1.1. Una respuesta social a una profunda crisis económica

1.1. Las burbujas de ilusión estallan

Desde la Segunda Guerra Mundial, Europa y América del Norte conocieron un periodo de crecimiento relativamente estable. En Europa, la reconstrucción era prioritaria. Los Estados Unidos ofrecieron su ayuda a través del plan Marshall 1 .Este plan estimuló a su vez las exportaciones americanas. Al mismo tiempo, el plan debía reforzar el capitalismo en Europa frente a «la amenaza comunista». En efecto, el comunismo había permitido al mundo del trabajo pasar a la ofensiva y arrancar a la clase dirigente nuevos derechos y cierto progreso social. La industria militar era el motor de la economía en un mundo marcado por el conflicto entre dos grandes bloques. Los trabajadores tenían un mayor bienestar porque los salarios aumentaban junto con la productividad. Esto produjo la ilusión de un capitalismo que podía desarrollarse sin crisis.

Pero cuando en 1973 el precio del petróleo se cuadruplica, la economía mundial entra en crisis. El sistema se enfrenta al fenómeno de la sobrecapacidad: no se puede producir más de lo que la gente puede comprar. Rápidamente se dieron cuenta de que no se trataba de una debilidad cíclica temporal, sino de un desequilibrio estructural entre la capacidad de producción de las empresas y el poder de compra de la población. Las fábricas cerraban, los trabajadores eran despedidos y el desempleo aumentó considerablemente.

Cuando la crisis de sobreproducción llamó a la puerta en 1973, la reacción fue bastante suave. Se dijo que era algo pasajero, una debilidad coyuntural, que se debía al precio del petróleo. Pero la situación empeoró y desde 1978 tuvo lugar una dura reestructuración. Aparecieron los cierres y los despidos masivos en los cinco «sectores nacionales»: minas, siderurgia, construcción naval, vidrio y textil. El número de desempleados en Bélgica pasó de 100.000 a 600.000 en diez años; y Valonia fue la región más afectada.

El segundo shock petrolero de 1979 marcó un giro radical. La terapia de choque de la Escuela de Chicago de Milton Friedman ha recibido el nombre de neoliberalismo. El dictador Pinochet la había puesto a prueba en Chile, pero fue la ofensiva del dúo Reagan-Thatcher quien la impuso al mundo entero. Ante la caída de los beneficios la clase dirigente respondió con una política neoliberal agresiva. La ola de liberalizaciones2 en los Estados Unidos se convirtió en un modelo mundial de competitividad. Los gobiernos europeos respondieron a las exigencias de los mayores monopolios de Europa con la unificación europea. Sobre esa base se crearía la Unión Europea, el Tratado de Maastricht y la instauración del Euro.

Un tsunami de privatizaciones3 barrió el sector público, el sector privado se abalanzó sobre los monopolios del Estado (telecomunicaciones, ferrocarriles, servicio postal…), la flexibilidad se convirtió en la fórmula mágica para el mercado de trabajo. Los salarios menguaron y los impuestos para las empresas y los ricos disminuyeron. La «Estrategia de Lisboa 2010» marcó un punto de inflexión en la competición con los Estados Unidos. El objetivo era la máxima flexibilidad y la reforma de las pensiones, así como una mayor liberalización del sector financiero. Se dio forma a Europa en base al modelo estadounidense de competitividad.

Esta política ha provocado una redistribución gigantesca: los beneficios del capital han subido a costa de los ingresos del trabajo. Los ricos se han hecho espectacularmente ricos y se han embarcado en inversiones de riesgo, en paraísos fiscales y en fondos especulativos. El mundo de las finanzas ha recibido todo el poder. La ingeniería financiera más avanzada ha inundado el mundo con nuevos productos y protagonistas. La mundialización y la liberalización han roto todas las barreras y han dado libertad total a los especuladores y a los gestores de riesgo. El capital que no podía obtener en la industria suficiente rentabilidad, se volcó en los nuevos instrumentos financieros de alto riesgo en un mercado totalmente desregulado. Los especuladores, los tiburones de las finanzas, los accionistas de la banca y de las finanzas no tenían límite. También asistimos a la aparición de nuevos vampiros financieros, los llamado hedge funds 4 y private equity funds 5, cuya especialidad es absorber el capital de los sectores industriales.

Las reformas fiscales de Reagan y Thatcher han proporcionado el combustible para estos nuevos circuitos. Los ricos recibieron regalos gigantescos. Entre 1980 y el año 2000, en los Estados Unidos, de Ronald Reagan a Clinton, el impuesto sobre las rentas más altas se redujo del 70% hasta el 28%. Estos estímulos para los más ricos acrecentaron la división de la sociedad en dos partes separadas por un abismo enorme. Por último, se encontró una manera de sacar más dinero aún de los trabajadores y de los beneficiarios de asistencia social, cuyo poder adquisitivo decrecía: el crédito. El segmento más rico de la población se llevó los beneficios y una parte importante de la capa más pobre de la población se endeudaba cada vez más.

Sí, los médicos neoliberales afirmaban que habían encontrado una cura milagrosa para resolver la crisis. Pero los Chicago boys no habían resuelto la crisis, sólo la habían “aplazado”. Ganaron tiempo creando una demanda artificial mediante la concesión de crédito excesivo, hinchando burbujas financieras, como la del mercado inmobiliario (subprime) 6 en los Estados Unidos. En otras palabras, no habían resuelto la crisis, la habían escondido.

Cuando estalla la burbuja inmobiliaria estadounidense en 2008, todo esto resultó ser un farol. El mundo bancario estaba lleno de productos tóxicos y pagarés sin respaldo real. Los Estados tuvieron que movilizar miles de millones de dólares y de euros para salvar a los bancos. Los ricos de este mundo se habían llenado los bolsillos a través del saqueo financiero y de las actividades especulativas. Cuando estalló esa burbuja, el mundo volvió al punto de partida de los años 70, a la crisis de sobreproducción, pero con una enorme deuda adicional de los estados y los individuos.

1.2. El exceso de oferta tropieza con la falta de demanda

A menudo se dice que el fuego de la crisis financiera se ha extendido a la economía real, pero esto no es del todo exacto. En realidad, sucedió lo contrario. Todo comenzó en la economía real, en la producción de bienes y servicios. La crisis de sobreproducción se enmascaró temporalmente mediante burbujas financieras. Cuando estallaron, el sistema tembló desde sus cimientos.

La verdadera riqueza es creada en la producción por la población trabajadora. No por los bancos o por quienes hinchan burbujas en las finanzas. Pueden enriquecerse especulando sobre la variación del precio de un cargamento de materias primas o sobre el valor del paquete financiero de una hipoteca. Los bancos de inversión pueden construir su negocio por estas vías. Pero esto no crea nueva riqueza. Tan sólo es una especie de anticipo de una riqueza que todavía está por crear. Así, se crea temporalmente la ilusión que la riqueza cae del cielo, pero cuando la brecha entre el mundo virtual y el mundo real es demasiado amplia, este castillo de naipes se derrumba.

La crisis de 2008 fue también el año del retorno de Marx, escribieron varios periódicos. Pero pronto se olvidó. Sin embargo, para comprender el mundo de la producción real y el porqué de las crisis, tenemos que volver al análisis de base de Marx.

En la economía capitalista, cada empresa trata de lograr el máximo beneficio con el fi n de reinvertir, mejorar la producción y por lo tanto captar aún más beneficios. La capacidad de aumentar continuamente el capital determina si una empresa sobrevive o es borrada del mapa. El que acumula más capital puede invertir más, innovar y adaptarse más rápidamente a las fluctuaciones económicas. Se convierte en líder del mercado y puede imponer sus normas a todo el sector. El resto de compañías deben seguir sus pasos, buscar capital fresco para invertir. Y ese dinero lo encuentran en el mundo financiero: gracias a créditos, ampliaciones de capital, salida a bolsa de la empresa, etc. Este es un elemento esencial del mecanismo de la competencia.

Cada fabricante trata de ganar cuotas de mercado a sus competidores. Por eso cada empresa busca el coste de producción más bajo. Invirtiendo en nuevas tecnologías y máquinas modernas que requieran menos mano de obra. Aumentando el ritmo y las horas de trabajo. O reduciendo los salarios. Desde el punto de vista individual de cada patrón, está haciendo lo correcto: esto le otorga una posición más competitiva. Pero de manera global, cuando todos los fabricantes hacen lo mismo, la producción aumenta, mientras que disminuye el poder adquisitivo, porque la gente gana menos o se queda en paro. El aumento de la producción se enfrenta a un menor poder adquisitivo: la colisión es inevitable. Es una contradicción inherente al capitalismo. La tendencia por el lado de la oferta de acumular capital para producir más tropieza con la disminución del poder adquisitivo en el lado de la demanda. Los capitalistas sierran la rama sobre la que se sientan. La falta de planificación en los ámbitos industriales y sociales conduce al caos. Y sólo tiempo después vemos el resultado: la sobrecapacidad y la crisis.

1.3. Curar al enfermo con sangrías como en la Edad Media

Para medir la salud de la zona euro actual, lo mejor es usar el termómetro del empleo. Cerca de 7,5 millones de jóvenes en la UE tienen un diploma pero no tienen trabajo. Prácticamente es el equivalente a toda la población de Suiza. Desde hace cinco años la Unión Europea conoce un desempleo del 11 al 12%, una cifra claramente subestimada. Los nuevos puestos de trabajo, a menudo son a tiempo parcial, temporales, o mini-empleos. En Alemania, más de la mitad de los trabajadores jóvenes de 15 a 24 años sólo tiene un empleo temporal; en Italia el 54% y hasta el 59% en Francia.

Ante nuestros ojos está sucediendo una reforma del mercado de trabajo de gran calado. Los empleos actuales se trocean en cuatro o cinco a empleos a tiempo parcial, hiper flexibles y mal pagados. También aumenta el fenómeno de los working-poor (los trabajadores pobres), que están empleados, pero no salen adelante. El 8,7% de los europeos con un puesto de trabajo no puede llegar a fin de mes. En Alemania, es un 22,2%, más de uno de cada cinco trabajadores.

Esta revolución del mercado de trabajo ejerce presión sobre el derecho al trabajo, tal como se define en el artículo 23 de la Declaración Universal de Derechos Humanos:


“Toda persona tiene derecho al trabajo, a la libre elección de su trabajo, a condiciones equitativas y satisfactorias de trabajo y a la protección contra el desempleo. Toda persona tiene derecho, sin discriminación alguna, a igual salario por trabajo igual. Toda persona que trabaja tiene derecho a una remuneración equitativa y satisfactoria, que le asegure, así como a su familia, una existencia conforme a la dignidad humana y que será completada, en caso necesario, por cualesquiera otros medios de protección social. Toda persona tiene derecho a fundar sindicatos y a sindicarse para la defensa de sus intereses.”


Los mini-empleos de Alemania, los contratos de cero horas del Reino Unido, los puestos de trabajo flexibles a demanda como en Holanda y los empleos híper flexibles como en nuestro país, socavan el derecho social a la “remuneración equitativa” que “asegure al trabajador y su familia una existencia digna”. En lugar de una política de empleo real para crear y fomentar la creación de nuevos puestos de trabajo productivos, asistimos a una política del mercado de trabajo que hace de la competitividad el objetivo último y pone a competir a escala continental a las condiciones de trabajo y los salarios de los distintos países.

El desempleo, el aumento del trabajo temporal y eventual, la flexibilidad de los contratos y el retraso de la edad de jubilación suponen una presión sobre a los asalariados y las condiciones laborales de los puestos de trabajo estables. Las autoridades adoptan regularmente medidas que recortan cada vez más a los asalariados. El objetivo es reducir los costes de producción y promover las exportaciones con la convicción de es la solución que sacará a Europa de la recesión. 7

El capitalismo no conoce otra forma de salir de la crisis que restaurando la competitividad y la tasa de ganancia. Por lo tanto, los dictados europeos obedecen a una sola ley: todos los países deben ser más competitivos, para aumentar su potencial de exportación. Las empresas congelan o bajan los salarios y flexibilizan la fuerza de trabajo. Pagan cada vez menos impuestos y contribuciones a la seguridad social. Pero en esta carrera necesariamente habrá perdedores y ganadores, ya que no todos los países pueden ganar en la batalla de las exportaciones. Esto exacerba la competencia para destruir el aparato productivo de los países más débiles. Y plantea la siguiente pregunta: ¿cómo podemos salir de la crisis en toda Europa si atacamos el poder adquisitivo de los trabajadores y de los beneficiarios de prestaciones?

En realidad sucede todo lo contrario: la población sufre restricciones y gasta menos. Resultado: la economía se contrae y los ingresos fiscales disminuyen. La deuda pública de los países con los programas de ajuste más extremos ha aumentado bruscamente en lugar de disminuir. Los remedios europeos son tan estúpidos como los de los médicos milagrosos del siglo 17 que a todo aplicaban el mismo remedio: la sangría.

Los recortes de empleos en el sector público, los recortes en los sistemas sociales y en la infraestructura pública, la venta de sectores públicos al privado, los nuevos impuestos al consumo, el aumento del IVA, los recortes en los programas sociales o en el ámbito cultural, la presión sobre los salarios: con cada una de estas medidas las autoridades explican con convicción inquebrantable que la austeridad reactivará la economía.

Pero en toda Europa, el balance de la crisis es tozudo. Entre julio de 2008 y julio de 2013, no menos de diez millones de personas han perdido sus puestos de trabajo y de nuevo según cifras oficiales. Hace cinco años, 16 millones de personas buscaban empleo en Europa; hoy son más de 26 millones. La situación es dramática, sobre todo para los jóvenes: uno de cada cuatro está desempleado. En marzo de 2013, había en Europa nada menos que 5,6 millones de jóvenes sin trabajo. En España el 55% de los jóvenes está en paro. En Grecia el 60% de los jóvenes están desempleados. Este sistema sacrifi ca su futuro. “El desempleo juvenil mundial ha alcanzado el nivel más alto jamás medido y se espera que siga subiendo”, escribía el informe de 2011 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) de las Naciones Unidas. El informe habla de “las cicatrices de una generación que enfrenta una combinación de altas tasas de desempleo, bajos salarios, aumento de la inactividad y empleo inestable.”

Las mujeres también se ven afectadas así como los residentes de origen extranjero. Las restricciones en materia de educación, atención de la salud y seguridad social limitan la posibilidad de un futuro mejor a grupos cada vez más grandes de personas. Se forma un sector creciente de excluidos, los aplastados por las medidas de activación de parados, los que no puede pagar las facturas o el alquiler o los que no tienen derecho a la seguridad social. Se encuentran en la pobreza permanente y sin esperanza. Dentro de la Unión Europea, 120 millones de personas, una cuarta parte de la población, viven en el límite o por debajo de la línea de pobreza.

Mientras tanto, las empresas están obteniendo beneficios fabulosos. El capital ha digerido la crisis. Reestructuraciones, fusiones y cierres han restaurado los benefi cios de los grandes monopolios y las empresas acumulan reservas fi nancieras. Sin embargo, las corporaciones multinacionales y los inversores internacionales están sentados sobre su montaña de dinero. Ven demasiada incertidumbre. En Europa sólo utilizan el 78% de la capacidad de producción. Con la política de austeridad el consumo sigue disminuyendo y el comercio mundial está estancado. Las inversiones son principalmente de racionalización: absorciones, fusiones… que no crean puestos de trabajo. No se invierte, porque la demanda solvente es baja y el futuro sigue siendo incierto. Resultado: los accionistas y los súper ricos ganan más dinero, los paraísos fiscales siguen floreciendo y se mima a los bancos. La doble moral es el alfa y el omega 8 de una sociedad que opera al servicio de los dueños del capital.

Oxfam revela que el 1% más rico en el 2016 tendrá más riqueza que el otro 99% mundial junto. En la existencia del Homo sapiens, con al menos 100 000 años de historia, jamás se había visto algo igual.

La capa superior de los más ricos se compone de individuos cuya riqueza personal supera los 25 millones de euros. Son los ultra-ricos. Este club de élite asciende a 200 000 personas, apenas el 0,004% de la población mundial adulta. Su fortuna se ha incrementado en más de un 10% anual en los últimos años. En nuestro país este grupo también sigue creciendo cada año. Cerca de 900 ultra-ricos tienen una fortuna combinada estimada de 84 000 millones de euros, un promedio de 96 millones de euros por cada “ultra” rico belga.

Y todavía hay un núcleo de mega-ultras: las 80 personas más ricas del mundo poseen tanto como los 3 500 millones más pobres, es decir, tanto como la mitad de la población mundial. La diferencia se ha vuelto tan grande que es difícil de visualizar en un gráfico.

1.4. ¿Qué nos espera?

Atravesamos la peor crisis económica desde la década de 1930. Como ahora, también en aquel entonces el colapso vino tras un período de euforia financiera. El comercio y la producción mundial cayeron en picada y tuvo lugar un largo período de recesión. ¿Qué nos enseña la crisis de los años treinta? Hay similitudes pero también diferencias importantes. Destacamos cuatro.

  1. Como en los años treinta, los remedios aplicados agravan aún más la crisis. En los años treinta, los salarios se redujeron y el mundo se refugió en el proteccionismo.9 El mercado se contrajo y la recesión se convirtió en depresión, en un largo período de crecimiento negativo. También hoy el aumento salvaje de trabajos de miseria (entre otros fenómenos) ejerce presión sobre los salarios y las rentas del trabajo. Así, el poder adquisitivo cae en una espiral descendente. Por eso, después de seis años, los países europeos se enfrentan por primera vez desde los años treinta al riesgo de la deflación.10 La economía se enfría tanto que los precios caen. Esto puede parecer positivo en un primer momento, pero puede agravar aún más la crisis. Se aplazan compras con la esperanza de que los precios sigan cayendo; la economía se derrumba como un soufflé, el desempleo y la pobreza van en aumento.
  2. En los años treinta, después de cuatro años de depresión y deflación, el estado llegó al rescate, siguiendo a la receta keynesiana. 11 En los EE.UU., se lanza el New Deal, con enormes inversiones en infraestructura y obras públicas. Pero ahora ese dinero no está disponible: las arcas del Estado están vacías porque las autoridades públicas se han endeudado enormemente para salvar a los bancos. Los bancos nacionales (la Fed de EE.UU., el BCE, el Banco de Inglaterra…) inyectan en la banca privada dinero barato con la esperanza de que llegue a las empresas y que éstas inviertan. Pero los bancos dan las gracias y lo utilizan para equilibrar sus balances. Tras la Fed, el Banco Central Europeo (BCE) decidió inyectar en masa, a principios de 2015, nuevos fondos en la economía mediante la compra de bonos del gobierno. Pero por falta de perspectivas de crecimiento real hay un gran riesgo de que este dinero vaya a parar principalmente a los fondos especulativos, de donde saldrán nuevas burbujas financieras, que ampliarán aún más la enorme brecha de ganancias.
  3. En los años treinta, el colapso del sector bancario fue aún más drástico que en la actualidad, pero en revancha, las medidas draconianas que se tomaron no se ven hoy. La reforma del sector bancario, anunciada con un gran despliegue publicitario, se ha quedado en una broma de mal gusto. En los años 1930 se llevó a cabo una división radical entre las cajas de ahorros y los bancos de inversión (que especulan), pero esta reforma hoy se evita cautelosamente. No se ha tomado ninguna medida contra parásitos financieros como los hedge funds (fondos especulativos) que garantizan beneficios a los inversores ricos, especulando entre otros contra los países en dificultades.
  4. Al igual que en los años treinta, el reciente colapso financiero comenzó en los Estados Unidos y se extendió a Europa. La producción está ahora mucho más globalizada y la crisis tiene repercusiones incluso en los rincones más remotos del planeta. Durante los primeros años de la crisis, los países emergentes, especialmente China, han absorbido gran parte del impacto global y han proporcionado un motor económico alternativo. Pero su dependencia de las exportaciones hace vulnerable su crecimiento. Sólo China sigue con el motor en marcha a toda velocidad, gracias al aumento del poder adquisitivo en el interior del país. Ninguna de las tres grandes potencias económicas tradicionales, Estados Unidos, Unión Europea y Japón, parecen ser capaces de sacar a la economía mundial del pozo.

Estos cuatro elementos muestran que la crisis podría prolongarse y empeorar. Presentar las cosas como si fuera suficiente con recuperar la “confianza” es un absoluto sinsentido. Estamos asistiendo a una grave crisis de sobreproducción. Cuanto más se disminuya el poder adquisitivo, más empresas destruirán su exceso de capacidad mediante cierres, reestructuraciones, adquisiciones o quiebras. Habrá nuevas inversiones cuando nazca una nueva demanda solvente o cuando surjan nuevos mercados, algo que no se vislumbra en ningún sitio. En el capitalismo, las necesidades sociales no deciden las inversiones, sólo la perspectiva de obtener el máximo beneficio.

1.5. La crisis y la Unión Europea

La UE es la más afectada por el crack financiero de 2008 y la crisis económica. No Estados Unidos. Esto tuvo un impacto profundo en la unificación europea. Europa casi estalla. Todavía existe esta posibilidad. El establishment europeo ha aprovechado de la situación para dar un golpe institucional y ampliar considerablemente el poder del Consejo Europeo y de la Comisión Europea en dirección a consolidar un aparato estatal federal y supranacional.

La formación de un Estado supranacional, que acoge a varios estados nacionales, es un fenómeno nuevo en la historia reciente. Desde la Unión Económica (CEE), la unificación europea ha evolucionado hacia una especie de confederación de estados (Unión Europea), cuyo núcleo también tiene una unión monetaria (la zona euro). Esta confederación nació debido a que los grandes propietarios desbordaban las fronteras estatales y renunciaron voluntariamente a parte de su poder nacional en favor de un aparato de Estado europeo en formación. El establishment europeo está representado por los grandes monopolios europeos, organizados en la Mesa Redonda Europea de Industriales, en Business Europe en el Consejo Empresarial de Negocios Transatlántico. El capital europeo teme quedar atrás en la lucha competitiva con Estados Unidos, Japón y especialmente con China y los nuevos países emergentes si no logra convertirse en un súper-estado europeo. Para ser más fuerte en esta competición, lucha por obtener una unidad más amplia que permita armonizar la explotación de la mano de obra, la libre circulación de bienes, personas y capitales y una normativa europea con una moneda común. Esto no quiere decir que ya no haya intereses nacionales o regionales, ya que cada gobierno nacional sigue defendiendo sus intereses específi cos, que a veces están en desacuerdo con las decisiones europeas. Hay contradicciones entre los países fuertes y débiles, entre los países que quieren ir más rápido o más lentamente, entre los países del centro histórico y los nuevos países de Europa del Este. Pero los intereses europeos comunes superan claramente los intereses nacionales.

En respuesta a la crisis, los dos órganos de decisión de la Unión Europea, la Comisión y el Consejo Europeo se han apropiado cada vez de más poder para intervenir en los 28 Estados miembros de la Unión, con el visto bueno de los gobiernos nacionales. Todas las competencias para intervenir e imponer sanciones se unifi caron en 2013 en el Tratado de Estabilidad, Coordinación y Gobernanza (TECG). El tratado fue aprobado por todos los parlamentos nacionales, casi por unanimidad. Obliga a todos los Estados miembro a limitar el défi cit presupuestario al 0,5% y reducir la deuda pública al 60% del PIB. Se pueden imponer multas de hasta el 0,2% del PIB cuando estos objetivos no se logren con la sufi ciente rapidez. El nuevo tratado también permite intervenir en casos de “desequilibrios macroeconómicos”. Por lo tanto, en realidad, los salarios, su ajuste a la infl ación, la edad de jubilación y las condiciones de trabajo se encuentran bajo el control de la Unión Europea.

Otra amenaza proviene del nuevo Tratado Transatlántico de Comercio e Inversiones (TTIP) negociado entre la Unión Europea y los Estados Unidos. Los Estados Unidos lo consideran como un nuevo modelo para otros acuerdos bilaterales en el mundo, pero supone un riesgo de consecuencias negativas para la población de la UE. Prevé el reconocimiento mutuo de las normas: un producto aprobado en los Estados Unidos también debe tener acceso a la Unión Europea. Para los empresarios americanos y europeos es una oportunidad única de reducir considerablemente las normas en el ámbito de seguridad alimentaria, de organismos modificados genéticamente, contaminantes o sustancias perjudiciales para el medio ambiente. Además, los monopolios norteamericanos recibirían el derecho a impugnar las nuevas leyes o limitaciones de la UE si afectan a su posición competitiva, aunque sirvan para proteger a las personas o al medio ambiente. Esto se haría ante un tribunal de arbitraje de tres pretendidos expertos en comercio o árbitros privados, lo que llevaría a nuestros países a una espiral descendente en términos de normas de salud y medio ambiente.

La Unión Europea nos inunda casi a diario con leyes, reglamentos y medidas indigeribles. La Unión Europea fue desde el principio un proyecto de las grandes fortunas y de los mayores capitanes de la industria continentales para hacer frente a la competencia de los Estados Unidos y Japón. La legislación de la UE refl eja los intereses de esta clase y eso se nota en el ámbito social, democrático, ecológico, cultural e internacional. No hay, en términos de naturaleza de clase, diferencia cualitativa entre la construcción europea como Estado supranacional y los distintos Estados miembros.

Luchamos por el progreso social, los derechos democráticos, la ecología social, una cultura abierta, la solidaridad internacional y la política anti-imperialista, en primer lugar en el marco de los estados nacionales actuales, para cambiar la correlación de fuerzas dentro de cada país y crear en los diferentes países locomotoras de lucha para todo el continente. Pero también es necesario pensar a nivel del continente, como hacen desde hace mucho tiempo los gobiernos y partidos del capital. La crisis y las medidas de austeridad de la UE generan movimientos sociales en todo el continente que buscan otra política, un futuro mejor. Pero suelen estar todavía demasiado aislados en su resistencia, mientras que sus opositores hablan con una sola voz europea neoliberal. Queremos contribuir a que un gran número de partidos y organizaciones de Europa lleven a cabo campañas sociales y democráticas. La cuestión del clima; los ataques de la UE contra gobiernos, como el de Grecia, que quieren seguir su propio camino; la lucha por los servicios públicos o la política hacia los refugiados, debemos intervenir en estos debates políticos. No vamos a dejar la iniciativa en manos de aquellos que creen que la UE puede ser reformada y convertida en una fuerza social y progresista, ni en la de los que proponen retirarse a su propio Estado-nación como alternativa a la cooperación y la solidaridad europeas.

En numerosas cuestiones tenemos reivindicaciones democráticas radicales frente a la Unión Europea para mejorar la situación de los trabajadores en Europa. A través de estos movimientos de lucha queremos ayudar a la gente a entender que necesitamos una Europa diferente, sin explotación. La competencia y la búsqueda de ganancias en el mercado libre son la base de este sistema y de la Unión Europea. Estos principios están en la base de los textos fundadores de la Unión. Lo ahogan todo. Debemos aportar oxígeno con urgencia con medidas radicales democráticas como un impuesto a los millonarios, que nos permitan recuperar la iniciativa. No hay que vestir de manera diferente la estructura competitiva o corregir algunos desequilibrios. Necesitamos una base diferente, otros cimientos. La cooperación y la solidaridad deben sustituir a la competencia y los desequilibrios. Esto requiere una Europa diferente: un continente que comience cancelando deudas públicas y distribuyendo la riqueza de manera muy diferente. Un continente con los sectores clave en manos de la sociedad. Un continente donde los servicios públicos y las empresas operen de acuerdo con las necesidades de la población, un continente que ataque estructuralmente a todas las cargas parasitarias y usureras y a la especulación.

Nos esforzamos por liderar la lucha por las reformas radicales de la vida social, ecológica y democrática a nivel nacional y europeo. Estos movimientos sociales construyen correlaciones de fuerza que también conducen a avances europeos. Se puede hacer un paralelismo con el desarrollo en América Latina. En los años 70 y 80 del siglo pasado las dictaduras de derechas impusieron medidas anti-populares para llevar a cabo los dictados del Fondo Monetario Internacional (FMI), los llamados “programas de ajuste estructural”. En la Europa de hoy, la troika, la Comisión Europea y una especie de Fondo monetario europeo imponen programas de ajuste. En América Latina, los movimientos populares sacudieron el continente provocando un cambio. Llegaron al poder gobiernos anti-imperialistas. El pueblo de Venezuela tuvo el coraje y la determinación de cambiar de rumbo y otros países le siguieron, como Bolivia y Ecuador. El clima político en general ha cambiado a lo largo de América Latina. No habrá cambio de rumbo simultáneo en todos los países europeos. Sin embargo, algunos países pueden servir como vanguardia para traer nuevos aires al continente.

1.6. Programas de inversión social y cambio profundo de sociedad

Las sociedades más igualitarias no sólo tienen una esperanza de vida mayor y menor mortalidad infantil, sino que también proporcionan mejor calidad de vida y reducen significativamente la ansiedad, la depresión, el estrés, la adicción al alcohol o drogas, reducen la transmisión de pobreza de generación en generación, la obesidad, el embarazo adolescente, las deudas personales, los homicidios y el número de presos. Es lógico. Los problemas sociales aumentan junto con la desigualdad. Siete años después de la crisis de 2008, nuestra sociedad es más desigual que nunca.

Si queremos ofrecer un futuro a las personas, necesitamos una política basada en dos ejes. Por un lado, en un programa ambicioso de inversión social, democrático y ecológico para satisfacer las necesidades humanas y ambientales. Por otro, en un profundo cambio de sociedad.

Tenemos nuestro propio proyecto, un proyecto positivo. Un proyecto para crear miles de nuevos puestos de trabajo. Puestos de trabajo reales con un salario digno. Nuestro proyecto es el de las inversiones sociales. Una atención a la salud y educación de calidad. Con una seguridad social potente y un amplio sector cultural. Nuestro proyecto es el de la renovación ecológica. Empresas públicas bajo control democrático en el sector energético, investigación científica en tecnologías respetuosas con el medio ambiente y fuentes de energía sostenibles. Ciudades saludables para vivir a gusto, con espacios verdes y servicios sociales. Proyectos de inversión en los ferrocarriles, opuestos al actual desmantelamiento de la movilidad pública. Nuestro proyecto es el fortalecimiento de la democracia. Es decir: escuchar a la gente, que pueda participar realmente desde la base. Y queremos fortalecer el mundo asociativo, proteger los derechos sindicales y también ampliar y fortalecer los derechos sociales, económicos y culturales. La única alternativa a corto plazo es invertir fuertemente en el sector público, en los servicios sociales, en la reconversión hacia una economía sostenible. De este modo podremos generar nuevos puestos de trabajo y más ingresos. Y para ello hay que activar los capitales ociosos de los que son demasiado ricos y organizar una transferencia de riqueza de la capa superior del 1% más rico hacia los poderes públicos y la comunidad. Esto es imposible sin una gran movilización y una lucha determinada.

La lucha por reformas sociales, democráticas y ecológicas profundas está vinculada con la lucha por una sociedad sin explotación del hombre por el hombre y sin destrucción de la naturaleza. Llevando a cabo acciones por una renovación social, ecológica y democrática, luchamos al mismo tiempo para fortalecer la posición, la fuerza organizativa y la fuerza de choque de los trabajadores. No se puede lograr ninguna reforma importante sin una lucha amplia y de larga duración. Todo lo que logró el movimiento obrero, lo obtuvo mediante el desarrollo de sus propias fuerzas. Es decir: organizándose, llevando a cabo acciones y construyendo correlación de fuerzas.

Cada lucha por mejoras sociales y democráticas puede ir en dos direcciones: o fortalece el sistema y la dictadura de los monopolios, o levanta a grandes grupos de personas y les da una visión y una energía nuevas. Para rechazar la idea de que el mundo de hoy es el único posible. Para ser capaces de crear un mundo mejor. Estamos avanzando hacia una época en la que cada vez más gente va a convertir su ira en acción y organizará nuevos movimientos de resistencia. Las necesidades de las personas y del planeta serán el punto de partida de estos movimientos de resistencia, de renovación y creatividad. Va a crecer el sentimiento de que ese enfoque entra en conflicto de 1001 maneras con la sociedad capitalista actual, y crecerá la idea de que otra sociedad es posible y necesaria. Debemos alimentar este sentimiento, proporcionarle argumentos, apoyo, desarrollarlo, organizarlo.

Porque el objetivo de la acción social no puede ser tratar de estabilizar el sistema existente y salvar al capitalismo. Como marxistas contemporáneos, tenemos un punto de partida diferente que Keynes. Queremos avanzar hacia una sociedad socialista, para dar una respuesta sistémica a la crisis y para terminar, finalmente, con la explotación del hombre y el saqueo de nuestro planeta. Esto sólo es posible si la economía está planificada según una lógica que ponga en el centro de la sociedad las necesidades del ser humano y del planeta y no el beneficio.

Notas

  1. El 5 de junio de 1947, el Secretario de Estado americano, el general G. Marshall, presentó en la Universidad de Harvard un plan de reconstrucción para Europa. El título oficial era Programa Europeo de Recuperación, pero la historia lo ha conservado en la memoria con el nombre de Plan Marshall. Este plan tenía cuatro objetivos estratégicos: (a) Hacer a las economías europeas dependientes de la economía americana. (b) Sembrar cizaña entre la Federación Sindical Mundial, la CGT francesa y la CGIL italiana. (c) Luchar contra el comunismo. (d) Ser una punta de lanza en la defensa del libre mercado.
  2. Liberalización: medidas legislativas mediante las cuales se abre un sector económico determinado a la competencia entre empresas. En Bélgica, se han liberalizado durante los años 90 los sectores de la energía y de las telecomunicaciones.
  3. Privatizaciones: medidas por las que las empresas públicas se transforman en su totalidad o parcialmente en empresas privadas. Las dos medidas ponen bajo el control del capital privado partes de la sociedad cada vez más grandes y de importancia vital.
  4. Los hedge funds (fondos de cobertura), contrariamente a lo que su nombre indica, son fondos de inversión de vocación especulativa. Utilizan el efecto de palanca, es decir, la capacidad de movilizar un volumen de capital mucho más grande que el valor de los capitales propios. El objetivo es la búsqueda de la máxima rentabilidad posible
  5. Private equity funds (capital inversión): fondos privados que reúnen los capitales de fortunas privadas fuera de los circuitos bursátiles para financiar empresas
  6. Subprime: préstamo hipotecario que acuerdan los bancos a clientes que disponen de ingresos insuficientes para reembolsar el préstamo.
  7. Recesión y depresión. Se habla de recesión cuando el crecimiento del PIB (conjunto de riquezas producidas en un país) es negativo durante 2 trimestres consecutivos o más. Cuando hay un decrecimiento fuerte durante mucho tiempo, se habla de depresión.
  8. Alfa y Omega: primera y última letra del alfabeto griego antiguo. Esta expresión simboliza el inicio y el fin, la eternidad de un problema.
  9. Proteccionismo: política de las autoridades que se basa en la protección o promoción de las empresas nacionales frente a sus competidoras extranjeras. Los mercados nacionales se organizan según una serie de reglas que tienen como objetivo proteger el comercio del país.
  10. Deflación quiere decir una bajada generalizada de los precios al consumo, lo contrario de la inflación.
  11. Keynes era un economista británico que, para combatir la crisis de los años 1930, proponía una receta distinta a la liberal clásica de reducción de salarios. Quería que, si fuese necesario, el Estado se endeudase para invertir en infraestructura pública para resolver el paro y aumentar el poder de compra. Esto debería relanzar la economía. Las políticas que se inspiran en Keynes se llaman keynesianas.