Abandonar el mercado para salvar el clima

El foco que ponen los Verdes, los socialdemócratas y una parte del movimiento ecologista en los actos individuales, el comercio de los derechos de emisión y los «impuestos verdes», forman ya parte del problema.

Bélgica está sufriendo ahora la peor sequía desde hace cuarenta años. En algunos lugares del país no ha caído una sola gota de lluvia durante todo un mes. Por primera vez, se han formado tres huracanes particularmente devastadores de categoría 4 durante una única estación1. Lejos de las cámaras, los monzones, también han devastado la India y Bangladesh. En todas partes, el tiempo se comporta con un poder destructivo que nos era desconocido hasta ahora. Hoy en día, estos fenómenos que, tal y como estaba previsto, nos íbamos a ir encontrando de manera cada vez más recurrente con el cambio climático, se han convertido en la cruda realidad. Los diez años más calurosos de nuestra historia desde que existen mediciones, han tenido lugar todos, sin excepción, a lo largo de las dos últimas décadas2.

Que quede claro: el calentamiento global ya no es simplemente cosa de científicos, de complejos modelos y de proyecciones a largo plazo. No se trata de un bulo, ni de un exceso de alarmismo, ni de un invento para sembrar el pánico. El cambio climático no es que esté llamando a nuestras puertas, es que ya ha entrado y ha destruido todo el interior. Y sabemos muy bien por qué suben las temperaturas. Los procesos que provocan el calentamiento global hace ya tiempo que se conocen. Con respecto a las fuentes de gases de efecto invernadero, desde que salió la película Una verdad incómoda, todo el mundo podría enumerarlas casi de memoria. En la Cumbre de la Tierra que tuvo lugar en Río de Janeiro en 1992, la comunidad internacional ya decidió unir sus fuerzas para atajar el problema del cambio climático. Sin embargo, las emisiones de gases de efecto invernadero han seguido creciendo sin tregua. En efecto, a lo largo de los veinte años siguientes a la cumbre de Río, las emisiones han aumentado en no menos de un tercio a nivel mundial3 y tras estancarse entre 2015 y 2016, han seguido subiendo en 2017.

¿Cómo es posible que los gobiernos de todo el mundo no consigan atajar las causas del cambio climático? Es más que evidente que un calentamiento descontrolado de la tierra corre el riesgo de modificar considerablemente todo nuestro mundo. ¿Es que acaso es imposible tomar medidas a nivel mundial? Obviamente sería muy complicado poner de acuerdo a todos los gobiernos entre sí, con sus diversas tendencias políticas, continentes y necesidades. Pero esto no quiere decir que sea imposible: “[…] durante los mismos años en que nuestros gobiernos no han conseguido aplicar acuerdos y obligaciones severas en favor de la disminución de las emisiones, con la excusa de que la colaboración es demasiado complicada -escribe Naomi Klein-, sí que se ha conseguido, en cambio, poner en marcha la Organización Mundial del Comercio, un complejo sistema que regula la circulación de mercancías y servicios en todo el mundo, cuyas reglas han sido claramente establecidas y con el que las infracciones sí que se sancionan severamente.” La clave del problema, por tanto, hay que buscarla en otra parte.

Buscando vías de escape en el seno mismo de un sistema deficiente, los partidos verdes, los socialdemócratas y buena parte del movimiento ecologista nos han hecho perder muchísimo tiempo en la lucha contra el cambio climático.

¿Es que acaso no tenemos las herramientas necesarias para atajar el cambio climático? “Deberíamos contar con un avance tecnológico tan espectacular como internet o la máquina de vapor” explica Geert Noels a este respecto4. Noels gestiona activos y es autor del libro Econochoc, en el que describe el calentamiento de la tierra como uno de los grandes desafíos de nuestra economía. Sin embargo, todos los informes científicos contradicen a este hombre. Es perfectamente factible conseguir el cien por cien de energía renovable para el año 2050, incluso en zonas como Flandes5. La gran pregunta no es qué milagro tecnológico nos va a salvar sino más bien por qué, en Flandes por ejemplo, no llegamos más que a un 6,4% de energía renovable.

Capitalismo y cambio climático

En este punto volvemos a Naomi Klein. Porque no tiene ningún sentido sumergirse en la climatología si nos alejamos de la manera en que se toman las decisiones dentro de la sociedad y para explicar esto no hay nadie mejor que Naomi Klein. Capitalismo y cambio climático es el subtítulo de su libro Esto lo cambia todo. En él describe cómo el sistema económico en el que vivimos hoy, el capitalismo, le ha declarado la guerra a la vida sobre la tierra y cómo es el capitalismo quien va ganando. “Lo que el clima necesita para evitar el colapso es una disminución de la utilización de materias primas por parte del ser humano.” “Lo que reclama nuestro modelo económico para evitar el colapso es una expansión sin límites. Solo hay unas cuantas reglas que cambiar y no son las leyes de la naturaleza.” El redactor jefe de la revista marxista americana Monthly Review6, escribía: “Un capitalismo en una situación de estancamiento, o en steady state, no sería posible más que fuera de la realidad de las relaciones sociales, económicas y de poder del propio capitalismo.” En resumen, cualquier solución sostenible para la crisis climática no es más que una ilusión dentro del actual sistema, algo completamente ajeno a la realidad.

El fondo del problema reside en la organización de nuestra sociedad: el capitalismo, con su pensamiento a corto plazo, su lógica competitiva y su beneficio elevado a deidad suprema. Aunque no es cierto que la economía capitalista crezca por crecer. Quienes ponen el crecimiento, en sí mismo, en el punto de mira, se equivocan de enemigo. La agricultura agroecológica requiere más mano de obra que la agricultura industrial y al mismo tiempo promete mejores ingresos y por tanto crecimiento, pero a su vez hace posible una producción sostenible. No, el problema no es el crecimiento en sí. El capitalismo funciona entorno a la acumulación de capital: “acumular, acumular, son Moisés y los profetas” anunciaba Karl Marx7. Por consiguiente, es en la acumulación donde debemos centrar tanto nuestro análisis como nuestra lucha.

La razón por la que esta acumulación es fundamentalmente insostenible viene en las sencillas fórmulas que Marx propuso en El Capital. Él resumió la circulación mercantil simple a través de las letras M – D – M. Un productor intercambia en el mercado las mercancías que produce a cambio de dinero y este dinero que obtiene lo utiliza para comprar mercancías que necesita. “Paralelamente a esta forma nos encontramos, empero, con una segunda, específicamente distinta de ella -escribía Marx-: la forma D – M – D, conversión de dinero en mercancía y reconversión de mercancía en dinero, comprar para vender.” “El ciclo D – M – D, en cambio, parte del extremo constituido por el dinero y retorna finalmente a ese mismo extremo. Su motivo impulsor y su objetivo determinante es, por tanto, el valor de cambio mismo8.” En otras palabras: en general, poco le importa al capitalista en qué producto invierte, con tal de que al final del recorrido esto le devuelva una suma de dinero mayor de la que invirtió al principio del ciclo. Por lo tanto, D – M – D’ es la relación en la que D’ es igual a la suma del dinero original aumentada con una plusvalía. El dinero se convierte así en capital y comienza la búsqueda del máximo beneficio.

Aquí es donde reside la insostenibilidad cuantitativa fundamental del capitalismo. A cada capitalista individual le trae sin cuidado lo que produce, con tal de que esto le aporte un beneficio. No es el valor de uso lo que prevalece sino el valor de cambio y solo este. Que las materias primas, la naturaleza, el aire y el agua tengan un valor de uso para el ser humano a largo plazo no se toma en consideración. Solamente cuenta el valor de cambio inmediato y solamente interesa la demanda solvente. Si las necesidades existentes son satisfechas, el capitalismo crea nuevas necesidades. El consumismo se pregona como una nueva religión. “En vistas de la productividad en constante crecimiento, nos encontramos con un enorme excedente económico que es consumido, invertido y sobre todo despilfarrado – explica Foster-. Este excedente adopta la forma de gastos militares, por ejemplo, pero también de publicidad y de marketing. En los Estados Unidos, cada año, se invierte alrededor de un billón de dólares en marketing y dos billones en gastos militares. […] El precio de la pasta de dientes está basado, en más de un 90%, en gastos de marketing.9” El capitalismo invierte en mercancías que poseen un valor de cambio y que requieren de materias primas pero que no aportan el más mínimo valor de uso.

El cambio climático no es que esté llamando a nuestras puertas, es que ya ha entrado y ha destruido todo el interior.

Por lo tanto, el hecho de que Total10 haya absorbido al productor de electricidad verde Lampiris, no tiene absolutamente nada que ver con la búsqueda de un futuro sostenible. Hoy en día también existe una demanda rentable para la electricidad verde, una demanda que es mejor satisfacer uno mismo que dejarla en manos de un competidor. Y mientras tanto, el gigante de la energía sigue invirtiendo miles de millones en la búsqueda de nuevos yacimientos de petróleo y de gas natural. A esto se le llama ecoblanqueo (o lavado verde – greenwashing en inglés): darles bombo a los proyectos verdes mientras se sigue aferrado a los antiguos negocios y gastando miles de millones en la búsqueda de nuevas reservas de petróleo y gas natural. Pero más allá del problema de la cualidad de la circulación capitalista de mercancías, también está el de la cantidad. El crecimiento sobre el que tanto se focaliza el movimiento ecologista. “La circulación del dinero como capital es […] un fin en sí, pues la valorización del valor existe únicamente en el marco de este movimiento renovado sin cesar -escribió Marx en El Capital-11.”

“Un proceso de intercambio como este [D – M – D’] no tiene fin, sino que se persigue de manera ilimitada -continúa Foster-.” “La siguiente etapa de intercambio de mercancías adopta por tanto la forma D’ – M – D’’, lo que en la siguiente etapa conduce a D’’ – M – D’’’ y así sucesivamente en un constante impulso de la acumulación hacia niveles cada vez más y más elevados.12

Dado que el capitalismo debe acumular más y más capital, la producción debe ir aparejada. Incluso aunque esto implique que se consuman más materias primas y que se tiren más desechos de los que la tierra puede transformar, e incluso en detrimento de las futuras posibilidades de producción. “Un CEO que decidiera dejar de apuntar hacia el crecimiento sería despedido -escribe Ludo De Witte-. O si no los accionistas moverían sus capitales hacia otras actividades más lucrativas. Los CEO son criminales a pesar de ellos mismos. El funcionamiento del mercado no nos deja elección: la obligación de acumular está profundamente integrada dentro del ADN de la economía.13” Así pues, el auténtico reto del combate por el clima no reside en el crecimiento cero, sino en la acumulación cero.

Pérdida de tiempo

Quienes buscan soluciones sostenibles para la crisis climática dentro de los confines del capitalismo chocan inevitablemente contra el muro de la tendencia a una incesante acumulación. Y sin embargo eso es exactamente lo que están intentando hoy en día en vano todos los políticos burgueses progresistas.

El caso más paradigmático de esta tentativa de conciliación entre el capitalismo y el clima es, sin lugar a duda, el sistema de comercio de los derechos de emisión. Se impone a las empresas un tope de emisiones –cap– pero estas pueden comprar las emisiones que exceden de este tope a aquellas otras empresas que se han quedado por debajo –trade-. Con este cap and trade se introduce al mercado para volver a poner orden dentro del desastre que se ha generado. Este es el razonamiento. De modo que la emisión de gases de efecto invernadero se reduce de la manera más eficiente -en términos económicos- y, sobre todo, sin tener que pasar por regulaciones. Será la mano invisible quien, cual deus ex machina, resuelva por nosotros el problema del clima. Un plan sin fisuras.

Pero dentro de este sistema de comercio de emisiones, toda reducción por encima de la disminución absurdamente baja que se ha impuesto al vertido de gases de efecto invernadero -de 1,74% al año-, se ve automáticamente reducida a la nada debido a que otras empresas sobrepasan ese tope. Tanto es así que, con la distribución de los derechos de emisión -ya de por sí generosa-, así como con la reducción de la capacidad de producción durante los años de crisis, las empresas han acumulado hoy en día certificados de emisiones suficientes como para cubrir las emisiones de gases de efecto invernadero que vertían todas juntas a lo largo de todo un año14. Pero no se queda ahí la cosa, sino que los costes de la compra de derechos de emisión les son repercutidos al consumidor final (en el pasado sucedía lo mismo a pesar de que se distribuían gratuitamente). También existen ciertos mecanismos de flexibilidad que permiten que se generen certificados adicionales cuando se exportan hacia el Sur, por dos duros, proyectos supuestamente ecológicos. Además, hoy en día, quienes no talan bosques pueden obtener tantos derechos de emisión como CO2 absorbe la madera sin ninguna tala. Y cada año, vuelta a empezar. Los hechos hablan por sí solos.

A pesar de que apenas ofrece resultados, el sistema de comercio de las emisiones justifica desde hace años de este modo la ausencia de una severa reglamentación acerca de las emisiones de gases de efecto invernadero, lo cual a veces incluso genera daños directos. Así pues, son muchas las empresas que hacen de todo para quedar lo más cerca posible del cap, puesto que cuando se quedan muy por debajo, al año siguiente su techo de emisión se recalcula a la baja. Esto hace que a finales de cada año se vuelvan a poner en marcha las viejas instalaciones altamente contaminantes para así asegurarse de estar enviando suficiente CO2 a la atmósfera. De hecho, para no crear una oferta excedentaria, a veces incluso se destruyen toda esta producción. ¡Un auténtico despilfarro!

No es de extrañar, por tanto, que, a pesar del optimismo inicial con respecto a la reducción de las emisiones durante los años de crisis, la recuperación económica haya vuelto a estropearlo todo rápidamente. Por ejemplo, entre 2012 y 2014 las emisiones de las grandes empresas de Amberes han subido en una quinta parte15. Con el aumento de la producción, todos los frutos de la eficiencia de años anteriores se han visto reducidos a la nada16. De esta manera, rápidamente entendemos por qué cuando la innovación tecnológica está vinculada a la búsqueda de la máxima acumulación, esta es insuficiente para poder resolver el problema del clima.

Sin embargo, a través de un cierto número de adaptaciones, los partidos Verdes y los socialdemócratas siguen ensalzando el comercio de emisiones como si fuera un instrumento válido para tomar medidas a escala europea. Según el partido SP.a, quienes quieran intervenir a favor del clima deberán perfeccionar el sistema europeo de comercio de emisiones17. Por su parte, Écolo (partido Verde valón) estima que se debería reforzar la regulación de los mercados del CO218. Según Groen (partido Verde Flamenco) es necesario hacer “intervenciones fundamentales” para hacer que el sistema “funcione al fin convenientemente”, como subastar los certificados de emisión en lugar de distribuirlos gratuitamente. Y en caso de que esto no surtiera efecto, los ecologistas pretenden reemplazar el comercio de las emisiones por una tasa de carbono19. Con este tipo de tasas, defendidas también por la industria, se instauraría un precio fijo por cada tonelada de CO2 emitida. La cuestión acerca de si debería ser el productor o el consumidor quien la pagara, no tiene sentido planteársela puesto que los productores tienen el poder de facturárselo a los consumidores. Pero independientemente de la forma que finalmente adopte, la tasa de carbono padece la misma enfermedad que el sistema de comercio de las emisiones. Porque en ambos casos se busca la solución al problema del clima dentro del marco del mercado. Oficialmente, a esto se le llama internalización de las externalidades. Pero es una ilusión creer que se puede traducir el valor de uso de la naturaleza en un valor de cambio, esto es, en un precio monetario. En efecto, ¿cuál es el valor de no liberar una tonelada de CO2? También es absurdo intentar ponerle un precio a un arrecife de coral o a los servicios prestados por un paisaje de dunas. Y sin embargo es exactamente lo que se está produciendo hoy a una escala mucho mayor: la monetarización de la naturaleza. El resultado de estos cálculos también oculta el hecho de que le estamos otorgando al mercado un poder de decisión cada vez más y más grande acerca de desafíos que son realmente importantes para la sociedad. No hay ninguna razón por la que una tonelada de CO2 emitida durante una carrera de Fórmula 1 deba ser equiparable a una tonelada de CO2 originada en los generadores de emergencia de un hospital donde se practican operaciones destinadas a salvar vidas.

el auténtico reto del combate por el clima no reside en el crecimiento cero, sino en la acumulación cero.

Tampoco hay ninguna razón para que uno de los principales problemas sociales a los que nos enfrentamos hoy en día deba ser resuelto en el marco del mercado, sino más bien todo lo contrario. El razonamiento según el cual la naturaleza se agota porque no tiene ningún valor monetario y que por eso debemos ponerle un precio para que se tenga en cuenta, es el reflejo de una visión societal de lo más neoliberal. Precisamente el problema es que, dentro del capitalismo, no se le otorga ningún valor a todo aquello que no tiene precio. Valores de uso sin valor de cambio tales como el agua potable, el aire limpio o un clima habitable, hoy en día no son tenidos en cuenta. En lugar de intentar integrarlos en los fríos cálculos del mercado, con su lógica competitiva y su pensamiento a corto plazo, deberíamos examinar el mundo que nos rodea de una manera totalmente distinta. No necesitamos más mercados para nada, sino más bien imponer restricciones a la emisión de gases de efecto invernadero basándonos en la climatología y en las necesidades sociales.

Pero además de su fe ciega en el mercado a la hora de resolver el problema del clima -mediante una tasa de carbono, unos transportes públicos privatizados o el libre mercado de la energía-, los partidos verdes y los socialdemócratas vienen a señalar con su dedo acusador al individuo. Si nosotros, los consumidores, adaptamos masivamente nuestro comportamiento, ¿no debería seguir el mismo camino la producción? Sin embargo, esta visión está completamente disociada de la manera en que funciona el actual sistema económico. Es precisamente la forma de consumir la que viene determinada por las circunstancias en las que se produce20. Así pues, desde hace años, se viene apuntando a la disminución del consumo de carne, una importante fuente de gases de efecto invernadero. A través de todo tipo de iniciativas, el consumo baja regularmente en Flandes. De hecho, el 50% de los flamencos admiten que les gustaría comer menos carne en el futuro. No obstante, el exceso se exporta hacia los países en vías de desarrollo. Una exportación que solamente es posible gracias a los generosos subsidios europeos que constituyen el 99% de los ingresos de la ganadería21. Podríamos por tanto abordar el asunto de otra manera: introduciendo los principios agroecológicos y reduciendo cada vez más el ganado. Abordar el problema desde la raíz que es la producción, en lugar de desviarnos hacia el consumidor. De esta manera, las campañas de sensibilización a favor de un modo de consumo distinto tendrían mucho más sentido en tanto que se vincularía el consumo a la producción. Aún así chocaríamos una vez más con la lógica del beneficio que exige su eterna acumulación, en este caso bajo la forma de presión de la Unión Europea para inundar los mercados extranjeros con productos agrícolas subvencionados. Quienes saben esto y a pesar de ello se focalizan en los cambios de actitud individual, propios y ajenos, están dando muestras de negligencia dolosa, ni más ni menos.

Naomi Klein lo ha formulado correctamente: no son los negacionistas quienes constituyen el principal obstáculo, sino los liberales y los socialdemócratas que se niegan a comprender que el capitalismo debe desaparecer. Buscando vías de escape en el seno mismo de un sistema deficiente, los partidos verdes, los socialdemócratas y buena parte del movimiento ecologista nos han hecho perder muchísimo tiempo en la lucha contra el cambio climático. Ahora que no nos queda mucho margen de maniobra para rescatar de las llamas un futuro habitable, es hora de hacer frente a las cosas tal y como son. Sin poner en duda la propia lógica del capitalismo y sin un sistema económico y social con una base totalmente distinta, es imposible abordar el cambio climático de manera sostenible.

si los trabajadores toman en sus manos las palancas de la economía, entonces sí que se vuelve posible planificar en función de los intereses de la mayoría

Esto no quiere decir que no debamos luchar por reformas bajo el capitalismo, más bien todo lo contrario. El movimiento sindical debe hacer suya la cuestión ecológica puesto que no habrá empleos en un planeta inhabitable. Y al mismo tiempo, el movimiento ecologista debe reconocer que la revolución verde será equitativa y redistribuidora, o no será, puesto que sin el poder económico del movimiento obrero no se pueden abrir brechas en las murallas del capitalismo. Si el movimiento social y el movimiento ecologista caminan juntos, tanto en el ámbito del transporte público y de calidad, como en el ámbito de un sector público de la energía, se pueden conseguir victorias con las que ambos movimientos pueden salir fortalecidos. Pero cada victoria que no se enmarca en la lucha por un cambio radical es una pérdida de tiempo más en el camino hacia un futuro sostenible. Por consiguiente, es la izquierda marxista quien tiene que empujar estos movimientos en la dirección de la lucha por una sociedad totalmente distinta. En efecto, la política de desmantelamiento a la que estamos asistiendo hoy en día en toda la Unión Europea nos muestra hasta qué punto todas las victorias bajo el capitalismo siguen siendo inciertas.

Un modelo de desarrollo sostenible

«Incluso una sociedad entera, una nación o todas las sociedades de la misma época juntas, no son las propietarias de la tierra» escribía Marx en el tercer tomo del Capital publicado en 1894. “No son más que los usufructuarios que, en tanto que buenos pater familias, tienen el deber de transmitir la tierra a las siguientes generaciones en mejores condiciones22”.

Si el sistema capitalista es perecedero en esencia, ¿convierte esto a su polo opuesto, el socialismo, en una garantía de lucha contra el cambio climático? ¡Ojalá las cosas fueran tan sencillas! La lucha por un clima habitable demanda el máximo de cada actor de la sociedad, dentro de cualquier tipo de sistema. Pero una sociedad socialista con una propiedad compartida de los medios de producción y una planificación económica basada en la participación de todos genera las condiciones necesarias para poder afrontar el problema.

Por el momento, la climatología ha llegado hasta tal punto que ya podemos determinar qué cantidad de gases de efecto invernadero podemos emitir para no sobrepasar el límite de 1,5 grados de calentamiento, por ejemplo. Esto nos ofrece un “presupuesto de carbono”, es decir, la cantidad total de CO2 que la humanidad puede emitir a la atmósfera. Pero según los escenarios más optimistas, si no varía el estado actual de las cosas, este presupuesto se verá agotado en cuestión de diez años. En este caso, asegurar un mundo habitable no sería posible más que reduciendo drásticamente a cero todas las emisiones, algo imposible, evidentemente.

Es la clase de los grandes propietarios de los medios de producción la que determina la dirección que debe tomar nuestra economía. Bajo el capitalismo, esto asegura un desarrollo hecho a medida de la clase poseedora, un desarrollo en el que la acumulación juega un papel central. El capitalismo garantiza que no se apliquen las propuestas y soluciones que nos ofrecen la ciencia y la tecnología. Pero si los trabajadores toman en sus manos las palancas de la economía, entonces sí que se vuelve posible planificar en función de los intereses de la mayoría. En este caso, podríamos elaborar una planificación económica y social que nos permitiera permanecer dentro del presupuesto de carbono. Podríamos determinar cómo cubrir las necesidades sociales sin ir más allá de los límites del planeta. Podríamos, por tanto, darle prioridad al valor de uso en lugar de al valor de cambio y acabar con la lógica del máximo beneficio. Podríamos repartir las materias primas entre los distintos sectores sociales y determinar dónde se pueden emitir gases de efecto invernadero y hasta cuándo. Finalmente, podríamos determinar al principio de cada año quién va a consumir y a producir qué, en lugar de tener que constatar cada año en diciembre que efectivamente hemos seguido sobrepasando ampliamente las capacidades de la naturaleza23.

Si comprendemos las limitaciones que el capitalismo nos impone, así como las posibilidades que el socialismo nos ofrece para frenar el cambio climático, la necesidad de una revolución socialista se plantea de manera mucho más urgente que cualquier otra crisis generada por el actual sistema. Porque un clima desordenado no solo modificará todo lo que nos rodea, sino que sus consecuencias serán irreversibles. Nos encontramos en el umbral de toda una serie de procesos que se retroalimentan entre sí, de tal manera que pueden hacer imposible el retorno hacia el mundo tal y como lo conocemos hoy en día. Es hora de que destruyamos nosotros mismos el sistema que nos ha conducido hasta esta situación, si queremos estar en disposición de crear un futuro verdaderamente sostenible.

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