3.2. Otro mundo es necesario y posible

2.1. Vivir en sociedad es convivir

Todos lo hemos oído alguna vez: el hombre es codicioso y avaro por naturaleza, hambriento de tener cada vez más; a la gente sólo le mueve su interés. Homo homini lupus”, el hombre es un lobo para el hombre. Estas frases hechas justifican el capitalismo: es el sistema menos malo, porque es coherente con la naturaleza humana. Sin más. Y viceversa: una sociedad socialista no puede funcionar porque va en contra de la naturaleza humana.

Trabajamos juntos, vivimos juntos, vamos juntos al fútbol, a los festivales de Dour o Werchter, a la Zinneke Parade de Bruselas, nos unimos para apoyar a las víctimas del Tsunami, de Haití, nos implicamos en el trabajo voluntario. Pero se nos dice todos los días que la codicia es el instinto básico de la humanidad. Que sólo el egoísmo nos empuja hacia adelante. Que podemos “triunfar” pisando las cabezas de los demás, eliminando a los competidores. Que la sociedad funciona mejor cuando todos perseguimos nuestro propio interés.

Esa no es la ideología de “la gente”. Es la ideología de la época actual. Es la ideología de la clase dominante de nuestro tiempo. La competencia feroz, desalojar al competidor del mercado, pasar por encima del vecino para aumentar nuestro capital y nuestros beneficios. Todas esas son características del capitalismo. Todas se pueden agrupar en una sola categoría: el interés individual. Los ideólogos de las clases dominantes convierten estas concepciones particulares en características generales de toda la sociedad. Como dijo Marx: “En todas las épocas, las ideas dominantes son las ideas de la clase dominante.” Esto se ha hecho aún más evidente en los últimos años. Con el desempleo masivo, las medidas de “activación de los parados” que pretenden convertir a los candidatos a un trabajo en competidores. La exclusión y el aislamiento hacen que cada vez enferme más gente. Lo que todavía pertenecía a la esfera pública – el cuidado de la salud, las pensiones, el suministro de energía y agua potable la cultura – ha sido totalmente devaluado y puesto bajo el control de intereses privados y de mercado. “Rico en cien días” es el nuevo best-seller de esta sociedad. Juega a la bolsa. Invierte y especula.

El hombre es un animal social “un ser que no puede prosperar como individuo más que en sociedad”, escribió Marx. Vivir en sociedad, no es vivir aislado en un rincón. Los animales sociales, como el hombre, no son ca- paces de sobrevivir fuera de la comunidad. Los individuos deben cooperar. Los ideólogos neoliberales abusan de “la supervivencia del más apto” (survival of the fittest) de Darwin y la traducen en una especie de egoísmo biológico1. Sin embargo “los más aptos”, las especies sociales mejor adaptadas, son también las que durante la historia de la evolución eran más capaces de cooperar entre ellas.

La empatía2 a menudo se considera una propiedad compleja, que conscientemente decidimos tener. El científico Frans de Waal, explica, que por el contrario, que la empatía es parte de “un patrimonio tan antiguo como la clase de los mamíferos”, lo que hace de la empatía una característica fuerte y no un simple barniz que la civilización ha añadido recientemente. Un comportamiento empático es beneficioso a largo plazo para la especie humana y precisamente por eso fue seleccionado por el mecanismo de la evolución, dice de Waal. El “yo” no puede funcionar sin el “otro”.

Friedrich von Hayek, el campeón del liberalismo clásico, trató de imponer la idea de que la comunidad y el individuo son mutuamente excluyentes. Según su punto de vista hay que escoger entre una de las dos. Todo lo contrario. “Es solamente con la comunidad, con otros, donde cada individuo tiene los medios para desarrollar sus facultades en todos sentidos; así pues, es solo en la comunidad donde la libertad personal resulta posible”, escribieron Marx y Engels. El bienestar individual está indisolublemente ligado al bienestar social. Esto también significa que la libertad individual no puede ser separada de un marco de libertad de colectiva; ambos están indisolublemente ligados.

2.2. La producción como base de la sociedad

Para vivir, la gente debe comer, beber, vestirse y resguardarse. Deben “producir”. Las primeras ideas del homo sapiens no trataban de conceptos abstractos como “el sentido de la vida”. Tenían que ver con la producción. ¿Qué comeré y qué beberé hoy? ¿Cómo mantener vivo el fuego? Las comunidades de cazadores-recolectores no se asentaron de la noche a la mañana como agricultores debido a un genial individuo que tuvo la brillante idea de fundar una ciudad. Si no porque las orillas del Jordán, el Nilo, el Mekong y el Río Amarillo se inundaban cada año de limo fértil y porque se hizo materialmente posible una sociedad basada en el cultivo agrícola y la ganadería. Los antiguos cazadores-recolectores ya podían quedarse en un solo lugar. Ya no era necesario ir de un lado al otro para abastecerse de alimentos y la agricultura proporcionaba, por hectárea, más calorías que la caza o la recolección. Estas circunstancias hicieron posible el descubrimiento y la invención de los canales de riego, los fertilizantes, los animales de tiro, del arado, los vehículos de ruedas y los barcos de vela. Hizo posible, en definitiva, la revolución neolítica3.

Gordon Childe, uno de los padres de la arqueología moderna demostró que los primeros sistemas numéricos y la escritura aparecieron a lo largo de todo el mundo para crear inventarios. El progreso técnico permitió la producción de un excedente, que se almacenaba como reserva para usarse en caso de pérdida de cosechas. En suma, las nuevas ideas que produjeron cambios en la sociedad no cayeron del cielo. Son el producto de su época, de circunstancias materiales y sociales.

La producción, la técnica, el conocimiento y las competencias científicas constituyen las bases de la sociedad. La humanidad utiliza todas sus habilidades y todos sus talentos. Desde las herramientas más simples hasta el mundo digital actual, este cambio pasa por usar métodos cada vez más complejos. En este proceso de producción el hombre también utiliza lo que toma de la naturaleza: las materias primas y las fuentes energía. En otras palabras: en todo lo que se produce hay un material que proviene de la naturaleza. Ahí se sitúa, en su mismo origen, la relación entre la economía y la naturaleza. El trabajo y la naturaleza son las dos principales fuentes de la riqueza creada en la producción: “La riqueza tiene al trabajo por padre y a la tierra por madre” podríamos decir usando una metáfora.

2.3. La acción humana es la fuerza motriz de la historia

Las sociedades evolucionan, ninguna es inmutable para siempre. Y tanto mejor. Cuando una forma de sociedad antigua se convierte en un obstáculo para el desarrollo de la ciencia y la técnica y para las posibilidades de producción, está madura para pasar a otra forma de sociedad. Las tensiones entre las clases se vuelven tan agudas que las relaciones sociales de- ben cambiar. Hablamos en este caso de transformación social. Así, entre 1750 y 1850, en la Europa continental la sociedad feudal dio paso a una sociedad capitalista. Una nueva clase, la burguesía, tomó las riendas del gobierno y la sociedad de las manos de la nobleza. La gran industria creó un mercado mundial, gracias al descubrimiento de América y de la ruta a las Indias Orientales. El mercado mundial aceleró enormemente el desarrollo de canales de comercio, navegación y comunicación. Poco a poco se extendieron, al igual que la industria, el comercio, la navegación y los ferrocarriles y se desarrolló la joven burguesía. En esta nueva era industrial, la burguesía devolvió al pasado a todas las viejas clases heredadas de la Edad Media.

Nuestro país fue, junto con Gran Bretaña, uno de los primeros países en el mundo en industrializarse. Con el auge de la industria nació una nueva clase: la clase obrera. En vez de la libertad, igualdad y fraternidad que había prometido la Revolución Francesa, era víctima de una gran explotación. Muchos escritores dedicaron sesudos libros a describir la miseria de los trabajadores. Pero los jóvenes revolucionarios Karl Marx y Friedrich Engels fueron más lejos. No sólo vieron la miseria, sino sobre todo el potencial de la clase trabajadora. Esta clase, en las fábricas llenas de humo de aquel entonces, producía la riqueza de la nueva era. Sin trabajadores no hay riqueza. Una nueva sociedad sin explotación del hombre por el hombre sólo puede ser obra de los mismos trabajadores. El socialismo no es una quimera de ilusos soñadores, sino que puede ser el resultado de la evolución de la sociedad moderna. “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen arbitrariamente, bajo las condiciones elegidas por ellos; lo hacen en condiciones dadas y transmitidas desde el pasado”, escribió Marx.

Marx pensaba que un nuevo mundo de igualdad iba a llegar rápidamente. Y algunos marxistas posteriormente han defendido una especie de “determinismo”, como si el desarrollo de la sociedad llevase automáticamente a una nueva sociedad socialista. Pero no es así. Para lograr un mundo sin explotación se requiere que la base material esté madura, pero, a fin de cuentas, la acción humana es decisiva. La acción humana es la fuerza motriz de la historia.

En los últimos dos siglo el mundo ha conocido avances sin precedentes en la ciencia, el desarrollo técnico y la organización de la producción. Este avance permitiría a la humanidad logros increíbles: el fin de la pobreza; garantizar derechos básicos como la educación, la salud y la vivienda; una producción que utilice la menor cantidad posible de combustibles fósiles y que no contamine el suelo, el agua y el aire; un trabajo decente garantizado y el fin del desempleo masivo. Pero nada de esto sucede, por- que la ciencia, la tecnología y la organización de la producción son prisioneras de la propiedad privada de los medios de producción que – por su propia naturaleza – busca únicamente la maximización de los beneficios.

A nivel mundial gigantes industriales y financieros controlan los diferentes sectores económicos y los estados les ayudan a mantener ese control. La gente resiste por doquier contra el poder absoluto de estos monopolios económicos y contra el continuo apoyo de las autoridades políticas a esta omnipotencia. La resistencia se desarrolla en los terrenos más diversos. La gente se organiza para logar mejores salarios y condiciones laborales, en busca del progreso social. Salen a las calles por un medio ambiente sano y por salvaguardar la tierra para las generaciones futuras. Luchan para tener realmente voz y voto en la sociedad, para adquirir derechos y ampliar el espacio democrático. Buscan una oferta cultural diversificada, liberada de las garras de la mercantilización. Otros se implican en el movimiento de solidaridad internacional, para luchar, con otros pueblos, por su emancipación frente al saqueo imperialista y neocolonial. Se comprometen con la paz, contra el creciente peligro de guerras, la militarización y el fortalecimiento de la OTAN. Por todos estos motivos, la lucha social crece y la gente entra en conflicto con el poder absoluto de los distintos monopolios capitalistas. A través de la acción social la gente logra conquistas sociales, ecológicas, culturales, democráticas y progresistas. Pero estas conquistas son inestables en todas partes, ya que estos monopolios tienen el poder sobre la producción y la distribución de la riqueza producida por la sociedad. Hasta que los diversos movimientos de resistencia puedan unirse y desarrollar una fuerza mayor capaz de imponer un cambio social profundo. Entonces la comunidad podrá retomar el control de la producción – una producción altamente desarrollada, que ofrece enormes posibilidades – y se harán posibles el progreso social, ecológico y democrático.

Notas

  1. Egoísmo biológico: actuar en interés propio con el pretexto de sobrevivir.
  2. Empatía: capacidad de hacerse a la idea de los sentimientos de otros, de ponerse en su lugar.
  3. Neolítico: la revolución neolítica es la primera revolución agrícola que permite el paso de sociedades de cazadores-recolectores nómadas a una sociedad sedentaria en aldeas que practica la agricultura y ganadería. Esta revolución tuvo lugar en varios lugares del mundo de manera independiente. En el mediterráneo tuvo lugar hacia el 6500 aC y en el norte de Europa hacia el 5500 aC.