desarrollo que prácticamente no han hecho nada para crear la crisis climática”. Entre 2008 y 2010 se patentaron 261 semillas “climate-ready”, supuestamente preparadas para resistir condiciones meteorológicas extremas, el 80% de ellas propiedad de 6 gigantes del agronegocio como Monsanto.

¿Dónde estamos y hacia dónde vamos?

Hoy (NdE: por 2014) estamos sufriendo las consecuencias de un aumento de apenas 0.8º C sobre el nivel de temperatura anterior a la revolución industrial, cuando se comenzó a emitir CO2 masivamente a la atmósfera mediante la combustión de carbón, gas y petróleo. Y ya es un hecho el deshielo de Groenlandia, la acidificación de los océanos, las devastadoras catástrofes climáticas en forma de sequías, inundaciones o cambios estacionales que sorprenden a los más veteranos agricultores con floraciones fuera de época. Actualmente las discusiones internacionales se centran en cómo evitar un incremento de la temperatura media global de 2º C. Cuando se estableció este umbral de 2º C en la cumbre de Copenhague, muchos delegados del tercer mundo lo calificaron de “sentencia de muerte” para naciones compuestas por islas y para enormes extensiones del África Subsahariana que sufren sequías devastadoras.

El Banco Mundial reconoce que “cuanto más nos aproximemos al umbral de 2ºC, más riesgo hay de desencadenar cambios bruscos. Como la desintegración de la zona este de la capa helada del Antártico, o la muerte de amplias zonas del Amazonas afectando ecosistemas, ríos, agricultura, energía y formas de vida”. “Estamos en el camino de un mundo 4ºC más caliente a finales de siglo, marcado por olas de calor extremas, disminución de los suministros de comida, pérdida de ecosistemas y biodiversidad”. Un aumento de 4ºC podría aumentar 1 o 2 metros el nivel del mar hacia 2100. Lo que supondría la desaparición del mapa de naciones como Maldivas, Tuvalu, zonas costeras de Ecuador, Brasil, Holanda, California, o ciudades como Nueva York, Boston, Shanghái, Hong Kong… Si se sobrepasa el umbral de 4ºC, uno de los posibles efectos más dramáticos sería la saturación de la vegetación que no podría seguir actuando de “sumidero” de carbono, pasando a emitir más carbono del que captura. En 2011 la Agencia Internacional de la Energética (AIE) publicó un informe declarando que con el nivel de las emisiones actuales, sin una intervención drástica, se podría alcanzar un aumento de… ¡6ºC!. Situación que conllevaría la liberación masiva de metano del permafrost del Ártico.

Las sociedades capitalistas sólo han sido capaces de disminuir las emisiones atmosféricas durante las crisis, en las que cientos de miles de cierres masivos paralizan la producción -como sucedió en Europa entre 2008 y 2009-. Más allá de las crisis, el ahorro de combustible fósil en la sociedad capitalista sólo se ha conocido en situación de guerra, cuando las necesidades del frente llevaron a Inglaterra a prohibir el transporte en coche, a EEUU a incrementar el uso del transporte público al 85% entre 1938 y 1944 o aumentar la autoproducción de verduras en jardines domésticos hasta representar el 42% del total.

Las organizaciones científicas insisten: hace falta una reducción drástica en las emisiones de CO2 para hacer frente al cambio climático. El CO2, una vez emitido a la atmósfera, permanece cientos de años atrapando calor. Para permanecer por debajo del umbral de 2ºC los países ricos deberían recortar su emisiones de un 8 a un 10% al año. Sin embargo, en 2010 las emisiones se dispararon creciendo un 5.9%, ¡el mayor aumento desde la Revolución Industrial!. Algo que contrasta con la extrema urgencia con la que se debería enfrentar el problema. Según la Agencia Energética Internacional, si no se controlan las emisiones en 2017 (¡!), nuestra economía basada en energía fósil necesitará, para no sobrepasar los 2ºC, que “no se puedan instalar nuevas plantas generadoras de energía, empresas u otras infraestructuras si no son “emisoras de cero carbono”, lo que sería muy costoso”.

Dejemos que lo solucione el mercado

Transporte público en Amsterdam. El fomento de redes de transporte público eficientes y a gran escala y la remodelación urbana son considerados mecanismos esenciales para la lucha contra el cambio climático y la mejora de la calidad de vida de la población mundial. Foto: Andrew Nash (Flickr)

¿Estamos pues, en el camino correcto? Cada 4 o 5 años los telediarios nos recuerdan que, esta vez sí los gobernantes, tras arduas discusiones, enfrentan el cambio climático en una Cumbre internacional definitiva. A pesar de haberse establecido en 1992 en la Convención de Río de Janeiro1 la necesidad de disminuir las emisiones un 2% anual hasta 2005, y tras 12 cumbres internacionales, las emisiones de CO2 han crecido… ¡un 61%!

¿Qué está fallando? Los acuerdos climáticos internacionales, y nuestros políticos, pretenden enfrentar a este enorme desafío basándose en el bussiness as usual2, en confiar la resolución de este problema al mercado, gracias a sus dos principales motores: la competencia y la búsqueda de beneficios. Según los defensores de esta vía las mejoras tecnológicas solucionarán el problema: el abaratamiento de la energía proveniente de fuentes renovables como la eólica o hidráulica, que es cada vez más eficiente y fácil de almacenar, los ingenios con diseño 0-residuos o la planificación urbana ecológica… Sin embargo, a nivel mundial las inversiones en energías limpias deberían cuadruplicarse en 2030 para lograr mantenernos por debajo del incremento de 2ºC.

El Centro Tyndall para la Investigación del Cambio Climático sólo ve una forma de enfrentar el problema: “tras dos décadas de mentiras y engaños, la meta del 2ºC necesita cambios revolucionaros en la hegemonía política y económica”.

La pregunta que se hace la autora en el libro es ¿Es el capitalismo capaz de ofrecer esa respuesta?

En barco y en avión

Desde las negociaciones de libre comercio en el seno de la OMC3, hace 20 años, las empresas multinacionales tienden a deslocalizar la producción en busca de bajos salarios, y transportar las mercancías en barco hacia Europa y EEUU, los principales consumidores. Este transporte es una fuente importante de emisión de CO2. Junto a la deslocalización, nacieron la cadena de subcontratas y el establecimiento de tratados de libre comercio, que reducen la capacidad de negociación estatal frente a inversores extranjeros. La “uniformización” de un modelo de consumo altamente contaminante acompañó a este proceso, basado en el compra-tira-compra: en la producción de objetos fabricados con obsolescencia programada4, sin posibilidad de reemplazar piezas, teniendo que sustituirlos por nuevos modelos. Cuánto más se venda más se gana.

La agricultura, que representa del 19 al 29% de las fuentes de emisión de gases de efecto invernadero, pasó a ser cada vez más intensiva en utilización de recursos fósiles. Un gran número de productores en las últimas décadas basan su producción en el uso de semillas transgénicas, infértiles, que se deben comprar todos los años a multinacionales como Monsanto. Los pesticidas y fertilizantes son cada vez más necesarios en unas tierras extenuadas por la producción intensiva…

Los acuerdos de libre comercio intervinieron en la capacidad de los estados de gestionar autónomamente su producción, o de imponer condiciones a las multinacionales. Naomi Klein pone el ejemplo de su país, Canadá, donde la provincia de Ontario, para evitar extraer petróleo mediante un método altamente contaminante a partir de las arenas bituminosas, promovió la implantación de empresas de energía eólica y solar, exigiéndoles contratar mano de obra local y comprar el 40-60% de los insumos a nivel regional. Ese plan, que abarató la luz en poco tiempo a los ciudadanos, que daba empleo local, y que dejaba CO2 en el suelo, fue prohibido por los tribunales por atacar a la libre competencia: las empresas que producían fuera de Canadá, no estaban en “igualdad de condiciones”.

Como resultado de este modelo, si en los años 1990, cuando la mundialización del capitalismo se intensifica, las emisiones aumentaban un 1% al año, desde los años 2000, con la emergencia de China, las emisiones han crecido un 3,4% al año.

Según la autora, estos acuerdos de libre comercio otorgaron a las multinacionales la “máxima libertad de producir sus bienes lo más barato posible y venderlas con las menores regulaciones posibles- pagando los menores impuestos posibles-. Garantizar estas exigencias corporativas, se nos dijo, incentivaría el crecimiento económico, lo que nos acabaría beneficiando a todos.” La teoría del trikle-down: cuanto más ricos sean los ricos, más nos beneficiaremos del goteo de esa riqueza hacia abajo, cuánto más dinero tengan las empresas más empleo crearán…

La desigualdad a nivel internacional

La concentración de CO2 en la atmósfera es consecuencia de la quema de combustibles fósiles de los países desarrollados gracias a la cual, se industrializaron y enriquecieron. Víctimas del colonialismo durante décadas, los países pobres para desarrollarse acogen a las empresas multinacionales, pero éstas no sólo repatrían los beneficios a sus países de origen: dejan la carga de CO2 a cargo de los países en donde se alojan, pese a que las ventas y el consumo de sus productos se haga en Europa y EEUU. El gasto de CO2 en el transporte en barco, por su parte, no es responsabilidad de ningún país, pese a haber aumentado un 400% en los últimos 20 años.

En 2011, la revista Proceedings of the National Academy of Science publicó un estudio sobre las emisiones de los países industrializados: los investigadores concluyeron que el alza en las emisiones de las mercancías producidas en los países en desarrollo pero consumidas en los industrializados era…¡seis veces mayor que el ahorro de emisiones en los países industrializados!. De hecho el 48% de las emisiones de CO2 en China están relacionadas con mercancías destinadas a la exportación.

Los países desarrollados han emitido aproximadamente el 70% de todos los gases de efecto invernadero que desestabilizan el clima. Pero el mercado, basado en la competitividad, no actúa en función del intercambio y la cooperación: hoy, los países ricos, en vez de compartir tecnología, patentes y pagar la deuda histórica de cuotas de CO2 que ya han emitido, exigen a los países en vías de desarrollo que no emitan CO2, es decir: que no se desarrollen. En la India, por ejemplo, hay 700 millones de personas sin acceso a la electricidad. No pueden tener la misma responsabilidad que Inglaterra. Países como Bolivia llevan años exigiendo una transferencia de recursos y tecnología para salir de la pobreza usando herramientas bajas en carbono. Si no hay esta cooperación, no tienen otra solución que seguir el mismo camino tecnológico que Europa para salir de la pobreza.

El lobby del petróleo

Naomi Klein (derecha) en la conferencia Drain: Planning for climate change, el 24 de agosto de 2014. Foto: Columbia GSAPP (Flickr)

Las compañías de combustibles fósiles tienen ganancias de cientos de miles de millones. Con ventas aseguradas gracias a una economía basada en el consumo de petróleo, y el respaldo del estado, estas compañías altamente centralizadas están en el centro de la economía capitalista.

Y como tales, intentan ejercer influencia a nivel político, nacional e internacionalmente. El poder económico se cristaliza igualmente a nivel político. En forma de guerras, como en Irak o Libia para aumentar la cuota de petróleo manejada por las compañías europeas y estadounidenses, o a nivel interno: según The Guardian, entre 2002 y 2010 un grupo de billonarios anónimos subvencionó con 120 millones de dólares a lobbies que niegan el cambio climático. Por su parte, el gasto reconocido de los lobbies petroleros en el Congreso de EEUU e instancias gubernamentales es de 400.000 dólares diarios. Conferencias científicas, presiones a políticos y congresistas o anuncios, son parte de la campaña mediante las cuales un buen numero de empresas de combustibles fósiles intentan reorientar el debate a nivel público sobre el cambio climático. La sociedad basada en el petróleo se retrata a si misma si consideramos quién es el mayor consumidor individual de petróleo del mundo: el Ejército de EEUU.

Pese a criticar el apoyo a los sectores de energías renovables, las compañías petroleras reciben a nivel mundial 775.000 millones de dólares en subsidios estatales. “Igual que a las compañías tabacaleras se les obligó a pagar los costes de ayudar a la gente a dejar de fumar, y a BP a pagar por la limpieza de accidente del Golfo de Méjico, es hora de que la industria de combustibles fósiles pague la factura del cambio climático”, afirma la autora.

Sálvese quien pueda

Tras la catástrofe del super huracán Sandy, en EEUU, tuvo lugar un boom de urbanizaciones de lujo con novedosos seguros frente a catástrofes naturales. Residencias con luces de emergencia, bombonas de repuesto de gas natural, generadores eléctricos y cámaras de sellado. Un agente inmobiliario escribía en el New York Times: “Pienso que los compradores pagarán para estar relativamente tranquilos de no tener muchos problemas en caso de catástrofe natural”. Mientras las poblaciones de la periferia de los barrios de trabajadores de color luchaban por no ahogarse, compañías como Goldman Sachs seguían funcionando gracias a generadores propios, que no se apagaron durante las inundaciones, FedEx por su parte, cuenta con sus propios meteorólogos y suministro de sacos terreros.

El cambio climático, se dice, tiende a igualarnos: golpea por igual al rico y al pobre. Es algo que nos une. Sin embargo las temperaturas extremas, inundaciones y sequías castigan especialmente a los países en el África Subsahariana y Asia. Y en el interior de los países ricos, afectan sobremanera a las comunidades más empobrecidas, que viven en peores condiciones y tienen menos medios para salir adelante. Con cada catástrofe natural, aumenta su endeudamiento. En vez de promover un mayor reparto de la riqueza y una mejora colectiva de las herramientas para enfrentar las catástrofes, el cambio climático en la sociedad capitalista aumenta la desigualdad “entre los que tienen suficiente riqueza para protegerse de manera importante frente al tiempo feroz, y los que son dejados de lado a merced de estados adelgazados y disfuncionales.”

Drill baby drill

Las mejoras tecnológicas, que supuestamente iban a redirigir la economía hacia energías renovables, están llevando al mundo por el camino exactamente inverso: se están poniendo al servicio de fuentes todavía más contaminantes o peligrosas de obtener combustibles fósiles: las arenas bituminosas, el fracking y el petróleo en alta mar.

En los últimos 20 años han aparecido en el mercado nuevas fuentes de petróleo y gas, fuentes aún más contaminantes. La extracción de petróleo de las arenas bituminosas, que produce un petróleo conocido como bitumen cuyo proceso de extracción es tan difícil y requiere tanta energía para extraerlo, que emite de 3 a 4 veces más gases de efecto invernadero que el petróleo convencional. Por otro lado surge el fracking que extrae gas de esquisto mediante la inyección de agua a alta presión mezclada con numerosos productos químicos contaminantes en las capas subterráneas. El petróleo de arenas bituminosas y el fracking han situado a Canadá y EEUU como grandes productores mundiales. Estudios recientes demuestran que esta técnica produce un 30% más de metano que la extracción convencional de gas. Y el metano es un gas de efecto invernadero potentísimo: 34 veces más efectivo que el COa la hora de atrapar calor. La UE consideró prohibir la importación de combustible proveniente de las arenas bituminosas por el alto contenido en CO2 del proceso extractivo. Prohibiciones que están en riesgo con el Tratado de Libre Comercio que se negocia con EEUU5.

La búsqueda de las nuevas fuentes de petróleo lleva a las compañías a perforar parajes cada vez más peligrosos en alta mar, como mostró el accidente del Golfo de México de la plataforma Deepwater Horizon, propiedad de British Petroleum. Cada vertido pone en peligro la vida de muchos pescadores, la actividad económica del turismo y diezma gran cantidad de especies marinas y fluviales.

Mientras el fracking revoluciona estados olvidados de EEUU, del total de la nueva electricidad creada, la debida a energía eólica disminuía del 42% al 32% de 2009 a 2011. Aunque el gas sea menos intensivo en CO2 que el petróleo o el carbón, “ninguna compañía privada del mundo quiere desaparecer del negocio, su objetivo es expandir su mercado. Por eso si el gas natural debe servir como una transición a corto plazo en el combustible, esta transición debe ser firmemente manejada por -y para- el sector público, gracias al cual los beneficios de las ventas actuales se reinviertan en energías renovables para el futuro y se impida al sector el tipo de crecimiento exponencial del que disfruta el gas de esquisto actualmente.” Lo contrario de lo que sucede hoy: las compañías petroleras son las más rentables de la historia. El top 5 a nivel mundial ganó entre 2001 y 2010 900.000 millones de dólares. Apenas el 4% de sus ganancias se dedican a “energías renovables y alternativas”. Las mayores gastan menos del 1%.

¿Porqué esta carrera alocada hacia nuevas fuentes de combustibles fósiles? “Para que el valor de estas compañías siga estable o crezca, dice la autora, las compañías de gas y petróleo deben demostrar a sus accionistas que tiene reservas frescas de carbono tras agotar las que actualmente explotan. Este proceso es tan importante como demostrar a los accionistas de las compañías automovilísticas que la empresa tiene nuevos modelos a sacar o a los de ropa nuevas prendas en diseño. Como mínimo una compañía energética debe demostrar que tiene tanto gas y petróleo en sus reservas probadas como el que extrae actualmente, lo que se conoce como un “reserve-replacement ratio” del 100%Este ratio es tan importante, que en 2009 cuando Shell anuncio que había caído al 95%, la compañía corrió a asegurar a los inversores que no estaba en problemas, declarando que cesaría las nuevas inversiones en la energía solar y eólica, doblando su estrategia de añadir nuevas reservas de gas de esquisto.”  (…) “Desde el punto de vista de la compañía petrolera buscar nuevos depósitos de carbono de alto riesgo -de contaminación o vertido- es una forma responsable de administrar el dinero de sus accionistas, que insisten en ganar los mismos mega-beneficios el próximo año tal y como hicieron este año y el pasado. Y cumplir con esta responsabilidad es lo que garantiza virtualmente que el planeta se asará”.

En 2011 un grupo de presión londinense llamado Carbon Track Initiative realizó un estudio sobre las reservas declaradas por todas las compañías de gas, petróleo y carbón (privadas y estatales), fuentes actualmente extraídas que ya dan beneficios a los accionistas: ascienden a 2.795 gigatones de carbono (1 gigatón = mil millones de toneladas métricas). Pero diversos estudios afirman que entre ahora y 2050, para tener un 80% de probabilidades de no calentar el planeta más de 2º C sólo se podrían emitir entre 2011 y 2049….¡565 Gigatones!. Es decir, 5 veces menos que las reservas que ya se explotan. “la cantidad total de reservas de carbono, recuerda Naomi Klein, ascienden a 27 billones de dólares. Si queremos calentar el planeta menos de 2º C, aproximadamente el 80% de ellos deberían ser bloqueados, activos en desuso”.

Mercado del carbono

Durante la discusión del protocolo de Kyoto la administración Clinton impulsó la implantación del mercado del carbono que supuestamente iba a disminuir drásticamente las emisiones. En vez de establecer cuotas máximas a los países industrializados, los contaminadores -la industria- pagarían por emitir más CO2 del que les corresponde, o venderían si no lo usan. Los proyectos que supuestamente capturan carbono -plantando árboles o produciendo energía con bajo carbono, mejorando las instalaciones de las fábricas para disminuir la contaminación…- darían créditos de carbono. La UE creó su propio mercado del carbono.

¿El resultado? Muchas compañías se adhirieron a la práctica de lograr dinero contaminando menos. Quemar el gas emitido en la extracción de petróleo es más barato que almacenarlo y usarlo. Por tanto las compañías exigieron que se les pagase por no quemarlo, un proyecto “verde”, cuando en realidad era una obligación legal no cumplida. Lo mismo sucede con las compañías de frigoríficos que emiten gases de efecto invernadero HFC23, que con un sencillo mecanismo se evita: en vez de hacerlo por obligación legal en la India y China, obtienen créditos de este mercado de carbono. Este incentivo perverso hace que algunas empresas ganen el doble de la destrucción de un subproducto no intencionado de su producción, que del producto que venden.

En el otro lado de la moneda, las comunidades indígenas, las menos responsables a nivel mundial del cambio climático, tienen la mala fortuna de vivir en áreas que ahora bajo este nuevo mercado pasan a ser “almacenes  de carbono”: extensiones enormes de selva que dan dinero a los estados o empresas propietarias. Los indígenas sufren en varios países procesos de expulsión de sus tierras por vivir tal y como vienen haciéndolo desde hace siglos: quemando pequeñas parcelas para cultivar y cazar animales. Esas prácticas milenarias, ponen en peligro estas “reservas de carbono”. En otras ocasiones, se registran como proyectos de captura de metano plantaciones de palma, desplazando a los campesinos para extenderlas.

Europa atrajo a empresas y países a incorporarse al mercado concediendo un gran número de permisos para emitir CO2 a precio barato. Cuando este mercado quiebra, durante la crisis de 2008, con él cae el precio de producir energía a partir del carbón, ya que los costes derivados de la contaminación se vuelven irrisorios. La estrategia se reveló desastrosa. El precio de quemar carbón, que supuestamente debería alcanzar los 20€ por tonelada para desincentivar su quema, estaba en 4€, tan barato que no sólo no había penalización, sino que estaba incentivando su consumo. Por lo que el carbón conoce durante 2010 un nuevo impulso en Alemania e Inglaterra reabriéndose viejas minas de carbón.

Y por si esto no fuera poco, las compañías eléctricas a las que se les estaba penalizando por emitir carbono, trasladaron este sobrecoste a los consumidores: aumentado el precio de la energía a las familias y a la industria, con el objetivo de mantener o ampliar los beneficios.

El núcleo del problema

La ortodoxia del libre mercado, escribe la autora, “con las políticas de austeridad previene a los gobiernos de hacer las necesarias inversiones en infraestructura baja en carbón -por no mencionar el mantenimiento de los bomberos o la respuesta frente a inundaciones-vende las industrias eléctricas a corporaciones privadas que, en muchos casos, rechazan cambiar a energías renovables que dan menos beneficios”.  En 2006 el editor de Scientific American escribía: “Si queremos enfrentar el cambio climático de una manera drástica, necesitamos concentrarnos en soluciones radicales en el lado social. La relativa eficiencia de la siguiente generación de paneles solares es algo trivial si lo comparamos con los desafíos.”

Para Naomi Klein, el núcleo del problema se encuentra en que “el dominio de la lógica de mercado sobre la vida pública prohíbe políticamente las más directas y obvias respuestas al problema. Para empezar ¿Cómo podría la sociedad invertir masivamente en servicios públicos e infraestructuras bajas en carbono, mientras se desmantela y se subasta la esfera pública? ¿Cómo podrían regular, tasar y penalizar los gobiernos a las compañías de energía fósil cuanto estas medidas son equiparadas a reliquias de la “planificación y control” típicas del comunismo? ¿Cómo podría recibir el sector de la energía renovable el apoyo y la protección que necesita para remplazar las energías fósiles cuando el “proteccionismo” se prohíbe?”

Dejar el petróleo en el subsuelo, producir mercancías que duren, consumir menos productos de lujo, fomentar el transporte público frente al coche… implica dejar de obtener beneficios. Destinar dinero a energías renovables da menos rentabilidad a los accionistas que invertir en compañías petrolíferas. Invertir en redes eléctricas inteligentes, ferrocarriles de vía estrecha, sistemas urbanos de compost, aislar térmicamente los edificios antiguos, el rediseño urbano para evitar atascos… Todos estos sectores, que deberían ser accesibles al público para ser efectivos, implicarían márgenes de beneficio poco atractivos para los inversores privados.

¿Y cómo pedir al estado, que según la óptica liberal sólo debe existir para facilitar los negocios -o rescatarlos cuando quiebran-, que penalice a los grandes contaminadores, en primer lugar a las compañías petrolíferas?. Exigir que “pague el contaminador” y que con ese dinero se investigue y promocione las energías renovables es “romper” la lógica de mercado. Hacer pagar a los sectores de lujo para financiar un desarrollo de sectores bajos en CO2 está fuera de toda lógica de mercado.

Sin embargo pedir a los trabajadores que paguen por la crisis que no han producido,  para seguir alimentando el enriquecimiento de unos pocos, es parte del guión. Pero, recuerda la autora “la gente con bajos ingresos, muchos de color, son los que más se beneficiarían de mejoras en un parque público de viviendas y transporte público accesible”.

Cambiar el sistema, no el clima

La República Popular de Walmart, cómo las grandes multinacionales del mundo están sentando las bases para el socialismo (verso, 2019): Un libro que explica cómo las grandes multinacionales son, de facto, economías planificadas altamente eficientes y cómo esos mecanismos de planificación se pueden extender al conjunto de la economía bajo control democrático.

Las falsas soluciones basadas en el mercado que propugnan nuestros políticos contrasta con el urgente plan de choque que nuestros científicos exigen. Naomi Klein piensa que la solución sólo puede venir desde abajo: “La esclavitud no era una crisis para las élites Americana y Británica hasta que el abolicionismo la creó. La discriminación racial no era una crisis hasta que el movimiento por los derechos civiles lo convirtiese en una. La discriminación sexual no era una crisis hasta que el feminismo lo convirtió en una. El Apartheid no era una crisis hasta que el movimiento anti-apartheid lo convirtió en una”.

Con la crisis económica, y aún sin ella, muchas comunidades son puestas bajo la espada y la pared: nuevas minas, fracking, instalación de oleoductos, extracción de petróleo en alta mar cerca de Canarias… Todos estos proyectos son “la única solución” según los inversores para dar empleo a los trabajadores, con familias donde todos los miembros están en paro o los jóvenes emigran a buscar trabajo. El problema, no es que estén ayudando al cambio climático, sino que suponen muchas veces daños a la salud del ecosistema y las comunidades por los vertidos y la contaminación. La disyuntiva en la que el capitalismo coloca a los trabajadores es, según la autora, una en la que sólo se tienen malas elecciones: “austeridad o extracción, envenenamiento o pobreza (…) La sequía y el hambre continuarán siendo pretextos para impulsar la compra de semillas modificadas genéticamente, endeudando más y más a los granjeros”. Es la irracionalidad de una sociedad en la que las aseguradoras ganan más dinero cuantas más catástrofes haya (pues más personas y empresas contratarán seguros), en la que las grandes empresas piden exenciones fiscales o subvenciones para no contaminar en vez de usar sus enormes reservas en investigar energías renovables o aplicar las últimas mejoras técnicas.

Empecé a ver, dice Naomi Klein,  toda la clase de caminos mediante los cuales el cambio climático podría ser una fuerza catalizadora de cambio positivo, cómo podría ser el mejor argumento que los progresistas tuvieron nunca para reconstruir y revivir las economías locales, reclamar nuestra democracia expulsando la corrosiva influencia de las grandes empresas, bloquear los dañinos nuevos tratados de libre comercio y reescribir los antiguos, invertir en la languideciente infraestructura pública como transporte público y vivienda asequibles, retomar la propiedad de los principales servicios como la energía y el agua; reconstruir nuestra agricultura enferma en algo más sano, abrir las fronteras a emigrantes cuyos desplazamientos provienen del impacto climático, y finalmente respetar las tierras indígenas, todo ello ayudará a acabar con los grotescos niveles de desigualdad entre nuestra naciones y dentro de ellas.”

Afortunadamente, prosigue “es posible transformar nuestra economía para que sea menos intensiva en recursos, y hacerlo de manera equitativa, protegiendo a los más vulnerables y haciendo recaer el peso sobre los más responsables. Se pueden incentivar los sectores bajos en carbono de nuestra economía y crear trabajos, mientras se promueve la desaparición de los sectores altamente productores de carbono. El problema, es que esta escala de planificación y gestión económica está enteramente fuera de los límites de la ideología reinante. La única forma que tiene nuestro sistema es una crisis brutal, en la que los más vulnerables son los que más sufren”.

Planificar y prohibir

La autora desgrana una gran cantidad de alternativas que las comunidades de vecinos y trabajadores han logrado conseguir a lo largo del mundo. Entre ellas:

El impulso a las energías renovables en Alemania: A pesar de seguir abriendo minas de carbón -gracias al mercado de carbono, que supuestamente debería ir eliminándolas- y centrales nucleares, está a la vanguardia mundial: ha pasado del 6% en 2000 al 25% del total de la energía consumida a base de renovables.. “esta transición ocurrió, primero de todo, en el contexto del empuje de un programa de tarifa regulada que mezcla incentivos diseñados para asegurar que cualquiera que quiera iniciarse en la generación de energía renovable pueda hacerlo de manera simple estable y con beneficios. Los proveedores se les da prioridad en el acceso a la red y un precio garantizado. Lo que promovió pequeñas empresas, muchas cooperativas a ser proveedores energéticos: granjas, ayuntamientos, cooperativos. Eso descentralizó no sólo la energía eléctrica, si no el dinero y la riqueza: la mitad de las estructuras de energía renovable en Alemania está en manos de granjeros, grupos de ciudadanos y casi 900 cooperativas (…) creado cerca de 400.000 puestos de trabajo.” “cada una de estas medidas es una salida de la ortodoxia neoliberal: el gobierno planifica a largo plazo, selecciona a los ganadores en el mercado (renovables frente a energía nuclear), fija precios (una clara intervención en el mercado); y crea un campo de juego justo para cada nuevo productor de energía renovable, sea grande o pequeño.”

  • Remunicipalización del agua en Alemania: gracias a una fuerte movilización social, tras referéndums, el agua privatizada en muchas ciudades alemandas fue nacionalizado. Según el periódico económico Bloomberg: “más del 70% de los municipios iniciaron sus propias compañías y los operadores públicos han retomado más de 200 concesiones a empresas privadas”. En 2013 en Berlín el 83% de los ciudadanos votaron a favor de una empresa pública de energía que se orientase a lograr un 100% de energías renovales para la ciudad. Aunque el referéndum no fue vinculante, muestra la vitalidad del impulso social.
  • Energía eólica y solar en Ontario: la región ofreció un plan de manufactura local para producir energía eólica y solar para alimentar a la región. Se exigía a las empresas contratar mano de obra local y buscar materiales en el mercado local (al menos en un 40-60%). Los precios de la energía disminuyeron sensiblemente y gracias a la creación de empleo se resistió la presión de las compañías que extraen petróleo de las arenas bituminosas que acudían con la conocida cantinela: o nosotros o el paro.
  • La energía eólica en Dinamarca: con un 40% de la energía proveniente de energías renovables, básicamente eólica, el país comenzó en 1980 a subsidiar -hasta en un 30%- a las comunidades que controlaban los proyectos de colocación de turbinas. Antes de la era del libre comercio -que impide subsidiar sectores-, las comunidades tenían, en los ingresos y disminución del coste de la luz, un gran incentivo que contrarrestaba el ruido y el cambio del paisaje de los grandes molinos.
  • Agroecología: la integración de árboles y arbustos en campos de cultivo y ganado, la irrigación por goteo impulsada por energía solar, el intercambio de cultivos plantando dos o más tipos de semilla cerca de cada una para maximizar el uso de luz, agua y nutrientes, los abonos naturales que previenen la erosión y remplazan los nutrientes…. Frente a la agricultura industrial la ventaja es triple: secuestran carbono en el suelo, endeudan menos a los agricultores al no tener que comprar caros fertilizantes y generan menos carbono en el transporte al mercado. Aplicados al tercer mundo, han logrado “aumentar hasta un 80% la producción de los campos en 57 países en vías de desarrollo.”
  • El peso del sector público: “La mayor parte de los países, dice la autora, con los mayores porcentajes de energía renovable son los que consiguieron mantener grandes partes de su sector eléctrico en manos públicas – muchas veces locales- como Holanda, Austria y Noruega.”. Los investigadores de la Universidad de Greenwich explican el por qué: “Históricamente, el sector privado ha jugado un rol pequeño en investigar en energías renovables. Los gobiernos han sido los responsables de la mayoría de dichas inversiones. La experiencia actual alrededor del mundo, incluyendo a los mercados europeos, también muestra que las compañías privadas y los mercados de electricidad no pueden desarrollar las inversiones en energías renovables a la escala requerida”. Y, citando ejemplos de grandes compañías de energía renovable subvencionadas con dinero público que fueron abandonados por sus inversores a medio camino, el equipo concluye: “Un rol activo del gobierno y del sector público es por tanto una condición mucho más importante para este objetivo que el caro sistema de subsidios públicos a mercados o inversores privados”.
  • Creación de empleo: Estudios de EEUU muestran que 40.000 millones de dólares invertidos en transporte público y trenes de alta velocidad durante 6 años crearían 3.7 millones de puestos de trabajo. Estos sectores crean un 31% más empleo que construir carreteras o puentes. Y mantener puentes y carreteras crea un 16% más trabajo que construirlas. “Lo que muestra –dice la autora- que mejorar la infraestructura es mejor para la gente y una inversión más inteligente desde una perspectiva climática y económica que cubrir la tierra con más asfalto”. La Federación Europea de Trabajadores del Transporte emitió un informe que muestra que reducir emisiones en dicho sector en un 80% crearía 7 millones de nuevos puestos de trabajo, y otros 5 millones de puestos de trabajo en energías limpias en Europa podrían reducir las emisiones por la electricidad en un 90%. Pero, recuerda Naomi “este tipo de trabajos nunca serán creados por el mercado por sí solo. Sólo mediante una política reflexiva y una planificación se lograrán crear a tan gran escala”.
  • Impuestos a los multimillonarios: comenzar la gran transición hacia una energía sostenible es posible si es financiada por los grandes capitales y patrimonio. Una tasa a los billonarios propuesta por la ONU, del 1%, implicaría recaudar 46.000 millones de dólares anuales. Cerrar a nivel mundial los paraísos fiscales, y tasar dicho capital al 30%, recaudaría 190.000 millones de dólares anuales. Una tasa de 50$ sobre la tonelada métrica de CO2 en los países desarrollados, generaría 450.000 millones de $ anuales.

El cambio climático es un catalizador de la lucha por otra sociedad. Afecta a las comunidades más pobres, a los trabajadores. Supone un revulsivo en el que tras cada catástrofe se crea una terapia de choque que puede ser usada contra el sistema: “muestra que las soluciones reales a la crisis climáticas son también nuestra mejor esperanza de construir un sistema económico más estable y justo, uno que fortalezca y transforme la esfera pública, genere trabajo pleno y digno, y que cambie radicalmente la avaricia de las grandes empresas”. Pero, no nos olvidemos, que “las políticas que simplemente intentan aprovechar el poder del mercado -mediante tasas mínimas o limitando el carbono- no serán suficientes. Si queremos enfrentar este cambio, necesitamos alterar los cimientos de nuestra economía, tarea en la que vamos a necesitar todas las herramientas políticas en el arsenal democrático.”

Esta lucha es larga, dice Naomi Klein, “requiere una gran planificación a largo plazo en cada nivel de gobierno y una voluntad de enfrentar a los contaminadores cuyas acciones nos ponen en peligro a todos. Lo que no pasará mientras este proyecto de librarnos de las multinacionales no entierre para siempre la cultura política que nos ha moldeado en las últimos 30 o 40 años”. Por todo esto, concluye la autora“Si vamos a enfrentar colectivamente los enormes desafíos de esta crisis, un robusto movimiento social necesitará pedir -y crear- un liderazgo político que no solo se entregue a hacer pagar a los contaminadores y por una esfera pública sensible al cambio climático, si no que tendrá que revivir dos artes perdidas: la planificación pública a largo plazo, y decir no a las poderosas multinacionales.”


Publicación original: Esto lo cambia todo: el capitalismo vs. el clima – Alejo Mancebo, Asociación Cultural Jaime Lago, diciembre de 2014.

Notas

  1. Conferencia de las Naciones Unidas sobre medio ambiente y desarrollo, celebrada en Río de Janeiro del 3 al 14 de junio de 1992.
  2. Expresión del mundo de los negocios que significa en castellano negocios como siempre, según lo acostumbrado, según los procedimientos típicos de una organización.
  3. Organización Mundial del Comercio.
  4. Diseño de un producto de modo que, tras un período de tiempo calculado de antemano por el fabricante, éste se torne obsoleto, no funcional, inútil o inservible.
  5. Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión, TTIP

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