1.4. Cambiar ahora, antes de que el clima lo cambie todo

La humanidad está destruyendo sus propias condiciones de existencia a gran velocidad. Así lo dicen los últimos estudios científicos sobre la contaminación del suelo y el agua, el escape de enormes cantidades de productos químicos agrícolas al medio ambiente, la liberación de gases de efecto invernadero1 a la atmósfera y los daños a la biodiversidad que podrían reducirla a la mitad en unas pocas décadas.

Pero si decimos “la humanidad” podría entenderse que no hay ninguna razón que explique esta destrucción del planeta, que no hay responsables de esta contaminación, deforestación y desertificación. De hecho, sí los hay. Hay responsables y también víctimas.

Esto también es aplicable a las amenazas a los recursos mundiales de agua potable. Es un gran problema para muchos países del Sur y al mismo tiempo una fuente de enriquecimiento para los pocos monopolios que se apropian del agua. La tierra y el mar están siendo envenenadas por los fosfatos y nitratos debido a que los gigantes de la industria alimentaria y química han ligado su suerte a la agricultura industrial. Y a esto se suma el calentamiento inusualmente rápido del clima, como consecuencia de la revolución industrial. Poco a poco se hace evidente que hay “una guerra entre el clima y el capitalismo”, como expone Naomi Klein. Cada una de las degradaciones actuales tiene consecuencias sobre la biodiversidad, la desaparición de especies, los arrecifes de coral y las plantas.

Hay otros problemas ambientales como el agotamiento de los recursos naturales, la contaminación de la atmósfera con partículas finas, la acidificación de los océanos, etc. Nos centraremos en el calentamiento global, ya que este problema es probable que sea el más crucial para las condiciones de la vida en la tierra y porque también tiene un impacto en muchos otros campos.

Los hechos son irrefutables

El panel sobre el clima de la ONU, el IPCC, centraliza y actualiza de forma permanente los datos disponibles sobre el cambio climático. Miles de científicos de todo el mundo trabajan en él. Y al igual que los científicos serios, el IPCC es muy cauto en sus conclusiones. Su quinto informe (publicado en 2004) constata que la aceleración sin precedentes del calentamiento global está causado por la actividad humana en la tierra. Asimismo señala que los esfuerzos para detener el calentamiento global son absolutamente insuficientes. Este calentamiento es ahora de 0,85° C desde el comienzo de la era industrial (1880). Desde 1950 asistimos a una aceleración sin precedentes. El calentamiento es causado por la liberación de gases de efecto invernadero, que a su vez son liberados principalmente por los combustibles fósiles utilizados para la generación de electricidad, la producción en general, el transporte y la calefacción. Otra de las causas es la deforestación a gran escala y la pérdida de vegetación y biomasa del planeta, lo que implica que se absorba menos CO2. El modelo insostenible de agricultura industrial también reduce la absorción de CO2 y aumenta las emisiones de metano. Los océanos acaban por saturarse, de modo que el CO2 se queda suspendido en la atmósfera. El informe del IPCC dice que en el hemisferio norte el periodo 1983-2012 han sido los 30 años más cálidos de los últimos 1 400 años.

De seguir por el mismo camino la atmósfera se calentará de 3,7 a 4,8° C a finales de siglo. Es un escenario que debemos evitar a toda costa porque modificará significativamente las condiciones de vida y hará inhabitables algunas partes de la tierra. Por ello, el consenso alcanzado es la temperatura en la Tierra no debe aumentar más de dos grados centígrados.

Ya es un compromiso entre gobiernos, aunque está bajo fuertes presiones de las grandes empresas multinacionales. Para muchos países a nivel del mar y para el África subsahariana, este escenario es un desastre. En realidad, un calentamiento de 1,5 grados Celsius ya es probablemente excesivo, porque pueden desatarse mecanismos irreversibles como el rápido aumento del nivel del mar. El principio de precaución debería fijar un umbral más bajo. Hoy ya podemos ver claramente las consecuencias de la subida de la temperatura. Se puede ver de forma evidente con la capa de hielo que mengua rápidamente. Pero también en los caprichos del tiempo y en el aumento de la violencia de los desastres naturales (tormentas e inundaciones). Las consecuencias son especialmente tangibles para los pueblos indígenas, para las pequeñas islas y los países del desierto, para los agricultores y pescadores de los países pobres: las estaciones de producción agrícola son más cortas, disminuyen o desaparecen las tierras agrícolas de cultivo, las cosechas de alimentos disminuyen y hay escasez de agua dulce. La desnutrición, el hambre y la hambruna que están en aumento, fuerzan a millones de personas a emigrar.

La tarea está clara

Para mantener el cambio climático dentro de límites razonables, es esencial reducir significativamente las emisiones de gases de efecto invernadero. Hasta ahora, la humanidad ya ha emitido 2.100 gigatoneladas de CO2 a la atmósfera. Para mantener el aumento de la temperatura por debajo de dos grados centígrados no podemos emitir más de 800 gigatoneladas de CO2 en el futuro. Este es el “presupuesto” de la humanidad. En el contexto actual este presupuesto se agotará en 16 años. Si queremos mantener la subida de temperatura en 1,5ºC este presupuesto ya está agotado. Esto significa que se necesitan descargas negativas, la congelación de emisiones de gases de efecto invernadero.

La gravedad del problema ha sido reconocida desde 1988. Fue proclamada oficialmente como emergencia mundial por la ONU en la Cumbre de Río de Janeiro en 1992. Esto llevó al Protocolo de Kyoto (firmado en 1997, entró en vigor en 2005) que estableció un primer estándar para las emisiones de los viejos países industrializados (sin los EEUU, que rechazó el acuerdo). Durante el período 2008-2012 las emisiones de gases de efecto invernadero se redujeron un promedio del 5,2% en comparación con 1990.33 Esta modesta ambición se logró en Europa, ayudada por la crisis económica y por el uso intensivo de medios perversos y falsificados para reducirlos.2 Pero a nivel global el resultado se invierte: desde 1990 las emisiones globales se incrementaron un 40%.

Mientras tanto, el Protocolo de Kyoto ha sido prorrogado hasta el 2020, con el objetivo de lograr una reducción del 18% en comparación con 1990. Sin embargo, en la práctica, el protocolo sólo vincula a la UE (y Australia) porque ahora, además de Estados Unidos, se descuelgan también Canadá y Japón. Los EEUU y Japón están invirtiendo grandes sumas en la explotación de gas de esquisto y bituminoso. Y después del desastre nuclear en Fukushima Japón ha vuelto a utilizar los combustibles fósiles. En 2020, un nuevo protocolo climático global entra en vigor, pero su contenido aún está pendiente de decisión en la Cumbre del Clima de París a finales de 2015.

Con cada nuevo informe del IPCC la alarma suena más fuerte. Para limitar el aumento de la temperatura a dos grados centígrados, las emisiones globales de gases de efecto invernadero deben disminuir entre un 40 y un 70% en 2050.3 La pregunta crucial es: ¿cómo podemos compartir este esfuerzo? Los países en desarrollo no quieren verse frenados en su esfuerzo por superar su atraso en el desarrollo. Las mayores emisiones se han realizado desde la industrialización de Occidente y, en cada Conferencia Mundial, los países emergentes y los países en desarrollo reclaman legítimamente que Occidente asuma el mayor esfuerzo y transmita su tecnología ambiental. Para el viejo mundo industrializado esto significaría una reducción de las emisiones de un 40% en 2020 y hasta de un 90 a 98% en 2050. En otras palabras: los países ricos industrializados deben reducir cada año por lo menos un 8-10% sus emisiones. Y cuanto más rápido mejor.

Esto clarifica la clave de la problemática del clima. Sólo un esfuerzo a gran escala, planificado y coordinado, puede proporcionar un resultado convincente. Para el enfoque de la cuestión climática son esenciales tres ejes de inversión.

  1. Es necesario reducir significativamente el uso de combustibles fósiles (petróleo, carbón, gas) y, al final, sustituirlos por completo por energía renovable proveniente del sol, el viento, el agua y la biomasa.
  2. Al mismo tiempo, la cantidad de energía requerida se puede minimizar sustancialmente mediante la mejora de la eficiencia en su uso. Pero también mediante el desarrollo de producción, transporte y calefacción más eficientes en el uso de energía. El aislamiento de los edificios y casas y el desarrollo del transporte público son dos elementos claves. El objetivo debe ser la creación de ciudades y zonas de producción neutras en carbono. Esto es posible gracias a la combinación de energías renovables y la eficiencia energética. La cogeneración y las redes inteligentes de calentamiento y refrigeración urbana pueden proporcionar una contribución importante.
  3. Tenemos que invertir en el aumento de la capacidad de absorción de CO2 de la vegetación, la vida subterránea y acuática. Esto implica una política activa de reforestación, agricultura agroecológica, el desarrollo de las zonas verdes en el entorno urbano y la protección de los ecosistemas naturales.

La sociedad humana se enfrenta a decisiones cruciales

Con la tecnología actual, ¿podemos lograr una transición completa a fuentes de energía renovables? Estudios de expertos nacionales e internacionales demuestran que es posible. Y también es posible lograrlo para el año 2050.

¿Por qué no se lleva a cabo entonces? El obstáculo principal no es técnico, sino político. Es decir, la obstinación con la que los políticos continúan aferrándose al funcionamiento de los mecanismos de mercado para lograr esta transición energética y a la obstinación todavía mayor con la que los políticos siguen basándose en la buena voluntad del capital privado. Esto significa que, en última instancia, la rentabilidad debe decidir las inversiones y la política a largo plazo.

Confiar en el mercado tiene tres consecuencias adversas: (a) la transición hacia una economía sostenible y neutra en carbono se frena, en lugar de ser llevada adelante resueltamente; (b) las principales conferencias internacionales sobre el clima proporcionan pocos resultados vinculantes; y (c) dada la ausencia de un enfoque estructural, en última instancia el consumidor acaba pagando la factura, como ocurre con los impuestos ambientales.

(1) La lógica de la competitividad significa que hay inversión sólo cuando ésta se intuye como una fuente de beneficios. Para la inmensa mayoría de empresas, esto implica que hay que evitar lo más posible las costosas inversiones respetuosas con el medio ambiente. A menos que proporcionen ahorros rápidos. Sólo un pequeño grupo de capitalistas considera que hay posibilidad de hacer dinero con la industria de la sostenibilidad. Se lanzan para ser los primeros en poner las manos en un mercado con futuro. Pero mientras que la energía renovable siga costando más que los combustibles fósiles, la mano invisible del mercado implicará que no se consigan avances relevantes en la transición hacia una economía sostenible. A pesar de todas las advertencias sobre el clima.

Veamos el ejemplo de los 200 mayores monopolios del petróleo, gas y carbón. Estos gigantes tienen un valor total en el mercado de 4 billones de dólares. Básicamente, es más o menos el equivalente a todo el PIB de América Latina. Estos 200 gigantes de la energía no toleran que se toque su imperio económico o financiero. Desde luego, no en virtud de consideraciones ambientales y tampoco porque el futuro del planeta esté en peligro. Basan sus cálculos en el máximo beneficio para los accionistas y no en los intereses de la población mundial. Si queremos mantener la tierra habitable y por lo tanto, si queremos mantenernos por debajo del aumento de la temperatura de dos grados centígrados, hay que cambiar de rumbo con urgencia. Para lograrlo esto, un tercio de las reservas de petróleo, la mitad de las reservas de gas y cuatro quintas partes de las reservas de carbón deben permanecer en el subsuelo. Es un cambio radical. La explotación de gas bituminoso en Canadá también debe parar, así como las nuevas perforaciones de petróleo en el Círculo Polar Ártico.

Hoy en día sucede lo contrario. Las 200 mayores empresas de energía gastan mucho dinero en encontrar nuevas reservas de petróleo y gas. A menudo mediante peligrosas perforaciones submarinas. Invierten no menos de 670.000 millones de dólares al año en la búsqueda de fuentes de energía a las que en realidad deberíamos renunciar. Este dinero no se invierte en la investigación de nuevas fuentes de energía renovable y menos aún en investigación científica. Estas 200 multinacionales no lo hacen ya que pondrían en peligro su posición. Quieren seguir logrando 125 mil millones de dólares al año en dividendos para sus accionistas. Si se asume seriamente el objetivo de los 2º C, estos gigantes de la energía perderían dos terceras partes de sus reservas. Esto significa que pondrán todos sus medios económicos, financieros y políticos para combatir cualquier cambio radical en la política energética. En otras palabras, si queremos tomar las decisiones vitales necesarias para la humanidad y para el planeta, no podemos dejar nuestro futuro en manos de los intereses privados de este tipo de empresas monopólicas.

(2) En el Protocolo de Kyoto se contaba con que las normas de emisiones de CO2 se lograrían gracias a la creación de un mercado de carbono. La clase política tradicional confía una vez más en “el mercado” para resolver los problemas. Cada país recibe derechos de emisión que se distribuyen entre las empresas más contaminantes y estos derechos deben disminuir de año en año. Las empresas que emitan menos que su cuota pueden “vender” sus derechos en el “mercado”. O pueden comprar derechos adicionales, si les sale más barato que invertir en la limitación de las emisiones. Pero hay nichos aún más interesantes para evitarlo, como financiar proyectos que limitan las emisiones en los países en vías de desarrollo o en otros países de la Unión Europea. Porque son menos costosos y pueden negociarse más fácilmente. De esta manera, se ha convertido la política climática en un juego bursátil. Con la crisis, el precio de mercado de los derechos de emisión se derrumbó y se compraron derechos para el futuro a precios muy bajos. Esto demuestra que la industria demostró tanta perversidad con los derechos de emisión de gases de efecto invernadero como la banca con los productos tóxicos, con consecuencias que pueden ser aún más catastróficas en el futuro.

(3) Si el mercado debe traer la esperanza de salvación acabará haciendo lo mismo que siempre: se aumenta el precio del combustible y del tratamiento de los residuos mediante impuestos medioambientales. Y la responsabilidad de sus fracasos se hace recaer sobre el consumidor. En última instancia los trabajadores y las familias más pobres son quienes acabarán pagando por la lucha contra el cambio climático. Y no los grandes contaminantes que impiden la transición hacia una economía sostenible.

La elección a la que nos enfrentamos es: o controlar tanto como sea posible la crisis climática (la llamada mitigación) o sufrir las consecuencias y adaptarse. Si no se produce un cambio rápidamente es inevitable que entremos en este segundo escenario, a pesar de lo catastrófico que puede llegar a ser. Y la lógica será “después de nosotros el diluvio”: mantengámonos a flote y ya iremos viendo qué pasa después de nosotros.

Hay una razón por la que los cambios deben producirse rápidamente. El carbono que se encuentra en la atmósfera se acumula durante millones de años y pasa mucho tiempo antes de que una reducción de las emisiones tenga un efecto sobre el clima. También hay una razón financiera.  Adaptarse al cambio climático costará varias veces la inversión actualmente requerida para lograr la transición a energías 100% renovables. El informe Stern ha calculado que se requeriría una inversión anual del 3% del PIB mundial. Pero los monopolios energéticos no quieren asumir los costes necesarios para llevar a cabo este cambio.

¿La humanidad dejará estas decisiones en manos de unos pocos intereses privados y del mercado? ¿O podremos, como comunidad, elegir una producción baja en carbono y una política que no destruya el planeta, sino que lo mantenga en buenas condiciones para las generaciones futuras? Este tipo de elección no se llevará a cabo en una sociedad en la que el paradigma del mercado impone su ley. Se necesita una transformación social para planificar a largo plazo, a gran escala y para compartir de manera óptima todo el conocimiento científico y tecnológico. Este es nuestro compromiso con el socialismo 2.0.

La lucha social y ecológica se unen

El clima es el mismo para todas las capas de la población. Pero no todos los sectores de la población van a sufrir las catástrofes climáticas de la misma manera. Los más ricos tienen muchos más medios para protegerse de las tormentas e inundaciones y sin duda de la hambruna. Los menos ricos y especialmente los millones de pobres del mundo, son los que más sufren por el calentamiento global. La lucha por un planeta habitable y sostenible debe ir de la mano de la lucha por la justicia social.

La catástrofe humanitaria ya está teniendo lugar en el Sur. Los agricultores, ganaderos y pescadores se quejan de la creciente alteración de las estaciones, de las lluvias torrenciales y de los ciclones que destruyen todo, de la sequía abrasadora que acaba con cultivos y de la falta de agua dulce. Con el aumento de la pobreza millones de seres humanos comienzan a buscar lugares más habitables. En países llanos y vulnerables como Bangladesh ya gastan más de mil millones de dólares al año para luchar contra las consecuencias del cambio climático. Esto representa el 5% de su presupuesto. Pero es de ilusos creer que sólo se verá afectado el Sur.

Lograr un cambio positivo en beneficio de todo el mundo es algo que puede llevarse a cabo sobre todo en los países más ricos. Pero los directores y principales accionistas de los gigantes del petróleo, de las multinacionales de la energía, de los fabricantes de automóviles y de los conglomerados agrícolas no tienen incentivos para comenzar la transición hacia una economía sostenible. Explotan excesivamente los combustibles fósiles y liberan enormes cantidades de gases de efecto invernadero porque el capitalismo no conoce el principio de precaución, sólo el principio del beneficio. Por eso el problema climático se convierte también en un conflicto con intereses sociales opuestos, en un conflicto de clases.

El mercado no va a resolver la crisis del clima, como tampoco lo harán las multinacionales. Debemos hacernos con el timón de la sociedad. La renovación ecológica implica invertir en empresas públicas de energía bajo control democrático, a nivel local y nacional. Reemplazar el caos del libre mercado por el establecimiento planificado de un sistema energético sostenible. Es decir: invertir en tecnología, en investigación científica, en transporte y fuentes de energía sostenibles que respeten el medio ambiente, con independencia de los intereses comerciales privados y de los mecanismos de mercado. Luchar por un transporte público moderno, numeroso, fiable y económicamente accesible. Invertir en construcción, aislamiento y eficiencia energética. Y atreverse a pensar en la movilidad ecológica, como el transporte ferroviario de contenedores y en carreteras para bicicletas. Algo urgente e indispensable hoy en día.

La lucha ecológica y la lucha social deberían unirse de forma natural. El movimiento ecologista, los movimientos sociales y los sindicatos se enfrentan a los mismos rivales. Los que durante años han predicado la liberalización, la privatización y la desregulación son los que ahora se oponen a la imposición de normas estrictas y quienes predican la confianza en el mercado para hacer frente a la crisis climática. Desde 2009 la Confederación Sindical Internacional preconiza considerar el clima como un campo de acción sindical. Por otro lado el movimiento por el clima no recibirá la confianza de los trabajadores si no hace esfuerzos para unir la cuestión ecológica y la lucha por la justicia social. La lucha por una economía sostenible también es esencialmente una lucha por obtener más empleos, mejores viviendas y urbanismo, una alimentación saludable y un medio ambiente más saludable para todos. Es una condición necesaria para que la lucha por una sociedad sostenible se convierta en una palanca para construir otra sociedad, libre de la dictadura de los monopolios y basada en la justicia social y ecológica.

Notas

  1. Elementos gaseosos de la atmósfera que absorben y después rebotan los rayos infrarrojos contribuyendo así al efecto invernadero. El más conocido de estos elementos es el CO2. Utilizando los combustibles fósiles – petróleo, gas y carbón – para fabricar energía enviamos CO2 (dióxido de carbono) a la atmósfera
  2. Mediante mecanismos por los cuales los países ricos pueden comprar “certificados de aire limpio” en países en vías de desarrollo (CDM o Clean Development Mechanism), que les cuesta bastante más barato que invertir ellos mismos en la limitación de las emisiones.
  3. En relación al año de referencia 1990. Según el 5º informe del IPCC el retraso arrastrado es tan importante que a partir de 2050 será necesario retirar gas de efecto invernadero de la atmósfera y los océanos para lograr una reducción de las emisiones del 120% en 2100 en comparación a 1990.